Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)
Part 6
Tal fué el discurso de doña Mencía; acabado el cual, sacó de la faltriquera un bolsillo y me lo tiró por la reja del locutorio a donde le pudiese alcanzar, diciendo: «Toma, Gil Blas, esos cien ducados, únicamente para que te vistas, y después vuélveme a ver, porque no quiero que se limite a cosa tan corta mi agradecimiento.» Dile mil gracias y le juré que no partiría de Burgos sin volver a despedirme de ella. Hecho este juramento—que estaba bien resuelto a no quebrantar—, me fuí a buscar algún mesón. Entré en el primero que encontré, pedí un cuarto, y para precaver el mal concepto que por el traje se podía formar de mí dije al mesonero que, aunque me veía en aquellos pobres trapos, tenía con qué pagar el gasto. Al oír estas palabras, el mesonero, que se llamaba Majuelo y era naturalmente grandísimo bufón, mirándome y examinándome atentamente de pies a cabeza, me dijo con cierto aire malicioso y chufletero que no necesitaba de mi aseveración para conocer que sin duda haría yo en su casa mucho gasto, porque entre los remiendos de aquellos malos trapos se divisaba en mi persona un no sé qué de nobleza que le obligaba a creer que yo era un caballero de grandes conveniencias. No dejé de conocer que el bellaco se estaba burlando de mí, y para cortar de repente sus bufonescas frialdades saqué el bolsillo y a su vista conté sobre una mesa mis ducados, los que le obligaron a formar un juicio más favorable de mí. Roguéle que me hiciese buscar algún sastre, a lo cual me replicó que sería mejor llamar a algún prendero, el cual traería diferentes vestidos de todas clases, para quedar pronto vestido del todo. Armóme el consejo y determiné seguirle; pero como se acercaba ya la noche, dilaté este negocio hasta el día siguiente, y sólo pensé en cenar bien para resarcir lo mal que había comido desde que salí del subterráneo.
CAPÍTULO XV
De qué modo se vistió Gil Blas, del nuevo regalo que le hizo la señora y del equipaje en que salió de Burgos.
Sirviéronme un copioso plato de manos de carnero fritas y le comí casi todo; bebí a proporción y después fuíme a la cama. Era ésta muy decente, y esperaba que luego se apoderaría de mis sentidos un profundo sueño; pero engañéme, porque apenas pude cerrar los ojos, ocupada la imaginación en qué género de vestido había de escoger. «¿Qué haré?—decía—. ¿Seguiré mi primer intento de comprar unos hábitos largos para ir a ser dómine en Salamanca? Pero ¿a qué fin vestirme de estudiante? ¿Tengo deseos de consagrarme al estado eclesiástico? ¿Acaso me inclina a ello mi propensión? ¡Nada de eso! Mis inclinaciones son muy contrarias a la santidad que pide: quiero ceñir espada y ver de hacer fortuna en el mundo.» Y a esto me decidí.
Resolví, pues, vestirme de caballero, bien persuadido de que esto bastaría para alcanzar un empleo de importancia. Con tan lisonjeros proyectos, estuve esperando el día con grandísima impaciencia, y apenas rayó en mis ojos su primera luz cuando salté de la cama. Hice tanto ruido en el mesón, que despertaron todos. Llamé a los criados, que estaban todavía en la cama, y me respondieron echándome mil maldiciones. Al fin se vieron obligados a levantarse, y les di orden de que fuesen a buscar al prendero. No tardó en llegar éste con dos mozos cargados, cada uno con un gran envoltorio. Saludóme con grandes cumplimientos y me dijo: «Caballero, ha tenido usted fortuna en dirigirse a mí más bien que a otro. No quiero desacreditar a mis compañeros, ni permita Dios que haga el menor agravio a su reputación; mas, aquí para entre los dos, ninguno de ellos sabe qué cosa es conciencia. Todos son más duros que judíos; yo soy el único de mi oficio que la tiene; me limito a una ganancia justa y razonable, contentándome con un real por cada cuarto. Equivoquéme: quise decir con un cuarto por real.»
