Part 12
Pidió cinco duros adelantados en la Administración, y en cuanto concluyó su tarea se marchó a casa de Isabelilla. Isabelilla le traía loco. No era amor lo que sentía por ella, pero era algo más fuerte y más intenso que el mismo amor; un deseo imperioso y constante de estar siempre en sus brazos, de verse retratado en el fondo de sus pupilas claras, de acariciar su carne de rosa, de jugar con las hebras de su espléndida cabellera de oro, y, sobre todo, de besarla en la boca. He aquí el secreto de su gran pasión: besarla. De todos los encantos de Isabelilla, de todos los atractivos de su espíritu y de su cuerpo, ninguno tan delicioso ni tan enloquecedor como sus labios. No es que fuesen suaves, ni que fuesen frescos, ni que fuesen rojos, ni que su aliento perfumara; es que besaban como no besaban ningunos otros labios en el mundo. Dominaban el beso como un sabio puede dominar la ciencia, más aún, porque el sabio llega un instante en que se detiene indeciso ante las puertas del misterio, y para aquellos labios no existían misterios; besaban de todas maneras; besos sonoros de nodriza; besos suaves, casi imperceptibles; besos rápidos, instantáneos, fuertes como mordiscos; besos largos, infinitos, inacabables...; sabían cómo se besaba en las mejillas, y cómo se besaba en los ojos, y cómo se besaba en la garganta, y sobre todo, sobre todo, cómo se besaba en la boca; uniéndose como imanes, pegándose como compresas, crispando los nervios y haciendo hervir la sangre; labios hechos para reír y para besar; nacidos para la alegría y el amor; sabrosos como dulces; exquisitos como néctar; perfumados como flores; adormecedores como el opio, y mareantes como el vino. Era imposible que el que los gustara una vez, no los deseara ya para toda la vida.
Luis los deseaba, los deseaba con todas las energías de su ser; aquellos labios se habían convertido para él en una necesidad de su persona, eran su pasión, su vicio.
En la calle se acordó de que la había prometido un abanico japonés y entró a comprarle: un abanico muy lindo, con su varillaje de caña y su vitela de pájaros y flores.
—¡Qué contenta se va a poner cuando lo vea! —pensaba, subiendo las escaleras de dos en dos, tan de prisa, que cuando llegó frente a la puerta tuvo que detenerse para tomar aliento. Dentro vibraba la risa de Isabel fresca y sonora.
Súbitamente, al ruido del campanillazo la risa cesó; oyó rumor de faldas y cerrar de puertas; entreabriose el ventanillo, y le dijo la Pepa:
—¿Es usted, señorito Luis? Pues la Isabel no está, ha salido.
—¿Que ha salido?
—Sí, ha salido. ¿Quiere usted que le diga algo cuando vuelva?
Asombrado por lo inaudito de la mentira, no supo qué contestar. Su primer ímpetu fue armar un escándalo, derribar la puerta a patadas y empezar a cachetes con todos los que estuviesen dentro. Afortunadamente, comprendió que esto era una barbaridad, y girando sobre sus talones, se contentó con marcharse por donde había venido, las manos crispadas, mordiéndose los labios de coraje, jurando y perjurando no volver en la vida a mirar a Isabel.
Al llegar a la mitad de la escalera su mano tropezó con el abanico, y cogiéndole con furia le rasgó en pedazos, le mordió, le estrujó, le pisoteó, le hizo trizas, tantas y tan menudas, que ni cien chinos juntos hubieran sido capaces de reconstituirle. Esto le calmó.
«La culpa es solo mía —pensaba—. ¿Quién me manda a mí meterme a idealizar? Tiene razón Manolo. Con estas mujeres no puede idealizarse. En cuanto uno se ilusiona, viene el jarro de agua. Me está bien empleado por tonto; pero no volverá a sucederme, no».
De repente se acordó de María; el recuerdo de Isabel falsa evocó el recuerdo de María constante, de María honrada, cariñosa y buena. Antojósele que la traición de Isabelilla era un castigo, un aviso providencial de que también él tenía la obligación de ser constante. «Si yo por una perdida a quien no quiero —decía— he sufrido tanto un instante, ¿qué no sufrirá mi pobre María si sabe que la engaño?».
Y preocupado con esta idea, arrepentido, verdaderamente arrepentido, cambió de rumbo, y en vez de ir a su casa, se fue a la de María.
