Ganarás el pan...

Part 13

Chapter 133,998 wordsPublic domain

—Entonces, si le parece a usted y no le molestamos, esperaremos...

—Lo que ustedes gusten; están ustedes en su casa.

La señora del director había mandado hacer una taza de tila y se la ofrecía con sus propias manos a Elena, que no sabía cómo corresponder a tantísima amabilidad. Luis, sentado delante de la mesa, departía afablemente con el marido, que le relataba detalles curiosísimos de la organización del establecimiento.

—El cargo de director muy molesto. ¿Trabajo? poco, sobre todo trabajo material. Cuatro horas de oficina y el continuo chorreo de firmas y rúbricas. Pero sujeción tremenda. Hay que estar en todo, atender a todo el mundo. Reclamaciones del público, reclamaciones de los enfermos, reclamaciones de los médicos, reclamaciones de las hermanas, ¡qué sé yo! Le aseguro a usted que no tengo diez minutos míos, y eso que me levanto a las siete y me acuesto a las doce. Es un cargo muy penoso, muy penoso... Y luego por si esto era poco, la constante presión del diputado visitador, los oficios del gobernador, los exhortos de los juzgados, las denuncias de la prensa, la lucha diaria con los proveedores... Y a todas horas lástimas y penas y tristezas y sufrimientos y dolores. Crea usted, amigo mío, que no hay compensación.

—El sepulturero me manda decir a ustedes que el cadáver ha sido trasladado a la capilla —exclamó el mozo entrando de nuevo.

—Cuando usted guste, caballero; el mozo le acompañará. Ruego a usted que me perdone si no lo hago yo mismo; yo no voy al depósito más que en caso de estricta necesidad.

—¡No faltaba más!

—Le aconsejo que procure estar el menor tiempo posible. No es sano aquello.

Atravesaron un estrecho pasillo que había a la izquierda, cortado en ángulo recto, y desembocaron en los claustros del Hospital. Una ráfaga de aire fresco y húmedo que les produjo agradable sensación de bienestar, les dio en la cara. Los claustros estaban desiertos. La luna se reflejaba en los árboles del jardín, arrancándoles tonos plateados, manchas confusas, contrastes vivos de luz y sombra, tintes opacos, raros matices de decoración teatral. Al llegar a la puerta de la farmacia, un joven vestido con sombrero de paja y larga blusa de dril, desabrochada, les salió al encuentro. Era Paco Gaitán.

—¿Tú aquí? —exclamó sorprendido al encontrar a Luis.

—He venido a ver al pobre Antoñito Bedmar, que está en el depósito de distinguidos.

—¡Cómo! No sabía nada.

—Le han traído esta mañana gravísimo, tan grave, que ha muerto a las cinco y media.

—¡Pobre muchacho! Era de esperar; estaba tísico perdido. Te acompañaré.

Y los tres hombres siguieron su camino por los inmensos claustros silenciosos.

Al llegar frente a la cocina, el mozo, que iba delante, torció a la izquierda y entró por una puerta pequeña, casi cuadrada, parecida a la de los corrales de las casas de campo. Y realmente, más trazas de corral que de otra cosa tenía el lugar que se presentó ante sus ojos. Árboles esqueléticos, de copas escuálidas, se elevaban a uno y otro lado del camino estrecho y descuidado. La hierba crecía a su antojo por entre las piedras del suelo y las hendiduras de la tapia. Grandes y desiguales caserones se apiñaban a la derecha.

—Es la casa del comisario —dijo Paco Gaitán señalando uno de los edificios.

—En mal sitio vive ese pobre hombre.

—A todo se acostumbra uno.

Los rayos de la luna dibujaban en el fondo del paisaje temerosas figuras y espantosas apariciones. A cada instante se le antojaba a Luis ver fantasmas y espectros. Momento hubo en que necesitó de todo su valor y de toda su cultura para no cogerse del brazo de Gaitán.

Un hombre seguido de dos perros oscuros y largos salió como una sombra de entre los árboles.

—¿Dónde van ustedes? —preguntó con voz bronca—; no se puede pasar, está todo cerrado.

—Estos señores vienen de parte del director —observó el mozo.

La sombra vaciló un momento:

—Bueno, bueno —masculló malhumorado—, vean ustedes al sepulturero.

