Part 11
—No, no es... ¿Cómo va a ser, si está en Bilbao?
—Pero podía haber venido.
—Te digo que no es. ¡Si le conoceré yo! Pero se le parece mucho.
—Oye, pues este es un buen tipo.
—Vale todavía más el otro. ¡Toma, ya lo creo! Como que no tiene más que treinta y dos años. Un hombre elegantísimo, con una educación admirable; ¡qué educación, muchacho! Y simpático, ¿eh?, un hombre de mundo, capaz de enamorar a cualquier mujer. ¡No te me achares tú, tonto! —exclamó al observar el gesto de desagrado que se pintó bruscamente en el rostro de Luis—. ¡Si yo no le quiero! De verdad, sin tontería, yo no sé por qué no me tira ese hombre. Vamos, te voy a ser más franca. Creo que si no tuviera dinero, puede que le quisiera; pero así, yo no sé qué me pasa, me hiela. Oye: ¿por qué será esto que nosotras no queremos nunca al hombre que nos paga?
—¡Yo qué sé! —contestó Luis malhumorado.
—¡Pero qué tontísimo y qué mamarracho eres! ¿Te vas a enfadar ahora?
—No; me voy a salir por seguidillas, si te parece.
—Bueno; ¿y a qué viene todo esto?
—Viene a que si tú tuvieras dos dedos de sentido común, no dirías lo que has dicho, ni harías comparaciones que ofenden y molestan. Me parece que yo no te he restregado todavía ninguna mujer por las narices.
—No ha habido por qué.
—Pues ya ves, tú, en cambio.
—Lo hice sin intención.
—Pero lo has hecho.
—Bueno, pues mejor. Demasiadas explicaciones te he dado ya.
Y separándose bruscamente del brazo de Luis, echó a andar sola, abanicándose.
—No, si la culpa no la tienes tú —contestó Luis sin mirarla, liando nerviosamente un cigarrillo de papel—. La culpa la tengo yo, que soy tan criatura y tan inocente que me creo...
—¿Qué? —preguntó ella deteniéndose.
—No, nada —contestó Luis mordiéndose los labios. Y ambos siguieron su camino cabizbajos y tristes. Al llegar frente al café de la Bolsa, el joven se detuvo de nuevo para preguntarla secamente—: ¿dónde vamos?
—Donde tú quieras. Lo mismo me da. Así como así, ya me has estropeado la noche.
—¿Quieres ir a la verbena?
Isabelilla se encogió de hombros sin contestar, y siguió andando sola.
—¡Eh, cuidado, mujer! —gritó él cogiéndola violentamente del brazo para librarla de un caballo que se le echaba encima—. ¿No ves que viene un coche?
—Déjalo; mejor. ¡Para lo que una vale!
Lo dijo con acento tan amargo, que él se sintió conmovido, y sin soltarla del brazo, mejor dicho, oprimiéndoselo con dulzura, se la quedó mirando fijamente. Ella también alzó los párpados y, silenciosa, le envolvió en la mirada de sus ojos azules, de sus ojos grandes, serenos, tranquilos, más tristes que nunca.
Y siguieron andando.
La muchedumbre se extendía alegre y bulliciosa por el paseo inmenso, entre los puestos de juguetes, de bisutería barata, de comestibles indigestos, chufas, avellanas nuevas con su cáscara verde; dorados altramuces, tostados cacahuetes anillados y panzudos como capullos de gusano de seda; puestos de frutas con redondas manzanas, verdes peritas de San Juan, aterciopelados albaricoques, rojas naranjas, racimos de grosella que agitaban temblando sus bolitas de grana. Los puestos de flores estaban más arriba, al principio del paseo, alineados a ras del suelo como en patio andaluz; pequeños tiestecillos de albahaca, grandes tiestos de geranios; espléndidas hortensias, blancas, violeta, de color de rosa; las grandes magnolias cortadas de su tallo con las anchas hojas cubriendo los pétalos, llenaban el espacio de aromas penetrantes; los rosales extendían sus ramas espinosas cuajadas de capullos, de rosas a medio abrir, de rosas abiertas, de rosas deshojadas; mostraban los dondiegos sus flores nocturnas, y languidecían en las jarras las varitas de nardo, en tanto que los claveles se balanceaban orgullosos sobre las macetas, los claveles amarillos, los pálidos claveles, los claveles disciplinados, los grandes claveles reventones rojos y blancos. Allí estaban también los puestos de helados y refrescos, vistosamente engalanados con guirnaldas de hojas y cadenetas de papel de colores, unos con bombillas eléctricas, otros con farolillos venecianos, todos llenos de gente que charlaba y gritaba y reía sin dejar de beber. La luz caía sobre la mesa, blanqueando los vasitos de horchata, dorando el agua de limón, tornasolando el agraz, abrillantando las poncheras de metal reluciente donde el hielo se liquida y la cerveza salta en rizos de espuma. Y allí estaban también las aguadoras ambulantes, las pobres viejecitas del delantal blanco y enormes vasos llenos de agua cristalina y pura. ¡Del Berro fresquita! ¡Fresquita del Berro!
