Part 4
—¿Arcos?... ¡Si ha de haber cuatro! Por cierto que el señor Chaperón nos ha hecho un flaco servicio llevándose para la horca los grandes mástiles que sirven para armar arcos de triunfo.
—Hombre, por vida del Santísimo Sacramento —dijo Chaperón mostrando un sentimiento que en otro pudiera haber sido bondad—, ya servirán para todo. Pues qué, ¿vamos a ahorcar a media España?
—Entre paréntesis, no sería malo... Conque ahora sí que me voy de veras.
Estrechó Pipaón sucesivamente la mano de cada uno de sus tres amigos.
—Ya nos veremos luego en las oficinas de la Comisión.
—Pues qué, ¿hay algo nuevo?
—Hombre, no se puede desamparar a los amigos.
—¡Recomendaciones! —vociferó el brigadier mostrando su fiereza—. Por vida del Santísimo, que eso de las recomendaciones y las amistades me incomoda más que la evasión de un prisionero. Así no hay justicia posible, señor Pipaón; así la justicia, los castigos y las purificaciones no son más que una farsa.
El terrible funcionario se cruzó de brazos, conservando fuertemente empuñado el símbolo de su autoridad.
—Es claro —añadió Romo por espíritu de adulación—, así no hay justicia posible.
—No hay justicia —repitió Regato como un eco del cadalso.
—Amigo Chaperón —dijo el astuto Bragas con afabilidad y desviando un poco del grupo al comisario para hablarle en secreto—, cuando hablo de amigos me refiero a personas que no han hecho nada contra el régimen absoluto.
—Si, buenos pillos son sus amigos de usted.
—No es más sino que al pobre don Benigno Cordero le está molestando la policía de Zaragoza, y es posible que lo pase mal. Ya recordará usted que don Benigno dio cien onzas bien contadas porque se le comprendiera en el secreto del 2 de octubre fechado en Jerez. Acogiéndose a la proscripción, se libraba de la cárcel y quizás de la horca... Pues en Zaragoza me le han puesto en un calabozo. Eso no está bien...
—Bueno, bueno —dijo Chaperón disgustado de aquel asunto. También Romo me ha recomendado a ese Cordero.
Romo no dijo una palabra, ni abandonó aquella seriedad que era en él como su mismo rostro.
—Por última vez, señores, adiós —chilló Bragas—, ahora sí que me voy de veras.
—Abur.
Dirigiéronse a la puerta de la cárcel por la calle del Salvador; pero les fue preciso detenerse, porque en aquel momento entraba una cuerda de presos. Iban atados como criminales que recogiera en los caminos la antigua Hermandad de Cuadrilleros, y por su traje, ademanes, y más aún por el modo de expresar su pena, debían de pertenecer a distintas clases sociales. Los unos iban serenos y con la frente erguida; los otros abatidos y llorosos. Eran veintidós entre varones y hembras, a saber: tres patriotas de los antiguos clubs, dos ancianos que habían desempeñado durante el régimen caído el cargo de vocales del Supremo Tribunal de Justicia, un eclesiástico, dos toreros, cuatro cómicos, un chico de siete años, descalzo y roto, tres militares, un indefinido, como no se le clasificara entre los pordioseros, una señora anciana que apenas podía andar, dos de buena edad y noble continente, que pertenecían a clase acomodada, y dos mujeres públicas.
Chaperón echó sobre aquella infeliz gente una mirada que bien podía llamarse amorosa, pues era semejante a las del artista contemplando su obra, y cuando el último preso (que era una de las damas de equívoca conducta) se perdió en el oscuro zaguán de la prisión, rompió por entre la multitud curiosa y entró también con sus amigos.
