El terror de 1824

Part 9

Chapter 93,950 wordsPublic domain

Doña Robustiana exhaló la mitad de su alma en un gemido.

—No quiere esto decir que don Benigno y su niña no puedan salir —añadió Bragas—; saldrán, sí, señora; saldrán con la ayuda de Dios. Pero es difícil, sumamente difícil, ¿por qué he de decir otra cosa? ¿Por qué he de engañar a usted con ilusiones que luego serían amargos desengaños? Ahora examinemos el delito de nuestros queridos presos.

Al oír esto estremeciose otra vez el lecho, y oyéronse sílabas torpemente articuladas.

—El señor don Benigno y su hija han sido delatados, no se sabe por quién ni es fácil saberlo. Por más que yo he tratado de averiguarlo, no me ha sido posible. Acúsanles de..., pero vamos por partes, para mayor claridad. Parece que Elenita tiene un novio llamado Ángel Seudoquis.

—¡Es mentira, es una infame impostura! —exclamó doña Robustiana, sobreponiéndose a su estado nervioso—. Mi hija no tiene novio.

—Ángel Seudoquis —prosiguió Pipaón, dando poca importancia a la negativa de la enferma—, hermano de don Rafael Seudoquis, militar sin purificar, degradado y aun creo que condenado a muerte por varios horrorosos crímenes de Estado. Según consta en la delación, Rafael Seudoquis, que ha venido de Inglaterra con órdenes de los revolucionarios para hacer una tentativa, se valió de su hermano Ángel, novio de la niña, para ponerse en comunicación con don Benigno, el cual parecía tener encargo de ayudarle...

—¡Qué horrible maquinación! ¡Qué tejido de infames mentiras! —murmuró doña Robustiana ahogando los sollozos—. Sola, tú que nos conoces y sabes quién entra y sale en nuestra casa, ¿no te horrorizas de oír tales calumnias?

Soledad no contestó nada. Tenía un nudo en la garganta.

—En la delación consta también —prosiguió el amigo de la casa— que Rafael Seudoquis entró dos veces seguidas disfrazado..., grandes barbas, aspecto fiero..., yo no le conozco. Ello es que le vieron entrar. Guardábale el bulto su hermano, paseando en la calle. Consta que Elena recibía de él papeles que luego entregaba a don Benigno, y constan otras estupendas cosas que no recuerdo en este momento.

—Consta que los jueces y delatores son un enjambre de miserables bandidos —afirmó doña Robustiana con ira, incorporándose—. Sola, ¡por Dios santo!, tú que nos conoces, di a ese hombre que se engaña, porque también él, con ser nuestro amigo, parece dar crédito a tales patrañas.

—Yo ni afirmo ni niego..., poco a poco —manifestó Pipaón, conservándose en aquel saludable justo medio que le había llevado a considerables alturas burocráticas—. El señor don Benigno y su hija pueden ser inocentes y pueden no serlo: de un modo o de otro, es el señor Cordero un excelente amigo, a quien debo servir y serviré con todas mis fuerzas.

Levantose. La enferma, acometida por una convulsión, desplomose sobre las almohadas.

—Ánimo, señora —dijo con la frialdad del médico que pone recetas en el momento de la muerte—. Usted me conoce y sabe que haré cuanto de mí dependa. El caso es grave, gravísimo; ignoro hasta dónde puede llegar mi influencia; pero hay que confiar en Dios, que hace milagros, que los ha hecho algún día, que los volverá a hacer, señora, si es preciso. Dios ampara a los buenos.

Emitida esta máxima, se llevó el pañuelo a los ojos, como si quisiera limpiar la humedad de una lágrima auténtica; y después de echar un suspirillo mal sacado, salió de la alcoba, dejando a las dos mujeres más atribuladas de lo que estaban antes de su aparición.

Muy avanzada la noche, cuando la enferma, vencida por la fatiga, pudo hallar en un ligero sueño alivio a las penas de su alma, Sola subió a su casa. Ordinariamente subía la escalera en veloces saltos, cual pájaro que vuela a su nido; aquella noche la subió lentamente, con tanto trabajo como si cada escalón fuese una montaña. No apartaba los ojos del suelo, y su rostro estaba lívido. Sin duda veía dentro de sí misma espectros que la horrorizaban.

