El terror de 1824

Part 3

Chapter 34,077 wordsPublic domain

—Me han dicho que el casero le va a plantar a usted en la calle esta semana.

—Ese troglodita será capaz de hacerlo como lo dice.

—En aquel cuarto le he preparado a usted una cama —manifestó Soledad, señalando una alcoba cercana.

Don Patricio miró y vio un lecho, cuyas cortinas blancas le deslumbraron más que si fueran rayos de sol.

—¡Una cama!..., ¡para mí!..., ¡para mí que hace cinco meses duermo en el suelo!...

—Aquí podrá usted vivir. Yo estoy sola; quizá lo esté por mucho tiempo —añadió la joven poniendo delante del anciano un plato de uvas—. La casa es demasiado grande para mí... No tendrá usted que ocuparse de nada..., le cuidaré, le alimentaré.

—¡Me cuidará, me alimentará!... Repito que esto es magia.

—Es caridad... ¿Por ventura no entienden de caridad los patriotas?

—Sí entendemos, sí —replicó Sarmiento tan aturdido ya que no sabía qué decir—. ¡La caridad!, sublime sentimiento. Pero no ha de sobreponerse al tesón ni a la fijeza de ideas. La caridad puede llegar a ser un mal muy grande si se emplea en los enemigos de la patria, en los ministros del error... ¿Qué le parece a usted?

—Que las uvas no deben ser ministros del error, según usted las acoge.

—Están riquísimas... Yo, ¿cómo negarlo?, agradezco a usted sus obsequios... Quizás pueda algún día corresponder a tantas finezas con otras igualmente delicadas... ¿Conque dice que me dará una cama?...

—Aquella...

—¿Y desayuno?

—También.

—¿Y comida?...

—Y cena. Soy pobre, pero tengo para vivir algún tiempo. Después Dios nos dará más. Ya ve usted que si a veces quita, también da cuando menos se espera.

—Es cierto, sí, es cierto —dijo Sarmiento con viva emoción que se apresuró a disimular—. Pero me asombra una cosa.

—¿Qué?

—La poca memoria de usted.

—¿Poca memoria? En verdad no es mucha —dijo Sola ofreciéndole un vaso de agua—. A veces no sirve la memoria sino de estorbo.

—Pues sí —añadió Sarmiento, mascullando las palabras y algo cortado—. Usted no se acuerda... de que yo... no era santo de la devoción de su papá de usted... Porque que digan arriba, que digan abajo, su papá de usted conspiraba. Así es que yo... Mire usted, siempre que me acuerdo de esto, tengo una congoja... Cierta noche, cuando llevaron preso al señor Gil de la Cuadra, yo... Repito que él conspiraba y que hacían bien en prenderle... ¿Usted recuerda...?

Soledad, pálida y abatida, miraba fijamente el mantel.

—Usted recuerda que su papá..., cuando le pusieron las cadenas, ¿eh?..., pues sí, parece que tenía sed. Me pidió agua y yo no se la quise dar. Hice mal, mal, mal; aquello fue una bellaquería, una brutalidad..., una infamia: seamos claros. Más adelante, cuando vivían ustedes en casa de Naranjo..., que, entre paréntesis, era un gran bribón, yo..., en fin, recordará usted que la noche que murió el señor Gil de la Cuadra, me metí en la casa con otros milicianos para registrarla... Confiese usted que teníamos razón, porque su papá de usted conspiraba, es decir, nones, ya no conspiraba por causa de estar muerto; pero...

La confesión de sus brutales actos de fanatismo costaba al preceptor sudores y congojas; pero sentía la necesidad imperiosa de echar de sí aquel tremendo peso, y como con tenazas iba sacándose las palabras.

—Ello es que yo me porté mal aquella noche... Verdad que éramos enemigos; que él conspiraba contra la libertad; que yo tenía una misión que cumplir..., el gobierno descansaba en mi vigilancia... Pero de todos modos, señora doña Solita, usted no obra cuerdamente al tratarme como me trata.

—¿Por qué? —dijo la joven alzando sus ojos llenos de lágrimas.

—Porque somos enemigos políticos.

Bañado el rostro en lágrimas, Sola se echó a reír, lo que producía singular contraste.

—Porque somos enemigos encarnizados..., porque me porté mal, y si ahora salimos con que usted me da carne y mesa... Además, mi dignidad no me permite aceptarlo, no, señora. Parecerá que he cedido en mis opiniones..., que transijo con ciertas ideas.

