Part 11
Delante de Su Majestad en efigie y de la imagen de Cristo crucificado, estaba en pie, apoyándose en una mesa, no fingido, sino de carne y hueso, horriblemente tieso y horriblemente satisfecho de su papel, el representante de la justicia, el apóstol del absolutismo, don Francisco Chaperón, siempre negro, siempre de uniforme, siempre atento al crimen para confundirlo donde quiera que estuviese, en honra y gloria del trono, del orden y de la fe católica. Pocas veces se le había visto tan fieramente investigador como aquella noche. Parecía que el tal personaje acababa de llegar del Gólgota, y que aún le dolían las manos de clavar el último clavo en las manos del otro, del que estaba detrás y en la cruz, sirviendo de sarcástico coronamiento al retrato del señor don Fernando.
A la derecha estaban junto a una mesa media docena de diablejos vestidos con el uniforme de voluntario realista, y acompañados por el licenciado Lobo, prestos todos a sumergir las plumas dentro de los tinteros. La izquierda era ocupada por un banquillo pintado de color de sangre de vaca: en él se sentaba alguien a quien don Patricio no vio en el primer momento. El anciano no había salido aún de aquel estupor que le acometió al ser conducido fuera de su casa; miró con cierta estupidez al tremendo fantasma; miró después a toda la chusma curialesca que le rodeaba, al licenciado Lobo; miró al santo Cristo, al rey pintado, y por fin, clavando los ojos en el banco de color de sangre, vio a su adorada hija y compañera.
—¡Sola!... ¡Hija de mi alma!... —gritó con alegría—. ¡Tú aquí..., yo también..., parece que esto es la cárcel..., el suplicio..., la gloria..., mi destino!...
XVIII
Clarísima luz entró de improviso en la mente del afligido viejo; desaparecieron las percepciones vagas, las ideas confusas, para dar paso a aquella siempre fija, inmutable y luminosa, que había dirigido su voluntad durante tanto tiempo, llenando toda su vida moral.
—Ya estoy en mí —dijo en tono de seguridad y convicción—. Soledad..., ¡tú y yo en este sitio! Al fin, al fin Dios ha señalado mi día. ¿No lo decía yo?... ¿No decía yo que al fin vendría la hora sublime? ¡Destino honroso el nuestro, hija mía! He aquí que no solo heredas mi gloria, sino que la compartes, y los dos juntamente, unidos aquí como lo estuvimos allá, somos llamados...
—Silencio —gritó Chaperón bruscamente—. Responda usted a lo que le pregunto: ¿cómo se llama usted?
—Excusada pregunta es esa —repuso con aplomo y dignidad don Patricio—, pues todo el mundo sabe en Madrid y fuera de él que soy Patricio Sarmiento, adalid incansable de la idea liberal, compañero de Riego, amigo de todos los patriotas, defensor de todas las constituciones, amparo de la democracia, terror del despotismo. Soy el que jamás tembló delante de los tiranos, el que no tiene en su corazón una sola fibra que no grite _libertad_, y el que aun después de muerto sacará la cabeza de la sepultura para gritar...
—Basta —dijo Chaperón, notando que las palabras del reo provocaban murmullos—. Charlatán es el viejo... Responda usted. ¿Conoce a esta joven?
—¿Que si la conozco? ¡Que si conozco a Sola...! Si no temiera faltar al respeto que debo a todo juez, quienquiera que sea, diría que es necia pregunta la que vuecencia acaba de hacerme. Esta es mi hija adoptiva, mi ángel de la guarda, mi amparo, mi compañera de vida, de muerte, de cielo y de inmortalidad. Dios, que dispone todas las grandezas, así como el hombre es autor de todas las pequeñeces, ha dispuesto que este ángel divino me acompañe también ahora. ¡Admirable solución de la Providencia! Yo creí haberla perdido, y la encuentro junto a mí en la hora culminante de mi vida, cuando se cumple mi destino; aparece a mi lado, no para darme esos triviales consuelos que no necesita mi corazón magnánimo, sino para compartir mi sacrificio, y con mi sacrificio, mi gloria. Adelante, señores jueces, adelante. Acaben ustedes. Soledad y yo nos declaramos reos de amor a la libertad, nos declaramos dignos de caer bajo vuestras manos, y confesamos haber trabajado por el triunfo del santo principio, ahora y antes y siempre, porque para ello nacimos y por ello morimos.