Después de este preámbulo, que yo creí tontamente al pie de la letra, mandó a los mozos que desatasen los envoltorios. Enseñáronme vestidos de todos géneros y colores, muchos de ellos de paños enteramente lisos. Deseché éstos con desprecio por demasiado humildes. Presentáronme después otro que parecía haberse cortado expresamente para mí, el cual me deslumbró, sin embargo de que estaba un poco usado. Se componía de una ropilla, unos calzones y una capa; la ropilla, con mangas acuchilladas, y todo él de terciopelo azul bordado de oro. Escogí éste y pregunté el precio. El prendero, que conoció cuánto me agradaba, me dijo: «En verdad que es usted un señor de gusto muy delicado, y se ve bien que lo entiende. Sepa usted que este vestido se hizo para uno de los primeros sujetos del reino, que no se le puso tres veces. Observe bien la calidad del terciopelo y hallará que es del mejor. Pues ¿qué diré del bordado? No parece cabe mayor delicadeza ni primor.» «Y bien—le pregunté—, ¿cuánto pedís por él?» «Señor—me respondió—, ayer no le quise dar por sesenta ducados; y si esto no es cierto, no sea yo hombre de bien.» A la verdad, la contestación era convincente. Yo le ofrecí cuarenta y cinco, aunque acaso no valía la mitad. «Caballero—replicó él fríamente—, yo no soy hombre que pido más de lo justo ni rebajo un ochavo de lo que digo la primera vez. Tome usted este otro vestido—continuó, presentándome el primero, que yo había desechado—, que se lo daré más barato.» Todo esto sólo servía para aumentar en mí la gana que tenía del otro, y como me imaginé que no rebajaría ni un maravedí de lo que había pedido, le entregué sus sesenta ducados. Cuando vió la facilidad con que se los había dado, juzgo que, no obstante la delicadeza de su rígida conciencia, se arrepintió mucho de no haberme pedido más. Pero al fin, contento con haber ganado a real por cuarto, se despidió con sus mozos, a los cuales tampoco dejé de agasajar dándoles para beber.
Viéndome ya con un vestido tan señor, comencé a pensar en lo restante para presentarme en la calle con toda autoridad y decencia, lo que me entretuvo toda la mañana. Compré pañuelo, sombrero, medias de seda, zapatos y una espada. Vestíme inmediatamente; pero ¡qué gozo fué el mío cuando me vi tan bien equipado! No me cansaba de mirarme. Ningún pavo real se recreó nunca tanto en mirar y remirar el dorado plumaje de su cola. Aquel mismo día pasé a visitar segunda vez a doña Mencía, la cual me volvió a recibir con la mayor urbanidad y agasajo. Dióme nuevas gracias por el servicio que le había hecho, a que siguió una salva de recíprocos cumplidos. Después, deseándome en todo la mayor prosperidad, se despidió de mí, y se retiró, regalándome sólo una sortija de treinta doblones y suplicándome la conservase siempre por memoria.
Quedéme frío cuando me vi con la tal sortija, porque había contado con regalo de mucho más precio. En esta suposición, malcontento de la generosidad de la señora, volví al mesón haciendo mil calendarios; pero apenas había llegado cuando entró en él un hombre que venía tras de mí, el cual, desembozando la capa, mostró un talego bastante largo que traía debajo del brazo. Así que vi el talego, que parecía lleno de dinero, abrí tanto ojo, y lo mismo hicieron algunas personas que estaban presentes; y me pareció oír la voz de un serafín cuando aquel hombre me dijo, poniendo el talego sobre una mesa: «Señor Gil Blas, mi señora la marquesa suplica a usted se sirva admitir esta cortedad en prueba de su agradecimiento.» Hice mil cortesías al portador, acompañadas de otros tantos cumplimientos, y luego que salió del mesón me arrojó sobre el talego como un gavilán sobre su presa y llevémele a mi cuarto. Desatéle sin perder tiempo, vaciéle sobre una mesa y me encontré con mil ducados que contenía. Acababa de contarlos al tiempo que el mesonero, que había oído las palabras del portador, entró para saber lo que iba en el talego. Asombróle la vista de tanta plata y exclamó admirado: «¡Fuego de Dios, y cuánto dinero! ¡Sin duda sabéis—añadió con malicia—sacar buen partido de las damas! ¡Apenas ha veinticuatro horas que estáis en Burgos y ya hacéis contribuir a las marquesas!»
