Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 5

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«¡No, don Alvaro, no!—exclamé al oír estas palabras—. El Cielo no te ha traído aquí en balde, y no permitiré que segunda vez te apartes de mí. Quiero ir contigo, y solamente la muerte nos podrá separar en adelante.» «Créeme a mí, Mencía—me replicó—: vive con don Ambrosio, y no quieras ser compañera de mis desdichas; deja que cargue yo solo con todo el peso de ellas.» Añadió a éstas otras razones semejantes; pero cuanto más empeñado parecía en querer sacrificarse a mi felicidad, menos dispuesta me hallaba yo a consentirlo. Luego que me vió tan resuelta a seguirle, mudó de repente de tono, y con semblante más alegre me dijo: «Mencía, pues todavía amas tanto a don Alvaro que quieres preferir su miseria a la abundancia en que te hallas, vámonos a vivir a Betanzos, ciudad del reino de Galicia, donde hallaremos un seguro retiro. Si mis desgracias me quitaron todos mis bienes, no me hicieron perder todos mis amigos. Aun me quedan algunos tan verdaderos, que me han facilitado medios de poder sacarte de esta casa. Con su auxilio compré en Zamora coche, mulas y caballos, y traigo por compañeros a tres amigos gallegos, resueltos y valerosos. Todos están armados de carabinas y pistolas, y todos esperan mi aviso en el lugar de Revilla. Aprovechémonos de la ausencia de don Ambrosio. Voy a dar orden de que traigan el carruaje a la puerta de esta casa, y al momento partiremos.» A todo accedí. Fué volando don Alvaro a Revilla, y en breve tiempo volvió con sus tres compañeros montados. Sacáronme de en medio de mis criadas, que, no sabiendo qué pensar de este acontecimiento, huyeron despavoridas. Sólo Inés era sabedora de todo; pero no quiso unir su suerte con la mía porque estaba enamorada de un paje de don Ambrosio: lo que demuestra que el afecto de los más fieles criados no resiste a la prueba del amor. Entré en el coche con don Alvaro, no llevando conmigo sino alguna ropa y ciertas joyas que tenía antes del segundo matrimonio, porque nada quise tomar de lo que me había regalado el marqués cuando su casamiento. Seguimos el camino de Galicia sin saber si tendríamos la fortuna de llegar allá. Temíamos, con razón, que al volver de Burgos don Ambrosio viniese en seguimiento nuestro, acompañado de mucha gente, y que nos alcanzase; pero caminamos dos días sin que nadie nos siguiese. Esperábamos que sucediera lo mismo en la tercera jornada, y ya caminábamos tranquilamente. Contábame don Alvaro la triste aventura que había dado motivo a la voz esparcida de su muerte y el modo de haber recobrado su libertad después de cinco años de cautiverio, cuando encontramos en el camino a los ladrones en cuya compañía estabais vos. El que mataron con todos sus acompañados es el mismo y el que me hace derramar el torrente de lágrimas que ahora cae de mis ojos.»

CAPÍTULO XII

Del modo poco gustoso con que fué interrumpida la conversación de la señora y de Gil Blas.

Con efecto, se deshacía en lágrimas doña Mencía al acabar de hacerme su relación. Dejéla dar entera libertad a los suspiros, y lloraba yo también: tan natural es interesarse en el dolor de los infelices, y muy particularmente en el de una mujer hermosa y afligida. Iba a preguntarle qué partido quería tomar en la coyuntura en que se hallaba, y quizá ella misma iba también a consultarme lo propio si no hubiera sido interrumpida nuestra conversación. Oímos en el mesón un gran rumor que llamó nuestra atención. Causábale la venida el corregidor, que, acompañado de dos alguaciles y muchos ministriles, se entró en el cuarto donde estábamos. El primero que se acercó a mí fué un caballerito que venía en compañía del corregidor. Paróse a mirar muy despacio y muy de cerca mi vestido, y después de alguna suspensión exclamó diciendo: «¡Vive el Cielo que ésta es mi mismísima ropilla! ¡La conozco tan bien como he conocido mi caballo! ¡Sobre mi palabra que podéis prender a este hombre honrado! ¡Sin duda es uno de los ladrones que tienen no sé qué oculta madriguera en este país!»

