Part 15
Luisa, que no esperaba tal tesón, vaciló un momento. Luego, avanzando hacia ella las manos crispadas, los ojos brillantes y amenazadores, rugió con voz ronca:
—¿Qué has dicho?
—Que no le dejo. Podrá usted pegarme, pero no le dejo.
—¿Que no le dejas? —agregó cada vez más amenazadora, cogiendo de encima de la mesa un cuchillo de finísima hoja—. ¿Que no le dejas?
—No.
—¿No?
—No. Por ese hombre doy yo hasta la vida.
—¡Pues, toma, dala ya! —exclamó Luisa fuera de sí, y levantando el brazo hundió rápidamente el cuchillo en el pecho de la infeliz Petrita.
Esta dio un grito y echó a andar tambaleándose, con las manos en la herida, en dirección a los cenadores; pero a los pocos pasos le faltaron las fuerzas y cayó a la larga.
Luisa, aterrada, huyó por la puerta trasera del comedor.
Al grito de Petrita, dos hombres acudieron.
—¡Socorro, socorro! ¡Aquí hay una mujer herida!
Todos se acercaron. Manolo, loco de dolor, cayó ante ella de rodillas.
—¡Petrita, Petrita de mi alma! —gritaba llorando, besándola apasionadamente, tratando de restañar la sangre que a borbotones enrojecía la blusa de batista.
—¡Un coche, un coche! —gritaron varias personas al mismo tiempo—. Es preciso llevar a esta mujer a la Casa de Socorro.
Gaitán se aproximó.
—Es inútil —dijo fríamente después de reconocerla, sin preocuparse de que ella podía oírle—. No dura diez minutos. ¡Oh, la puñalada iba bien dirigida!
Todos los circunstantes se estremecieron. Rose d’Ivern, Rosarito, Paca Rey y algunos caballeros auxiliaban a Amalia, que se retorcía sobre el suelo presa de un ataque nervioso. Lola Guzmán, sentada en una silla, lloraba desconsoladamente. Castro mordía nervioso la colilla del puro. Boncamí paseaba agitado. Los demás, de pie, formando círculo alrededor de la infeliz Petrita, miraban en silencio, tristemente, dolorosamente, verdaderamente impresionados.
Y el sol seguía cayendo; conforme declinaba, perdía su fulgor; su resplandor se apagaba hasta ser solo una aureola, una corona de lucientes rayos. Las nubes perdían sus vivos matices de púrpura y se deshacían en tonos más suaves, más tenues de rosa y de violeta. Los rumores del campo se hacían más lejanos, el viento apenas movía las hojas, el rumor del agua parecía aún más tranquilo, y hasta el tañido de las esquilas sonaba más melancólico y más dulce. Una campana tocó el Angelus.
Postrado de rodillas contemplaba Manolo amorosamente a Petrita, viendo con terrible angustia cómo la palidez invadía las mejillas, cómo el sudor abrillantaba la frente, cómo se aflojaban los músculos, cómo se secaban los labios, cómo el temblor se apoderaba de su pobre cuerpo.
Ella abrió los párpados; clavó en él sus pupilas, vidriosas ya, le envió en una mirada su alma entera, y con voz dulce como un suspiro, triste como un sollozo:
—Manolo —dijo.
Él, por toda contestación, se inclinó sobre ella y la dio un beso: un beso de amor, de amor sublime, de cariño inmenso, de pasión suprema, de ternura infinita.
Cuando levantó la cabeza, Petrita no existía ya. Sus manos descansaban sobre el pecho, encima de la herida, piadosamente entrelazadas. Sus ojos habían quedado abiertos, clavados en el infinito, como queriendo retratar en las pupilas la majestuosa serenidad del cielo; la crispación de sus labios mentía una sonrisa; las impalpables partículas de polvo, posadas en su desordenada cabellera rubia, brillaron un instante, a los rayos postreros del sol, como un nimbo de oro.