Sola reía más.

—Usted se burla de mí. Bien: no hablemos más del asunto. Se me figura que usted me perdona aquellos desmanes. Bien, muy bien. Reconozco que es un proceder admirable; pero yo..., póngase usted en mi lugar...

—Me parece —dijo Sola— que ya es hora de que se acueste usted.

—¡En esa cama! —exclamó Sarmiento con incredulidad y abriendo mucho los ojos.

—En esa.

—¡Y tiene colchones!

—Y manta... Ya que tiene usted repugnancia de aceptar lo que le ofrezco, no insistiré —indicó la muchacha con malicia—; pero valga mi hospitalidad por esta noche. Mañana se volverá usted a su casa.

—Bien, bien —dijo Sarmiento—. Por vida de la chilindraina, que es una excelente idea. Mañana lo decidiremos, y esta noche, como estoy tan cansado... En verdad, ¿para qué necesito yo colchones ni platos exquisitos, si están contados mis días?... ¡Ay! La pérdida de mi hijo me ha secado el corazón. Para mí ha concluido el mundo. Conozco que estoy de más, y me apresuro a emprender el viaje. Pero ha de saber usted que mi idea es morir gloriosamente, mi plan tener un fin que corresponda a la grandeza de las doctrinas que he sustentado en vida. Yo no puedo morir como otro cualquiera, señora doña Solita, y aquí me tiene usted en camino de llenar una página de la historia.

Sola parecía inquieta oyendo los disparates de su huésped.

—Sí, señora —añadió Sarmiento exaltándose y echando lumbre por los ojos—. Voy a morir por la patria; voy a morir por la libertad, por esa luz que ilumina el mundo; voy a ser mártir; voy a elevar mi frente como los héroes, conquistando con un fin heroico la inmortalidad.

—Lo que yo veo es que no iban descaminados los que me dijeron...

Don Patricio se levantó, y tomando una actitud de estatua, prosiguió de este modo:

—¿A qué arrastrar una vejez oscura y miserable, cuando las circunstancias me brindan con la inmortalidad? El ejemplo de ese héroe a quien he visto conducido como los criminales, y que subirá al Calvario dentro de poco, me sirve de guía. ¡Oh luz de mi inteligencia, bendita seas por haberme inspirado esta idea!

Pasando luego bruscamente al tono familiar, dijo a Solita:

—Pocos días me restan de vida. Quizás tres, quizás dos, quizás uno solo. Como he de molestar por tan poco tiempo, apreciable señora, me quedaré aquí.

—Está muy bien pensado. Ahora a dormir.

Vino el médico que habían llamado, y Sarmiento le despidió de mal talante, diciendo que no necesitaba medicinas, porque para él, el cuerpo no era nada y el alma todo. Advirtió el médico reservadamente a Sola que le encerrara si tenía empeño en que tal estafermo viviese. Después de la partida del galeno, don Patricio mostró deseos de acostarse.

—Buenas noches, señora —dijo el preceptor entrando en la alcoba—. ¿Tomaré mañana chocolate?

—¿Eso había de faltar? Si no fuera por esa dichosa muerte heroica que le espera, lo tomaría usted muchos días. ¡Qué necedad privarse de ese gusto por la gloria, que no es más que humo!

—Usted habla en broma —dijo don Patricio, cuya voz se oía débilmente desde la sala, porque había cerrado la puerta para acostarse—. No puedo comprender que su claro entendimiento compare unas cuantas onzas de soconusco con la inmortalidad y la gloria... ¡Ah!, señora mía, lo único que me consuela de la pérdida que acabo de experimentar, es el saber que mi adorado hijo está gozando de esa inextinguible luz de la gloria, premio justo de los que han muerto defendiendo la libertad. ¡Mártir sublime, que Dios te bendiga como te bendigo yo!..., ¡yo que me apresuro a imitarte!... Solita, ¿se ha marchado usted?

—No, señor; aquí estoy oyéndole con mucho gusto. ¡Cuánto siento la muerte del pobre Lucas!... ¡Era tan buen muchacho!...

—¡Válgame Dios lo que he perdido! Era un dechado de virtudes —dijo Sarmiento dando un gran suspiro— y de amor filial. Su inteligencia superior se remontaba a las más altas concepciones. Su valor indomable no tenía igual, y creeríase al verle que en él había resucitado un héroe antiguo. Vamos, que en aquel famoso 7 de julio dejó bien puesto el pabellón... ¡Pobre hijo mío! Sus nobles facciones eran idénticas a las de su madre. ¡Si supiera usted cuán hermosa era mi Refugio!... ¿Está usted ahí, Solita?...

