El cuarto poder

Chapter 30

Chapter 304,115 wordsPublic domain

—No me ofendo—replicó la joven procurando sonreir.—Voy a saludar a Rosario. ¿Quiere usted llevarme?

En la antesala, separada sólo por algunas columnas del salón, charlaban los padres graves, echando ojeadas satisfechas a éste, donde veían a sus hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba un máscara del baile, y venía a embromarles. Era alguna vieja contemporánea que les hacía reir y toser hasta reventar con historias antiguas. Don Rosendo charlaba en un rincón con don Melchor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyecto de puerto, grandioso como todos los suyos. Porque no es posible representarse bien lo que había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón en los últimos años. Era una ciencia más intuitiva que adquirida a fuerza de estudio, como acontece a todos los grandes hombres. Al principio, cuando iba a escribir en _El Faro_ sobre un tema que no conocía, mostrábase receloso, vacilante, tímido. Mas en cuanto aprendió bien los tópicos del periodismo, y tuvo a su disposición una buena cantidad de frases hechas, y sobre todo, en cuanto recibió un diccionario enciclopédico en quince tomos, que le costó no menos de dos mil reales, ¡aquello sí que fué cortar y rajar! No hubo asunto o problema científico, social, económico y político en que don Rosendo dejase de meter la cucharada con gran lucimiento. Se trataba de la peste que hacía estragos en el ganado: don Rosendo buscaba en su diccionario las palabras _ganado, caballo, toro, carnero, forrajes, industria pecuaria_, etcétera, y así que leía lo que decía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio periodístico se encargaba de trazar uno o varios artículos, rebosando de filosofía y erudición. Venía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía al diccionario en busca de las palabras _puerto, dársena, mareas, dragas, vientos_, etc. Siete artículos llevaba escritos y publicados a la sazón, para demostrar la necesidad de construir una gran dársena frente a Sarrió, en un punto denominado Fonil. Parecía un marino consumado, harto de surcar los mares, encanecido en el estudio de los problemas hidráulicos. Sin embargo, el señor de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de barajar términos marítimos, alguno de los cuales ni él mismo conocía, torcía el gesto a las explicaciones verbales que don Rosendo le daba. Concluyó por decirle, poniéndole la mano en el hombro:

—Desengáñese usted, Belinchón: en la dársena de usted, con viento entablado del Noroeste, no entran ni las sardinas.

El que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo diría? era un anciano, el buen don Mateo, a quien se debía exclusivamente. Para él, aquel baile significaba uno de los grandes triunfos de su vida. Más trabajo le había costado congregar allí a los enconados vecinos de la villa, que tomar un reducto a los carlistas en la acción de Guardamino. No cesaba en toda la noche de andar, mejor dicho, de arrastrarse de un lado a otro, expidiendo órdenes a los criados, al conserje, a la orquesta.

—Gervasio, ahora las bandejas de dulces... ¡Coged uno de cada lado, mastuerzos!—¿Qué quiere usted, señor Anselmo? ¿Piden los muchachos que en vez de vals sea rigodón? Pues toque usted rigodón.—A ver, pollos, que hay una porción de señoras en el tocador que no tienen pareja para salir.—¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marcelino? Baja al portal, que un pillo ha tirado una pedrada al farol, y lo ha roto.—¡Pero, don Manuel, si no son más que las dos! ¿Se quiere usted llevar ya a las niñas, y aún no hemos roto la piñata?

Aquella noche estaba rejuvenecido el buen señor. Gozaba por todos los jóvenes, como los místicos gozan en una comunión general. De vez en cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de las gafas, en el globo de madera que colgaba en medio del salón, y lo acariciaba con una sonrisa de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de Burdeos, estaba pintado con rayas azules y blancas. Por debajo de él pendía una multitud de cintas de varios colores, todas las cuales, menos una, quedarían en las manos de las señoritas, al tirar por ellas. A la que diera con la cinta que abría la piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin duda, de confites, y, según se decía, de chucherías muy lindas.

Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase también alegre, departiendo cuándo con una, cuándo con otra dama. Había bailado con su cuñada un rigodón, y una polka y un vals con dos amigas de su esposa. Sudaba copiosamente. No cesaba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su gran figura de coloso, descollaba como una torre por encima de todas las cabezas.

—¡Qué animado está el señor alcalde!—le decía una dama del bajo imperio.

—Hay que aprovecharse de la ausencia de Ventura—respondía el joven riendo.—¿Dónde está su marido, Magdalena?

—Por ahí anda.

—Baile usted conmigo esta polka. Vamos a engañar a nuestros cónyuges respectivos.

—No puedo. La tengo comprometida con Peña.

Mientras así charlaba con todos los que se le acercaban, una mujer rebujada en dominó negro, con máscara del mismo color, no le perdía de vista un momento, situada ahora en un punto, ahora en otro; pero siempre a corta distancia de él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos lucientes y fieros. Era doña Brígida, la ingeniosa compañera del rebajado Marín, que acechaba el momento oportuno, como el barítono de _Un ballo in maschera_ para dar la puñalada. La víctima allí, era un príncipe; aquí, nada más que alcalde. Las razones que la eminente señora tenía para meditar tal crimen, no serán tan poderosas como las del barítono a los ojos de un hombre; mas de seguro lo parecen a cualquier mujer. _El Faro de Sarrió_, en su afán de morder a todos los socios del Camarote, a sus parientes y amigos, la había emprendido desde hacía tres o cuatro meses, con la esposa de Marín. Salieron a relucir todos los secretos domésticos; la vida del matrimonio, la dependencia y degradación de Marín fueron puestas en caricatura. Se contaban a este propósito, en letras de molde, todas las anécdotas más o menos chistosas que corrían por la villa, y algunas más descubiertas o inventadas por los maleantes redactores. Y como si esto fuera poco, no había número del citado periódico en que de un modo u otro no se hiciese mención de la peluca de doña Brígida, que por tal circunstancia había llegado a ser popular en Sarrió. La irritación, la rabia, el odio y el deseo de venganza que se habían despertado en esta señora, nadie se los puede figurar. Baste decir que, cuando veía a cualquier redactor de _El Faro_ en la calle, empalidecía horriblemente; costaba gran trabajo impedir que se le arrojase al cuello, como un gato rabioso. Hasta entonces no había podido satisfacer aquella ansia de venganza que la devoraba. Por eso ahora, contemplando a Gonzalo, se relamía de gozo, se estremecía de anhelo, como el tigre que divisa la presa. Aprovechando un instante en que nadie hablaba con él, se fué hacia él muy quedo y por detrás. Y poniéndose repentinamente delante, escupió más que dijo estas palabras:

—Gonzalo, ¿cómo eres tan borrico? Estás siendo la burla y la risa de todo el mundo. No hay una sola persona en el baile que no sepa que tu mujer está durmiendo a estas horas con el duque de Tornos.

El joven quedó como si le hubieran dado con un mazo en la frente. Se puso densamente pálido. Trató de agarrar a la infame máscara para arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña Brígida se había escabullido como una anguila por entre la gente. Como había muchas señoras con el mismo disfraz, imposible saber quién era. Entonces se apresuró a salir del salón. Las palabras aquellas le sonaban dentro de la cabeza como feroces martillazos. Temió caerse. En la antesala respondió con sonrisa estúpida a las frases amicales que le dirigían. Su tío don Melchor, viéndole tan pálido, vino hacia él:

—Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal?

—Sí... Voy a tomar una taza de te.

—Te acompaño.

—No, no; vuelvo en seguida.

Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta.

Bajó las escaleras. Se encontró en la calle sin darse cuenta de lo que hacía. El aire frío de la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver en su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de partir a Tejada. Buscó con la vista el coche y no le vió. Sin duda Ramón estaba en casa aún. Miró el reloj. No eran más que las dos y media. Dirigióse a paso largo hacia la casa de su suegro, en la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos pasos, advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvióse al Liceo. Al primer criado con quien tropezó en la escalera, le pidió que le bajase el sombrero y el abrigo.

