Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 2 de 3)
Part 11
»Al oír esto, Pedro se quedó mudo y confuso, y los dos mercaderes, abriendo tanto ojo, quedaron como absortos; pero el alguacil, como acostumbrado a mirar las cosas por el mal lado, sospechó que detrás de aquella extraordinaria aventura se ocultaba algún enredo que le podía valer algunos cuartos. Empezó a mirarme con la más escrupulosa atención, y como mis facciones, que nunca había visto, ayudaban poco a su buena voluntad, se volvió a examinar a mi camarada con igual curiosidad. Por desgracia de mi alteza, conoció a Morales, y acordándose de haberle visto en la cárcel de Ciudad Real, «¡Ah! ¡Ah!--exclamó sin poderse contener--. ¡He aquí uno de nuestros parroquianos! ¡Me acuerdo de este caballero y os le doy por uno de los mayores bribones que calienta el sol de España en todos sus reinos y señoríos!» «¡Poco a poco, señor alguacil--dijo Jerónimo Miajadas--, que ese pobre mozo, de quien hacéis tan mal retrato, es un criado del señor príncipe!» «¡Sea en buen hora!--respondió--. ¡Eso me basta para saber lo que debo creer! ¡Por el criado saco yo lo que será el amo! ¡No me queda la menor duda de que estos dos señores son dos pícaros de marca que se han unido para burlarse de vos! Soy muy práctico en conocer esta casta de pájaros, y para haceros ver que son dos lindas ganzúas, en el mismo punto voy a llevarlos a la cárcel. ¡Quiero que se aboquen con el señor corregidor para que tengan con él una conversación reservada y sepan de la boca de su señoría que todavía se usan por acá penques y rebenques!» «¡Alto ahí, señor ministro!--replicó el viejo--. ¡No hay que llevar tan adelante el negocio! Los del hábito de usted no tienen reparo en mortificar a una persona honrada. ¿No podrá ser este criado un bribón sin que el amo lo sea? ¿Es por ventura cosa nueva ver bribones al servicio de los príncipes?» «¡Usted se chancea con sus príncipes!--repuso el alguacil--. Este mozo, vuelvo a decir, es un tunante, y así, desde ahora les intimo a los dos que se den _presos al rey_. Si rehusan ir voluntariamente a la cárcel, veinte hombres tengo a la puerta que los llevarán por fuerza. ¡Vamos, príncipe mío--me dijo en seguida--; vamos andando!»
»Al oír estas palabras quedé todo fuera de mí, y lo mismo sucedió a Morales; y nuestra turbación nos hizo sospechosos a Jerónimo Miajadas, o, por mejor decir, nos perdió enteramente en su concepto. Bien se persuadió de que habíamos querido engañarle, y con todo eso tomó en esta ocasión el partido que debe tomar una persona delicada. «Señor ministro--dijo al alguacil--, vuestras sospechas pueden ser falsas y también verdaderas; pero sean lo que fueren, no apuremos más la materia. Os suplico que no impidáis que estos caballeros salgan y se retiren a donde mejor les pareciere. Es una gracia que os pido para cumplir con la obligación que les debo.» «La mía--interrumpió el alguacil--sería llevarlos a la cárcel sin atención a vuestros ruegos. Sin embargo, por respeto vuestro, quiero dispensarme ahora del cumplimiento de mi deber, con la condición de que en este mismo momento han de salir de la ciudad. ¡Porque si mañana los veo en ella, les aseguro por quien soy que han de ver lo que les pasa!»
»Cuando Morales y yo oímos decir que estábamos libres, volvimos a respirar. Quisimos hablar con resolución y sostener que éramos hombres de honor; pero el alguacil, con una mirada de soslayo, nos impuso silencio. No sé por qué esta gente tiene ascendiente sobre nosotros. Vímonos, pues, precisados a ceder Florentina y la dote a Pedro de la Membrilla, que verosímilmente pasó a ser yerno de Jerónimo de Miajadas.
