Part 17
—Entonces es preciso que yo me ponga bueno, es preciso que yo pueda salir a la calle en seguida. ¡Oh, si eso fuera cierto! —añadió con creciente exaltación—. ¡Si mi obra llegara a estrenarse!
Sus grandes ojos brillaron con fulgor intenso. Pero esto solo duró un instante. Inmediatamente volvió a abatirse.
—No, no es verdad, me engañáis... No es posible que mi obra se estrene, y si se estrena, será un fracaso; estoy seguro de que será un fracaso.
Sin embargo, al día siguiente, en cuanto vio a Castro, lo primero que hizo fue preguntarle si sabía algo de la comedia.
—Sí, ¡ya lo creo! Anoche volví al Español y estuve hablando de ella con todo el mundo. Están esperando solo que tú te pongas bueno para comenzar los ensayos.
—¿Es de veras?
—Eso me han encargado que te dijese.
Luis dio un salto en la cama.
—¡Pero si yo estoy bueno; si estoy ya completamente bueno! ¿Verdad, Isabelilla, que estoy ya bueno? Tan bueno que ahora mismo me voy a vestir. Isabelilla, tráeme la ropa.
Tuvieron que calmarle. Pero como él a todo trance insistiera en vestirse, no hubo más remedio que acceder a ello. ¡Qué demonio! Después de todo, puede que le convenga.
Pasó la tarde animadísimo, charlando jovialmente y recordando escenas de la obra, algunas de las cuales pensaba reformar antes que comenzaran los ensayos.
—En el segundo acto tengo que cortar algo; me parece que pesa un poco; pero esto es cuestión de un par de días. Oye —le preguntaba a Castro con profundo interés—, ¿tú crees que mi comedia gustará?
—Hombre, yo creo que sí.
Castro y Boncamí estaban preocupadísimos. A medida que el día avanzaba, apoderábase de ellos una terrible excitación nerviosa que no les dejaba estar quietos diez minutos en el mismo sitio. No hacían más que fumar, fumar incesantemente cigarro tras cigarro.
—Pero, muchachos, no fuméis de esa manera; os vais a destrozar la garganta.
Pero ellos, sin escucharle, proseguían encendiendo pitillos, paseando por la habitación como enjaulados tigres, los ojos siempre fijos en la esfera del pequeño reloj que cada vez parecía marchar más tardo y perezoso. Las ocho, las ocho y media..., las nueve. En vano trataban los pobres chicos de distraerse leyendo. Las letras se agrandaban ante sus ojos, correteando locas por el papel como extraños insectos; desuníanse las palabras, juntábanse las frases, deshacíanse los períodos, amontonábanse los párrafos y la página toda parecía oscilar con la agitación de un hormiguero.
A las diez y media se recibió un sobre cerrado. Era un aviso de Pedrosa. Decía sencillamente: «Primer acto, éxito colosal; público entusiasmado».
—Oye, ¿tú crees que se estrenará mi comedia? —preguntaba Luis sentado en la butaca.
—¡Oh, sí, seguramente! ¡Quién lo duda! —contestaron ambos.
Y otra vez volvieron a pasear y a encender pitillos.
—¿Queréis hacer el favor de sentaros? Me mareáis con esos paseos.
Boncamí cogió un periódico. Perico se puso a hacer solitarios.
Las once, las once y cuarto, las once y media, las doce... Otro sobre de Pedrosa: «Segundo acto, frío. Algunas escenas pesadas. Público resérvase. Atmósfera caldeada. Yo, nervioso».
—¡Ah, si mi comedia se estrenara! ¡Si llegara a estrenarse! —repetía Luis siempre fijo en esta idea.
Ni Castro ni Boncamí le contestaron. El primero trataba de distraerse hojeando los libros de la biblioteca. El segundo jugaba al tute con Isabelilla.
De pronto, Luis manifestó deseos de acostarse.
—¿Acostarse? ¡Oh, no, imposible, imposible...!
—¿Imposible? ¿Por qué?
—Sí, ¿por qué? —repitió Isabelilla.
—Un momento, espera un momento; ¿qué necesidad tienes de acostarte tan pronto?
—¿Tan pronto? Son las doce y media.
—Pues por eso; espera siquiera a la una; eso es, a la una.
Luis se resignó.
—Bueno, esperaré hasta la una; pero a la una me acuesto, ¿eh?
Castro y Boncamí, pálidos, muy pálidos, mirábanse a hurtadillas. Ninguno de los dos osaba abrir la boca. Hundidos en los sillones con las manos crispadas, mordiéndose los labios, miraban las manecillas del reloj que parecían oxidarse sobre los rígidos números romanos. La una menos cuarto, la una menos diez, la una menos cinco...
—¡La una! Vaya, me voy a acostar.
—Un momento, un momento aún.
—¿Pero para qué, queridos? ¿Qué interés tenéis en que yo no me acueste esta noche?
—¡Oh, no, ninguno! Al contrario; te conviene acostarte.
Pero puestos de pie en la puerta de la alcoba le impedían el paso, en tanto que las manecillas del reloj seguían su marcha perezosa. La una y cinco, la una y diez...
—¡Ea, dejadme acostar...!
