Part 17
—Calma, calma, hermano mío; aún no es tiempo —le dijo Alelí tirándole del brazo—. Siéntese usted. Por cierto que no es nada conveniente para su alma esa afectación de valor y ese empeño de sostener el papel de héroe. Una resignación humilde y sin aparato, una conformidad decorosa sin disimular el dolor, y un poco de entereza que demuestre la convicción de ganar el cielo, son más propias de esta hora que la fanfarronería teatral. Usted está nervioso, desazonado, inquieto, sin sosiego; tiémblanle las carnes, y se cubre su piel de frío sudor.
—El que era Hijo de Dios sudó sangre —afirmó Sarmiento con brío—; yo, que soy hombre, ¿no he de sudar siquiera agua?... Vamos pronto. Repito que deseo concluir.
Entonces sintiose más fuerte el coro de lamentos, y al mismo tiempo ronco son de tambores destemplados.
—He aquí las tropas de Pilatos —observo Sarmiento.
—Hermano, hermano querido —le dijo Alelí abrazándole—. Una palabra sola de verdadera piedad, de verdadera religiosidad, de amor y temor de Dios. Una palabra, y basta; pero que sea sincera, salida del fondo del corazón. Si la dice usted, todos esos pensamientos livianos de que está llena su cabeza, como desván lleno de alimañas, huirán al ver entrar la luz.
—Cristiano católico soy —afirmó Sarmiento—. Creo todo lo que me manda creer la Iglesia, creo todos los misterios, todos los sagrados dogmas, sin exceptuar ninguno. He oído misa, he confesado sin omitir nada de lo que hay en mi conciencia, he deseado ardientemente recibir la Eucaristía, y si no la recibí ha sido porque no han querido dármela. ¿Qué más se quiere de mí? ¡Oh Señor de cielos y tierra! ¡Oh tú, María, Madre amantísima del género humano!, a vosotros vuelvo mis miradas, vosotros lo sabéis, porque veis mi rostro, no este de la carne, sino el del espíritu. Los que no ven el de mi espíritu, ¿cómo pueden comprenderme? Hacia vosotros volaré invocándoos, llevando en mi diestra la bandera que habéis dado al mundo, la bandera de la libertad, por la cual he vivido y por la cual muero.
Salmón y Alelí movieron la cabeza. Su pena y desasosiego eran muy profundos. Soledad, sin fuerzas ya para luchar con su dolor, estaba a punto de perder el conocimiento. Don Patricio, dicho su último discurso, examinaba una grieta que en el techo había y después la costura del paño del altar. Creeríase al verle que aquellos dos objetos insignificantes merecían la mayor atención.
Varias personas entraron en la capilla, todas decorando sus caras con la aflicción más edificante. Levantose el reo, y sin dejar de observar la costura del altar, habló así solemnemente:
—Cayo Graco, Harmodio y Aristogitón, Bruto..., héroes inmortales, pronto seré con vosotros... Y tú, Lucas, hijo mío, que estás en las filas de la celestial infantería, avanza al encuentro de tu dichoso padre.
Los frailes, puestos de rodillas, recitaban oraciones, empeñándose en que el reo las repitiera; pero Sarmiento se apartó de ellos afirmando:
—Todo lo que puede decirse lo he dicho en mi corazón durante la misa y después de ella.
Oyose el tañido de la campana de Santa Cruz.
—Tocan a muerto —dijo Sarmiento—. Yo mandaría repicar y alzar arcos de triunfo, como en el día más grande de todos los días. ¡Ya veo tus torres, oh patria inmortal, Jerusalén amada! ¡Bendito el que llega a ti!
El alcaide le saludó, enmascarándose también con la carátula de piedad lastimosa que pasaba de rostro en rostro, conforme iban entrando personajes. Después separáronse todos para dar paso a un hombre obeso, algo viejo, vestido de negro, cuyo aire de timidez contrastaba singularmente con su horrible oficio: era el verdugo, que, avanzando hacia el reo, humilló la frente como un lacayo que recibe órdenes.
