Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 10
»Apeámonos en un mesón del arrabal. Morales se puso otro vestido que sacó de su mochila, y fuimos a andar por la ciudad para descubrir terreno y ver si se nos presentaba algún buen lance. Considerábamos muy atentamente cuantos objetos se ofrecían a nuestra vista. Nos parecíamos, como hubiera dicho Homero, a dos milanos que desde lo más alto de las nubes tienen fijos los ojos en la tierra, acechando todos los rincones por ver si atisban algunos polluelos para lanzarse sobre ellos. Estábamos, en fin, esperando a que la casualidad nos trajese a la mano alguna ocasión de ejercitar nuestra habilidad, cuando vimos en la calle un caballero, bastante canoso, el cual, firme con la espada en la mano, se defendía contra tres que le llevaban a mal traer. Chocóme infinito la desigualdad del combate, y como soy naturalmente espadachín, acudí corriendo con mi espada a ponerme al lado del caballero, cuyo ejemplo imitó Morales, y en breve tiempo pusimos en vergonzosa fuga a los tres enemigos que tan villanamente le habían acometido.
»Diónos el anciano un millón de gracias. Respondímosle cortésmente que habíamos celebrado en extremo la dichosa casualidad que tan oportunamente nos había proporcionado aquella ocasión de servirle, y le suplicamos nos confiase el motivo que habían tenido aquellos hombres para querer asesinarle. «Señores--nos respondió--, estoy muy agradecido a vuestra generosa acción y no puedo negarme a satisfacer vuestra curiosidad. Yo me llamo Jerónimo Miajadas; soy vecino de esta ciudad, donde vivo de mi hacienda. Uno de los tres asesinos de que ustedes me han librado está enamorado de mi hija y me la pidió por medio de otro sujeto, y porque no le di mi consentimiento vino a vengarse de mí con espada en mano.» «¿Y se podrá saber--le repliqué yo--por qué razón negó usted su hija al tal caballero?» «Vóisela a decir a usted--me respondió--. Tenía yo un hermano, comerciante en esta ciudad, llamado Agustín, que hace dos meses estaba en Calatrava, alojado en casa de Juan Vélez de la Membrilla, su corresponsal. Eran los dos íntimos amigos; pidióle Juan Vélez mi única hija, Florentina, para su hijo, con el fin de estrechar más y más la unión e intereses de las dos familias. Prometiósela mi hermano, no dudando, por el cariño que nos teníamos los dos, que yo ratificaría su promesa. Así lo hice, porque apenas volvió Agustín a Mérida y me propuso esta boda, cuando consentí en ella por darle gusto y no desairar su palabra. Envió el retrato de Florentina a Calatrava; pero el pobre no pudo ver el fin de su negociación porque se lo llevó Dios tres semanas ha. Poco antes de morir me pidió encarecidamente que no casase a mi hija con otro que con el hijo de su corresponsal. Ofrecíselo así, y éste es el motivo por que se la negué al caballero que acaba de acometerme, aunque era un partido muy ventajoso para mi casa. Yo soy esclavo de mi palabra; por instantes estoy esperando al hijo de Juan Vélez de la Membrilla para que sea yerno mío, aunque jamás le he visto a él ni a su padre. Perdonen ustedes si les he cansado con relación tan prolija, lo que no hubiera hecho a no haber querido ustedes mismos saberla.»
