El cuarto poder

Chapter 29

Chapter 294,064 wordsPublic domain

En los días que siguieron, éste no se mostró irritado, ni aun severo con la delincuente. Toda su cólera y malquerencia eran para el Duque. Le acusaba de haber abusado inicuamente de la confianza de su suegro para despertar en la pobre Cecilia pasiones que siempre habían estado dormidas. Tratábala con afabilidad, hasta con mimo, lo mismo que a un niño enfermo, queriendo persuadirla a que no había perdido nada de su afecto. Mas esta amabilidad era tan humillante para ella, veíase detrás un hombre tan satisfecho, tan alegre de su culpabilidad, que la joven la rechazaba con aspereza: no lograba, por muchos esfuerzos que hacía, aparecer sensible a tal generosidad. Encerrábase en su cuarto sin atender como antes al cuidado de las niñas: aparecía tan seria y reservada a las horas de comer, que llegó a despertar la atención de don Rosendo, con hallarse este gran patricio más que nunca absorto en la alta dirección de la batalla del pensamiento que se libraba en Sarrió. Y con la perspicacia que le caracterizaba, en seguida comprendió que se trataba de «un decaimiento físico y moral, procedente de la vida monótona de la aldea. La juventud pide lo suyo, y hay que dárselo».

—Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y triste. Necesitas salir de aquí y vivir con más expansión, en un medio más a propósito para los jóvenes. Iremos a pasar un par de meses de primavera a Madrid. En la aldea te asfixias, como un pájaro dentro de la campana de una máquina neumática.

Este gran pensador tenía a veces símiles felices, arrancados como el presente a las ciencias físico-naturales. En la viveza con que la joven aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siempre, había dado en el clavo.

Ventura aparecía como antes. La terrible escena que había pasado, el sacrificio de su hermana y su justo desprecio después, no habían dejado huella en su vida. Hacía lo mismo que antes. Se mostraba tan cuidadosa de su persona y descuidada de las otras como siempre lo había sido. Sin embargo, cuando se encontraba con la mirada clara y penetrante de su hermana, bajaba la suya prontamente. Desde la noche del suceso, huía de encontrarse a solas con ella. Era bien fácil, porque Cecilia tampoco tenía deseo alguno de cruzar la palabra con la infiel.

Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba de esta seguridad con deleite. Entre los esposos había habido con tal motivo una recrudescencia de cariño. Ventura le había exigido que nunca más volvería a dormir fuera de casa. El lo prometió solemnemente. Pensando en la falta de su cuñada, se repetía con frecuencia:

—«Del agua mansa me libre Dios, que de la corriente me libraré yo». Y desde entonces no sólo perdonaba a su mujer aquella ligereza y frivolidad, afición al lujo y carácter altanero que tanto le habían disgustado, sino que llegó a ver en estos defectos una garantía de su fidelidad. No hay nadie sin defectos, se decía, y es preferible que tenga éstos al que yo había imaginado.

Cinco o seis días después del suceso relatado, _El Joven Sarriense_ insertaba una gacetilla donde pérfidamente se insinuaba la misma idea que le había obligado a hacer aquella memorable excursión nocturna a Tejada. La leyó sin emoción, con la sonrisa en los labios, burlándose en su interior del engaño que sus enemigos padecían. Sin embargo, como al fin y al cabo era una injuria la que venía allí escrita, resolvió castigar a los insolentes, aunque no de un modo trágico. Por la noche se introdujo súbitamente de modo sigiloso en la redacción del _Joven Sarriense_. No estaban allí a la sazón más que tres redactores. Uno de ellos era el traidor Sinforoso Suárez. Sin decirles una palabra, cayó sobre ellos a puñadas y puntapiés, con tal maña y coraje, que no pudieron hacer resistencia. Cuando alguno se levantaba del suelo, un tremendo revés a mano vuelta le tumbaba de nuevo. No sólo los tumbaba a ellos, sino también las mesas y los armarios, haciendo mayor destrozo que un terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la badana, salió muy tranquilo a la calle riendo. Acudía ya a las voces de socorro alguna gente; pero él les dijo:

—Nada, señores, que se están pegando ahí arriba los redactores del _Joven_... A ver, guardia, suba usted y diga a esa gente que si continúan dando escándalo me voy a ver precisado a mandarles a la cárcel.