»Retiréme con mi camarada y tomamos el camino de Trujillo, con el consuelo de haber a lo menos ganado cien doblones en esta aventura. Una hora antes de anochecer pasábamos por una aldea, con ánimo de ir a hacer noche más adelante, y vimos en ella un mesón de bastante buena apariencia para aquel lugar. Estaban el mesonero y la mesonera sentados a la puerta, en un poyo. El mesonero, hombre alto, seco y ya entrado en días, estaba rascando una guitarra para divertir a su mujer, que mostraba oírle con gusto. Viendo el mesonero que pasábamos de largo, «¡Señores--nos gritó--, aconsejo a ustedes que hagan alto en este lugar! Hay tres leguas mortales a la primera posada, y créanme que no lo pasarán tan bien como aquí. ¡Entren ustedes en mi casa, que serán bien tratados y por poco dinero!» Dejámonos persuadir. Acercámonos más al mesonero y a la mesonera, saludámoslos, y habiéndonos sentado junto a ellos, nos pusimos todos cuatro a hablar de cosas indiferentes. El mesonero decía que era cuadrillero de la Santa Hermandad, y la mesonera tenía pinta de ser una buena pieza que sabía vender bien sus agujetas.
»Interrumpió nuestra conversación la llegada de doce o quince hombres, montados unos en caballos y otros en mulas, seguidos de como unos treinta machos de carga. «¡Oh cuántos huéspedes!--exclamó el mesonero--. ¿Dónde podré yo alojar a tanta gente?» En un instante se vió la aldea llena de hombres y de caballerías. Había, por fortuna, una espaciosa granja cerca del mesón, en la que se acomodaron los machos y cargas, y las mulas y caballos se repartieron en varias caballerizas del mesón y del lugar. Los hombres pensaron menos en dónde habían de dormir que en mandar disponer una buena cena, la que se ocuparon en hacer el mesonero, la mesonera y una criada, dando fin de todas las aves del corral. Con esto, y un guisado de conejo y de gato y una abundante sopa de coles, hecha con carnero, hubo para toda la comitiva.
»Morales y yo mirábamos a aquellos caballeros, los cuales también nos miraban a nosotros de cuando en cuando. En fin, trabamos conversación y les dijimos que si lo tenían a bien cenaríamos en compañía; y habiéndonos respondido que tendrían en ello particular gusto, nos sentamos todos juntos a la mesa. Entre ellos había uno que parecía mandaba a los demás, y aunque éstos le trataban con bastante familiaridad, sin embargo, se conocía que le miraban con algún respeto. Lo cierto es que ocupaba siempre el lugar más distinguido, que hablaba alto, que algunas veces contradecía a los otros sin reparo y que, lejos de hacer lo mismo con él, más bien parecía que todos se adherían a su dictamen. La conversación recayó casualmente sobre Andalucía, y como Morales comenzase a alabar mucho a Sevilla, el hombre de quien voy hablando le dijo: «Caballero, usted hace el elogio de la ciudad donde yo nací, o a lo menos muy cerca de ella, porque mi madre me dió a luz en el arrabal de Mairena.» «En el mismo me parió la mía--respondió Morales--, y no es posible que yo deje de conocer a los parientes de usted, conociendo desde el alcalde hasta la última persona del arrabal. ¿Quién fué su señor padre?» «Un honrado escribano--respondió el caballero--llamado Martín Morales.» «¡Martín Morales!--exclamó mi compañero, no menos alegre que sorprendido--. ¡A fe mía que la aventura es bien extraña! Según eso, sois mi hermano mayor, Manuel Morales.» «Justamente--respondió el otro--, y, por consiguiente, tú eres mi hermanico Luis, a quien dejé en la cuna cuando salí de la casa paterna.» «Ese es mi nombre», replicó mi camarada; y dicho esto, se levantaron los dos de la mesa y se dieron mil abrazos. Volviéndose después el señor Manuel a todos los que estábamos presentes, dijo: «Señores, este suceso tiene algo de maravilloso. La casualidad dispone que encuentre y reconozca a un hermano a quien ha por lo menos más de veinte años que no he visto; dadme licencia para que os lo presente.» Entonces todos los caballeros, que por cortesía estaban en pie, saludaron al hermano menor de Morales y le dieron repetidos abrazos. Después de esto, nos volvimos a la mesa, la que no dejamos en toda la noche. Los dos hermanos se sentaron uno junto a otro y estuvieron hablando en voz baja de las cosas de su familia, mientras los demás convidados bebíamos y nos alegrábamos.