»Escuchéle con la mayor atención, y adoptando el extraño pensamiento que de repente me ocurrió, afectó quedar del todo asombrado. Alcé los ojos al cielo, y volviéndome hacia el buen viejo le dije en tono patético: «¿Es posible, señor Jerónimo Miajadas, que al momento de entrar yo en Mérida haya tenido la fortuna de salvar la vida a mi venerado suegro?» Estas palabras causaron en el viejo grande admiración, y no fué menor la que produjeron en Morales, el cual, en el modo de mirarme, me dió a entender que yo le parecía un gran tunante. «¿Qué es lo que me dices?--respondió lleno de gozo el aturdido viejo--. ¿Es posible que tú seas el hijo del corresponsal de mi hermano?» «¡Sí, señor!», le respondí con desembarazo; y abrazándole estrechamente proseguí diciéndole: «¡Sí, señor, yo soy el dichoso mortal para quien está destinada la amable Florentina! Pero antes de manifestaros el gozo que me causa la honra de enlazarme con vuestra ilustre familia, dadme licencia para que desahogue el sentimiento que renueva en mí la dulce memoria del señor Agustín, vuestro hermano; sería yo el hombre más ingrato del mundo si no llorase amargamente la muerte de aquel a quien siempre me confesaré deudor de la mayor felicidad de mi vida.» Dicho esto, volví a dar un abrazo al buen Jerónimo, saqué el pañuelo e hice como que me enjugaba las lágrimas. Morales, que desde luego conoció lo mucho que nos podía valer aquel embuste, quiso también ayudarme por su parte. Fingióse criado mío y comenzó a dar muestras de mayor sentimiento que el que yo había mostrado por la muerte del señor Agustín, diciendo muy lastimado: «¡Ah, señor Jerónimo, y qué pérdida ha hecho usted perdiendo a su querido hermano! ¡Era un hombre muy de bien; el fénix de los comerciantes; un mercader desinteresado; un mercader de buena fe; un mercader de aquellos que no se ven hoy!»
»Tratábamos con un hombre tan sencillo como crédulo, que, lejos de sospechar que le engañábamos, él mismo nos ayudaba a llevar adelante nuestro enredo. «Y bien--me preguntó--, ¿y por qué no viniste derechamente a apearte a mi casa? ¿A qué fin irte a meter en un mesón? Entre nosotros ya están de más los cumplimientos.» «Señor--respondió Morales, tomando la palabra por mí--, mi amo es algo ceremonioso; tiene ese defecto, y me disculpará que yo se lo afee; fuera de que en cierta manera es disculpable en no haberse atrevido a presentarse en vuestra casa en el traje en que le veis. Nos han robado en el camino, y los ladrones nos dejaron despojados de toda la ropa.» «Dice la verdad este mozo, señor de Miajadas--le interrumpí yo--; ése es el motivo por que no me fuí en derechura a vuestra casa. Tenía vergüenza de presentarme en tan pobre equipaje ante una señorita a quien jamás había visto, y para hacerlo con la decencia que era razón estaba esperando la vuelta de un criado que he despachado a Calatrava.» «¡No admito la excusa!--repuso el viejo--. Ese accidente no debió detenerte para servirte de mi casa, y desde aquí mismo quiero que vayas a ser dueño de ella.»
»Diciendo esto, él mismo me cogió de la mano para guiarme, y por el camino fuimos hablando del robo; y dije que todo ello me importaba un bledo y que sólo había sentido me quitasen el retrato de mi amada señorita Florentina. Respondióme el señor Jerónimo, sonriéndose, que presto me consolaría de esta pérdida, porque el original valía más que la copia. Con efecto, luego que llegamos a su casa hizo llamar a la hija, que sólo contaba diez y seis años y podía pasar por una persona perfecta. «Aquí tenéis--me dijo--a la persona que os prometió su tío, mi difunto hermano.» «¡Ah, señor!