Cuando llegó a casa, Ramón estaba enganchando ya.

—Ramón, vas a llevarme ahora mismo a Tejada a todo escape.

El cochero le miró con sorpresa.

—¿Se ha puesto peor la señorita?

—Me parece que sí—respondió metiéndose en el coche.—Para antes de llegar... en la revuelta del molino, ¿entiendes?

—Teme asustar a la señorita, ¿verdad?—preguntó el cochero con gran penetración.

No contestó.

Los caballos partieron a escape, haciendo bailar el coche ásperamente por encima del empedrado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió siquiera aquel movimiento que le sacudía rudamente las visceras, ni el tránsito a la carretera al dejar la población. Toda su atención estaba fija, concentrada en un punto. ¿Sería verdad, o no? Desgraciadamente, sin saber él mismo por qué, la convicción de que su esposa le estaba engañando, entraba en su alma y se enseñoreaba de ella. Cuando había venido a Tejada a pie, hacía dos meses escasos, esta convicción no quería entrar. Por mucho que hacía para convencerse de que la delación del periódico era verdad, su mente y su corazón se negaban a darle asenso. Ahora sucedía todo lo contrario. Se hacía infinitas reflexiones para persuadirse a que la acusación de la encapuchada no era más que vil expresión de la envidia y el despecho en algún enemigo oculto, y a pesar de ellas no podía menos de darla fe.

Cuando el coche paró, no se dió cuenta del tiempo que hacía que caminaba; lo mismo podía ser un día que un minuto. Salió de su sueño y brincó del carruaje al suelo.

—Ahora vuélvete por la familia—le dijo a Ramón,—y no digas que me has traído. No hay necesidad de asustarles.

Se dirigió lentamente hacia la puerta del parque, que estaba a unos doscientos pasos, mientras el coche se alejaba en sentido contrario. Cuando llegó, la tocó con mano trémula. Estaba abierta como la otra vez. Sintió un frío extraño en el corazón que le obligó a detenerse. Entró al fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por dentro para cerrarla; pero no la halló. La noche no estaba clara ni obscura; el cielo toldado. Llovía un agua menudísima, muy frecuente en el país, que impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun mejor. No hacía ruido alguno al caer sobre los árboles y plantas del parque; pero aquéllos, empapados ya, al ser heridos por una ráfaga de viento, dejaban escapar multitud de gotas, un verdadero chubasco, que sonaba sobre los caminos con suave y fugaz repiqueteo.

Gonzalo se acordó de que no traía arma alguna. Pero alzó los hombros con desdén, con una confianza absoluta de que si llegara el caso no iba a hacerle falta. Miró a todos lados a ver si descubría el caballo del Duque y no lo vió. Lo que sí percibió fué la sombra de un hombre deslizándose al través de los árboles. Corrió hacia ella, mas se desvaneció al instante. Figurósele que era Pachín, el criado, y le acometió la sospecha de que él era el traidor que abría la puerta al Duque. Después de la noche aquella en que halló a su cuñada con éste, se había dedicado a averiguar quién era el que dentro de casa le protegía, sin lograr nada. En quien menos podía sospechar era en un criado tan antiguo como Pachín.

Pensó entonces en que podía ir a avisar a los traidores, y tomó otra vez la dirección de la casa a la carrera para ganarle por la mano. Subió de nuevo por la parra al cuarto de su suegro. Esta vez, el balcón estaba llegado nada más. De puntillas, pero velozmente, se dirigió al gabinete presa por un movimiento automático, como si, habiendo encontrado allí al Duque una vez, fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande fué su estupor al encontrarlo desierto y obscuro. Quedó un momento clavado al suelo. Pero movido súbito por una idea, corrió al cuarto matrimonial, donde Ventura dormía. Hallólo cerrado por dentro. Llamó con la mano.