—¿Vamos hacia arriba?
—Como quieras.
Deshicieron el camino volviendo a pasar por delante de los puestos de bisutería y comestibles, arrastrados por la corriente de la muchedumbre que se deslizaba compacta, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, con sordo rumor de río desbordado. Pasaron otra vez ante los puestecitos portátiles, los pequeños tenderetes de chucherías y juguetes baratos de hojalata y de cartón, los juguetes del perro gordo y hasta del perro chico, los abanicos de papel, las mariposas de talco, las figuritas de yeso, todas las habilidades de la industria menuda y del ingenio anónimo. De trecho en trecho, entre corros de sencillos admiradores, hacían su agosto los vendedores del juguete de actualidad, del juguete de moda, del último juguete recién traído de los bulevares de París, la rana que salta y el cochecito que corre y el pájaro que vuela; los aparatitos de actualidad práctica, la pluma que escribe sin tinta, la lamparilla que se enciende sola, la maquinita para afilar cuchillos.
Al llegar al obelisco del Dos de Mayo, la verbena se interrumpía bruscamente para reanudarse en seguida más animada aún con los caballitos de madera, los _carrousels_ mecánicos, que giraban frenéticos, poseídos de delirante vértigo, mientras las máquinas, detrás de ellos, resoplaban fatigosas como monstruos cansados; las tiendas de bebidas, los _pim... pam... pum..._, con sus muñecos cabezudos vestidos de trapo; los destartalados barracones con exhibiciones extravagantes y maravillosas: «la Mujer Araña viviente, cazada en los desiertos salvajes de África»; «el Perro con seis patas»; los teatros _Guignol_, las marionetas, los grandes cinematógrafos con sus anuncios sugestivos de palpitante actualidad; los tiros al blanco, un maremágnum de cosas diversas y mezcladas, una endiablada confusión de tenduchos y casetas, y diversiones y espectáculos, todo revuelto, todo aglomerado, en desordenado desconcierto, campanas que tocan, payasos que gritan, vendedores que vocean, parroquianos que llaman, trompetas que suenan y bocinas que aturden; y dominando este infernal estrépito, reforzándole, sobreponiéndose a los gritos y a las campanas y a las trompetas y a los secos disparos de las carabinas, el resonar continuo y estridente de los antipáticos orquestrones.
Más adelante, entre el olor del aceite y las nubes de humo que asfixian los pulmones, los puestos de churros y buñuelos, con sus alegres camareras vestidas con faldas de volantes y los cabellos coronados de flores; y en todas partes, en el Botánico y en el Dos de Mayo y en el Prado y en la Cibeles, empujándose, codeándose, arrastrando los pies, contenta y bulliciosa, la muchedumbre, esa muchedumbre madrileña, siempre ansiosa de libertad, de fiesta y de alegría.
—¿Volvemos?
—Lo que tú quieras.
—No; lo que quieras tú, rica; a mí ¡qué más me da! ¡Con tal de ir contigo!
Ella no contestó, pero su brazo se apoyó con más fuerza en el brazo de Luis. Y siguieron andando hacia adelante, Botánico abajo, amorosamente enlazados, despacio, muy despacio, bajo la sombra de los grandes árboles.
—Isabelilla... Isabelilla...
—¿Qué?