Y desapareció de nuevo entre los árboles seguido siempre de sus perros oscuros.

El sepulturero esperaba en la puerta del depósito, un gran edificio de ladrillo encarnado con pequeñas ventanas cuadradas, a través de las cuales se veían brillar débilmente las luces de las lámparas. Tenía la entrada por la parte posterior, una estrecha puerta de capilla con su cruz de piedra en el centro. El mozo se quedó allí. Los demás bajaron los escalones con los sombreros en la mano, primero Gaitán, después Luis, luego el sepulturero haciendo sonar el manojo de llaves que chocaban repiqueando con melancólico tono en el silencio solemne de la noche.

—Ahí está —dijo Gaitán.

Sí; allí estaba, tendido en la caja, rígido e inmóvil. Su pálido rostro, sereno y tranquilo, se destacaba con dulce claridad entre los pliegues de la capucha gris. El hábito de San Francisco daba a su cuerpo venerable aspecto de religiosidad. Sus manos descansaban sobre los muslos, pequeñas, cuidadas, delgadas, marfileñas. La tibia luz de la lámpara colgada del techo, fundía en un tono triste los amortiguados matices del portland, los apagados reflejos del estuco, la negra pintura del techo, los dorados sin brillo del zócalo, el negro crucifijo que, en lo alto de la pared del fondo, abría sus brazos amorosos. Un rayo de luna, filtrándose por la abierta ventana, hería con fulgor plateado las alpargatas blancas.

—¡Pobre Bedmar!

—¡Pobre Bedmar!

Allí estaba, muerto para siempre, muerto para la vida y para el arte, tronco caído, luz apagada, idea extinguida. Pobre perseguidor de ideales, alma de niño, rimador de versos, cantor de estrofas, peregrino de otros mundos, constante amador de la verdad y del bien.

—¡Pobre Bedmar!

Los dos amigos, de pie ante el féretro, con los brazos caídos, miraban tristemente los despojos yertos. Ninguno de los dos osaba hablar palabra. ¿Para qué? ¿Qué iban a decir?

El viento, fuera, agitaba las hojas con melancólico susurro. Desaforados ladridos sonaban con horrísono desconcierto allá en la Ronda, al otro lado de la tapia. Un chorro de agua caía continuo con estridente estrépito.

—Vámonos —dijo Gaitán—, está esto muy húmedo.

—Sí, vámonos.

Y como si despertase de un letargo, alzó la vista y contempló la estancia. Era relativamente pequeña, casi cuadrada, alta de techo, con dos pequeñas ventanas enrejadas que daban al jardín. Empotradas en la pared del fondo avanzaban en línea, como camastros de cuerpo de guardia, cinco mesas de portland. Sobre una de ellas descansaba el féretro.

—Está bien esto, ¿verdad? —preguntó el sepulturero al notar la impresión de Luis.

—Sí, muy bien, mejor de lo que yo creía. Y lo que más me extraña es que no se percibe olor alguno.

—Oh, no es posible; ¿no ve usted que hay mucha limpieza? Como el suelo y las mesas son de portland y las paredes de pintura impermeable, en cuanto se llevan los cadáveres empiezan a funcionar las mangas de riego. Además, aquí hay siempre pocos cuerpos. En cambio, allí —añadió señalando al final del pasillo—, allí ya huele algo peor.

—¿Y qué es aquello?

—Aquello es el depósito general. ¿Quiere usted verlo?

Luis avanzó muy decidido, pero al llegar a la puerta se detuvo con respetuoso temor. Había divisado diez o doce cadáveres tendidos en las mesas, entre ellos el de una vieja vestida de negro, allí, en la misma entrada.

—Sí, tiene usted razón —exclamó apartándose bruscamente—; aquí huele bastante mal.

—Y no debería oler tampoco —replicó el sepulturero—, si se cumplieran las cosas como es debido. Pero, ¡qué quiere usted! Los médicos se olvidan a veces de certificar, y el cadáver permanece treinta y a veces hasta cuarenta horas. Si las cosas se hicieran bien, no se notaría olor alguno. Porque el depósito está en admirables condiciones. Uno es un zoquete y no entiende de nada; pero personas instruidas y de mucho talento que lo han visto, han dicho que es el mejor de España; solo tiene un defecto: que está todavía poco profundo.

