Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 9
»Figuraos el trastorno que la lectura de esta carta causaría en mi ánimo. Quedé inmóvil algunos instantes, sin espíritu ni fuerza para hablar. En medio de aquel desmayo y desaliento, se me representó con la mayor viveza todo lo que la muerte de don Gaspar tenía de cruel para mi amor. Al momento caigo en una furiosa desesperación. Arrojéme a los pies de Serafina, y presentándole la espada desnuda, «¡Señora--le dije--, excusad al conde de Polán la molesta fatiga de buscar a un hombre que podría burlar sus más activas diligencias! ¡Vengad vos misma a vuestro hermano! ¡Sacrificadle por vuestra bella mano su homicida! Qué, ¿os detenéis? ¡Descargad el golpe, y sea fatal a su enemigo el mismo acero que a él le quitó la vida!» «Señor--respondió Serafina, enternecida algún tanto de ver mi acción--, yo quería a don Gaspar, y aunque vos le matasteis como caballero y él mismo fué a buscar su desgracia, al fin soy su hermana y no puedo menos de tomar su partido. Sí, don Alfonso, ya soy enemiga vuestra y haré contra vos todo lo que la sangre y el cariño pueden pretender de mí, pero no abusaré de vuestra adversa fortuna. En vano ha dispuesto entregaros en manos de mi venganza, pues si el honor me arma contra vos, él mismo me prohibe vengarme ruinmente. Las leyes de la hospitalidad deben ser inalterables; según ellas, no puedo corresponder con un vil asesinato al generoso servicio que me habéis hecho. ¡Huid, escapad y burlad, si pudiereis, nuestras más vivas pesquisas; poneos a cubierto del rigor de las leyes y libraos del inminente peligro que os amenaza!» «Pues qué, señora--le repliqué--, estando en vuestra mano la venganza, ¿la dejáis a la severidad de las leyes, que pueden quedar desairadas? ¡Ah, señora, atravesad vos misma con esta espada el pecho de un malvado que verdaderamente no merece le perdonéis! ¡No, señora, no uséis de un proceder tan noble y tan generoso con un hombre como yo! ¿Sabéis quién soy? Aunque todo Madrid me tiene por hijo del barón de Steinbach, no soy mas que un desgraciado a quien ha criado en su casa por caridad. Yo mismo ignoro a quiénes debo el ser.» «¡No importa eso!--interrumpió Serafina precipitadamente, como si le hubieran causado nueva pena mis últimas palabras--. Aunque fuerais vos el hombre más vil del mundo, haría siempre lo que me dicta mi honor.» «¡Bien está, señora!--repliqué--. Ya que la muerte de un hermano no ha bastado a persuadiros que derraméis mi sangre, voy a cometer otro delito, haciéndoos una ofensa, que tengo por cierto no me la perdonaréis. Sabed, señora, que os adoro; que desde el mismo punto en que vi vuestra hermosura quedé hechizado y que, a pesar de la obscuridad de mi nacimiento, no perdía la esperanza de poseeros. Estaba tan ciegamente enamorado, o, por mejor decir, llegaba a un punto mi vanidad, que me lisonjeaba de que algún día descubriría el Cielo mi origen y que éste sería tal que sin vergüenza podría manifestaros mi nombre. Después de una declaración que tanto os ultraja, ¿será posible que todavía no os resolváis a castigarme?» «Esa temeraria declaración--replicó la dama--, en otro tiempo sin duda me ofendería; pero la perdono a la turbación en que os veo, fuera de que ni la situación en que yo misma me hallo me permite dar oídos a las expresiones que proferís. Vuelvo a deciros, don Alfonso--añadió derramando algunas lágrimas--, que partáis luego de aquí y os alejéis de una casa que estáis llenando de dolor; cada instante que os detenéis aumenta mis penas.» «Ya no resisto, señora--repliqué levantándome--. Voy a alejarme de vos, pero no penséis que, cuidadoso de conservar una vida que os es odiosa, vaya a buscar un asilo para defenderla. ¡No, no; yo mismo quiero voluntariamente sacrificarme a vuestro dolor! Parto a Toledo, donde esperaré con impaciencia la suerte que vos me preparéis, y, entregándome a vuestras persecuciones, anticiparé yo mismo de este modo el fin de todas mis desdichas.»