Al oír aquellas palabras me persuadí de que sin duda me había tocado, por desgracia mía, el despojo de aquel caballero, y, por consiguiente, me quedé sorprendido e inmutado. El corregidor, que por su oficio debía juzgar antes mal que bien de la turbación en que me veía, hizo juicio de que la acusación no era mal fundada, y sospechando que la señora podía también ser cómplice, nos hizo prender a los dos y poner en cuartos separados. No era este juez de aquellos de rostro grave y ceñudo; antes bien, mostraba un semblante apacible y risueño, acompañado de un modo de hablar dulce y cariñoso; pero sabe Dios si era mejor que los primeros. Luego que estuve en la prisión, vino a ella con sus dos precursores, esto es, sus dos alguaciles, los cuales, según su buena costumbre, empezaron por registrarme bien las faltriqueras. ¡Qué día para aquella honrada gente! Acaso en todos los de su vida no habían tenido otro semejante. A cada puñado de doblones que me sacaban, estaba viendo que rebosaban sus ojos de alegría. Hasta el mismo corregidor parecía que estaba fuera de sí. «Hijo—me decía en un tono lleno de miel y dulzura—, no extrañes ni tengas recelo de lo que ejecutamos, que en esto no hacemos mas que nuestro oficio. Si estás inocente, nada te perjudicará.» Mientras tanto fueron poco a poco aliviando del peso mis bolsillos, quitándome aun lo que habían respetado los ladrones: quiero decir los cuarenta ducados de mi tío. Escudriñáronme de pies a cabeza sus codiciosas e infatigables manos, haciéndome volver a todos lados y despojándome de todos los vestidos para ver si tenía guardado algún dinero entre el pellejo y la camisa. Después que cumplieron tan exactamente con aquella su importante obligación, el corregidor me hizo sus preguntas. Satisfícelas presto, refiriéndole ingenuamente todo lo sucedido. Hizo escribir mi declaración y partió con su gente y mi dinero, dejándome desnudo sobre la paja.

«¡Oh vida humana—exclamé cuando me vi solo en aquel miserable estado—, qué llena estás de contratiempos y de caprichosas aventuras! Desde que salí de Oviedo no he experimentado mas que desgracias. Apenas salgo de un peligro cuando caigo en otro. Al llegar a esta ciudad estaba muy lejos de pensar que en tan poco tiempo había de conocer a su corregidor.» Haciendo estas reflexiones inútiles me vestí la maldita ropilla y lo restante de la ropa que me había puesto en aquel estado; y después, hablándome y alentándome a mí mismo, «¡Animo, Gil Blas—me dije—; valor y constancia! ¡Vamos claros! ¡Piensa que después de este tiempo vendrá quizá otro más dichoso! ¿Será bueno desesperarte porque te ves en una prisión ordinaria después de haber hecho tan penoso ensayo de tu paciencia en la tenebrosa cueva? Mas, ¡ay—añadí tristemente—, yo me alucino y me lisonjeo! ¿Cómo será posible que salga de esta cárcel, cuando acaban de quitarme los medios de conseguirlo? Un pobre encarcelado sin dinero es un pájaro a quien cortan las alas.»

