Part 2
—Sí, Pujitos mío —repuso Sarmiento estrechándole la mano—. ¿Sabes que tiemblo y tengo frío? Más frío y más miedo que tú, porque voy a preguntarte por mi hijo, en cuya compañía has vivido por esas tierras, y según lo que me contestes, así moriré o viviré... Hace seis días que estoy en la incertidumbre más horrible; hace seis días que bajo a este camino para interrogar a todos los que llegan... ¡Ah, por fin encuentro quien me diga la verdad! Pujitos de mi alma, tú me la dirás, aunque sea terrible.
—Sí, señor; sí, señor, yo se la diré —repuso el zapatero, cubriéndose con ambas manos el rostro y rompiendo a llorar como un chicuelo.
—¡Conque es cierto, amigo, conque es verdad que mi pobre Lucas!... —gimió el preceptor, la voz entrecortada por el llanto—. ¡Pobre hijo de mi alma!
—¡Pobre amigo mío! —añadió Pujitos secando sus lágrimas—. ¡Y era tan cariñoso, tan bueno, tan leal!... Sin cesar le nombraba a usted y no cesaba de cavilar en lo que haría su padre en Madrid o lo que no haría... «Si tendrá discípulos, decía; si pasará trabajos. Ahora estará barriendo la escuela...». No nos separábamos nunca, partíamos nuestra ración, y éramos en todo como hermanos. En las batallas siempre nos escondíamos juntos.
—¡Os escondíais! —exclamó don Patricio levantando el rostro con dignidad, pues esta era tan grande en él que ni el dolor podía vencerla.
—¡Ah, señor!... El pobre Lucas era el mejor chico del mundo... ¡Pobrecito!...
—Ha tiempo que el dardo estaba clavado en mi corazón... Yo le tenía por muerto; pero la falta de noticias dábame alguna esperanza. Yo me agarraba con desesperación a las conjeturas. Pero tú has disipado mis dudas. Más vale la desgracia verdadera y declarada que una incertidumbre desgarradora.
—Aquí está lo que queda del pobre Lucas —dijo el herido mostrando un pequeño lío de ropa.
Don Patricio se abalanzó a aquel objeto mudo, testimonio tristísimo de su última esperanza muerta, y lo besó con ardiente cariño. Por breve rato le vio Pujitos con la cabeza apoyada en el borde del carro, oprimiendo con ella el lío de ropa y regándolo con sus lágrimas. Respetuoso con el dolor del padre, el maestro de obra prima callaba.
—Esto es hecho —exclamó al fin don Patricio irguiendo la frente caduca, mas bastante fuerte para soportar, mediante la energía de su espíritu, el peso de una gran pena—. El autor de todas las cosas lo quiere así. Ya no tengo hijo... Toda esperanza acabó, y con ella la vida mía... Ahora, leal amigo, excelente joven, que has sido el Pílades de aquel noble Orestes, cuéntame sin omitir nada los pormenores de la muerte de mi hijo; dime cómo se extinguió aquella vida preciosa, porque siendo Lucas de ánimo tan intrépido, no podía morir como los demás milicianos, sino de una manera grande..., ¿me entiendes?, de una manera gloriosa, y en un momento de sublime heroísmo.
—Precisamente heroísmo no, señor don Patricio —dijo Pujitos con embarazo—. Yo le contaré a usted... Lucas...
—Heroísmo ha habido: no me lo niegues, porque yo conozco muy bien la raza de leones de que viene mi hijo; yo sé qué casta de bromas gastamos los Sarmientos con el enemigo en un campo de batalla. Si por modestia callas las acciones homéricas en que tú has tomado parte, haces mal, que al fin y al cabo todo se ha de saber, y si no, ahí están los historiadores, que en un abrir y cerrar de ojos desentrañarán lo más escondido.
—Si no hubo acciones heroicas ni cosa que lo valga, hombre de Dios —objetó Pujitos con pena—. Nosotros estábamos en Málaga con el general Zayas, cuando este representó a las Cortes al tenor de lo que dijo Ballesteros al capitular. ¿Usted me entiende? Vino entonces Riego, mandado por las Cortes, tomó el mando y nos llevó contra Ballesteros. ¿Usted me entiende?
—Y entonces se trabaron esas crueles batallas que yo imagino.
—No hubo más sino que el general llevaba el encargo de inflamarnos..., sí, señor, de inflamarnos, porque todos estábamos muy abatidos y sin ganas de guerra, porque la veíamos muy negra.