Pareciole ver su sombra detrás de las persianas, y alegremente subió las escaleras de dos en dos. Llamó a la puerta, y, como en casa de Isabelilla, la puerta no se abrió. Corriose el ventanillo, y le dijo la criada:
—La señorita no está, ha salido.
—¿Cómo que no está? ¿Usted sabe quién soy yo?
—Sí, el señorito Luis; pero la señorita no está en casa.
—Bueno, pues la esperaré —contestó dispuesto a todo.
—Es inútil; esta noche la señorita no cena en casa.
Cerrose el ventanillo.
Aturdido y desconcertado quedó también ante esta puerta. Fue de nuevo a llamar para pedir explicaciones; pero comprendiendo que la criada no hacía más que obedecer una consigna, temeroso de ponerse todavía más en ridículo, se marchó con la cabeza baja. En la calle volvió a mirar a los balcones. Ya no estaba la sombra detrás de las persianas. La ausencia de la sombra le hizo afirmarse más en que la sombra había existido.
¿Qué significaba aquello? ¿Por qué su tía se negaba a recibirle? ¿Qué motivos podía tener para ello?
Loco de dolor llegó a su casa. Necesitaba distraerse, olvidar. Nada mejor para ello que el trabajo. Excitado y nervioso, extendió sobre la mesa las cuartillas de su obra. Pero las ideas no acudían; los pensamientos no acertaban a desenvolverse; su frente ardía; tuvo que abrir el balcón porque se ahogaba...
Y una ráfaga de aire penetró furiosa por el balcón y aventó las cuartillas.
XXII
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, sin pensar en nada, iba por las calles malhumorado y triste. Tras la tensión nerviosa de los pasados días, su ser había caído en un estado de dulce laxitud, en un blando desvanecimiento, como si una mano piadosa, pasando por su frente, se hubiera ido llevando uno tras otro todos los sufrimientos. Celos, odios, rencores, amarguras, todo desapareció dejándole en el alma un vacío muy grande, un abatimiento muy hondo, una tristeza muy intensa, que le oprimía y le aplanaba, como si se encontrase sumergido en las profundidades de una mina.
Las dos cartas de Isabel y de María que al día siguiente recibiera, llenas de vulgares excusas y corrientes explicaciones, solo sirvieron para entristecerle más y más al ver cómo los ideales se rompían y se desmenuzaban y caían deshechos. Después de todo, aquello era natural; todas las mujeres son iguales; necio es y será siempre el que en ellas confíe.
Al doblar una esquina se encontró con Antonio Bedmar. Venía el pobre muchacho como en sus malos tiempos de bohemia, desaliñado, con las botas sucias, sin afeitar el rostro, torcida la corbata, encorvado el cuerpo y torpe en el andar.
—¿Dónde vas?
—Por ahí; no tengo rumbo fijo.
—Ni yo tampoco; pasearemos juntos.
—Pasear..., no; estoy cansado; me duelen mucho los pies; si tienes dinero, prefiero que me convides.
—¿Pero otra vez, Antonio? ¿pero otra vez vuelves a beber?
—¡Qué quieres! El vino es lo único que consigue distraerme, lo único que consigue hacerme olvidar.
—Oye; ¿tú crees de veras que el vino hace olvidar?
—¡Qué duda cabe!
—Entonces, sí; te convido, también yo esta tarde necesito beber.
—¿Tú..., para qué?
—Para lo que tú; para olvidar y para embrutecerme.
—¡Qué necesidad tienes tú de olvidar! ¿Qué sabes tú lo que son penas?
—¿Qué sabes tú si yo las tengo?
—Verdad; tienes razón; los hombres no sabemos nunca nada los unos de los otros; somos desconocidos, que cuando nos vemos en la calle nos tendemos la mano, sin saber por qué la mayoría de las veces. No conocemos de los demás más que lo que los demás quieren decirnos. ¡Y esto es siempre tan poco! El que tiene penas se las calla, y el que no las puede callar, hace lo que yo, las ahoga.
Después, delante de la botella, fue más explícito.