»Retiréme al decir esto. Diéronme mi caballo y partí en derechura a Toledo, donde me detuve de intento ocho días, con tan poco cuidado de ocultarme, que verdaderamente no sé cómo no me prendieron; porque no puedo creer que el conde de Polán, tan empeñado en tomarme todos los caminos, se olvidase de cerrarme el de Toledo. En fin, ayer salí de aquel pueblo, donde se me hacía intolerable mi propia libertad, y sin fijarme ni aun proponerme destino ninguno determinado, llegué a esta ermita, con tanta serenidad como pudiera un hombre que nada tuviese que temer. Estos son, padre mío, los cuidados que me ocupan al presente, y ruégoos que me ayudéis con vuestros consejos.»
CAPITULO XI
Quién era el viejo ermitaño y cómo conoció Gil Blas que se hallaba entre amigos.
Luego que don Alfonso acabó la triste relación de sus infortunios, le dijo el ermitaño: «Hijo mío, mucha imprudencia fué el haberos detenido tanto en Toledo. Yo miro con muy diferentes ojos que vos todo lo que me habéis contado, y vuestro amor a Serafina me parece una verdadera locura. Creedme a mí: no os ceguéis. Es menester olvidar a esa joven, pues no está destinada para vos. Ceded voluntariamente a los grandes estorbos que os desvían de ella y entregaos a vuestra estrella, la cual, según todas las señales, os promete muy distintas aventuras. Sin duda encontraréis alguna bella joven que hará en vos la misma impresión, sin que hayáis quitado la vida a ninguno de sus hermanos.»
Iba a decirle muchas cosas para exhortarle a la paciencia, cuando vimos entrar en la ermita a otro ermitaño, cargado con unas alforjas bien llenas. Venía de Cuenca, donde había recogido una limosna muy copiosa. Parecía más mozo que su compañero; su barba era roja, espesa y bien poblada. «Bien venido, hermano Antonio--le dijo el viejo anacoreta--. ¿Qué noticias nos traes de la ciudad?» «¡Bien malas!--respondió el hermano barbirrojo--. Ese papel os las dirá.» Y entrególe un billete cerrado en forma de carta. Tomóle el viejo, y después de haberle leído con toda la atención que merecía su contenido, exclamó: «¡Loado sea Dios! ¡Pues se ha descubierto ya la mecha, tomemos otro modo de vivir! Mudemos de estilo--prosiguió, dirigiendo la palabra al joven caballero--. En mí tenéis un hombre con quien juegan como con vos los caprichos de la fortuna. De Cuenca, que dista una legua de aquí, me escriben que han informado mal de mí a la justicia, cuyos ministros deben venir mañana a prenderme en esta ermita; pero no encontrarán la liebre en la cama. No es la primera vez que me veo en este apuro, y, gracias a Dios, casi siempre he sabido librarme con honra y desembarazo. Voy a presentarme en otra nueva figura, porque habéis de saber que, tal cual me veis, no soy ermitaño ni viejo.»