—¿Y os inflamó?
—¿Cómo se puede inflamar la nieve? Fuimos en busca de Ballesteros y le hallamos en Priego. Allí se armó una...
—¡Corrieron mares de sangre!...
—No, señor. Todo era ¡_Viva Ballesteros_!, por un lado, y por otro, ¡_Viva Riego_! Nos abrazamos, y los generales conferenciaron. Como no se pudieron avenir, don Rafael arrestó a Ballesteros.
—Bien hecho, muy bien... ¿Y Lucas?
—Lucas tan bueno y tan sano... Era aquella la mejor vida del mundo, porque como no había balas, sino conferencias... Pero un día se presentó delante de nosotros Balanzat, y tiros van, tiros vienen... Desde entonces perdió la salud el pobre Lucas, porque le entró como un súpito, y se quedó frío y yerto, temblando y quejándose de que le dolía esto y lo otro.
—¡Desgraciado hijo mío! Su principal pena consistiría en no poder batirse en primera fila.
—Puede que así fuera. Lo cierto es que empezó a decaer, a decaer, y la calentura seguía en aumento, y deliraba con los tiros. Riego abandonó el campo; nos fuimos con él, y el pobre Lucas parecía que recobraba la vida según nos íbamos alejando de las tropas de Balanzat. El general fue perdiendo su gente, porque oficiales y soldados desertaban a cada hora. ¡Qué tristeza, señor don Patricio! Pero el pobre Lucas se alegraba y decía: «Amigo Pujos, esto parece que acabará pronto». Había mejorado bastante, y estaba limpio de calentura... Pero de repente, cuando íbamos cerca de Jaén, aparecen los franceses...
—¡Oh! ¡Me tiemblan las carnes al oírte! ¡Cómo correría la sangre en ese glorioso cuanto infausto día!
—Más corrieron los pies, señor Sarmiento. Yo, la verdad sea dicha, no fui de los que más corrieron, porque no podía abandonar al pobre Lucas, que se descompuso todo, y se quedó en un hilo. Arrojamos los fusiles, que nos pesaban mucho, y nos refugiamos en una casa de labor. ¡Ay, pobre amigo mío! Le entró tal calenturón, que su cuerpo parecía un volcán, perdió el conocimiento, y a las treinta horas...
—No sigas, que se me parte el corazón — dijo don Patricio con voz entrecortada por los sollozos—. ¡Cuánto padecería al ver que su mísero estado corporal no le permitía batirse! ¡Qué lucha tan horrenda la de aquella alma de león, al sentirse sin cuerpo que la ayudara!
—El pobrecito, en su delirio nombraba a los franceses y se metía debajo del jergón. Serían las doce y media de la noche cuando entregó su alma al Señor...
—¡Ay, parece que me arrancas las entrañas! Calla ya.
—Yo caí prisionero, fui herido de un bayonetazo, y después de tenerme algunos días en un calabozo de la Carolina, me metieron en este carro. Por el camino se nos unió el general, preso y herido también, y juntos hemos llegado aquí. Dicen que nos ahorcarán a todos.
—Eso es indudable —contestó Sarmiento en tono que más era de satisfacción y orgullo que de lástima—. ¡Fin lamentable, pero glorioso! ¿Qué mayor honra que morir por la libertad y ser mártires de tan sublime idea?
Pujitos, que sin duda no había dado hospedaje en su pecho a tan elevados sentimientos, suspiró acongojadamente.
—Bendice tu muerte, hijo mío —añadió Sarmiento, extendiendo hacia él sus venerables manos, en la actitud de un sacerdote antiguo—, bendice tus nobles heridas, pregoneras de tu indomable valor en los combates. Has sido atravesado de un bayonetazo, y además tienes heridos la cabeza y el brazo.
—Esto que tengo en el arca del estómago es fechoría de un francés, a quien vea yo comido de perros. Lo de la cabeza es una pedrada, y lo del brazo un mordisco, En los pueblos por donde hemos pasado nos han recibido lindamente, señor. Como los curas salían diciendo que estábamos todos condenados y que ya nos tenían hecha la cama de rescoldo en el infierno, no había para nosotros más que palos, amenazas y pedradas. En Santa Cruz de Mudela nos dieron una rociada buena. El general y yo salimos descalabrados, y gracias a que los carros echaron a andar, que si no, allí nos quedamos como san Esteban. En Tembleque nos quisieron matar, y si la tropa no nos defiende a culatazos, allí perecemos todos. Hombres y mujeres salían al camino aullando como lobos. Uno que debía de ser pariente de caníbales, después de molerme a coces y puñadas, me clavó los dientes en este brazo y me partió las carnes... ¿Qué ganará el rey absoluto con esto? Mala peste le dé Dios... Pero dicen que todo esto es por obra y gracia de los condenados frailes... ¿Es verdad, señor don Patricio?
