Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)
Part 3
»Irritóme mucho este proceder, y resolví vengarme. Robé sus pedrerías a la mujer de don Rodrigo; corrí en busca de mi bella Elena, que vivía en casa de una lavandera amiga suya; saquéla de ella a la mitad del día para que ninguno lo supiese, y aun pasé más adelante. Llevéla a su tierra, donde nos casamos solemnemente, así por dar este despique más a los Herreras como por dejar a los hijos de familia un ejemplo tan bueno que imitar. Tres meses después de mi arrebatado matrimonio supe que don Rodrigo había muerto. No dejé de sentir su muerte. Partí prontamente a Sevilla a pedir su herencia; pero hallé las cosas muy mudadas. Mi madre había ya fallecido, y antes de su muerte tuvo la indiscreción de declarar lo que había hecho, en presencia del cura y de otros buenos testigos. El hijo de don Rodrigo ocupaba ya mi lugar, o por mejor decir, el suyo, y acababa de ser reconocido por tal, con tanto mayor aplauso y alegría cuanto era menor la satisfacción que yo les causaba. De manera que, no teniendo nada que esperar en Sevilla y fastidiado ya de mi mujer, me agregué a ciertos caballeros de fortuna, bajo cuya disciplina di principio a mis caravanas.»
Acabó su historia aquel ladrón, y comenzó otro la suya, diciendo que él era hijo de un mercader de Burgos y que en su mocedad, llevado de una indiscreta devoción, había tomado el hábito de cierta religión muy austera, de la cual había apostatado algunos años después. En fin, todos los ocho ladrones hablaron por su turno; y cuando los hube a todos oído, no me admiré de verlos juntos. Mudaron luego de conversación, y propusieron varios proyectos para la próxima campaña, sobre los cuales tomaron su resolución, y se fueron a la cama. Encendieron bujías y cada uno se retiró a su cuarto. Yo seguí al capitán Rolando al suyo, y mientras le ayudaba a desnudar, «Ahora bien, Gil Blas—me dijo—, ya ves nuestro modo de vivir. Siempre estamos alegres. Entre nosotros no se da lugar al tedio ni a la envidia. Jamás se oye aquí discordia ni disensión; estamos más unidos que frailes. Tú comienzas ahora, hijo mío, a gozar una vida muy agradable, pues no te tengo por tan tonto que te dé pena el vivir entre ladrones.»
CAPÍTULO VI
Del intento de escaparse Gil Blas, y éxito de su tentativa.
Después que el capitán de bandoleros hizo esta apología de su honrada profesión, se metió en la cama; yo quité la mesa y puse todas las cosas en su lugar. Fuíme después a la cocina, donde Domingo—así se llamaba el negro—y la tía Leonarda me esperaban cenando. Aunque no tenía hambre, me puse a la mesa. No podía atravesar bocado, y viéndome tan triste como era regular estarlo, procuraban consolarme aquellas dos análogas figuras; pero sus consuelos contribuían más a mi desesperación que a mi alivio. «¿De qué te afliges, hijo?—me preguntó la vieja—. Antes bien, debieras alegrarte de verte entre nosotros. Eres mozo y pareces dócil, con que presto te perderías en el mundo, donde hallarías libertinos que te meterían en todo género de disoluciones, cuando aquí está tan segura tu inocencia.» «Tiene razón la señora Leonarda—dijo el viejo negro con una voz muy grave—; y se puede añadir a lo que ha dicho que en el mundo no se encuentran mas que trabajos. Da muchas gracias a Dios, amigo mío, porque de una vez para siempre te ha librado de los peligros, disgustos y aflicciones de la vida.»
