El terror de 1824

Part 15

Chapter 154,093 wordsPublic domain

La capilla de los reos de muerte, que estaba en el piso bajo y en el ángulo formado por la calle de la Concepción Jerónima y el callejón del Verdugo, era el local más decente de la cárcel de Corte. No parecía, en verdad, decoroso, ni propio de una nación tan empingorotada, que los reos se prepararan a la muerte mundana y salvación eterna en una pocilga como los departamentos en que moraban durante la causa. En la capilla entraban, movidos de curiosidad o compasión, muchos personajes de viso, señores obispos, consejeros, generales, gentilhombres, y no se les había de recibir como a cualquier pelagatos. Tomaba sus luces esta interesante pieza del cercano patio, por la mediación graciosa de una pequeña sala próxima al cuerpo de guardia; mas como aquellas llegaban tan debilitadas que apenas permitían distinguir las personas, de aquí que en los días de capilla se alumbrara esta con la fúnebre claridad de las velas amarillas encendidas en el altar. Lúgubre cosa era ver al reo, aquel moribundo sano, aquel vivo de cuerpo presente, en la antesala de la horca, y oírle hablar con los visitantes y verle comer junto al altar, todo a la luz de las hachas mortuorias. Generalmente los condenados, por valientes que sean, toman un tinte cadavérico que anticipa en ellos la imagen de la descomposición física, asemejándoles a difuntos que comen, hablan, oyen, miran y lloran, para burlarse de la vida que abandonaron.

No fue así don Patricio Sarmiento, pues desde que le entraron en la capilla en la para él felicísima mañana del 4 de septiembre, pareció que se rejuvenecía, tales eran el contento y la animación que en sus ojos brillaban. De un rojo insano se tiñeron sus ajadas mejillas, y su espina dorsal hubo de adquirir una rectitud y esbeltez que recordaban sus buenos tiempos de Roma y Cartago. Soledad, a quien permitieron acompañarle todo el tiempo que quisiera, se hallaba en estado de viva consternación, de tal modo, que ella parecía la condenada y él el absuelto.

—Querida hija mía —le dijo el anciano cuando juntos entraron en la capilla—, no desmayes, no muestres dolor, porque soy digno de envidia, no de lástima. Si yo tengo este fin mío por el más feliz y glorioso que podría imaginar, ¿a qué te afliges tú? Verdad es que la naturaleza (cuyos códigos han dispuesto sabiamente los modos de morir) nos ha infundido instintivamente cierto horror a todas las muertes que no sean dictadas por ella, o hablando mejor, por Dios; pero eso no va con nosotros, que tenemos un espíritu valeroso, superior a toda niñería... Ánimo, hija de mi corazón. Contémplame, y verás que el júbilo no me cabe en el pecho... Figúrate la alegría del prisionero de guerra que logra escaparse, y anda y camina, y al fin oye sonar las trompetas de su ejército... Figúrate el regocijo del desterrado que anda y camina, y ve al fin la torre de su aldea. Yo estoy viendo ya la torre de mi aldea, que es el cielo, allí donde moran mi padre, que es Dios, y mi hijo Lucas, que goza del premio dado a su valor y a su patriotismo. Bendito sea el primer paso que he dado en esta sala, bendito sea también el último, bendito el resplandor de esas velas, benditas esas sagradas imágenes, bendita tú que me acompañas, y esos venerables sacerdotes que me acompañan también.

Soledad rompió a llorar, aunque hacía esfuerzos para dominarse, y don Patricio, fijando los ojos en el altar y viendo el hermoso crucifijo de talla que en él había y la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, experimentó una sensación singular, una especie de recogimiento que por breve rato le turbó. Acercándose más al altar, dijo con grave acento:

—Señor mío, tu presencia y esos tus ojos que me ven sin mirarme, recuérdanme que durante algún tiempo he vivido sin pensar en ti todo lo que debiera. El gran favor que acabas de hacerme me confunde más en tu presencia. Y tú, Señora y Madre mía, que fuiste mi patrona y abogada en cien calamidades de mi juventud, no creas que te he olvidado. Por tu intercesión, sin duda, he conseguido del Eterno Padre este galardón que ambicionaba. Gracias, Señora; yo demostraré ahora que si mi muerte ha de ser patriótica y valerosa para que sea fecunda, también ha de ser cristiana.

