Historia de Gil Blas de Santillana: Novela (Vol 1 de 3)

Part 2

Chapter 24,075 wordsPublic domain

No era yo solo el que había de caminar con el arriero. Habíanse ajustado con el mismo dos hijos de familia de Peñaflor; un muchacho o niño de coro de Mondoñedo, que iba a correr mundo; un caballerete de Astorga y una joven del Bierzo, con quien acababa de casarse. En muy poco tiempo nos hicimos amigos, y cada uno contó a dónde iba y de dónde venía. Aunque la novia estaba en lo mejor de su edad, era tan morena y de tan poca gracia que no me daba mucho gusto el mirarla; con todo eso, sus pocos años y su robustez inclinaron hacia ella al arriero; tanto, que resolvió hacer una tentativa para lograr sus favores. Pasó la jornada en meditar el modo y dilató la ejecución hasta la última posada. Esta fué en Cacabelos. Hízonos apear en un mesón que está a la entrada del lugar, esto es, un poco fuera de él, cuyo mesonero sabía él muy bien que era hombre callado y amigo de complacer. Dispuso que nos condujese a un cuarto muy retirado, donde nos dejó cenar tranquilamente; pero al fin de la cena vimos entrar al arriero furioso como un demonio, votando, jurando y blasfemando; y mirándonos a todos con ojos centelleantes, «¡Por vida de quien soy—dijo—que me han hurtado cien doblones que traía en una bolsa de cuero, y por fuerza han de parecer! ¡Ahora ahora me voy derecho al juez, para que dé tormento a todos hasta que se descubra el ladrón y me restituya mi dinero!» Diciendo esto con un aire muy natural, nos volvió apresuradamente y con enfado las espaldas, dejándonos atónitos, mirándonos los unos a los otros.

A ninguno le ocurrió que podía ser aquello una ficción, porque todavía no nos podíamos conocer bien; antes sí sospeché yo que el ladrón sería el muchacho de coro, así como él quizá sospecharía lo mismo de mí. Fuera de eso, todos éramos unos pobres simples, que no sabíamos las formalidades que preceden en semejantes casos a la prueba del tormento, y desde luego creímos que se había de comenzar por aquí. Poseídos, pues, de esta aprensión, precipitadamente nos salimos del cuarto, escapando unos a la calle y otros al huerto, para salvarse cada cual como pudiese; y el novio de Astorga, turbado con la idea del tormento, se salvó como otro Eneas, olvidado enteramente de su mujer. Entonces el arriero, según supe con el tiempo, más incontinente que sus machos, y muy alegre porque su estratagema había producido el efecto que pretendía, entró en el cuarto donde estaba la novia, haciendo alarde de su invención, y procuró aprovecharse de la ocasión; pero aquella Lucrecia asturiana, a quien daba mayores fuerzas la mala traza del arriero, hizo una vigorosa resistencia, dando descompasados gritos. La patrulla, que por casualidad se hallaba cerca de una posada que sabía ser muy digna de su atención, entró en ella, y preguntó quién daba y cuál era el motivo de aquellos gritos. El mesonero estaba cantando en la cocina y fingiendo que nada había oído; no obstante, se vió precisado a conducir al comandante y a la patrulla al cuarto de la persona que gritaba. Conoció luego el alférez el negocio de que se trataba, y, como era hombre grosero y brutal, regaló provisionalmente al enamorado arriero con cinco o seis buenos palos con el mango de la alabarda, y le arengó con unas voces tan ofensivas al pudor como la acción que daba motivo a la arenga. No se contentó con esto: echó mano del delincuente y le condujo a la presencia del juez, juntamente con la agraviada delatora, que con toda resolución quiso ir en persona a quejarse de él, no obstante el desorden en que se hallaba. Oyóla el juez, y habiéndola observado atentamente, halló que el acusado no tenía excusa alguna y que era indigno de perdón. Mandó al punto le despojasen y que en su presencia le diesen doscientos azotes, y ordenó después que, si al día siguiente no parecía el marido de aquella mujer, dos soldados la llevasen con toda decencia a Astorga a costa del arriero.