Sufrí con paciencia estos discursos, porque de nada me serviría el inquietarme. En fin, Domingo, después de haber comido y bebido bien, se fué a su caballeriza. Leonarda cogió una linterna y me condujo a una covacha que servía de cementerio a los ladrones que morían de muerte natural, donde vi un lecho que más parecía tumba que cama. «Este es tu cuarto—me dijo la vieja, pasándome la mano por la cara—. El mozo cuya plaza tienes el honor de ocupar durmió en esa cama el tiempo que vivió con nosotros, y sus huesos reposan debajo de ella; él se dejó morir en la flor de su edad: no seas tú tan simple que imites su ejemplo.» Diciendo esto, entregóme la linterna y volvióse a su cocina. Puse la luz en el suelo y me arrojé sobre aquel miserable lecho, no tanto para reposar cuanto para entregarme a mis tristes reflexiones. «¡Oh cielos!—exclamé—. ¿Habrá situación más infeliz que la mía? ¡Quieren que renuncie para siempre el consuelo de ver la cara del sol; y como si no bastara hallarme enterrado vivo a los diez y ocho años de mi edad, me veo reducido a servir a unos ladrones, a pasar el día entre malvados y la noche con los muertos!» Estos pensamientos, que me parecían muy dolorosos, y con efecto lo eran, me hacían llorar amargamente y sin consuelo. Maldecía mil veces la gana que le había dado a mi tío de enviarme a Salamanca. Arrepentíame de haber tenido tanto miedo a la justicia de Cacabelos y quisiera haber padecido el tormento antes que verme donde me hallaba. Pero considerando que me consumía inútilmente en vanos lamentos, comencé a discurrir en los medios de librarme. «Pues qué—me decía yo a mí mismo—, ¿será por ventura imposible encontrar modo de escaparme de aquí? Los ladrones duermen profundamente, la cocinera y el negro harán lo mismo dentro de poco tiempo; mientras todos estén dormidos, ¿no podré yo, a favor de esta linterna, hallar el camino por donde bajé a este calabozo infernal? A la verdad, no sé si tendré bastante fuerza para levantar la trampa que cubre la entrada; pero probaremos; no quiero omitir nada de cuanto pueda hacer. La desesperación me prestará fuerzas, y puede ser que me salga con ello.»
Tomada esta gran resolución, me levanté cuando me pareció que Leonarda y Domingo podían estar ya dormidos. Cogí la linterna, salí de mi covacha y me encomendé a todos los santos del cielo. No dejó de costarme alguna dificultad el acertar con las vueltas y revueltas de aquel laberinto. Llegué en fin, a la puerta de la caballeriza, y me hallé en el camino que buscaba. Fuí andando y acercándome a la trampa con cierta alegría mezclada de temor; mas, ¡ay!, en medio del camino me encontré con una maldita reja de hierro bien cerrada y cuyas barras estaban tan juntas que apenas podía pasar la mano por entre ellas. Vime cortado y perdido con aquel nuevo impedimento, que al entrar no había advertido por estar abierta la reja. Con todo, no dejé de probar si podía abrir el candado. Examiné la cerradura, haciendo todo lo que pude por forzarla, cuando de repente me aplicaron en las espaldas cinco o seis fuertes latigazos con un buen vergajo de buey. Di un grito, que resonó en toda la caverna, y mirando atrás, vi al maldito negro, en camisa, con una linterna sorda en una mano y con el azote en la otra. «¡Hola, bribonzuelo!—me dijo—. ¿Querías escaparte? ¡No, amiguito, no esperes sorprenderme! ¿Creíste que estaría abierta la reja? Pues sábete que siempre la encontrarás cerrada. Cuando atrapamos a alguno, le guardamos aquí mal que le pese, y si logra escaparse ha de ser más ladino que tú.»
Mientras tanto, al grito que yo había dado despertaron tres ladrones, los cuales se levantaron y vistieron a toda prisa, creyendo que la Santa Hermandad venía a echarse sobre ellos. Llamaron a los demás, que en un instante se pusieron en pie. Toman las espadas y carabinas, y medio desnudos acuden a donde estábamos Domingo y yo. Pero luego que se informaron o entendieron el origen del rumor que habían oído, su inquietud se convirtió en grandes carcajadas. «¿Cómo así, Gil Blas?—me dijo el ladrón apóstata—. ¿No ha más que seis horas que estás con nosotros y ya querías apostatar? ¡Bien se conoce tu aversión al silencio y al retiro! ¿Qué harías si fueses cartujo? ¡Anda, vete a la cama, que por esta vez bastan por castigo los vergajazos con que te regaló Domingo; pero si otra vez vuelves a intentar escaparte, por San Bartolomé que te hemos de desollar vivo!» Diciendo esto, se retiró. Los demás ladrones se volvieron a sus cuartos; el viejo negro, muy ufano de su hazaña, se recogió a su caballeriza, y yo me volví a zambullir en mi cementerio, pasando lo restante de la noche en suspirar y llorar.