Cuando se supo la verdad del caso, se rió mucho esta salida. Los del Camarote se pusieron frenéticos. Pero Gonzalo, no tanto por su cualidad de alcalde, como por sus puños terribles, inspiraba tal respeto, que al fin se resignaron a quedarse con la justísima paliza que a tres de sus colegas les habían administrado.

Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no se formaban en Sarrió aquellas celebradas comparsas y cabalgatas, que llamaban la atención de toda la provincia, y hacían de esta villa una Venecia en miniatura.

En otro tiempo, todos los vecinos tomaban parte en aquella inmensa, desenfrenada alegría. Los ricos no sólo proporcionaban sus coches y caballos, sino también abrían suscripciones para encargar trajes lujosísimos a Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, almendras y caramelos a los balcones, sin darse punto de reposo. Los bailes del Liceo, si no tan brillantes, eran tan animados y divertidos como los que se celebran en los palacios más opulentos de la corte. ¡Oh, el Carnaval de Sarrió! ¡Quién en la provincia septentrional, donde estos sucesos se efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y gratos de él!

Pero con la lucha política entre güelfos y gibelinos, entre los del Saloncillo y los del Camarote, todo se había huído. Cada cual se encerraba en su casa. Sólo se veía por la calle tal cual empedernido máscara haciendo las delicias de un enjambre de chiquillos que le seguían. Los esfuerzos titánicos de don Mateo no habían bastado tampoco a prestar animación a los bailes del Liceo. En vano iba conferenciando con todas las niñas casaderas de la población, para arrancarles la promesa de asistir, lo cual, en verdad, no le costaba gran trabajo. Mas en cuanto el papá se enteraba, fruncía el entrecejo y decía gravemente:

—Ya veremos, don Mateo, ya veremos.

Este veremos significaba, las más de las veces, una prudente abstención. Podían estar allí Fulano o Mengano, con los cuales, el buen papá, no quería compartir ni la atmósfera.

El año anterior, don Mateo había tratado de resucitar el antiguo baile de Piñata, de imperecederos recuerdos para todo buen sarriense, que se celebraba en el primer domingo de cuaresma. El alcalde, que era a la sazón Maza, bajo el pretexto religioso, y tratando de halagar a los beatos de la villa, negó el permiso para efectuarlo. Este año, el incansable viejo volvió a la carga con más ardor. Gonzalo no tuvo inconveniente alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena maña para alborotar a la población, anunciando extraordinarias sorpresas, que habían de salir de un famoso globo encargado a Burdeos, que consiguió inspirar vivos deseos en todos de acudir aquella noche al Liceo. Por primera vez en Sarrió, después de unos cuantos años, el salón de esta sociedad prometía estar muy concurrido. Los días que precedieron a aquel domingo, las muchachas y muchachos, o como se decía entonces, las pollas y pollos, lograron sofocar con sus pláticas y preparativos el desagradable zumbido de la política. Fué como un momento de respiro de la aburrida villa. Venturita, en cuanto tuvo noticia de que se preparaba un baile de verdad, se apresuró a encargar a la modista un lujosísimo vestido, para disfrazarse de Isabel de Inglaterra y otro para Cecilia, de dama de Luis XV. Esta se había resistido bastante a ir al baile. Fué tanto, no obstante, el empeño que Gonzalo puso en ello, sin duda para distraerla un poco de la melancolía en que había caído, que, al fin, cedió. Con ir a Sarrió a probarse los trajes y dar instrucciones a la modista, se distrajeron algunas tardes.

Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que estuviera ocupado toda la mañana, almorzó en Sarrió. Cerca ya del obscurecer se volvió a Tejada con el objeto de comer con la familia y traer a su mujer y cuñada al baile. Cuando llegó, éstas se estaban vistiendo ya en sus respectivas habitaciones. Ambas se presentaron en el comedor un poco después de la hora acostumbrada, primorosamente ataviadas. Cecilia, como suele acontecer a todos los temperamentos serios cuando se animan súbitamente, estaba encendida y locuaz. Parecía haber sacudido las ideas negras que tanto obscurecían su rostro en los días anteriores. Gonzalo, antes de ponerse a la mesa, bromeó graciosamente, tanto con ella como con su mujer. Mientras duró la comida no dejó de reirse a su costa con aquella ruidosa y cordial alegría que le caracterizaba.

—¿Vuestra majestad no quiere un poco de chorizo?—decía dirigiéndose a su esposa. Y luego, regocijado por su frase, soltaba una larga y sonora carcajada, como las que debían lanzar los reyes bárbaros en sus festines, sacudiendo su enorme tórax con temerosas convulsiones. Su alegría de hombre sano y bien equilibrado era comunicativa. Nadie dejaba de reirse cuando a él se le ocurría hacerlo. Aquella noche Ventura estaba muy amable y daba palmetazos en las espaldas a su marido pidiéndole que callase, que no podía comer en paz. Después que concluyeron, cuando estaban tomando el café, sea por haberse reído demasiado o por cualquier otra causa, la joven esposa se sintió mal del estómago. La comida le había hecho daño. Dijo que tenía ganas de devolverla. Y en efecto, se fué a su cuarto y al poco rato volvió diciendo que había arrojado y le dolía la cabeza. Se le hizo te. Estuvo reposando sobre un diván algún tiempo; mas el dolor y la incomodidad no desaparecían.

—Mirad; idos vosotros al baile. Yo me voy a meter en la cama—dijo levantando la cabeza.

Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sospecha, respondió:

—No; yo me quedo también.

—¡Qué tontería!—exclamó la enferma.—¿Vais a privaros de la única diversión que hay en Sarrió hace tiempo, por una cosa tan ligera?

—Sí—replicó Cecilia con la misma gravedad.—Yo me quedo.

—Pero, mujer, ¡si sabes que esta incomodidad la padezco yo a menudo! Es un poco de bilis. En cuanto duerma cuatro o cinco horas estoy buena.

—Pues yo me quedo.

—Pues me obligarás a mí a ir enferma y todo—dijo con impaciencia, levantándose.

—Tiene razón Ventura, Huesitos—dijo Gonzalo cogiendo a su cuñada por los hombros y sacudiéndola cariñosamente.—Esto no es nada; lo ha tenido cien veces. ¿Por qué te has de privar tú de ir al baile?... Ea, ea, a tomar el abrigo. Ramón ya ha enganchado. Son más de las nueve y media—añadió empujándola hacia la puerta.

Cecilia no pudo resistirse. Antes de salir dirigió una penetrante mirada a su hermana, que ésta se apresuró a evitar sentándose de nuevo.

Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con el familiar enganchado. Llevaban el carruaje mayor que tenían. Don Rosendo y Pablito, que se habían quedado a comer en Sarrió, volverían probablemente con ellos a la madrugada. Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre y hablador, dando matraca a su cuñada, la cual estaba taciturna en demasía. El joven creía que el recuerdo de la fatal escena que narramos la atormentaba, y hacía vivos esfuerzos por distraerla.

La sociedad del Liceo se hallaba establecida en la única ala sana de un viejo convento derruído. Primero había sido escuela; mas cuando el ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya algunos años, la sociedad, que tenía uno malísimo, se trasladó a éste, previo un arreglo o restauración que dirigió don Mateo y costó muy buenos cuartos. Los trabajos, sin embargo, se limitaron casi exclusivamente al salón de baile y la escalera. La secretaría, el despacho del presidente, la sala de ensayos de la orquesta, eran amplias y desnudas cuadras, con el pavimento de madera podrido y roto, y las paredes blanqueadas.

