Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 4

Chapter 43,770 wordsPublic domain

Pasamos nosotros a la sala, y uno de los ladrones, que había sido cirujano, reconoció el brazo del teniente y le aplicó bálsamo. Hecha esta operación, se pasó a ver lo que había en los cofres. Halláronse algunos llenos de telas y encajes, otros de vestidos, y el último que se reconoció contenía algunos talegos de doblones, cuya vista regocijó mucho a los interesados. Concluído este registro, la cocinera puso la mesa y sirvió la cena. Desde luego se movió la conversación sobre nuestra gran victoria, y Rolando, volviéndose a mí, me dijo: «Confiesa, Gil Blas, que has pasado un gran susto.» «No lo puedo negar—respondí yo—; antes bien, lo confieso de buena fe; pero déjenme ustedes hacer dos o tres campañas, y entonces se verá si sé pelear como un Cid.» Toda la compañía se puso de mi parte, diciendo: «Se le debe perdonar, porque la acción fué muy empeñada, y para un mozo que jamás había visto tirar un tiro no lo ha hecho mal.»

Hablóse luego de las mulas y caballos que habíamos traído, y resolvióse que al día siguiente iríamos todos a venderlos a Mansilla, donde verosímilmente no habría llegado todavía la noticia de nuestra hazaña. Resuelto esto, acabamos de cenar y nos fuimos a la cocina a ver a la pobre señora. Hallámosla en el mismo estado. Con todo eso, y aunque apenas se percibía en ella un leve aliento de vida, algunos ladrones no dejaban de mirarla con ojos profanos; y hubieran satisfecho sus brutales deseos a no haberlos contenido el capitán representándoles que a lo menos debían de esperar a que se recobrase de aquel abatimiento de tristeza que la tenía casi sin sentido. El respeto con que miraban al capitán refrenó su incontinencia; sin esto, ninguna cosa hubiera salvado a la señora, y aun después de su muerte no habría estado seguro su honor.

Dejamos en tan triste situación a aquella infeliz señora, contentándose Rolando con encargar a Leonarda que la cuidase, y nos retiramos cada cual a nuestro cuarto. Por lo que a mí toca, apenas me acosté cuando, en vez de entregarme al sueño, sólo me ocupé en considerar la infelicidad de aquella pobre señora. No dudaba que fuese persona de distinción, y por lo mismo me parecía ser más deplorable su suerte. No podía pensar sin estremecerme en los horrores que la esperaban, y me sentía tan fuertemente conmovido como si la sangre o el amor me hubieran unido a ella. En fin, después de haberme compadecido de su destino, sólo pensé en los medios de preservar su honor del peligro que corría y en fugarme yo mismo de la maldita cueva. Acordéme de que el negro no se podía mover a causa de sus dolores y la cocinera tenía la llave de la reja. Este pensamiento me acaloró la imaginación y me inspiró un proyecto que medité muy bien y a cuya ejecución di principio de la manera siguiente:

Fingí que me había asaltado un dolor cólico. Prorrumpí desde luego en ayes y quejidos, y después empecé a dar gritos y alaridos lastimosos. Despertaron al ruido los compañeros, acudieron todos a mi cuarto y me preguntaron qué tenía. Respondíles que estaba padeciendo un horrible cólico; y para que lo creyesen mejor, apretaba los dientes, hacía gestos y espantosas contorsiones, revolviéndome a todas partes y agitándome extrañamente. Hecho esto, de repente me quedé muy tranquilo y sosegado, como si me hubieran dado algunas treguas los dolores. Un momento después comencé a revolcarme en la cama y a morderme las manos. En una palabra, representé con tal primor mi papel, que los ladrones, no obstante ser tan sutiles y tan astutos, se dejaron engañar y creyeron que efectivamente padecía violentísimos dolores. Así, pues, todos se dieron la mayor prisa a socorrerme. Uno me traía una botella de aguardiente y me hacía beber la mitad; otro, a pesar mío, me administraba una lavativa de aceite de almendras dulces; otro iba a calentar paños, y casi abrasandome los ponía en la boca del estómago. En vano pedía misericordia; ellos atribuían mis clamores a la fuerza del cólico y me hacían pasar dolores verdaderos queriéndome aliviar de los que no tenía. En fin, no pudiendo ya sufrir más, me vi obligado a decir que ya no sentía retortijones y que no necesitaba de remedios. Cesaron de mortificarme con ellos, y yo me guardé bien de quejarme por que no volviesen a aplicármelos.

