El cuarto poder

Chapter 31

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—¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo soy, yo, el que ha de matar a ese miserable!—exclamó fogosamente el hermoso mancebo.

—Gracias, Pablo, gracias—respondió Gonzalo gravemente con voz temblorosa, apretándole la mano con efusión.—Eso no puede ser. Medita un poco sobre el asunto, y verás que te engañan tus buenos deseos y el cariño que me tienes.

Costó mucho trabajo convencerle, sin embargo. A todo trance había de ser él quien desafiara al Duque primero, y ponía en prensa su no muy repleto cerebro, para buscar argumentos que lo hiciesen natural y lógico. Sólo después de larga discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía o salía herido, él retaría al Duque, se dejó persuadir de malísima gana.

Había en aquella adhesión y cariño que toda la familia le mostraba, en lo franca y resueltamente que se ponían de su parte y rechazaban con horror a la extraviada hija y hermana, algo que a Gonzalo le conmovía y le sofocaba a un mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obligaba a él a usar de generosidad, no mentando en la conversación el nombre de la infiel, que en sus labios sólo podía ir acompañado de un epíteto injurioso. Pablito no se los escatimaba. Pero él comprendía muy bien que no debía seguirle.

—Mira, mañana a primera hora, te vas a Sarrió y llevas unas cartas que yo te daré, a Alvaro y don Rudesindo. Que se pongan inmediatamente en camino para Nieva... procurando no asomarse a las ventanillas cuando pasen por aquí. Que arreglen el asunto lo más pronto posible y envíen el aviso del día y la hora a Sarrió. Tú lo recibes allí y me lo traes inmediatamente... Después ya me arreglaré para salir de aquí sin que tu padre y Cecilia lo adviertan.

Cumplió su cometido Pablo, saliendo al amanecer para Sarrió a caballo. Cumplieron el suyo también, Peña y don Rudesindo, trasladándose a Nieva acto continuo. Gonzalo vió pasar el coche que los transportaba, desde el balcón de su cuarto.

El escándalo en Sarrió había sido terrible como debe suponerse. No se hablaba de otra cosa. Los amigos de Belinchón andaban mustios. No faltaban entre ellos, sin embargo, quienes creían que le estaba bien empleado a don Rosendo, por haber criado con tal mimo a su hija menor, y haberla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de princesa. Los enemigos se bañaban en agua de rosas, y procuraban aumentar con mil trazas el escándalo. Las pocas personas imparciales que había en la villa, se limitaban a compadecer al pobre Gonzalo, y a censurar el proceder repugnante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya se sabía que era ella la que prendiera fuego a la mecha). Muchos curiosos pasaban por delante de la casa de don Rudesindo mirando con atención a los balcones, preguntando a los criados que salían, husmeando, en fin, lo que dentro pasaba. Se decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco arrepentida de su conducta, que había comido como si tal cosa, y que había charlado y reído toda la tarde, con la esposa del fabricante de sidra.

A la atención ávida de los curiosos, tampoco pudo ocultarse la marcha de éste para Nieva en compañía de Peña. En seguida se sospechó el objeto. Corrió por la villa como una chispa, la noticia de que Gonzalo se estaba batiendo con el Duque, no se sabía dónde.

Don Melchor de las Cuevas vivía solo con un criado y una criada. La noche del baile se había retirado a su casa, pasando antes por la de Belinchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo se había ido a Tejada. El anciano sospechó que no sintiéndose bien, se iría a meter en la cama. Al día siguiente, él mismo se sintió un poco indispuesto, porque no estaba acostumbrado a trasnochar, y se quedó en casa. Mandó, sin embargo, al criado a la de Belinchón, a preguntar qué sabían de su sobrino. Enteróse el criado inmediatamente de lo acaecido, pero no se atrevió a decírselo a su señor. Le trajo el recado de que Gonzalo se hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día así. Pero al siguiente, martes, oyó el criado la especie de que el señorito se estaba batiendo con el Duque, y entonces, por temor de incurrir en responsabilidad o porque creyese que su señor podía evitar una desgracia, le dió cuenta de todo, aunque con algunas precauciones. Don Melchor, herido en lo más hondo de su corazón, se levantó convulso de la butaca y pidió que inmediatamente fuesen a buscar un coche que le trasladase a Tejada. En cuanto estuvo a la puerta, se metió en él, ordenando al cochero que fuese a todo escape a la quinta de Belinchón.