--exclamé yo entonces en aire de apasionado--. ¡No hay necesidad de decirme que es la amable señorita Florentina! ¡Sus hechiceras facciones están grabadas en mi memoria y mucho más en mi amante corazón! Si el retrato que perdí, y era sólo un bosquejo de sus más que humanas perfecciones, supo encender mil hogueras en mi enamorado pecho, ¡figuraos lo que ahora pasará dentro de mí teniendo a la vista el original!» «Señor--me dijo Florentina--, son demasiado lisonjeras vuestras expresiones y no soy tan vana que crea merecerlas.» «¡No hagas caso de lo que dice mi hija--le interrumpió su padre--y vé adelante con esos bellos cumplimientos!» Diciendo esto, me dejó solo con su hija, y asiendo de la mano a Morales, se fué a otro cuarto con él y le dijo: «¿Conque al fin os robaron toda vuestra ropa? Y con ella es cosa muy natural que también se llevasen todo vuestro dinero, que es por donde siempre empiezan.» «Sí, señor--respondió mi camarada--. Asaltónos una cuadrilla de bandoleros junto a Castilblancov y no nos dejó mas que el vestido que traemos a cuestas; pero estamos esperando por momentos letras de cambio para equiparnos con la decencia que es razón.» «Entre tanto que vienen esas letras--replicó el anciano sacando un bolsillo y alargándoselo--, ahí van esos cien doblones, de que podréis disponer.» «¡Jesús, señor!--replicó Morales--. Perdóneme su merced, que yo no lo puedo recibir, porque estoy cierto que me regañará mi amo y quizá me despedirá. ¡Santo Dios! ¡Todavía no le conoce usted bien! Es delicadísimo en esta materia. Nunca fué de aquellos hijos de familia que están prontos a tomar de todas manos; no le gusta, a pesar de sus pocos años, contraer deudas, y antes pedirá limosna que tomar prestado ni un solo maravedí.» «¡Tanto mejor!--dijo el buen hombre--. ¡Ahora le estimo mucho más! Yo no puedo llevar con paciencia que los hijos de gente honrada contraigan deudas; eso se deja para los caballeros, los cuales están ya en antigua posesión de contraerlas. Por tanto, yo no quiero estrechar a tu amo, y si le desazona el que le ofrezcan dinero, no se hable más del asunto.» Diciendo esto, quiso volver a meter en la faltriquera el bolsillo; pero deteniéndole el brazo mi compañero, le dijo: «Tenga usted, señor, que ahora mismo me ocurre un pensamiento. Es cierto que mi amo tiene una grandísima repugnancia a tomar dinero ajeno, pero no desconfío de hacerle admitir vuestros cien doblones; todo quiere maña. Una cosa es pedir dinero prestado a los extraños y otra es recibirle cuando voluntariamente se lo ofrece uno de la familia y sabe muy bien pedir dinero a su padre cuando lo ha menester. Es un mozo que, como usted ve, sabe distinguir de personas, y hoy considera a su merced como a su segundo padre.»
»Con estas y otras semejantes razones se dió por convencido el buen viejo, alargó el bolsillo a Morales y volvió a donde estábamos su hija y yo, haciéndonos cumplimientos, con lo que interrumpió nuestra conversación. Informó a su hija de lo muy obligado que me estaba, y sobre esto se desahogó en expresiones que me hicieron no dudar de su gran reconocimiento. No malogré tan favorable ocasión y le dije que la mayor prueba de agradecimiento que podía darme era el acelerar mi unión con su hija. Rindióse con el mayor agrado a mi impaciencia y me empeñó su palabra de que, a más tardar, dentro de tres días sería esposo de Florentina; y aun añadió que, en lugar de los seis mil ducados que había ofrecido por su dote, daría diez mil, para manifestarme lo agradecido que estaba al servicio que le había hecho.
»Estábamos Morales y yo bien regalados en casa del buen Jerónimo Miajadas, viviendo alegrísimos con la próxima esperanza de embolsarnos no menos que diez mil ducados y con ánimo resuelto de retirarnos prontamente de Mérida con ellos. Turbaba, sin embargo, algún tanto esta alegría el recelo de que dentro de aquellos tres días podía parecer el verdadero hijo de Juan Vélez de la Membrilla y dar en tierra con nuestra soñada felicidad. El resultado acreditó que no era mal fundado nuestro temor.
»Llegó al día siguiente a casa del padre de Florentina una especie de aldeano que traía una maleta. No me hallaba yo en casa a la sazón, pero estaba en ella Morales. «Señor--dijo el hombre al buen viejo--, soy criado del caballero de Calatrava que ha de ser vuestro yerno; quiero decir, del señor Pedro de la Membrilla. Acabamos ahora de llegar los dos, y él estará aquí dentro de un momento; yo me he adelantado para avisárselo a su merced.» Apenas acabó de decir esto, cuando llegó su amo, lo que sorprendió mucho al viejo y turbó algo a Morales.
