El terror de 1824

Part 8

Chapter 84,129 wordsPublic domain

Mas a pesar de ello, el anciano no advirtió que entrara gran porción de calma en su espíritu; antes bien sentíase más irritado, más inquieto, con propensiones a la furia y a protestar contra su malhadada suerte. Como llegara un instante en que no pudo permanecer en el abrasado lecho, levantose en la oscuridad y se vistió a toda prisa sin estar seguro de ponerse la ropa al derecho. Sentía impulsos de salir gritando por toda la casa, y de llamar a Sola, y echarle en cara la crueldad de su conducta y decirle: «Ven acá, loca, ¿quién es el infame que te llama desde Inglaterra?... ¿Qué vas tú a hacer a Inglaterra?... ¡Ah! Es un noviazgo lo que te llama. Y si es noviazgo, ¡vive Dios!, ¿quién es ese monstruo? Dime su nombre, y correré allá y le arrancaré las entrañas».

En la sala distinguió débil claridad: supuso que había luz en el cuarto de su amiga. Paso a paso, avanzando como los ladrones, dirigiose allá; empujada suavemente la puerta, pasó a un gabinete; deslizose como una sombra, extendiendo las manos para tocar los objetos que pudieran estorbarle el paso. La puerta de la alcoba estaba entreabierta; había luz dentro, pero no se oía el más leve rumor. Alargando el cuello, Sarmiento vio a Sola dormida junto a una mesa en la cual había papeles y tintero.

«Estaba escribiendo —pensó,— y se ha dormido. Veremos a quién».

Entró en la alcoba, andando quedamente y con mucho cuidado para no hacer ruido. Su rostro anhelante, su cuerpo tembloroso, sus ojos ávidos y saltones, dábanle aspecto de fantasma; y si la joven despertase en aquel momento, se llenaría de terror al verle. Dormía profundamente, la cabeza apoyada en el respaldo del sillón. Delante tenía una carta a medio escribir, y otra muy larga y de letra extraña, a la cual sin duda estaba contestando cuando se durmió.

—Yo conozco esa letra —pensó Sarmiento, devorando con los ojos el escrito, apoyado en un libro puesto de canto a manera de atril.

Conteniendo su respiración, el vagabundo examinó el pliego, que abierto por el centro no presentaba ni el principio ni el fin. Después fijó los ojos en la carta medio escrita por Sola. Don Patricio miraba y fruncía el ceño apretando las mandíbulas. Tenía tal aspecto de ferocidad aviesa, que si él mismo pudiera verse tuviera miedo de sí mismo. No tardó mucho en satisfacer su curiosidad, y era esta tan intensa, que después de leer una vez, leyó la segunda. A la tercera no estaba tampoco satisfecho; mas temiendo que la joven despertara, se retiró como había venido. Al llegar a su cuarto se dejó caer en la cama, y dando un gran suspiro exclamó para sí:

«¡Bien lo decía yo: los emigrados...!».

XII

Muy gozoso y satisfecho estaba don Benigno Cordero con el suceso de su vuelta a la patria y al hogar querido, y resuelto a que el contento le durase, hacía propósito firmísimo de no tornar a mezclarse en política, ni vestir uniforme, ni menos hacer heroicidades en Boteros ni en otro arco alguno. Verdad es que guardaba en su pecho, cual tesoro riquísimo, o como los restos queridos de una persona amada que se depositan en secreta urna, las mismas aficiones políticas a que debió su destierro. Eso sí: antes creyera que el sol salía de noche que dejar de ver en la libertad, en el progreso y en la soberanía del pueblo, la felicidad de las naciones. Mas era preciso poner una losa sobre estas cosas, y don Benigno la puso.

—Desde hoy —dijo— Benigno Cordero no es más que un comerciante de encajes. No adulará al absolutismo, no dirá una sola palabra en favor de este; pero no, ya no tocará más el pito constitucional ni la flauta de la Milicia. A Segura llevan preso. Yo tengo ideas, sí, ideas firmes, pero tengo hijos. Es posible, es casi seguro que otros, que también tienen mis ideas, las hagan triunfar; pero mis hijos por nadie serán cuidados si se quedan sin padre. Atrás las doctrinas por ahora, y adelante los muchachos. Ahora silencio, paz, retraimiento absoluto..., cabeza baja y pico cerrado... Pero, ¡ay!, alma mía, allá recogida en ti misma y sin que te oigan los oídos de la propia carne en que estás encerrada, no ceses de gritar: «¡Viva, viva, y mil veces viva la señora Libertad!».

