Part 10
Chaperón y el experto licenciado habían visto muchas veces en aquella misma siniestra sala y en otras dependencias del tribunal, personas que negaban su culpabilidad, otras que delataban al prójimo, algunas que intentaban con lágrimas y quejidos ablandar el corazón de los jueces; habían visto muchas lástimas, infamias sin cuento, algo de abnegación en pocos casos, afectos diversos y diversísimas especies de delincuentes; pero hasta entonces no habían visto ninguno que a sí mismo se acusara. Hecho tan inaudito les desconcertó a entrambos, y se miraron consultándose aquella jurisprudencia, superior a sus alcances morales.
—¿De modo que tú dices que tú misma eres quien cometió esos delitos que Su Majestad nos ha mandado castigar? ¿Tú?...
—Sí, señor; yo misma.
—¿Y tú misma lo aseguras?... De modo que te delatas a ti propia... —insistió Chaperón, no dando entero crédito a lo que oía—. Anote usted, Lobo. Esto es singularísimo, lo más singular que hemos visto aquí. Lobo, anote usted.
Si en vez de decir «anote usted», hubiera dicho: «Lobo, muerda usted», el leguleyo no se habría arrojado con más ferocidad sobre la pluma y el papel. La extrañeza del caso hacía estremecer todas las fibras de su corazón, digámoslo así, de curial. —Soledad Gil de la Cuadra —dijo el magistrado militar dictando— compareció..., etc...
Después, volviéndose a la víctima, que observaba el mover de la pluma de Lobo, como si desde su sitio pudiera leer lo que este escribía, le dijo:
—¿Conque tú has sostenido relaciones con los emigrados? ¿Cuántas veces? ¿Con varios o con uno solo?
—Con uno solo.
—Relaciones políticas, se entiende —indicó Chaperón, más bien afirmando que preguntando.
—No, señor; relaciones de amistad —dijo Soledad vacilando.
—¿De amistad?... ¿Quién es él?
Solita, después de dudar breve instante, pronunció un nombre. Pudo observar que Lobo, al notar aquel nombre, frunció primero el ceño, exagerando después, hasta llegar a la caricatura, la contracción burlesca de su boca.
—¿Tienes tú parentesco con ese bergante? —preguntó Chaperón.
—No, señor.
—Entonces, ¿qué relaciones son esas?
—Es mi hermano..., quiero decir, mi amigo, mi protector.
—Ya, ya sabemos lo que quieren decir esas palabrillas —gruñó el hombre-horca dando a luz una especie de sonrisa—. Háblanos con franqueza, que juez y confesor vienen a ser lo mismo. ¿Eres tú su querida?
Soledad se puso como la grana. Dominándose, habló así:
—Condéneme usted; pero no me avergüence. Yo no soy querida de nadie.
—¿Venimos aquí con vergüencillas? —vociferó el ogro riendo con brutal jovialidad—. ¡Ay, qué mimos tan monos!... Paloma, recoge ese colorete. ¿Ruborcillo tenemos? Aquí se conoce el mundo. Señor Lobo, anote usted que ha revelado tener relaciones ilícitas con el susodicho...
—No es cierto, no es cierto —exclamó Soledad levantándose y corriendo hacia la mesa.
—¡Orden! —gritó Chaperón señalando a la víctima su asiento.
La huérfana, que había acopiado gran caudal de resignación, volvió a su sitio y tan solo dijo:
—Si tengo valor para sacrificarme por un inocente, también lo tendré para calumniarme.
—¡Calumniarse!... ¿Seguimos con las palabrejas retumbantes? Pasemos a otra cosa. ¿Ese desuellacabras te ha escrito muchas veces?
—Seis veces desde que está en Inglaterra.
—¿Te ha hablado de sucesos políticos?
—Muy poco, y por referencia.
—¿Conservas las cartas?
—No, señor: las he roto.
—Ya lo averiguaremos. ¿Se ha anotado el domicilio de la reo?
—Sí, señor.
—Adelante. Llegamos al don Rafael Seudoquis. Ese señor trajo de Londres un paquete de cartas para que tú las repartieras...
