Part 16
—¿Yo? Por ningún caso —repuso el cortesano estrechando manos diversas una tras otra—. Voy a una reunión donde cantan la Fábrica y Montresor... ¡Qué aria de la _Gazza Ladra_ nos cantó anoche esa mujer! Montresor nos dio el aria de _Tancredo_. ¡Aquello no es hombre, es un ruiseñor!... ¡Qué portamentos, qué picados, qué trinos, qué vocalización, qué falsete tan delicioso! Parece que se transporta uno al séptimo cielo. Conque, adiós, señores..., tengo que ensayar antes un paso de _gavota_. Señores, divertirse con el viejo Sarmiento.
Aún no se había separado de sus amigos, cuando salió al patio un señor obispo que venía también de visitar al reo. Todos se descubrieron al verle, haciéndole calle. Pipaón, después de besarle el anillo, le habló del condenado a muerte.
—Mi opinión —dijo su ilustrísima (que era una de las lumbreras del episcopado)— es que si no constara en los autos, como aseguran consta de una manera indubitable, que se ha fingido y se finge loco para hablar impunemente de temas vedados, la ejecución de este hombre sería un asesinato. Desempeña este desgraciado su papel con inaudita perfección, y apreciándole por lo que dice, no hay en aquella mollera ni el más pequeño grano de juicio... A propósito de juicio, señor de Pipaón, no lo ha tenido usted muy grande fijando para el lunes la gran fiesta de desagravios a Su Divina Majestad que celebra la _Hermandad de Indignos esclavos del Santísimo Sacramento_, porque siendo el lunes día de la Natividad de Nuestra Señora, la _Real Congregación de la Guardia y Custodia_ dispone, por antiguo privilegio, de la iglesia de San Isidro.
Pipaón respondió, _mutatis mutandis_, que no correría sangre a causa de un conflicto entre ambas hermandades, y que él respondía de arreglarlo todo a gusto de seglares y clérigos, sin que se quejaran el Santísimo Sacramento ni Nuestra Señora, con lo cual y con aceptar la carroza de su ilustrísima para trasladarse a la calle de la Puebla, donde había de hacer el ensayo de la gavota antes de la tertulia, tuvo fin aquel diálogo.
Avanzada la noche, se cerró la capilla a los curiosos, y también la puerta de la cárcel, después que entraron seis presos recién sacados de sus casas por delaciones infames. Una nueva conspiración descubierta dio mucho que hacer aquella noche y en la siguiente mañana al señor Chaperón.
Don Patricio se acostó a dormir en la alcobita inmediata a la capilla; pero su sueño no fue muy sosegado. Velábanle solícitos, y siempre prontos a servir en todo, los hermanos de la Paz y Caridad. Sola no se apartó de la capilla ni un solo instante ni de día ni de noche.
—Abuelito querido —le dijo al amanecer—, estoy muerta de pena, porque veo que tu conducta no es propia de un buen cristiano.
—Adorada hija —repuso Sarmiento besándola con ardiente cariño—, si es propia de un filósofo, lo será de un cristiano, porque el filósofo y el cristiano se juntan, se compendian y amalgaman en mí maravillosamente... Hazme el favor de ver si esos señores hermanos me han preparado el chocolate... No extraño tus observaciones, hija mía. Eres mujer y hablas con tu preciosa sensibilidad, no con la razón que a mí me alumbra y guía. ¡Bendito sea Dios que me permite tenerte a mi lado en estas horas postreras! Si no te estuviera viendo, quizás me faltaría el valor que ahora tengo. Una sola cosa me afecta y entristece, nublando el esplendoroso júbilo de mi alma, y es que mañana a la hora de las diez..., porque supongo que... eso será a las diez..., dejaré de recrear mis ojos con la contemplación de tu angelical persona... Pero, ¡ay!, tú debes seguir viviendo; no ha llegado aún la hora de tu entrada en la mansión divina; llegará, sí, y entrarás, y el primero a quien verás en la puerta abriendo los brazos para recibirte en ellos amoroso y delirante, será tu abuelito Sarmiento, tu viejecillo bobo.
La voz temblorosa indicaba una viva emoción en el reo.