Los muchos amigos del exjefe de milicianos le felicitaban cordialmente, y sus parroquianos, así como sus compañeros de comercio, recibieron gran contento al verle. Como era tan generoso, y tenía un natural por demás expansivo, antojósele, ocho días después del de su vuelta, obsequiar a los amigos con un modesto banquete dedicado a grabar en la memoria de todos el fausto evento de su liberación; pero doña Robustiana, cuyo sentido práctico igualaba al peso de su cuerpo, le quitó de la cabeza la idea de aquel dispendioso alarde, arguyéndole así:

—Desgraciadamente no estamos para fiestas. Acuérdate del dinero que has gastado en congraciarte con esos pillos; que tiempo hay de dar banquetes. Mañana domingo, 28 de agosto, haremos para la cena un extraordinario de poca monta, y convidaremos a Romo, al señor de Pipaón, que también nos ha servido, y a Sola. Total: tres convidados. Basta, hombre, basta. Tiempo hay de echar la casa por la ventana, y no faltará un motivo para ello ni tampoco elementos, ¿me entiendes?..., porque si siguen los frailes reponiendo la ropa de altar, no faltará venta de encaje blanco en todo el año que corre.

Don Benigno, como siempre, armonizó su opinión con la de su cara esposa, y a consecuencia de tan dulce concordia, al día siguiente la cocina de los Cordero despedía inusitado aroma de ricas especias, el cual anunciaba a toda la vecindad la presencia de un extraordinario. A la hora de la cena resplandecía el comedor con la luz de dos quinqués, colocados en contrapuestos sitios, y alrededor de la mesa se sentaron el señor de Pipaón, Sola y los de Cordero, sin excluir los niños, que ocupaban un extremo junto a su hermana. El puesto más preeminente entre los de convite estaba vacío, lo cual causaba gran disgusto a don Benigno.

—¿Por qué no habrá venido Romo? —decía—. Es particular: no le hemos visto desde el día de mi llegada. ¿Estará enojado con nosotros?

Se esperó un rato; pero viendo que no parecía, dio principio el banquete. El digno anfitrión estaba intranquilo por aquella ausencia de su amigo, y a cada instante miraba a su esposa como para preguntarle qué opinaba ella de tan extraño caso. Ya doña Robustiana había dicho:

—Estará muy ocupado en la Comandancia de Voluntarios. Se le han mandado tres avisos al anochecer. Ustedes no saben bien la calma que gasta el señor de Romo. Otra noche le convidamos a cenar y se descolgó aquí a las diez de la noche.

La señora presidía majestuosamente la mesa y gobernaba con mucha destreza aquella maniobra de los banquetes antiguos, consistente en estar pasando platos de aquí para allí, y de derecha a izquierda, como si los convidados, en vez de reunirse para comer, lo hicieran para jugar al juego de _sopla y vivo te lo doy_. Descollaba su hermoso busto por encima de la blanca mesa, a manera de un tronco forrado en tela oscura sobre el cual colocaran su cabeza como provisionalmente y mientras parecía el cuello perdido. Con la estrechez del ajuste, los abundantes dones que en ella acumuló sin tasa Natura formaban un circuito de tanta extensión, que una mosca (esto puede asegurarse y lo certificaron testigos oculares), una mosca, decimos, que salió de uno de los brazos para ir al otro pasando por delante, tardó no se sabe cuánto tiempo en dar la vuelta y llegar a su destino.

En el otro extremo de la mesa, Primitivo y Segundo, que por ser día de fiesta vestían de padres provinciales de la Orden dominica, estaban bajo la vigilancia de Soledad y Elena respectivamente, las cuales no podían probar bocado, entretenidas en enseñar a los frailescos ángeles el modo de comer; y mientras el uno se rociaba con sopa los hábitos, llevábase el otro la cuchara a los ojos, sin cesar de pedir, chillar y hacer comentos varios sobre cuanto desde la fuente a sus platos pasaba.