En lugar de la liebre y de la perdiz que había mandado componer me trajeron un pedazo de pan negro y un jarro de agua, dejándome tascar el freno en mi calabozo. En él estuve quince días enteros, sin ver en todos ellos otra persona que el alcaide, que venía todas las mañanas a registrar y renovar las prisiones. Cuando le veía, intentaba querer entablar conversación con él para desahogarme algún tanto; pero aquel hombre nada respondía a cuanto le preguntaba. Jamás me fué posible sacarle ni una sola palabra. Entraba y salía muchas veces sin dignarse siquiera de mirarme. Al décimosexto día se dejó ver el corregidor, y me dijo: «Ya puedes alegrarte, porque te traigo una buena nueva. Hice que fuese conducida a Burgos la señora que venía contigo, examinéla sobre quién eras, y tu conducta y sus respuestas te justificaron. Hoy mismo saldrás de la cárcel, con tal que el arriero en cuya compañía viniste desde Peñaflor a Cacabelos, según has dicho, confirme tu declaración. Está en Astorga; ya le he enviado a llamar, y le estoy esperando. Si conviene su declaración con la tuya, inmediatamente te pongo en libertad.»

Consoláronme mucho estas palabras, y desde aquel momento me consideré fuera de todo enredo. Di gracias al juez por la buena y pronta justicia que me quería hacer; y apenas había acabado mi cumplido, cuando llegó el arriero entre dos alguaciles. Conocíle inmediatamente; pero el bribón, que sin duda había vendido mi maleta con todo lo que había dentro, temiendo le obligasen a restituir el dinero que había recibido si confesaba que me conocía, dijo descaradamente que no sabía quién yo era y que jamás me había visto. «¡Ah traidor!—exclamé yo—. ¡Confiesa que has vendido mi ropa y respeta la verdad! ¡Mírame bien! Yo soy uno de aquellos mozos a quienes amenazaste con el tormento en Cacabelos, llenando a todos de miedo.» El taimado respondió muy fríamente que le hablaba una jerigonza que él no entendía; y como ratificó y mantuvo hasta el fin aquel solemnísimo embuste, mi libertad se difirió hasta mejor ocasión. «Hijo—me dijo el corregidor—, bien ves que el arriero no concuerda con lo que declaraste; y así, no puedo soltarte, por más que lo deseo.» Convínome, pues, armarme nuevamente de paciencia y resolverme a estar todavía a pan y agua y sufrir al silencioso carcelero. Cuando pensaba en que no podía salir de entre las garras de la justicia, siendo así que no había cometido delito alguno, me desesperaba con este triste pensamiento, y echaba de menos el lóbrego subterráneo. «Bien reflexionado—me decía yo a mí mismo—, allí me hallaba menos mal que en este calabozo. Por lo menos en aquél comía y bebía alegremente con los ladrones, divertíame con ellos y me consolaba la dulce esperanza de poderme escapar algún día; pero seré quizá muy feliz si sólo puedo salir de aquí para ir a galeras, a pesar de mi inocencia.»

CAPÍTULO XIII

Por qué casualidad sale Gil Blas de la cárcel, y a dónde se encaminó después.

Mientras yo pasaba los días y las noches en desvariar entregado a mis tristes reflexiones, se divulgaron por la ciudad mis aventuras, ni más ni menos que yo las había dictado en mi declaración. Muchas personas me quisieron ver por curiosidad. Venían unas en pos de otras, y se asomaban a una ventanilla que daba luz a mi prisión, y después de haberme mirado algún tiempo se retiraban silenciosas. Sorprendióme aquella novedad. Desde mi entrada en la cárcel nunca había visto alma viviente asomarse a la tal ventanilla, que caía a un patio donde habitaban el silencio y el horror. Me hizo creer que yo había llamado la atención de la ciudad; pero no acertaba a pronosticar si sería para mal o para bien.

Uno de los primeros que vi fué el muchacho o niño de coro de Mondoñedo que en Cacabelos se escapó, como yo, de miedo del tormento. Conocíle luego, y él no fingió desconocerme, como lo había fingido el arriero. Saludámonos uno y otro, y entablamos una larga conversación, en la cual me vi precisado a hacerle una nueva relación de mis aventuras, lo que produjo dos efectos diferentes en el ánimo de los circunstantes, pues que los hice reír y me atraje su compasión. El, por su parte, me contó lo que había pasado en el mesón de Cacabelos entre el arriero y la mujer después que un terror pánico nos había separado de ella. En una palabra, contóme todo lo que dejo ya dicho. Despidióse después de mí, prometiéndome que sin perder tiempo iba a hacer todo lo posible para que me dieran libertad. Desde entonces todas las personas que como él habían venido a verme por mera curiosidad me aseguraron que mis desgracias las movían a compasión, ofreciéndome al mismo tiempo unirse con aquel mozo para solicitar que me librasen de la cárcel.