»Tuvo Luis una larga conversación con su hermano Manuel, y concluída, me llamó aparte y me dijo: «Todos estos caballeros son criados del conde de Montaños, a quien el rey acaba de nombrar virrey de Mallorca. Conducen el equipaje de su amo a Alicante, donde deben embarcarse. Mi hermano, que es el mayordomo de Su Excelencia, me ha propuesto llevarme consigo, y a vista de la repugnancia que le mostré de dejar tu compañía, me dijo que si tú quieres venir con nosotros te facilitará un buen empleo. Caro amigo--continuó él--, te aconsejo que no desprecies este partido. Vamos juntos a Mallorca; si allí lo pasamos bien, nos quedaremos, y si no nos tuviere cuenta nos volveremos a España.»
»Admití con gusto la propuesta; incorporámonos el joven Morales y yo con la familia del conde y partimos del mesón antes del amanecer del día siguiente. Pusímonos en camino para Alicante, yendo a largas jornadas. Luego que llegamos, compré una guitarra y me mandé hacer un vestido decente antes de embarcarme. Ya no pensaba yo sino en la isla de Mallorca, y lo mismo sucedía a mi camarada Morales. Parecía que ambos habíamos renunciado para siempre a la vida bribona. Es preciso decir la verdad: uno y otro queríamos acreditarnos de hombres de bien entre aquellos caballeros, y este respeto nos contenía. En fin, nos embarcamos alegremente, lisonjeándonos con la esperanza de llegar presto a Mallorca; pero no bien habíamos salido del golfo de Alicante, cuando nos cogió una furiosa borrasca. ¡Qué ocasión tan buena era ésta para hacer ahora una bellísima descripción de la tempestad, pintándoos el aire todo inflamado, la viva luz de los relámpagos, el estampido de los truenos, la rápida caída de los rayos, el silbido de los vientos y la hinchazón de las olas, etc.! Pero dejando a un lado todas las flores retóricas, os diré sencillamente que fué tan recia la tormenta, que nos obligó a ancorar en la punta de la Cabrera, que es una isla desierta, defendida con un fortín, cuya guarnición consistía entonces en cinco o seis soldados y un oficial, que nos recibió con mucho agasajo.
»Como nos veíamos precisados a detenernos allí muchos días para componer nuestro velamen, procuramos pasar el tiempo en diferentes diversiones para evitar el fastidio. Siguiendo cada uno su inclinación, unos jugaban a los naipes; otros, a la pelota, etc.; yo me iba a pasear por la isla con otros compañeros amantes del paseo. Saltábamos de peñasco en peñasco, porque el terreno es desigual y tan pedregoso que apenas se descubría en él un palmo de tierra. Un día que considerando aquellos lugares áridos y secos estábamos admirando los caprichos de la Naturaleza, que es fecunda o estéril donde le da la gana, sentimos todos de repente un olor muy grato que nos dejó sorprendidos. Lo quedamos mucho más cuando volviéndonos hacia el Oriente, de donde venía aquella fragancia, vimos un campo todo cubierto de madreselva, más hermosa y odorífera que la de Andalucía. Acercámonos gustosos a aquellos bellísimos arbustos, que perfumaban el aire circunvecino, y hallamos que cercaban la entrada de una caverna muy profunda. Era ésta ancha y poco sombría; bajamos a ella por una escalera o caracol de piedra adornado de flores que primorosamente guarnecían sus lados. Cuando estuvimos abajo, vimos serpentear, sobre un suelo de arena más roja que el oro, varios arroyuelos, formados de las gotas que destilaban continuamente los peñascos y se perdían en la misma arena. Pareciónos tan clara y cristalina el agua, que nos dió gana de beberla, y la hallamos tan fresca y delgada, que resolvimos volver a este lugar al día siguiente, llevando con nosotros algunas botellas de vino, persuadidos de que lo beberíamos allí con gusto.