Diciendo y haciendo, se desnudó del saco grosero que le llegaba hasta los pies y dejóse ver con una jaquetilla o capotillo de sarga negra con mangas perdidas. Quitóse el capuz, desató un sutil cordón que sostenía su gran barba postiza y ofreció a los ojos de los circunstantes un mozo de veintiocho a treinta años. El hermano Antonio, a su imitación, hizo lo mismo; quitóse el hábito y la barba eremítica y sacó de un arca vieja y carcomida una raída sotanilla, con que se cubrió lo mejor que pudo. Pero ¿quién podrá concebir lo admirado y atónito que me quedé cuando en el viejo ermitaño reconocí al señor don Rafael y en el hermano Antonio a mi fidelísimo criado Ambrosio de Lamela? «¡Vive diez--exclamé al punto sin poderme contener--, que estoy en tierra amiga!» «Así es, señor Gil Blas--dijo riendo don Rafael--. Sin saber cómo ni cuándo te has encontrado con dos grandes y antiguos amigos tuyos. Confieso que tienes algún motivo para estar quejoso de nosotros, pero ¡pelitos a la mar! Olvidemos lo pasado y demos gracias a Dios de que nos ha vuelto a juntar. Ambrosio y yo os ofrecemos nuestros servicios, que no son para despreciados. Nosotros a ninguno hacemos mal, a ninguno apaleamos, a ninguno asesinamos y solamente queremos vivir a costa ajena. Agrégate a nosotros dos y tendrás una vida andante, pero alegre. No la hay más divertida, como se tenga un poco de prudencia. No es esto decir que, a pesar de ella, el encadenamiento de las causas segundas no sea tal a veces que nos acarree muy pesadas aventuras; pero en cambio hallamos las buenas mejores y ya estamos acostumbrados a la inconstancia de los tiempos y a las vicisitudes de la fortuna. Señor caballero--prosiguió el fingido ermitaño volviéndose a don Alfonso--, la misma proposición os hacemos a vos, que me parece no debéis despreciar en el estado en que presumo os halláis, porque, además de la precisión de andar siempre fugitivo y escondido, tengo para mí que no estáis muy sobrado de dinero.» «Así es--dijo don Alfonso--, y eso es lo que aumenta mi pesadumbre.» «¡Ea, pues--repuso don Rafael--, buen ánimo! No nos separaremos los cuatro; éste es el mejor partido que podéis tomar. Nada os faltará en nuestra compañía y nosotros sabremos inutilizar todas las pesquisas y requisitorias de vuestros enemigos. Hemos recorrido toda España y sabemos todos sus rincones, bosques, matorrales, sierras quebradas, cuevas y escondrijos, abrigos segurísimos contra las brutalidades de la justicia.» Agradecióles don Alfonso su buena voluntad, y hallándose efectivamente sin dinero y sin recurso determinó ir en su compañía, y también yo tomé igual partido, por no dejar a aquel joven, a quien había cobrado ya grande inclinación.
Convinimos, pues, todos cuatro en andar juntos y no separarnos. Tratóse entonces sobre si marcharíamos en aquel mismo punto o nos detendríamos primero a dar un tiento a una bota llena de exquisito vino que el día anterior había traído de Cuenca el hermano Antonio; pero don Rafael, como más experimentado, fué de parecer que ante todas cosas se debía pensar en ponernos a salvo, y que así, era de sentir que caminásemos toda la noche para llegar a un bosque muy espeso que había entre Villar del Saz y Almodóvar, donde haríamos alto y, libres de toda zozobra, descansaríamos el día siguiente. Abrazóse este parecer, y los dos ermitaños acomodaron su ropa y demás provisiones en dos envoltorios, y equilibrando el peso lo mejor que pudieron los cargaron en el caballo de don Alfonso.
Anduvimos toda la noche, y cuando estábamos ya muy rendidos del cansancio, al despuntar el día descubrimos el bosque adonde se encaminaban nuestros pasos. La vista del puerto alegra y da vigor a los marineros fatigados de una larga navegación; cobramos ánimo y llegamos por fin al fin de nuestra carrera antes de salir el Sol. Penetramos hasta lo interior del bosque, donde, haciendo alto en un delicioso sitio, nos echamos sobre la verde hierba de un espacioso prado rodeado de corpulentas encinas, cuyas frondosas ramas, entretejiéndose unas con otras, negaban la entrada a los rayos del Sol. Descargamos el caballo, quitámosle la brida y echámosle a pacer por el prado. Sentámonos, sacamos de las alforjas del hermano Antonio algunos zoquetes de pan, muchos pedazos de carne asada, y como unos perros hambrientos nos abalanzamos a ellos, compitiendo unos con otros en la presteza y en la gana de comer. Con todo eso, obligábamos al hambre a que aguardase un poco, por los frecuentes abrazos que dábamos a la bota, que en movimiento poco menos que continuo estaba casi siempre en el aire, pasando de unas manos a otras.