Cumplieron efectivamente su palabra. Hablaron en favor mío al corregidor, quien, no dudando ya de mi inocencia, particularmente desde que el niño de coro le contó todo lo que sabía, tres semanas después vino a la prisión y me dijo: «Gil Blas, aunque si fuese yo un juez severo podría detenerte aquí, no quiero dilatar más tu causa. Vete; ya estás libre y puedes salir cuando quisieres. Pero dime—prosiguió—: si te llevaran al bosque donde estaba el subterráneo, ¿no le podrías descubrir?» «No, señor—le respondí—, porque como entré en él de noche y salí antes del día, no me sería posible dar con él.» Con eso se retiró el juez, diciendo que iba a dar orden al carcelero que me franquease la puerta. Con efecto, un momento después vino el alcaide con sus satélites, que traían un lío de ropa, los cuales, con mucha gravedad y sin decir una sola palabra, me despojaron de la casaca y de los calzones, que eran de paño fino y casi nuevo, me metieron por la cabeza una especie de chamarreta muy vieja y muy raída a manera de escapulario, y concluída esta ceremonia me pusieron a la puerta de la cárcel, echándome a empellones fuera de ella.

La vergüenza que padecí al verme en tan mala ropa moderó mucho la alegría que comúnmente tienen los presos cuando han recobrado su libertad. Tuve impulso de salirme inmediatamente de la ciudad, por huir de la vista del pueblo, que no podía sufrir sin rubor; pero pudo más mi agradecimiento. Fuí a dar las gracias al cantorcillo, a quien debía tanta obligación. No pudo dejar de reír luego que me vió. «A lo que advierto—dijo—, parece que la justicia ha hecho contigo todas sus habilidades.» «No me quejo de la justicia—le respondí—: ella en sí es muy justa; solamente desearía yo que todos sus oficiales fueran hombres de bien y de conciencia. A lo menos, me pudieran haber dejado el vestido, pues me parece que no le había pagado mal.» «Convengo en eso—me replicó—; pero dirán que ésas son formalidades que indispensablemente se deben observar. Y si no, dime: ¿crees, por ventura, que el caballo en que viniste se ha restituído a su primer dueño? No lo creas, porque el tal caballo está actualmente en la caballeriza del escribano, donde se depositó como una prueba del delito, y yo estoy persuadido de que su amo verdadero nunca volverá a ver ni siquiera la grupera. Pero mudemos de conversación—continuó el cantorcillo—. ¿Qué ánimo tienes y qué piensas hacer ahora?» «Mi ánimo es—le respondí—irme derecho a Burgos a buscar a la señora a quien liberté de los ladrones. Naturalmente, me dará algún dinerillo, con el cual compraré unos hábitos nuevos y partiré a Salamanca, donde procuraré aprovecharme de mi latín. Mi mayor apuro es que aun no estoy en Burgos y es menester vivir en el camino.» «¡Ya te entiendo!—me replicó—. Aquí tienes mi bolsa. Está un poco vacía, a la verdad; mas ya sabes que un pobre cantor no es un obispo.» Al mismo tiempo la sacó, y me la puso en las manos con tan buena voluntad que no pude menos de aceptarla. Agradecíselo tanto como si me hubiera hecho dueño de todo el oro del mundo, y le pagué con mil protestas de servirle, cosa que nunca tuvo efecto. Después de esto nos despedimos, y yo salí de aquel pueblo sin ver a ninguna de las otras personas que habían contribuído a librarme de la prisión, contentándome con darles dentro de mi corazón mil y mil bendiciones.