Por lo que toca a mí, atemorizado quizá más que los otros, salí prontamente al campo, y atravesando terrenos, penetrando matorrales y saltando los fosos que hallaba en el camino, llegué por fin a un lóbrego y espeso bosque. Iba a entrar en él y a esconderme en el más erizado matorral cuando me vi de repente con dos hombres a caballo, que se pararon delante de mí. «¿Quién va allá?», dijeron; y, como el miedo y la sorpresa no me dejaron hablar, acercándose más, cada uno me puso al pecho una pistola, intimándome, pena de la vida, que les dijese quién era, de dónde venía y qué iba yo a hacer en aquel bosque. A esta manera de preguntar, que me pareció un _quid pro quo_ del tormento con que se había burlado de nosotros el arriero, respondí que era un pobre estudiante de Oviedo, que iba a continuar mis estudios en Salamanca, refiriéndoles lo que nos acababa de suceder y confesando sencillamente que el miedo del tormento me había hecho huir sin saber dónde esconderme. Dieron una grande carcajada cuando oyeron un discurso que tanto mostraba mi sencillez, y uno de ellos me dijo: «No tengas miedo, querido; vente con nosotros y no temas, que te pondremos en toda seguridad.» Diciendo esto, me hizo montar en la grupa de su caballo, y volviendo las riendas nos envainamos todos tres en lo más intrincado y más espeso del bosque.

No sabía yo qué pensar de tal encuentro; mas, no obstante, no pronosticaba cosa mala. «Si estos hombres fueran ladrones—me decía yo a mí mismo—ya me hubieran robado y quizá asesinado también. Acaso serán algunos buenos hidalgos de esta tierra, que viéndome atemorizado se han compadecido de mí y por caridad me llevan a su casa.» No me duró mucho la duda. Después de algunas vueltas y revueltas, con grandísimo silencio llegamos por fin al pie de una colina, donde nos apeamos. «Aquí hemos de dormir», dijo uno de los caballeros. Por más que yo volví los ojos a todas partes, no veía casa, choza o cabaña, ni la más mínima señal de habitación; cuando vi que aquellos dos hombres alzaron una gran trampa de madera, cubierta de tierra y de enramada, que ocultaba una larga entrada subterránea muy pendiente, por donde los caballos por sí mismos se dejaron resbalar como quienes ya estaban acostumbrados. Los caballeros me hicieron entrar con ellos y dejaron caer la trampa con unas cuerdas que para este efecto estaban fuertemente atadas a ella. Y he aquí al digno sobrino de mi tío el canónigo Gil Pérez metido como ratón en una ratonera.

CAPÍTULO IV

Descripción de la cueva subterránea y de lo que vió en ella Gil Blas.

Entonces conocí entre qué especie de gentes me hallaba, y fácilmente se puede adivinar que este conocimiento me quitaría el primer temor; pero otro mucho mayor se apoderó luego de mí. Di por supuesto que iba a perder la vida con mis pobres ducados; y mirándome como una víctima que era conducida al sacrificio, caminaba más muerto que vivo entre mis conductores, cuando, advirtiendo ellos mismos que iba temblando, me exhortaron con la mayor dulzura, pero inútilmente, a que depusiese todo temor. Habríamos caminado como unos doscientos pasos, cuando entramos en una especie de caballeriza, a que daban luz dos grandes candiles que pendían de la bóveda. Había en ella una buena provisión de paja y muchos sacos atestados de cebada. Podían caber en ella hasta veinte caballos, pero a la sazón solamente había los dos que acababan de llegar. Salimos de la caballeriza y llegamos a la cocina, donde una vieja estaba disponiendo la cena. No faltaba en la cocina utensilio alguno. La cocinera era una mujer de más de sesenta años. Sus blancos cabellos conservaban algunas manchas, residuos del color rubio subido que tuvieran; su barba era puntiaguda, y la nariz tan larga y encorvada que casi llegaba a besar la boca con la punta, y sus ojos tan encarnados que parecían dos tomates maduros.