Acabado el almuerzo, dijo don Rafael a don Alfonso: «Caballero, a vista de la confianza que usted me ha hecho, justo será también que yo cuente la historia de mi vida con la misma sinceridad.» «Gran gusto me daréis en eso», respondió el joven. «Y a mí, grandísimo--añadí yo--, porque tengo ansia de saber vuestras aventuras, que no dudo serán dignas de oírse.» «¡Y como que lo son!--replicó don Rafael--. Lo han sido tanto, que pienso algún día escribirlas. Con esta obra hago ánimo de divertir mi vejez, porque en el día todavía soy mozo y quiero añadir materiales para aumentar el volumen. Pero ahora estamos fatigados; recuperémonos con algunas horas de sueño. Mientras dormimos los tres, Ambrosio velará y hará centinela para evitar toda sorpresa, que después dormirá él y nosotros estaremos de escucha, pues aunque pienso que aquí nos hallamos con toda seguridad, nunca sobra la precaución.» Dicho esto, se tendió a la larga sobre la hierba; don Alfonso hizo lo mismo; yo imité a los dos y Lamela comenzó a hacernos la guardia.
El pobre don Alfonso, en vez de dormir, no hizo mas que pensar en sus desgracias. Por lo que toca a don Rafael, se quedó dormido inmediatamente; pero despertó dentro de una hora, y viéndonos dispuestos a oírle dijo a Lamela: «Amigo Ambrosio, ahora puedes tú ir a descansar.» «¡No, no!--respondió Lamela--. Ninguna gana tengo de dormir; y aunque sé ya todos los sucesos de vuestra vida, son tan instructivos para las personas de nuestra profesión, que tendré especial gusto en oírlos contar otra vez.» Así, pues, comenzó don Rafael la historia de su vida en los términos siguientes:
LIBRO QUINTO
CAPITULO PRIMERO
Historia de don Rafael.
«Soy hijo de una comedianta de Madrid, famosa por su habilidad, pero mucho más por sus célebres aventuras. Llamábase Lucinda. En cuanto a mi padre, no puedo sin temeridad asegurar quién fuese. Podía muy bien decir quién era el sujeto de distinción que cortejaba a mi madre al tiempo que yo nací; pero esta época no es prueba convincente de que yo le debiese el ser. Las personas de la clase de mi madre son, por lo común, tan poco de fiar en este punto, que cuando se muestran más inclinadas a un señor le tienen ya prevenido algún substituto por su dinero.
»No hay cosa como no hacer aprecio de lo que digan malas lenguas. Mi madre, en vez de darme a criar donde ninguno me conociese, sin hacer misterio alguno me cogía de la mano y me llevaba al teatro muy francamente, no dándosele un pito de lo mucho que se hablaba de ella ni de las falsas risitas que causaba sólo el verme. En fin, yo era su ídolo y la diversión de cuantos venían a casa, los cuales no se cansaban de hacerme mil fiestas. No parecía sino que en todos ellos hablaba la sangre a favor mío.
»Dejáronme pasar los doce primeros años de mi vida en todo género de frívolos pasatiempos. Apenas me enseñaron a leer y escribir, y mucho menos la doctrina cristiana. Solamente aprendí a cantar, bailar y tocar un poco la guitarra. A esto se reducía todo mi saber cuando el marqués de Leganés me pidió para que estuviese en compañía de un hijo suyo único, poco más o menos de mi edad. Consintió en ello Lucinda con mucho gusto, y entonces fué el tiempo en que comencé a ocuparme en alguna cosa seria. El tal caballerito estaba tan adelantado como yo, y, fuera de eso, no parecía haber nacido para las ciencias. Apenas conocía una letra del abecedario, sin embargo que hacía quince meses que tenía para esto un preceptor. Los demás maestros sacaban el mismo partido de sus lecciones, de modo que a todos les tenía apurada la paciencia. Es verdad que a ninguno le era lícito castigarle; antes bien, a todos les estaba mandado expresamente le enseñasen sin mortificarle, orden que, unida a la mala disposición del señorito para el estudio, hacía inútil la enseñanza que se le daba.
»Pero al maestro de leer le ocurrió un bello medio para meter miedo al discípulo sin contravenir a la orden de su padre. Este medio fué azotarme a mí siempre que aquél lo merecía. No me gustó el tal arbitrio, y así, me escapé y fuí a quejarme a mi madre de una cosa tan injusta; pero ella, aunque me quería mucho, tuvo valor para resistir a mis lágrimas, y considerando lo decoroso y ventajoso que era para su hijo el estar en casa de un marqués, me volvió a ella inmediatamente; y héteme aquí otra vez en poder del preceptor. Como éste había observado que su invención había producido buen efecto, prosiguió azotándome en lugar de hacerlo al señorito, y para que el castigo hiciese más impresión en él me sacudía de firme, de modo que estaba seguro de pagar diariamente por el joven Leganés, pudiendo yo decir con toda verdad que ninguna letra del alfabeto aprendió el hijo del marqués que no me costase a mí cien azotes. Echen ustedes la cuenta del número a que ascenderían éstos.