—Hijo mío, mucho me temo que esos bribones se venguen ahora de lo que les hicimos con razón. Y no serán, como nosotros, generosos y templados en el condenar, sino fieros, vengativos y sanguinarios cual líbicas hienas... Hemos de ver lo que nadie ha visto, ¡por vida de la ch...!
No pudo acabar su frase el buen preceptor, porque un voluntario realista se acercó al carro y brutalmente gritó:
—Atrás, don Camello, o le parto... ¡fuera de aquí, estantigua!
Sarmiento corrió dando zancajos hacia el parador. Con su gran levitón, cuyos faldones se agitaban en la carrera, parecía una colosal ave flaca que volaba rastreando el suelo. Después de recoger del fango su sombrero, que había perdido en la huida, confundiose entre la multitud para estar más seguro. Entonces oyó al coronel Garrote dar esta orden al capitán Romo.
—Siga adelante el convoy. Custódielo usted con su media compañía. Tengo orden de que no entre en las calles de Madrid. Pase el río; tome la ronda a la izquierda hacia la Virgen del Puerto; adelante siempre, y subiendo por la cuesta de Areneros, diríjase al Seminario de Nobles, donde esperan a los presos. En marcha, pues. Guárdense los curiosos de seguir al convoy, porque haré fuego sobre ellos. Marche cada cual a su casa, y buenas noches.
El convoy se puso en movimiento, carro tras carro, oyéndose de nuevo el rechinar áspero y melancólico de los ejes, que aun desde muy lejos se percibía clarísimo en el tétrico silencio de la noche. Los farolillos recogíanse poco a poco en el cuerpo de guardia como luciérnagas que corren a sus agujeros; se apagaron las hachas y se extinguieron los graznidos, cayendo todo en una especie de letargo, precursor del profundo sueño en que termina la embriaguez.
Sarmiento se alejó de allí, y antes de tomar el camino de los Ocho Hilos para subir a la Puerta de Toledo, parose para ver los carros, que ya a mediana distancia iban por el Paseo Imperial. Bien pronto dejó de verlos, a causa de la oscuridad; mas conocía su situación por el farolillo que el vehículo delantero llevaba. Con voz sorda habló así el viejo patriota:
—¡Oh, tú, el héroe más grande que han producido las edades todas, insigne campeón de la libertad española, soldado ilustre, Riego, amigo mío, si ahora vas conducido entre sayones en ignominioso carro, mañana tendrás un trono en el corazón de todos los españoles! Si te arrastran a suplicio afrentoso los infames verdugos a quienes perdonamos cuando éramos fuertes, tu nombre, que tanto repugna a despóticos oídos, será un símbolo de libertad y una palabra bendita cuando, humillada la tiranía, se restablezca tu santa obra. Subirás a la morada de los justos entre coros de patrióticos ángeles que entonen tu himno sonoro, mientras tu patria se revuelve en el lodo de la reacción domeñada por tus verdugos. ¡Oh, feliz tú, feliz cuanto grande y sublime! ¡Varón excelso, el más precioso que Dios ha concedido a la tierra, si fuera dable a este humilde mortal participar de tu gloria!... ¡Si al menos pudiera yo compartir tu martirio y entrar contigo en la cárcel, y oír juntos la misma sentencia, y subir juntos a la misma horca!... Este honor yo lo ambiciono y lo deseo con todas las fuerzas de mi alma. Vacío y desierto está el mundo para mí, después que he perdido al lucero de mi existencia, a aquel preciosísimo mancebo inmolado como tú al numen sanguinario de la reacción... Quiero morir, sí, y moriré.
Inflamado en furor que no tenía nada de risible, añadió corriendo con agitación:
—Quiero morir gloriosamente; quiero ser víctima sublime; quiero ser mártir de la libertad; quiero subir al patíbulo... ¡Sicarios, venid por mí!