—Sí, señor... —repuso la joven con firmeza—. Puedo asegurar que Seudoquis no conoce a don Benigno Cordero; que este no podía encargarse de repartir las cartas, ni menos su hija, porque ni uno ni otra tenían noticia de semejante cosa. Vivimos en la misma casa, yo en el segundo, ellos en el principal, y como alguien de la policía vio al señor Seudoquis entrar en la casa, supuso que iba a la habitación de Cordero, cuando en realidad iba a la mía.
—Muy bien: anote usted eso. Puede muy bien resultar que el tal Cordero sea inocente, ¿por qué no?... La justicia y la verdad por delante. Sepamos ahora a quién iban dirigidas esas cartas. Este es el punto principal... Cordero no supo darnos noticia alguna. Si tú lo haces, tendremos la mejor prueba de que no has venido a burlarte de nosotros.
Soledad vaciló un instante. Helado sudor corría por su frente, y sintió como un torbellino en su cerebro. Era aquel un caso que la infeliz no había previsto, porque su alma, llena toda de generosidad y ofuscada por la idea del bien que a realizar iba, no supo calcular la ignominia que podía salirle al paso y detenerla en su gallardo vuelo. Aquel acto de abnegación era de esos que no pueden realizarse con éxito feliz sin tropezar con la infamia, poniendo a la voluntad en la alternativa de retroceder o incurrir en actos vergonzosos. Espantada Sola de los peligros que aparecían en su camino, no se atrevió a acometerlos, ni supo tampoco esquivarlos, porque carecía de la destreza y travesura propias de tan gran empeño. Su única fuerza consistía en un valor heroico, pasivo, formidable, y robusteciendo su alma con él, dijo al severo magistrado:
—Yo me acuso a mí misma; pero no delataré a los demás.
—Me gusta..., sí, me gusta la salida —afirmó Chaperón cruzándose de brazos delante de ella y moviendo el cuerpo como si fuera a dar un salto—. ¿Sabes que tienes frescura?... Esto es dejarnos con un palmo de narices... Dime, mocosa: si no aclaras eso de las cartas, ¿qué ventaja sacamos de que seas tú el delincuente en vez de serlo Cordero y su hija? ¿Qué diferencia hay?
—La diferencia que hay de la verdad a la mentira —replicó Soledad imperturbable—. Si ellos son inocentes, ¿por qué han de estar en la cárcel ocupando un puesto que me corresponde a mí?
—Música, música —dijo el funcionario haciendo sonar como castañuelas los dedos de su mano derecha—. Aquí no estamos para perder el tiempo en distingos. Hay mucho que hacer para resguardar Trono y Sociedad de los ataques de esa gentualla negra. A ver, ¿qué hemos sacado en limpio de tu acusación contra ti misma? Nada entre dos platos. ¡Por vida del Santísimo Sacramento! Yo creí que en punto a noticias frescas y bonitas nos ibas a traer aquí oro molido... ¡Que es inocente don Benigno! ¿Y qué? ¡Que las cartas las recibiste tú y no él, ni tampoco su hija! ¿Y qué? ¡Por vida del Sant...!, esto es burlarse de la Comisión militar. Aquí se viene a servir al Estado, no a hacer comedias. ¿Eres tú partidaria del Altar y del Trono, o por el contrario, eres amiga de la canalla? ¿Te has prestado inocentemente e esa maquinación sin saber lo que hacías?... Hablemos claro.
Diciendo esto, Chaperón demostraba en la voz y en el gesto hallarse muy satisfecho de su elocuencia y del incontrastable poder de sus razones. Después de una pausa se acercó a Sola, y mirándola desde la altura de su corpachón negro, capaz de intimidar al más bravo; accionando enérgicamente con la mano derecha, cuyo dedo índice se erguía tieso e inflexible como un emblema de la autoridad, habló de este modo:
—El gobierno de Su Majestad, que nos ha puesto aquí para que vigilemos, tiene recompensas para los que le sirven, ayudándole a esclarecer las maquinaciones de los pillos, ¿te vas enterando?, y tiene también castigos muy severos, muy severos, pero merecidos, para los que encubren a los malvados con su punible silencio, ¿te vas enterando?
—¿Eso lo dice vuecencia para que delate a los que recibieron las cartas? —preguntó Soledad cerrando los ojos cual si estuviera suspendida sobre su cuello el hacha del verdugo—. Siento mucho desairar a vuecencia; pero no puedo decir nada.