—¿Y esta escalera? —preguntó Luis señalando una claramente alumbrada que se abría en medio del pasillo y en la cual no se fijó al entrar—. ¿Dónde va?

—Esta escalera es la mía.

—¡Cómo! ¿Usted vive aquí?

—Sí, señor; ahí encima tiene usted su casa.

—Gracias, amigo; pero, la verdad, no me explico cómo vive usted ahí.

—¿Por qué? No hay inconveniente ninguno. Ya ve usted; tengo tres niños pequeños; si pudiera haber algo peligroso, no viviría, puede usted creerlo. En el depósito no hay miasmas. Algo peor es aquel rincón —añadió señalando la esquina del patio—. Aquel vertedero donde van a parar las barreduras de todas las salas, los algodones de las heridas, las gasas, las vendas, todas las porquerías, en fin. Eso sí que es peligroso y antihigiénico; pero los muertos, ¡bah!, los muertos no importa. Todo es cuestión de agua.

El viento seguía agitando las hojas con melancólico susurro. Los perros continuaban ladrando furiosamente. La luna, filtrándose por las escuálidas copas de los árboles, dibujaba en el suelo fantásticas manchas. Extrañas figuras asomaban entre los troncos como espectros y apariciones.

Pero Luis ya no temblaba; ya no era terror lo que sentía; era tristeza, una tristeza honda, un abatimiento profundo que atenazaba su corazón y martirizaba su cerebro.

XXV

Lo primero que hizo Gener en cuanto dejó en su casa a Elena, fue marcharse a _El País_, el periódico de la mañana en que tenía más amigos, y escribir un artículo a la memoria de Bedmar, un hermoso artículo por cierto, una verdadera crónica, como deben ser las crónicas, sencilla, breve, rápida y sentida. Todos, cosa rara, la encontraron admirablemente hecha. La crónica era sencillamente una excitación a los círculos y sociedades artísticas y literarias, y al público en general, para que tributasen el último homenaje de admiración al gran poeta acompañando su cadáver.

—Es lo menos que se puede hacer por un amigo a quien se quería y admiraba —añadía Luis a guisa de comentario—. Además, yo iré esta noche en persona a ver a los individuos de la Prensa, Escritores y Artistas y Círculo de Bellas Artes. Es necesario que todo Madrid vaya al entierro.

Luego discutieron la forma mejor de avisar a la familia, conviniendo todos en dirigir un despacho urgente a los ayudantes del general Bedmar, antes de que lo telegrafiasen los corresponsales de provincias.

—Encárgate tú de eso —le dijo a uno de los redactores—. Yo me voy al Círculo de Bellas Artes, a ver si tropiezo con alguien de la directiva.

Al llegar a la calle se encontró con que no tenía un céntimo para tomar un coche. Ni siquiera le quedaba el recurso de empeñar el reloj, porque con la precipitación lo dejó todo olvidado en casa. Afortunadamente, en la calle de Peligros se encontró a Isabelilla que volvía de los Jardines con Paca Rey, y la pidió dos duros.

—Dos y cinco y veinte y todos los que tú quieras —le dijo ella—. Es decir, siempre y cuando tú me garantices que no son para marcharte de juerga con otra.

—¡No, mujer, nada de eso!

Y le explicó para qué los quería. Las dos mujeres se afectaron mucho, hasta el punto de saltárseles las lágrimas. ¡Pobrecillo! Ellas también querían mucho a Bedmar, ¡ya lo creo!, ¡muchísimo!, y eso que era un _desaborío_ para las mujeres. Pero con todo, le apreciaban por lo desgraciado que era y por los versos tan bonitos que hacía. Luego, al saber los transportes de Elena, Isabel se indignó.

—¡Valiente sinvergüenza! ¡Hipócrita! Después de haber estado haciéndole sufrir toda la vida, después de ser ella la causa de sus desdichas, venir a última hora con lloriqueos y dolores. ¡Ay, qué asco! ¡Te digo que me dan un asco esas mujeres! ¿Cuándo vas a venir a casa?

—Cuando tú quieras.