Tropezando en un árbol, estuvo a punto de caer en tierra. Entonces añadió hablando consigo mismo:
—¡Ah, Patricio, tu noble arranque me causa la más viva admiración!... Mañana has de hacer algo digno de pasar a las más remotas edades. Sí, mañana. Vámonos a casa.
Echó a andar, y al poco rato dijo:
—¿Pero en dónde está mi casa? ¡Pues no se me ha olvidado dónde está mi casa!...
Miraba a la tierra como quien ha perdido el sombrero.
—¡Ay! Ya me acuerdo —exclamó sonriendo—. Tu casa está en la calle de la _Emancipación Social_, ¿no es verdad, Patricio?
Meditaba con el índice puesto en la punta de la nariz.
—No... —dijo después de una pausa, en el tono gozoso del que hace un descubrimiento útil—. Es que yo solicité del ayuntamiento que llamase calle de la _Emancipación Social_ a la de Coloreros; pero no accedió, y sigue llamándose _calle de Coloreros_. Allí vivo, pues.
Entró en Madrid resueltamente. Subiendo por la calle de Toledo, dijo:
—Tengo hambre.
Pero después de registrar todos los bolsillos de su ropa, que no bajaban de ocho, adquirió una certidumbre aterradora, que expresó en angustiosos suspiros:
—Parece que se me doblan las piernas y que voy a caer desfallecido... ¡Comer! ¡Que esto sea indispensable!... Miserable carne, ¿por qué eres así?... ¿A dónde iré?... Mi casa está vacía: no hay en ella ni una miga de pan... ¿Pediré limosna? Jamás. Los hombres de mi temple sucumben, pero no se humillan... A casa, señor don Patricio; si es preciso, se comerá usted el palo de una silla: a casa.
Al entrar en la calle de Coloreros encontrola tenebrosa y desierta por ser muy avanzada la noche. Como su extenuación era grande, se habían debilitado sus sentidos, particularmente el de la vista, y necesitó palpar las paredes para encontrar la puerta. Sin saber por qué, vino entonces a su mente un recuerdo muy triste, que ya otras veces había turbado profundamente su espíritu. Parecíale estar viendo delante de sí, en una noche oscura como aquella, al sin ventura Gil de la Cuadra arrojado en el suelo, arrastrando ignominiosa cadena, insultado por los polizontes. De todos los incidentes de aquella lúgubre escena, el más presente en la memoria de don Patricio y el que le causaba más dolor, era el ocurrido cuando su infeliz vecino preso pidió agua, y Sarmiento, inspirándose en el más cruel fanastimo, se la negó.
—Ya, ya lo sé —dijo don Patricio cerrando los ojos para dominar mejor su terror—, ya sé que aquello fue una gran bellaquería.
Y abriendo, no sin trabajo, la puerta, entró, apresurándose a cerrar tras sí porque le parecía que feos espectros y sombras iban en su seguimiento, y que oía el lamentable son de la cadena de Gil de la Cuadra arrastrando por las baldosas. Buscó en sus bolsillos eslabón y yesca para encender luz; mas nada halló de que pudiera sacarse lumbre. Sin desanimarse por esto, acometió la escalera con mucho cuidado y empezó a subir, deteniéndose en cada escalón para tomar fuerzas. Pero no había subido ocho, cuando le fue preciso andar a gatas, porque las piernas no podían con el peso del desmayado cuerpo.
—¡Si me iré a morir aquí! —dijo con angustia bañado en sudor frío—. ¡Oh, Dios mío! ¿Me estará reservada una muerte oscura, en mísera escalera, aquí, olvidado de todo el mundo...? Piedad, Señor...
Sus fuerzas, a causa de la inacción, se extinguían rápidamente. Llegó a no poder mover brazo ni pierna. Entonces dio un ronquido y entregose a su malhadado destino.
«¡Oh, no, Señor! —pensó allá en lo más hondo de su pensar—. No era así como yo quería morir».
Sus sentidos se aletargaron; pero antes de perder el conocimiento, vio un espectro que hacia él avanzaba.
Era un hermoso y brillante espectro que tenía una luz en la mano.
III
Cuando volvió en su acuerdo, el buen anciano se encontró en un lugar que era indudablemente su casa, y que, sin embargo, bien podía no serlo. Llena de confusión su mente, miraba en derredor y decía:
—Indudablemente es mi casa; pero mi casa no es así.
