Ganarás el pan...

Part 16

Chapter 164,070 wordsPublic domain

Le dio un fuerte apretón de manos y se marchó por la calle del Florín limpiándose los ojos. Ni el portero ni los guardias, entretenidos con la linda doncella, se fijaron en él.

Luis permaneció todavía unos instantes en el pasillo. Las piernas le flaqueaban; un sudor frío inundaba todo su cuerpo. Cuando se hubo tranquilizado un poco se dirigió a la puerta de entrada del salón y preguntó a uno de los ujieres:

—¿Han leído ya la proposición incidental?

—Todavía no, señor Gener; están aún con presupuestos.

El joven escribió rápidamente una tarjeta y se la dio al ujier, diciéndole:

—Hágame usted el favor de pasar esto en seguida al señor ministro de Agricultura.

La tarjeta decía: «Deje usted todo lo que tenga y salga. Se trata de un asunto grave y urgente». Y esperó.

Sánchez Cortina salió en seguida.

—¿Qué es eso? ¿Qué quiere usted? —preguntó malhumorado.

En dos palabras Luis le puso al corriente de lo sucedido.

—Perdone usted que me reserve el nombre de ese infeliz; es un pobre desequilibrado, padre de familia, a quien no quisiera que le sucediese nada malo. Pero es preciso recoger esa bomba antes de que se entere nadie. Hay que evitar el escándalo, ¿no le parece a usted?

Sánchez Cortina había escuchado el relato con vivísima atención, sin despegar los labios. Cuando el joven terminó de hablar, le cogió de un brazo, y llevándole a un rincón le preguntó en voz baja:

—¿Se ha enterado alguien de esto?

—Nadie absolutamente.

—Bueno, pues es preciso que usted lo olvide lo mismo, ¿estamos? Desde este instante se le ha olvidado a usted todo.

Lo dijo con tal tono de autoridad, que Luis no osó replicarle.

—¿En qué retrete está esa bomba?

—En el primero de la derecha.

—Está bien; márchese usted a la tribuna.

—¿Va usted a disponer que la recojan?

Sánchez Cortina se echó a reír y contestó:

—¡Ca, hombre! Voy a recogerla yo mismo.

* * * * *

Diez minutos después, todo era agitación en el Congreso. Los porteros no dejaban salir a nadie. Los guardias civiles recorrían los pasillos, los salones, las tribunas, mirando, escudriñando, oliendo, como perros pachones. Diez o doce personas fueron detenidas e incomunicadas. Los diputados entraban y salían precipitadamente. Los periodistas, inquietos, se miraban los unos a los otros. Nadie sabía a punto fijo qué es lo que pasaba, pero todo el mundo comprendía que pasaba algo gordo. Una frase comenzó a correr de boca en boca.

—¡Una bomba, han colocado una bomba!

Sánchez Cortina entró en el salón de sesiones con las manos vendadas. Los ministros y muchos diputados le rodearon. Él, con ademanes vivos y expresivos gestos, explicaba algo. El presidente del Consejo conferenció con el presidente de la Cámara.

El secretario leía en aquel instante la proposición incidental. Nadie le oía. Toda la atención del Congreso estaba fija en las manos vendadas del ministro. Con grande asombro de todo el mundo, el presidente agitó la campanilla y dijo:

—Antes de conceder al señor Puig la palabra para apoyar la proposición incidental que acaba de leerse, la presidencia cree que debe dar cuenta al Congreso de un desagradable incidente que acaba de ocurrir.

Los diputados se miraron los unos a los otros. Cesaron todos los rumores. Un silencio augusto se apoderó de toda la sala.

El presidente con grave y reposada voz continuó:

—Señores diputados: una mano criminal ha querido hacer del día de hoy, día de luto y de desolación para todos nosotros. Una bomba de dinamita, una de esas máquinas malditas que la perversidad de los hombres ha inventado para aniquilarse mutuamente, ha sido colocada en uno de los _water-closets_, ya que la vigilancia de los empleados del Congreso ha impedido en otro sitio, con objeto de volar el edificio de la casa del pueblo. Una circunstancia providencial ha hecho que el señor ministro de Agricultura la descubriese cuando ya la mecha tocaba a su término, cuando iba a ser inevitable la catástrofe. Y el señor ministro, con un arrojo y una temeridad increíbles, con un valor y un desprendimiento por todas razones dignos de encomio, con un desprecio de su propia vida, que jamás se estimará lo bastante, se arrojó sobre ella y le arrancó la mecha. Yo, señores, no encuentro en este momento palabras para enaltecer la acción del señor ministro de Agricultura que, con exposición de su propia existencia, ha salvado quizá la de todos nosotros. Yo os pido, y creo interpretar fielmente los sentimientos de toda la Cámara, un voto unánime de gracias para el señor ministro.