El cantorcillo tuvo mucha razón en no hacer ostentación de su bolsa, porque en realidad encontré en ella poco dinero, y todo en calderilla. Por fortuna, había dos meses que estaba acostumbrado a una vida muy frugal, y todavía me restaban algunos reales cuando llegué al lugar de Puentedura, poco distante de Burgos. Detúveme en él para saber de doña Mencía. Entré en un mesón, cuya huéspeda era una mujer muy pequeña, muy enjuta, vivaracha y de mala condición. Luego conocí, por la mala cara que me puso, que no le había gustado mi chamarreta, lo que fácilmente le perdoné. Sentéme a una asquerosa mesa, donde comí un pedazo de pan con un cuarterón de queso y bebí algunos tragos de un detestable vino que me trajeron. Durante la comida, que era muy correspondiente a mi equipaje, quise entablar conversación con la huéspeda, que me dió a entender con un gesto desdeñoso que tenía a menos hablar conmigo. Supliquéle que me dijese si conocía al marqués de la Guardia, si estaba lejos su casa de campo y, particularmente, si se sabía en qué había parado la marquesa su mujer. «¡Muchas cosas me preguntáis!»—respondió muy desdeñosa. Sin embargo, me contestó en abreviatura y con muy mal talante, diciendo que la casa de campo de don Ambrosio distaba una legua corta de Puentedura.

Después que acabé de beber y de cenar, como era ya de noche, mostré que deseaba recogerme, y pedí un cuarto. «¡Un cuarto para él!—me dijo la mesonera, mirándome de hito en hito con altivez y con desprecio—. ¡Un cuarto para él! ¡Los cuartos de mi casa los reservo yo para gentes que no cenan pan y queso! Todas mis camas están ocupadas, porque estoy esperando a ciertos caballeros de importancia que vienen a hacer noche aquí; lo más que te puedo ofrecer es el pajar, porque creo no será la primera vez que hayas dormido sobre paja.» En esto decía más verdad de lo que ella misma pensaba. No le repliqué palabra. Abracé prudentemente el partido que me proponía; fuime al pajar y dormí con tranquilidad, como hombre que ya estaba hecho a trabajos.

CAPÍTULO XIV

Recibimiento que le hizo en Burgos doña Mencía.

No fuí perezoso en levantarme al día siguiente. Fuí a ajustar la cuenta con la huéspeda, que ya estaba levantada, y me pareció de mejor humor que el día antecedente. Atribuílo a la presencia de tres honrados cuadrilleros de la Santa Hermandad que con mucha familiaridad hablaban con ella, y serían sin duda los caballeros de importancia para quienes estaban destinadas todas las camas. Informéme en el lugar del camino que guiaba a la casa de campo a donde yo quería ir, y se lo pregunté a un paisano que me deparó la suerte, del mismo carácter que mi antiguo mesonero de Peñaflor. No contento con responderme a lo que le preguntaba, añadió que don Ambrosio había muerto tres semanas hacía, y que la marquesa, su mujer, se había retirado a un convento de la ciudad, que me nombró. Al punto me encaminé en derechura a Burgos, y, sin pensar ya en la casa de campo, fuí volando al monasterio donde me dijeron que se hallaba doña Mencía. Supliqué a la tornera se sirviese decir a aquella señora que deseaba hablarle un mozo recién salido de la cárcel de Astorga. Inmediatamente fué a darle el recado la tornera. Volvió ésta, y me hizo entrar en un locutorio, adonde dentro de poco vi llegar, muy enlutada, a doña Mencía.