Chaperón se detuvo en su paseo por el cuarto. Viósele apretar las mandíbulas, contraer los músculos de la nariz como si fuera a lanzar un estornudo, revolver los ojos... Sin duda su cólera augusta iba a estallar. Pero afortunadamente, detuvo la formidable explosión un hombre entre soldado y alguacil, de indefinible jerarquía, mas de indudable fealdad, el cual, abriendo la mampara, dijo:
—Vuecencia me dispense; pero la señora que vino esta mañana está ahí, y quiere pasar.
—Que espere... ¡Por vida del...!
—Está furiosa —observó con timidez el que parecía soldado, alguacil, polizonte, sin ser claramente ninguna de estas tres cosas.
Chaperón dudaba. Iba a decir algo, cuando una señora empujó resueltamente la mampara y entró.
XVI
Era una mujer hermosísima, tan arrogante y airosa de rostro y figura, como elegante en su vestir y tocado, de modo que naturaleza y arte se juntaban para formar un acabado tipo de mujer a la moda. La mirada que echó a Chaperón y a su legista, semejante a una limosna dada más bien por compromiso que por voluntad, indicaba que la modestia no era virtud principal en la señora. Pero su gallarda altanería, ¡cuán grato es decirlo!, venía como de molde enfrente de aquellos despreciables hombres tan duros con los desgraciados.
—Ni para ver al rey se necesitan más requisitos —dijo la dama sentándose en la silla que Chaperón le ofreció, sonriendo—. Vi a Calomarde esta mañana y me mandó venir aquí... Yo creí que era cosa de un momento... ¡Pero si hay más de doscientas personas en la puerta...! ¡Y qué gente! Diga usted, ¿a qué viene toda esa gente, a delatar? Si yo fuera la Comisión, empezaría por ahorcar a todo el que delatara sin pruebas... ¿No tienen ustedes otro sitio para que hagan antesala las personas decentes?
—Señora —repuso Chaperón en tono adulador, que no galante—, siempre que usted venga, pasará desde luego a mi despacho. Tengo mucho gusto en complacerla, no solo por estimación particular, sino por lo mucho que respeto y admiro al señor Calomarde, mi amigo.
—Gracias —dijo la señora con indiferencia—. Vamos a mi asunto. Don Tadeo me prometió que esto quedaría resuelto en tres días.
—Don Tadeo, desde su poltrona, halla muy fáciles los negocios de policía. Yo quisiera verle aquí enredado con tanta gente y tanto papel... ¡En tres días, amigo Lobo, en tres días!
El licenciado apoyó la idea de su jefe moviendo la cabeza con expresión de lástima de sí mismo, por el mucho trabajo que entre manos traía.
—¡Qué vergüenza! —exclamó la señora sin disimular su enfado—. ¿Conque para despachar un pasaporte se ha de gastar más tiempo que para juzgar y condenar a muerte a un hombre?... ¡Qué tribunales, Santo Dios! ¡Qué Superintendencia y qué Comisión militar! Pongan todo eso en manos de una mujer, y despachará en dos horas lo que ustedes no saben hacer en una semana.
—Pero usted, señora —dijo Chaperón en el tono que empleaba para parecer benévolo—, no tiene en cuenta las circunstancias...
—Veo que aquí las circunstancias lo hacen todo. Invocándolas a cada paso, se cometen mil torpezas, infamias y atropellos. Si volviera a nacer, Dios mío, querría que fuese en un país donde no hubiera circunstancias.
—Si se tratara aquí del pasaporte de una señora —indicó el Presidente de la Comisión con énfasis, como el que va a desarrollar una tesis jurídica—, ande con Barrabás... Pero usted lleva dos criados, los cuales es preciso que antes se definan y purifiquen, porque uno de ellos perteneció en tiempo de la Constitución a la clase de tropa, y el otro sirvió largos años al ministro Calatrava... Pero nos ocuparemos del asunto sin levantar mano...
—Yo deseo partir mañana —dijo la señora con displicencia—. Voy muy lejos, señor Chaperón: voy a Inglaterra.
—Empezaremos, empezaremos ahora mismo. A ver, Lobo...