Una salva de aplausos contestó al discurso del presidente.

Sánchez Cortina se levantó, y con voz temblorosa, emocionada, dio las gracias al Congreso. Nuevamente explicó lo ocurrido, al parecer quitándole importancia, pero haciendo, en realidad, resaltar los detalles. Él agradecía desde lo más íntimo de su alma aquellas pruebas de cariño y de simpatía, tanto más de estimar cuanto que su acción no había tenido valor alguno. Él estaba seguro de que todos, absolutamente todos, en su caso, habrían hecho lo propio. Y por lo que se refería a las heridas que tenía en las manos, aquello no valía la pena; pequeñas quemaduras producidas por la mecha ardiente. ¡Ah! entre las muchas heridas que los hombres públicos están expuestos a sufrir en cumplimiento de su deber, ¡ah!, no eran aquellas, no eran seguramente aquellas, las que más le dolían...

Otra salva de aplausos cerró su discurso. Los firmantes de la proposición incidental se mordieron los labios.

El presidente del Consejo habló también breves momentos para decir que el Gobierno tenía ya las señas de los terribles criminales, y que en breve serían detenidos.

Y los jefes de los partidos parlamentarios se creyeron igualmente en el deber de pronunciar su discursito de plácemes y elogios al señor ministro. Y el señor ministro tuvo otra vez que levantarse para volver a agradecer aquellas sinceras demostraciones de cariño.

El presidente agitó la campanilla y dijo:

—El señor Puig tiene la palabra para apoyar la proposición incidental.

El señor Puig se levantó, y en su nombre y en el de los firmantes rogó a la presidencia que la diese por retirada.

—Queda retirada la proposición incidental —dijo el presidente—. ¿Hay algún señor diputado que tenga pedida la palabra?

Los diputados no le oían; comentaban en alta voz el suceso. Alrededor del banco azul, un grupo numeroso se afanaba por estrechar las manos vendadas del ministro.

—No habiendo ningún señor diputado que tenga pedida la palabra, la Mesa acuerda pasar a otro asunto. Orden del día para mañana. Continúa la discusión de los presupuestos generales del Estado y demás asuntos pendientes. Se levanta la sesión.

XXIX

Quince días después, aprovechando una disparidad de criterio con su compañero el ministro de Hacienda sobre concesión de un crédito extraordinario para la extinción de la langosta, Sánchez Cortina tuvo la habilidad de dejar la cartera de Agricultura, cuando todavía vibraban en las columnas de la prensa los detalles gloriosos de su heroica hazaña.

Diéronse con este acto por satisfechos los enemigos; cesaron envidias y rencores; echose tierra al asunto de los ferrocarriles y el exministro pudo estar seguro de que su reputación no sufriría menoscabo. Sin embargo, para afirmarse más aún, anunció un viaje al extranjero con objeto de descansar de las luchas gubernamentales y estudiar de paso los problemas agrícolas, a los cuales pensaba dedicar en lo sucesivo toda su atención de hombre público.

Despidiose, en afectuosa entrevista, de todos los amigos que con él compartieron las rudas tareas periodísticas; y después de deplorar que compromisos políticos y premuras de tiempo le hubieran impedido premiarles como se merecían, les anunció su propósito de cederles _El Combate_ con entera libertad de acción para seguir la ruta que mejor quisieran.

—Ustedes son jóvenes; tienen alientos y energías; en _El Combate_ hay palenque para desenvolverlos; luchen ustedes, que la lucha es la vida y tras la lucha está el triunfo.