XXVII
Al llegar al límite de los merenderos se detuvo un instante para mirar atrás. Nadie la seguía. Cobró aliento y continuó andando; pero a los pocos pasos cambió de idea, retrocedió, torció súbitamente a la derecha y se metió entre los árboles de la Florida, oscuros ya bajo las sombras del crepúsculo. Vio a sus pies serpentear una vereda y por ella entró resueltamente, sin preocuparse de adónde iría a parar. Últimamente, esto ¿qué importaba?; la cuestión era huir lejos, muy lejos, lo más lejos posible, donde no pudieran encontrarla los que, a no dudarlo, debieron salir en busca suya. Este era el único temor que la sobresaltaba. Por lo demás, no sentía remordimiento alguno. Si cien veces se encontrara a Petrita de nuevo en su camino, cien veces volvería a herirla lo mismo que la hirió. ¿No era Manolo suyo? ¿No se lo había ella quitado? Pues al castigarla no había hecho más que defender lo suyo. Justicia era, no venganza; merecido el castigo, noble el golpe, cara a cara y frente a frente y habiéndolo advertido de antemano. Bien claro se lo dijo: «Ese hombre es para mí, y ¡ay de aquella que quiera quitármelo!». ¿Por qué la otra había resistido? ¿Por qué en lugar de ceder vino con desplantes y provocaciones? «No le dejo, es mío y no le dejo; por ese hombre doy yo hasta la vida». «Pues toma, dala ya...». Y al recordar la escena, la rabia de los celos mordió sus entrañas, y su brazo se extendió en el aire, amenazador, con el puño cerrado, como si ante ella se alzase de nuevo la sombra de Petrita. Al hacer este movimiento vio toda su mano salpicada de sangre, sangre negra, coagulada ya. Estremecida de horror y repugnancia, la ocultó prontamente entre los pliegues del vestido y aceleró el paso.
Conforme avanzaba iba reconociendo poco a poco el sitio. Recordaba haber pasado por allí una tarde, hacía mucho tiempo. La vereda desembocaba en el paso a nivel del ferrocarril, se cruzaba este, y subiendo después por cuestas y desmontes se llegaba al paseo de Rosales. Satisfecha con este descubrimiento, siguió andando cada vez más de prisa; pero como viera de pronto un grupo de gente que venía cantando trató de esquivarle, y abandonando temerosa la vereda entró resueltamente por entre la hierba seca que bajo sus pies se quebraba crujiendo. La noche llegaba. Las negras sombras de los árboles caían silenciosas sobre el suelo como manchas enormes. Entre el encaje de las copas brillaba lívido el disco de la luna. Nubes opalinas flotaban en el cielo de un azul muy pálido. Sobre la masa del boscaje el crepúsculo moría con tenue resplandor de hoguera que se extingue. Un cuco preludiaba con tenacidad inaguantable su canto melancólico.
De pronto los árboles faltaron y se encontró en medio de un campo seco, rubio como trigal recién segado. Al principio, esto la desconcertó un poco, pero orientándose de nuevo, gracias a un esfuerzo de imaginación, continuó andando hasta dar con la empalizada de madera que cerca la vía, siguió por ella y adelante, siempre adelante, llegó al paso a nivel.
La barrera estaba echada. Una locomotora iba y venía haciendo maniobras. Tuvo que esperar dos minutos, dos minutos que a su impaciencia parecieron dos horas. Por fin la máquina se alejó, pitando con aflautados y lúgubres silbidos, se abrió la barrera y cruzó al otro lado.
Una vez allí respiró con tranquilidad. Pareciole que estaba ya segura, que nadie podía descubrirla, como si la débil barrera de tablas fuera en realidad para sus perseguidores barrera infranqueable. No obstante esta confianza, a cada paso detenía su ascensión por la pesada cuesta para volver la vista y mirar hacia atrás.
La noche avanzaba. Bastantes estrellas titilaban ya en el azul que se oscurecía lentamente. Sin embargo, por encima de la negra masa de la Casa de Campo los resplandores del crepúsculo le enrojecían aún.
Cuando llegó al paseo de Rosales se encontró rendida. Aquella ascensión por las empinadas pendientes habíala fatigado muchísimo. No tuvo más remedio que sentarse en un banco a descansar un poco.
Entonces, solo entonces, comprendió su situación horrible. ¡Qué hacer, dónde ir! A su casa... ¡imposible! ¿A casa de una amiga? Más imposible aún. ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Dónde ir? ¡Dios mío! Todo el valor que hasta entonces tuviera, lo perdió de pronto, le faltaron los ánimos, le faltaron las fuerzas, todo se convirtió para ella en motivo de espanto y de terror: el silencio de la noche, la oscuridad del sitio, los escasos transeúntes, el desorden de su traje, su mano ensangrentada...