Al dirigirse a la mesa, Chaperón fijó la vista en la víctima cuyo proceso verbal había sido suspendido por la entrada de la soberbia dama.
—¡Ah!... Ya no me acordaba de ti —dijo entre dientes—. Voy a despacharte.
Soledad miraba a la señora con espanto. Después de observarla bien, cerciorándose de quién era, bajó los ojos y se quedó como una muerta. Creeríase que batallaba angustiosamente con su desmayado espíritu, tratando de infundirle fuerza, y que entre sollozos imperceptibles le decía: «Levántate, alma mía, que aún falta lo más espantoso».
—Con el permiso de usted, señora —dijo Chaperón mirando a la dama—, voy a despachar antes a esta joven. Lobo, extienda usted la orden de prisión... Llame usted para que la lleven... Orden al alcaide para que la incomunique...
La víctima dejó caer su cabeza sobre el pecho.
Después miró de nuevo a la dama; pero esta vez encendiose su rostro, y parecía que sus ojos relampagueaban con viva expresión de amenaza. Esto duró poco. Fue la sombra del espíritu maligno al pasar en veloz corrida por delante del ángel oscureciendo su luz.
La señora estaba también pálida y desasosegada. Indudablemente no gustaba de ver a quien veía, y en presencia de aquella humilde personilla condenada parecía tener miedo.
—Aquí tienes, mala cabeza —dijo Chaperón dirigiéndose a la huérfana—, el resultado de tu terquedad. Demasiado bueno he sido para ti... ¿Qué hemos sacado de tu declaración? Que Cordero es inocente. ¿Y qué ganamos con eso, qué gana con eso la justicia? Tú y nosotros adelantamos muy poco... Si hablaras sería distinto... Tú habrás oído decir aquello de... quien te dio el pico, te hizo rico. ¿Te vas enterando? Pero ahora, picarona, lo meditarás mejor en la cárcel... Allí se aclaran mucho los sentidos..., verás. Esta linda pieza —añadió señalando a la víctima y mirando a la señora—, es la estafeta de los emigrados, ¿qué tal? Ella misma lo confiesa, lo cual no deja de tener mérito; pero nos ha dejado a media miel, porque no quiere decir a quién entregó las cartas que ha recibido hace unos días.
Soledad se levantó bruscamente.
—Una de las cartas de los emigrados —dijo con tono grave extendiendo el brazo— la entregué a esta señora.
Después de señalarla con energía, cayó en su asiento con la cabeza hacia atrás. Breve rato estuvieron mudos y estupefactos los tres testigos de aquella escena.
—Es verdad —balbució la dama—. He recibido una carta de un emigrado que está en Inglaterra; no sé quién la llevó a mi casa... ¿qué mal hay en esto?
Chaperón, que estaba como aturdido, iba a contestar algo muy importante, cuando la señora corrió hacia la huérfana, gritando:
—Se ha desmayado esta infeliz.
En efecto, rendida Sola a la fuerza superior de las emociones y del cansancio, había perdido el conocimiento.
La señora sostuvo la cabeza de la víctima, mientras Lobo, cuya oficiosidad filantrópica no se desmentía un solo momento, acudió transportando un vaso de agua para rociarle el rostro.
—Eso no es nada —afirmó Chaperón—. Vamos, mujer, ¡qué mimos gastamos! Todo porque la mandan a la cárcel...
La puerta se abrió dando paso a cuatro hombres de fúnebre aspecto, que parecían pertenecer al respetable gremio de enterradores.
—Ea, llevadla de una vez... —dijo don Francisco resueltamente—. El alcaide le dará algún cordial... No quiero desmayitos en mi despacho.
Los cuatro hombres se acercaron a la condenada.
—Un poco de vinagre en las sienes... —añadió el jefe de la Comisión militar—. Ea, pronto..., quitadme eso de mi despacho.
—¡A la cárcel! —exclamó con lástima la señora, acercándose más a la víctima como para defenderla.
—Señora, dispense usted —dijo Chaperón apartándola con enfática severidad—. Deje usted a la justicia cumplir con su deber... Vamos, cargar pronto. No le hagáis daño.
Los cuatro hombres levantaron en sus brazos a la joven y se la llevaron, siendo entonces perfecta la similitud de todos ellos con la venerable clase de sepultureros.