CAPÍTULO VII
De lo que hizo Gil Blas, no pudiendo hacer otra cosa.
Los primeros días pensé morirme, rindiendo la vida a la melancolía que me consumía; pero al fin mi genio me inspiró que sufriese y disimulase. Esforcéme a mostrarme menos triste. Comencé a cantar y a reír, aunque sin gana. En una palabra, supe disfrazarme tan bien que Leonarda y Domingo cayeron en la red y creyeron buenamente que ya el pájaro se había acostumbrado a la jaula. Lo mismo juzgaron los ladrones. Manifestábame muy alegre cuando les echaba de beber, y de cuando en cuando los divertía también con alguna chocarrería o bufonada. Esta libertad que me tomaba les daba mucho gusto en vez de enfadarlos. «Gil Blas—me dijo el capitán en cierta ocasión en que yo hacía el gracioso—, has hecho bien en desterrar la melancolía. Me gusta mucho tu espíritu y tu buen humor. No se conoce a la gente al principio; yo no te tenía por tan agudo y tan jovial.»
También los demás me honraron con mil alabanzas, exhortándome a estar siempre de buen humor. Parecióme que todos estaban muy contentos conmigo, y aprovechándome de tan buena ocasión, «Señores—les dije—, permítanme ustedes que les descubra mi pecho. Desde que estoy en su compañía no me conozco a mí mismo; paréceme que no soy el que era. Ustedes han desvanecido las preocupaciones de mi educación. Insensiblemente se me ha pegado su espíritu y he tomado el gusto a su honrada profesión. Me muero por merecer el honor de ser uno de sus compañeros y de tener parte en los peligros de sus gloriosas proezas.» Todos aplaudieron este discurso y alabaron mi buena voluntad; pero unánimemente convinieron en que me dejarían servir por algún tiempo para probar mi vocación, y que después correría mis caravanas, y al cabo se me conferiría la honorífica plaza a que aspiraba.
Hube de conformarme por fuerza y continuar en vencerme y en ejercer mi oficio de copero. A la verdad, quedé muy sentido, porque sólo pretendía ser ladrón por tener libertad de salir con los demás, esperando que en alguna de sus correrías se me presentaría ocasión de escaparme de ellos. Esta única esperanza era lo que me mantenía vivo. Sin embargo, el tiempo de la aprobación me parecía largo, y más de una vez intenté sorprender la vigilancia de Domingo, pero inútilmente. Siempre estaba muy alerta; tanto, que no bastarían cien Orfeos para encantar a aquel Cerbero. Es verdad que por no hacerme sospechoso no emprendía todo lo que podía hacer para engañarle. Veíame precisado a vivir con la mayor cautela, porque el negro era ladino y observaba mucho todos mis pasos, palabras y movimientos. Así, pues, apelé a la paciencia, remitiéndome al tiempo que los ladrones me habían prescrito para recibirme en su congregación, día que esperaba con tanta ansia como si hubiera de entrar en una compañía de honrados comerciantes.
En fin, gracias al Cielo, llegó al cabo de seis meses este dichoso día. El señor Rolando dijo a sus camaradas: «Caballeros, es preciso cumplir la palabra que dimos al pobre Gil Blas. A mí me parece bien este muchacho y espero que tendremos en él un hombre de provecho. Soy de sentir que mañana le llevemos con nosotros, para que dé principio a coger laureles en los caminos reales. Nosotros mismos le hemos de poner en el que guía a la gloria.»
Todos se conformaron con el parecer de su capitán, y para hacerme ver que ya me miraban como a uno de ellos, desde aquel momento me dispensaron de servirlos. Restituyeron a la señora Leonarda en el empleo que antes tenía, y de que la habían exonerado para honrarme a mí con él. Hiciéronme arrimar el vestido que llevaba encima, que consistía en una simple jaquetilla muy usada, y me acomodaron todos los despojos de un caballero que acababan de robar, después de lo cual me dispuse a hacer mi primera campaña.
