Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)

Part 14

Chapter 144,086 wordsPublic domain

»Aunque éste era un _aviso al lector_ de que yo debiera haberme aprovechado, proseguí, no obstante, en hablar de mi pasión a la mujer de Mascarini, y aun la importuné con más eficacia que antes a que correspondiese a mi cariño, llevando a tal extremo mi temeridad que quise tomarme algunas libertades. Ofendida entonces la dama de mis expresiones y de mis modales musulmanes, se llenó de cólera contra mí, amenazándome de que no tardaría el gran duque en saber mi insolencia y que le suplicaría me castigase como merecía. Díme yo también por ofendido de sus amenazas, y, convirtiéndose en odio mi amor, determiné tomar venganza del desprecio con que me había tratado. Fuíme a ver con su marido, y, después de haberle hecho jurar que no me descubriría, le informé de la inteligencia que reinaba entre su mujer y el príncipe, pintándola muy enamorada para dar más interés a la relación. Lo primero que hizo el ministro, para precaver todo accidente, fué encerrar sin más ceremonia en un cuarto reservado a su esposa, encargando a personas de toda confianza la custodiasen estrechamente. Mientras ella estaba cercada de vigilantes Argos que la observaban y no dejaban camino alguno por donde pudiesen llegar al gran duque noticias suyas, yo me presenté a este príncipe con rostro triste y le dije que no debía pensar más en Lucrecia, porque Mascarini sin duda había descubierto todo nuestro enredo, puesto que había comenzado a guardar a su mujer; que yo no sabía por dónde pudiese haber entrado en sospechas de mí, pues siempre había yo usado del mayor disimulo y maña; que quizá la misma Lucrecia habría informado de todo a su esposo y, de acuerdo con él, se habría dejado encerrar para librarse de solicitaciones que ponían en sobresalto su virtud. Mostróse el príncipe muy afligido de oírme; entonces me compadeció mucho su sentimiento, y más de una vez me pesó de lo que había dicho, pero ya no tenía remedio. Por otra parte, confieso que experimentaba un maligno placer cuando consideraba el estado a que había reducido a una mujer orgullosa que había despreciado mis suspiros.

»Yo gozaba impunemente del placer de la venganza, cuando un día, estando en presencia del gran duque con cinco o seis señores de su corte, nos preguntó a todos: «¿Qué castigo os parece merecería un hombre que hubiese abusado de la confianza de su príncipe e intentado robarle su dama?» «Merecería--respondió uno de los cortesanos--ser descuartizado vivo.» Otro opinó que debía ser apaleado hasta que expirase; el menos cruel de estos italianos, y el que se mostró más favorable al delincuente, dijo que él se contentaría con hacerle arrojar de lo alto de una torre. «Y don Rafael--replicó entonces el gran duque--, ¿de qué parecer es? Porque estoy persuadido de que los españoles no son menos severos que los italianos en semejantes ocasiones.»

»Conocí bien, como se puede discurrir, que Mascarini había violado su juramento o que su mujer había hallado medio de informar al gran duque de cuanto había pasado entre los dos. En mi rostro se echaba de ver la turbación que me agitaba; pero a pesar de ella respondí con entereza al gran duque: «Señor, los españoles son más generosos. En igual lance, perdonarían al confidente, y con este rasgo de bondad producirían en su alma un eterno arrepentimiento de haberle sido traidor.» «Pues bien--me dijo el duque--: yo me contemplo capaz de esa generosidad y perdono al traidor, reconociendo que sólo debo culparme a mí mismo por haberme fiado de un hombre a quien no conocía y de quien tenía motivos de desconfiar en razón de lo que me habían contado de él. Don Rafael--añadió--, la venganza que tomo de vos es que salgáis inmediatamente de todos mis Estados y no volváis a poneros en mi presencia.» Retiréme en el mismo punto, menos afligido de mi desgracia que gozoso de haber escapado de este apuro a tan poca costa. Al día siguiente me embarqué en un buque catalán que salió del puerto de Liorna para Barcelona.»