Causaba diversión a los diablillos menores y aun al diablazo grande el desenfado del buen viejo, por lo cual no habían puesto tasa a la charla de este. Mas Chaperón, que deseaba concluir pronto, dijo al reo:
—¿Es cierto que esta joven recibió un paquete de cartas de los emigrados para repartirlas a varias personas de Madrid?
—¿Y eso se pregunta? —replicó Sarmiento como si admirara la candidez del vestiglo—. ¿Pues qué había de hacer sino trabajar noche y día por el triunfo de la sagrada causa?... ¿No he dicho que para eso nacimos y por eso morimos?
Soledad miraba con ojos muy compasivos a su amigo y al juez alternativamente. Mas pronto dejó de mirarlos y se reconcentró en sí misma, mostrando estoica indiferencia hacia aquel lúgubre diálogo entre un insensato y un verdugo. Había hecho ya con Dios pacto de resignación absoluta, y se entregaba a la voluntad divina, prometiendo no oponer ninguna resistencia a los accidentes humanos, ni aceptar otro papel que el de víctima callada y tranquila. Entre el instante en que la sacaron desmayada de la caverna del gran esbirro, hasta aquel en que le pusieron delante a su compañero de infortunio, habían pasado para ella horas muy angustiosas. Pero su espíritu se había rendido al fin, aceptando la fórmula esencial del cristiano, que es rendirse para vencer y perderse absolutamente para absolutamente salvarse. Si algún combate sostenía aún su alma, era porque el propósito de pensar solamente en Dios no podía cumplirse aún con rigurosa exactitud. Pensaba en algo que no era Dios; pero aun así, iba conquistando la tranquilidad y un pasmoso equilibrio moral, porque había arrojado fuera de sí valerosamente toda esperanza.
—Usted sabrá sin duda a quién venían dirigidas esas cartas —preguntó Chaperón a Sarmiento.
—¿Pues qué?... ¿Ella no lo ha dicho?... —repuso el anciano, nuevamente admirado de la ignorancia del tribunal—. Esto no puede considerarse como delación, porque esas personas son leales patricios que también anhelan llegue la coyuntura de sacrificarse por la libertad. Nosotros no tenemos secretos; nosotros, como los héroes de la antigüedad, lo hacemos todo a la luz del día. Fue preciso prestar un servicio a la santa causa, facilitando las comunicaciones entre todos los que conspiran dentro y fuera por hacerla triunfar, y lo prestamos, sí, señor, lo prestamos a la clarísima luz del sol, _coram populo_. Las cartas eran cuatro.
—Atención —dijo don Francisco acercándose a la mesa de los escribanos.
—Una era para don Antonio Campos, ese gran patriota que acaba de llegar de Tarifa y Almería; otra para un oficial de la antigua guardia, que se llama Ramalejo; la tercera venía dirigida a don Roque Sáez y Onís, y la cuarta a doña Jenara de Baraona.
—Muy bien —gruñó Chaperón, asemejándose mucho en su gruñido al perro que acaba de encontrar un hueso perdido—. Veo que el viejo y la niña son la peor casta de conspiradores que se conoce en Madrid.
—Sí —dijo Sarmiento con exaltación—, insúltenos usted... Eso nos agrada. Los insultos son coronas inmarcesibles en la frente del justo. Mire usted las espinas que lleva en su cabeza aquel que está en la cruz.
—Silencio —gritó Chaperón—. Veo que él es tan parlanchín como ella hipocritona. Ya sabemos lo de las cartas, linda pieza... Ahora el buen viejo nos informará de todas las particularidades que hayan ocurrido en la casa. ¿Tiene noticia de que entrara en estos líos don Benigno Cordero?
—¡Cordero! —exclamó Sarmiento con asombro—. Cordero es un hombre vulgar, un tendero, un quídam... ¿Cómo puede ser capaz semejante hombre de intervenir en un complot de esos que solo acometen las almas grandes y valerosas?
—¿Seudoquis fue muchas veces a la casa?