—Aquí estoy. Sí, debía de ser muy hermosa doña Refugio.

—¡Ah! ¡Si usted la hubiera visto!... ¡Qué boca!..., ¡qué ojos!..., ¡qué pie!... Me parece que la estoy mirando. La llamaban la diosa de Calabazar del Buey, por ser este el lugar de su nacimiento... ¡Oh dulces memorias!, ¿por qué venís a atormentarme en estas aflictivas horas?... Yo me enamoré de Refugio como un insensato, porque siempre he sido así, un fuego vivo. ¡Cuánto me costó sacarla de la casa paterna!... En fin, nos unimos en dulce lazo el día de la Encarnación... Por Nochebuena nació nuestro Lucas, que parecía una bola de oro y manteca... ¡Oh tiempos!... ¿Señora doña Solita...?

—¿Qué?

—¿Se ha marchado usted?

—No, señor; aquí estoy.

—Parece que se ríe usted.

—De ningún modo.

—Hágame el favor de abrir la puerta porque deseo verla a usted antes de dormir. Es una necesidad de mi pobre espíritu.

Soledad abrió. Completamente arrebujado en las sábanas, don Patricio no mostraba más que la cabeza.

—Está usted mucho más guapa que cuando vivía el señor Gil de la Cuadra —insinuó el viejo.

—Podrá ser.

—¿Se acuesta usted ya?

—Antes tengo que hacer.

—Pues buenas noches, porque a causa del mucho cansancio... Perdone usted mi descortesía; pero no lo puedo remediar: me duermo como un animal. ¡Oh gloria, oh lauros inmortales, oh libertad!... Esta cama... es tan... buena...

IV

Pasando sobre treinta y cinco días, nos trasladamos con el lector al 6 de noviembre.

La plazuela de la Cebada, prescindiendo del mercado que hoy la ocupa, desfigurándola y escondiendo su fealdad, no ha variado cosa alguna desde 1823. Entonces, como hoy, tenía aquel aire villanesco y zafio que la hace tan antipática, el mismo ambiente malsano, la misma arquitectura irregular y ramplona. Aunque parezca extraño, entonces las casas eran tan vetustas como ahora, pues indudablemente aquel amasijo de tapias agujereadas no ha sido nuevo nunca. La iglesia de Nuestra Señora de Gracia, viuda de San Millán desde 1868, tenía el mismo aspecto de almacén abandonado, mientras su consorte, arrinconado entre las callejuelas de las Maldonadas y San Millán, parecía pedir con suplicante modo que le quitaran de en medio. La fundación de doña Beatriz Galindo no daba a la plaza sino podridos aleros, tuertos y llorosos ventanuchos, medianerías cojas y covachas miserables. La elegante cúpula de la capilla de San Isidro, elevándose en segundo término, era el único placer de los ojos en tan feo y triste sitio.

Esta plazuela había recibido de la Plaza Mayor, por donación graciosa, el privilegio de despachar a los reos de muerte, por cuya razón era más lúgubre y repugnante. Aquella boca monstruosa y fétida se había tragado ya muchas víctimas, y ¡cuántas le quedaban aún por tragar desde aquella célebre fecha de noviembre de 1823, que ennobleció la plaza-cadalso, dándole nombre más decoroso que el que siempre ha llevado!

En la mañana del 6, centenares de curiosos afluían por las calles próximas para ver dos palos largos plantados en medio de tal plaza, y asistir con curiosidad afanosa a la tarea de seis hombres que se ocupaban en unir los topes de dichos árboles con un tercer madero horizontal. Los corrillos eran muchos, y la gente iba y venía paseando como en los preliminares de una fiesta. Veíanse hombres uniformados, otros con armas y sin uniforme, mucha gente del populacho que por aquellos barrios tiene sus albergues, y no pocas personas de la clase acomodada. Un hombre alto, seco, moreno, de ojos muy saltones, de rostro fiero y ademán amenazador, mirar insolente, boca bravía, como de quien no muerde por no menoscabar la dignidad humana; un hombre que francamente mostraba en todo su condición perversa, y en cuyo enjuto esqueleto el uniforme de brigadier parecía una librea de verdugo, avanzó resueltamente por entre el gentío, abriéndose calle bastón en mano; y dirigiéndose después con airada voz y gesto a los que trabajaban en el cadalso, les dijo:

—¡Malditos!... ¡Mal haya el pan que se os da! ¿No he mandado que se pusieran los palos más grandes que hay en los almacenes de la villa?