»Este señor novio, que era un mozo airoso y de los más bien formados, dirigió la palabra al padre de Florentina; pero el buen señor no le dejó acabar su salutación. Antes, volviéndose a mi compañero, le dijo: «Y bien, ¿qué quiere decir esto?» Entonces Morales, a quien ninguna persona del mundo aventajaba en descaro, tomando un aire desembarazado, respondió prontamente al viejo: «Señor, esto quiere decir que esos dos hombres son de la cuadrilla de los ladrones que nos robaron en el camino real. Conózcolos a entrambos bien, pero particularmente al que tiene atrevimiento para fingirse hijo del señor Juan Vélez de la Membrilla.» El viejo creyó sin dudar a Morales, y persuadido de que los dos forasteros eran unos bribones, les dijo: «Señores, ustedes ya llegan muy tarde, porque hay quien se ha anticipado; el señor Pedro de la Membrilla está hospedado en mi casa desde ayer.» «¡Mire usted lo que dice!--le replicó el mozo de Calatrava--. ¡Sepa que le engañan y que tiene en su casa a un impostor! Mi padre, el señor Juan Vélez de la Membrilla, no tiene más hijo que yo.» «¡A otro perro con ese hueso!--respondió el viejo--. ¡Yo sé muy bien quién eres tú! ¿No conoces este mozo--señalando a Morales--, a cuyo amo robaste en el camino de Calatrava?» «¡Cómo robar!--repuso Pedro--. ¡A no estar en vuestra casa, le cortaría las orejas a ese desvergonzado, que tiene la insolencia de tratarme de ladrón! ¡Agradézcalo a vuestra presencia, cuyo respeto reprime mi justa ira! Señor--continuó él--, vuelvo a deciros que os engañan; yo soy el mozo a quien el señor Agustín, su hermano, prometió la hija de usted. ¿Quiere que le enseñe todas las cartas que él escribió a mi padre cuando se trataba este matrimonio? ¿Creerá usted al retrato de Florentina, que me envió él poco antes de su muerte?» «No--replicó el viejo--; el retrato no me hará más fuerza que las cartas. Estoy bien enterado del modo con que cayó en tus manos; y el consejo más caritativo que te puedo dar es que cuanto antes salgas de Mérida, para librarte del castigo que merecen tus semejantes.» «¡Eso es ya demasiado!--interrumpió el ultrajado mozo--. ¡No aguantaré jamás que me roben impunemente mi nombre, ni mucho menos que me hagan pasar por salteador de caminos! Conozco a varios sujetos de esta ciudad; voy a buscarlos, y volveré con ellos a confundir la impostura que tan preocupado os tiene contra mí.» Dicho esto, se retiró con su criado, y Morales quedó triunfante. Esta misma aventura impelió a Jerónimo de Miajadas a determinar que se efectuase la boda con la mayor brevedad, a cuyo fin salió a hacer las diligencias.
»Aunque mi compañero estaba muy alegre viendo al padre de Florentina tan favorable a nuestro intento, con todo, no las tenía todas consigo. Temía las consecuencias de los pasos que juzgaba, con razón, no dejaría el señor Pedro de dar, y me esperaba con impaciencia para informarme de todo lo que pasaba. Encontréle sumamente pensativo, y le dije: «¿Qué tienes, amigo? Paréceme que tu imaginación está ocupada en grandes cosas.» «¡Y como que lo está!--me respondió; y al mismo tiempo me refirió todo lo que había pasado, añadiendo al fin--: Mira ahora si tenía fundamento para estar pensativo. Tu temeridad nos ha metido en estos atolladeros. No puedo negar que la empresa era famosa y te hubiera colmado de gloria como saliera bien; pero, según todas las señales, tendrá mal fin, y soy de parecer que antes que se descubra el enredo pongamos los pies en polvorosa, contentándonos con la pluma que hemos arrancado del ala de este buen pavo.» «Señor Morales--le repliqué--, no hay que apresurarnos; usted cede fácilmente a las dificultades y hace muy poco honor a don Matías del Cordel y a los demás caballeros de la orden con quienes ha vivido en Toledo. Quien aprendió en la escuela de tan insignes maestros no debe entrar en cuidado con tanta facilidad. Yo, que quiero seguir las huellas de estos héroes y acreditar que soy digno discípulo de su escuela, hago frente a ese obstáculo que tanto te espanta y me obligo a desvanecerle.» «Si lo consigues--repuso mi camarada--, desde luego declararé que superas a todos los barones ilustres de Plutarco.»