»Dejamos con sentimiento un sitio tan delicioso, y cuando nos restituímos al fuerte ponderamos a nuestros camaradas la noticia de tan feliz descubrimiento; pero el comandante del fuerte nos dijo que nos advertía en amistad que por ningún caso volviésemos a la cueva de que tan enamorados habíamos quedado. «¿Y eso por qué?--le pregunté yo--. ¿Hay por ventura algo que temer?» «Y mucho--me respondió--. Los corsarios de Argel y de Trípoli vienen algunas veces a esta isla y hacen aguada en ese paraje, y uno de estos días sorprendieron en él a dos soldados y los llevaron esclavos.» Por más seriedad con que nos lo decía el oficial, no le quisimos creer. Parecíanos que se zumbaba, y al día siguiente volví yo a la caverna con tres caballeros de la comitiva, y de intento no quisimos llevar armas de fuego, para mostrar que no teníamos el más mínimo temor. Morales no quiso venir con nosotros y se quedó jugando con su hermano y otros del castillo.
»Bajamos al hondo de la cueva como el día anterior y pusimos a refrescar las botellas de vino en uno de los arroyuelos. A lo mejor que estábamos bebiendo, tocando la guitarra y divirtiéndonos con mucha algazara y alegría, vimos a la boca de la caverna muchos hombres con bigotes, turbantes y vestidos a la turca. Juzgamos al pronto que eran algunos del navío, que juntamente con el comandante se habían disfrazado para chasquearnos. Creídos de esto nos echamos a reír y dejamos bajar hasta diez de ellos sin pensar en defendernos; pero presto quedamos tristemente desengañados viendo ser un pirata que venía con su gente a esclavizarnos. «¡Rendíos, perros--nos dijo en lengua castellana--, o aquí moriréis todos!» Al mismo tiempo nos pusieron al pecho las carabinas los que con él venían y que a la menor resistencia las hubieran disparado. Preferimos la esclavitud a la muerte y entregamos las espadas al pirata. Nos hizo cargar de cadenas, nos llevaron a su buque, que no estaba muy distante, levaron anclas, hiciéronse a la vela y singlaron hacia Argel.
»De este modo fuimos justamente castigados del poco aprecio que hicimos del aviso del comandante del fuerte. La primera cosa que hizo el corsario fué registrarnos y quitarnos cuanto dinero llevábamos. ¡Gran golpe de mano para él! Los doscientos doblones del mercader de Plasencia, los ciento que Jerónimo Miajadas había dado a Morales, y que por desgracia llevaba yo conmigo, todo lo arrebañó sin misericordia. Los bolsillos de mis camaradas tampoco estaban mal provistos. En suma, el pirata hizo una buena pesca, de lo que estaba muy contento; y el grandísimo bergante, no bastándole haberse apoderado de todo nuestro dinero, comenzó a insultarnos con bufonadas, que no eran mucho menos sensibles que la dura necesidad de aguantarlas. Después de mil impertinentes truhanadas, y para mofarse de nosotros de otro modo, mandó traer las botellas que habíamos puesto a refrescar y comenzó a vaciarlas todas, ayudándole sus gentes y repitiendo a nuestra salud muchos brindis por irrisión.