—Mañana estás de entierro. Pasado mañana, ¿quieres? Ese se ha vuelto a marchar. Está en Oviedo y no volverá hasta dentro de quince días, lo menos. Ven por la tarde; ya sabes que por las tardes estoy sola.

Y se marchó con Paca Rey, escapada como siempre, con sus breves saltitos de pájaro.

A las tres de la madrugada lograba Luis ver todos sus trabajos coronados por el éxito. Las tres sociedades enviarían coronas y comisiones. La de Escritores y Artistas sufragaría además los gastos del entierro, pues no consideraba decoroso para la clase ni para la memoria del muerto, que los pagase una mujer con la que al fin y al cabo ningún vínculo le ligaba. Los cronistas de los grandes periódicos se brindaron gustosos a escribir cada uno un artículo lo más largo y lo más cariñoso posible. ¡Ya lo creo! ¡No faltaba más! Un poeta como Bedmar, un talento, una gloria nacional... No hacía falta que lo hubiera recomendado. Bedmar se merecía aquello y mucho más. ¡Ya lo creo!

Era curioso ver cómo toda aquella gente que tres días antes descuartizaba la reputación literaria del poeta tachándole de embrutecido y agotado se deshacía ahora en elogios y alabanzas.

—¡Hipócritas! ¡Cobardes! ¡Miserables! ¡Cómo se conoce que ya no puede haceros sombra! Por eso habláis bien de él —murmuraba Luis camino de su casa—. Si resucitara, volveríais todos a morderle y a envenenarle el pan para que se muriera de nuevo cuanto antes. ¡Qué misteriosas combinaciones tiene el azar a ratos! —pensaba luego—. Gracias a mí, el último noticiero de Madrid, el más insignificante de todos, gracias a la chulesca generosidad de una perdida, la muerte de este pobre poeta no pasará inadvertida para sus contemporáneos. Gracias a mí irá gente a su entierro.

Y se reía al pensar estas coincidencias de la vida, estos raros caprichos de la suerte, que hacen depender de una palabra a veces, la fama y el olvido, la gloria y el desprecio. Pero, en fin, el objeto principal se había conseguido. El entierro sería solemne. Era indudable que, bien preparada la opinión, la gente acudiría. La gente es una niña curiosa que va siempre adonde le dicen que hay algo que ver, bueno o malo, grande o chico, alegre o triste. Sí, era indudable que todo Madrid iría al entierro. Desde este punto de vista, Luis podía estar y estaba satisfecho.

Pero mucho más aún lo estuvo al día siguiente cuando vio el número verdaderamente considerable de personas que se aglomeraban en la puerta del Hospital. Periodistas, políticos, artistas, escritores, escritores sobre todo. Podía asegurarse que ni uno solo dejó de acudir al llamamiento. Todos estaban allí, viejos y jóvenes, maestros y principiantes, los que habían escalado la cumbre y los que luchaban por lograrla. La muerte, borrando con mano generosa odios y rencores, hipocresías y convencionalismos, los reunía a todos bajo un mismo sentimiento de compañerismo y caridad. Los pequeños deponían sus envidias, los fuertes su orgullo, los que ayer le humillaban, negándole el saludo por borracho y envilecido, hoy le ensalzaban como talento indiscutible, y todos acudían a rendir el último tributo, el postrer homenaje al gran poeta del sentimiento, al gran cantor de la tristeza y la amargura.

Conforme la hora del entierro se iba aproximando, aparecían nuevas personas, nuevos carruajes desembocaban en la plaza inmensa; coquetonas berlinas, lujosos landós, milords charolados, modestos simones; hasta un coche de ministro; desde lejos se distinguieron los sombreros del cochero y del lacayo, con sus anchos galones de oro y sus escarapelas con los colores nacionales.

—¿Quién es?, ¿quién es?

Era el ministro de Marina, amigo íntimo y compañero del padre de Antonio. Descendió del carruaje y se aproximó a un grupo de periodistas que, solícitos acudieron a saludarle y a pedirle de paso noticias sobre el proyecto de reformas de los arsenales que tenía en estudio.