No me desagradó esta sospecha y estuve tentado a dejar a Majuelo en su error, por lo que lisonjeaba mi vanidad. No me admiro de que los mozos se alegren de ser tenidos por afortunados con las mujeres; pero pudo más en mí la inocencia de mis costumbres que la vanagloria. Desengañé al mesonero y le conté toda la historia de doña Mencía. Oyóla con singular atención, y después le confié el estado de mis asuntos, suplicándole, pues se mostraba tan interesado en servirme, me ayudase con sus consejos. Quedóse como pensativo algún tiempo, y tomando luego un aire serio, me dijo: «Señor Gil Blas, confieso que desde que vi a usted le cobró particular inclinación; y ya que le merezco la confianza de que me hable con tanta franqueza, debo corresponder a ella diciéndole sin lisonja lo que siento. A mí me parece que usted es un hombre nacido para la corte, y así, le aconsejo se vaya a ella y procure introducirse con algún gran señor, viendo de mezclarse en sus negocios, y sobre todo en los de sus pasatiempos y devaneos, sin lo cual perderá usted el tiempo y nada adelantará con él. Conozco bien a los grandes: ningún aprecio hacen del celo y de la lealtad de un hombre de bien, y sólo estiman a las personas que les son necesarias para sus fines. Además de éste, tiene usted otro recurso: es mozo, bien dispuesto, galán; y esto, aun cuando fuera un hombre sin talento, bastaba y aun sobraba para encaprichar a su favor a alguna viuda poderosa o alguna hermosa dama malcasada. Si el amor empobrece a muchos ricos, tal vez sabe también enriquecer a los que eran pobres. Soy, pues, de parecer que vaya usted a Madrid; pero conviene se presente con ostentación, pues allí, como en todas partes, se juzga de las personas no por lo que son, sino por lo que aparentan ser, y usted solamente será atendido a proporción de la figura que hiciere. Quiero proporcionarle un criado mozo, fiel, cuerdo y prudente; en fin, un hombre de mi mano. Compre usted dos mulas, una para sí y otra para él, y sin perder tiempo póngase en camino lo más pronto que le sea posible.»
No podía menos de abrazar un consejo que era tan de mi gusto. Al día siguiente compré dos mulas y recibí el criado que Majuelo me propuso. Era un hombre de treinta años y de un aspecto humilde y devoto. Díjome ser rayano de Galicia y llamarse Ambrosio Lamela. Lo que más admiré en él fué que, siendo los demás criados por lo común muy interesados, éste no se paraba en pedir gran salario. Díjome que en este asunto se contentaría con lo que quisiese darle. Compré unos botines y una maleta para llevar mi ropa y mis ducados, ajusté la cuenta con el mesonero, y al amanecer salí de Burgos camino de Madrid.
CAPÍTULO XVI
Donde se ve que ninguno debe fiarse mucho de la prosperidad.
Dormimos en Dueñas la primera jornada, y el día siguiente entramos en Valladolid a las cuatro de la tarde. Apeámonos en un mesón que me pareció sería el mejor de la ciudad. Mi criado se fué a cuidar de las mulas y yo mandé a una moza de la posada llevase la maleta al cuarto que me dieron. Llegué tan fatigado, que sin quitarme los botines me eché en la cama, donde insensiblemente me quedé dormido. Era ya casi noche cuando desperté. Llamé a Ambrosio. No estaba en el mesón, pero tardó poco en parecer. Preguntéle de dónde venía, y me respondió, devoto y compungido, que de una iglesia de dar gracias al Señor por habernos librado de toda desgracia en el camino. Alabéle su devoción y le mandé que encargase me dispusiesen algo que cenar.