—¿Qué tienes, niña mía? —le preguntó Sarmiento, que había salido a abrirle—. ¡Cuánto tiempo sin verte!... Esa pobre gente estará muy afligida. Y gracias que tienen un ángel como tú para que les acompañe.

La huérfana no contestó nada. La voz de don Patricio parecía no ser para ella más interesante ni más expresiva que el áspero chirrido de los goznes de la puerta.

—¿Qué tienes? ¿En qué piensas? —dijo el anciano sentándose junto a ella—. Tú tienes algo.

Después de una pausa en que silenciosamente la contempló, dijo:

—¡Ya comprendo, pobre de mí! Ha llegado el momento de separarte de tu viejo, de meterme en un hospicio y de marcharte para Inglaterra. Como me has tomado algún cariño, esta separación no puede menos de afligirte.

—Ya no me voy para Inglaterra —murmuró Sola con una seriedad sepulcral que desconcertó más a Sarmiento.

—Pues entonces..., eso que me has dicho me causa muchísima alegría, hija de mi corazón. ¿Conque no te vas? ¡Qué sabrosas nuevas has traído esta noche a tu viejecito! Dame un abrazo.

Al caer en los brazos del vagabundo, y cuando este la estrechaba con amante ardor en ellos, Sola gimió dolorosamente y se echó a llorar.

—¡Ay!, abuelo..., ¡qué desgraciada es tu niña!... —exclamó—. Más le valdría no haber nacido.

XIV

En la planta baja del edificio que se llamó primero Cárcel de Corte, después Sala de Alcaldes, más tarde Audiencia, y que ahora va en camino de llamarse, según parece, ministerio de Ultramar, estaba situada la Superintendencia general de Policía. La cárcel ocupaba el inmundo edificio, que ya no existe, en la manzana inmediata, hacia la Concepción Jerónima, y que fue casa y hospedería de los padres del Salvador. Desde uno a otro caserón la distancia era insignificante, como la que existe entre la agonía y la muerte, y a falta de un Puente de los Suspiros, existía el callejón del Verdugo, de fácil tránsito para los que del tribunal pasaban a los calabozos o de los calabozos a la horca.

Las respetables oficinas de aquella institución (firme columna del orden político dominante entonces), tenían alojamiento tan digno de los jueces como de las leyes en las indecorosas crujías que ha visto no hace mucho todo el que tuvo la desgracia de frecuentar los Juzgados de primera instancia. La Comisión militar, que era la que juzgaba a toda clase de delincuentes, tenía su albergue en un antiguo edificio de la plazuela de San Nicolás; pero el presidente de ella frecuentaba tanto la Superintendencia, que se había mandado arreglar un despacho en el ángulo que da al callejón del Verdugo. El superintendente recibía en la sala contigua a la callejuela del Salvador. El contraste, horriblemente burlesco, entre los nombres de las fétidas callejuelas por donde respiraban los dos instrumentos más activos del poder judicial y político, no establecían diferencia esencial entre ellos, porque ambos eran igualmente patibularios. Las odiosas antesalas de la horca eran negras, tristes, frías, con repulsivo aspecto de vejez y humedad, repugnante olor a polilla, tabaco, suciedad, y una atmósfera que parecía formada, de lágrimas y suspiros.

En todas las grandes poblaciones y en todas las épocas ha existido siempre un infierno de papel sellado, compuesto de legajos en vez de llamas, y de oficinas en vez de cavernas, donde tienen su residencia una falange no pequeña de demonios bajo la forma de alguaciles, escribanos, procuradores, abogados, los cuales usan plumas por tizones, y cuyo oficio es freír a la humanidad en grandes calderas de hirviente palabrería que llaman autos. El infierno de aquella época era el más infernal que puede imaginar la humana fantasía espoleada por el terror.