—¡Dios mío, estoy perdida, perdida para siempre! —pensó horrorizada, y tapándose la cara con las manos rompió a llorar.
Dos muchachitas, dos obreras, se le acercaron cariñosas.
—¿Qué le pasa a usted, joven? ¿Está usted mala?
Pero ella, sin contestarlas, se levantó del banco y echó a correr sin volver la vista. Cruzó el paseo de Rosales, se metió por una calle que no conocía, atravesó otra que le pareció la de Ferraz y siguió andando, andando, andando cada vez más de prisa. Cuando jadeante abrió los ojos, se encontró enfrente de la Cárcel Modelo. Un escalofrío nervioso recorrió su carne desde los pies a la cabeza al reconocer el edificio; su corazón latiole con violencia y sus rodillas se doblaron. Sin embargo, haciendo un esfuerzo de energía, se alejó de allí.
Su situación se hacía cada vez más penosa. Sus piernas, no acostumbradas a largas caminatas, se negaban a conducirla. Sus pies delicados se arrastraban sobre las aceras, tropezando de continuo, pisando en falso, lastimándose con dolorosas torceduras. A medida que la noche avanzaba, tenía más miedo. Cada vez que los pasos de un transeúnte sonaban detrás de ella, parecíale que iban a capturarla, y sacando fuerzas de flaqueza apretaba el andar y salía huyendo, escapándose por las esquinas, refugiándose en los portales, poseída de indecible espanto.
¿Cuánto duró esta loca excursión? Nunca lo supo.
Nunca recordó por dónde había pasado aquella noche. Solo sabía que ya tarde, muy tarde, al doblar una esquina se encontró de manos a boca con una pareja de orden público. Dio un grito y se quedó parada. Los guardias, creyéndola enferma, se acercaron solícitos a auxiliarla, y viéndola temblar, la cogieron del brazo.
Ella se echó a llorar, y les dijo:
—¡No me pregunten ustedes nada!... ¡Sí, he sido yo..., he sido yo quien la ha matado!
XXVIII
Los timbres cesaron en su repiqueteo insoportable. Había empezado la sesión. Un secretario, de pie en la tribuna, leía con atiplada voz entre la general indiferencia. El ministro de Hacienda, hojeaba en el extremo del banco azul voluminoso legajo de papeles. Dos o tres diputados, reclinados sobre los pupitres, escribían. Otros charlaban entre sí delante de las puertas o apoyados en la barandilla de la tribuna.
—¿Se aprueba el acta? —preguntó el secretario sin levantar la vista—. Queda aprobada —continuó sin esperar respuesta. Y siguió leyendo con su machacante tonillo de chico de escuela.
Algunos diputados entraban en el salón y se sentaban gravemente en los escaños después de saludarse como buenos y antiguos compañeros.
—El señor Ruiz tiene la palabra —dijo el presidente con voz grave.
—Para rogar al Congreso que tome en consideración la proposición que acaba de leerse —contestó un joven alto levantándose a medias del asiento.
—¿Acuerda el Congreso tomarla en consideración? Queda tomada en consideración. Pasará a las Secciones para el nombramiento de la Comisión correspondiente.
Otros diputados hablaron después para apoyar nuevas proposiciones. Nadie los oía. Únicamente el secretario, con su voz atiplada, aseguraba muy formal que el Congreso las tomaba en consideración y que pasarían a las Secciones.
Después habló durante largo rato un señor calvo, pero en voz tan baja que nadie logró entenderle. Bien es verdad que a nadie preocupó su discurso. Cuando lo terminó, el ministro de Hacienda se levantó, y con los puños apoyados sobre el legajo, para no perder la señal, dijo muy amable que tendría sumo gusto en poner en conocimiento de su compañero el señor ministro de Estado el ruego de su señoría. En seguida volvió a sentarse y siguió hojeando los papeles.
—¡Oh, qué estúpido es esto! —exclamó en la tribuna de la prensa un muchacho delgaducho y barbilampiño, el más joven de los que allí se encontraban—. ¡Qué estúpido es esto! —añadió golpeando furiosamente el lápiz contra el pupitre—. ¿Puede darse nada más estúpido que el principio de una sesión de Cortes? ¡Ea, yo me voy! ¿Quién quiere que le convide a café?
Y como al volver la cabeza su mirada tropezara con Luis, que entraba en aquel momento, se dirigió directamente a él.
—Gener, le invito a usted a café.
—Acepto con muchísimo gusto.