¡El triunfo! También ellos lo creyeron en un principio. Pero bien pronto la realidad les dio en la cara. Falto de subvenciones, huérfano del favor oficial, pobre de información, concretado a reflejar opiniones propias que a nadie podían interesar ni convencer, el periódico comenzó a hundirse lentamente, a pesar de los esfuerzos grandiosos, verdaderamente titánicos, de Castro y de Gener. Redújose la tirada, disminuyose el tamaño; regleteáronse las columnas, suprimiéronse los sueldos, estableciéndose en su lugar un reparto equitativo de ganancias. Todo inútil; el periódico se hundía, se hundía devorado por los cajistas, por el almacenista de papel, por la contribución, por el alquiler del local; se hundía asesinado por los suscriptores que se daban de baja, por los anunciantes que huían, por las empresas que retiraban sus disfrazadas subvenciones, seguras de que aquel papelucho no podía ya perjudicarlas ni favorecerlas; moría, moría, y Castro y Gener le veían morir como se ve morir a una persona amada, como se derrumba un edificio querido, como se pierde una cosa íntima, algo muy personal, muy nuestro. Y no era lo peor que se hundiera, es que en su caída les arrastraba a ellos, hundiéndolos también, envolviéndolos en sus ruinas, sepultándolos en la miseria.

A propuesta de Castro y con gran repugnancia de Luis, intentose todavía el último esfuerzo; campañas de escándalo, acusaciones y denuncias, artículos furiosos de ruda oposición a todo lo existente, crítica personal violenta y dura. Esto levantó algo el periódico, asegurándole una venta diaria de tres mil quinientos a cuatro mil ejemplares, lo suficiente para cubrir gastos. Pero como los beneficios no venían, la situación continuaba siendo la misma, es decir, peor. Tuvieron que hipotecar la imprenta y la maquinaria, dejándose intervenir la venta para el pago de los intereses. Esto acabó de perjudicarles.

Todas sus esperanzas estaban puestas en la campaña teatral de invierno. Castro tenía una zarzuela en Apolo con Pedrosa y Suárez, Luis su comedia en el Español. La zarzuela estaba admitida, pero no se ensayaba; la comedia..., siempre le respondían lo mismo. No he tenido tiempo de leerla... No he podido aún hojearla... Venga usted dentro de unos días...

¡Unos días! ¡Qué más hubiera querido Luis que poder esperar! Pero esto era imposible. Había agotado todos los recursos. No tenía ropa que ponerse; el casero le echaba de casa; no había un amigo a quien recurrir. Boncamí no tenía una peseta. Manolo, aplanado por la muerte de Petrita, se había marchado a Barcelona. María, desde que se fue, no le había escrito ni nada sabía por lo tanto de ella.

Una mañana al entrar en la Redacción le dijo Castro:

—Acabo de recibir una carta de Sánchez Cortina. Está en Valencia; he pedido un billete, y si me lo dan me voy esta misma tarde. Necesito hablar con él. Es el único que puede salvarnos. Le expondré nuestra situación y veré si puedo sacarle mil o dos mil pesetas; ¡qué caramba!, yo creo que él ha de tener tanto interés como nosotros en que el periódico no muera. Le expondré varios proyectos que tengo. Por eso quiero verle en persona; estas cosas no pueden tratarse por carta. Te quedas de director, nada tengo que decirte.

Al día siguiente, muy temprano, al entrar en la redacción recibió la visita de dos caballeros correctamente vestidos de levita.

—¿El señor director de _El Combate_?

—Servidor de ustedes.

—Somos los representantes del señor García Pérez, y venimos, en su nombre, a rogarle a usted una retractación completa y satisfactoria de las injurias que nuestro representado estima que para él existen en el artículo titulado «Ídolos rotos», publicado en el número de anteayer.

—Sí, en efecto; ese día se publicó un artículo con ese título, pero no creo que en él haya nada injurioso para el señor García Pérez.

—El señor García Pérez juzga lo contrario y por eso nos comisiona para que logremos de usted una satisfacción.

—Yo tengo el sentimiento de manifestar a ustedes que _El Combate_ no rectifica nunca.

—En ese caso nos vemos en la necesidad de exigirle, en nombre de nuestro representado, una reparación en el terreno de los caballeros.

—En ese terreno estoy siempre a las órdenes del señor García Pérez.

—No esperábamos menos de su caballerosidad. Usted tendrá la amabilidad de indicarnos con quién debemos entendernos.