La escalera estaba bien iluminada y adornada con macetas de flores, que atestiguaban el celo y el gusto de don Mateo. Gonzalo y Cecilia la subieron de bracero. Al llegar arriba atravesaron una vasta antesala donde gran número de jóvenes se apresuraron a abrirles paso y saludarles con la familiaridad que se usa en los pueblos pequeños. En el salón había ya bastantes damas, todas disfrazadas, aunque la mayor parte de ellas, como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses era aquello una sorpresa. En los cinco últimos años, los bailes del Liceo parecían visitas de pésame. Media docena de señoritas más o menos jóvenes, con los hombros y el pecho al aire, el rostro muy empolvado, departiendo en voz baja allá en un ángulo del vasto salón, mientras a su lado las mamás sacaban tiras de pellejo a alguna amiga ausente. Otros tantos pollos dando vueltas en la antesala, el aire triste, la mirada opaca, abrochándose mutuamente los guantes con las horquillas de sus hermanas. Generalmente eran los mismos. Cada pollo bailaba dos o tres polkas, rigodones o lanceros con las hermanas de sus amigos. A las doce o doce y media salían todos en pelotón, remangándose los pantalones y las faldas respectivamente, y guareciéndose debajo de los paraguas, charlando en voz alta al través de las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, a quienes el sueño no tenía presos, decían:—«Ahora salen del Liceo». Esto era todo. Don Mateo, firme, indomable, conservaba tenazmente, con amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego del placer.

Gracias a su perseverancia, aquella noche se convirtió en viva y animada hoguera. La juventud de la villa tuvo fuerzas para arrollar las ruines pasiones que agitaban los pechos de sus papás, y entró en aquel solitario salón como un torrente desbordado, haciéndolo resonar con sus risas y pláticas, con chillidos horrísonos:

—Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué no te casas? Mira que ya vas caminando para Villavieja.

—Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la careta?... ¿Para qué lo necesitas? Tú no te enamoras de las caras y haces bien. ¡Teniendo de aquí... y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito.

—Hola, Delaunay... Hola, _monsieur_. ¿Cómo va ese tranvía aéreo? ¡Qué cosas se te ocurren! ¡Qué gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan desgraciado! Dicen que no eres hombre práctico. Sin embargo, supiste arreglar a la hija del Rato... Adiós, adiós...

—¿Qué tal, Sinforoso? ¿Cuándo te dan la mano de Cipriana?... Bien te hacen penar, hombre. ¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez al Saloncillo?

Había muchas señoras con dominó negro, que eran las que daban estas bromas, demasiado vivas a veces. La mayor parte de ellas eran viejas. A las jóvenes, les gustaba mostrar el palmito y la esbeltez de su talle, con algún traje histórico. Había damas venecianas, romanas, del bajo imperio, hebreas, de la época de Luis XV, del Directorio, de Felipe II, y hasta pasiegas de los tiempos más recientes. Había también, algunas gitanas, nigrománticas y cautivas. Veíanse trajes caprichosos y románticos, que no admitían clasificación; uno de _noche estrellada_, otro de tulipán, otro de paloma viajera con una cartita al cuello. Los hombres en general no llevaban disfraz: vestían la larga y desairada levita, que sólo salía a relucir en ocasiones como ésta. Sin embargo, veíanse algunos con dominó, que les servía para acercarse y hablar a sus novias, sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. Un grupo de jóvenes afiliados al Camarote, que venían de este modo, habían tenido la feliz ocurrencia de disfrazar a don Jaime Marín de maragato. Cuando le tuvieron vestido de esta suerte, le dijeron que mejor que careta, convenía que se pintase; a lo cual él se prestó. Tomó un chico el pincel y la caja de pinturas, y fingiendo que le embadurnaba con mil colores, le paseó el pincel largo rato por la cara, mojado en agua solamente. Pidió Marín un espejo para verse. Los maleantes jóvenes tuvieron buen cuidado de no proporcionárselo. Todo se volvía gritar:—¡Pero qué bien está usted, don Jaime! ¡qué horrorosamente pintado! Ni la madre que le parió puede conocerle. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se dejó llevar al Liceo. Sus amiguitos le aconsejaron que no dejase de dar bromas a ciertas señoritas; a lo que él contestaba, que serían como sinapismos. Y en efecto, así que entró en el salón, comenzó a dirigirse a las muchachas gritando con voz de falsete:

—Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado a Anselmo? Ya sabemos que todas las noches a las diez le tiras una cartita por el balcón.