Admirados se quedaron de este discurso el padre Alelí y el padre Salmón, que juntamente con él entraron para prestarle los auxilios espirituales. Ambos frailes oraban de rodillas. Levantáronse, y tomando asiento en el banco de iglesia que en uno de los costados había, invitaron a Sarmiento a ocupar el sillón.

—Yo no daré a vuestras reverencias mucho trabajo —dijo el patriota, sentándose ceremoniosamente en el sillón—, porque mi espíritu no necesita de cierta clase de consuelillos mimosos que otras vulgares almas apetecen en esta ocasión; y en cuanto al auxilio puramente religioso, yo gusto de la sencillez suma. En ella estriba la grandeza del dogma.

El padre Alelí y el padre Salmón se miraron sin decir nada.

—Veo a sus reverencias como cortados y confusos delante de mí —añadió Sarmiento sonriendo con orgullo—. Es natural: yo no soy de lo que se ve todos los días. Los siglos pasan y pasan sin traer un pájaro como este. Pero de tiempo en tiempo, Dios favorece a los pueblos dándole uno de estos faros que alumbran al género humano y le marcan su camino... Si una vida ejemplar alumbra muy mucho al género humano, más le alumbra una muerte gloriosa... Me explico perfectamente la admiración de sus paternidades: yo no nací para que hubiera un hombre más en el mundo; yo soy de los de encargo, señores. Una vida consagrada a combatir la tiranía y a enaltecer la libertad; una muerte que viene a aumentar la ejemplaridad de aquella vida, ofreciendo el espectáculo de una víctima que expira por su fe y que con su sangre viene a consagrar aquellos mismos principios santos; esta entereza mía, esta serenidad ante el suplicio, serenidad y entereza que no son más que la convicción profunda de mi papel en el mundo, y, por último, la acendrada fe que tengo en mis ideas, no pertenecen, repito, al orden de cosas que se ven todos los días...

El padre Alelí abrió la boca para hablar; mas Sarmiento, deteniéndole con un gesto que revelaba tanta gravedad como cortesía, prosiguió así:

—Permítame vuestra paternidad reverendísima que ante todo haga una declaración importante, sí, sumamente importante. Yo soy enemigo del instituto que representan esos frailunos trajes. Faltaría a mi conciencia si dijese otra cosa; yo aborrezco ahora la institución como la aborrecí toda mi vida, por creerla altamente perniciosa al bien público. Ahí están mis discursos para el que quiera conocer mis argumentos. Pero esto no quita que yo haga distinciones entre cosas y personas, y así me apresuro a decirles que si a los frailes en general les detesto, a vuestras paternidades les respeto en su calidad de sacerdotes, y les agradezco los auxilios que han venido a prestarme. Además, debo recordar que ayer, hallándome en mi calabozo, traté groseramente de palabra a uno de los que me escuchan, no sé cuál era. Estaba mi alma horriblemente enardecida por creerse víctima de maquinaciones que tendían a desdorarla, y no supe lo que me dije. Los hombres de mi temple son muy imponentes en su grandiosa ira. Entiéndase que no quise ofender personalmente al que me oía, sino apostrofar al género humano en general y a cierto instituto en particular. Si hubo falta, la confieso y pido perdón de ella.

El padre Alelí, aprovechando el descanso de Sarmiento, tomó la palabra para decirle que tuviese presente el sitio donde se encontraba, y rompiese en absoluto con toda idea del mundo para no pensar sino en Dios; que recordase cuál trance le aguardaba y cuáles eran los mejores medios para prepararse a él; y, finalmente, que ocupándose tanto de vanidades, corría peligro de perder su alma. A lo cual don Patricio, volviéndose en el sillón con mucho aplomo y seriedad, dijo al fraile que él (don Patricio) sabía muy bien cómo se había de preparar para el fin no lamentable, sino esplendoroso que le aguardaba, y que por lo mismo que moría proclamando su ideal divino, pensaba morir cristianamente, con lo cual aquel había de aparecer más puro, más brillante y más ejemplar.