—Ustedes comprenderán que, no esperando, como no esperaba, la visita de ustedes, no he tenido tiempo de ocuparme de este asunto.

—Es natural.

—Por lo tanto, ustedes tendrán la bondad de indicarme dónde y a qué hora pueden verle las personas que yo designe.

—Nosotros estaremos toda la tarde en casa.

—Perfectamente.

Despidiéronse con fría ceremonia y se marcharon tan correctos como habían venido.

Luis cogió el número de _El Combate_ y se puso a leer el artículo que no había tenido tiempo de mirar. Era un artículo de Castro; un artículo brutal, duro de fondo y forma. Tenía mucha razón el señor García Pérez en darse por ofendido. Si a él le hubieran dicho aquellas cosas, de fijo que no habría tenido paciencia para esperar satisfacciones, sino que desde luego le hubiera roto la cabeza de un estacazo al insolente autor. Y ¿por qué demonio se había metido Castro con García Pérez, que era un infeliz, un bendito, incapaz de hacer daño a nadie, que se ganaba honradamente la vida haciendo versitos y notas de deporte en un semanario que nadie leía? Tentado estuvo de ir en su busca y darle todas las explicaciones y todas las satisfacciones que hubiera querido. Desgraciadamente esto no era posible. Podrían creer que tenía miedo.

Además, había que mantener el honor del periódico. Aquella frase suya de antes era un axioma: «_El Combate_ no rectifica nunca».

XXX

Al verle Isabelilla abrir los ojos y mover los labios, puso un dedo en los suyos y le dijo:

—¡Chist...! A callar. El médico ha prohibido que hables, y yo le he dado mi palabra de que no hablarás. Conque, a callar, ¿eh?, y a no dejarme por embustera.

Y como él quisiera a todo trance conocer su estado y la importancia de su herida, agregó:

—Nada, no te preocupes; un arañazo en una ceja; dentro de seis días en la calle. Pero ahora es preciso que seas bueno y que te estés callado y quietecito. ¿Ves lo que te ha sucedido? ¡Por tonto! ¡Te está bien empleado! Esto te enseñará a no meterte más en lo que no te importa, ni a defender lo que los otros hacen. Afortunadamente, no ha sido nada; pero, ¿y si te hubieran matado? ¿Quién te lo habría agradecido? Di tú que yo me enteré tarde, que si no, me planto en los Jardines y no te bates, ea, no te bates, porque te cojo de un brazo y te saco de allí. Pero cuando yo lo supe ya no tenía remedio; gracias a que vine aquí y aquí estaba cuando te trajeron en el coche, que si no, ni quien te cuidara habrías tenido. ¡Pobre nene mío!

Le besó tiernamente en los labios y se sentó a su lado en una silla, muy convencida de su papel de buena enfermera.

A los dos días, Castro regresó de Valencia. Venía el pobre desalentado. Sánchez Cortina se había negado en absoluto a darle un céntimo. No quería oír hablar para nada de ellos ni de _El Combate_; le importaba dos pepinos que muriera o dejara de morir, y que ellos se murieran lo mismo. «Anda, sacrifícate por los hombres, lucha por ellos, ponles la escalera para qué suban y se encumbren, que cuando estén arriba te darán con los tacones en las narices. ¡Miserables, canallas, desagradecidos!...». Después le explanó su proyecto, su último proyecto; venderlo todo, la imprenta, la máquina, los muebles, pagar las deudas, y con el remanente que quedara fundar un periódico semanal con monos; ocho páginas de litografía a quince céntimos, ¿eh? ¿Qué te parece? Con los anuncios se paga la tirada, la composición y el papel, y todo lo que se venda, ganancia líquida.

Luis se encogió de hombros. No tenía confianza ninguna en los periódicos, no tenía confianza en nada que se relacionara con el arte y la literatura. Aquella lucha constante de ocho meses, había agotado por completo sus energías. La verdad, no se encontraba con ánimos para empezar de nuevo.

—¿Y qué vas a hacer?

—No sé, ya veremos. Por lo pronto, en cuanto pueda salir a la calle, buscaré a los amigos de mi tío Tomás y les pediré un destino, aunque sea de temporero; después haré oposiciones al Banco, a Aduanas, a Correos, a todo lo que se presente, hasta obtener una cosa segura, por insignificante que sea, pero segura, un destino en el cual sepa que al llegar el día primero de mes me entregan mi paga.