Con quien primero tropezó fué con éste, quien le recibió con alguna confusión y vergüenza, como si el pobre tuviese alguna parte en la desgracia que pesaba sobre Gonzalo. Don Melchor estuvo un poco frío con él, no intencionalmente, sino por el anhelo que tenía de ver a su sobrino. Don Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, y allí le dejó. El señor de las Cuevas llamó con los nudillos.

—¿Quién va?—preguntaron de adentro ásperamente.

Levantó el pestillo sin contestar, y entró. Gonzalo, que estaba en pie en medio de la estancia, se puso rojo como una brasa al ver a su tío. Este le oprimió fuertemente contra su pecho. Las lágrimas corrieron abundantes por las mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en aquellas críticas circunstancias. Pero aquel anciano era el padre de su infancia, y a él podía mostrar sin vergüenza las llagas más recónditas de su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. Don Melchor se separó al cabo, y dijo empujándole hacia una butaca:

—Siéntate.

Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la mano.

—El golpe es rudo—dijo el marino con voz ronca después de silencio prolongado.—Una racha traidora que te ha metido la borda debajo del agua... Pero eres barco de mucha manga—añadió poniéndole las manos sobre los hercúleos hombros.—Tienes las cuadernas sólidas... Ya achicaremos el agua.

Gonzalo no contestó.

—¿Por qué no te has venido inmediatamente a casa?

—Porque hubiera sido un desaire cruel para esta pobre familia, que está profundamente afligida. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente!

—Si es así, has hecho bien... Pero debiste darme aviso... Eso no te lo perdono.

—¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese usted el disgusto, mejor.

—¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y debo padecer contigo... Además, mi presencia hacía falta... Me han dicho que vas a batirte con ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad?

—No... por ahora no hay nada—respondió el joven con alguna vacilación.

—¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no puede realizarse. Vengo resuelto a impedirlo.

—No hay nada, tío. Sosiéguese usted.

—Es inútil que me engañes. Yo no me separaré de ti un momento. Aquí me quedo. Dormiré a tu lado para que no te me escapes, y te daré guardia de _prima_, de _media_ y de _alba_.

Gonzalo quedó estupefacto. Comprendió que era necesario confesarlo todo, y abordar la cuestión de frente.

—¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería usted a impedir que su sobrino fuese a cumplir con lo que el honor exige?

—Sí, señor... ¡Pues no me había de atrever!... Sí, señor, que me atrevo—replicó el viejo, ya enfurecido.—¿Quieres que yo consienta que expongas tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha introducido en tu casa para robarte villanamente la honra? A los ladrones se les mata de un tiro, o se les ahorca; no se mide las armas con ellos... Tú estás obcecado, Gonzalo... Párate un momento, hombre. Da fondo al escandallo, y verás que no hay agua para marear...

—¿Qué quiere usted que haga entonces? ¿Quiere usted que le deje marchar tranquilamente para Madrid? ¿Quiere usted que le vaya a despedir, y a desearle feliz viaje, dándole las gracias además por el favor que me ha hecho?

—¡No, mala centella que lo parta, no!... Mátalo, si quieres, pero no expongas tu vida.

—Eso es muy fácil de decir, tío—replicó Gonzalo con amargura.—Figúrese usted que voy a Nieva, le busco y le pego un tiro o una puñalada y le dejo muerto... Pues desde allí voy a la cárcel, y, por bien que me vaya, no me escapo sin unos años de presidio... Aparte de que la mayoría de los hombres, aunque disculpasen la acción, no la hallarían muy valerosa.

Don Melchor se quedó unos momentos confundido, sin saber qué replicar. Aquello no tenía vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con brío, los ojos brillantes de alegría:

—¡Ya encontré la solución!

—¿Cuál?

—Tú te estás quieto en casa. Yo me voy ahora mismo a Nieva, le desafío y le mato.

—¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser—replicó Gonzalo, sin poder reprimir una sonrisa.

—¿De qué te ríes, ciruelo?—exclamó el buen anciano, echando fuego por los ojos.—¿Te figuras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinconado que no puede empuñar un sable o una pistola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh, diablo!—añadió cada vez más irritado, gesticulando como un loco por la habitación.—Yo estoy lo mismo que si tuviera veinte años... Yo subo de cuatro en cuatro las escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco botellas de _pale-ale_, y no me tambaleo... Yo derribo un toro de un puñetazo, y trinco al marinero más forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y eso que te las echas de tan bruto?...

—Si no me reía por eso, tío... Ya sé, ya sé...

—Vamos a ver; trae esa mano... A ver si sé apretar o no sé apretar...

Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la apretó con todas sus fuerzas, el semblante rojo y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa, fingió sentir un dolor agudísimo:

—¡Uy, uy!

—¿Eh, qué tal?—exclamó su tío con aire triunfal.—¿Puedo o no puedo todavía librar al mundo de un pillo?

—¡Ya lo creo que puede usted! Tiene usted más fuerza que yo... Pero no se trata de eso. Lo que hay que ver es si debe usted hacerlo; si eso sería decoroso para mí... ¿No comprende usted, tío, que el ridículo que ya por el hecho mismo de ser marido engañado, pesa sobre mí, se aumentaría de un modo inconcebible si fuese usted el que se batiese y no yo?... Este ridículo ya sé que se borra con sangre; pero ha de ser sangre vertida por mi mano.

Don Melchor no quiso convenir en ello: discutió, gritó, se enfureció. Se conocía, no obstante, que deseaba aturdirse. Las razones de Gonzalo le trabajaban en el alma y se la llenaban de amargura. Últimamente, ya se batía en retirada. Pedía tan sólo que se aplazase el lance; que se fuese a viajar una temporada, y si a la vuelta persistía en batirse, lo hiciese. Duraba aún la disputa, cuando don Rosendo llamó a la puerta para preguntarles si deseaban que se les sirviese el almuerzo allí o querían venir al comedor. Gonzalo optó por esto último, porque de ningún modo quería mostrarse frío con su suegro y cuñada.

El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que todos, hasta el mismo Gonzalo, hacían por mostrarse despreocupados, cerníase sobre la mesa una nube negra que obscurecía los semblantes. Después que tomaron el café y descansaron un rato, Gonzalo dijo:

—Tío, usted ha salido de la cama para venir aquí. No debe usted sentirse bien... ¿Quiere que se le arregle un cuarto? Creo que le convendría acostarse.

Don Melchor comprendió que su sobrino deseaba quedarse solo.

—No; me vuelvo a Sarrió. Avisa que enganchen.

Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. Gonzalo lo fué acompañando a pie hasta la salida del parque. Ambos iban silenciosos y sombríos. El anciano, además, sumamente pálido. Antes de meterse en el coche abrazó estrechísima y largamente a su sobrino, y le dijo al oído con voz conmovida:

—¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo mío!

Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de lágrimas. Metióse rápidamente en la carretela, y se ocultó en un rincón sin decir adiós. Gonzalo miró alejarse el coche, y permaneció largo rato inmóvil, agarrando con la mano una reja de hierro de la puerta.

Poco después de anochecer, llegó Pablito de la villa. Después de comer, aprovechó un momento para decir a su cuñado rápidamente:

—Mañana a las ocho en la quinta de Soldevilla... a pistola. A las seis pasarán por aquí Peña y don Rudesindo. Estáte preparado.

Gonzalo durmió aquella noche mejor que la anterior. La satisfacción feroz que le daba la seguridad de encontrarse al día siguiente con el Duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de la mañana se despertó ágil y fresco sin acordarse de haber soñado. Se vistió y aliñó con el menor ruido posible, y salió de puntillas cuándo aún estaba amaneciendo.

—¿Va de caza, señorito?—le preguntó una criada con quien tropezó.

—No; voy a avisar al molinero para que deje en seco la acequia. Quiero pescar esta tarde.

Salió a la carretera y siguió la dirección de Nieva esperando que el coche de sus padrinos le alcanzaría, como así sucedió a la media hora poco más o menos. Peña y don Rudesindo estaban fuertemente alterados. Cuando subió al carruaje le apretaron la mano con gran afecto y le enteraron de las condiciones del duelo; a veinticinco pasos avanzando y disparando cuando quisieran. Aquel negocio era bastante más grave que todos los demás en que habían intervenido. Gonzalo los escuchó tranquilamente. Sólo indicó que hubiera deseado que fuese a sable: tendría gusto en hallarse más cerca de su adversario. No parecía sufrir. Y es que, comparada con el tormento de los dos días anteriores, cuando la imagen de su esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no se apartaba un instante de sus ojos, la emoción de ir a verse frente a su enemigo, era una felicidad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como todos los temperamentos excesivamente vigorosos, había nacido para los peligros; gozaba con ellos como si tuviera la seguridad de que la vida que corría exuberante por sus venas no podía secarse.