V
Lo más cruel y repugnante que existe después de la pena de muerte es el ceremonial que la precede, y la lúgubre antesala del cadalso con sus cuarenta y ocho mortales horas de capilla. Casi más horrenda que la horca misma es aquella larga espera y agonía entre la vida y la muerte, durante la cual exponen la víctima a la compasión pública, como a la pública curiosidad los animales raros. La ley, que hasta entonces se ha mostrado severa, muéstrase ahora ferozmente burlona, permitiendo al reo la compañía de parientes y amigos, y dándole de comer a qué quieres, boca. Algún condenado de clase humilde prueba en esos dos días platos y delicadas confituras, cuyo sabor no conocía. Señores, sacerdotes y altos personajes le dan la mano, le dirigen vulgares palabritas de consuelo, y todos se empeñan en hacerle creer que es el hombre más feliz de la creación, que no debe envidiar a los que incurren en la tontería de seguir viviendo, y que estar en capilla con el implacable verdugo a la puerta es una delicia. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido solicitar expresamente tanta felicidad, ni contar a Nerón, Luis XI, don Pedro de Castilla, Felipe II, Robespierre y Fernando VII entre los bienhechores de la humanidad.
Desde el 5 de noviembre a las diez de la mañana gustaba don Rafael del Riego las dulzuras de la capilla. Aquel hombre famoso, el más pequeño de los que aparecen ingeridos sin saber cómo en las filas de los grandes, mediano militar y pésimo político, prueba viva de las locuras de la fama y usurpador de una celebridad que habría cuadrado mejor a otros caracteres y nombres condenados hoy al olvido, acabó su breve carrera sin decoro ni grandeza. Un noble morir habría dado a su figura el realce heroico que no pudo alcanzar en tres años de impaciente agitación y bullanga; pero tan desgraciada era la libertad en nuestro país, que ni al morir bajo las soeces uñas del absolutismo, pudo alcanzar aquel hombre la dignidad y el prestigio de la idea que se avalora sucumbiendo. Pereció como la pobre alimaña que expira chillando entre los dientes del gato.
La causa del revolucionario más célebre de su tiempo fue un tejido de iniquidades y de absurdos jurídicos. Lo que importaba era condenarle emborronando poco papel, y así fue. Desde que le leyeron la sentencia el preso cayó en un abatimiento lúgubre, hijo, según algunos, de sus dolencias físicas. Creeríase que confiaba hasta entonces en la clemencia de los llamados jueces, o del rey, que es todo el caudal de inocencia que puede caber en espíritu de hombre nacido. A diferencia de otros que en horas tan tremendas se atracan de los ricos manjares con que engorda el verdugo a sus víctimas, no quiso comer, o comió muy poco. Ningún amigo pudo visitarle, porque la visita hubiera sido quizás el primer paso para compañía perpetua hasta la eternidad; pero le vieron muchos individuos particulares de categoría, deseosos de hartar sus ojos con la vista de aquel hombre que conmovió con su nombre a toda España; sacerdotes que solícitamente se prestaban a encaminarle al cielo; hermanos de diversas hermandades; personas varias, en fin, compungidas las unas, indiferentes otras, curiosas las más; pero en tal número que no dejaban al preso un momento de descanso.
Estaba frío, caduco, los ojos fijos en el suelo, amarillo como las velas que ardían junto al crucifijo del altar. A ratos suspiraba, parecía vagar en sus labios la palabra perdón, acometíanle desmayos, y hacía preguntas triviales. Ni mostró apego a las ideas políticas que le habían dado tanto nombre, ni dio alas a su espíritu con la unción religiosa, sino que se abatía más y más a cada instante, apareciendo quieto sin estoicismo, humilde sin resignación. Chaperón y otros de igual talla gozaban viendo llorar, como un alumno castigado, al general de la libertad, al pastor que con la magia de su nombre arrastraba tras sí rebaño de pueblos. En el delirio de su triunfo no habían ellos soñado con una caída semejante que les desembarazara, no solo de su enemigo mayor, sino del prestigio de todos los demás.