—Y te llevaré a presencia del Padre de todo lo existente y le diré: «¡Señor, aquí la tienes; esta es, mírala!...». Pero no quiero afligirte más. Ahora oye varios consejos que debo darte y algunos encarguillos que quiero hacerte... ¿Está ese chocolate?... Dame la mano para levantarme, hija mía. ¿Sabes que están pesados y duros mis pobres huesos?... ¡Ah!, pronto tendrás este bocado, ¡oh carnívora tierra! Pronto, pronto se te arrojará esta piltrafa, que por lo acecinada demuestra que te pertenece ya. El noble espíritu abandona este inmundo saco, y vuela en busca de su patria y de sus congéneres los ángeles.
Levantose delante de Sola, porque estaba vestido. Un hermano le trajo el chocolate, y quedándose solo con su amiga, le dijo estas palabras, que ella oyó con profundísima atención:
—Idolatrada hija, mañana a las diez nos separaremos para siempre. Dios me dio la inefable dicha de conocerte, para que mi espíritu se confortase antes de dejar el mundo. Te condujiste conmigo tan noble y caritativamente, que no vacilo en declararte merecedora de inmortal premio. Yo te lo aseguro, yo te lo profetizo —dijo esto cerrando los ojos y extendiendo solemnemente los brazos en actitud de profeta—, yo te lo fío, bendiciéndote. Creo tener poderes para ello. Gozarás de la eterna dicha por tu cristiana acción. Ahora bien: hablando de cosas más terrestres, te diré que es mi deseo partas en seguida para Inglaterra a ponerte bajo el amparo de ese hombre generoso que ha sido tu protector y hermano. Le conozco, y sé que su corazón está lleno de bondades. Como me intereso también por él, declaro ante ti que ese joven debe tomarte por esposa, de lo cual resultará ventaja para entrambos: para ti, porque vivirás al arrimo de un hombre de mérito, capaz de comprender lo que vales; para él, porque tendrá la compañera más fiel, más amante, más útil, más hacendosa, más cristiana y más honesta con que puede soñar el amor de un hombre. Tengo la seguridad de que él lo comprenderá así —al decir esto mostraba la convicción de un apóstol—. Si no lo comprendiese, dile que yo se lo mando, que es mi sacra voluntad, que yo no hablo por hablar, sino trasmitiendo por el órgano de mi lengua la inspiración celeste que obra dentro de mí.
Sola oyó este discurso con recogimiento y admiración, pasmada de advertir una profundísima concordancia entre la demencia de su amigo y ciertas ideas de antiguo arraigadas en ella. No acertó a decir una palabra sobre aquel tema, y su viejecillo bobo se le representó entonces grande y luminoso, cual nunca lo había visto; más respetable que todo lo que como respetable se nos presenta en el mundo.
Después de una pausa, durante la cual apuró el pocillo, Sarmiento prosiguió así:
—Querida hija de mi corazón, voy a hacerte un encargo, atañedero a cosas terrestres. Las cosas terrestres también me ocupan, porque de la tierra salí, y en ella he de dejar las preciosas enseñanzas que se desprenden de mi martirio. El género humano merece mi mayor interés. La dicha del cielo no sería completa, si desde él no contempláramos la constante labor de este pobre género humano, sin cesar trabajando en mejorarse. Los que de él salimos no podemos dejar de enviarle desde allá arriba un reflejo de nuestra gloria, sin lo cual se envilecería, acercándose más a las bestias que a los ángeles. Hay que pensar en el género humano de hoy, que es el coro celestial e inmenso de mañana, y todo hombre es la crisálida de un ángel, ¿me entiendes? Si las criaturas superiores, al remontarse sobre los mundanos despojos, miraran con desprecio esta pobre turba inquieta y enferma a que pertenecieron; si no atendiendo más que al Eterno Sol, hicieran del deseo de la bienaventuranza un egoísmo, adiós universo, adiós pasmoso orden de cielo y tierra, adiós concierto sublime. No, yo miro a la tierra y la miraré siempre. Le dejo un don precioso: mi vida, mi historia, mi ejemplo, hija mía; ¿sabes tú lo que vale un buen ejemplo para esta mísera chusma rutinaria? Sí, mi historia será pronto una de las más enérgicas lecciones que tendrá el rebaño humano para implantar la libertad que ha de conducirle a su mejoramiento moral. Pero digo yo: ¿es fácil escribir esa historia? No. Bien conocidos son mis discursos; y aunque yo no los he escrito, como todo el mundo los tiene grabados en la memoria, no faltará quien los dé a la estampa. Sócrates no dejó escrito nada... Pero si serán perpetuados mis discursos, habrá gran escasez de datos biográficos respecto a mí. Oye, pues, lo que voy a decirte.