CAPÍTULO VIII
Acompaña Gil Blas a los ladrones; qué empresa acomete en los caminos reales.
Hacia el fin de una noche de septiembre salí del subterráneo con los ladrones. Iba armado, como todos, con carabina, pistolas, espada y una bayoneta, y montaba un buen caballo que habían quitado al caballero cuyos vestidos me habían tocado en suerte. Como había estado tanto tiempo en la obscuridad, cuando amaneció no podía sufrir la luz; pero poco a poco se fueron acostumbrando mis ojos a tolerarla.
Pasamos por cerca de Ponferrada y nos metimos en un bosquecillo a orilla del camino de León. Allí estuvimos esperando a que la fortuna nos ofreciese algún buen lance, cuando descubrimos un religioso de la Orden de Santo Domingo, montado, contra la costumbre de estos buenos padres, en una muy mala mula. «¡Bendito sea Dios!—exclamó sonriéndose el capitán—. ¡He aquí el gran ensayo de Gil Blas! Es preciso que vaya a registrar el bolsillo de aquel fraile; veremos cómo se porta.» Todos los camaradas convinieron efectivamente en que aquella comisión era la que me correspondía, exhortándome a que saliese de ella con lucimiento. «Espero, señores—dije—, que quedaréis contentos. Voy a despojar aquel padre, a dejarle tan desnudo como la palma de la mano y traer aquí su mula.» «¡Eso no—dijo Rolando—; no merece la pena. Alíviale solamente del bolsillo y tráelo; no te pedimos más.» En esto salí del bosque y me encaminé al religioso, pidiendo al Cielo me perdonase la acción que iba a ejecutar con tanta repugnancia. Bien hubiera querido poder escaparme en aquel mismo punto; pero todos mis compañeros estaban mejor montados que yo, y si me vieran huir correrían tras mí y presto me atraparían, o me espolearían por las espaldas con una descarga de sus carabinas, con la que me hubiera ido muy mal; y así, no me atreví a exponerme a una acción tan poco segura. Llegué, pues, al padre y pedíle la bolsa, poniéndole al pecho una pistola. Paróse un poco a mirarme, y sin mostrarse muy sobresaltado. «Muy mozo eres, hijo mío—me dijo—, y muy temprano te has puesto a tan vil oficio.» «Padre mío—le respondí—, sea vil o no lo sea, me alegrara haberle empezado más presto.» «¡Ah, querido!—me replicó el buen religioso, que no podía comprender el sentido de mis palabras—. ¿Qué es lo que dices? ¡Oh qué ceguedad! Escúchame, y te haré presente el infeliz estado en que te hallas.» «¡Oh padre mío—le interrumpí con precipitación—, no se tome vuesa reverencia ese trabajo y déjese de moralizar, que no vengo a los caminos públicos a que me prediquen! Quiero dinero y no sermones.» ¿Dinero?—me dijo muy maravillado—. ¡Mal conoces la caridad de los españoles si crees que las personas de mi profesión y de mi carácter lo necesitan para viajar! En todas partes nos reciben y hospedan con agrado, nos tratan muy bien, y cuando partimos sólo nos piden nuestras oraciones; en fin, nosotros no llevamos dinero para caminar y nos ponemos enteramente en manos de la Providencia.» «Pero al fin, padre mío, concluyamos; mis compañeros me están esperando en aquel bosque. Eche prontamente la bolsa en tierra, o si no, le mato.»