Cuando llegó don Rafael a este punto de su historia, no me pude contener en decirle: «Para un hombre tan advertido como sois, me parece fué grande error no haber salido de Florencia así que descubristeis a Mascarini el amor del príncipe hacia Lucrecia. Debíais tener por cierto que tardaría poco el gran duque en saber vuestra traición.» «Convengo en ello--respondió el hijo de Lucinda--, y por lo mismo había pensado huir cuanto antes, a pesar del juramento que me hizo el ministro de no exponerme al resentimiento del príncipe. Llegué a Barcelona--continuó--con lo que me había quedado de las riquezas que traje de Argel, cuya mayor parte había disipado en Florencia por ostentar que era un caballero español. No me detuve largo tiempo en Cataluña. Reventaba por volverme cuanto antes a Madrid, encantado lugar de mi nacimiento, y satisfice mis ansiosos deseos lo más presto que me fué posible. Luego que llegué a la corte, me apeé por casualidad en una de las posadas de caballeros, en donde vivía una dama llamada Camila, que, aunque había salido ya de la menor edad, era una mujer muy salada; testigo, el señor Gil Blas, que por aquel mismo tiempo, poco más o menos, la vió en Valladolid. Aun era más discreta que hermosa, y ninguna aventurera tuvo mayor talento para traer la pesca a sus redes; pero no se parecía a aquellas ninfas que se aprovechan del agradecimiento de sus galanes. Si acababa de despojar a algún mayordomo de un gran señor, inmediatamente repartía los despojos con el primer caballero mendicante que fuese de su gusto.

»Apenas nos vimos los dos cuando nos amamos, y la conformidad de nuestras inclinaciones nos unió tan estrechamente que presto pasó a hacer comunes nuestros bienes. A la verdad, no eran éstos muy considerables, y así, los comimos en poco tiempo. Por nuestra desgracia, sólo pensábamos uno y otro en agradarnos, sin valemos de las disposiciones que ambos teníamos para vivir a costa ajena. La miseria, en fin, despertó nuestro ingenio, que el placer tenía aletargado. «Querido Rafael--me dijo un día Camila--, pongamos treguas a nuestro amor; dejemos de guardarnos una fidelidad que nos arruina. Tú puedes embobar a alguna viuda rica y yo pescar a algún viejo poderoso. Si proseguimos siéndonos fieles uno a otro, ve ahí dos fortunas perdidas.» «Hermosa Camila--respondí yo prontamente--, me ganas por la mano, pues iba a hacerte la misma propuesta; vengo en ello, reina mía. Sí, por cierto; para la mejor conservación de nuestro amor es menester intentar conquistas útiles. Nuestras infidelidades serán triunfos para entrambos.»

»Ajustado este tratado, salimos a campaña. Al principio, por más diligencias que hicimos, no pudimos encontrar lo que buscábamos. A Camila solamente se le presentaban pisaverdes, es decir, amantes que no tienen un cuarto, y a mí sólo se me ofrecían aquellas mujeres que más quieren imponer contribuciones que pagarlas. Como el amor se negaba a socorrer nuestras necesidades, apelamos a enredos y bellaquerías. Hicimos tantos y tantas, que el corregidor llegó a saberlas, y este juez, en extremo severo, dió orden a un alguacil para que nos prendiese; pero éste, que era tan bueno como taimado el corregidor, nos hizo espaldas para que saliésemos de Madrid, mediante una propineja que le dimos. Tomamos el camino de Valladolid e hicimos pie en aquella ciudad. Alquilé una casa, donde me alojé con Camila, que por evitar el escándalo pasaba por hermana mía. Al principio nos contuvimos en ejercer nuestra habilidad, y comenzamos a tantear y conocer bien el terreno antes de acometer ninguna empresa.