Esto decía cuando llegaron los hermanos de la Paz y Caridad, caballeros muy cumplidos y religiosos que se dedican a servir y acompañar a los reos de muerte. Eran tres y venían de frac, muy pulcros y atildados, como si asistieran a una boda. Después que abrazaron uno tras otro cordialmente a don Patricio, preguntáronle que cuándo quería comer, porque ellos eran los encargados de servirle, añadiendo que si el reo tenía preferencias por algún plato, lo designara para servírselo al momento, aunque fuese de los más costosos.

Sarmiento dijo que pues él no era glotón, trajeran lo que quisiesen, sin tardar mucho, porque empezaba a sentir apetito. Desde los primeros instantes los tres cofrades pusieron cara muy compungida, y aun hubo entre ellos uno que empezó a hacer pucheros, mientras los otros dos rezaban entre dientes; visto lo cual por Sarmiento, dijo muy campanudamente que si habían ido allí a gimotear, se volviesen a sus casas, porque aquella no era mansión de dolor, sino de alegría y triunfo. No creyendo por esto los hermanos que debían abandonar su papel oficial, comenzaron a soltar una tras otra las palabrillas emolientes que eran del caso y que tantas veces habían pronunciado, _verbi gratia_... «Querido hermano en Cristo, la celestial Jerusalén abre sus puertas para ti...». «Vas a entrar en la morada de los justos...». «Ánimo. Más padeció el Redentor del mundo por nosotros».

—Queridos hermanos en Cristo —dijo el reo con cierta jovialidad delicada—. Agradezco mucho sus consuelos; pero he de advertirles que no los necesito. Yo me basto y me sobro. Así es que no verán en mí suspirillos ni congojas... Me gusta que hayan venido, y así podrán decir a la posteridad cómo estaba Patricio Sarmiento en la capilla, y qué bien revelaba en su noble actitud y reposado continente (al decir esto erguía la cabeza, echando el cuerpo hacia atrás) la grandeza de la idea por la cual dio su sangre.

Pasmados se quedaron los hermanos, así como los frailes, de ver su serenidad, y le exhortaron de nuevo a que cerrase el entendimiento a las vanidades del mundo. Sola, de rodillas junto al altar, rezaba en silencio.

XXVI

Empezaron los hermanos a servir la comida. Sentose don Patricio a la mesa, invitando a todos a que le acompañaran. No había comenzado aún, cuando entró el señor de Chaperón, que jamás dejaba de visitar a sus víctimas en la antesala del matadero. Como de costumbre en tales casos, el señor brigadier trataba de enmascarar su rostro con ciertas muecas, contorsiones y gestos encargados de expresar la compasión, y helo aquí arqueando las cejas y plegando santurronamente los ángulos de la boca, sin conseguir más que un aumento prodigioso en su fealdad.

Saludó a Sarmiento con esa cortesía especial que se emplea con los reos de muerte, amabilidad indefinible, incomprensible para quien no ha visto muestras de ella en la capilla de la cárcel; urbanidad en la cual no hay ni asomos de estimación, porque se trata de un delincuente atroz, ni tampoco desprecio o encono a causa de la proximidad del morir. Es una callada fórmula de repulsión compasiva, sentimiento extraño que no tiene semejante, como no sea en el alma de algún carnicero no muy novicio ni tampoco muy empedernido.

—Hermano en Cristo —dijo don Francisco poniendo su mano, tan semejante al hacha del verdugo, sobre el cuello del preceptor—, supongo que su alma sabrá buscar en la religión los consuelos...

Esta formulilla era de cajón. Aquel funcionario de tan pocas ideas la llevaba prevenida siempre que a los reos visitaba.

—Señor don Francisco —replicó Sarmiento levantándose—, si vuecencia quiere acompañarme a la mesa...

—No, gracias, gracias; siéntese usted... ¿Qué tal estamos de salud?... ¿Y el apetito?

Lo preguntaba como lo preguntaría un médico.