Al mismo tiempo que le hablaba entró en mi cuarto el mesonero con un hacha encendida en la mano, alumbrando a una señora ricamente vestida, la cual me pareció más hermosa que joven. Dábale el brazo un escudero, y un morito la seguía llevándole la cola del vestido. Quedé no poco sorprendido cuando la señora, después de hacerme una profunda reverencia, me preguntó si por ventura sería yo el señor Gil Blas de Santillana. Apenas le respondí que sí cuando, desasiéndose del escudero, vino apresuradamente a darme un abrazo con tal alborozo y alegría, que añadió muchos grados a mi admiración. «¡Sea mil veces bendito el Cielo—exclamó—por tan dichoso encuentro! ¡A usted, señor caballero, a usted venía yo buscando!» Al oír esto se me vino a la memoria el petardista taimado de Peñaflor, y ya iba a sospechar que aquella señora era una solemne embustera o una descarada aventurera; pero lo que añadió me obligó a formar de ella un juicio más favorable. «Yo soy—me dijo—prima hermana de doña Mencía de Mosquera, que debe a usted tantas obligaciones. He recibido hoy mismo una carta suya, en que me participa el viaje de usted a la corte y me encarga le trate bien y le obsequie si transitare por esta ciudad. Dos horas ha que la ando corriendo toda, yendo de mesón en mesón a saber qué forasteros se han apeado en ellos, y por las señas que me dió de usted el mesonero conocí que podía ser el libertador de mi prima. Ya que he tenido la dicha de encontrarle, quiero manifestarle lo mucho que me intereso en los beneficios que se hacen a mi familia, y particularmente a mi querida Mencía. Me hará usted el favor de venir ahora mismo a hospedarse en mi casa, donde estará menos mal que en un mesón.» Quise excusarme, haciéndole presente que no podía admitir su fineza sin incomodarla; pero fué preciso rendirme a sus eficaces instancias. Había a la puerta del mesón un coche que nos estaba esperando. Ella misma tuvo gran cuidado de hacer poner dentro de él la maleta y todo mi equipaje, «porque en Valladolid—dijo—hay muchos bribones», lo cual era demasiadamente cierto. En fin, entramos en el coche ella y yo con su vejete escudero y me dejé sacar del mesón de esta manera, con gran pesar del mesonero, porque así se veía privado del gasto que él suponía que yo había de hacer en su posada con la señora, el escudero y el morito.
Después de haber rodado bastante, paró en fin el coche a la puerta de una casa grande, a donde subimos a una sala bien adornada e iluminada con veinte o treinta bujías. Había en ella también muchos criados, a quienes preguntó la señora si había venido don Rafael. Respondiéronle que no, y ella me dijo, volviéndose a mí: «Señor Gil Blas, estoy esperando a mi hermano, que ha de volver esta noche de una quinta que tenemos a dos leguas de aquí. ¡Cuán agradable será su sorpresa cuando se encuentre en su casa con un huésped a quien tanto debe toda nuestra familia!» Al mismo punto que acabó de decir estas palabras oímos ruido y supimos le causaba la llegada de don Rafael. Dejóse presto ver este caballero, que era un joven de bello talle y muy airoso. «Hermano—le dijo la señora—, no sabes cuánto me alegra tu vuelta. Tú me ayudarás a obsequiar como se merece al señor Gil Blas de Santillana. Nunca podremos pagar lo que ha hecho por nuestra parienta doña Mencía. Toma esta carta—añadió—y lee lo que en ella me escribe.» Abrióla don Rafael y leyó en alta voz lo siguiente:
«Mi querida Camila: El señor Gil Blas de Santillana, que me ha salvado el honor y la vida, acaba de salir para la corte y sin duda pasará por Valladolid. Te ruego encarecidamente por el vínculo del parentesco, y aun más por la amistad que nos une, le agasajes y obsequies cuanto puedas, obligándole a que descanse algunos días en tu casa. Espero no me negarás este gusto y que mi libertador recibirá de ti y del primo don Rafael todo género de atenciones. Burgos, etc. Tu prima que te ama,—_Doña Mencía_.»