—Dos veces, dos. Para nada hay que mentar a Cordero. Nuestra gloria es nuestra, señor mío, y de nadie más. ¡Ay de aquel que intente quitarnos una partícula de ella, siquiera sea del tamaño de un grano de alpiste! Nosotros, nosotros solos somos los héroes, nosotros las víctimas sublimes. Fuera intrusos y gentezuela que se presenta en el festín de la gloria con sus manos lavadas, reclamando lo que no les pertenece ni han sabido ganar con su abnegación. ¡Nosotros solos, ella y yo, nadie más que ella y yo!
—El que enviaba las cartas —añadió don Francisco dando un paso hacia Sarmiento— ¿no hablaba de lo de Almería y Tarifa, ni de la revolución que estaban preparando?
—Nosotros —repuso Sarmiento con desdén—, no nos ocupamos de frívolos detalles. ¡Almería, Tarifa! ¿Qué vale eso ni qué significa? Hechos aislados que ni precipitan ni detienen el hecho principal, que es la victoria de la libertad. ¡Si al fin tiene que ser, si ha de venir tan de seguro como saldrá el sol mañana!... Que se frustre una intentona, que salga mal un desembarco, que fusiléis a trescientos o a mil o a un millón de patriotas..., nada importa, señores. Lo que ha de venir, vendrá. Si pretendéis atajarlo con patíbulos, vendrá más pronto. Los patíbulos son árboles fecundos, que con el riego de la sangre dan frutos preciosísimos. Echad sangre, más sangre; eso es lo que hace falta. Las venas de los patriotas son el filón de donde mana la nueva vida.
»No me habléis de conspiraciones parciales: yo no entiendo de eso. El que escribió las cartas, lo mismo que mi hija, lo mismo que yo, cooperamos con nuestra voluntad y nuestros deseos más íntimos y más ardientes en ese gran complot moral, cuyas ramificaciones se extienden por todo el mundo. ¡Ah!, señores, no conocéis la gran conspiración del tiempo. A ella pertenezco, a ella pertenecen todas vuestras víctimas... Ea, despachemos pronto. Basta de fórmulas y de procedimientos necios. El patíbulo, el patíbulo, señores, esa es nuestra jurisprudencia. De él hemos de salir triunfantes, trocados de humanos miserables en inmaculados espíritus. Lo mismo nos da que nos ahorquéis de esta o de la otra manera, más o menos noblemente. ¿A los mártires del circo romano les importaba que el tigre que se los comía tuviera la oreja negra o amarilla? No, porque no atendían más que a la sublime idea; lo mismo nosotros no atendemos más que a esta idea que nos lleva en pos del suplicio, la cual es como un fuego sacrosanto que nos embelesa y nos purifica. No tenemos ya sentidos, no sabemos lo que es dolor... ¡La carne!... ¡Ah!, no nos merece más interés que el despreciable polvo de nuestros zapatos. Adelante, pues. Cumpla cada uno con su deber: el vuestro es matar, el nuestro sucumbir carnalmente, para vivir después la excelsa, la inacabable y deliciosa vida del espíritu... Vamos allá: ¿en dónde, en dónde está esa bendita horca?
Había tanta naturalidad en las entusiastas expresiones del exaltado viejo patriota, y al propio tiempo un tono de dignidad tan majestuoso, que los empleados de la Comisión, así militares como civiles, no podían resistir al deseo de oírle. Aunque el sentimiento que a la mayoría dominaba era de burla con cierta tendencia a la compasión, no faltaba quien oyese al estrafalario viejo con un interés distinto del que comúnmente inspiran las palabras de los tontos. El mismo Chaperón se mostraba complacido, sin duda porque le divertía su víctima, haciéndolo mucho más barato que el célebre gracioso Guzmán, que empezaba su carrera en el teatro del Príncipe. Poro como la dignidad del tribunal no permitía tales comedias, don Francisco mandó al reo que diese por terminada la representación.