Tomando a Sola por un brazo, la acercó a sí:
—Viviendo en tu casa —añadió— apunté, no hace dos meses, los principales datos de mi vida, tales como el día de mi nacimiento, el de mi bautizo, el de mi confirmación, el de mi boda con Refugio, el del feliz natalicio de Lucas, el de mi entrada en la enseñanza y otros: son datos preciosísimos. Como los historiadores han de empezar desde mañana mismo a revolver archivos y libros parroquiales, yo te encargo que les saques de apuros. Mira tú: el apunte en que constan esos datos está escrito con lápiz... Me parece que lo puse debajo del hule de la cómoda. Búscalo bien por toda la casa, y entrégalo a esos señores. Al punto sabrás quiénes son, porque no se hablará de otra cosa en todo el mundo. No te descuides, y evitarás mil quebraderos de cabeza, y quizás inexactitudes y errores que darán ocasión a desagradables polémicas.
Sola sintió al oír esto que la admiración despertada por anteriores palabras del viejecillo bobo, se disipaba como humo. ¡Cuán difícil era señalar la misteriosa línea donde los desvaríos de Sarmiento se trocaban en ingeniosas observaciones, o por el contrario, sus admirables vuelos en lastimoso rastrear por el polvo de la necedad! La joven prometió cumplir fielmente todo lo que le mandaba.
Al poco rato apareció el padre Alelí preparado para decir la misa, y empezada esta, Sarmiento la ayudó con extraordinaria devoción y acierto, tan seguro en las ceremonias como si hubiera sido monaguillo toda su vida. Soledad la oyó con gran edificación, acompañada de los hermanos y de algunos empleados de la cárcel. Después, por orden del señor Chaperón, se cerró la capilla al público.
XXVIII
Poniendo sobre todas las cosas su anhelante deseo de llegar pronto al fin de la jornada vital, que era el comienzo de su triunfo, Sarmiento deploraba que la justicia de aquellos tiempos hubiese fijado en cuarenta y ocho horas el plazo de la preparación religiosa. Con diez o doce horas había bastante, según él. Los dos frailes que le asistían aprovecharon la ocasión de su soledad para hablarle recio en el negocio de la salvación, logrando que don Patricio atendiese a este, y consintiera en oír el trasnochado sermoncillo que preparado traía el padre Salmón. Después de comer, cuando Sola, vencida por el cansancio, había cedido al sueño y dormitaba sentada, el padre Alelí logró hacerse oír de Sarmiento con mayor interés. Por la noche pareció que el espíritu del buen viejo se recogía y como que se amilanaba algún tanto, mostrándose además en su rostro y cuerpo cierto desmayo o fatiga. El patriota no permanecía ya en pie, sino recostado con abandono en el sillón, fijando la vista en el suelo cual si cayera en meditación taciturna. Silencio profundísimo reinaba en la cárcel; las velas se habían consumido bastante y ardían en el último cabo de ellas, elevando entre la vacilante luz el negro pábilo caduco, y derramando cera amarilla en grandes chorros sobre los candeleros y sobre el altar. El crucifijo y la Dolorosa parecían entregados a un sopor misterioso. Nunca como en aquella hora había parecido la capilla tristísima y lúgubre. Su ambiente de panteón daba frío, su luz tenue convidaba a morirse y enterrarse. Era la madrugada del último día.
No fue insensible el espíritu de Sarmiento a esta influencia externa, y conociéndolo Alelí, le dijo que ya le quedaban pocas horas; que viese lo que hacía si no deseaba arder perpetuamente en los infiernos. Al oír esto, mirole Sarmiento con desdén, y levantándose del sillón, se puso de rodillas.
—Puesto que su paternidad quiere que confiese, confesaré —dijo lacónicamente.