La retractación del héroe de las Cabezas fue una de las más ruidosas victorias del bando absolutista. ¡Qué mayor triunfo que mostrar a los pueblos un papel en que de su puño y letra había escrito el hombre diminuto estas palabras: «Asimismo publico el sentimiento que me asiste por la parte que he tenido en el sistema llamado constitucional, en la revolución y en sus fatales consecuencias, por todo lo cual pido perdón a Dios de mis crímenes...»! Han quedado en el misterio las circunstancias que acompañaron a este arrepentimiento escrito, y aunque el carácter de Riego y su pusilanimidad en las tremendas horas justifican hasta cierto punto aquella genuflexión de su espíritu, puede asegurarse que no hubo completa espontaneidad en ella. El fraile que le asistía, Chaperón y el escribano Huerta sabrían acerca de este suceso cosas dignas de pasar a la posteridad, porque a ellos debieron los absolutistas el envilecimiento del personaje más culminante, si no el más valioso de la segunda época constitucional. Ahora, cuando ha pasado tanto tiempo y la losa del sepulcro les cubre a todos, ahorcadores y ahorcados, no podemos menos de deplorar que los que asistieron en la capilla a don Rafael del Riego en la noche del 6 al 7 de noviembre, no hubieran hecho públicos después los argumentos empleados para arrancar una abdicación tan humillante.
El 7, a las diez de la mañana, le condujeron al suplicio. De seguro no ha brillado en toda nuestra historia un día más ignominioso. Es tal, que ni aun parece digno de ser conocido, y el narrador se siente inclinado a volver, sin leerla, esa página sombría, y a correr tras de una ficción verosímil que embellezca la descarnada verdad histórica. Una víctima sin nobleza, arrastrada al suplicio por verdugos feroces, es el espectáculo más triste que pueden ofrecer las miserias humanas; es el mal puro sin porción ninguna de bien, de ese bien moral que aparece más o menos claro aun en los más horrendos excesos del furor político y en los martirios a que es sometida la inocencia. Una víctima cobarde parece que enaltece al verdugo, y al hablar de cobardía no es que echemos de menos la arrogancia fanfarrona con que algunos desgraciados han querido dar realce teatral a su postrer instante, sino la dignidad personal que, unida a la resignación religiosa, rodean al mártir jurídico de una brillante aureola de simpatías y compasión. Ninguna de aquellas especies de valor tuvo en su desastroso fin el general Riego, y creeríase al verle que víctima y jueces se habían confabulado para cubrir de vilipendio el último día de la libertad y hacer más negro y triste su crepúsculo. La grosería patibularia y el refinamiento en las fórmulas de degradación empleadas por los unos, parece que guardaban repugnante armonía con la abjuración del otro.
Sacáronle de la cárcel por el callejón del Verdugo, y condujéronle por la calle de la Concepción Jerónima, que era la carrera oficial. Como si montarle en borrico hubiera sido signo de nobleza, llevábanle en un serón que arrastraba el mismo animal. Los hermanos de la Paz y Caridad le sostuvieron durante todo el tránsito para que con la sacudida no padeciese; pero él, cubierta la cabeza con su gorrete negro, lloraba como un niño, sin dejar de besar a cada instante la estampa que sostenía entre sus atadas manos.
Un gentío alborotador cubría la carrera. La plaza era un amasijo de carne humana. ¿Participaremos de esta vil curiosidad, atendiendo prolijamente a los accidentes todos de tan repugnante cuadro? De ninguna manera. Un hombre que sube a gatas la escalera del patíbulo, besando uno a uno todos los escalones; un verdugo que le suspende y se arroja con él, dándole un bofetón después que ha expirado; una ruin canalla que al verle en el aire grita; «¡Viva el rey absoluto!...». ¿Acaso esto merece ser mencionado? ¿Qué interés ni qué enseñanza ni qué ejemplo ofrecen estas muestras de la perversidad humana? Si toda la historia fuese así, si no sirviera más que de afrenta, ¡cuán horrible sería! Felizmente, aun en aquellos días tan desfavorecidos, contiene páginas honrosas aunque algo oscuras, y entre los miles de víctimas del absolutismo húbolas nobilísimas y altamente merecedoras de cordial compasión. Si el historiador acaso no las nombrase, peor para él; el novelador las nombrará, y conceptuándose dichoso al llenar con ellas su lienzo, se atreve a asegurar que la ficción verosímil ajustada a la realidad documentada, puede ser en ciertos casos más histórica, y seguramente es más patriótica, que la historia misma.