Los polizontes que se quedaron registrando la casa de Sola, aparecieron. Habían encontrado alguna cosa de gran valor jurídico; habían hecho provisión de pedacitos de papel, fragmentos de cartas, sin olvidar un polvoriento retrato de Riego, hallado entre los bártulos de don Patricio; dos o tres documentos masónicos o comuneros, y una carta dirigida al maestro de escuela. Examinolo todo ávidamente Chaperón, y lo entregó después a Lobo para que constase en el proceso. En tanto, don Patricio se acercaba a su compañera de infortunio y en voz baja le decía:
—Ánimo, ángel de mi vida, cordera mía. Que en esta ocasión solemne no deje de subir tu espíritu a la altura del mío. Inspírate en mí. Reflexiona en la gloria que nos espera y en el eco que tendrán nuestros sonorosos nombres en los siglos futuros, perpetuándose de generación en generación. ¿Por qué estás triste, y no alegre como unas castañuelas? ¿Por qué bajas los ojos en vez de alzarlos como yo, para tratar de ver en el cielo el esplendoroso asiento que nos está destinado? Tu destino es mi destino. Ambos están escritos en el mismo renglón. Hay gemelos del morir como los hay del nacer: tú y yo somos mellizos, y juntos saldremos del vientre de este miserable mundo a la inmensa vida del otro... Posible es que no lo comprendieras antes, niña de mis ojos; yo tampoco lo creía, y era engañado por hechos mentirosos. Tu proyecto de abandonarme era una ficción del destino para sorprenderme después con esta unión celestial. Mi entrada en tu casa, el amparo que me diste, ¿qué significan sino la preparación para estas nuestras bodas mortuorias, de las cuales saldremos unidos por siempre ante el altar de la glorificación eterna? Tú necesitas de mí para este santo objeto, así como yo necesito de ti... Bien sabía yo que conspirabas... ¡Y conspirabas por la santa libertad! Bendita seas... Serás condenada y yo también. ¡Seremos condenados!... ¿Ves cómo no es posible la separación? ¿Ves cómo lo ha dispuesto Dios así? Viviremos juntos eternamente. ¡Qué inefable dicha!... Solilla de mi vida, ten ánimo; que la flaca naturaleza corporal no soborne con sus halagos tu alma de patriota. Vive como yo la excelsa vida del espíritu. Desprécialo todo, mira al cielo, nada más que al cielo y a mí, que soy tu compañero de gloria, tu gemelo, tu segundo _tú_, a quien has de estar unida por los siglos de los siglos.
Soledad miró a su amigo. La serenidad, que en él provenía de un loco entusiasmo, provenía en ella de la resignación, ese heroísmo más sublime que todas las exaltaciones del valor, y al cual damos un nombre oscuro: lo llamamos paciencia, y germina como flor invisible y modesta en el alma de los que parecen débiles.
—Veo que no lloras —dijo don Patricio observando aquel semblante plácidamente tranquilo, a quien la virtud mencionada daba angelical hermosura—. No lloras, no estás demudada...
—¿Yo llorar? ¿Por qué?
—Así me gusta —exclamó Sarmiento con entusiasmo—. ¡Oh almas sublimes! ¡Oh almas escogidas! ¡Y pensar que os han de intimidar horcas y suplicios!... Señores jueces, aquí aguardamos la hora del holocausto. Llevadnos ya; subidnos a esos gallardos maderos que llamáis infamantes. Mientras más altos, mejor. Así alumbraremos más. Somos los fanales del género humano.
Chaperón mandó que los dos reos fuesen conducidos cada cual a su calabozo; mas como el alcaide manifestase la imposibilidad de ocupar dos departamentos, se dispuso que ambos gemelos de la muerte fuesen encerrados en un solo cuarto.
—Vamos —dijo don Patricio enlazando con su brazo la cintura de Sola.
Esta se dejó llevar. Cuando iban por la oscura galería, la joven huérfana oyó claramente en su oído estas palabras, dichas en voz muy baja, como un silbido:
—Señora, no se sofoque usted... Se hará un esfuercito por salvarla... Una persona que se interesa por usted..., que se interesa, sí..., me encarga de advertírselo.
Soledad volviose prontamente y vio unos ojos verdes y grandes, del tamaño de huevos. Estos ojos brillaban, reflejando la claridad del farol de los carceleros, en un semblante amojamado y partido en dos por la hendidura sonriente de la prolongada boca, casi vacía. En vez de tranquilizarse, Soledad tuvo miedo.