—¿Me quieres?
Detúvose ella, levantó la cara; le miró a los ojos, y con un suspiro hondo, tan hondo que parecía salir de las entrañas, le contestó apasionadísima:
—¡Con toda mi alma!
—¡Bendita sea tu boca!
Volvieron la cabeza; miraron, no había nadie; juntaron los labios y se besaron con rápido chasquido.
—¡Mi Luis!
—¡Mi Isabel!
Y siguieron andando.
XIX
Hacía cuatro días que Luis no asomaba por la redacción. Desde la verbena de San Juan se fueron Isabelilla y él a solemnizar las paces a las Ventas del Espíritu Santo, de manera que cuando llegaron al merendero de Los Andaluces, eran las dos de la madrugada, y cuando terminaban de cenar, las luces de la aurora alumbraban la mesa. Frente a la plaza de toros rompiose a la vuelta una de las ruedas del coche que los conducía; tuvieron que dejarle abandonado en medio del camino y continuar el viaje a patita y andando. Gracias a que la mañana estaba fresca, contento el espíritu y el cuerpo satisfecho con la cena y mucho más aún con el pardillo que en alegres vapores retozaba dentro de su cabeza. Como el poco sueño que les dejó el vino se encargaron de disiparlo el ejercicio del paseo y la frescura del amanecer, se encontraron ante las verjas del Retiro despiertos y despabilados, y con más ganas que nunca de pasear y divertirse. Y como las puertas estaban abiertas y en realidad ninguna prisa les corría por volver a casa, ella preguntó sonriente:
—¿Me convidas a un vasito de leche?
—Vaya por el vasito —contestó él—; y se metieron Retiro adentro, hasta la vaquería.
Después, antojósele a Luis dar un paseo en barca por el estanque, para estirar los brazos y demostrar sus habilidades náuticas. La verdad es que, como remar, remó bastante mal; pero en cambio se desolló las manos y puso a Isabelilla de remojones y mojaduras que no había por donde cogerla.
—Gracias a que estamos en verano y me he traído el trajecito viejo.
Animada por los remojones, ella propuso entonces que se los dieran completos y formales en una casa de baños. Por supuesto en cuartos separados. Yo no me desnudo delante de nadie.
Entre unas cosas y otras llegaron a casa a las once y media, cuando ya la pobre Pepa, desesperada, había resuelto salir a buscarlos por Prevenciones y Casas de Socorro. «Porque no es posible otra cosa: a esta chica tiene por fuerza que haberle sucedido una desgracia».
—Pues, nada, afortunadamente no nos ha sucedido cosa mayor. La única desgracia mía es la de querer a este tío, que me tiene loca.
—Bueno ¿y qué vais ustedes a hacer ahora? —preguntó Pepa—, porque supongo que no os acostaréis.
—¡Hombre, claro que no! No faltaba más. Ahora almorzaremos.
Y almorzaron, en efecto, con una hambre devoradora.
—Es curioso lo que estos paseos despiertan el apetito. Porque has de saber, Pepilla —decía Isabel, con la boca llena— que esta madrugada cenamos opíparamente y después nos desayunamos como si tal cosa. Son muy sanos estos paseos ¡Qué lástima que yo no pueda levantarme todos los días a las cinco!
—Pero puedes no acostarte.
—¡Claro! Como hoy. No, hijo, no; estas cosas son para una vez.
—¿Tienes sueño?
—Ni chispa.
Y como no le tenían, se pusieron a jugar el café al tute, un café con leche del Café.
—Es peor que el de casa, pero, ¡qué quieres! me gusta más.
Después de perder el café Isabelilla, de pagarle Luis y de prepararle y servirle la Pepa con la habilidad de un cochero de punto o de un escribiente de cualquier oficina del Estado, los dos seres que, según opinión de todos los autores, llevan mejor a cabo esta empresa complicada y dificilísima, Luis empezó a arreglar los cuadros del gabinete, que le pareció que estaban desnivelados y torcidos. Desterró para siempre unas espantosas oleografías y en cambio colocó en lugar preferente una vieja pintura sobre cobre, que encontró en el pasillo, cerca del cuarto de la criada.
—Pero, hombre, ¿vas a poner ese mamarracho?