«Señora Leonarda—dijo uno de los caballeros, presentándome a aquel bello ángel de tinieblas—, mire este mocito que le traemos.» Y volviéndose después a mí, y viéndome pálido y consumido, me dijo: «Vuelve, querido, en ti, y no tengas miedo, pues no te queremos hacer mal. Nos hacía falta un mozo que aliviase en algo a nuestra pobre cocinera; te encontramos, y ésta ha sido tu fortuna. Ocuparás la plaza de un mozo que murió quince días ha, porque era de delicada complexión. La tuya parece más robusta y no morirás tan presto. A la verdad, no volverás ya a ver el sol; pero, en recompensa, comerás bien y tendrás siempre buena lumbre. Pasarás la vida con Leonarda, que es una criatura muy amable y humana. Tendrás cuantas conveniencias quisieres, y ahora conocerás que no has venido a vivir entre pordioseros y despilfarrados.» Al mismo tiempo tomó una luz y me mandó que le siguiese. Llevóme a una bodega, donde vi una infinidad de botellas y grandes vasijas de barro bien tapadas, llenas todas de vinos exquisitos. Hízome pasar después por muchos cuartos, unos atestados de piezas de lienzo y otros de ricos paños y telas de lana y seda. En otro vi plata y oro y mucha vajilla marcada con diferentes escudos de armas. Seguíle después a una gran sala, que alumbraban tres grandes arañas de metal y conducía a otros cuartos que se comunicaban con ella. Aquí me hizo nuevas preguntas, es a saber: cómo me llamaba y por qué había salido de Oviedo. Después que satisfice su curiosidad, «Ahora bien, Gil Blas—me dijo con mucho agrado—: puesto que sólo saliste de tu patria para lograr algún acomodo, parece que naciste de pie, pues se te proporciona vivir entre nosotros. Ya te lo he dicho: aquí vivirás en medio de la abundancia; nadarás en oro y plata y estarás con toda seguridad. Tal es este subterráneo, que aunque venga cien veces a este bosque la Santa Hermandad, nunca dará con él: la entrada sólo la conocemos yo y mis camaradas. Acaso me preguntarás cómo hemos podido nosotros fabricar este subterráneo sin que lo supiesen los paisanos de los lugares vecinos; pero has de saber, amigo mío, que ésta no ha sido obra nuestra, sino de muchos siglos. Después que los moros se apoderaron de Granada, de Aragón y de casi toda España, los cristianos que no se quisieron sujetar al yugo de los infieles huyeron y se ocultaron en este país, en Vizcaya y Asturias, adonde se retiró también el valiente don Pelayo. Los fugitivos y dispersos vivían por familias en los bosques y en las más ásperas montañas; unos, escondidos en cavernas, y otros, en subterráneos que ellos mismos fabricaron, y éste es uno de tantos. Después que, afortunadamente, arrojaron de España a sus enemigos se volvieron a sus ciudades, villas y lugares, y desde entonces los subterráneos sirvieron de asilos a las gentes de nuestra profesión. Es cierto que la Santa Hermandad ha descubierto y destruido algunos, pero todavía han quedado muchos; y yo, gracias al Cielo, quince años hace que habito impunemente en éste. Llámome el capitán Rolando, soy el jefe de la compañía, y el otro que viste conmigo es uno de mis camaradas.»

CAPÍTULO V

De la llegada de otros ladrones al subterráneo y de la conversación que tuvieron entre sí.

No bien había dicho estas palabras el capitán, cuando aparecieron en la sala seis caras nuevas, que eran su teniente y otros cinco de la gavilla. Venían cargados de presa. Traían dos grandes zurrones llenos de azúcar, canela, almendras y pasas. El teniente, dirigiéndose al capitán, le dijo que había despojado a un especiero de Benavente de aquellos zurrones, como también del macho que los llevaba; y después de haber dado cuenta de su expedición en la pieza que servía de despacho, se entregó en la repostería la hacienda del especiero. Hecho esto, se trató de cenar y de alegrarse. Prepararon en la sala una gran mesa, y a mí me enviaron a la cocina para que la tía Leonarda me instruyese en lo que debía hacer. Cedí a la necesidad, ya que mi mala suerte lo quería así, y disimulando mi sentimiento, me dispuse a servir a una gente tan honrada.