—¿De modo que claudicas?

—No claudico; me someto; no es posible la lucha cuando no se cuenta con medios; yo no los tengo; no tengo base para esperar, ni carácter para transigir, ni energías para sostenerme, ni, en una palabra, ¿por qué no decirlo claro?, ni talento; me he convencido de que no tengo talento, de que no valgo. Es muy duro llegar a este desenlace, ¿verdad?; pues no hay otro, querido, no hay otro...

Y como cada vez más pesimista siguiera hablando, incluso de retirar su comedia del Español; Castro acabó por marcharse preocupadísimo, preguntándose a sí propio si el sablazo de García Pérez no le habría a Luis debilitado la cabeza.

Debilitarle precisamente no, pero hacerle comprender en un momento toda la realidad en su brutal crudeza, sí. Aquel sablazo fue para él rayo de sol que rasga la niebla, gota de agua que rebasa la copa. Al cabo de ocho meses de trabajo constante veíase peor que el día que empezó, peor aún que aquella célebre mañana, en que, lleno de agua, salpicado de lodo, le recogió de los charcos de la calle Vicente Boncamí; sí, peor aún, porque entonces tenía alientos, fe, esperanzas, ansias de lucha; entonces creía en todo, creía en sí mismo, en el poder de su inteligencia y en las energías de su voluntad. Creía en la gloria, creía en el arte, creía en la justicia, creía en el amor... Ahora..., ¿en qué iba a creer? ¿En qué iba a creer si no creía en sí mismo?

En vano Isabelilla, ignorante de estas luchas íntimas e internas, trataba de alegrarle y distraerle. A medida que los días pasaban, su abatimiento era mayor, mayor su tristeza. Isabelilla llegó verdaderamente a preocuparse.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Mira que te vas a morir.

—¿Morir? Casi, casi es lo mejor que podría sucederme.

—¡Jesús, qué barbaridad! No digas eso.

—¿Por qué? Después de todo el que muere descansa.

A fuerza de pensar sobre esta idea, llegó a encontrarla tan natural y lógica, que, últimamente, si algo le extrañaba, era no haber pensado antes en ella. «Yo —decía— debí matarme hace mucho tiempo; la noche aquella en que me marché de casa de María; si aquella noche yo hubiera tenido el valor de levantarme la tapa de los sesos, me habría evitado toda esta serie de disgustos que me han venido encima. Pero de ahora no pasa; en cuanto me cure, salgo a la calle, compro un revólver y me pego un tiro. Resulta curioso esto de tener un hombre que esperar a ponerse bueno para matarse. Y me mato, ¡qué duda cabe de que me mato!».

Con estos malsanos discursos y otros por el estilo, pasábase la mayor parte del día y de la noche, con gran desesperación de Isabelilla, que más de una vez le sorprendió llorando.

—Pero, chiquillo, ¿qué tienes? ¿Qué te pasa? Cuéntamelo a mí.

—Nada, no tengo nada —repetía él. Y las lágrimas caían tibias y silenciosas por sus mejillas pálidas.

—Han traído una carta para ti —díjole una mañana Isabelilla—. Es letra de mujer. Viene de fuera.

Él cogió la carta; la devoró, la volvió a leer dos o tres veces, la rompió en pedazos y quedó mucho tiempo pensativo. Después se vistió y quiso salir a la calle; pero en el momento de ir a abrir la puerta, acometiole un síncope y cayó desmayado sobre la estera del pasillo.

XXXI

—¿Cómo está?

—Lo mismo. Ha pasado la noche delirando.

—¿Qué dice el médico?

—Que como venga el segundo ataque, está perdido.

—¡Demonio de muchacho! ¡Se va a morir! ¡Y en qué ocasión! ¡Hombre, precisamente cuando...!

—¡Chist! —intervino Isabelilla poniéndose un dedo en los labios—; no habléis tan fuerte; lo oye todo.

Pedrosa y Boncamí se retiraron a un extremo de la sala. Tras los cortinones de yute, la alcoba se sumía en dulce oscuridad. Un fuerte olor de éter impregnaba la atmósfera.