»No eran solamente los azotes lo que tenía que aguantar en aquella casa. Como toda la gente de ella me conocía, los criados inferiores, hasta los mismos maritornes, me echaban en cara a cada paso mi nacimiento. Esto llegó a aburrirme tanto que un día huí, después de haber tenido maña para robar al preceptor todo el dinero que tenía, el cual podía ser como unos ciento y cincuenta ducados. Tal fué la venganza que tomé de las injustas y crueles zurras con que su merced me había favorecido, y creo que no podía tomar otra que le fuera más sensible. Este juego de manos lo supe hacer con tanto primor y sutileza, que, aunque fué mi primer ensayo, dejé burladas cuantas pesquisas se hicieron en dos días para saber quién había sido el raterillo. Salí de Madrid y llegué a Toledo sin que ninguno fuese en mi seguimiento.
»Entraba entonces en mis quince años. ¡Gran gusto es hallarse un hombre en aquella edad con dinero, sin sujeción a nadie y dueño de sí mismo! Hice presto conocimiento con dos mozuelos, que me hicieron listo y ayudaron a comer mis cien ducados. Juntéme también con ciertos caballeros de la garra, los cuales cultivaron tan felizmente mis buenas disposiciones naturales, que en poco tiempo llegué a ser uno de los más ricos caballeros de su orden.
»Al cabo de cinco años se me puso en la cabeza el viajar y ver tierras. Dejé a mis cofrades, y queriendo dar principio a mis caravanas por Extremadura, me dirigí a Alcántara; pero antes de entrar en el pueblo hallé una bellísima ocasión de ejercitar mis talentos y no la dejé escapar. Como caminaba a pie y cargado con mi mochila, que no pesaba poco, me sentaba a ratos a descansar a la sombra de los árboles que estaban a orillas del camino. Una de estas veces me encontré con dos mozos, ambos hijos de gente de forma, los cuales estaban en alegre conversación, al fresco, en un verde prado. Saludélos con mucha cortesía, lo que me pareció no haberles desagradado, y con esto entablamos luego conversación. El de más edad no llegaba a quince años, y ambos eran muy sencillos. «Señor caminante--me dijo el más joven--, nosotros somos hijos de dos ricos ciudadanos de Plasencia; nos entró un gran deseo de ver el reino de Portugal, y para contentarlo cada uno hurtó cien doblones a su padre. Caminamos a pie para que nos dure más el dinero y podamos así ver más provincias. ¿Qué le parece a usted?» «Si yo tuviera tanta plata--les respondí--, ¡Dios sabe a dónde iría a dar conmigo! Recorrería con él las cuatro partes del mundo. ¡Adónde vamos a parar! ¡Doscientos doblones! Es una suma de que nunca se verá el fin. Si lo tenéis a bien, hijos míos--añadí--, yo os acompañaré hasta la villa de Almoharín, adonde voy a recibir la herencia de un tío mío, que murió después de haber vivido allí el espacio de veinte años.» Respondiéronme los dos mozos que tendrían el mayor gusto en ir en mi compañía. Con esto, después de haber descansado un poco todos tres, marchamos todos juntos a Alcántara, donde entramos mucho antes de anochecer.
»Alojámonos todos en un mesón, pedimos un cuarto y nos dieron uno donde había un armario que se cerraba con llave. Dijimos que se nos dispusiese de cenar, y mientras, propuse a mis compañeritos si gustaban que saliésemos a dar una vuelta por el pueblo. Agradóles mucho la proposición. Guardamos nuestros hatillos en el armario, cerrámoslo y uno de los dos jóvenes guardó la llave en la faltriquera. Salimos del mesón, fuimos a ver algunas iglesias, y estando en la principal, fingí de pronto que me había ocurrido un negocio de importancia, y así, dije: «Queridos, ahora me acuerdo de que un amigo de Toledo me encargó dijese de su parte dos palabras a un mercader que vive cerca de esta iglesia; esperadme aquí, que voy y vuelvo en un momento.» Diciendo esto, me aparté de ellos. Vuelvo a la posada, voime derecho al armario, quebranto la cerradura, registro sus mochilas y encuentro sus doblones. ¡Pobres niños! Robéselos todos, sin dejarles siquiera uno para pagar el piso de la posada. Hecho esto, salí prontamente del pueblo y tomé el camino de Mérida, sin darme cuidado de lo que dirían ni harían las inocentes criaturas.