«Bien venido seas, Gil Blas—me dijo aquella viuda con modo muy afable—. Cuatro días ha que escribí a un conocido mío de Astorga suplicándole te fuese a ver y que de mi parte te rogase vinieses a visitarme inmediatamente que salieses de la prisión. Nunca dudé que pronto te darían libertad. Bastaban para esto las cosas que yo dije al corregidor en descargo tuyo. Respondiéronme que ya, con efecto, estabas libre, pero que no se sabía tu paradero. Temí no volverte a ver ni tener el gusto de darte alguna prueba de mi agradecimiento, lo que hubiera sentido extremadamente. Consuélate—añadió, conociendo que estaba avergonzado de presentarme a ella en tan miserable estado—; no te dé pena alguna el hallarte en el infeliz ropaje en que te veo. Después del gran servicio que me hiciste, sería yo la mujer más ingrata de las mujeres si no hiciera nada por ti. Mi ánimo es sacarte del mal estado en que te hallas; debo y puedo hacerlo, pues tengo bienes suficientes para poder corresponderte sin que me sea gravoso.

»Los lances—continuó—que me sucedieron hasta el día en que nos separaron para meternos presos ya los sabes como yo; ahora voy a contarte lo que me aconteció desde entonces. Luego que el corregidor de Astorga dispuso que me condujesen a Burgos, después de haberme oído la relación puntual de mis sucesos, me dirigí a la casa de don Ambrosio. Causó mi llegada general y extremada sorpresa; pero me dijeron que ya llegaba tarde, porque el marqués, profundamente afligido por mi fuga, había caído gravemente enfermo, y tanto, que los médicos desesperaban de su vida. Esta triste noticia fué un motivo más sobre los muchos que ya tenía para llorar el rigor de mi fatal destino. Con todo eso, quise que le avisasen mi llegada; entré después en su cuarto y corrí a arrojarme de rodillas a la cabecera de su cama, anegado en lágrimas el semblante y el corazón traspasado del más agudo dolor. «¿Quién te ha traído aquí?—me dijo luego que me vió—. ¿Vienes a complacerte en la obra de tus manos? ¿No te basta haberme quitado la vida? ¿Era menester, para mayor satisfacción tuya, que tus mismos ojos fuesen testigos de mi muerte?» «Señor—le respondí—, ya os habrá informado Inés de que huí con mi legítimo esposo, y a no ser el funesto accidente que me privó de él, nunca más me hubierais vuelto a ver.» Referíle al mismo tiempo cómo don Alvaro había muerto a manos de unos ladrones y cómo me habían conducido al subterráneo, con todo lo demás que me había sucedido hasta entonces. Apenas acabé de hablar, cuando, alargándome cariñosamente la mano, me dijo con ternura: «¡Basta, hija; ya no me quejo de ti! Pues qué, ¿debo por ventura culpar un proceder tan justo y tan honrado? Hallástete de repente con tu legítimo esposo, a quien adorabas, y me abandonaste por irte con él. ¿Podré nunca condenar con razón una conducta dictada por la conciencia y la justicia? No por cierto; ninguna razón tendría para quejarme. Por eso no permití que ninguno te siguiese. Respetaba en aquella fuga el sagrado derecho que la hacía lícita, y aun necesaria, como también el debido amor que profesabas a tu querido y verdadero esposo. En fin, te hago justicia, y protesto que con haberte restituído a mi casa has recobrado toda mi ternura. Sí, querida Mencía, tu presencia me colma de gozo y de consuelo. Mas ¡ay, cuán poco me durará uno y otro! Conozco que mi última hora se va acercando. Apenas la suerte me volvió a juntar contigo, cuando me será necesario arrancarme de ti con el último adiós.» Redoblóse mi llanto al oír palabras tan amorosas, las que excitaron en mí una aflicción extremada. Aunque adoré a don Alvaro, no lloré tanto por él. Murió don Ambrosio al día siguiente, y yo quedé dueña de la rica dote que me había señalado en las capitulaciones. No es mi ánimo emplearla mal. Aunque soy todavía moza, ninguno me verá pasar a terceras nupcias. Esto, a mi parecer, sólo es propio de mujeres sin pudor y sin delicadeza. Antes bien, te digo que ya no tengo inclinación al mundo y que quiero acabar mis días en este convento y ser su bienhechora.»