Pipaón, cuyo apetito parecía crecer a medida que había menos motivos aparentes para ello, amenizaba con chistes la comida. Estaba elegantísimo, como de costumbre, el ingenioso cortesano, ataviado con su calzón blanco, su levita polonesa de mangas jamonadas, su corbata metálica destinada a anticipar la idea de la muerte en garrote, por si acaso algún día era el individuo condenado a ella. Revueltos los cabellos con artístico desorden, parecía su cabeza una escoba, en lo cual cumplía a maravilla con los conceptos de la moda corriente. ¡Oh!, era aquel un señor muy bondadoso y sencillo, que lo mismo se sentaba a la mesa del rico que a la del pobre, con tal que en ellas hubiera buenos manjares que comer; y sin dar privadamente excesiva importancia a las ideas políticas, lo mismo fraternizaba con el negro que con el blanco, siempre que ni el uno ni el otro le estorbasen en su prodigioso medro. Menos alegre que su comensal a causa de la ausencia de Romo, don Benigno conversaba con chispa y donaire, volviendo con graciosa movilidad el rostro hacia Pipaón, hacia su esposa y hacia la silla vacía donde se echaba de menos la torva figura del voluntario realista; y, ¡cosa singular!, aquella silla donde no se sentaba el hombre oscuro, tenía cierto aspecto lúgubre. Romo no estaba allí, y, sin embargo, parecía que estaba.

Esquivando entrar en el tema político a que la verbosidad importuna y mareante de Pipaón quería llevarle, don Benigno dijo:

—Ya he manifestado cuál es mi propósito. Y qué, señor don Juan, ¿cree usted que me será difícil cumplirlo? De ningún modo. Los que necesitan de la política para vivir, porque si no hay bullanga no comen, difícilmente aceptarán esta oscura vida privada que es mi delicia. Quite usted a los intrigantes la política, y será como si les cortaran las manos a los rateros o los pies a las bailarinas. ¿Digo mal? Hoy con este partido, mañana con el otro, ello es que siempre se les ve a flote...

A don Benigno se le cayó del tenedor un pedazo de calabacín que en él tenía, aguardando a que la boca callase para entrar. La causa de tan inesperado siniestro fue que doña Robustiana le estaba tocando el codo, primero suavemente y después con fuerza, para que su marido cayese en la cuenta de que estaba haciendo la sátira de Pipaón.

—Verdad es que no todos los que se ocupan de política son así —dijo el honrado comerciante pinchando de nuevo la hortaliza—, ya se comprende; pero ni a unos ni a otros quiero parecerme. La vida privada es hoy mi sueño de oro... No quiere decir que en lo íntimo de mi alma no exista siempre... Pero dejemos esto. Puede uno llevar en su fuero interno el fardo que más le acomode, sin necesidad de ponerse una etiqueta en la frente..., esto es claro como el agua. No hay necesidad de meter ruido. En la vida privada puede tener el buen ciudadano mil ocasiones de realizar fines patrióticos y de servir a la patria. ¿Cómo? Cumpliendo lealmente esa multitud de pequeños esfuerzos que en conjunto reclaman tanta energía como cualquier acto de heroísmo: así lo ha dicho Juan Jacobo Rous..., tente, lengüita. Dejemos a ese caballero en su casa, pues hay palabras que ahorcan... Yo me concreto a lo siguiente: vea usted mi plan, señor de Pipaón.

Antes que el plan de don Benigno, merecía la atención de Bragas una lonja de ternera, cuyo especioso condimento bastaba a acreditar la ciencia culinaria de la señora de Cordero.

—Muy bien, señor don Benigno —gruñó Pipaón, engullendo—. Su plan de usted me parece muy bien asado... No, no; quiero decir que la ternera está muy bien asada, y que su plan de usted es excelente, sabrosísimo, es decir atinadísimo.

—Mi plan es el siguiente: yo trabajo todo el día, con excepción de los domingos; yo cumplo con los preceptos de nuestra Santa Madre la Iglesia oyendo misa, confesando y comulgando como se me manda; yo cumplo asimismo mis obligaciones comerciales; yo no debo un cuarto a nadie; yo educo a mis hijos; yo pago mis contribuciones puntualmente; yo obedezco todas las leyes, decretos, bandos y órdenes de la autoridad; yo hago a los pobres la limosna que mi fortuna me permite; yo no hablo mal de nadie, ni siquiera del gobierno; yo sirvo a los amigos en lo que puedo; yo no conspiro; yo celebro mucho que todos vivan bien y estén contentos; en suma, yo quiero ser la más ordenada, puntual y exacta clavija de esta gran máquina que se llama la patria, para que no dé por mi causa el más ligero tropezón... ¿Qué tal? ¿Me explico bien?