—Me gusta el vino, ¿por qué negarlo? me gusta, me agrada al paladar. ¿No les gusta a otros el café y el tabaco y el dulce? A mí me gusta el vino; pero aunque no me gustara, lo bebería. El vino es el gran calmante de todas las penas, el lenitivo de todos los dolores. Cuando estoy sereno, soy el ser más desgraciado de este mundo, el más miserable; todo me falta: amor, ternura, dinero, salud... En cambio, cuando estoy borracho..., cuando estoy borracho, todo me sobra; soy más rico que Creso, más grande que Alejandro, más poeta que Shakespeare. Que vengan, que vengan entonces a ofrecerme mujeres y millones y gloria...; verás tú con qué energía los desprecio, verás con qué valentía los rechazo, verás con qué ganas me río en mi locura de los pobres cuerdos, de todos los que me compadecen y dicen: «¡Pobre Antoñito!», sin comprender que en ese momento soy yo mucho más grande, mucho más feliz, muchísimo más dichoso que todos ellos juntos... El vino, el vino... Sin el vino, ¿qué sería de mí? Ya ves tú, he reñido con Elena, esta vez para siempre; esa mujer es mi alma; sin ella no puedo vivir; no tengo valor para matarme... Si no fuera por el vino, dime: ¿qué sería de mí?
Apuró de un sorbo el contenido del vaso, escanciose otro, y apoyando la frente en las manos, quedó sumido en hondos pensamientos.
—¿Y tú, por qué bebes?
—Ya te lo dije; por lo mismo que tú: para olvidar.
—¿A una mujer?
—A una mujer.
—¿La quieres mucho?
—Tanto como tú a Elena.
El bohemio sonrió.
—¡Oh, no; eso no es posible! Como amo yo, no es posible que ame nadie en el mundo. Lo mío no es amor, es locura, es delirio, es idolatría; por esa mujer daría yo hasta la última gota de mi sangre; por ella sería yo canalla, ladrón, asesino... ¡Qué sabes tú lo que es amor! Vamos a ver: si te dijeran que esa mujer, a quien tanto quieres, te engañaba con otro, ¿la perdonarías?
—¡No! —rugió Luis con fiereza.
—¡Pues yo sí! La quiero tanto, que aun engañándome, la quiero. Ya ves tú si la quiero. ¡Chico, otra botella! Los médicos me han prohibido que beba, y bebo; los amigos me desprecian, y bebo; yo comprendo que cada día me cuesta más trabajo producir, y bebo; un día me dijo ella: no bebas, y no volví a probar siquiera una copa. Si me dijera mátate, me mataría lo mismo. ¿No me estoy ya matando? ¿Crees tú que yo no sé que me voy a morir? Pues sí, lo sé, y sin embargo me dejo. Mejor, cuanto antes me muera, mejor.
—Vámonos, Antonio, vámonos; hace mucho calor aquí, estoy mareado.
—¡Cobarde! ¿Con dos botellas nada más? Siéntate ahí. ¿Cómo quieres olvidar si no bebes?
—No puedo, Antonio, no puedo... Me duele mucho la cabeza.
—¡Cobarde! Siéntate ahí. Chico, otra botella. Para olvidar es preciso beber. Bebe, Luis.
—No, no; yo me marcho.
—¿Te marchas? Ve con Dios, eres un cobarde. Yo me quedo. ¡Ah, tú no serás nunca feliz! ¿Cómo vas a ser feliz, si no bebes? ¡Chico, esa botella! ¿Pero no viene esa botella?
XXIII
El día amaneció nublado y bochornoso. El sol aparecía y se ocultaba entre las nubes con raras alternativas de luz y sombra; extraños cambios de claridad y penumbra; no se notaba la más pequeña ráfaga de aire; las hojas permanecían en los árboles quietas, inmóviles, como sujetas por tallos de acero; no se oía el canto de un pájaro, ni el zumbido de un insecto, nada; la naturaleza parecía aletargada por su propio calor.
Poco a poco las nubes se agruparon hasta formar un solo conjunto de color plomizo; el viento azotó con furia las hojas de los árboles, barrió las calles levantando sucios remolinos de polvo; cerró con estrépito ventanas y puertas; zarandeó persianas, se retorció en los canalones con agudos silbidos. Luego cesó un momento; el calor fue insoportable; un relámpago rasgó la nube, sonó un trueno y empezó a llover.
Agradable olor a tierra húmeda esparciose rápidamente suavizando la atmósfera del andén, reseca con el humo de las locomotoras. El expreso iba a salir. Las vagonetas, empujadas por los mozos, iban y venían cargadas de maletas y baúles, haciendo retemblar el piso: traqueteaban los vagones al unirse con bruscos estremecimientos; las válvulas dejaban escapar chorros de vapor que mojaban la acera y producían al salir un sonido continuo, estridente; el humo de la máquina al chocar contra el techo perdía sus formas espirales y se extendía sobre el tren como la neblina sobre un río.