Uno que parecía jefe de los aparejadores balbució algunas excusas que no debieron de satisfacer al vestiglo, porque al punto soltó por su abominable boca nueva andanada de denuestos.

—¡Ahora mismo, ahora mismo, canallas!..., quitarme de ahí ese juguete, si no quieren que los cuelgue en él... Traigan los palos grandes, los más grandes, aquellos que estaban la semana pasada en el canal... ¿Entienden lo que digo?... ¿Hablo yo en castellano?... Los palos grandes.

Otra vez se disculparon los aparejadores; pero el del bastón repitió sus órdenes.

—Si hace falta más gente, venga más gente... Estos holgazanes no comprenden la gravedad de las circunstancias, ni están a la altura de un suceso como este... ¡Por vida del Santísimo Sacramento, que yo les haré andar a todos derechos!... Señor Cuadrado, lleve usted al canal a todos los operarios de la villa para transportar esos leños, y si no iré yo mismo, que lo mismo sirvo para un fregado que para un barrido.

Tres horas más tarde, el deseo de aquel hombre tan atroz se empezaba a cumplir, y la gente allí reunida (porque había más gente) vio que se elevaban con majestad dos maderos como mástiles de barco, gruesos, lisos, hermosos.

—¡Ah, muy bien! —dijo el endriago, observando desde lejos el golpe de vista—. Esto es otra cosa. Así es como el gobierno quiere que se haga. ¡Magnífico efecto!

Sus miradas de satisfacción recorrieron toda la plaza por encima del mar de cabezas, y parecía decir: «¡Feliz el pueblo que tiene al frente de su policía un hombre como yo!».

Clavados los altos maderos, los aparejadores se ocuparon en atar la traviesa horizontal. El efecto era soberbio.

Daba nuevas órdenes para perfeccionar tan bella obra el formidable polizonte, cuando se llegó a él un hombre cuadrado y de semblante oscuro e indescifrable, que le saludó cortésmente.

—¿Qué te parece, Romo, lo que hemos hecho? —dijo el del bastón, cruzando atrás las manos con el emborlado instrumento de su autoridad.

—¡Oh! es la mayor que se ha elevado en Madrid —repuso contemplando la horca—. Y si hubiera maderos de más talla, a mayor altura la pondríamos. Esto debiera verse de toda España.

—Desde todo el mundo; que fuera de aquí también hay pillos a quienes escarmentar... Yo traería mañana a esta plaza a todos los españoles para que aprendieran cómo acaban las porquerías revolucionarias... No hay enseñanza más eficaz que esta... Como el nuevo gobierno no se nos meta por el camino de la tibieza, habrá buenos ejemplos, amigo Romo.

—Es que si se empeña en ir por el camino de la tibieza —dijo Romo dando un golpe en el puño de su sable—, nosotros no le dejaremos ir...

—Bien, bien, me gustan esos bríos —afirmó un tercer personaje, casi tan parecido a un gato como a un hombre, y que de improviso se unió a los dos anteriores—. No ha salido el rey de manos de los liberales para caer en las de los tibios.

—Señor Regato —dijo el del bastón—, ha hablado usted como los cuatro evangelios juntos.

—Señor Chaperón —añadió Regato—, bien conocidas son mis ideas... ¿Ve usted esa horca? Pues todavía me parece pequeña.

—Se puede hacer mayor —dijo el que respondía al nombre de Chaperón—. Por vida del Santísimo Sacramento, que no se quejará el cabezudo..., y su bailoteo será bien visto.

—¿Conoce usted la sentencia? —preguntó Regato.

—Será conducido a la horca arrastrado por las calles —dijo Romo—. Si hubieran omitido esto los jueces, habría sido una gran falta.

—Es claro; hay que distinguir... Según pedía el fiscal, la cabeza se colocará en el pueblo donde dio el grito nefando el año 20, y el cuerpo se dividirá en cuatro cuartos.

—Para poner uno en Madrid, otro en Sevilla, otro en Málaga y otro en la Isla —añadió Chaperón, dando gran importancia a tan horribles detalles.