A estas palabras, que pronuncié colérico y amenazándole, el buen religioso mostró verse quitar la vida. «¡Espera!—me dijo—. Voy a satisfacerte, ya que absolutamente no puede ser otra cosa; veo que con vosotros es ociosa toda figura retórica.» Diciendo esto, sacó de debajo del hábito una gran bolsa de cuero y la dejó caer en el suelo. Díjele entonces que podía continuar su camino, y él lo hizo sin esperar a que tuviese el trabajo de repetírselo. Dió cuatro espolazos a la mula, que desmintió la mala opinión en que yo la tenía de ser tan buena maula como la de mi tío; y la bestia, dándose por entendida del caritativo aviso, comenzó desde luego a andar a buen paso. Apenas el fraile se alejó de mí, cuando me apeé, recogí el bolsón, que pesaba mucho, y volví a meterme en el bosque, donde los camaradas me esperaban con impaciencia para darme mil parabienes por mi gloriosa victoria, como si me hubiera costado mucho. Apenas me dieron lugar de apearme según se apresuraban a abrazarme. «¡Animo, Gil Blas!—me dijo Rolando—. ¡Has hecho maravillas! Durante tu expedición no apartamos los ojos de ti. Observó tu firmeza, tu resolución y todos tus movimientos, y desde luego te pronostico que con el tiempo serás un heroico ladrón y el terror de los caminos reales.» El teniente y los demás aplaudieron la predicción, asegurando que no podía dejar de verificarse algún día. Di a todos las gracias por el buen concepto que habían formado de mí, prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para mantenerlo.
Después que alabaron, tanto más cuanto menos lo merecía, la villana acción que había hecho, les entró la curiosidad de examinar la presa. «Veamos—dijeron—qué contiene la bolsa del religioso.» «Sin duda—añadió uno de ellos—que estará bien provista, porque estos padres no viajan como peregrinos.» Desatóla el capitán, abrióla y sacó dos o tres puñados de medallitas de cobre, mezcladas con _Agnus Dei_ y algunos escapularios. Al ver el hurto de una moneda tan nueva, todos prorrumpieron en tan descompasadas carcajadas que pensaron reventar de risa. «A la verdad—exclamó el teniente—, que todos debemos estar muy agradecidos al señor Gil Blas: el primer ensayo que ha hecho puede ser muy saludable a la compañía.» A esta bufonada siguieron otras de los demás. Aquellos malvados, y sobre todos el apóstata, se divirtieron con mil impías truhanerías sobre la materia, profiriendo dichos que mostraban bien la corrupción de sus costumbres. Sólo yo no tenía gana de reír. Verdad es que me la quitaban los bufones que tanto se alegraban a mi costa. Cada uno me flechaba alguna pulla, y hasta el capitán me dijo: «Aconséjote, amigo Blas, que en adelante no te vuelvas a meter con frailes, porque son más agudos y chuscos que tú.»
CAPÍTULO IX
Del serio lance que siguió a la aventura del fraile.
Estuvimos en el bosque la mayor parte de aquel día, sin haber visto pasajero alguno que enmendase el chasco que nos había dado el religioso. Salimos, en fin, para restituirnos a nuestro subterráneo, persuadidos de que las expediciones del día se habían acabado con el risible suceso que todavía daba materia a la conversación y a las chufletas, cuando descubrimos a lo lejos un coche tirado de cuatro mulas. Acercábase a nosotros a gran paso y le acompañaban tres hombres a caballo, que parecían venir bien armados. Rolando nos mandó hacer alto para tratar de lo que se había de hacer, y la resolución fué que se los atacase. Pusímonos todos en orden, según la disposición del capitán, y marchamos en orden de batalla acercándonos al coche. No obstante los aplausos que había recibido en el bosque, se apoderó de mí un temblor universal, y sentí bañado todo el cuerpo de un sudor frío, que no me presagiaba cosa buena. Por mayor fortuna mía, me hallaba al frente del cuerpo de batalla, en medio del capitán y del teniente, que de propósito me pusieron entre los dos para que me hiciese al fuego desde luego. Reparó Rolando lo mucho que la naturaleza estaba padeciendo en mí; me miró con ojos torvos, y con voz bronca me dijo: «¡Oye, Gil Blas: trata de hacer tu deber, porque te advierto que si te acobardas te levanto de un pistoletazo la tapa de los sesos!» Estaba persuadido de que lo haría mejor que lo decía, para no aprovecharme del dulce y fraternal aviso, y así, sólo pensé en recomendar mi alma a Dios.