—No es preciso que se arrodille usted, hermano mío —indicó el buen fraile levantándole—. En estos casos permitimos al penitente que haga la confesión sentado para evitarle cansancio.
—Yo prefiero estar de rodillas, porque no soy de alfeñique —dijo el reo volviéndose a hincar—. Ahora, si vuestra paternidad tiene oídos, oiga... Yo amo a Dios sobre todas las cosas. ¿Cómo no amarle, si es fuente de todo bien, manantial de toda idea, origen de toda vida? El dio la idea moral al mundo, y el mundo, después de mil luchas, disputas y sangre, aceptó la ley moral que felizmente lo rige. Después le dio la idea política, es decir, la libertad, para que se gobernase, y todavía el mundo no la ha aceptado en su totalidad. Estamos en la época de la predicación, del martirio...
—Basta —dijo Alelí con enfado—. Está usted profanando el nombre de Dios con absurdas afirmaciones. Poco adelantamos por ese camino, hermano querido. Confiese usted su amor a Dios sin mezcla de extravagancia alguna. Me basta con eso por ahora, y adelante.
—Confieso —añadió el penitente— que con frecuencia he jurado su santo nombre en vano, y además que he usado votos y ternos, pues adquirí tiempo ha la pícara costumbre de sacar a todo el chilindrón y la chilindraina; pero, con perdón de vuestra reverencia, creo que pecados como este no llevan a casa de Pedro Botero. Tampoco he santificado las fiestas como está mandado..., desidia, pura desidia y abandono. En el cuarto, ¿qué he de decir sino que jamás he faltado a él ni en pensamiento? Pues en lo de matar, si alguien perdió por mí la vida, fue en leal acción de guerra y cuando el honor de mi bandera así me lo mandaba. No obstante, un pecado grave tengo en lo tocante a este mandamiento, y ese lo voy a confesar aquí con la boca y con el corazón, porque ha tiempo pesa sobre mi conciencia; y aunque estoy muy arrepentido, paréceme que jamás logro echar de mí la mancha y peso que me dejó. Hallándose preso y encadenado un vecino mío, padre de esta joven que me acompaña, pidió un vaso de agua y se lo negué. ¡Qué infame bellaquería! Pero válgame mi contrición sincera y el cariño ardiente que después he puesto en la bendita hija de aquel desgraciado.
—Adelante —murmuró Alelí satisfecho de que hubiese algún pecado evidente que justificase su ministerio.
—Del sexto no diré más sino que después de la muerte de mi Refugio, que acaeció hace veintidós años, he observado castidad absoluta, a pesar de ser solicitado para faltar a aquella preciosa virtud por más de una hembra que no debió de ver en mí saco de paja. Tampoco he robado jamás a nadie ni el valor de un alfiler, y en el ramo de mentir, si alguna vez falté a la verdad, fue en negocios baladís y de poca monta.
—Alto, alto —dijo Alelí con interés sumo, viendo llegado el tema que abordar quería—. Usted ha mentido, y ha mentido gravemente por sistema sosteniendo un papel engañoso con la terquedad del hombre más perverso. Es opinión general que usted se finge demente, poseyendo en realidad un claro juicio; es público y notorio, y así consta en la causa, que todos esos disparates con que ha divertido a Madrid son obra del talento más astuto, para poder vivir en una sociedad que proscribe a los revolucionarios. Vamos a ver, hermano mío: repare usted delante de quién está, mire esa imagen sacratísima, considere que le restan pocas horas de vida, considere que ya no es posible el engaño, y ábrame su corazón, arroje la máscara, y dígame si, en efecto, este hombre exaltado que vemos es un hábil histrión. ¡Ah!, hermano mío, aseguran que usted sostiene su papel, esperando que le indulten por tonto... ¡error, error, porque no es ese el camino del indulto! Más fácil le sería conseguirlo con una confesión franca de su pecado... Al menos, haciéndolo así tendrá el perdón de Dios y la gloria eterna.
—¡Yo farsante, yo histrión, yo..., yo! —exclamó Sarmiento clavando ambas manos, como garras, en su pecho.
Miraba al padre Alelí con los ojos encendidos y con expresión de sorpresa, que bien pronto se tornó en amargo desdén.