VI
El triste día de la ejecución todo Madrid asistió a ella, lo mismo los absolutistas rabiosos que los antiguos patriotas, a excepción de los que no podían salir a la calle sin peligro de ser afeitados o arrojados en los pilones de las fuentes, cuando no hechos trizas por el vulgo. Pero entre tanto gentío faltó un hombre que durante el verano había vivido casi constantemente en la calle, entreteniendo a los desocupados y dando que reír a los pícaros. Echábanle de menos en las esquinas de la Puerta del Sol y en los diversos mentideros, por lo cual le creían fallecido. No era cierto. Sarmiento vivía, gozando además de una regular salud.
La primera noche que se quedó en casa de Solita durmió de un tirón once horas, y habiendo despertado al medio día llamó con fuertes voces para que le llevaran chocolate. Dióselo la misma dueña de la casa con mucha amabilidad, y entre sorbo y sorbo el preceptor decía:
—Puedo aceptar estos obsequios porque hoy mismo entraré por la senda a que me lleva mi destino... Si fuera por mucho tiempo de ningún modo aceptaría... Mi carácter, mi dignidad, los recuerdos de nuestro antagonismo no me lo permiten.
—¿Qué tal está el chocolate? —le preguntó Sola con malignidad.
—Así, así..., mejor dicho, no está mal..., quiero decir, muy bueno, excelente, o hablando con completa franqueza, riquísimo.
—¿Hoy se marcha usted?
—Ahora mismo... Me presentaré a las autoridades —repuso Sarmiento dejando el cangilón y arropándose de nuevo entre las sábanas— y les diré: «Aquí tenéis, infames sicarios, al que os ha hecho tanto daño; quitadme esta miserable vida; bebed mi sangre, caníbales. Quiero compartir la inmortalidad del insigne Riego...».
—¿Todo eso va a decir usted?... Pues un poco perezosillo está mi buen viejo para hacer y decir tantas cosas.
—¡Yo perezoso! —exclamó incorporando el anguloso busto y extendiendo los brazos—. ¡Venga al punto mi ropa!
Soledad le mostró ropa blanca limpia y planchada.
—Estuve arriba —dijo.
—¿En mi casa?
—Sí: saqué la llave del bolsillo de usted, subí, revolví todo buscando ropa mejor que la que usted tiene puesta..., pero no encontré nada.
—¡Cómo había de encontrar, alma de Dios, lo que no tengo! No se burle de mi miseria... Pero entendámonos, ¿qué ropa es esta que me ofrece?
—Ya lo ve..., son piezas desechadas, pero en buen uso.
—¡Ah! ya... Ropa desechada del señor don Salvador Monsalud... Pues mire usted, si fuera obsequio de otra persona lo rehusaría; pero siendo de aquel noble patriota lo acepto. Conste que no he pedido nada.
—De ropa exterior podríamos arreglarle algunas piezas decentes —dijo Sola sonriendo—, siempre que usted tarde algunos días en marchar a la inmortalidad.
—¡Tardar! Basta de bromas... ¿Para qué quiero yo ropas bonitas? ¿Voy acaso a entrar en algún salón de baile, o en los Elíseos Campos, donde los justos se pasean envueltos en mantos de nubes?... Figúrese usted la falta que me hará a mí la buena ropa...
—Puede que tarden en matarle a usted un mes o dos. Y si siguen estos fríos no le vendrá mal una buena capa.
—Tanto como venir mal precisamente, no... ¿La tiene usted?
—La buscaremos.
—No, no es preciso... Voy a levantarme.
Soledad se retiró, y al poco rato apareció en la sala don Patricio completamente vestido. Sentose en el sofá, y contemplando a la joven con bondadosa mirada, dijo así:
—Desde el tiempo de mi Refugio, no había dormido en una cama tan buena... ¡Ay, ella era tan hacendosa, tan casera! Nuestro domicilio estaba como un oro, y nuestro lecho nupcial podía haber servido para que en él se revolcara un rey... ¡Pobre Refugio, si me vieras en mi actual miseria!... ¡Pobre Lucas, pobre hijo mío! Hoy tu muerte es digna de envidia, porque estás en la morada de los héroes y de los elegidos; pero tu padre no tiene consuelo, ni puede vivir sin verte...