Don Patricio sintió en aquel momento que un rayo frío corría por todo su cuerpo desde el cabello hasta los pies, y por primera vez desde su entrada en la fúnebre capilla sintió que su magnánimo corazón se arrugaba y comprimía.
—Sí, sí; perdono, perdono a todo el mundo —balbució el reo, fijando otra vez toda su atención en los ladrillos del piso—. Vamos ya... ¿No es hora?
Pero su ánimo, rápidamente abatido, forcejeó iracundo en las tinieblas y se rehizo. Fue como si se hubiera dado un latigazo. La dosis de energía que desplegara en aquel momento era tal, que solo estando muerta hubiera dejado la mísera carne de responder a ella. Tenía Sarmiento entre las manos su pañuelo; y apretando los dedos fuertemente sobre él y separando las manos, lo partió en dos pedazos sin rasgarlo. Cerrando los ojos murmuraba:
—¡Cayo Graco!... ¡Lucas!... ¡Dios que diste la libertad al mundo...!
El verdugo mostró un saco negro. Era la hopa que se pone a los condenados para hacer más irrisorio y horriblemente burlesco el crimen de la pena de muerte. Cuando el delito era de alta traición, la hopa era amarilla y encarnada. La de Sarmiento era negra. Completaba el ajuar un gorro también negro.
—Venga la túnica —dijo preparándose a ponérsela—. _Reputo el saco como una vestidura de gala y el gorro como una corona de laurel_.[4]
[4] Estas palabras las dijo el valeroso patriota ahorcado el 24 de agosto de 1825. Su noble y heroico comportamiento en las últimas horas, da en cierto modo carácter histórico al personaje ideal que es protagonista de esta obra.
Después le ataron las manos y le pusieron un cordel a la cintura, a cuyas operaciones no hizo resistencia, antes bien, se prestó a ellas con cierta gallardía. Incapacitados los movimientos de sus brazos, llamó a Sola y le dijo:
—Hija mía, ven a abrazar por última vez a tu viejecillo bobo.
La huérfana lo estrechó en sus brazos, y regó con sus lágrimas el cuello del anciano.
—¿A qué vienen esos lloros? —dijo este sofocando su emoción—. Hija de mi alma, nos veremos en la gloria, a donde yo he tenido la suerte de ir antes que tú. De mi imperecedera fama en el mundo, tú sola, tú serás única heredera, porque me asististe y amparaste en mis últimos días. Tu nombre, como el mío, pasará de generación en generación... No llores: llena tu alma de alegría, como lo está la mía. Hoy es día de triunfo; esto no es muerte, es vida. El torpe lenguaje de los hombres ha alterado el sentido de todas las cosas. Yo siento que penetra en mí la respiración de los ángeles invisibles que están a mi lado, prontos a llevarme a la morada celestial... Es como un fresco delicioso..., como un aroma delicado... Adiós..., hasta luego, hija mía... No olvides mis dos recomendaciones, ¿oyes? Vete con ese hombre..., ¿oyes?..., los apuntes... Adiós, mi glorioso destino se cumple... ¡Viva yo! ¡Viva Patricio Sarmiento!
Desprendieron a Sola de sus brazos; tomola en los suyos el alcaide para prestarle algún socorro, y don Patricio salió de la capilla con paso seguro.
El padre Alelí le ató un crucifijo en las manos, y Salmón quiso ponerle también una estampa de la Virgen; pero opúsose a ello el reo diciendo:
—Con mucho gusto llevaré conmigo la imagen de mi Redentor, cuyo ejemplo sigo; pero no esperen vuestras paternidades que yo vaya por la carrera besando una estampita. Adelante.
Al llegar a la calle, presentáronle el asno en que había de montar, y subió a él con arrogantes movimientos, diciendo:
—He aquí la más noble cabalgadura cuyos lomos han oprimido héroes antiguos y modernos. Ya estoy en marcha.