»Un día se llegó a mí en la calle un hombre y, saludándome muy cortésmente, me dijo: «Señor don Rafael, ¿no me conoce usted?» Respondíle que no. «Pues yo--me replicó--conozco a usted mucho, por haberle visto en la Corte de Toscana, donde servía yo en las guardias del gran duque. Pocos meses ha que dejé el servicio de aquel príncipe, y me vine a España con un italiano de los más astutos. Estamos en Valladolid tres semanas ha y vivimos en compañía de un castellano y de un gallego, mozos los dos seguramente muy honrados, y nos mantenemos todos con el trabajo de nuestras manos. Lo pasamos opíparamente y nos divertimos como unos príncipes. Si usted quiere agregarse a nosotros, será muy bien recibido de mis compañeros, porque siempre le he tenido a usted por un hombre muy de bien, naturalmente poco escrupuloso y caballero profeso en nuestra orden.»

»La franqueza con que me habló aquel bribón me estimuló a responderle del mismo modo. «Ya que te has franqueado conmigo con tanta sinceridad--le respondí--, quiero hablarte con la misma. Es verdad que no soy novicio en vuestra profesión, y si la modestia me permitiera referirte mis proezas, verías que no me has hecho demasiada merced en tu ventajoso concepto. Pero dejando a un lado alabanzas propias, me contentaré con decirte, admitiendo la plaza que me ofreces en vuestra compañía, que no perdonaré diligencia alguna para haceros conocer que no la desmerezco.» Apenas dije a aquel ambidextro que consentía en aumentar el número de sus camaradas, cuando me condujo a donde éstos estaban, y desde el mismo punto me dió a conocer a todos. Allí fué donde vi por primera vez al ilustre Ambrosio de Lamela. Examináronme aquellos señores sobre el arte de apropiarse sutilmente de lo ajeno. Quisieron saber si tenía principios de la facultad, y descubríles tantas tretas nuevas para ellos que se quedaron admirados; pero mucho más se pasmaron cuando, despreciando yo la sutileza de mis manos como una cosa muy ordinaria, les aseguré que en lo que yo me aventajaba era en golpes magistrales de hurtar que pedían ingenio, y para persuadirlos que era verdad les conté la aventura de Jerónimo de Miajadas, y bastó la sencilla relación de aquel suceso para que me reconociesen por un talento superior y todos a una me nombrasen por jefe suyo. Tardé poco en acreditar el acierto de su elección en una multitud de bribonerías que hicimos, de todas las cuales fuí yo, por decirlo así, la llave maestra. Cuando necesitábamos alguna actriz para forjar mejor algún enredo, echábamos mano de Camila, que representaba con primor cuantos papeles se le encargaban.

«Dióle por aquel tiempo a nuestro cofrade Ambrosio la tentación de ir a su país, y, con efecto, marchó a Galicia, asegurándonos de su vuelta. Después que satisfizo sus deseos, volvió por Burgos, sin duda para dar algún golpe de maestro, en donde un mesonero conocido suyo le acomodó con el señor Gil Blas de Santillana, de cuyos asuntos le informó muy bien. Usted, señor Gil Blas--prosiguió, dirigiéndome la palabra--, se acordará, sin duda, del modo con que le desvalijamos en la posada de caballeros de Valladolid. Tengo por cierto que desde luego sospechó usted que su criado Ambrosio había sido el principal instrumento de aquel robo, y en verdad que le sobró la razón para sospecharlo. Luego que llegó a Valladolid, vino en busca nuestra, enterónos de todo, y la gavilla se encargó de lo demás; pero no sabrá usted las resultas de aquel pasaje y quiero informarle de ellas. Ambrosio y yo cargamos con la valija y, montados en vuestras mulas, tomamos el camino de Madrid, sin contar con Camila ni con los demás camaradas, los cuales se admirarían tanto como vos de ver que no parecíamos al día siguiente.

»A la segunda jornada mudamos de pensamiento: en vez de ir a Madrid, de donde no había salido sin motivo, pasamos por Cebreros y continuamos nuestro camino hasta Toledo. Lo primero que hicimos en aquella ciudad fué vestirnos muy decentemente, y luego, vendiéndonos por dos hermanos gallegos que viajaban por curiosidad, en poco tiempo hicimos conocimiento con mucha gente de distinción. Estaba yo tan acostumbrado a los modales cortesanos y caballerescos que fácilmente se engañaron cuantos me vieron y trataron. A esto se añadía que como en un país desconocido la calidad de los forasteros regularmente se mide por el gasto que hacen y por el lucimiento con que se portan, ofuscábamos a todos con magníficos festines que empezamos a dar a las damas. Entre las que yo visitaba encontré con una que me gustó, pareciéndome más linda y joven que Camila. Quise saber quién era, y me dijeron se llamaba Violante, mujer de un caballero que, cansado ya de sus caricias, galanteaba a una cortesana que se había apoderado de su corazón. No necesité saber más para determinarme a hacer a doña Violante dueña soberana de todos mis pensamientos.