»Durante este tiempo mis camaradas mostraban un semblante que daba a entender lo que interiormente pasaba en ellos. Se les hacía tanto más doloroso el cautiverio cuanto más alegre era la idea de ir a la isla de Mallorca. Por lo que a mí toca, tuve valor para tomar desde luego mi determinación, y menos apesadumbrado que los otros, no sólo trabé conversación con nuestro capitán mofador, sino que le ayudé yo mismo a llevar adelante la zumba, cosa que le cayó muy en gracia. «Oye, mozo--me dijo--, me gusta tu buen humor y tu genio; y si bien se considera, en vez de gemir y suspirar, lo mejor es armarse de paciencia y acomodarse con el tiempo. Tócanos una buena tocata--añadió, viendo que yo llevaba una guitarra--; veamos a lo que llega tu habilidad.» Mandó que me desatasen los brazos, y al punto comencé a tocar, de tal modo que merecí sus aplausos; bien es verdad que yo no manejaba mal este instrumento. También me hizo cantar, y no quedó menos satisfecho de mi voz; todos los turcos que había en el bajel mostraron con gestos de admiración el placer con que me habían oído, por lo que conocí que en materia de música no carecían de gusto. El pirata se arrimó a mí y me dijo al oído que sería un esclavo afortunado y que podía estar cierto de que mis talentos me proporcionarían un destino que haría muy llevadera la esclavitud.
»Estas palabras me consolaron algo; pero, por más halagüeñas que fuesen, no dejaba de inquietarme el empleo que el pirata me había pronosticado y temía que no fuese de mi aceptación. Al llegar al puerto de Argel vimos una multitud de personas que había acudido para vernos, y sin que aún hubiésemos saltado en tierra hicieron resonar el aire con mil gritos de alegría y alborozo. Acompañaba a éstos un confuso rumor de trompetas, flautas moriscas y otros instrumentos del uso de aquella gente y que causaban un estruendo desentonado más que una música apacible. Aquella extraordinaria algazara nacía de la falsa noticia que se había esparcido por la ciudad de que el renegado Mahometo--que así se llamaba nuestro pirata--había muerto peleando con una gruesa embarcación genovesa, y todos sus parientes y amigos, informados de su regreso, acudían a darle muestras de su regocijo.
»Luego que desembarcamos, a mí y a mis compañeros nos llevaron al palacio del bajá Solimán, donde un escribano cristiano nos examinó a cada uno en particular, preguntándonos el nombre, edad, patria, religión y habilidad. Entonces Mahometo, mostrándome al bajá, le ponderó mi voz y mi destreza en tocar la guitarra. No hubo menester más Solimán para determinarse a tomarme a su servicio, y desde aquel punto quedé reservado para su serrallo, adonde me condujeron para instalarme en el empleo que me estaba destinado. Los demás cautivos fueron llevados a la plaza mayor y vendidos según costumbre. Verificóse lo que Mahometo me había pronosticado en el bajel, porque, ciertamente, fuí muy afortunado. No me entregaron a las guardias de las mazmorras ni me destinaron a trabajar en las obras públicas; antes bien, mandó Solimán, por aprecio particular, que me agregasen en cierto sitio privado a cinco o seis esclavos de distinción, cuyo rescate se esperaba presto y a quienes no se empleaba sino en trabajos ligeros, y se me encargó el cuidado de regar en los jardines las flores y los naranjos. No podía tener yo una ocupación más suave, y por eso di gracias a mi estrella, presintiendo, sin saber por qué, que no sería desgraciado al servicio de Solimán.