—Soy con usted en seguida. Espere usted que termine estas cuartillas para la edición de la tarde. «Varios diputados apoyan proposiciones y formulan ruegos de interés local». ¡Bueno, ya está! Oiga usted, Pérez; si hubiera algo saliente, ¿quiere usted hacerme el favor de meter un calco?
—¡Qué oficio más cochino y más perro!, ¿eh? —siguió diciendo una vez sentado delante de la taza de café con leche que el mozo les sirvió—. ¡Le aseguro a usted, Gener, que tengo más ganas de perderle de vista! ¡Es el oficio más antipático que conozco! Todos los días lo mismo. Por supuesto que, como habrá usted visto, a mí esos tíos no me dan la lata. Yo no me mato en el extracto, ni muchísimo menos. El que quiera peces... Qué, ¿cuándo se estrena esa obra? —preguntó variando de conversación—. Me han dicho que ha terminado usted una comedia; ¿para dónde?
—Para el Español: la entregué precisamente ayer.
—Eso es bueno, eso es bueno. Ahí es donde está el dinero. Supongo que me avisará cuando comiencen los ensayos.
Un joven extraordinariamente pálido se acercó a ellos.
—¿Qué hay de esa proposición incidental?
Los dos periodistas le miraron sorprendidos.
—¡Cómo! ¿No lo saben ustedes? ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera! —y sentándose a su lado, les puso al corriente—. Le han descubierto a Sánchez Cortina un... —iba a decir un chanchullo, pero al recordar que Luis era redactor de su periódico, cambió la palabra por otra más suave— un grave error en un expediente sobre concesión de cierto ferrocarril de vía estrecha. Parece que se ha prescindido de algunos trámites necesarios, que se ha resuelto en contra de informes técnicos. Varios diputados han examinado el expediente, y, en efecto, parece que la cosa no está muy clara, tan poco clara, que esta tarde se presentará, como decía a ustedes, una proposición incidental pidiendo que se depuren los hechos.
—¡Bah, eso no tiene importancia! —dijo Luis sonriendo—; Cortina es hombre que sabe defenderse.
—Como que es un tío muy listo —agregó el barbilampiño.
—No hay listeza que valga ante la gravedad de las cosas. Porque aquí lo verdaderamente grave es que muchos ministeriales han asegurado que votarán la proposición.
—En efecto, eso ya es más grave.
—¡Toma! Como que no le queda más remedio que irse.
—¿Usted cree?
—Y todo el mundo, querido; la crisis es inevitable.
Y se marchó ufano, contentísimo por haber podido comunicar noticia de tan transcendental importancia.
El joven barbilampiño se marchó también escapado.
—¡Caramba, las cuatro y media! Estarán ya discutiendo presupuestos.
Luis se levantó igualmente para ir en busca de impresiones. En la puerta del _buffet_ tropezó de nuevo con el joven pálido.
—Sí, amigo mío; la crisis se planteará probablemente esta misma tarde. Yo, la verdad, lo siento por usted, porque según tengo entendido, Sánchez Cortina no ha cumplido su palabra.
—Cortina está siempre cumplido conmigo.
—No sea usted tonto, los amigos son para hacer favores; de lo contrario, pueden irse a paseo. Lo que debe usted hacer es pedirle esta misma tarde una credencial; que la firme en el testamento; eso es, en el testamento.
Y se marchó atropelladamente para interrogar al ministro de Estado, que en aquel momento salía del salón de sesiones.
Luis quedó en los pasillos, desconcertado. ¿Sería posible que Sánchez Cortina dejara la cartera? Adiós credencial, adiós esperanzas de destino, adiós ilusiones de mejorar de situación; continuaría lo mismo, es decir, peor, porque lo probable era que en el periódico volvieran a la reducción de sueldos, al atraso en las pagas... Sí, sí; era preciso hablar con Cortina para que le nombrase en el testamento.
Se aproximó a una de las puertas del salón y miró por entre los biombos. No había cuarenta personas.
Toda la animación estaba concentrada en el salón de conferencias. Se hablaba, se discutía acaloradamente con frases duras y ademanes vivos. Se comentaban en diversos tonos los términos de la proposición incidental que iba a leerse en breve, haciéndose cálculos más o menos aproximados acerca del resultado de la votación. Todos, absolutamente todos, convenían en que la crisis era inevitable. No era posible que Sánchez Cortina pudiera continuar un momento más en el banco azul.