—Mamarracho..., mamarracho... Es un cuadro magnífico; lo mejor que tienes en tu casa.
No estaba él muy seguro de que el tal cuadro fuera realmente una joya; pero como la patina del tiempo le daba un aspecto de antigüedad muy respetable y las caras de las figuras, única cosa que se percibía algo, eran, por otra parte, bastante correctas, le colocó ufano en medio del gabinete, con gran admiración de Isabelilla, que no acertaba a comprender cómo aquellos negros chafarrinones podían tener tanto mérito.
En cuanto comenzó a caer la tarde se apoderó de ellos un sueño terrible que a cada instante les cerraba los párpados y les hacía abrir la boca con enormes bostezos. Obligaron a Pepa a que aligerara la cena y se metieron en la cama.
Parecía natural que al día siguiente se levantaran temprano; así al menos aquella lo esperaba; pero con gran asombro suyo, a las once de la mañana seguía cerrada la puerta y por las rendijas no se divisaba luz alguna ni se oía el más insignificante ruido de vida. Por fin, con el pretexto del chocolate, se determinó a entrar en la alcoba y los encontró profundamente dormidos.
—¿No les da a ustedes vergüenza? Las once de la mañana... ¡Catorce horas durmiendo...!
—No, durmiendo no; nos hemos despertado a las siete; pero este se puso a contar cuentos, unos cuentos chistosísimos. Yo me reía las tripas. Porque te advierto que tiene la mar de sal para contar chascarrillos. Anda, cuéntale uno a la Pepa, aquel de las monjas y el jardinero..., ¡ja..., ja..., ja...!
Y se reía como una loca al recordarle en su imaginación.
—¡Qué tontísima eres!
—Es que tiene muchísima gracia. Anda, cuéntale. Verás, Pepa, qué gracia tiene.
Pepa se sentó a los pies de la cama y Luis no tuvo más remedio, entre sorbo y sorbo de chocolate, que contar el cuento, y luego otro y otro y otro, todos en verdad muy divertidos, muy alegres y muy picantes, que las dos mujeres escuchaban riendo a carcajada tendida.
Total: que se levantaron a la una. Era domingo y a Isabelilla se le antojó ir a los toros. ¿Cómo negarse? Lo malo estaba en que para satisfacer este capricho, lo primero que hacía falta era dinero, y Luis no tenía un cuarto; pues las veinte pesetas que se salvaron de La Bombilla habían caído en las Ventas y en el Retiro, y no pasaba porque ella pagara, eso no; no estaba dispuesto en manera alguna a consentirlo.
—Mire usted, Pepa. Isabel quiere que la lleve a los toros, y yo no tengo en este momento dinero encima. Hágame usted el favor, sin que ella se entere, de empeñar esto en cualquier parte. Dan diez duros.
Y le entregó el alfiler de corbata que quince días antes le devolviera Boncamí.
—¡Qué lástima! ¡Empeñar un alfiler tan mono!
Vaya, que no lo llevaba. Si le hacían falta las cincuenta pesetas, ella se las prestaría con muchísimo gusto... Casualmente las tenía...
—No, no. Pepa, de ningún modo; no faltaba más.
—¿Pero, por qué, señor? Si se trataba solo de unos días, ¿qué necesidad tenía de pagar réditos? Además, es domingo, y las casas de préstamos están cerradas.
El argumento era decisivo; no tenía más remedio que conformarse y aceptar el préstamo, aun sabiendo que así la devolución tendría que ser más cara y más inmediata. Pero el inconveniente estaba vencido, y esto era lo principal por el momento. Aceptó, pues, el billete; envió por conducto de la Pepa una nueva carta a Sánchez Cortina y satisfizo el capricho de Isabelilla, llevándola a la fiesta nacional. Al salir de la plaza se dio cuenta Luis por primera vez de que la pechera de su camisa estaba negra de puro sucia, y de que sus puños parecían los de un carbonero.
—Mira, chiquilla, no tengo más remedio que ir a casa a mudarme.
—Sí, sí, a casa. Lo que tú quieres es ir a ver a la otra.
—No seas tonta, mujer; te digo que voy a casa.
—Bueno, pues yo iré contigo.