Al llegar a la calle de la Concepción Jerónima y ver el inmenso gentío que se agolpaba en las aceras y en los balcones, en vez de amilanarse, como otros, se creció, se engrandeció, tomando extraordinaria altitud. Revolviendo los ojos en todas direcciones, arriba y abajo, decía para sí:
«Pueblo, pueblo generoso, mírame bien, para que ningún rasgo de mi persona deje de grabarse en tu memoria. ¡Oh! ¡Si pudiera yo hablarte en este momento!... Soy Patricio Sarmiento, soy yo, soy tu grande hombre. Mírame y llénate de gozo, porque la libertad, por quien muero, renacerá de mi sangre, y el despotismo que a mí me inmola perecerá ahogado por esta misma sangre, y el principio que yo consagro muriendo, lo disfrutarás tú viviendo, lo disfrutarás por los siglos de los siglos».
El murmullo del pueblo crecía entre los roncos tambores, y a él le pareció que toda aquella música se juntaba para exclamar:
—¡Viva Patricio Sarmiento!
El padre Alelí le mostraba el crucifijo que en su mano llevaba, y le decía que consagrase a Dios su último pensamiento. Después el venerable fraile rezaba en silencio, no se sabe si por el reo o por sus jueces. Probablemente sería por estos últimos.
Al llegar a la plazuela, Sarmiento extendió la vista por aquel mar de cabezas, y viendo la horca, dijo:
—¡Ahí está!... Ahí está mi trono.
Y al ver aquello, que a otros les lleva al postrer grado de abatimiento, él se engrandeció más y más, sintiendo su alma llena de una exaltación sublime y de entusiasmo expansivo.
—Estoy en el último escalón, en el más alto —dijo—. Desde aquí veo al mísero género humano, abajo, perdido en la bruma de sus rencores y de su ignorancia. Un paso más, y penetraré en la eternidad, donde está vacío mi puesto en el luminoso estrado de los héroes y de los mártires.
Al pie de la horca, rogáronle los frailes que adorase al crucifijo, lo que hizo muy gustoso, besándolo y orando en voz alta con entonación vigorosa.
—Muero por la libertad como cristiano católico —exclamó—. ¡Oh, Dios a quien he servido, acógeme en tu seno!
Quisieron ayudarle a subir la escalera fatal; pero él, desprendiéndose de ajenos brazos, subió solo. El patíbulo tenía tres escaleras: por la del centro subía el reo, por una de las laterales el verdugo y por la otra el sacerdote auxiliante. Cada cual ocupó su puesto. Al ver que el cordel rodeaba su cuello, Sarmiento dijo con enfado:
—¿Y qué? ¿No me dejan hablar?
Los sacerdotes habían empezado el Credo. Callaron. Juzgando que el silencio era permiso para hablar, el patriota se dirigió al pueblo en estos términos:
—Pueblo, pueblo mío, contémplame y une tu voz a la mía para gritar: ¡Viva la...!
Empujole el verdugo y se lanzó con él.
Cayeron de rodillas los sacerdotes que habían permanecido abajo, y elevando el crucifijo, exclamaron consternados:
—¡Misericordia, Señor!
La muchedumbre lanzó el trágico murmullo que indicaba su curiosidad satisfecha y su fúnebre espanto consumado.
El padre Alelí dijo tristemente:
—Desgraciado, sube al limbo.
XXIX
¿Qué sabía él?... A pesar de ser fraile discreto y gran sabedor de teología, ¿qué sabía él si su penitente había ido al limbo, o a otra parte? ¿Quién puede afirmar a dónde van las almas inflamadas en entusiasmo y fe? ¿Habrá quien marque de un modo preciso la esfera donde el humano sentido merecedor de asombro y respeto, se trueca en la enajenación digna de lástima? Siendo evidente que en aquella alma se juntaban con aleación extraña la excelsitud y la trivialidad, ¿quién podrá decir cuál de estas cualidades a la otra vencía? Glorifiquémosle todos. Murió pensando en la página histórica que no había de llenar, y en la fama póstuma que no había de tener. ¡Oh, Dios poderoso! ¡Cuántos tienen esta con menos motivo, y cuántos ocupan aquella habiendo sido tan locos como él, y menos, mucho menos sublimes!
FIN DE «EL TERROR DE 1824»
Madrid, octubre de 1877.