Entre tanto el coche y los caballeros se nos venían acercando. Desde luego conocieron la casta de pájaros que éramos, y adivinando nuestro intento por la ordenanza y postura en que nos veían, se pararon a tiro de fusil. Todos traían armas, y mientras se preparaban a recibirnos, salió del coche un hombre de buen parecer y ricamente vestido. Montó en un caballo de mano que uno de los montados tenía de la brida, y se puso al frente de los demás. Aunque eran sólo cuatro contra nueve, se arrojaron a nosotros con un brío que aumentó mi temor. No por eso dejé de prevenirme para disparar mi carabina, aunque temblaban todos los miembros de mi cuerpo como si estuviera azogado; mas, por contar las cosas como pasaron, cuando llegó el caso de dispararla, cerré los ojos y volví la cabeza a otra parte: de manera que aquel tiro nunca puede ser a cargo de mi conciencia.
No me detendré en referir las circunstancias de la acción, pues aunque me hallaba presente, nada veía; porque, turbada con el terror la imaginación, me ocultaba el horror de un espectáculo que verdaderamente me sacó fuera de mí. Lo único que puedo decir es que, después de un gran ruido de mosquetazos y carabinazos, oí gritar a mis camaradas: «¡Victoria! ¡Victoria!» Al oír esta aclamación se disipó el miedo que se había apoderado de mis sentidos, y vi tendidos en el campo los cadáveres de los cuatro que venían a caballo. De nuestra parte sólo murió el apóstata, que en esta ocasión recibió lo que merecía por su apostasía y sus malas chanzas sobre los escapularios y medallas. El teniente fué herido en un brazo, pero muy levemente, pues el tiro apenas hizo más que rozarle un poco el pellejo.
Corrió luego el señor Rolando a la portezuela del coche, y vió dentro una dama de veinticuatro a veinticinco años, que le pareció hermosa aun en el triste estado en que se hallaba. Habíase desmayado durante la refriega y aun no había vuelto en sí. Mientras él se ocupaba en mirarla, nosotros atendimos a la presa. Lo primero que hicimos fué apoderarnos de los caballos que habían servido a los muertos, y que espantados con los tiros se habían descarriado después de quedar sin guías. Las mulas del coche permanecieron quietas, aunque durante la acción se había apeado el cochero para ponerse en salvo. Echamos pie a tierra para quitarles los tirantes, y las cargamos con los cofres que venían en la zaga y delantera del coche. Hecho esto, se sacó de él a la señora por orden del capitán, la cual aun no había recobrado los sentidos, y se la puso a caballo con uno de los ladrones mejor montados, dejando en el camino el coche y a los muertos despojados de sus vestidos, y llevándonos la señora, las mulas, los caballos y preseas.
CAPÍTULO X
De qué modo se portaron los bandoleros con la señora desmayada. Gran proyecto de Gil Blas, y sus resultas.
Llegamos a la cueva una hora después de anochecido. Lo primero que hicimos fué meter las mulas en la caballeriza, atarlas al pesebre y cuidar de ellas; porque el viejo negro hacía tres días que estaba en cama, rendido a crueles dolores de gota y a un reumatismo que apenas le dejaba libre mas que la lengua para emplearla en mostrarnos su impaciencia, prorrumpiendo en las más horribles blasfemias. Dejamos a aquel miserable jurar y blasfemar y fuimos a la cocina a cuidar de la señora, que estaba sobrecogida de un paroxismo mortal. Nos dimos tan buena maña, que logramos volviese del desmayo; mas cuando recobró los sentidos y se vió entre unos hombres que no conocía, sintió todo el peso de su desgracia y comenzó a desesperarse. Todo lo más horroroso que el sentimiento y el dolor pueden representar a la imaginación, otro tanto se veía pintado en sus ojos, que levantaba al cielo como para quejarse de las indignidades que la amenazaban. Cediendo entonces a imágenes tan espantosas, volvió de repente a desmayarse, cerró sus bellos ojos, y los ladrones temieron que iban a perder aquella preciosa presa. El capitán, pareciéndole mejor abandonarla a sí misma que atormentarla con nuevos socorros, mandó la llevasen a la cama de Leonarda, dejándola sola y encomendada a su buena suerte.