Sentados en el vagón, uno enfrente de otro, María y Luis hablaban.
—Has hecho muy mal en decírmelo tan tarde.
—No era posible otra cosa. Ha sido una idea repentina, una decisión de última hora. Pensarlo y hacer el baúl. Llevo una temporada malísima. Creo que el campo me sentará muy bien.
—¿Vas a estar muchos días?
—No sé; depende de las circunstancias; según me pruebe.
Él no contestó; apoyó la frente en el cristal y quedó distraído mirando al andén.
—¿En qué piensas?
—No sé; estoy triste; siento desde hace unos días una tristeza abrumadora, una melancolía inexplicable que me aplana y me aniquila sin saber por qué; una cosa así como un vago presentimiento de que me va a suceder una desgracia, algo muy doloroso contra lo que no puedo luchar ni defenderme, porque no sé lo que es. Ya ves: ahora mismo tu viaje no tiene importancia, es un viaje de recreo; regresarás dentro de unos días, muy pronto, y sin embargo, no puedes figurarte la pena tan grande con que te despido; me parece que es el último día que nos vamos a ver.
Ella bajó la cabeza confusa; una oleada de sangre encendió sus mejillas. Él, sin notarlo, continuó:
—Comprendo que es una tontería, una locura, pero no puedo remediarlo; te lo juro con toda mi alma; si en mi mano estuviera impedir este viaje, lo impediría, no te quepa duda. María —añadió tristemente cogiéndole las manos—, ¿por qué te vas? No te vayas.
—¡Qué niño eres! —contestó ella conmovida, tratando de volver la cara para que Luis no viera las lágrimas que se agolpaban a sus ojos.
—No te vayas...
—¡Qué locura!
Un individuo abrió violentamente la portezuela obligándoles a cortar el diálogo.
—Perdone usted, caballero —díjole Luis malhumorado—; este coche es reservado de señoras.
—Precisamente —contestó el otro con gran flema—; precisamente un reservado es lo que estas señoras desean.
Y apartándose galantemente, dejó pasar a dos que tras él venían con un arsenal completo de mantas, cestos, maletas y sacos de mano. Después subió también y empezó a colocar tranquilamente los bártulos en la redecilla del vagón.
En el andén los viajeros se atropellaban en busca de los coches. Despedidas, abrazos, apretones de manos, besos y caricias, recomendaciones y advertencias; vocear de los mozos, pregoneo de periódicos y guías, un ruido continuo, ensordecedor, reforzado por el traqueteo de los coches, el sonido metálico de los topes al golpearse, el silbido del vapor al escaparse por las válvulas, los truenos al retumbar en el espacio y la lluvia al caer con fuerza azotando las paredes de hierro.
De pie sobre el estribo seguía Luis hablando.
—¡Te quiero más que nunca! Te vas y mi alma se va toda contigo. Te acompaña en tu viaje; dondequiera que estés, estará a tu lado. ¿Puedo yo decir lo mismo, mi María?
—¿Tú? ¿Para qué? ¡Qué falta te hace a ti mi cariño!
—¿Por qué me dices eso?
—Por nada.
La campana sonó; subieron los rezagados; un empleado fue cerrando de golpe las portezuelas.
—¿Por qué me dices eso? —volvió a repetir.
—Por nada —volvió ella a contestar.
—¡Eh, cuidado, caballero! El tren va a salir.
—¡Adiós!
—¡Adiós, mi María!
—¡Adiós, Luis!
—¿Nada más que Luis?
—¡Adiós!
Un silbido aflautado se escapó de la máquina; las válvulas dejaron escapar chorros de vapor; traquetearon los vagones y el tren comenzó a moverse, despacio primero, como monstruo que se despereza, hasta pisar las planchas giratorias que temblaron con secas vibraciones en estridente escala, y luego más de prisa, cada vez más, hasta salir de agujas, confundirse en la oscuridad y ser solo una sombra, perceptible apenas por sus farolitos encarnados...
XXIV
Apurada la taza de café, se disponía tranquilamente a encender un pitillo, cuando violentísimo campanillazo le cortó la acción dejándole suspenso. Y en cuanto abrió la puerta, no repuesto aún de la sorpresa que el campanillazo le causara, se encontró de manos a boca con Elena Samper. Venía nerviosa, agitada, el traje en desorden, los ojos inyectados, con un aspecto tal de excitación que Luis se asustó:
—Mujer, ¿qué es eso? ¿qué te pasa?