«¿Cómo así?—exclamó don Rafael luego que leyó la carta—. ¿Es posible sea éste el caballero a quien debe no menos que el honor y la vida mi parienta? Doy gracias al Cielo por este dichoso encuentro.» Diciendo esto se acercó a mí, y abrazándome estrechamente, dijo: «¡Oh qué gusto y qué fortuna la mía en tener en mi casa al señor Gil Blas de Santillana! No era menester que mi prima la marquesa le recomendase: bastaba avisarnos que pasaba por aquí. Sabemos muy bien mi hermana y yo cómo debemos tratar a un hombre que hizo el mayor servicio del mundo a la persona a quien más amamos de toda nuestra parentela.» Correspondí lo mejor que pude a todas aquellas expresiones y a otras muchas semejantes, acompañadas de mil caricias. Advirtiendo después don Rafael que todavía tenía yo puestos los botines, mandó a sus criados me los quitasen.
Pasamos después al cuarto donde estaba esperándonos la cena. Sentámonos a la mesa, colocándome a mí en medio de los dos hermanos, quienes mientras cenábamos me dijeron mil expresiones cariñosas; celebraban todas mis palabras como otros tantos rasgos de gracia y de discreción, y era de ver el cuidado con que me hacían plato, sirviéndome de cuanto había en la mesa. Don Rafael brindaba frecuentemente a la salud de doña Mencía y yo correspondía del mismo modo. Doña Camila no se descuidaba en imitarnos, y a veces me parecía que me miraba como a hurtadillas de una manera que podía significar mucho, y aun llegué a creer que para hacerlo buscaba ocasión, como quien temía que su hermano lo advirtiese. Bastó esto para persuadirme que ya me había hecho dueño de la voluntad de aquella señora y para resolver aprovecharme de este descubrimiento por poco que me detuviese en Valladolid. Con esta esperanza me rendí fácilmente a la cortesana súplica que me hicieron de que me detuviese en su compañía algunos días. Agradecieron mucho mi condescendencia, y la particular alegría que mostró doña Camila me confirmó en la opinión de que había hallado en mí un hombre muy de su gusto.
Viéndome determinado don Rafael a detenerme algún tiempo, me propuso un viaje a su quinta, de la que me hizo una magnífica descripción, como también de las diversiones que quería proporcionarme en ella. «Unas veces—decía—nos divertiremos en la caza, otras en la pesca; y si usted gusta de pasearse, encontrará bosques sombríos y jardines deliciosos. Además de esto no nos faltará buena compañía, y creo que no echará usted de menos la ciudad.» Acepté la oferta, y quedamos en que al día siguiente iríamos a la tal divertidísima quinta. Levantámonos de la mesa con esta resolución, y don Rafael, lleno de alegría, me dió un estrechísimo abrazo, diciéndome: «Señor Gil Blas, ahí le dejo a usted con mi hermana; voy a dar las órdenes necesarias para el viaje y para que se avise a las personas que nos han de acompañar.» Dicho esto se salió del cuarto, y yo quedé a solas con la señora, dándole conversación, en la que no desmintió lo que yo había juzgado de las tiernas miradas de la cena. Tomóme la mano, y mirando con atención la sortija, dijo: «Parece muy lindo este diamante, pero es pequeñito. ¿Entiende usted de pedrería?» Respondíle que no. «Lo siento—me replicó—; porque si lo entendiera, me diría cuánto vale esta piedra—mostrándome un grueso rubí que tenía en el dedo; y mientras yo lo miraba, añadió—: Regalómelo un tío mío, que fué gobernador de Filipinas, y los joyeros de Valladolid lo aprecian en trescientos doblones.» «Lo creo—repliqué—, porque me parece primoroso.» «Pues ya que a usted le gusta—repuso ella—, quiero hagamos un trueque.» Diciendo y haciendo, me cogió mi sortija y metióme la suya en mi dedo. Después de este cambio, que yo tuve por un regalo hecho con gracia y novedad, Camila me apretó la mano y me miró con ternura; luego, cortando de repente la conversación, me dió las buenas noches y se retiró enteramente confusa y como avergonzada de haberme manifestado demasiado sus sentimientos.