XIX
El licenciado Lobo, asesor privado del señor Chaperón, tenía su oficina en el ángulo más oscuro y apartado de la planta baja de la Comisión militar. Cubría el piso la estera más vieja, servíale de escritorio la mesa más rota que contaba entre sus propiedades el Estado, y el pupitre, el tintero, la estantería, denotaban con honrosa vejez haber acompañado en toda su larga vida a las antiguas covachuelas. Hasta el retrato de Fernando VII que decoraba la pared, era el más feo de toda la casa, y comido de polilla, no presentaba a la admiración del espectador más que los ojos y parte del cuerpo. Lo demás era una mancha irregular con grandes brazos al modo de tentáculos. Parecía un gran cefalópodo que estaba contemplando a su víctima antes de chupársela.
En el centro de este mueblaje, y encorvado sobre una mesa llena de descoloridos papeles, aparecía el leguleyo, cuya figura encajaba en tal marco como el cernícalo en su nido. La diestra pluma rasgueaba sin cesar, cual si fuera absolutamente imprescindible su actividad para la existencia de todo aquello, o como si fuera la clave cabalística de que dependían las imágenes del despacho, del retrato, de los muebles y del licenciado mismo. Cuando la pluma paraba, creyérase que todo iba a desvanecerse. A no ser porque en los ratos de descanso el asesor se ponía a tararear alguna tonadilla trasnochada de las del tiempo de la Briones y de Manolo García, se le hubiera tenido por momia automática, o por alma en pena a quien se había impuesto la tarea de escribir mil millones de causas para poderse redimir.
Al día siguiente de la prisión de Sarmiento, y cuando aún no había despachado regular porción de su faena de la mañana, una señora se presentó sin anunciarse en el escondrijo del asesor.
—¡Oh! señora... —exclamó Lobo suspendiendo la escritura—. No esperaba a usted tan tempranito. Hágame el obsequio de tomar asiento.
Ya la señora lo había hecho en la única silla que servía para el caso. Era la misma dama a quien vimos en el despacho de Chaperón, guapa si las hay, seductora de cara, cuerpo y apostura, _tota totalitate_ hermosa. Envolvíase en un rico chal blanco, que a Lobo le pareció, sobre los lindos hombros y entre los brazos de verde vestidos, como el más gracioso capricho de la nieve entre las plantas de un jardín. Como a los viejos feos se les permite ser galantes, Lobo dijo que la cara de la señora era una rosa con la cual no se había atrevido la nieve, temiendo que una mirada la derritiera.
—Déjese usted de sandeces —dijo ella—. Yo vengo a salir de dudas.
—¿Respecto a esa jovenzuela que se delató a sí misma?... Confieso que es el primer caso que he visto desde que tengo esta nobilísima pluma en la mano. Por ella se interesa la señora.
—Mucho, muchísimo —repuso la dama con pena—. Anoche he tenido una pesadilla... No es la primera vez que sueño con ella... ¿Pues no he dado en soñar que soy verdugo y que la estoy ahorcando?
—Graciosísimo, señora mía, graciosísimo. ¿La conoce usted hace tiempo? ¿De qué procede ese interés tan vivo? Ella no demuestra tenerla a usted grabada en las telas de su corazón. Recordemos cómo declaró haberle entregado una de las cartas. Sin duda quería perderla a usted. ¡Infame víbora! ¡Y usted quiere favorecerla! ¡Oh generosidad inaudita!
—¡Ella me aborrece!
—Se conoce, sí, porque lo de la carta es una calumnia.
—No es una calumnia, no. Recibí la carta —dijo la señora suspirando—. Pero Chaperón me ha dicho que no seré molestada por ello. Mostraré la carta, si es preciso. No contiene nada que transcienda a conspirar.
—Todo sea por Dios —dijo Lobo con ademán distraído—. Pues se arreglará. Basta que usted se interese por ella, para que don Francisco sea benigno. Para él no hay más Dios que Calomarde, y como mi señora tiene felizmente todo el favor de nuestro querido ministro y también el de Quesada...
—No me fío yo del ministro —dijo la dama nublando su hermoso semblante con las sombras de la duda—. Muy amigo mío era don Víctor Sáez, y en Cádiz me prendió, como usted sabe. Aquello duró poco; pero fui maltratada del modo más grosero. En estos tiempos no hay que fiar de las amistades.