Se incorporó en el canapé donde yacía, tocó la pared cercana, midió con la vista las distancias, y a medida que se aclaraba su entendimiento, más grande era su confusión. La semejanza entre su casa y aquella en que estaba era muy grande, pero también había diferencias, siendo las principales el aseo, los muebles y el orden perfecto de todo. Pero lo que más sorprendió al maestro de escuela fue ver en mitad de la encantada pieza una mesa puesta como para cenar, alumbrada por lámpara de pantalla, y que en la blancura de sus manteles y en el brillo de los platos revelaba las hacendosas manos que habían andado por allí. Como la mesa puesta, y puesta de aquel modo, era el más grande fenómeno que podía presentarse ante los ojos de Sarmiento en su propia casa, creyose juguete de duendes o artes demoníacas. Probó a levantarse, y pudo sostenerse en pie aunque apoyándose en la silla. Junto a la mesa había un sillón, y como Sarmiento lo creyese destinado a su persona, no vaciló en ocuparlo. En el mismo instante llegaron a su nariz olores de comida muy picantes y aperitivos. El anciano exclamó con mayor confusión:
—No, esta no es mi casa.
Decíalo por aquellos olores, que hacía mucho tiempo habían dejado de acompañarle en su domicilio. A pesar de no ser supersticioso, afirmose en la idea de hallarse bajo la acción de una magia o bromazo de Satanás. Y sin embargo, era la cosa más sencilla del mundo. Pronto se convenció de ello nuestro amigo viendo entrar a una joven vestida de negro, la cual se llegó a él sonriendo y le dijo:
—Buenas noches, señor don Patricio. ¿Ya se le pasó a usted el desmayo? Bien decía yo que no era nada. Sin embargo, mandamos llamar un médico.
—¡Por vida de cien mil chilindrones! —repuso Sarmiento, saliendo poco a poco del estupor en que había caído—. Pues no me queda duda de que estoy hablando con Solita en persona.
—La misma —dijo la joven acercándose a la mesa y apoyando ambas manos en ella para contemplar más de cerca al viejo.
—¿Y cómo es que estoy en mi casa y no estoy en ella?
—Está usted en la mía.
—¡Ah! Bien lo decía yo, bien lo decía. Estos platos, estos ricos olores, este arreglo, no pueden existir en la casa de un pobre maestro de escuela sin discípulos. Como todos los cuartos de la casa son iguales, de aquí que... Pues con permiso de usted..., me retiro a mi vivienda...
—Antes cenará usted —dijo la muchacha sonriendo con bondad—. Me han dicho que no hay gran abundancia por allá arriba.
—¿Cómo ha de haber abundancia donde reina con imperio absoluto la desgracia? He caído, señorita doña Sola, a los más profundos abismos de la miseria. Vea usted en mí una imagen del santo patriarca Job. ¡Dios me ha quitado todo, me ha quitado a mi hijo!
—Como ha de ser... Es preciso aceptar con resignación esos golpes y todos los que vengan detrás. Ahora cene usted, que Dios manda a los desgraciados no abandonarse al dolor y dar al cuerpo todo lo que el cuerpo necesita.
—Usted me invita a cenar...
—No invito, sino que obligo —afirmó Sola poniendo en la mesa pan y vino—. Aguarde usted un momento, que no le haré esperar.
Al poco rato volvió con una cazuela de sopas, cuyo gratísimo olor despertó en Sarmiento las más dulces sensaciones y una generosa reconciliación con la vida.
—Debe usted recordar, señorita doña Sola —dijo el preceptor, cuando la joven le ataba las dos puntas de la servilleta detrás del cogote—, que yo fui encarnizado enemigo de su padre de usted, porque jamás he transigido ni podré transigir con las perras ideas absolutistas.
—Lo recuerdo, sí; pero eso no hace al caso.
—Es que mi delicadeza —añadió Sarmiento tomando la cuchara— no me permite aceptar un banquete... Con usted personalmente no hay resentimiento..., pero ¿a qué negarlo? Usted y yo no podemos ser amigos hoy ni nunca... Dígolo para que no se crea que adulo, que me dejo seducir y sobornar por este fino obsequio, que agradezco.
—Cene usted, cene usted... —dijo Solita llenándole el vaso—. La mucha conversación podrá ser perjudicial a su cabeza, que, según me han dicho, no está del todo buena.