—Ventura, Ventura.

—¿Quién está ahí?—gritó de adentro su esposa con voz extraña, indefinible.

—Soy yo... abre, abre pronto.

—Estoy en la cama.

—No importa, abre pronto.

—Déjame vestirme.

—No; abre en seguida o rompo la puerta.

—Voy, voy allá.

El joven aguardó un instante. En vez de la puerta, creyó percibir que se abría el balcón del cuarto.

—¡Abre, Ventura!—gritó con furor.

Y no recibiendo contestación, dió un golpe a la puerta con su poderosa pierna de cíclope, e hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto estaba en tinieblas.

—¡Ventura, Ventura!—gritó.

Nadie contestó. Sacó con mano trémula una cerilla, y paseó una mirada de loco por la habitación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en un rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detuvo los ojos en ella. Miró a todas partes en busca de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se lanzó hacia él. Abrió. Vió correr entre los árboles una cosa blanca, el bulto de un hombre en mangas de camisa. No se descolgó. Saltó de un brinco al jardín, y corrió hacia él como una saeta. Mas el hombre ya llegaba a la puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonzalo le siguió poco después, pero al echar una mirada en torno, le vió entre las sombras, montado a caballo, lanzándose a la carrera en dirección a Nieva. Comprendió en seguida que era inútil perseguirle. Animado, no obstante, de una esperanza loca, volvió corriendo a las cuadras, sacó su hermoso caballo de silla, y, poniéndole un freno, saltó sobre él en pelo, y se lanzó igualmente a escape por la carretera de Nieva. No llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal obedeció a su voz, mejor dicho, a sus rugidos, y tomó un escape violentísimo. Los ojos del caballo veían el camino. El no percibía delante de sí más que un gran agujero negro donde iba a sumirse. Los altos álamos que orlaban la carretera, pasaban raudos a su lado como negros fantasmas.

—¡Up, up, up!

El noble bruto volaba como si le clavase el acicate. Así corrió por espacio de media hora.

—Es imposible—se dijo.—Su caballo es aún mejor que el mío, y me llevaba una delantera de dos tiros de fusil lo menos.

Mas cuando se iba haciendo esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno al caballo, pasó por delante de otro, que estaba a un lado de la carretera, ensillado y sin jinete. Paró en firme al suyo con trabajo. Dió la vuelta para ver lo que era aquello. Reconoció en seguido la jaca inglesa del Duque.

—¡Oh—rugió,—ya eres mío!

Porque se imaginó en seguida que había caído. Apeóse y reconoció el terreno, pero no dió con el jinete. Encendió cerillas, y nada, no encontró rastro del Duque.—«Puede ser que oyendo el galope de mi caballo, y temiendo que le alcanzase, se haya escondido por aquí cerca»—se dijo. Saltó a los prados, reconoció todo lo escrupulosamente que pudo a la luz de las cerillas los alrededores, miró detrás de los setos, escudriñó la maleza, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo que había a la izquierda. Pero se agotó la caja de fósforos antes que pudiese topar con su enemigo. Dió la vuelta desesperado, bramando de rabia.

Si efectivamente el duque de Tornos andaba por allí escondido, ¡qué buen rato debió de haber pasado!

XIX

EN QUE DA FIN LA PRESENTE HISTORIA CON ALGUNOS NOTABLES, CUANTO TRISTES SUCESOS

Ventura, así que vió desaparecer a su esposo por el balcón, se vistió apresuradamente. Salió del cuarto en busca de algún criado. Justamente llegaba Pachín, con una luz en la mano, con la faz descompuesta.

—El señorito va corriendo detrás del señor Duque por la huerta—dijo, con voz apenas perceptible.

—¿Lo alcanzará?—preguntó la infiel esposa, muy pálida, aunque repuesta ya bastante del susto.