—No, no hay que fiar, señora mía —repitió Lobo riendo y bajando la voz como el que va a decir un secreto peligroso—. ¡Estamos en los tiempos más perros que se han visto desde que hay tiempos, y bregamos con la gente más mala que se ha visto desde que el hombre, esa infame bestia inteligente, apareció sobre la tierra! Empero usted conseguirá lo que desea. ¿Es cuestión de gratitud? ¿Ha recibido usted favores de esa infeliz o de su familia?
—No, no es eso —dijo la dama, mostrando que le importunaba la curiosidad del hombre de leyes—. Es cuestión de conciencia.
—¿Debe usted favores a esa desgraciada?
—No, ella me debe a mí un disfavor muy grande. Yo he sido mala, señor Lobo..., pero no, no soy tan mala como yo misma creo. No faltan voces en mi conciencia... Verdad es que tengo un genio arrebatado, que soy capaz en ciertos momentos... Vamos, lo diré: soy capaz hasta de coger un puñal...
La hermosa dama, moviendo su brazo como para matar, convirtiose por breve momento en una figura trágica de extraordinaria belleza.
—Pero estos furores me pasan —añadió pasándose la mano por los ojos—. Pasan, sí, y como Dios castiga y advierte... Yo he sido mala; pero no he cerrado mis ojos a las advertencias de Dios. No es posible siempre reparar el mal que se ha causado... Pero se me presenta ahora ocasión de hacer un bien, y he de hacerlo: quiero sacar de la prisión a esa joven.
—El señor don Francisco...
—No me fío yo del señor don Francisco. Es demasiado amigo de mi esposo para que yo haga caso de sus palabrejas corteses. Usted, usted puede arreglarlo fácilmente.
—¿Cómo?
—Componiendo la causa de modo que aparezca la reo tan inocente de conspiración como los ángeles del cielo, aunque no sé yo si Chaperón y Calomarde podrán convencerse de que los ángeles no conspiran.
—¡La causa, señora! —exclamó Lobo sonriendo con malicia.
—Sí; componer la causa, hombre de Dios; poner lo blanco negro y lo negro blanco.
—Pero, señora doña Jenara de mis pecados, si aquí no hay causas, ni jurisprudencia, ni ley, ni sentencia, ni testimonio, ni pruebas, ni nada más que el capricho de la Comisión militar y de la Superintendencia, sometidas, como usted sabe, al capricho más bárbaro aún de los voluntarios realistas. Si todo este fárrago de papeles que usted ve aquí es tan inútil para la suerte de los presos como los guijarros de que está empedrada la calle... ¡Si todo esto es vana fórmula; si yo escribo porque me pagan para que escriba; si esto es puramente lo que yo llamo _pan de archivo_, porque no sirve más que para llenar esa gran boca que está siempre abierta y nunca se sacia!... ¡Oh inocencia, oh candor pastoril! No hable usted de causas ni de procedimientos, porque si todo esto (señaló los legajos que en grandes pilas le rodeaban) se escribiera en griego, serviría para lo mismo que en castellano sirve: para nada... ¡Pobres ratones! ¡Y es tan inhumana la Sala que manda poner ratoneras para impedirles que se coman esto!
El licenciado, después que concluyó de hablar, siguió riendo un buen rato.
—En ese caso, emprenderemos la conquista de Chaperón.
—Cosa muy fácil, pero facilísima... Tenga usted de su parte a Calomarde y a Quesada, y échese a dormir, señora.
—Es que ahora —repuso la dama muy preocupada— dicen que apretarán mucho la cuerda y que no perdonarán a nadie.
—Sí; el gobierno necesita ahora más que nunca demostrar gran celo para perseguir a los liberales. Los voluntarios realistas le acusan de que ahorca poco.
—¡Qué horror!
—De que ahorca poco. Pues bien: el gobierno se verá en el caso de ahorcar mucho.
—¡Y a esa pobre joven...!
—Esa pobre joven... La verdad es que la causa, como causa de conspiración, es de las que más alto piden un desenlace trágico. Ahora me acuerdo de una circunstancia que favorece mucho su deseo de usted.
—¿Qué?
—Anoche nos han traído al que figura como cómplice de la tunantuela.
—¿Sarmiento?... Le conozco —dijo la señora desanimándose—. Es un pobre tonto, a quien la Comisión no puede considerar como reo.