—Vamos viviendo —repuso el patriota—. O si se quiere, vamos muriendo. Todavía no ha llegado el instante precioso en que sea innecesario este grosero sustento de la bestia... Hemos de arrastrar el peso del cuerpo, hasta que llegue el instante de dejarlo en la orilla y lanzarnos al océano sin fin, en brazos de aquellas olas de luz que nos mecerán blandamente en presencia del Autor de todas las cosas.

Chaperón miró a los frailes, e hizo un gesto que indicaba opinión favorable del juicio de Sarmiento.

—Y ya que vuecencia ha tenido la bondad de visitarme —añadió el reo, después de saborear el primer bocado—, tengo el gusto de declarar que no siento odio contra nadie, absolutamente contra nadie. A todos les perdono de corazón, y si de algo valen las preces de un escogido como yo (al decir esto su tono indicaba el mayor orgullo), he de alcanzar del Altísimo que ilumine a los extraviados para que muden de conducta, trocando sus ideas absolutistas por el culto puro de la libertad... Sí, señor: se intercederá por los que están ciegos, para que reciban luz; se recomendará a los crueles, para que hallen misericordia en su día. Patricio Sarmiento es leal, pío, generoso, como apóstol de la misma generosidad, que es el liberalismo... En mi corazón ya no caben resentimientos: todos los echó fuera, para presentarme puro y sin mancha. El mártir de una idea, el que con su sangre ha puesto el sello a esa idea, ¿me entienden ustedes?, para que quede consagrada en el mundo, no enturbiará su conciencia con odios mezquinos. Reconozco que, con arreglo a las leyes, mi condenación ha sido razonable. Vuecencia que me oye no ha hecho más que cumplir con la ley que se le ha puesto en la mano. Así me gusta a mí la gente. Venga esa mano, señor don Francisco.

Diole tan fuerte apretón de manos, que Chaperón hubo de retirar la suya prontamente para que no se la estrujara.

—Además —prosiguió Sarmiento—, yo sé que los que hoy me condenan, me admirarán mañana, si viven, y los que me vituperan hoy, luego me pondrán en el mismo cuerno de la luna... Porque esto durará poco, señor don Francisco: el absolutismo, a fuerza de estrangular, se sostendrá un año, dos, tres, pongamos cuatro... En este guisado de vaca —añadió dirigiéndose a uno de los hermanos de la Caridad—, se le fue la mano a la cocinera: lo ha cargado de sal... Pongamos cuatro años; pero al fin tiene que caer y hundirse para siempre, porque los siglos muertos no resucitan, señor don Francisco; porque los pueblos, una vez que han abierto los ojos, no se resignan a cerrarlos; y así como cada estación tiene sus frutos, cada época tiene su sazón propia, y los españoles, que hasta aquí hemos amargado de puro verdes, vamos madurando ya, ¿me entiende vuecencia?, y se nos ha puesto en la cabeza que no servimos para ensalada. Vuecencias ahorquen todo lo que quieran. Mientras más ahorquen, peor. El absolutismo acabará ahorcándose a sí mismo ¿No lo quieren creer? Pues lo pruebo. Empezó creando para su defensa y sostenimiento la fuerza de voluntarios realistas. Son estos unos animalillos voraces y golosos que no se prestan a servir a su amo, si este no les alimenta con cuerpos muertos. Una vez cebados y enviciados con el fruto de la horca, mientras más se les da más piden, y llegará un momento en que no se les pueda dar todo lo que piden, ¿me entiende vuecencia?

Don Francisco, sin contestarle, y dirigiendo maliciosas ojeadas a los frailes, hacía señas de asentimiento. El padre Salmón, que atendía con sorna a las razones del preso, bajó la cabeza para ocultar la risa. Pero el padre Alelí, que devotamente rezaba en su breviario, alzó los ojos, y mirando con expresión de alarma al reo, le dijo:

—Hermano mío, veo que, lejos de apartar usted su pensamiento de las ideas mundanas, se engolfa más y más en ellas, con gran perjuicio de su alma. Los momentos son preciosos; la ocasión, impropia para hacer discursos.

—Y yo digo que es menos propia para sermones —replicó Sarmiento, dando un golpecillo en la mesa con el mango del tenedor—. Yo sé bien lo que corresponde a cada momento, y repito que consagraré a la religión y a mi conciencia todo el tiempo que fuere necesario.