—¡Ay, Luisillo, qué desgracia tan grande, qué desgracia tan horrible!
—¿Pero qué ocurre?
—¡Quién lo iba a pensar! ¡Virgen mía del Carmen, qué desgracia!
—Acaba ya.
—Si no puedo..., me ahogo... Toma, lee tú.
Y le alargó un periódico arrugado y sudoso que traía en la mano, esforzándose en vano por querer señalar un punto con sus dedos nerviosos.
«Esta mañana, en la calle de Atocha, ha sufrido un vómito de sangre el joven y distinguido escritor don Antonio Bedmar...».
La impresión fue tan brusca, que a Luis se le cayó el periódico de las manos.
—¡Qué barbaridad!
—Sigue, sigue leyendo —continuó ella con voz ronca, recogiendo el papel y apretujándole entre sus dedos—. Mira: «Después de asistido convenientemente por los médicos de la Casa de Socorro, pasó en grave estado al Hospital Provincial». ¿Lo oyes? Al hospital, está en el hospital. Es necesario ir en seguida. ¡Pobrecito Antonio de mi alma! Yo quiero verle; estará allí en una sala cualquiera; yo quiero llevármelo a casa, cuidarle yo misma, o por lo menos, trasladarle a una cama de pago.
—Sí, sí, tienes razón; es necesario hacer algo.
Pero no se movía, atontado, aplanado por aquella noticia brutal e inesperada.
—Vamos, vamos, no perdamos tiempo —repetía Elena, cada vez más excitada y más nerviosa—. Es necesario ir en seguida. Tengo abajo un coche...
Y le agarraba del brazo y tiraba de él arrastrándole con fuerza hacia el pasillo.
Los porteros del Hospital se negaron a permitirles la entrada. ¿Tienen ustedes permiso? ¿No? Pues sin permiso no es posible entrar, y mucho menos de noche.
Era inútil insistir con aquella gente. Elena lo comprendió así y rompió a llorar con tal desconsuelo, con sollozos tan desgarradores, que uno de los mozos, conmovido (y cuidado si se necesita para conmover a un mozo de hospital), se atrevió a indicar balbuciendo:
—Vean ustedes al señor director... Si él lo autoriza...
—¿Dónde está el director?
—Al final del edificio... Vuelvan ustedes a salir, sigan la acera, a la derecha, hasta llegar a una puertecita pequeña..., allí.
El director acababa de cenar. Los recibió muy atento, pero se negó igualmente a facilitarles la entrada. A aquella hora no era posible; estaba prohibido en absoluto... Los reglamentos, las costumbres del establecimiento..., todo el mundo se hallaba descansando..., sería una perturbación, una verdadera perturbación... Y como la joven, siempre llorando, tratara de insistir, la cogió dulcemente la mano y le dijo con cariñoso acento:
—Vaya, hija mía, tenga usted un poco de paciencia, no se aflija usted... Mañana lo podrá ver todo lo temprano que quiera; yo estoy levantado desde las siete; vengan ustedes mañana, y yo desde luego tendré mucho gusto en facilitarles un pase valedero para todos los días que sea preciso. ¿En qué sala está el enfermo? ¿No lo saben ustedes? Bueno, no importa; lo averiguaremos en seguida y así no tendrán ustedes mañana que perder tiempo en preguntarlo.
Tocó el timbre y apareció un mozo.
—Entérese usted en seguida a qué sala y a qué cama ha sido conducido un enfermo que ha ingresado esta mañana, que se llama..., ¿cómo se llama?
—Antonio Bedmar.
—¡Cómo! ¿Bedmar? ¿el poeta? ¡Caramba, caramba, y yo sin saber nada! Claro, lee uno al cabo del día tantos nombres... Con el permiso de ustedes, voy a tomar café; ¿ustedes gustan? Pero siéntense, el mozo volverá en seguida.
Mientras esto ocurría, Elena expuso al director sus deseos de llevarse a Bedmar, o, cuando menos, trasladarle a una sala de distinguidos.
—Lo que usted guste señora; me tiene usted desde luego a su disposición.
—Y eso, ¿cuándo podría ser?
—Si su estado lo consiente, mañana mismo. ¿Qué, se ha enterado usted ya? —exclamó viendo al mozo que regresaba.
—Sí, señor; ha sido llevado a la sala doce, cama número ocho, solo que...