Hacía un calor insoportable. Luis se marchó de allí.
Al final del pasillo, cerca ya de la puerta de la calle del Florín, encontró a Mínguez. Este se contentó con saludarle desde lejos; pero viendo que el periodista iba derecho hacia él, avanzó también y le tendió la mano. Estaba pálido, muy pálido, demacrado, ojeroso, con un aspecto, en fin, tan extraño en toda su persona, que Luis no pudo por menos de preguntarle:
—¿Qué le pasa a usted? ¿Está usted malo?
—Sí, en efecto, no me encuentro bien; me duele mucho el estómago —contestó balbuciendo.
¡Pobre hombre! Quizá tuviese hambre.
—¿Ha comido usted? —preguntó Luis bruscamente, sin detenerse a pensar si esta pregunta podía o no lastimar su amor propio, llevado solo de un noble sentimiento de compasión y caridad.
—Sí, acabo de hacerlo en este momento.
—¿De veras?
—De verdad.
—Con franqueza; mire usted que sentiría muchísimo que por un exceso de delicadeza rechazara usted una oferta que le hago con toda mi alma.
—Gracias, Gener, muchas gracias; es usted un buen amigo; pero he comido ya.
—Venga usted entonces a tomar una taza de café.
Y trató de cogerle del brazo. Mínguez dio vivamente dos pasos atrás, y repuso con voz alterada:
—No, no, muchas gracias; no me es posible ahora.
—¿Qué tiene usted que hacer?
La pregunta debió contrariarle, porque en el momento no supo qué contestar. Por fin, con frases entrecortadas, vacilantes, como el que teme revelar un secreto, exclamó:
—He venido a buscar a una persona para tratar de un asunto que me interesa, ¿sabe usted?, de un asunto importante.
Se comprendía claramente que aquel hombre mentía. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podía tener en mentir de este modo? Y se le quedó mirando de hito en hito, tratando de adivinar sus pensamientos.
Mínguez, por su parte, esquivó la mirada ocultándose en la sombra que proyectaban los rojos cortinones, cerrando cuanto le era dable los embozos de su capa raída. Luis no le perdía de vista.
—¿Qué, trabaja usted mucho?
—Bastante.
—¿En el periódico?
—Sí, siempre en el periódico.
—¿Cuántos son ustedes?
—Ahora solo dos, el director y yo. Los demás compañeros están en la cárcel.
—¿Todavía?
—¡Oh, y lo que estarán! Nos persiguen a muerte.
—¿Sí?, ¡caramba!; pero ¿y ustedes?
—Nosotros... —Sus ojos brillaron un instante con fulgor intenso. Pero solo fue un instante; en seguida recuperó su aspecto abatido—. Nosotros, ya lo ve usted, ahora no hacemos nada, estamos completamente tranquilos.
—En efecto; hace ya tiempo que no habla usted en ningún mitin.
—Los mítines no sirven para nada.
—Sí, es verdad —exclamó Luis riendo jovialmente—: es preciso hacer algo, ¿no es eso?, algo muy gordo. ¡Qué! ¿Cuándo nos sueltan ustedes una bombita?
Por muy dueño que fuera Mínguez de sí mismo no pudo evitar un brusco movimiento; sus mejillas se encendieron, y ocultándose más en la sombra cerró con precipitación los embozos, con tal atropellamiento, que Luis hubo de advertirlo.
—¿Qué llevará debajo de la capa? —se preguntó extrañado.
Una sospecha horrible cruzó por su imaginación. ¡Si aquel hombre querría...! Pero la misma enormidad de la sospecha le hizo rechazarla. ¡Imposible! Era demasiada barbaridad.
Sin embargo, había para sospechar. Sus inquietudes, sus vacilaciones, sus antecedentes, sus ideas exaltadas, el mismo aspecto de su persona, su capa raída, su corbata deshilachada, su sombrero grasiento, sus barbas hirsutas y, sobre todo, su cara, aquella cara de hambre. Un individuo que tiene hambre es capaz de todo.
—¿Quiere usted un cigarro? —exclamó no sabiendo cómo abordar la cuestión y por si con aquel procedimiento conseguía que abriese la capa.
—No, gracias; no tengo ganas de fumar ahora.
Y siguió retrocediendo, ocultándose siempre detrás de las cortinas.