—Pues ayer se dijo..., yo mismo lo oí..., —afirmó Regato—, que los dos cuartos delanteros quedarían en Madrid. Yo no lo aseguro; pero así se dijo.

—En puridad —dijo Chaperón—, esto no es lo más importante. En vez de perder el tiempo descuartizando, buscaremos nueva fruta de cuelga, que no faltará en Madrid... ¿Pero qué alboroto es ese?... ¿Por qué corre mi gente?

Volvió los saltones ojos hacia Nuestra Señora de Gracia, donde los grupos se arremolinaban y se oía murmullo de vivas. El fiero jefe de la Comisión militar frunció el ceño al ver que el buen pueblo confiado a su vigilancia relinchaba sin permiso de la policía.

—No es nada, señor Chaperón —dijo Regato—. Es que tenemos ahí a nuestro famoso Trapense.

—Hace un rato —añadió Romo— venía por Puerta de Moros con su escolta. Entró a rezar en Nuestra Señora de Gracia, y ya sale otra vez. Viene hacia acá.

En efecto, avanzaba hacia el centro de la plaza la más estrambótica figura que puede ofrecerse a humanos ojos en esos días de revueltas políticas, en que todo se transfigura, y sale a la superficie, ensuciando la clara linfa, el légamo social. Era un hombre a caballo, mejor dicho, a mulo. Vestía hábitos de fraile y traía un crucifijo en la mano, y pendientes del cinto, sable, pistolas y un látigo. Seguíanle cuatro lanceros a caballo, y rodeábale escolta de gritonas mujeres, pilluelos y otra ralea de gente de esa que forma el vil espumarajo de las revoluciones.

Era el Trapense joven, de color cetrino, ojos grandes y negros, barba espesa, con un airecillo, más que de feroz guerrero, de truhan redomado. Había sido lego en un convento, en el cual dio mucho que hacer a los frailes con su mala conducta, hasta que se metió a guerrillero, teniendo la suerte de acaudillar con buen éxito las partidas de Cataluña. Conocedor de la patria en cuyo seno había tenido la dicha de nacer, creyó que sus frailunas vestiduras eran el uniforme más seductor para acaudillar aventureros, y al igual de las cortantes armas puso la imagen del crucificado. En los campos de batalla, fuera de alguna ocasión solemne, llevaba el látigo en la mano y la cruz en el cinto; pero al entrar en las poblaciones colgaba el látigo y blandía la cruz, incitando a todos a que la besaran. Esto hacía en aquel momento, avanzando por la plazuela. Su mulo no podía romper sino a fuerza de cabezadas y tropezones la muralla de devotos patriotas, y él, afectando una seriedad más propia de mascarón que de fraile, echaba bendiciones. El demonio metido a evangelista no hubiera hecho su papel con más donaire. Viéndole, fluctuaba el ánimo entre la risa y un horror más grande que todos los horrores. Los tiempos presentes no pueden tener idea de ello, aunque hayan visto pasar fúnebre y sanguinosa una sombra de aquellas espantables figuras. Sus reproducciones posteriores han sido descoloridas, y ninguna ha tenido popularidad, sino antes bien, el odio y las burlas del país.

Cuando el bestial fraile, retrato fiel de Satanás ecuestre, llegó junto al grupo de que hemos hablado, recibió las felicitaciones de las tres personas que lo formaban, y él les hizo saludo marcial alzando el Crucifijo hasta tocar la sien.

—Bienvenido sea el padre Marañón —dijo el jefe de la Comisión militar acariciando las crines del mulo, que aprovechó tal coyuntura para detenerse—. ¿A dónde va tanto bueno?

—Hombre..., también uno ha de querer ver las cosas de gusto —replicó el fraile—. ¿A qué hora será eso mañana?

—A las diez en punto —contestó Regato—. Es la hora mejor.

—¡Cuánta gente curiosa!... No me han dejado rezar, señor Chaperón —añadió el fraile, inclinándose como para decir una cosa que no debía oír el vulgo—. Usted, que lo sabe todo, dígame: ¿conque es cierto que se nos marcha el príncipe?

—¿Angulema? Ya va muy lejos, camino de Francia. ¿Verdad, padre Marañón, que no nos hace falta maldita?

—¿Pues no nos ha de hacer falta, hombre de Dios? —dijo el fraile soltando una carcajada que asemejó su rostro al de una gárgola de catedral despidiendo el agua por la boca—. ¿Qué va a ser de nosotros sin figurines? Averigüe usted ahora cómo se han de hacer los chalecos y cómo se han de poner las corbatas.