—No lo creo. El señor Duque tiene el caballo amarrado al lagar de Antón. Lleva delantera para poder montar, y entonces imposible seguirle.

—¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata.

—Lo mejor sería salir de casa, señorita... Venga conmigo.

La joven le siguió al través de los pasillos. Bajaron la escalera de servicio, y salieron por la puerta de la cocina. Pachín quería llevarla a casa del párroco, que la tenía no muy lejos de la posesión. Cuando salieron al jardín, vieron venir corriendo a Gonzalo hacia la casa. Sólo tuvieron el tiempo preciso para esconderse detrás de la washingtonia próxima al comedor. Desde allí le vieron entrar en la cuadra, sacar el caballo y partir a escape. Ventura creyó morir de miedo.

—No, no, yo no quiero ir a casa del cura. Puede volver pronto, y el cura no puede defenderme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir a Sarrió.

—¿Pero, señorita, a Sarrió a estas horas y lloviendo?

—¿No hay ningún carruaje?

—Hay la berlina; pero faltan los caballos... Aguarde usted un poco, voy a ponerle las varas, y engancharemos la jaca del señorito Pablo... No respondo de que tire.

—¡De prisa, de prisa!

Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que decía. Ventura se metió en el coche, y partieron. Aunque al principio la jaca se rebeló un poco, puesta ya en la carretera, con la querencia de la cuadra de Sarrió, donde estaba generalmente, anduvo bastante bien. La joven ordenó al criado que la llevara a casa de don Rudesindo, con cuya señora mantenía bastante relación. Allí se refugió, y estuvo hasta que su padre, dos o tres días después del suceso, la llevó a Madrid. De allí a Ocaña, en uno de cuyos conventos la encerró, por acuerdo de él y Gonzalo. El gran patricio no tenía gran apego, como sabemos, a las religiones positivas; pero «mientras la sociedad no dispusiera de otros medios coercitivos para ciertas transgresiones de la moral, forzoso era acudir en demanda de ellos a las antiguas instituciones sociales, siquiera fuesen tan viciadas y deficientes como éstas».

Volvamos ahora a Gonzalo. Pasó todo el día cerrado en Tejada, en un estado de agitación próximo a la demencia. La única persona que se atrevió a entrar en su cuarto fué don Rosendo. Aunque adornado con perífrasis y redundancias periodísticas que acreditaban su temperamento de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y generoso. Se ponía incondicionalmente de parte de él, y maldecía a su hija «cuya conducta incalificable, barrenando _(últimamente le había cogido mucha afición don Rosendo al verbo barrenar)_, al mismo tiempo, la moral, el derecho y las prácticas sociales, la ponía fuera de toda protección legal y familiar». El fué quien propuso encerrarla provisionalmente en un convento. El pobre Gonzalo, abatido, convulso, no le contestó una palabra. Escuchábale paseando por la habitación en sentido diagonal, las manos en los bolsillos, la mirada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó la cabeza para decir con firmeza:

—Llévesela usted donde quiera... ¡Pero que no vea a mis hijas! No quiero que sus labios las toquen.

Al obscurecer entró un criado a avisarle que dos señores que habían llegado en una carretela, deseaban hablarle con urgencia. En seguida le cruzó por el pensamiento lo que aquello significaba, y se apresuró a contestar:

—Que entren.

Entraron dos caballeros de Nieva. El uno era el marqués de Soldevilla, hombre de media edad, enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes amarillos, que hablaba muy alto para aparecer campechano: el otro, un coronel retirado, llamado Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas palabras y amigos. Venían de parte del Duque a arreglar un asunto grave, que había acaecido la noche pasada, en el terreno del honor. El duque de Tornos no quería dejar al señor de las Cuevas sin la reparación que le debía. Huir en aquella ocasión, no entraba en sus costumbres y carácter, ni era digno de su jerarquía social. Pero al mismo tiempo, en interés de Gonzalo y de él mismo, exigía que todo se llevase a cabo con el mayor secreto posible.