La muchedumbre se apiñaba en la plaza estrujándose y oprimiéndose y empinándose para ver mejor, indiferente a la lluvia de fuego que el sol derramaba sobre sus cabezas. Los mejor informados daban largas explicaciones sobre quién había sido el muerto y de las cosas que hacía en vida. Algunos llevaban su entusiasmo hasta el punto de recitar sus composiciones, que los demás escuchaban con respetuoso silencio. A continuación venían las frases compasivas, los comentarios crudos, las reflexiones crueles de una lógica brutal y abrumadora. «Sí, sí, ahora mucha fachenda y mucho lujo y le han dejado morir en el hospital... Al burro muerto...». Y otras por el estilo.

—¿Pero aquí quién preside? —preguntó el ministro.

¡Toma!, pues era verdad; no había presidencia. Fue necesario improvisar una con los representantes de las Sociedades, el administrador de _La Abeja_ y el cura del hospital, que se ofreció gustoso a título de último confesor del muerto y amigo particular de la familia, según aseguró. El ministro, a quien se le hizo igual ofrecimiento, se excusó de aceptarlo, pretextando que sus ocupaciones le impedían llegar al cementerio. En cambio, a Luis nadie se tomó la molestia de decirle nada; bien es verdad que si se lo hubieran dicho, tampoco habría aceptado.

Por fin el fúnebre cortejo se puso en marcha. Precedíanle cuatro guardias municipales montados, con los bruñidos cascos relucientes y los largos penachos de crin que el viento hacía ondear. Detrás la carroza con sus negros caballos empenachados. Llevaban cintas del féretro individuos de las Asociaciones de la Prensa, Escritores y Artistas, Círculo de Bellas Artes, y Manolo Ruiz por la redacción de _La Abeja_. Detrás venían las coronas, entre las que sobresalía una inmensa de flores naturales, sin cinta ni dedicatoria.

Caía un sol de justicia. Mientras anduvieron por el paseo del Botánico pudieron defenderse de los rayos, resguardándose bajo la sombra de los árboles; pero al llegar a la plaza de Cánovas, las protestas fueron generales.

—¡Qué barbaridad, qué calor! Esto es inaguantable, esto es imposible, esto no hay quien lo resista. ¿A quién se le ocurre organizar un entierro a las cuatro y media de la tarde en pleno mes de julio? ¡Y al Este!

—¿Y dónde querían ustedes que le llevaran? —replicó Luis malhumorado—. ¿A la Basílica de Atocha?

—¿Por qué no? Otros están allí con menos motivo.

—¡Sí, alabadle ahora, cuando hace dos días le desollabais vivo!

—¡Toma, por eso, porque estaba vivo! Desengáñate, Luis; salvo tu opinión, lo mejor que ha podido hacer Antoñito es morirse. Era imposible que produjese ya nada nuevo; estaba agotado, completamente agotado. Por eso se había muerto, porque había ya terminado su misión. Ah, no te quepa duda.

Y le explanó una curiosa teoría acerca de la vida, según la cual nadie se muere sin haber cumplido su misión. Por eso no había que creer en los genios malogrados. El que se muere es porque debe morirse; por eso se había muerto Bedmar; por eso él no temía a la intrusa, porque estaba convencido de que su misión en el mundo no había aún terminado.

—¿Y cuál es tu misión?

—¿Mi misión? No lo sé. Lo único que puedo asegurarte es que no ha terminado. Y la tuya tampoco. Yo te profetizo que tienes que vivir todavía muchos años. Luis, tú estás llamado a grandes cosas.

Luis se estremeció. Era la tercera vez que en pocos días y por conductos diferentes le auguraban lo mismo. Y se quedó pensativo, profundamente impresionado por estas extrañas coincidencias.

La comitiva atravesaba el Salón del Prado, arrastrándose lenta y perezosa bajo la sombra de los grandes álamos. La carroza marchaba a la derecha, al tardo paso de sus caballos negros. Daba verdadera compasión ver a los infelices que conducían las cintas, con los sombreros en la mano, aguantando a cabeza descubierta los rayos del sol que implacables caían. Los pocos transeúntes que por allí pasaban deteníanse un instante para contemplar la carroza, y después de saludar respetuosamente proseguían su camino bajo los árboles, preguntándose quién sería aquel muerto tan bien acompañado.