—Pero, ¿qué ha sido esto? ¿A qué se atribuye esta recaída?

—Isabelilla cree que a una carta que recibió anteayer, una carta de mujer. Por las señas debe ser de María; pero no se sabe de cierto, porque la rompió.

—Yo quise reunir los pedazos, ¿sabéis? —dijo Isabelilla—, pero me fue imposible. ¡Eran tan chiquitos! Lo único que pude reconstruir fue el final. Decía, veréis, decía: «Perdóname el daño que yo pueda hacerte, como yo te he perdonado el que tú a mí me has hecho. Al dejar este mundo de miserias para consagrarme al verdadero amor, solo deseo una cosa: que seas feliz».

—Pues ya es bastante.

—¡Toma, ya lo creo que es bastante!

—¡Pobre muchacho!

—¡Pobre Luis!

Hubo un rato de frío silencio. Lúgubres ideas se apoderaban de ellos.

—Se necesita tener mala sombra; ahora que todo empezaba a arreglarse.

—De modo que decididamente eso se estrena...

—Mañana. Y, según todas las noticias, va a ser un exitazo.

—Y él sin saber nada.

—Yo se lo diría, pero el médico no quiere; dice que la menor emoción podría perjudicarle.

—Oh, sí, sí; no se le puede decir nada. Figúrese usted que, contra lo que creemos, la obra resulta un fracaso. Lo que yo no acabo de explicarme es esa precipitación de última hora, después de haberla tenido dos meses sin leerla.

—Ah, pues eso es muy sencillo, querido. Todos los estrenos han sido hasta ahora fiascos. La Empresa se ha encontrado de pronto con que no disponía de obras; no tenía más remedio que darle al público algo que le entretuviera unos días, algo que distrajera su atención mientras los caballeros de casa concluyen lo que han ofrecido; una obra cualquiera con que llenar el cartel una semana, el tiempo preciso para que don José termine la suya, la obra de la temporada según dicen, un drama colosal.

—De modo que la comedia de Luis es...

—Un bocadillo para entretener el hambre de la fiera, nada más.

—¡Tendría gracia que el bocadillo se convirtiera en el plato del día!

—Todo es posible.

La entrada de Castro les confirmó en sus suposiciones.

—Vengo del Español de ver el ensayo. ¡Chiquillos, qué obra! ¡Pistonuda! Va a ser un exitazo loco. Está todo el mundo entusiasmado. ¡Y este hombre sin poder ir! Por supuesto, que como yo vea mañana la cosa clara, vengo aquí y me lo llevo al estreno aunque sea en una camilla.

—¡Ca, hombre, no puede ser! Sería una emoción demasiado fuerte. Ya sabes lo que ha dicho el médico.

—¿Qué saben los médicos? Los médicos son unos animales.

Pero Isabelilla le interrumpió:

—Luis os llama.

Entraron a verle.

En la tibia oscuridad de la alcoba, sobre la blancura mate de las almohadas, su palidez parecía mayor. Sus grandes ojos negros miraban pensativos.

—¿De qué hablabais? —preguntó con débil acento.

—¿De qué hablábamos?, pues verás, hablábamos..., hablábamos de nuestra obra, eso es, de nuestra obra, que se va a estrenar pronto, muy pronto.

—Ah, sí...

—Dentro de ocho días a lo sumo.

Luis dio un gran suspiro.

—¡Ah, vosotros tenéis más fortuna que yo; yo no veré la mía!

—¡Bah! ¿por qué no?

—No, no la veré; estoy seguro de que no la veré.

—Pues mira tú lo que son las cosas —exclamó Castro resueltamente—. Esta tarde he estado yo en el Español (Boncamí le tiró de la americana) y me han dicho que la van a ensayar en seguida.

La mirada de Luis animose un momento.

—¿De veras? —preguntó.

—Sí, de veras.

—Bah, eso es mentira; eso lo dices tú por animarme.

—No, no es mentira —añadió Pedrosa—; a mí también me han dicho lo mismo.

Luis incorporose sobre las almohadas, y apoyando en ellas los codos, los miró con profunda atención.

—¿No me engañáis?

—No, hombre, no te engañamos. Yo te doy mi palabra de que tu obra se estrenará muy pronto, mucho antes quizá de lo que crees tú mismo.