—¿Estás loca? ¡Eso es imposible!
—¿Imposible? Pues mira tú lo que son las cosas. Ahora es cuando yo tengo deseos de ir. Y voy, ¡ea!
—Mira, Isabel —dijo Luis afablemente, convencido de que por las malas no conseguiría nada de ella—; no es que mi casa se deshonre porque tú la visites ni muchísimo menos; se vestiría de fiesta para recibirte; pero es el caso que los dueños son unos viejos muy especiales; viven en el entresuelo y se enteran de todo; en seguida creerían que me paso la vida llevando mujeres allí; empezarían con dimes y diretes, tendría que acabar por mandarlos a paseo y mudarme y, la verdad, es una casita muy linda y muy barata, y no me conviene salir de ella.
—¿No me engañas?
—No te engaño, mujer. ¿Qué interés podría yo tener en engañarte? —contestó Luis muy satisfecho al ver el poco trabajo que le había costado convencerla.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Pues mira, vamos a hacer una cosa. Me llevas por la noche, cuando esté cerrado el portal. Así no se entera nadie..., y yo la veo. Porque es que tengo yo capricho de ver tu casita, ¡ea!, ¿lo quieres más claro?
—Bien, mujer —contestó resignándose—; pero con una condición.
—Con todas las que tú quieras.
—Que tenemos que ir muy tarde.
—Cuando te parezca.
—Y marcharnos en seguida.
—Cuando te dé la gana. ¡Qué buenísimo eres!
—¡Claro! Dejando triunfar tus caprichos, muy bueno.
—¿Y qué otra cosa tienes tú que hacer en el mundo, tonto?
Conforme a lo convenido, a la una de la madrugada el sereno de Luis les abría la puerta.
—Bueno —preguntó Isabelilla—. ¿Y la de tu casa? ¿Cómo la vas a abrir? Porque yo no te he visto llave ninguna.
—Ni la verás. Cualquier día me echo yo encima dos kilos de hierro. ¡Menuda llave es!
—Pues entonces, ¿cómo te arreglas para entrar en tu casa?
—De una manera muy sencilla; como se entra en casi todas las casas de huéspedes. Ahora verás.
En efecto, en cuanto llegaron a la puerta, Luis tiró del cordel y la puerta se abrió.
—¿Ves tú, mujer? Esto es de una sencillez primitiva.
—Pues, hijo, a mí me parece un disparate. Cualquier día te van a robar.
—¡Quia! No hay cuidado. Y aunque lo hubiera. ¡Para lo que se iban a llevar! Vaya, ya entraste en mi casita; ya estarás contenta.
Ella no contestó; observaba, miraba los muebles, los amplios sillones de gutapercha, la cómoda _chaise longue_, el armario de luna, la mesa de escritorio llena de libros y papeles en confuso desorden; chocábanle sobremanera los carteles de anuncios pegados en el papel del tabique como números de periódico taurino en pared de taberna, y contemplaba los retratos y caricaturas que en ellos alternaban, retratos de artistas, de hombres célebres, de mujeres hermosas, caricaturas grotescas al lápiz y al carbón; reíase, al verlas, como una chiquilla, y curiosa acercaba el quinqué para leer las dedicatorias.
—Oye, ¿sabes que es muy bonita tu casa?
—¿Te gusta?
—Mucho. ¡Cuántas mujeres habrás traído aquí! ¿eh?
Él protestó.
—¡Oh, no, ninguna, te juro que ninguna! Tú eres la primera.
—¡Bueno eres tú!
—Te digo que tú eres la primera que ha entrado, y bien sabes que contra mi deseo.
—Pues te fastidias, que he entrado, que he entrado —dijo mimosamente, restregando los nudillos—. Anda, enséñame tu casa; quiero verla toda.
—¡Oh, está pronto vista! Mira, la cocina; un poco chica y bastante oscura; para mí como si fuera un palacio de cristal; otro cuarto también oscuro; este le destino para libros y chismes viejos; la alcoba; ahí tienes mi cama, pura y honrada como la de una virgen.
Ella se echó a reír.
—¿De veras?
—Y tan de veras —contestó él, riendo también.
—¿Pero es posible?
—¡Toma! y tan posible.