Derramó algunas lágrimas, y por largo rato estuvo silencioso y cabizbajo, dando muestras de verdadero dolor. Soledad, ocupada en sus quehaceres, no se presentó a él sino a la hora de la comida.
—Supongo que no saldrá usted hasta después de comer —le dijo poniendo la mesa.
—Saldré antes, ahora mismo, señora —dijo Sarmiento irguiéndose súbitamente como un asta de bandera—. El peso de la vida me es insoportable. Una voz secreta me grita: «Anda, corre...». Todo mi ser avanza en pos de la gloria que me está destinada.
—¡Cuánto mejor irá usted después de comer!... ¿Es que desprecia usted mi mesa?
—¡Oh!, no, señora, de ningún modo —replicó Sarmiento con cortesía—; pero conste que solo por acompañar a usted...
Comieron tranquilamente, siendo de notar que el espiritual don Patricio, creyendo sin duda inconveniente el aventurarse por los ideales senderos con el estómago vacío, diose prisa a llenarlo de cuanto la mesa sustentaba.
—¡Qué buena comida! —dijo permitiendo a su paladar aquel desliz de sensualismo—. ¡Qué bien hecho todo, y con cuánto primor presentado! Solita, si usted se casa, su marido de usted será el más feliz de los hombres.
Al final de la comida, los ojos de don Patricio brillaron con resplandores de gozo, viendo una taza llena de negro licor.
—¡También café!... ¡Oh, cuánto tiempo hace que no pruebo este delicioso líquido!... El néctar de los dioses, el néctar de los héroes... Gracias, mil gracias por tan delicada fineza.
—Yo sabía que a usted le gusta mucho este brebaje.
—¡Gracias!... ¡y qué bueno es!... ¡qué aroma!
—Será el último que beba usted, porque en la cárcel no dan estas golosinas.
—¿Y qué importa? —repuso el anciano con solemne acento—. ¿Acaso somos de alfeñique? Cuando un hombre se decide a escalar con gigantesco pie el último círculo del cielo, ¿de qué vale el liviano placer de los sentidos?
Dijo, y poniéndose el farolillo de fieltro que desempeñaba en su cabeza las funciones propias de un sombrero, se dispuso a salir.
—Adiós, señora —murmuró—, gracias por sus atenciones, que no esperaba en persona de quien soy encarnizado enemigo... político. Su papá de usted y yo nos aborrecimos y nos aborreceremos en la otra vida... Abur.
Salió precipitadamente hacia la puerta; mas no pudiendo abrirla, volvió diciendo:
—La llave, la llave...
Soledad rompió a reír.
—¡Y creía el muy tonto que iba a dejarle salir! No faltaba más. Eso querrían los chicos para divertirse. ¿Quiere usted quitarse ese sombrero, hombre de Dios, y sentarse ahí y estarse tranquilo?
—Señora, señora —dijo Sarmiento moviendo la cabeza y pateando ligeramente en muestra de su decoroso enfado—, ábrame usted la puerta, y déjeme en paz, que cada uno va a su destino, y el mío es... el que yo me sé.
—No abro.
—Señora, señorita, que yo soy hombre de poca paciencia. Ábrame la puerta, o reñimos de veras.
—Que no abro la puerta —replicó Sola, remedando el tonillo de cantinela de su digno huésped.
—Basta de bromas, basta, repito —vociferó Sarmiento tomando el aire y tono tragicómicos que empleaba al reprender a los alumnos—. Yo soy un hombre formal... De mí no se ríe nadie y menos una chiquilla loca... Ea, niña sin juicio, abra usted si no quiere saber quién es Patricio Sarmiento.
—Un loco, un majadero, un vagabundo, a quien es preciso recoger por caridad y encerrar por fuerza, para que no se degrade en las calles como un pordiosero, haciendo el saltimbanquis y muriéndose de miseria, ya que por el estado de su cabeza no puede morirse de vergüenza.
Esto lo dijo con tanta seriedad y entereza, que por breve rato estuvo el patriota aturdido y confuso.