En una serie de habitaciones sucias y tenebrosas tenían sus mesas los demonios inferiores, muy semejantes a hombres a causa de su hambrienta fisonomía y de su amarillo color, resultado, al parecer, de una inyección de esencia de pleito, que se forma de la bilis, la sangre y las lágrimas del género humano. Con los brazos enfundados en el manguito negro, desempeñaban entre desperezos, cuchicheos y bocanadas de tabaco, sus nefandas funciones, que consistían en escribir mil cosas ineptas. Con su pluma, estos diablillos pinchaban, martirizando lentamente; pero más allá, en otras salas más negras, más indecorosas y más ahumadas con el hálito brumoso de la curia, los demonios mayores descuartizaban como carniceros. Sus nefandas rúbricas, compuestas de trazos nigrománticos, abrían en canal a las pobres víctimas, y cada vez que llenaban un pliego de aquella simpática letra cuadrada y angulosa que ha sido el orgullo de nuestros calígrafos, daban un resoplido de satisfacción, señal de que el precito estaba bien cocho por un lado y era preciso ponerlo a cocer por el otro.

Las mesas negras, desvencijadas, cubiertas de hule roto por donde corría libremente la arenilla secante esperando a que se acercara una mano sudorosa para pegarse a ella, sostenían los haces de llamaradas, los paquetes de ascua, en forma de barbudos legajos amarillos, todos garabateados con la pez hirviente de los tinteros de plomo o de cuerno, en cuyo horrendo abismo se cebaban las ávidas plumas.

Mientras algunos de estos demonios escribían, otros no se daban reposo, entrando y saliendo de caverna en caverna y llevando recados a la Superintendencia y a la cárcel. Los alguaciles y ordenanzas, que eran unos pajecillos infernales muy saltones, transportaban grandes cargamentos de materia ígnea de un rincón a otro; sonaban las campanillas, como una señal demoniaca para activar los tizonazos y la quemazón; se oían llamamientos, peticiones, apuradas preguntas; buscábase entre mil legajos, el legajo _A_ o _B_; se recriminaban unos a otros los del manguito en brazo y pluma en oreja; arrojaban fétidas colillas; volaba el papel con el pesado aire que entraba al abrir y cerrar las puertas; oíase chirrido de plumas trazando homicidas rúbricas, y movíanse, gimiendo sobre sus goznes mohosos, las mamparas, en cuyo lienzo roto se leía: _Departamento de purificaciones... Padrón general... Sentencias... Pruebas... Negociado de sospechosos_.

La Superintendencia de policía y la Comisaría militar se diferenciaban poco en el fondo y en la forma, y no se juzgue a la segunda por su calificativo, creyendo que imperaba en ella el criterio comúnmente pundonoroso y honrado de nuestro ejército. La presidía un terrible individuo que vestía de brigadier, para baldón del uniforme español; militares eran también sus vocales y el fiscal; pero todo su mecanismo interno, su personal secundario, así como sus procedimientos, habían sido tomados de la curia más abyecta. Entonces no había propiamente ejército, porque casi todo él estaba sujeto al juicio de purificación. Los voluntarios realistas, cuyo jefe era el ministro de la Guerra, sostenían el orden social, auxiliando a los sanguinarios tribunales y también imponiéndose a ellos. La Comisión militar, que contaba en el número de sus diversas misiones la de purificar a aquel nefando ejército, casi totalmente afecto a la Constitución, estaba en absoluto sometida a la voluntad de aquella odiosa palanca del gobierno llamada don Francisco Chaperón. Los demás altos individuos del aborrecido tribunal eran figuras decorativas que solo servían para hacer resaltar con su penumbra la roja aureola infernal del presidente.

Aguardaba el público en la portería de la Comisión (plazuela de San Nicolás), impaciente, mugidor, grosero, blasfemante. Componíase en gran parte de los oscuros ministros de la delación y de los testigos de cargo, porque los de descargo no eran en ningún caso admitidos. Había personas de todas clases, abundando las de la clase popular. De la clase media eran pocas; de la más elevada poquísimas. Reuniéndolo todo, lo de dentro y lo de fuera, el gentío que escribía y el que esperaba, los diablos grandes y pequeños y sus cómplices delatores, podría haberse formado un magnífico presidio. La inocencia no habría reclamado para sí sino a poquísimas personas.

Grande era el alboroto entre los que esperaban, por querer cada uno entrar antes que los demás, y los voluntarios tenían que forcejear a brazo partido para mantener el orden y establecer un turno riguroso.

—Yo estaba primero, señora... Échese usted atrás.

—¿Usted primero? Si estoy aquí desde la madrugada.