Gonzalo dejó hablar al Marqués, que fué prolijo hasta la impertinencia, sin pestañear, afectando una tranquilidad que no sentía.

—Está bien—dijo cuando terminó.—Acepto, desde luego, el desafío. Estoy pronto a realizarlo como y cuando ustedes gusten... Un poco original es—añadió, al cabo, con risita nerviosa, que disfrazaba mal la cólera que le dominaba.—Un poco original es que sea el señor Duque quien desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, a la verdad, más que en la caballerosidad parece inspirado en el miedo.

—Señor de Cuevas—interrumpió agriamente el ex coronel,—nosotros no podemos consentir que en nuestra presencia se permita usted esas apreciaciones.

Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si no hubiese oído, y siguió diciendo:

—En realidad, yo podía y hasta debía rechazar este desafío, porque no es costumbre que los hombres decentes se batan con los granujas, aunque éstos lleven un título del reino.

—Señor de Cuevas—profirió Galarza montando en cólera,—esto es insufrible. Yo no tolero que usted hable de ese modo.

—El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe usted?—respondió mirándole fija y provocativamente a los ojos.

La verdad es que hubiera sido gran temeridad meterse con Gonzalo en aquel instante. Galarza se puso pálido, y dijo levantándose:

—Está usted en su casa. Yo me retiro.

—¿Quiere usted que vaya a decírselo fuera?—exclamó impetuosamente, levantándose también.

—Señores—gritó con voz cascada el Marqués,—un poco de sosiego. Galarza, no tiene usted derecho a irritarse. El género de ofensa que nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento tener que referirme a ella), le disculpa para extralimitarse en la apreciación de su carácter. Creo que en el momento que acepta el duelo, hace bastante y atenúa por completo el sentido de sus palabras, hijas de la irritación natural en que se encuentra...

Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que tenía delante, sobre el necio conciliador. Permaneció inmóvil y silencioso, no obstante, porque deseaba ya ardientemente verse frente a frente con el Duque. El ex coronel volvió a sentarse a ruegos de su compañero. Por temor a su temperamento irritable o por vengarse, no volvió a pronunciar palabra.

Gonzalo manifestó que nombraría a dos amigos para que se entendieran con ellos, los cuales irían al día siguiente por la mañana a Nieva. Por lo tanto podían volverse desde luego a este pueblo, a no ser que le hiciesen el honor de ser sus huéspedes aquella noche...

Los amigos del Duque dieron las gracias: se dispusieron a marcharse. Cuando ya estaban en pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto, solamente al Marqués.

—Deseo que tanto las conferencias que celebren ustedes con motivo de este lance, como el lance mismo, se realicen en Nieva... Porque—añadió con acento, mitad sarcástico, mitad enternecido,—por más que a ustedes les parezca raro, todavía hay en esta casa personas que me aman.

Los padrinos prometieron complacerle, y se retiraron dando la vuelta a Nieva.

Cecilia los vió partir y se puso a rondar el cuarto de su cuñado sin atreverse a entrar. Este, al salir en busca de Pablito, se la tropezó en el pasillo, que estaba medio a obscuras. La joven le cogió repentinamente la mano, se la apretó con fuerza, y clavándole una mirada anhelante, le dijo:

—No te batas, Gonzalo.

El tuvo fuerzas para disimular, exclamando con desprecio:

—¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nunca!... Le mataré donde le encuentre...

Creyó en sus palabras; pero volvió a decirle con voz conmovida:

—Hazlo por tus inocentes hijas.

—Por mis hijas... y por ti—respondió acariciándole afectuosamente el rostro con la mano. Y se apresuró a alejarse, porque la emoción le ahogaba.

Cuando halló a Pablo, le dijo reservadamente:

—Contigo puedo hablar con franqueza. Eres un hombre y sabes bien que hay en la vida cosas inevitables. Acaban de irse los padrinos del Duque, y acabo de engañar a Cecilia prometiéndole no batirme. Como tú comprendes, eso es imposible...