Di principio por el aparador, cubriéndole de vasos y salvillas de plata, flanqueadas de botellas llenas de excelente vino, que el señor Rolando me había ponderado. Puse en la mesa dos géneros de sopa, a cuya vista todos ocuparon sus asientos. Comenzaron a comer con mucho apetito, manteniéndome yo tras de ellos en pie para servirles el vino. El capitán les contó en pocas palabras mi historia de Cacabelos, con la cual se divirtieron mucho. Aseguróles después que yo era un mozo de mérito; pero como estaba ya tan escarmentado de las alabanzas, pude oír mis elogios sin peligro. Convinieron todos en que parecía yo como nacido para ser copero suyo, y que valía cien veces más que mi predecesor. Como después de su muerte la señora Leonarda era la que había servido el néctar a aquellos dioses infernales, le privaron de este glorioso empleo, para revestirme a mí de él. De esta manera me hallé convertido en un nuevo Ganimedes, sucesor de aquella maldita Hebe.

Después de la sopa se presentó un gran plato de asado para acabar de saciar a los señores ladrones, los cuales bebían tanto como comían, y en breve tiempo se pusieron todos de buen humor y comenzaron a meter mucha bulla. Hablaban todos a un mismo tiempo: uno comenzaba una historia, otro le interrumpía con un chiste o con una frialdad, éste gritaba, aquél cantaba, y, en fin, ya no se entendían unos a otros. Fatigado Rolando de una escena en que él ponía mucho de su parte, pero todo inútilmente, levantó la voz en un tono que impuso silencio a la compañía. «¡Señores—les dijo—, atención a lo que voy a proponeros! En vez de aturdirnos unos a otros hablando todos a un tiempo, ¿no sería mejor divertirnos y hablar como hombres de juicio y de razón? Ahora me ocurre un pensamiento. Desde que vivimos juntos, nunca hemos tenido la curiosidad de informarnos recíprocamente de qué familia o casa somos, ni de la serie de aventuras por donde vinimos a abrazar esta profesión. Con todo, me parece ésta una cosa muy digna de saberse. Hagámonos, pues, esta confianza, que podrá servir no menos para nuestra diversión que para nuestro gobierno.» El teniente y los demás, como si tuvieran alguna cosa buena que contar, aceptaron con grandes demostraciones de alegría la proposición del capitán, el cual comenzó a hablar en estos términos:

«Ya saben ustedes, señores, que yo soy hijo único de un rico vecino de Madrid. Celebróse mi nacimiento en la familia con grandes regocijos. Mi padre, que ya era viejo, sintió suma alegría al verse con un heredero, y mi madre no quiso que otra mas que ella me diese de mamar. Vivía entonces mi abuelo materno. Era mi hombre que sólo sabía rezar su rosario y contar sus proezas militares, porque había servido al rey muchos años, y no se ocupaba ya en más. Insensiblemente vine yo a ser el ídolo de estas tres personas. Continuamente me tenían en brazos. Por miedo de que el estudio no me fatigase en mis primeros años, me los dejaron pasar en los divertimientos más pueriles.» «No conviene—decía mi padre—que los niños se apliquen a cosas serias hasta que el tiempo haya madurado un poco su razón.» Esperando a esta madurez, no aprendía a leer y escribir; mas no por eso perdía el tiempo. Mi padre me enseñaba mil géneros de juegos; conocía yo perfectamente los naipes, jugaba a los dados, y mi abuelo me contaba mil novelas sobre las expediciones militares en que se había hallado. Cantábame siempre unas mismas coplas acerca de dichas expediciones; cuando en espacio de tres meses había aprendido bien diez o doce versos, los repetía sin errar un punto delante de mis padres, los cuales se admiraban de mi prodigiosa memoria. No celebraban menos mi agudo ingenio cuando, valiéndome de la libertad que tenía para decir cuanto me viniese a la boca, interrumpía sus conversaciones para decir a tuerto o derecho todo lo que me ocurría. Entonces mi madre me sofocaba a caricias y mi buen abuelo lloraba de puro gozo. No les iba en zaga mi padre; siempre que me oía algún despropósito o alguna bachillería, mirándome con gran ternura exclamaba: «¡Oh qué gracioso eres y qué lindo!» Con estas alas, no reparaba en hacer impunemente en su presencia las más indecentes acciones. Todo me lo perdonaban y todos me adoraban. Había entrado ya en doce años y aun no tenía ningún maestro. Buscáronme finalmente uno; pero mandándole expresamente que me enseñase, mas sin facultad para darme el menor castigo. A lo sumo le permitieron que alguna vez me amenazase sólo para intimidarme. Sirvió de poco este permiso, porque me burlaba de las amenazas de mi preceptor, o bien, con las lágrimas en los ojos, iba a quejarme a mi madre o a mi abuelo, diciéndoles que el ayo me había maltratado. En vano acudía el pobre diablo a desmentirme: teníanle por un hombre brutal, y siempre me creían a mí más que a él. Un día me arañé yo mismo y me fuí a quejar del maestro porque me había desollado; inmediatamente le despidió de casa mi madre, sin querer darle oídos, por más que protestaba al cielo y a la tierra que ni siquiera me había tocado.

»De este mismo modo me fuí desembarazando de mis preceptores, hasta que me presentaron uno como le deseaba y me convenía para acabarme de perder. Era un bachiller de Alcalá. ¡Excelente maestro para un hijo de familia! Era inclinado a mujeres, al juego y a la taberna. No me podían haber puesto en mejores manos. Desde luego se dedicó a ganarme por el amor y por la dulzura. Consiguiólo, y por este medio logró que también le amasen mis padres, los cuales me entregaron enteramente a su gobierno. No tuvieron de qué arrepentirse, porque en breve tiempo y desde luego me perfeccionó en la ciencia del mundo. A fuerza de llevarme consigo a todos los parajes donde tenía su diversión me inspiró de tal manera la afición a ello que, a excepción del latín, en lo demás era yo un muchacho universal. Cuando vió que ya no tenía necesidad de sus preceptos, fué a enseñarlos a otra parte.

»Si en mi infancia había vivido tan libremente a vista de mis padres, cuando comencé a ser dueño de mis acciones tuve sin duda mayor libertad. En el seno de mi familia fué donde di las primeras pruebas del aprovechamiento de mi educación. Burlábame de ellos a las claras y en todo momento. Reíanse de mis intrepideces, y tanto más las celebraban cuanto eran más vivas y más intolerables. Mientras tanto cometía todo género de desórdenes con otros muchachos de mi edad y de mi humor. Como nuestros padres no nos daban todo el dinero que habíamos menester para proseguir en una vida tan deliciosa, cada uno robaba en su casa cuanto podía, y cuando esto no alcanzaba, nos dimos a robar de noche, y siempre con fruto. Por desgracia, llegó algún rumor de esto a los oídos del corregidor. Quiso mandarnos prender; pero fuimos avisados con tiempo de su mala intención. Recurrimos a la fuga, y dímonos a ejercitar el mismo oficio en los caminos públicos. Desde entonces acá he tenido la dicha de haber envejecido en la profesión, a pesar de los peligros que son anejos a ella.»