—Usted no me comprende... —dijo levantándose—. Vaya usted a confesar colegiales, señor padre Alelí. Me confesaré solo.
Y arrodillándose delante del altar, alzó las manos, y sin quitar los ojos del Crucifijo habló así:
—Señor, Tú que me conoces no necesitas oír de mi boca lo que siente mi corazón, que pronto dará su último latido, dejándome libre. Sabes que te adoro, que te reverencio, y que ejecuto puntualmente la misión que me señalaste en el mundo. Sabes que la idea de la libertad, enviada por ti para que la difundiéramos, fue mi norte y mi guía. Sabes que por ella vivo y por ella muero. Sabes que si cometí faltas, me he arrepentido de ellas con grandísima congoja. Sabes que perdono de todo corazón a mis enemigos, y que me dispongo a rogar por ellos, cuando mi espíritu pueda hablar sin boca y ver sin necesidad de ojos. Mi confesión está hecha públicamente. Óigala todo el que tiene oídos.
Y después, volviéndose al fraile, que absorto le miraba, díjole:
—Ahora, padre Alelí, espero que no tendrá vuestra paternidad reverendísima inconveniente alguno en darme el pan eucarístico. Bien se ve que puedo recibir a Dios dentro de mí. Estoy puro de toda mancha: soy como los ángeles.
Entonces viose una cosa extraña, que por lo extraña parecía horrible en aquel sitio y ocasión. El padre Alelí no pudo evitar una sonrisa. Diríase que esta brilló en la fúnebre capilla como un reflejo mundano dentro de la región de los difuntos. Pero tornó al punto a la seriedad, y gravemente dijeron a dúo ambos frailes:
—No podemos dar a usted la Eucaristía, desgraciado hermano.
Mientras Sola acudió a consolar a Sarmiento, que parecía muy contrariado por aquella negativa, Alelí llevó aparte a Salmón y le dijo:
—Es más tonto que hecho de encargo. Yo repito que ajusticiar a este hombre es un asesinato, y Chaperón, los jueces que le sentenciaron y nosotros que le asistimos, estamos más locos que él. Yo no puedo ver este horrible espectáculo. ¿Pero no es evidente que ese hombre es necio de capirote? Estamos coadyuvando a una obra inicua. ¡Y esperábamos que confesase su comedia!
—Como siempre le tuve por mentecato de una pieza, no me he llevado chasco. No sé para qué nos traen aquí.
—Ni yo. Voy a hablar con Chaperón.
—Yo no me tomaría el trabajo de hablar con nadie.
—Pues yo sí.
—Pues yo no.
Poco después de esto, el reo vio personas y objetos con una claridad que le conturbó sobremanera sin saber por qué. Era que había avanzado el día y la capilla recibía un poco de luz, ante la cual palidecía ligeramente la de las soñolientas velas, casi consumidas. Aquel débil resplandor del astro rey hizo daño a la retina y al espíritu del anciano, sin que su entendimiento pudiera explicarse la razón de ello.
—Es de día —dijo con cierto asombro, y al punto se quedó taciturno.
Los hermanos de la Caridad aparecían más compungidos que en el día anterior, y rezaban devotamente arrodillados ante el altar. Salmón rogó al condenado que se sentase, y poniéndose junto a él, hízole exhortaciones encaminadas a apartar su alma del tremendo abismo a cuyo borde se encontraba.
—Pocas horas me restan —murmuró el patriota dando un gran suspiro—. Mi alma será más fuerte cuanto más cerca esté el instante lisonjero de su liberación. ¿Cuántas horas faltan?
—No cuente usted las horas... ¿Qué valen dos ni tres horas comparadas con la eternidad?
Sarmiento no respondió. Observaba los ladrillos del piso y fijaba su vista con minuciosidad aritmética en todos aquellos que tenían el ángulo gastado. Diríase que los contaba.
—¿En dónde está mi hija? —dijo de súbita moviéndola cabeza con ansiedad—. Sola, niña de mi corazón, no te separes de mí.
Sola se arrojó llorando en sus brazos. Notó que tenía las manos frías y temblorosas.