Duró esta escena casi tres horas, y juzgando los ladrones que ya no podía tardar en venir el día, partieron todos a Mansilla. Manifesté gran deseo de acompañarlos, y me quise levantar para que lo creyesen; pero no lo permitieron. «¡No, no, Gil Blas!—me dijo Rolando—. Quédate aquí, hijo mío, porque te podría repetir el cólico; otra vez vendrás con nosotros, que por hoy no estás en estado de hacerlo.» Mostréme muy sentido de no ser de la partida, y lo fingí con tanta naturalidad que ninguno tuvo la menor sospecha de lo que yo meditaba. Luego que partieron, lo que yo deseaba tanto que se me hacían siglos los instantes, entré en cuentas conmigo y me dije a mí mismo: «¡Ea, Gil Blas, ahora sí que necesitas gran ánimo! ¡Armate de valor para acabar con lo que tan felizmente has comenzado! Domingo no está en situación de oponerse a tu gloriosa empresa ni Leonarda puede impedir su ejecución. Si no te aprovechas de esta oportunidad para escaparte, quizá no encontrarás jamás otra tan favorable.» Estas reflexiones me infundieron aliento y confianza. Levantéme al punto de la cama, vestíme, tomé la espada y las pistolas, y fuíme derecho a la cocina; pero antes de entrar en ella, habiendo oído hablar a Leonarda, me detuve y apliqué el oído para escuchar lo que hablaba. Discurría con la señora desconocida, que, habiendo vuelto en sí de su segundo desmayo y comprendiendo entonces todo su infortunio, lloraba amargamente, faltándole poco para desesperarse. «Llora, hija mía—le decía ella—, y llora todo cuanto quieras; no reprimas los suspiros y da libertad a los sollozos: con eso te desahogarás. Es cierto que parecía peligroso el accidente; pero ya que rompistes en llorar, no hay que temer. Así que se te haya mitigado el pesar, que poco a poco se desvanecerá, te acostumbrarás a vivir con estos señores, que todos son gente honrada y hombres muy de bien. Te tratarán mejor que a una princesa; todos a porfía se esmerarán en complacerte, y cada día te mostrarán más amor. ¡Oh y cuántas mujeres envidiarían tu fortuna si la supieran!»

No le di tiempo a que dijese más. Entréme en la cocina, con intrepidez y púsele una pistola a los pechos, amenazándola de quitarle en aquel momento la vida si no me entregaba prontamente y sin réplica la llave de la reja. Turbóse a vista de mi acción; y aunque era ya de edad avanzada, todavía tenía tanto apego a la vida que no la quiso perder por tan poca cosa como era entregarme o no entregarme una llave. Alargómela prontísimamente, y luego que la tuve en la mano, volviéndome a la bella dolorida, le dije: «Señora, el Cielo os ha enviado un libertador; levantaos para seguirme, que yo os conduciré y pondré con toda seguridad donde me lo mandéis.» No se hizo sorda a mi voz; mis palabras hicieron tanta impresión en su espíritu, que, recobrando todas las fuerzas que le quedaban, se levantó, arrojóse a mis pies, y solamente me suplicó que conservase su honor. Alcéla del suelo, asegurándole que por mi parte nada temiese y que confiase en mi honradez. Cogí después unos cordeles que había en la cocina, y, ayudándome la misma señora, amarré con ellos a Leonarda a los pies de una gran mesa, amenazándola con que le quitaría la vida al menor grito que diese. Encendí luego una vela, y, acompañado de la señora desconocida, pasé al cuarto donde estaban las monedas y alhajas de plata y oro; llené los bolsillos de cuantos doblones pudieron caber en ellos, y para obligar a la señora a que hiciese otro tanto le dije que en ello no hacía mas que recobrar lo que era suyo. Después de haber hecho una buena provisión marchamos a la caballeriza, donde entré yo solo con las pistolas amartilladas. Daba por supuesto que el viejo negro no me dejaría ensillar y aparejar tranquilamente mi caballo, y estaba resuelto a curarle de una vez de todos sus males si no quería ser bueno; pero, por mi buena suerte, se hallaba a la sazón tan agravado de los dolores que había pasado, y que le atormentaban aún, que saqué el caballo sin que diese la menor señal de haberlo conocido. La señora me esperaba a la puerta. Cogimos prontamente el camino que guiaba a la salida de la cueva, abrimos la reja y llegamos a la trampa que cubría la entrada. Costónos gran trabajo el levantarla, o, por mejor decir, para lograrlo hubimos menester nuevas fuerzas, que nos prestó el deseo de salvarnos.