—Bastante ha perdido usted en vanidades.

—Poquito a poco, señor sacerdote —dijo Sarmiento frunciendo las cejas—, yo nada le quito a Dios. No se quite nada tampoco a las ideas, que son mi propia vida, mi razón de ser en el mundo, porque entiéndase bien, son la misión que Dios mismo me ha encargado. Cada uno tiene su destino: el de unos es decir misa; el de otros es enseñar o iluminar a los pueblos. El mismo que a su paternidad reverendísima le dio las credenciales, me las ha dado a mí.

—Reflexione, hombre de Dios —indicó el padre Salmón, rompiendo el silencio—, en qué sitio se encuentra, qué trance le espera, y vea si no le cuadra más preparar su alma con devociones, que aturdirla con profanidades.

—Vuestras paternidades me perdonen —dijo Sarmiento grave y campanudamente después de beber el último trago de vino— si he hablado de cosas profanas que no les agradan. Yo soy quien soy, y sé lo que me digo. Sé mejor que nadie por qué estoy aquí, por qué muero y por qué he vivido. Allá nos entenderemos Dios y yo; Dios, que llena mi conciencia y me ha dictado este acto sublime, que será ejemplo de las generaciones. Pero pues las religiosidades no están nunca de más, vamos a ellas y así quedarán todos contentos.

—Esas divagaciones, hombre de Dios —dijo Salmón con puntos de malicia—, confirman uno de los delitos que le han traído a este sitio.

—¿Qué delito?

—El de fingirse enajenado para poder tratar impunemente de cosas prohibidas.

—Hablillas —dijo Sarmiento sonriendo con desdén—. Señores hermanos de la Paz, si tuvieran ustedes la bondad de darme cigarros, se lo agradecería... Hablillas del vulgo. Si fuéramos a hacer caso de ellas, ¿cómo quedaría el padre Salmón en la opinión del mundo? ¿No dicen de él que solo piensa en llenar la panza y en darse buena vida? ¿No goza fama de ser mejor cocinero que predicador?... ¿De frecuentar más los estrados de las damas, para hablar de modas y comidas, que el coro para rezar y la cátedra para enseñar? Esto dice el vulgo. ¿Hemos de creer lo que diga? Pues al padre Alelí, que me está oyendo y que es persona apreciabilísima, ¿no se le acusó en otro tiempo de volteriano? ¿No le tuvo entre ojos la Inquisición? ¿No decían que antaño era amigo de Olavide y que después se había congraciado con los realistas? Esto se dijo: ¿hemos de hacer caso de las necedades del vulgo?

El padre Alelí palideció, demostrando enojo y turbación. Chaperón se mordía los labios para dominar sus impulsos de risa. Ofrecía, en verdad, la fúnebre capilla espectáculo extraño, único, el más singular que puede imaginarse. Frente al altar veíase una mujer de rodillas, rezando sin dejar de llorar, como si ella sola debiera interceder por todos los pecadores habidos y por haber; en el centro una mesa llena de viandas, y un reo que, después de hablar con desenfado y entereza, recibía cigarros de los hermanos de la Paz y Caridad y los encendía en la llama de un cirio; más allá dos frailes, de los cuales el uno parecía vergonzoso y el otro enfadado; enfrente la tremebunda figura de don Francisco Chaperón, el abastecedor de la horca, el terror de los reos y de los ajusticiados, sonriendo con malicia y dudando si poner cara afligida o regocijada; todo esto presidido por el crucifijo y la Dolorosa, e iluminado por la claridad de las velas de funeral que daban cadavérico aspecto a hombres y cosas, y allá en la sala inmediata, una sombra odiosa, una figura horripilante que esperaba: el verdugo.

Don Francisco Chaperón se despidió de su víctima. En la sala contigua y en el patio encontró a varios individuos de la Comisión militar y a otros particulares que venían a ver al reo.