No llegaron a la quinta de Soldevilla hasta las ocho y media. El Duque y sus padrinos los esperaban hacía rato. El primero no se presentó. Estaba dentro de la casa. El Marqués y Galarza llevaron a Peña y don Rudesindo adentro también, mientras Gonzalo daba una vuelta por la huerta. La posesión de Soldevilla se componía de un caserón medio arruinado con pocos y antiquísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta bastante grande, más cuidada que la casa, y detrás de la huerta una vasta pomarada ya vieja. Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras que también pertenecían al Marqués.

Los padrinos, dentro de casa, echaron a suerte sobre cuáles pistolas habían de usarse, las que había traído Peña, o las del Duque. Fueron éstas las elegidas. Después redactaron el acta de condiciones. Por cierto que hubieron de escribirla con una pluma perversa del mayordomo, porque el Marqués escribía una carta cada año. Cargaron las pistolas y se salieron a buscar sitio.

—Manuel—dijo el Marqués viendo a un criado que estaba plantando cebollín en uno de los cuadros de la huerta.—Retírate.

El criado le miró sorprendido.

—Que te retires, hombre—repitió con más severidad.—Vete a otra parte.

El criado se salió de la huerta, lanzándole miradas de asombro y curiosidad.

Eligióse el sitio en uno de los caminos más anchos del medio. Soldevilla fué a buscar al Duque.

El día había amanecido despejado. Pero después de salir el sol, negros y espesos nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, se habían acumulado sobre aquel paraje de la costa, amenazando descargar muy pronto su pesado fardo de agua. La luz se había mermado extraordinariamente. Parecía que estaba amaneciendo entonces.

El Duque se presentó con levita negra y sombrero de copa, un tanto más pálido que de ordinario, pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar a la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y se envolvía en ligeras nubes de humo, mientras caminaba a la par de Soldevilla. Cuando llegó al sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonioso al grupo de Gonzalo y sus padrinos, y no volvió a mirarles. Después de conferenciar unos instantes, Peña colocó en su sitio a Gonzalo y le entregó una pistola cargada. Soldevilla hizo lo mismo con el Duque. Ambos se habían quitado el sombrero. El prócer conservaba el cigarro puro en la mano izquierda, al cual seguía dando con impasibilidad un poco teatral, largos chupetones. Empezaban a caer del cielo gruesas gotas, anunciando un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin:

—Señores, preparados... Una, dos, tres...

El Duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, apuntando también, avanzó pálido, con los ojos inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente hasta una distancia de quince pasos. Y ya con la seguridad de volcarle, porque era un tirador consumado, disparó. La bala rozó la mejilla del joven, levantándole la piel y haciéndole sangre. Detúvose un instante, y siguió avanzando. Los padrinos empalidecieron terriblemente. El Duque dejó caer la pistola y se cruzó de brazos, esperando la muerte, con una bravura llena de afectación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitadamente, hasta ponerse a dos pasos de su adversario. En aquel momento una ola de sangre le cegó. Su temperamento de atleta venció repentinamente a las sugestiones de la razón. Brillaron sus ojos con los reflejos siniestros de una bestia salvaje, temblaron sus labios, contrájose espantosamente su rostro, y arrojando lejos de sí la pistola, saltó como un tigre sobre el traidor. El Duque no resistió el choque de aquel coloso y cayó rodando. Gonzalo se puso a brumarle las costillas con los pies, lanzando rugidos. Los padrinos acudieron corriendo a sujetarle. Al bilioso Galarza se le ocurrió, para realizarlo, darle un bastonazo en la cabeza. Gonzalo no hizo señal de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y ¡zas! le arrima otro garrotazo a Galarza. El marqués de Soldevilla, ¡zas! le da otro a Peña. Y arrebatados de furor unos y otros, comenzaron una lucha tan brava como indigna a bastonazos, mientras Gonzalo, satisfaciendo ferozmente su cólera acumulada, pateaba con saña el cuerpo, inerte ya, del Duque.

El cielo dejaba caer en aquel instante una cantidad fabulosa de agua. Tan grande llegó a ser, que el marqués de Soldevilla, abandonando el campo, emprendió la carrera hacia su casa para guarecerse. Siguióle inmediatamente don Rudesindo, luego Peña y Galarza. La batalla se deshizo como por ensalmo. Mas antes de atecharse, a todos se les ocurrió volver la cabeza para ver qué había sido de sus apadrinados. Y por un simultáneo impulso de compasión, volviéronse presurosos y sujetaron a Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apagado. El contacto de las manos de aquellos señores le volvió a la razón. Les echó una larga mirada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, recogió el sombrero y se dirigió a la puerta de la quinta, mientras los padrinos conducían al Duque moribundo a casa. El médico que Soldevilla había traído, encerrado durante el lance en una sala por no presenciarlo, reconoció minuciosamente las fracturas y contusiones del herido. Declaró, desde luego, su estado muy grave.