Comenzaba a rayar el día cuando nos vimos fuera de aquel abismo, y de lo que nos cuidamos entonces fué de alejarnos cuanto antes de él. Yo monté a caballo, puse a la señora a la grupa, y siguiendo a galope la primera senda que se nos presentó, tardamos poco en salir del bosque y entrar en una llanura, donde nos encontramos con varios caminos. Seguimos uno a la ventura, teniendo yo grandísimo miedo de que fuese quizá el que guiaba a Mansilla y nos hallásemos con Rolando y sus camaradas, que sería fatal encuentro. Pero fué vano mi temor, porque entramos felizmente en Astorga a cosa de las dos de la tarde. Observé que muchos nos miraban con particular atención, como si fuera para ellos un espectáculo nunca visto el de una mujer a caballo tras de un hombre. Apeámonos en el primer mesón, y ordené al punto que guisasen una liebre y asasen una perdiz. Mientras esto se disponía, conduje a la señora a un cuarto, donde comenzamos a discurrir, lo cual no habíamos podido hacer en el camino por la prisa con que viajamos. Mostróse muy agradecida al gran servicio que le había hecho, diciéndome que, a vista de una acción tan generosa, no se podía persuadir que yo fuese compañero de los infames de cuyo poder la había libertado. Contéle entonces mi historia, para confirmarla en el buen concepto en que me tenía. Con esto la empeñé a que me favoreciese con su confianza y me refiriese sus desastres, como lo hizo, de la manera que se dirá en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XI

Historia de doña Mencía de Mosquera.

«Nací en Valladolid y mi nombre es doña Mencía de Mosquera. Mi padre, don Martín, coronel de un regimiento, fué muerto en Portugal, después de haber consumido su patrimonio en el servicio del rey. Dejóme pocos bienes, y consiguientemente, aunque hija única, no era un gran partido para ser buscada en casamiento. Mas, a pesar de mi escasa fortuna, no me faltaban pretendientes. Muchos caballeros de los más principales de España solicitaron mi mano; pero el que se llevó mi atención fué don Alvaro de Mello. A la verdad, era el más galán y airoso de todos, y reunía además otras prendas recomendables, que me decidieron a su favor. Era prudente, entendido y valiente, acompañando a esto ser muy comedido, atento, pundonoroso y el hombre más bien portado del mundo. En las corridas de toros, ninguno se mostraba más arriesgado, más brioso ni más diestro; y en las justas era la admiración de todos su despejo, habilidad y valentía. Finalmente, le preferí a sus competidores y le di mi mano.

»Pocos días después de nuestro matrimonio se encontró en un sitio retirado con don Andrés de Baeza, que había sido uno de sus competidores en pretenderme. Picáronse los dos, sacaron las espadas y costó la vida a don Andrés. Era éste sobrino del corregidor de Valladolid, hombre de genio violento y enemigo mortal de la casa de Mello, y, por consiguiente, juzgó don Alvaro que le importaba infinito no retardar un punto su fuga. Volvióse inmediatamente a casa, contóme lo sucedido y me dijo: «Querida Mencía, es indispensable separarnos; ya conoces al corregidor; me perseguirá encarnizadamente. No ignoras lo mucho que puede en España, y así, no estoy seguro en el reino.» No le permitió decir más su dolor. Hícele que tomase dinero y algunas joyas. Dióme después los brazos, estrechóme en ellos y estuvimos así un gran rato, sin poder uno ni otro hablar palabra, mezclándose nuestras lágrimas, suspiros y sollozos. Vino un criado a decir que estaba pronto el caballo; desasióse de mí, partió y dejóme en un estado que no sabré pintar. ¡Dichosa yo si lo agudo del dolor me hubiera quitado la vida! ¡Qué de penas y tormentos me hubiera ahorrado! Pocas horas después de partido don Alvaro supo su fuga el corregidor. Hizo que le siguiesen, y no perdonó diligencia alguna para haberle a las manos. Frustrólas todas mi esposo y púsose en salvo. Viéndose el juez reducido a no poder tomar otra venganza que la satisfacción de quitar todos sus bienes a un hombre cuya sangre hubiera querido beber, confiscó cuanto pertenecía a don Alvaro.