Los tres y otros intrusos que oían rompieron a reír, celebrando el donaire del Trapense.

—Queda de general en jefe el general Bourmont.

—Por falta de hombres buenos, a mi padre hicieron alcalde —dijo Chaperón—. Si Bourmont se ocupara en otra cosa que en coger moscas, y se metiera en lo que no le importa, ya sabríamos tenerle a raya.

—Me parece que no nos mamamos el dedo —repuso el fraile—. Y me consta que Su Majestad viene dispuesto a que las cosas se hagan al derecho, arrancando de cuajo la raíz de las revoluciones. Dígame usted, ¿es cierto que se ha retractado en la capilla?

—¿Quién, Su Majestad?

—No, hombre, Rieguillo.

—De eso se trata. El hombre está más maduro que una breva. ¿No va usted por allá?

—¿Por la capilla?... No me quedaré sin meter mi cucharada... Ahora no puedo detenerme: tengo que ver al obispo para un negocio de bulas, y al ministro de la Guerra para hablarle del mal estado en que están las armas de mi gente... Con Dios, señores... ¡arre!

Y echó a andar hacia la calle de Toledo, seguido del entusiasta cortejo que le vitoreaba. Chaperón, después de dar las últimas órdenes a los aparejadores y de volver a observar el efecto de la bella obra que se estaba ejecutando, marchó con sus amigos hacia la calle Imperial, por donde se dirigieron todos a la cárcel de Corte. En la plazuela había también gente, de esa que la curiosidad, no la compasión, reúne frente a un muro detrás del cual hay un reo en capilla. No veían nada, y sin embargo, miraban la negra pared, como si en ella pudiera descubrirse la sombra, o si no la sombra, misterioso reflejo del espíritu del condenado a muerte.

Los tres amigos tropezaron con un individuo que apresuradamente salía de la Sala de Alcaldes.

—¡Eh!, no corra usted tanto, señor Pipaón —gritole el de la Comisión militar—. ¿A dónde tan a prisa?

—Hola, señores, salud y pesetas —dijo el digno varón deteniéndose—. ¿Van ustedes a la capilla?...

—No hemos de ser los últimos. ¿Qué tal está mi hombre?...

—Van a darle de comer... Una mesa espléndida, como se acostumbra en estos casos. Con que, señor Chaperón, señor Regato...

—¡A dónde va usted que más valga! —dijo Chaperón deteniéndole por un brazo—. ¿Hay trabajillo en la oficina?

—Yo no trabajo en la oficina, porque estoy encargado de los festejos para recibir al rey —repuso Bragas con orgullo.

—¡Ah!, no hay que apurarse todavía.

—Pero no es cosa de dejarlo para el último día. No preparamos una función chabacana como las del tiempo constitucional, sino una verdadera solemnidad regia, como lo merecen el caso y la persona de Fernando VII. El carro en que ha de verificar su entrada se está construyendo. Es digno de un emperador romano. Aún no se sabe si tirarán de él caballos o mancebos vistosamente engalanados. Es indudable que llevarán las cintas los voluntarios realistas.

—Pues se ha dicho que nosotros tiraríamos del carro —dijo Romo con énfasis, como si reclamara un derecho.

—Ahí tiene usted un asunto sobre el cual no disputaría yo —insinuó Regato blandamente—. Yo dejaría que tiraran caballos o mulas.

—Ya se decidirá, señores, ya se decidirá a gusto de todos —dijo Bragas con aires de transacción—. Lo que me trae muy preocupado es que..., verán ustedes..., me he propuesto presentar ese día doscientas o trescientas majas lujosamente vestidas. ¡Oh! ¡qué bonito espectáculo! Costará mucho dinero ciertamente; pero ¡qué precioso efecto! Ya estoy escogiendo mi cuadrilla. Doscientas muchachas bonitas no son un grano de anís. Pero yo las tomo donde las encuentro..., ¿eh? De los trajes se encarga el Ayuntamiento... Me han dado fondos. ¡Caracoles!, es una cuestión peliaguda... Espero lucirme.

—Este Pipaón es de la piel de Satanás... ¿De dónde va a sacar ese mujerío?

—Yo daría la preferencia a los arcos de triunfo —dijo Romo—. Es mucho más serio.