—Guardia, aquí se ha colado esta mujer. Ha venido después que yo y está delante.

—Le digo a usted que estoy aquí desde la madrugada.

—¿A qué viene usted, hermosa? Si viene usted como testigo, ha de esperar a que la llamen... Aunque no se admiten aquí testigos con faldas.

—No vengo como testigo.

—¿Viene a reclamar?... Tiempo perdido.

—No vengo a reclamar.

—¿A delatar?

La mujer calló. Era joven; vestía modestamente de negro, con mantilla; estaba pálida: sus ojos grandes y oscuros se abatían con tristeza.

—¿Pero usted a qué viene? —le preguntó el voluntario encargado de mantener el orden.

—A ver al señor Chaperón. Ya se lo he dicho a usted seis veces.

—Acabáramos... ¿Y no podría usted ver en su lugar al segundo jefe?

—No, señor. Tengo que hablar con el señor Chaperón, con el mismo señor Chaperón.

—Pues aún aguardará usted un ratito.

Una hora después, el mismo se acercó a ella, y en tono de benevolencia le dijo:

—Ahora, en cuanto salga ese señor sacerdote que acaba de entrar, pasará usted.

—Ya es tiempo.

—¿Ha esperado usted mucho, niña?

—Seis horas: son las diez. Apenas puedo ya tenerme en pie. Ayer también estuve a las ocho de la mañana. Me dijeron que esto era cosa de la Superintendencia. Fui a la Superintendencia... Allí esperé seis horas; fui de oficina en oficina, y al fin un señor muy gordo me dijo que yo era tonta y que la Superintendencia no tenía nada que ver con lo que yo iba a decir; que marchase a ver al señor Chaperón. Por la noche le busqué en su casa; dijéronme que viniese aquí...

—Usted viene a dar _informes_ a la Comisión militar —dijo el voluntario realista, encubriendo con estas palabras la infame idea de la delación.

La joven no contestó nada.

—Ya puede usted pasar —oyó decir al fin; y otro voluntario, especie de Caronte de aquellos infernales pasadizos, la guio adentro.

Al atravesar el lóbrego pasillo, oprimiósele el corazón, tembló, creyendo que una infernal boca se la tragaba y que jamás vería la clara luz del día. Rechinó una mampara. La mujer vio una estancia regularmente iluminada por los huecos de dos ventanas angostas, y entró. Allí había dos hombres.

XV

Uno estaba en pie, colocado frente al marco de la puerta; recibiendo la luz por detrás, todo él parecía negro, negro el uniforme, negras las manos, negra la cara. Pero en la sombra podía reconocerse fácilmente al celoso funcionario que dispuso la elevación de la horca en la plaza de la Cebada el 6 de noviembre de 1823.

Sentado el otro, escribía con la soltura y garbo de quien ha consagrado una existencia entera al oficio curialesco. Era un viejecillo encorvado y pergaminoso, con espejuelos verdes, las facciones amomiadas, el cuerpo enjuto. Mientras escribía, su espinazo era una perfecta curva, cuyo extremo, o sea la región capital, casi tocaba al papel. Al dejar la pluma recobraba lentamente su posición vertical, siempre bastante incorrecta, por tener su cabeza cierta tendencia a colgar balanceándose, como fruta madura que va a caer de la rama. Tenía la costumbre de subirse a la frente las antiparras verdes mientras escribía, y entonces parecía estar dotado de cuatro ojos, dos de los cuales se encargaban de vigilar la estancia mientras sus compañeros cubrían el papel de una hermosa letra de Torío, que en claridad podía competir con la de imprenta. Su nariz y la desaforada boca combinaban armoniosamente sus formas para producir una muequecilla entre satírica y benévola que producía distintos efectos en los que tenían la dicha de ser mirados por el licenciado Lobo, pues tal era el nombre de este personaje, no desconocido para nuestros lectores.[2]

[2] Véase _La corte de Carlos IV, Napoleón en Chamartín_ y otros volúmenes de la _Primera serie_.