La mampara, cerrándose sola con estrépito, produjo un sordo estampido, como golpe de colosal bombo, que hizo retumbar la sala.
XVII
Aquel mismo día, ¡por vida de la chilindraina!, ¡cuán amargas horas pasó el pobre don Patricio! Habrían bastado a encanecer su cabeza si ya no estuviera blanca, y a encorvar su cuerpo si ya no lo estuviera también. Sus suspiros eran capaces de conmover las paredes de la casa; sus lágrimas corrían amargas y sin tregua por las apergaminadas mejillas. No podía permanecer en reposo un solo instante, ni distraerse con nada, ni comer, ni aposentar en su cerebro pensamiento alguno, como no fuera el fúnebre pensamiento de su desamparo y de la gran pena que le desgarraba el corazón. Este lastimoso estado provenía de que Solita había salido temprano, diciéndole:
—No sé cuándo volveré. Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca... Escribiré al abuelo diciéndole lo que debe hacer. Adiós...
Y dirigiéndole una mirada cariñosa, se limpió las lágrimas, y bajó rápidamente la escalera y desapareció, ¡santo Dios!, como un ángel que se dirige al cielo por el camino del mundo.
«¿Será posible que haya salido hoy para Inglaterra? —se preguntaba don Patricio, apretándose el cráneo con las manos para que no se le escapara también—. ¡Pero cómo, si aquí está toda su ropa, si no ha hecho equipaje, si en la cómoda ha dejado todo su dinero!... ¿Pues a dónde ha ido entonces?... Quizás vuelva pronto, quizás mañana, quizás nunca... Nunca, nunca».
Y repetía esta desconsoladora palabra como un eco que de su cerebro a sus labios saliera. Otro motivo de gran confusión para él era que Soledad había despedido a la criada el día anterior. Estaba, pues, el viejo solo, enteramente solo, encerrado en la espantosa jaula de sus tristes pensamientos, que era como una jaula de fieras. Pasaba de un sentimentalismo patético a la desesperación rabiosa, y si a veces secaba sus lágrimas despaciosamente, otras se mordía los puños y se golpeaba el cráneo contra la pared. En los momentos de exaltación recorría la casa desde la sala a la cocina, entraba en todas las piezas, salía para volver a entrar, daba vueltas, y tropezaba y caía y se levantaba. Como entrara en la alcoba de Sola y viera su ropa, se abalanzó a ella, hizo con febril precipitación un lío, y oprimiéndolo contra su pecho cual si fuera el cuerpo mismo de la persona amada y fugitiva, exclamó así con lastimero acento:
—Ven acá, paloma... Ven acá, niña de mi corazón... ¿Por qué huyes de mí? ¿Por qué huyes del pobre viejo que te adora? Ángel divino, ángel precioso de mi guarda, cuya hermosura no puedo comparar sino a la de la diosa de la Libertad, circundada de luz y sonriendo a los pueblos; adorada hija mía, ¿en dónde estás? ¿No oyes mi voz? ¿No oyes que te llamo? ¿No ves que me muero sin ti? ¿No te sacrifiqué mi gloria?... ¡Ay!... Mi destino, mi glorioso destino ahora me reclama, y no puedo ir, porque sin ti soy un miserable y no tengo fuerzas para nada. Contigo al suplicio, a la gloria, a la inmortalidad, a los Elíseos Campos; sin ti a la muerte oscura, a la ignominia. Sola, Sola de mi vida, ¿en dónde estás? Dímelo, o revolveré toda la tierra por encontrarte.
Esto decía, cuando llamaron fuertemente a la puerta. Más ligero que una liebre fue y abrió... No era Sola quien llamaba: eran seis hombres, que sin fórmula alguna de cortesía se metieron dentro. Uno de ellos soltó de la boca estas palabras:
—¿No es este el viejo Sarmiento que predicaba en las esquinas?... Echadle mano mientras yo registro.
—¡Ah!... —exclamó don Patricio algo confuso—. ¿Son ustedes de la policía?... Sí, yo recuerdo..., conozco estas caras.
—Procedamos al registro —dijo solemnemente el que parecía jefe de los corchetes—. Toda persona que se encuentre en la casa, debe ser presa. Cuidado no se escape el abuelo.