Al llegar al paseo de Recoletos la mitad del cortejo había desaparecido; unos pretextando imperiosas ocupaciones, otros echándole la culpa al calor; los más hipócritas, asegurando que continuarían en coche y marchándose después por la primera esquina. En la plaza de Colón no quedaban cuarenta personas. Convínose, pues, en despedir allí el duelo y tomar los carruajes los que se decidieran a continuar hasta el cementerio. Fueron muy pocos; algunos amigos íntimos del finado y los representantes de las Asociaciones. Entonces se echó de ver que los individuos de la presidencia no tenían coche. Hubieron de distribuirse en los que generosamente se les brindaron. Luis y Boncamí ofrecieron el suyo al cura del hospital.

El viaje no fue por ello menos penoso, sobre todo para el pobre Boncamí, que sentado en la bigotera no encontraba modo de resguardarse de los rayos del sol. El sudor le caía a chorros por la frente y las mejillas, empapándole el cuello y arrugándole la pechera. El cura, sopla que sopla, se había acurrucado en el rincón del carruaje, y sin importársele un bledo lo que pudieran decir de él, se abanicaba rápidamente con su enorme sombrero de teja. ¡Ay, qué calor, qué calor!

—Un poco de paciencia; en cuanto lleguemos a las Ventas, ya verán ustedes cómo refresca.

Sí, sí, refrescar... Allí hacía mucho más calor todavía.

Instintivamente miraron a los merenderos. Todos estaban desiertos. No se oía ni un organillo.

El cura relataba a los dos amigos la historia de sus relaciones con la familia Bedmar. Al padre le había conocido siendo él capellán de la fragata _Gerona_, allá por el año 65, ayer, como quien dice. Era entonces teniente de navío; tendría unos treinta años y estaba todavía soltero. Después se vieron pocas veces. Él dejó la marina a raíz del levantamiento de Cádiz, y Bedmar continuó su carrera, ¡brillante carrera, por cierto! Después se puso a hablar de la muerte del hijo. ¡Pobre muchacho! Era un bendito, un santo. Cuando le avisaron para confesarle estaba ya muy mal, tan mal que no pudo terminar la confesión.

—Mira, Luis, haz el favor de sentarte un poco en la bigotera. Yo no puedo más. Esto es horroroso —dijo Boncamí levantándose—. Me va a dar una congestión.

—Sí, hombre, sí, con mucho gusto. ¿Por qué no me lo has dicho antes? —contestó Gener cambiando de asiento—. Así como así, ya falta poco; en cuanto lleguemos a la carretera de Vicálvaro, arreará la carroza y refrescaremos.

Llegaron a la carretera y se encontraron con que aquello era todavía peor, pues aparte de que el sol seguía cayendo como plomo candente, el viento, soplando a su antojo y sin obstáculos, les llenaba de polvo los ojos y la boca, cegándoles e impidiéndoles respirar. Un enjambre de moscas había caído sobre ellos y se cebaba en sus manos y rostros con implacable ensañamiento.

El cura, refugiado en el rincón del carruaje, seguía hablando por los codos. Había elegido por tema la confesión de los enfermos y contaba detalles curiosísimos.

—La preocupación constante de las buenas hermanas estribaba en que ningún enfermo falleciera fuera de la santa religión, y era de ver las cosas que hacían y los medios a que apelaban para convencer a los descreídos y a los indiferentes. Por supuesto, que la mayoría de los tales eran sencillamente unos sinvergüenzas, unos «vivos», que se fingían librepensadores y se dejaban poco a poco convencer a cambio de raciones de gallina, copitas de Jerez y hasta dinero muchas veces, que las cándidas hermanas les daban a cambio de arrancar un alma de las garras del demonio. Lo notable era que la mayoría de los que salían arrepentidos, volvían a entrar más descarriados que nunca. Y vuelta al trabajo de las hermanas, y a la gallina, y a las copitas de Jerez y a las pesetas. Otros, en cambio, los menos —justo es confesarlo— se negaban en absoluto a recibir auxilios espirituales. Y entonces era de ver la desesperación de las hermanas. Porque en este punto son intransigentes, excesivamente intransigentes. Yo he tenido con ellas muchos disgustos por esta causa. Hay que ser un poco tolerante con el prójimo, ¡qué caramba! Yo soy el primero en lamentar estos hechos cuando suceden; pero reconozco que la intransigencia en materias de religión es contraproducente. Verán ustedes, les voy a contar un caso muy notable.