La joven balbució un saludo dirigiéndose al de la mesa, que le parecía más principal. Después extendió sus miradas por toda la pieza, que se le figuró no menos triste y lóbrega que un panteón. Cubría los polvorientos ladrillos del suelo una estera de empleita que a carcajadas se reía por varios puntos. Los muebles no superaban en aseo ni en elegancia al resto de las oficinas, y las mesas, las sillas, los estantes ostentaban el mismo tradicional mugre que era peculiar a todo cuanto en la casa existía, no librándose de él ni aun el retrato de nuestro rey y señor don Fernando VII, que en el testero principal, dentro de un marco decorado por las moscas, mostraba la augusta majestad neta. Los grandes ojos negros del rey, fulgurando bajo la espesa ceja corrida, parecían llenar toda la sala con su mirada aterradora.

—¿Qué quiere usted? —gritó bruscamente Chaperón, mirando a la joven.

La turbación suele causar algo de sordera: así es que la interpelada dejose caer en una silla con muestras de gran cansancio.

—Gracias, señor; me sentaré. Estoy muy fatigada; no me puedo tener.

Su entrecortado aliento, su palidez, la sequedad de sus labios, indicaban una fatiga capaz de producir la muerte si se prolongara mucho.

—No he dicho a usted que se siente, sino que qué quiere —manifestó con desabrimiento el brigadier.

La joven se levantó vacilante como un ebrio.

—Puede usted sentarse, sí, siéntese usted —dijo Chaperón con menos dureza.

Lobo le hizo una seña amistosa, obsequiándola al mismo tiempo con un ejemplar de su sonrisa.

— Yo —dijo la joven dirigiéndose a Lobo, que le parecía más amable— quería hablar con el señor de Chaperón.

—Pues pronto, amiguita —gruñó este—; despachemos, que no estamos aquí para perder el tiempo.

—¿Es vuecencia el señor don Francisco Chaperón?

—Sí, yo soy... ¿qué se te ofrece? —repuso el funcionario, practicando su sistema de tutear a los que no le parecían personas de alta calidad.

—Quería hablar a vuecencia —dijo la muchacha temblando— acerca de don Benigno Cordero y su hija.

—Cordero... —dijo Chaperón recordando—. ¡Ah!, ya..., el encajero. Está bien. ¿Tú has servido en su casa?

—No, señor.

—Su causa está muy adelantada. No creo que haya nada por esclarecer. Sin embargo... Señor licenciado Lobo, recoja usted las declaraciones de esta joven.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Lobo tomando la pluma.

—Soledad Gil de la Cuadra.

—¡Gil de la Cuadra! —exclamó Chaperón con sorpresa dando algunos pasos hacia la joven—. Yo conozco ese nombre.

—Mi padre —dijo Sola reanimándose— era muy afecto a la causa del rey. Quizás vuecencia le conocería.

—Don Urbano Gil de la Cuadra... Ya lo creo. ¿Se acuerda usted, Lobo?... Últimamente se oscureció y no supimos más de él... Era un benemérito español que jamás se dejó embaucar por la canalla.

—Murió pobre y olvidado de todo el mundo —manifestó Sola, triste por la memoria, gozosa al mismo tiempo por una circunstancia que despertaría tal vez interés hacia ella en el ánimo de aquellos señores tan serios—. Sabiendo quién soy y recordando la veracidad y honradez de mi padre, tengo mucho adelantado en la opinión de vuecencias.

—Seguramente.

—Y darán crédito a lo que diga.

—El pertenecer a una familia que se distinguió siempre por su aborrecimiento de las novedades constitucionales, es aquí la mejor de las recomendaciones.

—Pues bien, señores —dijo Soledad animándose más—, yo diré a vuecencias muchas cosas que ignoran en el asunto de don Benigno Cordero.

—Anote usted, licenciado... En efecto, siempre me han parecido algo oscuros los hechos en ese endiablado asunto de Carnero... ¿No es Carnero?... No, Cordero. Tengo la convicción de su culpabilidad; pero...

—¡Oh, señor! —dijo Soledad con viveza—. Precisamente yo vengo a decir que el señor don Benigno y su hija son inocentes.

Chaperón, que iba en camino de la ventana, dio una rápida vuelta sobre su tacón, como el muñeco de una veleta cuando cambia el viento.

—¡Inocente! —exclamó arrugando todas las partes arrugables de su semblante, que era su modo especial de manifestar sorpresa.

Lobo dejó la pluma y bajó sus anteojos.

—Sí, señor, inocente —repitió Sola.