»Este bajá--porque es necesario que haga su retrato--era un hombre de cuarenta años, bien plantado, muy atento, y aun muy galán para turco. Tenía por favorita una cachemiriana que por su talento y hermosura se había hecho dueña de él. Idolatraba en ella y no pasaba día en que no la festejase con alguna diversión nueva; unas veces era un concierto de voces y de instrumentos; otras, una comedia a la turca, es decir, unos dramas en los cuales no se tenía más respeto al pudor y al decoro que a las reglas de Aristóteles. La favorita, que se llamaba Farrukhnaz, era apasionadísima a semejantes espectáculos, y aun algunas veces mandaba a sus criadas representar piezas árabes en presencia del bajá. Ella misma solía también hacer su papel, y lo ejecutaba con tal viveza y tanta gracia, que hechizaba a todos los espectadores. Un día en que yo asistí a una de estas funciones mezclado entre los músicos me mandó Solimán que en un intermedio cantase y tocase solo la guitarra. Hícelo así, y tuve la fortuna de darle tanto gusto, que no sólo me aplaudió con palmadas, sino de viva voz, y la favorita, a lo que me pareció, me miró con ojos favorables.
»El día siguiente por la mañana, estando yo regando los naranjos en los jardines, pasó junto a mí un eunuco que, sin detenerse ni hablar palabra, dejó caer a mis pies un billete. Recogíle prontamente, con una turbación mezclada de alegría y de temor; echéme a la larga en el suelo, por que no me viesen desde las ventanas del serrallo, y ocultándome detrás de los naranjos le abrí presuroso. Hallé dentro de él un preciosísimo brillante y escritas en buen castellano estas palabras: «Joven cristiano, da mil gracias al Cielo por tu esclavitud. El amor y la fortuna la harán feliz; el amor, si te muestras sensible a los atractivos de una persona hermosa; y la fortuna, si tienes valor para arrostrar todo género de peligros.»
»No dudé ni un solo momento que el billete era de la sultana favorita; el brillante y el estilo me lo persuadían. Además de que nunca fuí cobarde, la vanidad de verme favorecido de la dama de un gran príncipe, y sobre todo la esperanza de conseguir de ella cuatro veces más dinero del que me era menester para mi rescate, me determinaron a tentar esta nueva aventura, a costa de cualquier riesgo. Proseguí, pues, en mi ocupación, pensando siempre en el modo que podría tener para introducirme en el cuarto de Farrukhnaz, o, por mejor decir, en los arbitrios que ella discurriría para abrirme este camino, pareciéndome, y con fundamento, que no se contentaría con lo hecho y que ella misma se adelantaría a librarme de este cuidado. Con efecto, no me engañé; de allí a una hora volvió a pasar junto a mí el mismo eunuco de antes y me dijo: «Cristiano, ¿has hecho tus reflexiones? ¿Tendrás valor para seguirme?» Respondíle que sí. «Pues bien--añadió él--, el Cielo te guarde. Mañana por la mañana te volveré a ver; está dispuesto para dejarte conducir.» Y dicho esto, se retiró. Efectivamente, al día siguiente, a cosa de las ocho de la mañana, se dejó ver y me hizo señal de que le siguiese. Obedecí, y me condujo a una sala donde había un gran rollo de lienzo pintado, que acababan de traer él y otro eunuco para llevarlo a la cámara de la sultana y había de servir para la decoración de una comedia árabe que ella tenía dispuesta para divertir al bajá.
»Los dos eunucos, viéndome dispuesto a hacer todo lo que quisiesen, no perdieron tiempo. Desarrollaron el telón, hiciéronme tender a la larga en medio de él y lo arrollaron otra vez, volviéndome y revolviéndome dentro del mismo con peligro de sofocarme. Cogiéronlo cada uno de un extremo, y de esta manera me introdujeron sin riesgo en el cuarto donde dormía la bella cachemiriana. Estaba sola con una esclava vieja enteramente dedicada a darle gusto. Desenvolvieron ambas el telón, y Farrukhnaz, luego que me vió, mostró una alegría que manifestaba bien el carácter de las mujeres de su país. En medio de mi natural intrepidez, confieso que, cuando me vi de repente transportado al cuarto secreto de las mujeres, sentí cierto terror. Conociólo muy bien la favorita, y para disiparlo me dijo: «No temas, cristiano, porque Solimán acaba de marchar a su casa de recreo, donde se detendrá todo el día, y nosotros hablaremos aquí libremente.»