—Quiere decir —balbució Sarmiento— que estoy preso.
—Ya se lo dirán allá —replicó el polizonte desabridamente—. Andando... Llévenme para allá al vejete, que aquí nos quedamos dos para despachar esto.
Según la orden terminante del funcionario (que era un funcionario vaciado en la común turquesa de los cazadores de blancos en aquella infame y tenebrosa época), Sarmiento fue inmediatamente conducido a la cárcel, y solo por un exceso de benevolencia, incomprensible y hasta peligrosa para la reputación de aquella celosa policía, le dieron tiempo para ponerse el sombrero, recoger el pañuelo y media docena de cigarrillos.
No se daba cuenta de lo que le pasaba el infeliz maestro, y durante el trayecto de su casa a la cárcel de Corte, que no era largo, fue con los ojos bajos, encorvado el cuerpo, las manos a la espalda, en un estado tal de confusión y aturdimiento, que no veía por dónde pasaba, ni oía las observaciones picarescas de los transeúntes. Cuando entraron en la cárcel, el anciano se estremeció, revolviendo los ojos en derredor. Su entrada había sido como el choque del ciego contra un muro, símil tanto más exacto cuanto que don Patricio no veía nada dentro de las paredes del lóbrego zaguán por donde se comunicaba con el mundo aquella mansión de tristeza y dolor.
Lleváronle al registro y del registro a un patio, donde había algunas personas que imploraban la misericordia de los carceleros para poder ver a los detenidos. Hiciéronle subir luego más que de prisa por hedionda escalera que se abría en uno de los ángulos del patio, y hallose en un largo corredor o galería, que parecía haber sido claustro, pero que tenía entonces tapiadas todas sus ventanas, sin dejar más entrada a la luz que unos ventanillos bizcos en la parte más alta.
Al entrar en la galería, Sarmiento oyó gritos, lamentos, imprecaciones. Era al caer de la tarde, y como la luz entraba allí avergonzada, al parecer, y temerosa, deteniéndose en los ventanillos por miedo a que la encerraran también, no era fácil distinguir de lejos las personas. Veíanse sombrajos movibles, los cuales, al acercarse a ellos, resultaban ser la simpática humanidad de algún calabocero que entraba en las celdas o salía de ellas.
Había centinelas de trecho en trecho, cuya vigilancia no podía ser muy grande, porque a cada instante les era forzoso apartar de las puertas de las celdas a personas importunas que iban a turbar la tranquilidad de los reos. Las llorosas mujeres, abusando de los miramientos que se deben a su sexo, molestaban a los señores cabos pidiéndoles noticias de tal o cual preso, dándoles cualquier recadillo verbal o encargo enojoso, como llevar pan a alguno de los muchos hambrientos que se comían los codos dentro de las celdas. En una de estas debía de estar encerrado un loco furioso, cuya manía era dar golpes en la puerta, con lo cual estaban muy disgustados los carceleros, hombres celosísimos de la paz de la casa. El dolor y la desesperación, callado el uno, ruidosa la otra, hacían estremecer las frágiles paredes, porque el mezquino edificio era indigno de la rabia que contenía, y a ser tal como a ella cuadraba, hubiera tenido más piedras que el Escorial y más hondos cimientos que el Alcázar de Madrid.
Sarmiento fue introducido en una pieza relativamente grande, cuya suciedad parecía resumen y muestrario de todas las suertes de inmundicia que los años y la incuria de los hombres habían acumulado en la indecorosa cárcel de Corte. En la zona más baja, una especie de faja mugrienta marcaba el roce de muchas generaciones de presos, de muchas generaciones de alguaciles, de muchas generaciones de jueces y curiales. Alumbrábala el afligido resplandor de un quinqué colgado del techo, que parecía acababa de oír leer su sentencia de muerte, y se disponía con semblante contrito a hacer confesión de sus pecados. Como el techo era muy bajo, y los allí presentes se movían de un lado para otro en torno al ajusticiado quinqué, las sombras bailaban en las paredes haciendo caprichosos juegos y cabriolas. En el fondo había la indispensable estampa de Su Majestad, y sobre ella un crucifijo cuya presencia no se comprendía bien, como no tuviera por objeto el recordar que los hombres son tan malos después como antes de la Redención.