—Dentro de poco dejaré de verte, ¡ay! —exclamó el viejo haciendo esfuerzos verdaderamente heroicos para dominar su emoción—. ¡Que sea tan flaca y miserable esta humana naturaleza, que ni aun teniendo por segura la entrada en la morada celestial, pueda mirar con absoluto desprecio los afectos del mundo!... Aquí me tienes más valiente que un león (sus labios temblaban al decirlo, y su voz era como el ronco trinar de un ave moribunda), y, sin embargo, esto de separarme de ti, esto de dejarte sola...
Se pasó la mano por la frente, y durante un rato tapose los ojos.
—No sé por qué está triste el día —murmuró con disgusto—. ¡Qué ruido hay en la cárcel!... ¿Qué voces son esas? Parece un canto desacorde o un graznido de pájaros llorones. ¿Qué es eso?
Soledad no contestó nada, y apoyó su frente sobre el pecho del anciano. A la capilla llegaba una repugnante música llorona de gritos humanos que parecía formada de todos los rencores, de todos los sarcasmos, de todas las lágrimas y de todos los suspiros encerrados en la cárcel.
El padre Alelí, que había salido al amanecer, volvió muy cabizbajo, y sin hablar una sola palabra al reo ni a los demás, preparose para decir la misa. En tanto, uno de los hermanos departía con Sarmiento de cosas religiosas, sabedor de que estas habían de llevar gran alivio y fuerzas al espíritu del reo.
—Hoy —le dijo— celebramos en Santa Cruz los mayordomos de esta Real Archicofradía misa solemne de rogativa para implorar los divinos auxilios en la última hora del pobre condenado a muerte. Ya sabe usted que nuestro santísimo padre Pío VII ha concedido indulgencia plenaria a todos nosotros y a los fieles que asistan a esa misa y hagan oración por la concordia de los príncipes cristianos, extirpación de las herejías y exaltación de la fe católica.
—De modo —dijo Sarmiento con amarga ironía— que en esa misa se hace oración por todo menos por mí.
—No, hermano mío, no —dijo el cofrade con la melosidad del beato—; que también habrá lo que llamamos _ejercicio de agonía_, donde se hace la recomendación del alma del reo; luego siguen las jaculatorias de agonía y se cantará el _ne recorderis_. Los más bellos himnos de la Iglesia y las piadosas oraciones de los fieles acompañan a usted en su tránsito doloroso..., ¿qué digo doloroso?, gloriosísimo. Piense usted en la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, y se sentirá lleno de valor. ¡Oh, feliz mil veces el que abandona esta vida miserable libre de todo pecado!
El hermano inclinó la cabeza a un lado, bajando los ojos y cruzando las manos en mística actitud. Después rezó en silencio.
Alelí dijo la misa, que oyó Sarmiento como el día anterior, de rodillas y con profunda atención. Al concluir sentose con muestras de gran cansancio; mas ponía mucho empeño en disimularlo.
—¿No quiere usted tomar algo? —le dijo uno de los hermanos—. Hemos preparado un almuerzo ligero. ¿Se siente usted mal, hermano querido? Vamos, un huevo frito y un poco de jamón... ¡Si para eso no se necesita gana! —añadió viendo que el reo hacía signos negativos con la cabeza y con la mano—. Sí, lo traeremos, y también un vaso de vino.
—No quiero nada.
—¿Ni café?
—Tomaré el café por complacer a ustedes —repuso Sarmiento sonriendo con tristeza.
Alelí se sentó junto a él, y tomándole la mano se la apretó cariñosamente diciéndole:
—Hermano mío, en nombre de Dios y de María Santísima, a cuya presencia llegará usted pronto, si sabe morir como cristiano en estado de contrición perfecta, le ruego que no me oculte sus pensamientos, si por ventura son distintos de lo que ha manifestado aquí y fuera de aquí.
—Si yo ocultara mis pensamientos, si yo no fuera la misma verdad —replicó don Patricio con entereza más noble—, no sería digno de este nobilísimo fin que me espera... ¡Ah!, señores, la taimada naturaleza nos tiende mil lazos por medio de la sensibilidad y del instinto de conservación; pero no, no será mi grande espíritu quien caiga en ellos. Vamos, vamos de una vez.
Y se levantó.