Conversación tan interesante hubo de interrumpirse, porque uno de los chicos tuvo la ocurrencia de derramar sobre su hábito toda la salsa que había en el plato, mientras el otro berrequeaba como un ternero porque no le permitían comer con las manos. Calmada la agitación al otro extremo de la mesa, don Benigno continuó:

—Siempre ha sido mi norma de conducta..., Segundito, cuidado..., ocupar el puesto que me señalaban las circunstancias. He sido y soy esclavo de mi deber... Primitivo, que te estoy mirando; ¿cómo se coge el tenedor?... Un día las circunstancias me dijeron: «es preciso que seas valiente», y fui valiente. Heridas tengo que darán razón de ello. Hoy me dicen las circunstancias: «es preciso que seas pacífico», y pacífico soy... Niños, ¿me enfado?... Mi conciencia está tranquila con tan juicioso plan de conducta; a mi conciencia obedezco, y nada más.

En esto sonaron fuertes campanillazos en la puerta de la casa.

—A buena hora viene ese señor..., cuando ya estamos en los postres —dijo don Benigno—. De seguro es Romo.

—No, no llama él de ese modo —observó la señora, poniendo atención para oír en el momento que la criada abría.

—Puede que sea Romo —indicó Pipaón dirigiendo sus dedos en persecución de una pera que rodaba por el mantel.

—Son dos señores, dos hombres —dijo la criada entrando en el comedor—. Preguntan por el amo.

—Allá voy —dijo Cordero levantándose.

—Que esperen —manifestó doña Robustiana con mal humor—. ¡Que siempre te has de levantar de la mesa...!

Don Benigno salió con la servilleta sujeta al cuello. En la sala encontró a dos hombres desconocidos.

—Una luz, Reyes —gritó a la criada.

La claridad de la vela que trajo la moza permitió al honrado patriota distinguir bien las fisonomías. Creía reconocer aquellas caras. Ninguna de las dos despertaba grandes simpatías, y en cuanto a los cuerpos eran de lo más sospechoso que puede imaginarse.

—¿Es usted don Benigno Cordero? —le preguntó uno de ellos secamente.

—Para lo que gusten mandar. ¿Qué quieren ustedes?

—Que venga usted con nosotros.

—¿A dónde?

—¡Toma!..., a la cárcel —exclamó el individuo esgrimiendo su bastoncillo, y admirado de que no se hubiera comprendido el objeto de tan grata visita.

Don Benigno se quedó aturdido... Creía soñar... Estaba lelo.

—¡A la cárcel! —murmuró.

—Y pronto. Tenemos que hacer...

—A la cárcel... —dijo otra vez Cordero, como el delirante que repite un tema—. Yo..., ¿por qué?..., yo..., ¿han dicho que a la cárcel...?

—Sí, señor, a la cárcel... Nosotros no tenemos que explicar... No somos jueces —graznó el polizonte con desenfado y altanería; consecuente con el tono general de los pillastres que se dedican a perseguir a la gente honrada.

—Aguarden un momento —dijo Cordero sin saber lo que decía—. Voy... Les diré a ustedes...

Dio varias vueltas, tropezó en una puerta. Parecía un hombre que ha perdido la cabeza y la está buscando. Sin propósito deliberado, fue al comedor, entró. Su esposa y su hija perdieron el color al ver su cara, que era la cara de un muerto.

—Son dos caballeros —murmuró Cordero con voz trémula—. Dos amigos... No hay que asustarse... Tengo que salir con ellos... Pipaón, amigo, salga usted a ver qué es eso... Mi sombrero, ¿en dónde está mi sombrero?

Dio una vuelta alrededor de la mesa y salió otra vez. Sin duda había perdido el juicio.

—Conque dicen ustedes que... ¡a la cárcel!... ¿Y se podrá saber...?

—Si usted no viene pronto —dijo el polizonte con ira—, llamaremos a los voluntarios que están abajo.

El otro bribón había encendido un cigarro y fumaba mirando los cuadros de la sala.