—¿Qué?
—Que ha muerto.
—¿Que ha muerto?
—A las cinco y media.
Elena dio un grito y cayó desmayada sobre el pavimento. Los tres hombres se lanzaron en su auxilio.
—A ver, esta mujer se ha desmayado..., un poco de agua fría...
Al grito de Elena, la esposa del director se presentó en la estancia. Quedose un momento en el umbral de la puerta, sorprendida y sin saber qué hacer; pero como el director, en dos palabras, le pusiera al corriente de lo ocurrido, acudió también solícita en auxilio de la pobre desmayada, desabrochándole el vestido y abanicándole el rostro. Elena volvió en sí, miró a todos con espantados ojos y rompió a llorar. El director, su mujer y Luis trataban en vano de consolarla. Cuando después de largo rato hubo dado rienda suelta a su dolor, se levantó, y encarándose con el director, le dijo con tono enérgico que no admitía réplica:
—¡Quiero verle!
—Imposible, señorita, imposible de todo punto. A estas horas se encuentra ya en el depósito.
—No importa; iré al depósito; quiero verle.
—No puede ser, señorita, no puede ser. Si se tratara de cualquier otra cosa, tenga usted la seguridad de que yo con muchísimo gusto accedería a ello, aun pasando por encima de todas las consignas y de todos los reglamentos; pero al depósito, ¡oh, imposible! Tenga usted en cuenta que a estas horas debe haber allí diez o doce cadáveres.
—Sí, sí —agregó la mujer del director—, no vaya usted... Es una cosa horrible..., está allí, al final de los patios, en un sitio completamente solo. Es horrible, ¡y de noche!
—¿Y dice usted que habrá allí más muertos?
—Naturalmente, todos los que han fallecido hoy. Acabo de firmar la lista..., diez o doce o catorce, no recuerdo en este momento, pero de seguro pasan de diez.
—¡Dios mío, Dios mío!, ¡qué horrible es todo esto! ¡Y se le llevarán en el furgón!
—Si ustedes quieren hacerle entierro...
—¡Oh, sí, sí, ya lo creo, qué duda cabe! Ahora mismo. ¿Qué hay que hacer?
—Pues nada; avisar a la funeraria. Lo restante es cosa mía.
—¡Oh, muchas gracias, muchas gracias! Luis, ¿quieres encargarte?
El mozo intervino en la conversación:
—Si ustedes quieren, aquí hay una funeraria que lo hace. En cuanto traigan la caja, se puede (si el señor director lo autoriza) trasladarle a la capilla.
—Sí, sí, a la capilla, que le lleven en seguida a la capilla.
El director sonrió y repuso:
—Advierto a usted que la capilla no es tal capilla; quiero decir que el sitio donde van a trasladarle, porque aun cuando el reglamento dispone que estos actos se verifiquen de día, yo no tengo inconveniente, en obsequio a ustedes, en autorizar que se haga ahora mismo, la capilla, digo, es otro depósito más pequeño, destinado para los cadáveres distinguidos, vamos, para aquellos que los reclaman las familias.
—¡Ah, yo creía!...
—De todos modos, es un sitio mucho más decente. Allí estará muy bien.
Esta vez fue Luis el que no pudo por menos de sonreír.
—Y allí ¿le podré ver? —volvió a insistir Elena.
—Mañana.
—¡Mañana, siempre mañana!...
—Hay que tener paciencia, hija mía.
—Bueno, la tendré. ¿De modo —agregó dirigiéndose al mozo— que usted avisará a la funeraria?
—Avisaré al sepulturero, que es el que se encarga de estas cosas.
El sepulturero se presentó en seguida. Era un hombre joven, de aspecto sumamente simpático. Con mucha amabilidad y cortesía, impropias en verdad de tan macabro oficio, convino con la muchacha y con Luis un entierro de segunda clase. Ambos jóvenes, agradecidísimos a las bondades del director, no encontraban palabras para demostrárselo. El director, por su parte, se mostraba cada vez más atento. Y ya en el terreno de las peticiones y de las concesiones, Luis se atrevió a indicar:
—Y a mí, ¿me permitiría usted que le viera?
—A usted sí, es decir, cuando le trasladen a la capilla, porque en el depósito general, la verdad, yo no se lo aconsejo a usted; es un espectáculo demasiado fuerte y demasiado... antihigiénico.
—La caja podrá estar aquí dentro de un cuarto de hora.