Las sospechas de Luis aumentaban. Decidido a salir de dudas, fuese como fuese, se acercó a él y como inadvertidamente, le dio un golpe en el pecho. Su mano tropezó con un objeto duro y redondo.
—¡Demonio! ¿Qué lleva usted ahí? Un queso de bola.
Mínguez se puso horriblemente pálido.
Luis no dudó ya. Cogió al anarquista de un brazo, y sacudiéndole nerviosamente le dijo:
—¡Miserable! ¿qué va usted a hacer?
—¿Yo?, ¿yo? ¿Por qué me dice usted eso?
—¿Qué lleva usted ahí?
—Nada.
—¡Miente usted! usted lleva ahí una bomba, y yo voy ahora mismo a denunciarle.
Un relámpago de cólera encendió las pupilas de Mínguez; pero, reponiéndose, contestó con voz completamente serena:
—Haga usted lo que guste.
—Pues bien; no le denunciaré a usted, no le denunciaré porque tengo la convicción de que es usted un loco; pero sí impediré que pueda usted cometer ninguna infamia. ¡Márchese usted, márchese en seguida, no vaya a ser que me arrepienta! ¿Pero no me oye usted? —agregó sacudiéndole violentamente al ver que no se movía—. ¿No oye usted que le digo que se vaya en seguida?
El otro bajó la cabeza, y contestó con desaliento:
—¿Para qué?
Luis le miró asombrado.
—¡Cómo que para qué! Para no cometer la atrocidad que proyectaba. Para salvarse, sí, para salvarse; lo mismo que yo he descubierto sus intenciones, pueden descubrirlas otros. ¡Ah, y esos otros no serán tan benévolos!
—¡Qué más da! Si me marcho, volveré.
Había tal convicción en sus palabras, que Luis se estremeció. Un latigazo de frío le sacudió de pies a cabeza.
—Lo he jurado y lo cumpliré. Déjeme usted, Gener, déjeme usted.
—¿Pero está usted loco? ¿En qué cabeza cabe que yo le voy a consentir que cometa esa infamia? Porque eso es una infamia, una verdadera infamia. Esa bomba puede aniquilar culpables, pero puede también destruir vidas inocentes, ciudadanos honrados, hombres que tienen hijos, hijos que dentro de unas horas llorarán de desesperación llamando a su padre. Usted también los tiene, Mínguez; piense usted qué será de ellos el día de mañana cuando les digan que su padre fue un criminal y un asesino.
Mínguez bajó la cabeza confuso. En los bordes de sus párpados asomaron dos lágrimas. Luis lo notó y quiso aprovechar el momento.
—¡Váyase usted, váyase usted! —añadió empujándole—, váyase en seguida.
—No puedo, no me atrevo. Me asusta atravesar ese pasillo y, sobre todo, la puerta. Me parece que me lo van a conocer en la cara. Y además, estoy seguro de que si saliera, una vez en la calle volvería a entrar.
—Yo le acompañaré a usted. Conmigo no le dirán nada.
—No, no me atrevo. Si pudiera dejarla aquí... —exclamó mirando alrededor.
Se encontraba en medio del pasillo, frente a los _water-closets_.
—¡Demonio!, aquí es muy expuesto. Puede verle a usted cualquiera.
—Sí, en uno de estos retretes...
—No es mala idea, pero espere usted un momento, voy a ver qué hay por ahí.
Se asomó al extremo del corredor y miró. No había nadie. En la puerta, el ujier y los guardias civiles charlaban muy entretenidos con una linda muchacha. En el pasillo, dos o tres periodistas, reclinados en la pared, fumaban tranquilamente repasando las notas de sus cuartillas. La sala de escritura estaba vacía. Los diputados se hallaban todos en el salón. Por un momento tuvo Luis la idea de salir corriendo, de marcharse, de dejar a Mínguez que se las arreglase como pudiera. Pero el temor de que este al encontrarse solo pusiera en práctica su propósito, le hizo retroceder y volver a su lado.
—La suerte le favorece a usted. Deben estar ocupados con la proposición incidental. Vamos, aproveche usted; ¡pronto, pronto!
El anarquista entró en uno de los retretes y volvió a salir en seguida.
—Ya está; ¿no me ha visto nadie, verdad?
—No, nadie.
Los dos temblaban de pies a cabeza, nerviosos, excitados.
—¡Vaya, márchese usted!
—Adiós, amigo mío, adiós y muchas gracias.