—Pues vamos. Esto es una equivocación —dijo el comerciante recobrando un poco su entereza.

—¿Pero su hija de usted no se presenta? —preguntó el primer esbirro.

—¡Mi hija!

—¡Sí, señor, su hija! —exclamó el mismo abriendo las manos y mostrando en dos abanicos de carne sus diez dedos sucios, negros, nudosos y con las yemas amarillas por el uso del cigarro de papel.

—¿Y para qué tiene que presentarse mi hija?

—¿Pues qué?... ¿No le dije que su hija tiene que venir también a la cárcel?

—Usted no me ha dicho nada, y si me lo hubiera dicho, no lo habría creído —afirmó Cordero sintiendo que su corazón se oprimía.

—Vea usted este papel —dijo el funcionario mostrando un volante—. Benigno Cordero y su hija Elena Cordero.

—¡Mi hija! —exclamó don Benigno, lanzando un gemido de dolor—. ¿Pues qué ha hecho mi hija?

—¡Eh! Que suban los voluntarios. Así despacharemos pronto.

Don Benigno se había vuelto idiota. No se movía. Pipaón, que había oído algo desde la puerta, se acercó diciendo:

—Esto ha de ser alguna equivocación de la Superintendencia.

Al verle, los de policía le hicieron una reverencia, como suele usarlas la infame adulación cuando quiere parecerse a la cortesía.

—¿No es usted el que le llaman Mala Mosca? ¿No me debe usted su destino? —preguntó Pipaón.

—Sí, señor —repuso el infame, mostrando tras los replegados labios una dentadura que parecía un muladar—. Soy el mismo para servir al señor de Pipaón.

—A ver la orden.

Pipaón leyó a punto que entraban en la sala, sobrecogidas de terror, las tres mujeres, los dos frailecitos y la criada.

—Nada, nada: esto debe de ser un _quid pro quo_ —dijo Bragas con disgusto evidente—; pero es preciso obedecer la orden. Desde este momento empiezo a dar los pasos convenientes...

Los de Cordero se miraron unos a otros. Se oía la respiración. En aquel instante de congoja y pavura, Elena fue la que tuvo más valor, y haciendo frente a la situación, exclamó:

—¿Yo también he de ir presa? Pues vamos. No tengo miedo.

—¡Hija de mi alma! —gritó doña Robustiana abrazándola con furor—. No te separarás de mí. Si a los dos os llevan presos, yo voy también a la cárcel y me llevo a los niños.

—Con usted no va nada, señora —dijo el polizonte—. El señor mayor y la niña son los que han de ir... Conque, andando.

Arrojose como una hiena la señora sobre aquel hombre, y de seguro lo habría pasado mal el funcionario de la Superintendencia, si doña Robustiana, en el momento de clavar las manos en la verrugosa cara de su presa, no hubiera quedado sin sentido, presa de un breve síncope. Acudieron todos a ella, y el de policía gritó, poniéndose rojo y horrible:

—¡Al demonio con la vieja!... Vamos al momento, o que suban los voluntarios. No podemos perder el tiempo con estos remilgos.

Don Benigno, cuyo espíritu estaba templado para hacer frente a las situaciones más terribles, elevose sobre aquella tribulación, como el sol sobre la bruma, e iluminando la lúgubre escena con un rayo de heroísmo que a todos les dejó absortos, gritó:

—Vamos, vamos a la cárcel. Ni mi hija ni yo temblamos. La inocencia no tiene miedo, cobardes sayones... Vamos a la cárcel, al patíbulo, a donde queráis, canallas, mil veces canallas... Yo había vuelto la espalda a la libertad, y la libertad me llama... ¡Allá voy, ideal divino; aquí estoy; adelante!... Vamos, miserables, abandono a mi esposa, a mis hijos. Todo se queda aquí... Tan miserables sois vosotros como Calomarde que os manda. Vamos a la cárcel, y ¡viva la Constitución!

Salió bizarra y noblemente, lleno de entusiasmo y valor, rodeando con su brazo el cuello de Elena, que al heroico arrojo de su padre respondió diciendo también: «¡Viva la Constitución!».

Al salir encargó a Soledad que cuidase de su madre y de sus hermanos. Algo más pensaba decir; pero los sayones no le dejaron. El compañero de Mala Mosca se quedó para registrar la vivienda.