—Aquí hay algo, aquí hay algún designio oculto que no puedo comprender —afirmó el anciano—, pero que tiene por objeto, sí, tiene por objeto impedir una resolución demasiado ruidosa y que quizás perjudicaría al absolutismo.
Otra vez se echó a reír Sola de tan buena gana, que Sarmiento se enfureció más.
—Por vida de la chilindraina —gritó agitando sus brazos—, que si usted no me da la llave, la tomaré yo donde quiera que se encuentre.
—Atrévase —dijo Soledad con festiva afectación de valor, incorporándose en su asiento—. Mujer y de poca fuerza, no temo a un fastasmón como usted... Quieto ahí, y cuidado con apurarme la paciencia.
—Señora, no puedo creer sino que usted se ha vuelto loca —gruñó Sarmiento con sarcasmo—. ¡Querer detener a un hombre como yo! No sabe usted las bromas que gasto. Repito que aquí hay una conjuración infame... ¡Oh, si es usted hija del conspirador más grande que han abortado los despóticos infiernos!... ¡Ah, taimada muchachuela! Ahora me explico a qué venían los chocolatitos, la ropita blanca, el buen cocido y mejor sopa... ¡Quite usted allá! ¿Cree usted que con eso se ablanda este bronce? ¿Cree usted que así se abate esta montaña? ¿Soy yo de mantequillas? Aunque fuera preciso derribar a puñetazos estas paredes y arrancar con los dientes esos cerrojos del despotismo, yo lo haría, yo..., porque he de ir a donde me llama mi hado feliz, y mi hado, _fatum_ que decían los antiguos, se ha de cumplir, y la víctima preciosa inscrita en el eterno libro no puede faltar, ni la sangre redentora puede dejar de derramarse, ni la libertad ha de quedarse sin la víctima que necesita. De modo que saldré, pese a quien pese, aunque tenga que emplear la fuerza contra miserables mujeres, lo que es impropio de la nobleza de mi carácter.
—¿Se atreverá usted?
—Sí; deme usted la llave de esa puerta nefanda —contestó Sarmiento con énfasis petulante que no tenía nada de temible—, o se arrepentirá de su crimen..., porque esto es un crimen... ¡La llave, la llave!
—Ahora lo veremos.
Corriendo afuera, prontamente volvió Sola con un palo de escoba, y enarbolándolo frente a don Patricio, le hizo retroceder algunos pasos.
—Aquí están mis llaves, pícaro, vagabundo. O renuncia usted a salir, o le rompo la cabeza.
—Señora —exclamó don Patricio acorralado en un ángulo de la sala—, no abuse usted de mi delicadeza..., de mi dignidad, que me impide poner la férrea mano sobre una hembra... ¡Esto es un ardid, pero qué ardid!... Una trama verdaderamente absolutista.
—Siéntese usted —gritó Soledad conteniendo la risa y sin dejar el argumento de caña—. Fuera el sombrero.
—Vaya, me siento y me descubro —repuso Sarmiento con la sumisión del esclavo—. ¿Qué más?
—¿Se compromete usted a no salir en quince días?
—Jamás, jamás, jamás. Antes la muerte —murmuró cerrando los ojos—. Pegue usted.
—Esto es una broma —dijo Soledad arrojando el palo, sentándose junto al anciano y poniéndole la mano amorosamente sobre el hombro—. ¿Cómo había yo de castigar al pobre viejecito demente miserable que se pasa la vida en las calles divirtiendo a los muchachos? Si no hay en el mundo ser alguno más digno de lástima... ¡Pobre viejecillo! Me he propuesto hacer una buena obra de caridad y he de conseguirlo. Yo he de traer a este infeliz a la razón. ¿Y cómo? Asistiéndole, cuidándole, dándole de comer cositas buenas y sabrosas, arreglándole su ropa para que esté decente y no tenga frío, proporcionándole todo lo necesario para que no carezca de nada y tenga una vejez alegre y pacífica.
Estas palabras debieron hacer ligera impresión en el espíritu del viejo, porque moviendo la cabeza, se dejó acariciar y no dijo nada.