Cuando el capitán acabó de hablar, el teniente tomó la palabra, y dijo así: «Señores, una educación enteramente contraria a la del señor Rolando produjo en mí el mismo efecto que en él. Mi padre fué carnicero en Toledo y el hombre más feroz que había en toda la ciudad; mi madre no era de condición más suave que su marido. Desde mi niñez me comenzaron a azotar a cual más podía y como a competencia uno de otro. Cada día recibía mil azotes. La más mínima falta que cometiese era castigada con el mayor rigor. En vano les pedía perdón con las lágrimas en los ojos, prometiendo la enmienda; no había misericordia para mí, y las más veces me castigaban sin razón. Cuando mi padre me sacudía, siempre mi madre se ponía de su parte en lugar de interceder por mí. Estos malos tratamientos me inspiraron tanta aversión a la casa paterna que antes de cumplir los catorce años me escapé de ella. Tomé el camino de Aragón y llegué a Zaragoza pidiendo limosna. Enhebréme allí con unos pordioseros que pasaban una vida bastante feliz y acomodada. Enseñáronme a contrahacer el ciego, el estropeado y a figurar en las piernas unas llagas postizas. Todas las mañanas, a la manera de los comediantes que se ensayan para representar sus papeles, nos ensayábamos nosotros para representar los nuestros, y después cada uno iba a ocupar su puesto. Por la noche nos juntábamos y nos reíamos de los que se habían compadecido de nosotros por el día. Canséme presto de vivir entre aquellos miserables, y queriendo juntarme con otra gente más honrada, me asocié con unos _caballeros de la industria_. Enseñáronme a hacer bellos juegos de manos; pero nos vimos precisados a salir presto de Zaragoza, porque nos descompusimos con cierto ministro de justicia que siempre nos había protegido. Cada uno tomó su partido. Yo, que me sentía dispuesto a emprender grandes hechos, me acomodé en una tropa de hombres valerosos que hacían contribuir a los pasajeros y caminantes, agradándome tanto su modo de vivir, que desde entonces acá no he querido buscar otro. Si me hubieran dado otra educación más suave, probablemente no sería ahora mas que un pobre carnicero, cuando me hallo hoy con el honor y con el grado de vuestro teniente.»

«Señores—dijo entonces un ladrón que estaba sentado entre el teniente y el capitán—, las historias que acabamos de oír no son tan variadas ni tan curiosas como la mía. Debo mi nacimiento a una aldeana o labradora de las cercanías de Sevilla. Tres semanas después que me dió a luz, como era todavía moza, bien parecida, aseada y muy robusta, la buscaron para que criase un niño, hijo de padres distinguidos, que acababa de nacer en dicha ciudad. Aceptó con gusto la propuesta, y fué a Sevilla para traerse el niño a casa. Entregáronsele, y apenas se vió con él en su aldea cuando observó que él y yo éramos algo parecidos, y esta observación le excitó el pensamiento de trocarnos, con la esperanza de que con el tiempo le agradecería yo el buen oficio. Mi padre, que no era más escrupuloso que su honrada mujer, aprobó la superchería. De suerte que, habiéndonos mudado de pañales, el hijo de don Rodrigo de Herrera fué enviado con mi nombre a otra ama para que le criase, y a mí me crió mi madre bajo el nombre del otro.

»Digan lo que quisieren sobre el instinto y fuerza de la sangre, los padres del caballerito fácilmente se dejaron engañar. No tuvieron la más mínima sospecha de la pieza que les habían jugado, y hasta los siete años me tuvieron siempre en sus brazos; y siendo su intención hacerme un caballero completo, me buscaron todo género de maestros. Pero los más hábiles suelen hallar discípulos que les hacen poco honor; yo fuí uno de éstos. Tenía poca disposición para los ejercicios que me enseñaban y mucha menos inclinación a las ciencias en que me querían instruir. Gustaba más de jugar con los criados de casa, yéndolos a buscar a la caballeriza y a la cocina. Pero el juego no fué mucho tiempo mi pasión dominante. Aficionéme al vino, y me emborrachaba todos los días. Retozaba con las criadas; pero particularmente me dediqué a cortejar a una moza rolliza de cocina, cuyo desembarazo y buen color me gustaban mucho, pareciéndome que merecía mis primeras atenciones. Enamorábala con tan poca cautela, que hasta el mismo don Rodrigo lo conoció. Reprendióme agriamente, afeándome la bajeza de mis inclinaciones, y por temor de que la presencia del objeto hiciese inútiles sus reprimendas, despidió de casa a mi Dulcinea.