»Tardó poco ella misma en conocer la adquisición que había hecho. Comencé a seguirla a todas partes y a hacer mil locuras para persuadirla de que no aspiraba yo a otra cosa que a consolarla de las infidelidades de su marido. Pensó un tanto sobre esto, y al cabo tuve el gusto de conocer que aprobaba mis intenciones. Recibí, en fin, un billete de ella en respuesta a muchos que yo le había escrito por medio de una de aquellas viejas que en España e Italia son tan cómodas. Decíame la dama en el tal billete que su marido cenaba todas las noches en casa de su amiga y que hasta muy tarde no volvía a la suya. Desde luego comprendí lo que me quería decir con esto. Aquella misma noche fuí a hablar por la reja con doña Violante y tuve con ella una conversación de las más tiernas. Antes de separamos quedamos de acuerdo en que todas las noches a la misma hora nos hablaríamos en el propio sitio, sin perjuicio de las demás galanterías que nos fuese permitido practicar por el día.

»Hasta entonces don Baltasar--que así se llamaba el marido de Violante--podía darse por bien servido; pero siendo otros mis deseos, fuí una noche al sitio consabido con ánimo de decirle que ya no podía vivir si no lograba hablarle a solas en un lugar más conveniente al exceso de mi amor, fineza que aun no había podido conseguir de ella. Apenas llegué cerca de la reja, cuando vi venir por la calle a un hombre, el cual conocí que me observaba. Con efecto, era el marido de doña Violante, que aquella noche se retiraba a casa algo temprano, y viendo parado allí a un hombre, comenzó él mismo a pasearse por la calle. Dudé algún tiempo lo que debía hacer; pero al fin me determiné a llegarme a don Baltasar, sin conocerle ni que él me conociese a mí, y le dije: «Caballero, suplico a usted que por esta noche me deje libre la calle, que en otra ocasión le serviré yo a usted.» «Señor--me respondió--, la misma súplica iba yo a hacerle a usted. Yo cortejo a una señorita que vive a veinte pasos de aquí, a la cual un hermano suyo hace guardar con la mayor vigilancia, por lo que quisiera ver desocupada del todo la calle.» «Espere usted--repliqué--, que ahora me ocurre un modo para que ambos quedemos servidos sin incomodarnos, porque la dama que yo cortejo vive en esta casa--mostrándole la propia suya--. Usted puede divertirse en la otra mientras yo me divierto en ésta y hacernos espaldas los dos si alguno de nosotros fuere acometido.» «Convengo en ello--repuso él--; voy a ocupar mi sitio, usted quédese en el suyo y socorrámonos mutuamente en caso de necesidad.» Diciendo esto, se apartó de mí, pero fué para observarme mejor, lo que podía hacer sin riesgo, porque la noche estaba obscura.

»Acercándome entonces sin recelo a la reja de Violante, no tardó ésta en venir y comenzamos a hablar. No me olvidé de instar a mi reina para que me concediese una audiencia privada en sitio reservado. Resistióse un poco a mis ruegos para hacer más apreciable el favor; pero después, echándome un papel que ya traía prevenido en el bolsillo, «Ahí va--me dijo--lo que deseáis, y veréis bien despachadas vuestras súplicas.» Al decir esto se retiró, por cuanto iba ya viniendo la hora en que acostumbraba a recogerse a casa su marido; pero éste, que había conocido muy bien ser su mujer el ídolo a quien yo sacrificaba, me salió al encuentro y, con un fingido gozo, me preguntó: «Y bien, caballero, ¿está usted contento de su buena fortuna?» «Tengo motivos para estarlo--le respondí--; y a usted ¿cómo le fué con la suya? ¿Mostrósele el amor risueño y favorable?» «¡Oh, no!--me respondió con despecho--. ¡El maldito hermano de mi querida volvió de su casa de campo un día antes de lo que habíamos pensado, y este contratiempo ha aguado el contento con que yo me había lisonjeado!»