—Cenaré, señora, puesto que usted lo toma tan a pechos... Conste que yo no he mendigado esta cena; conste que me han traído aquí por fuerza; que no he solicitado esta amistad; conste, en fin, que no podemos ser amigos.
—Aunque no quiera serlo mío, yo me empeño en serlo de usted y lo he de conseguir —dijo Soledad sonriendo y hablando al viejo en el tono que se emplea con los chiquillos.
—Dale, dale —repuso Sarmiento engullendo a prisa—. Conque amiguitos, ¿eh? ¡Chilindrón!... Usted no tiene memoria, sin duda.
—Verdaderamente no tengo mucha para el daño recibido.
—Su dichosito papaíto de usted y yo éramos como el agua y el fuego... Mi deber era perseguirle, denunciarle, no dejarle respirar... Yo siempre cumplo mi deber, yo soy esclavo de mi deber. Pertenezco a mi patria, y a una idea, ¿me entiende usted?
—Entiendo.
—Con nada transijo. El enemigo de la patria es mi enemigo, y la hija del enemigo de mi patria es mi enemiga. ¿Qué dice usted a eso?
—Que no ha tratado a las sopas como enemigas de la patria.
—No, ciertamente, porque hace mucho tiempo que no las había comido tan buenas.
—Ahora voy por la perdiz.
—¿Perdiz?... Vamos, esto parece un cuento de brujas... Si se empeña usted..., pero conste que yo no he pedido la perdiz; que yo no he mendigado nada, que...
Un momento después Sola partía la perdiz, ofreciéndola pedazo tras pedazo al hambriento anciano.
—Está sabrosísima... Pero con la sorpresa de esta cena había olvidado... ¿Cuándo ha llegado usted, señora doña Solita? ¿Qué tal le ha ido en su viaje?
—He llegado esta mañana. Los de Cordero me hablaron de usted... Dijéronme que estaba usted loco...
—¡Loco yo!
—O poco menos.
—Que andaba usted mal de fondos.
—Eso sí que es como el evangelio.
—Que había perdido usted a su hijo Lucas.
—También, ¡ay!, es verdad.
—Esperé verle a usted y ofrecerle algo de lo poco que yo tengo.
—Gracias...
—Pero usted había salido antes que yo llegara. Había ido, según me dijeron, a correr por las calles divirtiendo a los chicos, y sirviendo de entretenimiento, con sus discursos, a los desocupados de los cafés y de la Puerta del Sol.
—¡Yo!
—Descansé un poco. Todo el día lo he empleado en arreglar mi casa. He buscado una sirviente, he hecho parte de lo mucho que hay que hacer cuando se ha tenido todo abandonado por una ausencia de cinco meses. Ya muy entrada la noche, sentí pasos en la escalera, y después lamentos y quejidos como de una persona enferma. Salimos y hallamos al gran don Patricio tendido boca abajo. Los vecinos salieron, y unos decían: «¡Buena turca ha cogido!». Otros: «¡Ya las pagó todas juntas!». ¡Cómo reían algunos!... «El maldito viejo ya echó su último discurso...». «Qué feísimo está». Don Juan de Pipaón dijo: «No tiene sino hambre. Denle a oler sopas, y verán como resucita...». Me pareció que esta opinión era la más razonable. Entre el mancebo de los Cordero, mi criada y yo entramos el cuerpo desmayado en mi casa, que estaba seis escalones más arriba; le tendimos en ese sofá...
—Conste que yo no entré por mi pie, que no pedí... —dijo Sarmiento con viveza, arqueando las cejas.
—Le abrigamos bien; vino el veterinario del sotabanco, y dijo que usted padecía estos desvanecimientos desde que había dado en el hito de hablar mucho y no comer... Yo había cenado ya: al momento dispuse otra cena para el nuevo huésped.
—Traído por fuerza, es decir, cogido, secuestrado, usurpado durante su desmayo.
—Mandé venir un médico mientras hacía la cena —añadió Sola, observando con la mayor complacencia el buen apetito de Sarmiento—. Creí que al pobre hombre no le vendrían mal estos cuidados. Yo dije para mí: «Cuando se ponga bueno y se le despeje la cabeza, abrirá de nuevo la escuela, se llenarán sus bolsillos, y podrá vivir otra vez solo y holgado en su casa. Entre tanto lo conservaré en la mía, si quiere, y partiré con él lo poco que tengo».
—¡Cuidarme, conservarme aquí, darme asilo!... —murmuró don Patricio con estupefacción y aturdimiento.