Peña y don Rudesindo, encontraron a Gonzalo dentro del coche llorando desesperado.

—¡Soy un bruto!—les dijo.—¡Un bárbaro! ¡Qué pensarán ustedes de mí! He cometido una acción bochornosa. Perdónenme ustedes.

Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, ni a uno ni a otro les parecía tan mal aquello. Después de todo, la acción del Duque había sido tan villana, que bien estaba que se castigase villanamente. Peña, durante el camino, llegó a decir cuchufletas acerca de la soberana paliza que el magnate acababa de recibir.

—Chico, no cabe duda que los grandes de la naturaleza pueden más que los grandes de España—decía con su voz campanuda que no dejaba perderse una sola letra. Gonzalo, pronto, como un gran niño que era, a pasar del llanto a la risa, sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y formidables carcajadas con los chistes de su amigo.

Pero la vista de la casa de su suegro le sumió nuevamente en la tristeza. Había satisfecho su justa venganza. Pero quedaba una herida honda, cuyo agudo dolor aún no había podido sentir bien, porque la exaltación colérica en que había vivido aquellos dos días, lo sofocaba. ¡Oh! aquellas grotescas torrecillas y almenares, testigos de su luna de miel, le produjeron horrible impresión de melancolía. Parecía que una mano cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. Sus amigos, comprendiendo que deseaba quedarse solo, siguieron a Sarrió. Pablito le esperaba a la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y entusiasmo.

—¿Le has matado?—preguntóle por lo bajo.

—No sé... Creo que sí—respondió el joven más bajo aún.—¿Y tu padre?

—Mi padre... Estaba aquí hace un instante... En cuanto te vió bajar sano del coche, ha montado en la berlina que estaba enganchada ahí abajo, y se ha ido a Sarrió.

Gonzalo adivinó lo que iba a hacer y se puso más sombrío. Los dos cuñados se dirigieron silenciosos a la casa, y fueron derechos al cuarto de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, éste, que se había dejado caer en un sofá y permanecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el pecho, dijo a su cuñado:

—Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... No estoy en este momento para hablar.

Pablito se apresuró a retirarse.

Pasó un largo rato. La puerta se abrió de nuevo sin que el joven lo sintiese. Una sombra se deslizó hasta él y puso sobre la silla más cercana una bandeja con una taza y algunos platos.

—¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia?

—Quieras o no, vas a tomar algo... Ya son las dos de la tarde, y estoy segura de que no te has desayunado—dijo la joven, arrimando una mesilla y poniendo sobre ella el caldo humeante.

—¡Qué buena eres, Cecilia!—exclamó él apoderándose de una de sus manos. Aquella exclamación era un grito de afecto, de entusiasmo, y a la vez de un vago remordimiento que jamás había podido desechar de sí.—¡Qué buena eres! ¡qué buena eres!—repitió con lágrimas en los ojos.—Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! eso no lo hace nadie... ¡Nadie!... Una santa que bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los que vivimos a tu lado merecemos besar el polvo que pisas...

Y el joven, conmovido con sus propias palabras, sollozando perdidamente, cubrió de besos y lágrimas la mano que tenía cogida.

Cecilia se puso fuertemente encarnada primero; después pálida, y dijo en tono que resultó un poco seco:

—Deja, deja.

Retirando al mismo tiempo la mano con presteza. Al ver que su cuñado quedaba acortado, se apresuró a decir:

—Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, y, si posible fuera, cuanto menos pensásemos, sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes este caldo. Después te traeré unas croquetas y un lenguado... ¿quieres?

—No tengo apetito, Cecilia—respondió haciendo esfuerzos por reprimir su emoción.

—Todo es empezar... Verás...

—No, no; de veras, no puedo pasar nada en este momento.

—¿Y si te lo mando yo?—dijo la joven. Después que lo dijo se puso colorada.

—Entonces, desde luego lo tomo... A ti no puedo negarte nada—replicó él acercando el plato.

Aquella tan galante réplica, produjo una penosa impresión de frío en Cecilia. Para no dejarla ver, salió precipitadamente de la estancia.

Tres o cuatro días estuvo el duque de Tornos entre la vida y la muerte. Al cabo cedió la calentura, y desapareció la gravedad. Sin embargo, la curación debía ser larguísima. Había dos costillas fracturadas, la mandíbula inferior también, y sobre esto, terribles magullamientos en otros varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes pudo trasladarse a Madrid.