»Hicímonos don Baltasar y yo recíprocas protestas de amistad y nos citamos para vernos en la plaza Mayor la mañana siguiente. Después que nos separamos, se fué don Baltasar derecho a su casa, donde no mostró a su mujer el menor indicio de las noticias que tenía de ella, y al otro día acudió a la plaza, según lo acordado, y de allí a un momento llegué yo. Saludámonos con vivas demostraciones de amistad, tan alevosas por su parte como sinceras por la mía. Hízome el artificioso don Baltasar una falsa confianza de sus lances amorosos con la dama de quien me había hablado la noche anterior. Contóme una larga fábula que había forjado, todo con el siniestro fin de obligarme a corresponderle contándole yo el modo con que había hecho conocimiento con Violante. Caí incautamente en el lazo y con la mayor franqueza del mundo le confesé todo lo que me había sucedido; y no contento con esto, le enseñé el papel que había recibido, y aun le leí también su contexto, que era el siguiente: «Mañana iré a comer en casa de doña Inés; ya sabéis dónde vive. Allí hablaremos a solas. No puedo negaros por más largo tiempo un favor que juzgo merecéis.»

«Ese es un papel--dijo don Baltasar--que le promete a usted el merecido premio de sus amorosos suspiros. Doile a usted de antemano la enhorabuena de la dicha que le aguarda.» No dejó de parecer algo turbado mientras hablaba de esta manera, pero fácilmente me deslumbró ocultando a mis ojos su conmoción y enojo. Estaba tan embelesado en mis halagüeñas esperanzas, que no me paraba en observar a mi confidente, aunque éste se vió precisado a dejarme, sin duda por temor de que conociese su agitación. Partió luego a contar a su cuñado esta aventura, e ignoro lo que pasó entre los dos; sólo sé que don Baltasar vino a casa de doña Inés a tiempo que yo estaba con Violante. Supimos que era él el que llamaba y yo me escapé por una puerta falsa antes que entrase en la sala. Luego que desaparecí, se aquietaron las dos mujeres, que se habían asustado mucho con la repentina venida del marido. Recibiéronle con tanta serenidad, que desde luego sospechó me habían escondido o hecho pasadizo. Lo que dijo a doña Inés y a su mujer no os lo puedo contar, porque nunca lo he sabido.

»Entre tanto, no acabando todavía de conocer que don Baltasar se burlaba cruelmente de mi sinceridad, salí de la casa echándole mil maldiciones y me fuí derecho a la plaza, donde había dicho a Lamela me aguardase. No le encontré, porque el bribón tenía también su poco de trapillo, y con suerte más dichosa que la mía. Mientras le esperaba, vi a mi falso confidente venir hacia mí con rostro muy alegre y mucho desembarazo. Luego que llegó a mí, me preguntó cómo me había ido con mi ninfa en casa de doña Inés. «No sé qué demonio--le respondí--, envidioso de mis gustos, me vino a echar un jarro de agua en todos ellos. Mientras estaba a solas con ella, instando y suplicando, llamó a la puerta su maldito marido, a quien lleve Barrabás. Me fué preciso pensar en el modo de retirarme prontamente, y así, me marché por una puerta excusada, dando mil veces al diablo al grandísimo importuno que viene siempre a desbaratar mis designios.» «A la verdad, lo siento--repuso don Baltasar, alegrísimo en su interior de verme desazonado--. Ese es un marido molesto, que no merece se le dé cuartel.» «¡Oh! ¡En cuanto a eso--repliqué yo--, no dudéis que seguiré vuestro consejo! Os doy palabra de que esta misma noche se le dará pasaporte para el otro barrio. Su mujer, al separamos, me dijo que fuese adelante con mi empeño y no abandonase la empresa por tan poca cosa; que prosiguiese en acudir a su ventana a la hora acostumbrada, porque estaba resuelta a introducirme ella misma en su casa, pero que en todo caso no dejase de ir escoltado con dos o tres camaradas, para que en cualquier lance me hallase bien prevenido.» «¡Oh qué prudente es esa dama!--me respondió él--. Yo me ofrezco desde luego a acompañaros.» «¡Oh querido amigo--repliqué yo, fuera de mí de puro gozo y echándole los brazos al cuello--, y de cuántas finezas os soy deudor!» «Aun haré más por vos--repuso él--. Yo conozco a un mozo que es un Alejandro; éste nos acompañará, y con tal escolta podréis divertiros a vuestro gusto sin sobresalto ni contratiempo.»