Seguían riendo. Poco a poco se habían ido acercando el uno al otro. De pronto, ella enlazó los brazos a su cuello, y pegando los labios a su oído, le dijo en voz baja, muy baja y muy zalamera:
—Luisillo..., tengo un capricho; ¿eres tú capaz de negarle un capricho a tu nena?
XX
—Adiós, María; vaya usted con Dios.
—¡Ay, Castro, perdone usted, no le había visto!
—¿Dónde tan madrugadora?
—A misa. ¿Y usted?
—A la redacción.
—También usted madruga.
—¿Qué se va a hacer?, no hay más remedio. Y Luis, ¿está mejor?
—¡Cómo! ¿Qué dice usted? ¿Acaso está malo?
—Sí, está enfermo; hace cuatro días que no viene al periódico.
—Pues, nada, no sabía nada... Supongo que cuando nada me ha dicho, no será cosa de cuidado.
—Eso supongo yo y eso deseo.
—Muchas gracias.
—A los pies de usted, María.
—Adiós, amigo Castro.
Por primera vez en su vida la devoción faltó a su pecho y las oraciones murieron en sus labios. Por más esfuerzos que hacía para sujetar sus ideas, sus ideas huían de la iglesia, lejos muy lejos.
No tuvo paciencia para escuchar el final de la misa. Mucho antes de que acabara salió del templo, y sin dudas ni vacilaciones se dirigió a casa de Luis.
La puerta estaba cerrada; tiró del cordel; dulce oscuridad inundaba el pasillo; no se oía nada.
—Está durmiendo —pensó, y siguió andando.
Al entrar en la alcoba se detuvo. Nunca hubiera entrado. Sobre la blanca almohada vio dos cabezas juntas, la de Luis y la de una mujer joven y hermosa. Un rayo de sol, filtrándose por una rendija, caía sobre ella, incendiando su cabellera rubia.
Dormían tranquilos, amorosamente abrazados como dos seres que se quieren mucho. Sobre el encaje de la sábana las manos se estrechaban como unidas en un eterno y dulce juramento de amor. Los labios sonreían. ¡Qué felices debían ser, qué felices! ¡Y qué bonita era ella, qué bonita!
Tibias y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos y copiosas regaron sus mejillas. Oculta tras los cortinajes de la alcoba, con las piernas temblorosas, falta de alientos y falta de fuerzas, estuvo mirándolos durante mucho tiempo. Después se alejó lentamente. Cruzó de puntillas el estrecho pasillo. Con sumo cuidado abrió y cerró la puerta y se marchó.
Ni la portera ni nadie la vieron entrar ni salir.
XXI
Entró en la redacción con las orejas gachas, convencido de antemano de la regañina que le iban a echar, y desde luego resignado a sufrirla.
—¿No está el director? —preguntó asomando tímidamente la cabeza.
—¿Qué director?
—¿Qué director va a ser? Sánchez Cortina.
Todos le miraron asombrados.
—¡Pero cómo!... ¿no sabes?
—Ni una palabra. ¿Qué ocurre?
—¡Anda Dios! ¡Pues ahí es nada! ¡Friolera!
—Queridos, como no os expliquéis...
—Pues que Sánchez Cortina ya no es director. Al día siguiente de ponerte tú malo, se planteó la crisis, por diferencias en las cifras de los presupuestos, y Sánchez Cortina se calzó la cartera de Agricultura. Se ha llevado a Pedrosa de secretario particular, y Castro se ha encargado de la Dirección. ¿Pero de veras no sabías nada?
—De veras. Estos cuatro días me he permitido el lujo de no leer un solo periódico.
—Pues sí, hijo, sí, todas esas cosas han sucedido, y las que sucederán. Porque te advierto que vamos a hacer grandísimas reformas en _El Combate_. Desde primero de mes se aumenta el tamaño, tendremos subvención y subirán los sueldos. ¿Eh, qué te parece?
Muy bien, le parecía muy bien; ya lo creo, admirable. «Está visto —pensó— que en este mundo todo es cuestión de rachas. Viene la mala y a morir, viene la buena y todo sale a pedir de boca. Puesto que ahora estoy en la buena, justo es que la aproveche».