»Púsome este lance en estado de poder caminar con más comodidad. Aunque tenía pocos años, me sentía capaz de portarme con juicio, y puedo decir que estaba suficientemente adelantado para aquella edad. Determiné comprar una mula, como lo hice efectivamente en el primer lugar donde la encontré. Convertí la mochila en una maleta y empecé a hacerme algo más el hombre de importancia. A la tercera jornada encontré en el camino a un hombre que iba cantando vísperas a grandes voces. Desde luego conocí que era algún sochantre. «¡Animo--le dije--, señor bachiller, y vaya usted adelante, que lo canta de pasmo.» «Caballero--me respondió--, soy cantor de una iglesia y quiero ejercitar la voz.»
»De esta manera entramos en conversación, y no tardé en conocer que me hallaba con un hombre muy divertido y agudo. Tendría como de veinticuatro a veinticinco años, y como él iba a pie y yo a caballo, de propósito refrenaba la mula para ir a su paso, por el gusto de oírle. Hablamos, entre otras cosas, de Toledo. «Tengo bien conocida aquella ciudad--me dijo el cantor--; he estado en ella muchos años y tengo allí algunos amigos.» «¿Y en qué calle vivía usted?», le interrumpí. «En la calle Nueva--respondió--, donde vivía con don Vicente de Buenagarra y don Matías del Cordel y otros dos o tres honrados caballeros. Habitábamos y comíamos juntos y lo pasábamos alegremente.» Sorprendíme al oírle estas palabras, porque los sujetos que citaba eran los mismos _caballeros de la garra_ que en Toledo me habían recibido en su nobilísima orden. «Señor cantor--exclamé entonces--, esos ilustrísimos señores son muy conocidos míos, porque vivimos juntos en la misma calle Nueva.» «¡Ya os entiendo!--me respondió sonriéndose--. Eso es decir que entrasteis en la orden tres años después que yo salí de ella.» «Dejé la compañía de aquellos caballeros--proseguí--porque se me puso en la cabeza el viajar y ver mundo. Pienso andar toda España, y sin duda valdré más cuando tenga más experiencia.» «¡Acertado pensamiento!--dijo el cantor--. Para perfeccionar el ingenio y los talentos no hay mejor escuela que la de viajar. Por la misma razón dejé yo a Toledo, aunque nada me faltaba en aquella ciudad. ¡Gracias a Dios, que me ha dado a conocer a un caballero de mi orden cuando menos lo pensaba! Unámonos los dos, caminemos juntos, hagamos una liga ofensiva y defensiva contra el bolsillo del prójimo y aprovechemos todas las ocasiones que se ofrezcan de mostrar nuestra habilidad.»
»Díjome esto con tanta franqueza y gracia, que desde luego acepté la proposición. En el mismo punto granjeó toda mi confianza, y yo la suya. Abrímonos recíprocamente el pecho; contóme su historia y yo le dije mis aventuras. Confióme que venía de Portalegre, de donde le había hecho salir cierto lance malogrado por un contratiempo, obligándole a ponerse en salvo precipitadamente bajo el traje de sopista en que le veía. Luego que me informó de todos sus asuntos, determinamos dirigirnos a Mérida, a probar fortuna y ver si podíamos dar allí un golpe maestro, y después marchar a otra parte. Desde aquel instante se hicieron comunes nuestros bienes. Es verdad que Morales--así se llamaba mi nuevo compañero--no se hallaba en muy brillante situación. Todo su haber consistía en cinco o seis ducados y en alguna ropa que llevaba en la mochila; pero si yo estaba mucho mejor que él en dinero, en recompensa, él estaba mucho más adelantado que yo en el arte de engañar a los hombres. Montábamos los dos alternativamente en la mula, y de esta manera llegamos en fin a Mérida.