—¡Que me digan a mí que ese hombre es tonto! —exclamó con evidente satisfacción—. Tan tonto es él como yo. No es sino un grandísimo bribón, que aún persiste en su plan de fingirse demente, por ver si consigue el indulto... Ya, ya. Lo que tiene ese bergante es muchísimo talento. Ya quisieran más de cuatro... Por cierto que entre bromas y veras ha hablado con un donaire... Al pobre Salmón le ha puesto de hoja de perejil, y Alelí no ha salido tampoco muy librado de manos de este licenciado Vidriera... Es graciosísimo: véanle ustedes... Por supuesto, bien se comprende que es un solemnísimo pillo.

Y don Francisco se retiró, repitiéndose a sí mismo con tanta firmeza como podría hacerlo un reo ante el juez, que don Patricio no era imbécil, sino un gran tunante. Tal afirmación tenía por objeto sofocar la rebeldía de aquel insubordinado corpúsculo, a quien llamamos antes la _monera_ de la conciencia chaperoniana, y que desde que Sarmiento entró en capilla se agitaba entre el légamo, queriendo mostrarse y alborotar y hacer cosquillas en el ánimo del digno funcionario. Con aquella afirmación, don Francisco aplacó la vocecilla, y todo quedó en profundo silencio allá en los cenagosos fondajes de su alma.

XXVII

Durante la noche arreció el nublado de visitantes, sin que su curiosidad importuna y amanerada compasión causaran molestia al reo: antes bien, recibíalos este como un soberano a su corte. Situado en pie frente al altar, íbalos saludando uno por uno, con ligeros arqueos de la espina dorsal y una sonrisa protectora, cuya intensidad de expresión amenguaba o disminuía según la importancia del personaje. Todos salían haciéndose lenguas de la serenidad del reo, y en la sala-vestíbulo, inmediata al cuerpo de guardia, oíase cuchicheo semejante al que suena en el atrio de una iglesia en noches de novena o miserere. Los entrantes chocaban con los que salían, y la sensibilidad de los unos anticipaba a la curiosidad de los otros noticias y comentarios.

Pipaón, que se había presentado de veinticinco alfileres, y parecía un ascua de oro, según iba de limpio y elegante, estuvo largo rato en compañía del reo, y le dio varias palmadas en el hombro, diciéndole:

—Ánimo, señor Sarmiento, y encomiéndese a su Divina Majestad y a la Reina de los cielos, nuestra Madre amorosísima, para que le den una buena muerte y franca entrada en la morada celestial... Adiós, hermano mío. Como mayordomo que soy de la Hermandad de las Ánimas, le tendré presente, sí, le tendré presente para que no le falten sufragios... Adiós... Procure usted serenarse... Medite mucho en las cosas religiosas... Este es el gran remedio y el más seguro lenitivo... ¡La religión, la dulce religión! ¡Oh!, ¿qué sería de nosotros sin la religión?... Es nuestro consuelo, el rocío que nos regenera, el maná que nos alimenta... Adiós, hermano en Cristo; venga un abrazo (al dar el abrazo Pipaón tuvo buen cuidado de que no fuera muy expresivo, para que no se chafaran los encajes de su pechera)... Estoy conmovidísimo... Adiós; repítole que medite mucho en los sagrados misterios y en la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo... Quizás nos veamos en el cielo, ¡ay de mí!, si Dios es misericordioso conmigo.

Este fastidioso discurso, modelo exacto de la retórica convencional y amanerada del cortesano, agradó mucho a cuantos le oyeron; mas don Patricio lo acogió con seriedad cortés y cierto desdén que apenas se traducía en ligero fruncimiento de cejas. Pipaón salió, y aunque iba muy a prisa, derecho a la calle, detuviéronle en el patio algunos amigos.

—Estoy afectadísimo... No puedo ver estas escenas —les dijo respondiendo a sus preguntas—. Fáltame poco para desmayarme.

—Dicen que es el reo más sereno que se ha visto desde que hay reos en el mundo.

—Es un prodigio. Pero aquella vanidad e hinchazón son cosa fingida... ¡Cuánto debe padecer interiormente! Se necesitan los bríos de un héroe para sostener ese papel sin faltar un punto.

—¡Farsante!

—Perillán más acabado no he visto en mi vida. Seguramente espera que le indulten; pero se lleva chasco. El gobierno no está por indultos.

—Entremos... Todo Madrid desea verle. Vuelva usted, Pipaón.