Aunque era yo entonces uno de los cortesanos más novicios, no dejé por eso de penetrar lo mucho y bueno que significaba aquella precipitada fuga, y desde luego consentí en que no pasaría mal el tiempo en la quinta. Poseído de esta lisonjera idea y del brillante estado de mis negocios, me encerré en el cuarto donde había de dormir y previne a mi criado me despertase temprano el día siguiente. En lugar de pensar en acostarme, me entregué enteramente a los alegres pensamientos que me inspiraba mi maleta, que estaba sobre una mesa, y mi rubí. «¡Gracias a Dios—decía—que si antes fuí miserable, ya no lo soy! Mil ducados por una parte y una sortija de trescientos doblones por otra es un decente caudal para bandearme algún tiempo. Ahora veo que Majuelo no me engañó. Sin duda que en Madrid encenderé en amor a mil mujeres cuando tan fácilmente he agradado a Camila.» Veníanseme a la imaginación todas las palabras y acciones de aquella señora, y gozaba anticipadamente de todos los pasatiempos que don Rafael me había ponderado de su quinta. Con todo eso, a pesar de unas ideas tan halagüeñas, no dejó el sueño de hacer su oficio; y así, sintiéndome adormecido, me desnudé y me metí en la cama.
Al despertar el día siguiente conocí que era tarde. Admiréme de que Ambrosio no me hubiese despertado habiéndoselo mandado; pero dije entre mí: «Ambrosio, mi fiel Ambrosio, estará en alguna iglesia o le habrá hoy cogido la pereza.» Mas tardé poco en perder el buen concepto que había hecho de él para dar lugar a otro menos favorable, aunque más justo y verdadero, pues habiéndome levantado y no hallando mi maleta en todo el cuarto, sospeché que me la había robado por la noche. Para aclarar mis sospechas abrí la puerta y comencé a llamar al hipócrita repetidas veces y con voz muy esforzada. A mis gritos acudió un viejo y me dijo: «¿Qué quiere usted, señor? Todos sus criados han salido de mi casa antes de amanecer.» «¿Qué es eso de mi casa?—le repliqué yo—. Pues qué, ¿no es ésta la de don Rafael?» «Yo no sé quién es ese caballero—respondió el viejo—; sólo sé que ésta es una casa de huéspedes, que yo soy su dueño y que, una hora antes que usted llegase, aquella señora con quien cenó anoche vino a pedirme un cuarto para un caballero principal, que ella dijo viajaba de incógnito. Yo le di éste, habiéndomelo pagado adelantado.»
Caí entonces en la cuenta: conocí lo que debía pensar de doña Camila y de don Rafael y comprendí que mi criado, instruído a fondo de todos mis negocios, me había vendido a aquellos dos grandísimos bribones. En vez de echarme a mí solo la culpa de tan pesaroso suceso y de conocer que no me hubiera acaecido a no haber tenido la ligereza e indiscreción de descubrirme a Majuelo sin la menor necesidad, me volví contra la inocente fortuna y maldije mil veces mi suerte. El posadero, a quien conté mi aventura—de la cual quizá el bellaco estaría mejor informado que yo—, mostró acompañarme en mi sentimiento. Compadecióse de mí y protestó lo mucho que sentía que este lance hubiese sucedido en su casa; pero yo creo, a pesar de todas sus protestas, que él tuvo tanta parte en esta picardía como el mesonero de Burgos, a quien siempre atribuí el honor de la invención.
CAPÍTULO XVII
Partido que tomó Gil Blas de resultas del triste suceso de la casa de posada.