»Al acabar de hablar Morales entró Jerónimo de Miajadas y me dijo: «Acabo de disponerlo todo para tu boda; esta noche serás ya yerno mío. Tu criado te habrá contado lo sucedido. ¿Qué me dices de la infamia de aquel bribón que me quería embocar que era hijo del corresponsal de mi hermano?» Estaba Morales cuidadoso de saber cómo saldría yo de este aprieto, y no quedó poco sorprendido de oírme cuando, mirando tristemente a Miajadas, le respondí con la mayor sinceridad: «Señor, de mí dependería manteneros en vuestro error y aprovecharme de él. Pero conozco que no he nacido para sostener una mentira, y así, quiero hablaros con toda verdad. Confieso que no soy hijo de Juan Vélez de la Membrilla.» «¡Qué es lo que oigo!--interrumpió precipitadamente el viejo entre colérico y sorprendido--. Pues qué, ¿no sois vos el mozo a quien mi hermano?...» «Sosiéguese usted, señor--le interrumpí yo también--, y ya que empecé una narración fiel y sincera, sírvase oírme con paciencia hasta concluirla. Ocho días ha que amo ciegamente a vuestra hija y su amor es el que me ha detenido en Mérida. Ayer, después que acudí a vuestra defensa, pensaba pedírosla por esposa, pero me tapasteis la boca con decirme que estaba ya prometida a otro. Al mismo tiempo, me dijisteis que al morir vuestro hermano os había encargado eficazmente que la casaseis con Pedro de la Membrilla, que así se lo ofrecisteis y que, en fin, erais esclavo de vuestra palabra. Consternado de oíros, y reducido mi amor a la desesperación, me inspiró la estratagema de que me he valido. Os diré, sin embargo, que mil veces me he avergonzado en mi interior de esta cautela; pero me persuadí de que vos mismo me la perdonaríais luego que llegaseis a saber que soy un príncipe italiano que viajo _incógnito_. Mi padre es soberano de ciertos valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya. Y aun me imaginaba que os sorprendería agradablemente cuando os revelase mi nacimiento, y desde entonces me recreaba en pensar el gozo que causaría a Florentina el saber, después de haberme desposado con ella, el fino y discreto chasco que le había dado. ¡El Cielo no quiere--proseguí, mudando de tono--que yo tenga tanto placer! Pareció el verdadero Pedro de la Membrilla; debo restituirle su nombre, cuésteme lo que me costare. Vuestra promesa os obliga a recibirle por yerno. Lo siento, sin poder quejarme, pues debéis preferirle a mí, sin reparar en mi alta clase ni en la cruel situación a que vais a reducirme. No quiero representaros que vuestro hermano no era mas que tío de Florentina y que vos sois su padre, que parece más puesto en razón corresponder a la obligación que me tenéis que hacer punto en cumplir otra, la cual a la verdad os liga muy levemente.» «¿Qué duda tiene eso?--exclamó el buen Jerónimo de Miajadas--. ¡Es una cosa muy clara! Y así, estoy muy lejos de vacilar entre vos y Pedro de la Membrilla. Si viviera mi hermano Agustín, él mismo desaprobaría que prefiriese el tal Pedro a un hombre que me salvó la vida y que, además de eso, es un príncipe que quiere honrar mi familia con tan no merecida como nunca imaginada alianza. ¡Sería preciso que yo fuese enemigo de mi fortuna o hubiese perdido el juicio para que os negase mi hija y no solicitase todo lo posible la más pronta ejecución de este matrimonio!» «Con todo eso, señor--repliqué yo--, no quisiera que usted partiese con precipitación. No haga nada sin deliberarlo con madurez; atienda sólo a sus intereses y sin respeto a la nobleza de mi sangre...» «¡Os burláis de mí!--interrumpió Miajadas--. ¿Debo vacilar un momento? ¡No, príncipe mío, y os ruego que desde esta misma noche os dignéis honrar con vuestra mano a la dichosa Florentina!» «¡Enhorabuena!--le respondí--. Id vos mismo a darle esta noticia y a informarla de su venturosa suerte.»