»Halléme con esto en tan miserable situación, que apenas tenía lo preciso para vivir. Comencé a retirarme de todos, quedándome con una sola criada. Pasaba los días llorando amargamente, no ya mi necesidad, que llevaba con paciencia, sino la ausencia de un adorado esposo, de quien no tenía noticia alguna, sin embargo de haberme prometido en nuestra dolorosa despedida que de cualquier parte del mundo donde se hallase procuraría informarme de su suerte. No obstante, se pasaron siete años sin saber nada de él. Causábame profunda tristeza la incertidumbre de su paradero. Supe al fin que, combatiendo por las armas de Portugal en el reino de Fez, había perdido la vida en una batalla. Así me lo refirió un hombre recién venido de Africa, asegurándome que conocía muy bien a don Alvaro de Mello, con quien había servido en el ejército portugués, y que él mismo le había visto perecer en lo más recio de la pelea. A esto añadió otras circunstancias que me acabaron de persuadir de que ya no vivía mi esposo.

»Vino en este tiempo a Valladolid don Ambrosio Mesía Carrillo, marqués de la Guardia. Era uno de aquellos señores entrados en edad que por sus atentos y cortesanísimos modales hacen olvidar sus años y logran aprecio entre los demás. Casualmente le refirieron la historia de don Alvaro, y con este motivo oyó hablar de mí en términos que tuvo gran deseo de verme. Para satisfacer su curiosidad se valió de una parienta mía, en cuya casa me encontró. Vióme, y quedó prendado de mí, a pesar de la impresión de dolor que reparó en mi semblante. Pero ¿qué digo _a pesar_? Quizá lo que más le movió fué el mismo aire triste, melancólico y marchito en que me veía, hablándole esto en favor de mi fidelidad. Mi melancolía pudo ser causa de su amor. Por eso me dijo más de una vez que me miraba como un prodigio de constancia y que envidiaba la suerte de mi marido, por desgraciada que fuese. En una palabra, quedó tan pagado de mí que no necesitó verme segunda vez para tomar la determinación de casarse conmigo.

»Valióse de la misma parienta mía para pedir mi consentimiento. Vino ésta a mi casa y me manifestó que, habiendo mi esposo terminado sus días en el reino de Fez, no era razón que estuviese enterrada por más tiempo, que había ya llorado sobradamente a un hombre cuya compañía había gozado por solos pocos momentos, que debía no malograr la ocasión que se me presentaba y que sería la mujer más feliz y más contenta del mundo. Aquí ponderó la nobleza del marqués, sus grandes bienes y amabilísimo carácter. Pero por más que empleaba su elocuencia en hacerme palpables las ventajas que hallaría yo en aquel enlace, no me pudo persuadir, no ya porque dudase de la muerte de don Alvaro ni por el recelo de volverle a ver cuando menos lo pensase; lo único que mi parienta tenía que vencer era mi poca inclinación, o, por mejor decir, mi repugnancia a un segundo matrimonio después de las desgracias que había experimentado en el primero. No por eso desconfió ni se acobardó; antes bien, interesada ya por don Ambrosio, redobló sus instancias. Empeñó a toda mi parentela en la pretensión del marqués. Comenzaron mis parientes a estrecharme y apurarme sobre que aceptase un partido tan ventajoso. Veíame sitiada siempre de ellos, importunándome y atormentándome con la continua cantilena de que no perdiese tan favorable proporción. Por otra parte, mi miseria era mayor cada día, y no fué esto lo que menos contribuyó a dejar vencer mi repugnancia.

»No pudiendo, pues, resistir más tiempo, cedí al fin a tan repetidas porfías y caséme con el marqués de la Guardia, el cual, el día después de la boda, me condujo a una bellísima hacienda que tenía cerca de Burgos, entre Tardajos y Revilla. Desde luego se poseyó de un amor vehemente hacia mí; observaba yo en todas sus acciones un vivísimo deseo de agradarme; estudiaba en proporcionarme todo cuanto yo podía apetecer. Ningún esposo estimó nunca más a su mujer ni jamás amante alguno empleó mayor esmero en complacer a su dama. Sin duda que yo hubiera amado apasionadamente a don Ambrosio, a pesar de la desproporción de nuestras edades, si hubiera sido capaz de amar a otro que a don Alvaro; pero los corazones constantes no aciertan a dar entrada a una segunda pasión. La memoria de mi primer esposo inutilizaba todos los esfuerzos del segundo para hacerse querer de mí; no podía corresponder a sus ternuras sino con afectos y expresiones de gratitud y de respeto.