»No encontraba voces para explicar mi agradecimiento a los favores de aquel nuevo amigo; tan encantado me tenía su celo. Acepté, en fin, el auxilio que me ofrecía, y dándonos el santo para cerca de la puerta de Violante a la entrada de la noche, nos separamos. Don Baltasar fué a buscar a su cuñado, que era el Alejandro de quien me había hablado, y yo me quedé paseando con Lamela, el cual, aunque no menos admirado que yo de la eficacia con que don Baltasar se interesaba en este asunto, cayó también en la red como yo había caído, sin pasarle por el pensamiento la menor desconfianza de la sencillez de aquellas finezas. Confieso que una simplicidad tan garrafal no se podía perdonar a unos hombres como nosotros. Cuando me pareció que era hora de presentarme a la ventana de Violante, Ambrosio y yo nos acercamos a ella, bien prevenidos de buenas armas. Hallamos en el mismo sitio al marido de la dama, acompañado de otro hombre que nos esperaba a pie firme. Llegóse a mí don Baltasar y me dijo: «Este es el caballero de cuyo valor hablamos esta mañana. Entre usted en casa de esa señora y disfrute su dicha sin recelo ni inquietud.»

»Acabados los recíprocos cumplimientos, llamé a la puerta de mi ninfa y vino a abrirla una especie de dueña. Entré sin advertir lo que pasaba a mis espaldas y llegué hasta una sala donde Violante me esperaba. Mientras la estaba saludando, los dos traidores, que me siguieron hasta dentro de la casa, habían entrado en ella tan atropelladamente, y cerrado tras de sí la puerta con tanta violencia, que el pobre Ambrosio se quedó en la calle. Descubriéronse entonces, y ya podéis imaginar el apuro en que yo me vería. Bien se deja conocer que fué forzoso entonces llegar a las manos. Acometiéronme los dos al mismo tiempo con las espadas desnudas, y yo les correspondí, dándoles tanto que hacer que se arrepintieron presto de no haber tomado medidas más seguras para la venganza. Pasé de parte a parte al marido, y el cuñado, viéndole en aquel estado, tomó la puerta, que Violante y la dueña habían dejado abierta al escaparse mientras nosotros reñíamos. Fuíle siguiendo hasta la calle, donde me reuní con Lamela, que, no habiendo podido sacar ni una sola palabra a las dos mujeres que había visto ir huyendo, no sabía precisamente a qué atribuir el rumor que acababa de oír. Volvimos a la posada, y, recogiendo lo mejor que teníamos, montamos en nuestras mulas y salimos de la ciudad antes que amaneciese.

»Conocimos muy bien que el lance podía tener malas resultas y que se harían en Toledo pesquisas contra las cuales sería imprudencia no tomar todo género de precauciones. Hicimos noche en Villarrubia, en un mesón, en donde a poco rato entró un mercader de Toledo que caminaba a Segorbe. Cenamos con él y nos contó el trágico suceso del marido de Violante, mostrándose tan ajeno de sospecharnos reos de él que con libertad le hicimos toda suerte de preguntas. «Señores--nos dijo--, el caso lo supe esta mañana al ir a montar a caballo. Se hacen grandes diligencias para encontrar a Violante y me han asegurado que, siendo el corregidor pariente de don Baltasar, está en ánimo de no perdonar medio alguno para descubrir los autores del homicidio. Esto es todo lo que sé.»