»Mientras el buen hombre iba a dar parte a su hija de la conquista que había hecho su hermosura, no menos que de un gran príncipe, Morales, que había estado oyendo toda la conversación, se arrodilló de repente delante de mí y me dijo: «¡Señor príncipe italiano, hijo del soberano de los valles que están entre los suizos, el Milanés y la Saboya! ¡Permítame vuestra alteza que me arroje a sus pies para darle prueba de mi alegría y de mi pasmosa admiración! ¡A fe de bribón que eres un prodigio! Teníame yo por el mayor hombre del mundo; pero, hablando francamente, arrío bandera a vista de tu pabellón, sin embargo de que tienes menos experiencia que yo.» «Según eso--le respondí--, ¿ya no tienes miedo?» «¡Cierto que no!--replicó él--. No temo ya al señor Pedro. ¡Que venga ahora su merced cuando quisiere!» Y hétenos aquí a Morales y a mí más firmes en nuestros estribos. Comenzamos a discurrir sobre el camino que habíamos de tomar así que recibiésemos la dote, con la cual contábamos con más seguridad que si la tuviéramos ya en el bolsillo. Sin embargo, todavía no la habíamos pillado, y el fin de la aventura no correspondió muy bien a nuestra confianza.
»Poco tiempo después vimos venir al mocito de Calatrava. Acompañábanle dos vecinos y un alguacil, tan respetable por sus bigotes y su tez amulatada como por su empleo. Estaba con nosotros el padre de Florentina. «Señor Miajadas--le dijo el tal mozo--, aquí os traigo a estos tres hombres de bien, que me conocen y pueden decir quién soy.» «Sí por cierto--dijo el alguacil--; y declaro ante quien convenga cómo yo te conozco muy bien; te llamas Pedro y eres hijo único de Juan Vélez de la Membrilla. ¡Cualquiera que se atreva a decir lo contrario es un solemnísimo embustero!» «Señor alguacil--dijo entonces el buen Jerónimo Miajadas--, yo le creo a usted; para mí es tan sagrado vuestro testimonio como el de los señores mercaderes que vienen en vuestra compañía. Estoy del todo convencido de que este caballerito que los ha conducido a mi casa es hijo del corresponsal de mi difunto hermano. Pero ¿qué me importa? He mudado de dictamen y ya no pienso darle mi hija.» «¡Oh, eso es otra cosa!--dijo el alguacil--. Yo sólo he venido a vuestra casa para aseguraros que conocía a este hombre. Por lo que toca a vuestra hija, vos sois su padre y ninguno os puede obligar a casarla contra vuestra voluntad!» «Tampoco pretendo yo--interrumpió Pedro--forzar la voluntad del señor Miajadas, que puede disponer de su hija como tenga por conveniente; pero desearía saber por qué razón ha variado de parecer. ¿Tiene algún motivo para quejarse de mí? ¡Ah, ya que pierdo la dulce esperanza de ser su yerno, quisiera tener el consuelo de saber que no la perdí por culpa mía!» «No tengo la menor queja de vos--respondió el viejo--; antes bien, os confesaré que siento verme obligado a faltar a mi palabra y os pido mil perdones. Vos sois tan generoso, que me persuado no llevaréis a mal que yo haya preferido a vos un pretendiente a quien debo la vida. Este es el caballero que veis aquí. Este señor--prosiguió, señalándome--es el que me salvó de un gran peligro, y para mayor disculpa mía debo añadir que es un príncipe italiano que, a pesar de la desigualdad de nuestra clase, se digna enlazar con Florentina, de la cual está enamorado.»