—Oye tú —añadió Chaperón—. ¿Habrás venido aquí a burlarte de nosotros?...

—No, señor, de ningún modo —repuso la huérfana temblando—. He venido a decir que el señor Cordero es inocente.

—Cordero..., inocente... Inocente..., Cordero... ¿Qué bien pegan las dos palabrillas, eh? —dijo el comisario militar con la bufonería horripilante que le aseguraba el primer puesto en la jerarquía de los demonios judiciales.

Habíase acercado a la joven, casi hasta tocar con sus botas marciales las rodillas de ella, y cruzando los brazos y arrugando el ceño, la miraba de arriba abajo desdeñosamente, como pudiera mirar el can a la hormiga. Soledad elevaba los ojos para poder ver la tenebrosa cara suspendida sobre ella como una amenaza del cielo. Su convicción y su abnegación dábanle algún valor, por lo cual, desafiando la siniestra figura, se expresó de este modo:

—Yo afirmo que los Cordero son inocentes, que están presos por equivocación. Ya se supone que no habré venido sin pruebas.

Ella ignoraba que en aquel odioso tribunal las pruebas no hacían falta para condenar ni para absolver. No hacían falta para lo primero, porque se condenaba sin ellas; ni para lo segundo, porque se condenaba también, a pesar de ellas.

—¡Conque pruebas...! —dijo el vestiglo marcando más el tono de su bufonería—. ¿Y cuáles son esas pruebecitas?

—Yo no vengo a negar el delito —afirmó Soledad con voz entrecortada, porque apenas podía hablar mientras sintiera encima el formidable peso de la mirada chaperoniana—. Yo no vengo a negar el delito, no, señor; vengo a afirmarlo. Pero he dicho... que el señor Cordero es inocente de ese delito, que el delito, ¿me entienden ustedes?, se achacó al señor Cordero por equivocación..., y esto lo probaré revelando quién es el verdadero... culpable, sí, señor; el culpable del delito..., del delito.

—Eso varía —dijo Chaperón apartándose—. Para probarme que no vienes a burlarte de nosotros, dime cuál es el delito.

—Un oficial del ejército, llamado don Rafael Seudoquis, vino de Londres con unas cartas.

—¡Ah!... Estás en lo cierto —dijo Chaperón con gozo, interrumpiéndola—. Por ahí, por ahí...

—Como Seudoquis no podía estar en Madrid sino día y medio, las cartas venían en un paquete a cierta persona que las debía distribuir y recoger las contestaciones.

—Admirable —dijo Chaperón como un maestro que recibe del examinado la contestación que esperaba—. Y Seudoquis no celebró entrevistas con Cordero, sino con otra persona. ¿No es eso lo que quieres decir?

—Sí, señor; Cordero ni siquiera le conoce. Lo del noviazgo de Elena con Angelito es verdad; pero don Rafael no ha visto a su hermano ni a ninguna otra persona de su familia en las treinta horas que estuvo en Madrid.

—Vamos, veo que conoces el paño... Bien, paloma. Ahora, revélanos todo lo que sabes. Lobo, anote usted.

Lobo tomó la pluma y subió otra vez a la frente sus verdes ojos sin pestañas.

—Yo no diré nada —afirmó Soledad con la firmeza de un mártir—, no diré una palabra aunque me den tormento, si antes vuecencia no me da palabra de poner en libertad al señor Cordero y a su hija.

—Según y conforme... Aquí no somos bobos. Si yo veo clara la equivocación...

—¡Pues no ha de verla!... Deme vuecencia su palabra de ponerles en libertad desde que conozca al verdadero culpable.

—Bueno: te la doy, te doy mi palabra; mas con una condición. No soltaré a los Cordero si no resulta que el verdadero delincuente es un ser vivo y efectivo, ¿me entiendes? Aquí no queremos fantasmas. Si es persona a quien podemos traer aquí para que confiese y dé noticias, para que vomite todo lo que sabe y expíe sus crímenes..., corriente. Tendremos mucho gusto en reparar la equivocación. ¿Para qué estamos aquí si no es para hacer justicia?

—El delincuente —dijo Sola con firmeza— es un ser vivo y efectivo, podrá confesar su culpa... Acabemos, señores, soy yo.