—Sí, sí, acuéstate. Pero oye: convendría que Isabelilla te calentara la cama. Puede perjudicarte la impresión de frío.
Él protestó. ¡Oh, no, de ningún modo; no faltaba más!
Ellos, no obstante, insistían, tratando de ganar tiempo. La una y cuarto, la una y veinte...
—Sí, sí, Isabelilla, es necesario que le calientes la cama. La una y veinticinco...
Un fuerte campanillazo les sacudió los nervios.
—¡Ahí está!
—¿Quién?
—Nada, una carta que estoy esperando.
No era carta; era el propio Pedrosa, sudoroso, jadeante, sin alientos.
Castro y Boncamí le miraron ansiosos.
—¿Qué?
—¡Habla!
—¡Colosal! ¡Un éxito loco...! ¡El público de pie en las butacas...! —exclamó de pronto sin poder contenerse.
—¿Pero qué es eso? ¿Qué dices? —preguntó Luis.
—Nada, que tu obra acaba de estrenarse y ha sido un éxito brutal... Todavía te están llamando a escena.
Luis quedó atónito; horriblemente pálido, tambaleándose, sentose en una silla y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Oh, no, me engañáis, me engañáis...! ¡Esto es una broma!
Pero la puerta se abrió de nuevo, y por ella entraron atropelladamente, en loca desbandada, Suárez, Pons, Guijarro, Gordinos, Cañete, Gaitán, todos los amigos.
—¡Qué éxito! ¡Qué triunfo! ¡Qué obra!
—¿Conque no era guasa? ¿Conque era verdad?
—¡Que si era verdad! ¡Ya lo creo! Un éxito loco, un éxito brutal, de esos que hacen época. Todavía siguen aplaudiendo. Todavía puedes llegar si te das prisa.
—¿Creéis?
—Sí, vístase usted —exclamó Federico Guijarro—, tengo en la calle el automóvil; le llevo a usted al Español en tres minutos. Matamos cuarenta personas y diecisiete perros; pero yo le prometo a usted que llegamos.
—¿Creéis que llegaré?
Y ya iba nervioso a ponerse el gabán, cuando Isabelilla le cogió de un brazo.
—¡Tonto! ¿Para qué esas prisas? ¿Para qué quieres llegar si ya has llegado?
Madrid, 30 de septiembre de 1903.
BIBLIOTECA DE NOVELISTAS DEL SIGLO XX
CONCURSO DE NOVELAS
ABIERTO POR LA CASA HENRICH Y CIA
FALLO DEL JURADO
Reunidos en Madrid, en el día de la fecha, los señores D. Benito Pérez Galdós, D. Urbano González Serrano, D. Lorenzo Benito, D. Ramiro de Maeztu, D. Santiago Valentí Camp y D. Eduardo Gómez de Baquero, que en unión de D. Ramón D. Perés, ausente, y representado en este acto por D. Santiago Valentí, componen el Jurado elegido por la casa Henrich y Compañía, de Barcelona, para calificar las novelas presentadas al Concurso abierto por dicha Empresa editorial, procedieron a emitir su fallo en la forma siguiente:
Después de examinadas las condiciones del Concurso y el mérito relativo de las obras, que en número de quince fueron separadas en una selección previa como las mejores de entre las ciento veinte presentadas, se discutió si había lugar a adjudicar los tres premios, y se acordó, por unanimidad, otorgar el primero a la novela GANARÁS EL PAN...; el segundo, a la titulada MIGUELÓN, y el tercero, por mayoría de votos, a CUARTEL DE INVÁLIDOS.
Se acordó asimismo recomendar a la Casa organizadora del Concurso, con arreglo a las condiciones de este, las novelas tituladas DOÑA ABULIA, LA HUMILDE VERDAD, EMPRENDAMOS NUEVA VIDA, MARÍN DE ABREDA y VOCACIÓN, por el orden indicado.
Abiertos a continuación los sobres que contenían los nombres de los autores de las citadas obras, resultó ser el de GANARÁS EL PAN..., D. Pedro Mata Domínguez, residente en Madrid; el de MIGUELÓN, D. Mariano Turmo Baselga, en Barcelona; el de CUARTEL DE INVÁLIDOS, D. Rafael Pamplona Escudero, en Zaragoza; el de DOÑA ABULIA, D. Ricardo Carreras, en Castellón; el de LA HUMILDE VERDAD, D. Gregorio Martínez Sierra, en Madrid; el de EMPRENDAMOS NUEVA VIDA, D.ª Magdalena Santiago Fuentes, en Madrid; el de MARÍN DE ABREDA, D. J. Menéndez Agusty, en Barcelona, y el de VOCACIÓN, D. José Sagarra, en Valencia.
Terminadas con esto las tareas del Jurado, se redactó y firmó la presente acta, hoy 22 de diciembre de 1903.
_B. Pérez Galdós._ _U. G. Serrano._ _Lorenzo Benito._ _E. Gómez de Baquero._ _Ramiro de Maeztu._ _Santiago Valentí Camp._
SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE LIBRO EL DÍA 8 DE SEPTIEMBRE DE 1919.
o
EDITORIAL PUEYO, ARENAL, 6, MADRID