XIII

Al día siguiente, después de las doce, entró Pipaón en la casa, muy agitado y sudoroso, como quien ha subido en pocas horas todas las escaleras de las oficinas de Madrid. Halló a doña Robustiana en lamentable estado. Yacía la atribulada señora en cama, y desde la noche anterior, lejos de calmarse sus ataques nerviosos, se habían exacerbado a causa de la inquebrantable resistencia a tomar alimento. Cuando Pipaón entró, no podía dar un paso en la estancia, porque estaba casi a oscuras con objeto de que la luz no molestase a la señora; mas por los suspiros que oía se fue guiando hasta que dio con el lecho, y pudo distinguir a Solita, sentada junto a este sin apartar la atención ni un punto de su infeliz amiga.

El ilustre cortesano de 1815 se sentó, cuidando de exhalar también un gran suspiro para que no se dudase de la autenticidad de su pena, y después de enterarse con mucha solicitud del estado de la paciente, dijo así:

—Señora, he visto a Chaperón.

Doña Robustiana contestó con un quejido lastimero.

—Señora —añadió Bragas—, he visto a Aymerich, jefe de los voluntarios realistas.

Respondiole otro quejido seguido de sollozos.

—Señora, he visto a Ugarte, a Cea Bermúdez, a varios individuos de la Junta secreta de Estado, a dos individuos de la Comisión militar.

No obtuvo respuesta.

—Señora, he visto a Calomarde, he hablado con él: estaba almorzando, me hizo pasar, le dije lo que ocurría, contestome que viese a don José Manuel de Arjona. También es amigo mío: hemos hablado largamente. Voy a enterar a usted con toda claridad de la verdadera situación en que estamos, situación grave, señora, ¿a qué ocultarlo? pero no desesperada. Yo creo que se deben pintar los sucesos tales como son, porque de nada valdría desfigurarlos, ¿estamos en eso? Pues bien: juzgue usted por sí misma.

Doña Robustiana parecía hallarse en estado de no poder juzgar nada por sí misma; pero el impávido Pipaón habló así:

—Ya sabrá usted que ha habido audaces tentativas revolucionarias en Tarifa, Almería y otros pueblos de la costa del mediodía. Esos tunantes salieron de Gibraltar. El desembarco fue un fracaso. Gracias a la vigilancia de las autoridades, tan grande iniquidad quedó frustrada. De hoy a mañana, señora, serán fusilados en Tarifa trescientos de esos pillos.

Pipaón notó que el lecho se estremecía.

—Ya sabrá usted —añadió— que por el decreto del 20 se condena a muerte a todos los que por cualquier medio pretendan restablecer el sistema representativo. Aquí será fusilado Gregorio Iglesias, un chicuelo de dieciocho años que intentó unirse a los revolucionarios del mediodía. También parece que hoy ha sido condenado a muerte otro jovenzuelo, Tomás Franco, por haber proferido expresiones contra la vida de Su Majestad... En La Coruña ha sido preciso sentar la mano. Muchos de los sentenciados a la última pena han sido ejecutados ya; otros se han suicidado con opio o abriéndose las venas... En fin, señora, esto es muy triste; pero usted comprenderá que el gobierno, viéndose acosado por esos infames demagogos negros, sedientos de desorden, necesita mostrarse riguroso, pero muy riguroso... Yo pregunto a todas las personas imparciales y juiciosas: «En vista de lo que pasa, ¿puede el gobierno ser benigno?».

El discreto amigo no recibió contestación ni de la enferma ni de Soledad; pero lo mismo que si la recibiera, prosiguió diciendo:

—Exactamente: no puede ser benigno. Los frailes, los obispos, todos los absolutistas de temple incitan al gobierno a extirpar la negrería; los voluntarios realistas, que son más levantiscos e indomables que la malhadada Milicia nacional de marras, amenazan con sublevarse si no se les da todos los días sangre de liberales, horcas y más horcas. ¿Y qué se ha de hacer? Sobre ellos, sobre esa base poderosa se asienta el edificio del absolutismo, y ¡ay de todo esto el día en que los voluntarios de la fe pasen del descontento a la sedición y de las palabras a los hechos! Por lo dicho, comprenderá usted que en la situación actual, cuando alguno, aunque sea inocente, tiene la desgracia de caer en la cárcel, no es fácil sacarle de ella a dos tirones...