»Hallábame en esta disposición, cuando un día, asomándome a una ventana de mi cuarto, vi en el jardín un aldeano que me miraba con particular atención. Túvele por criado del jardinero, y por entonces no hice caso de él; pero al día siguiente, habiéndole visto en el mismo sitio, me pareció que estaba aún más atento a mirarme. Esto me conmovió. Observéle también yo por mi parte con algún cuidado, y se me figuró descubrir en él la fisonomía del desgraciado don Alvaro. Esta semejanza excitó en todos mis sentidos una turbación inexplicable, y di un gran grito sin poderme contener. Por fortuna, estaba sola entonces con Inés, la criada de mi mayor confianza. Descubríle la sospecha que me agitaba, y ella no hizo mas que reír, creyendo que alguna ligera semejanza me había alucinado. «Serenaos, señora—me dijo—, y no creáis haber visto a vuestro primer esposo. No es verosímil que se presentase aquí con el disfraz de aldeano, ni se hace creíble que aún viva. Yo misma—añadió—voy ahora al jardín a ver a ese hombre, a informarme de quién es, y volveré al momento a desengañaros.» Marchó al jardín, y un instante después la veo entrar en mi cuarto muy alterada. «Señora—me dijo—, vuestra sospecha fué por cierto bien fundada. El hombre que visteis en el jardín es verdaderamente el mismo don Alvaro; luego se me descubrió, y desea hablaros a solas.»

»Podía recibirle entonces, porque el marqués había partido a Burgos, y así, dije a Inés que le condujese a mi cuarto por una escalera secreta. Ya se deja conocer la agitación en que yo me hallaría. No pude sufrir la vista de un hombre que tenía derecho para decirme cuanto le viniese a la boca, y al parecer con razón. Caí desmayada luego que le vi en mi presencia, como si hubiera sido su sombra. Así él como Inés me socorrieron prontamente, y después que volví del desmayo, «Tranquilizaos, señora—me dijo don Alvaro—, y no sea mi presencia un suplicio para vos. No es mi ánimo causaros la más mínima amargura. No vengo como marido furioso a pediros cuenta de la fe que me jurasteis ni a calificar de delito el segundo enlace que contrajisteis. Sé muy bien que todo fué movido por vuestra parentela, y no ignoro las persecuciones que habéis padecido. Por otra parte, estoy informado de la voz de mi muerte esparcida en todo Valladolid, y tanto más justamente creída de vos cuanto que ninguna carta mía os podía asegurar de lo contrario. Finalmente, sé de qué modo habéis vivido desde nuestra fatal separación y que la necesidad, más que el amor, os obligó a entregaros en los brazos de...» «¡Ah don Alvaro!—le interrumpí yo anegada en lágrimas—. ¿Por qué razón queréis disculpar a vuestra esposa? ¡No tiene disculpa, puesto que vivís! ¡Desdichada de mí! ¡Ojalá me viera ahora en la miserable situación en que me hallaba antes de desposarme con don Ambrosio! ¡Funesto casamiento! ¡Ah! ¡En aquella miseria, tendría a lo menos el consuelo de veros sin avergonzarme!»

«Amada Mencía—replicó don Alvaro en tono que mostraba bien cuánto le habían enternecido mis lágrimas—, yo no me quejo de ti; antes bien, lejos de censurar la brillantez en que te veo, juro que doy al Cielo mil gracias. Desde el triste día en que partí de Valladolid, tuve siempre contraria la fortuna; mi vida fué un tejido de desdichas, y, para su colmo, nunca me fué posible darte noticias de mí. Seguro siempre de tu amor, se me representaba continuamente la situación a que mi fatal cariño te había conducido. Consideraba a mi adorada Mencía bañada en lágrimas, y esta consideración era mi mayor tormento. Confieso que algunas veces tenía por delito la dicha de haberte agradado. Deseaba que te hubieses inclinado a cualquier otro de mis competidores, cuando reflexionaba en lo mucho que te costaba la preferencia con que me habías honrado. Por fin, después de siete años de penas, más enamorado de ti que nunca, he querido volver a verte. No he podido resistir a este deseo, y, habiéndomelo permitido satisfacer el término de una larga esclavitud, he vuelto a Valladolid disfrazado en este traje, a riesgo de ser conocido y descubierto. Allí lo he sabido todo, y he venido en seguida a esta posesión, donde he hallado modo de introducirme con el jardinero para ayudarle a cultivar estos jardines. Tal es el arbitrio que he tomado para lograr hablarte en secreto. Mas no te imagines que con mi presencia vengo aquí a turbar la ventura que gozas. Amote más que a mí mismo, respeto tu reposo y, acabada esta conversación, parto lejos de ti a terminar mis tristes días, que sacrifico a tu amor.»