—¡Pero, don Jaime!—exclamaba la niña mirándole con sorpresa.—¿Usted cómo viene así?

—¡Diablo! Ya me ha conocido—decía el buen Marín alejándose.

Dirigíase inmediatamente a otra, y pasaba lo mismo.

—Es particular—concluyó por decirse.—Todas me conocen al instante... Será por la voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de órdago!

Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una mano huesuda le agarró por detrás.

—Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te ha metido aquí de este modo?

Era su amada compañera, la ingeniosa y severa doña Brígida.

—¡Anda, bestia, anda, que siempre has de servir de payaso en todas partes!

Y a empujones lo fué sacando del salón. La buena señora, que venía disfrazada con dominó y careta, luego que le dejó en la antesala con orden expresa y terminante de irse inmediatamente a casa, se volvió a meter en el centro del baile, donde tenía un asunto de importancia que resolver, como luego veremos.

Rodeado por un grupo de máscaras estaba el simpático don Feliciano Gómez. Su gran pirámide de cabeza monda y reluciente, descollaba soberbia por encima. Eran mujeres las que formaban círculo en torno suyo, armando algarabía insufrible. Las bromas que le prodigaban tocaban a menudo en la injuria.

—¡Feliciano, milagro que te han dejado venir al baile tus hermanas! ¿A qué hora te han mandado retirarte? Dicen que doña Petra te castiga cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Feliciano! ¡Qué severas son tus hermanas! Ya que no te han permitido casarte, debieran darte un poco más de libertad.

El bravo comerciante, sin ofenderse, contestaba con sonrisa bondadosa a aquellas arpías. Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en paz.

El adorable Pablito, vestido correctamente de frac, con una flor blanca en el ojal, llevaba a cabo mientras tanto la conquista de cierta hermosa hebrea, hija de un comandante de artillería que acababa de llegar. La pobrecilla, al ver rendido a sus pies al joven más rico y más apuesto de la villa, dejaba escapar por todos los poros de su lindo rostro ruborizado, el gozo íntimo que le embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos tan expresivos! Las muchachas de la población la miraban con expresión de burla. Aquellas miradas decían:—«Goza, goza un poco, infeliz, que pronto vendrá el desengaño».

Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído frases ardientes e ingeniosas como éstas:

—Ayer cuando venía de Tejada, la he visto a usted con su papá, tan guapetona como siempre.

—¡Qué guasón! También yo le vi. Venía usted en coche abierto. Guía usted muy bien.

—Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos caballos no tiene nada de particular, lo hace cualquiera. ¡Si los viera usted cuando los compré! El cochero de don Agapito los había echado a perder enteramente; sobre todo el Gallardo, el de la izquierda, ¿sabe usted? un poco más obscuro que el otro... Aquél era una cosa perdida. Si cae en otras manos, a estas horas no vale dos pesetas. Hoy es mejor que el otro todavía... Cuestión de paciencia, ¿sabe usted?—añadió con fingida modestia.

La linda hebrea protestó:

—Vamos, no se haga usted el pequeño, que ya sabemos que lo hace usted muy bien.

—Paciencia y un poco de costumbre—repitió Pablito bañándose en agua de rosas.

Después le explicó con toda latitud lo que en su concepto constituía un buen cochero. La mano suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo, castigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; luego un gran conocimiento de lo que son los caballos. Sin el estudio atento y reflexivo del temperamento de estos animales, imposible guiar regularmente. Carmencita le escuchaba embelesada.

A Cecilia se le había acercado, poco después de entrar en el salón, Paco Flores, aquel ingeniero que pidió su mano por mediación de Gonzalo. Desde que la joven le diera calabazas, él, que, como hemos visto, sólo buscaba una mujer modesta, hacendosa y con algún dinero, se había enamorado de ella y la perseguía a sol y sombra. En Sarrió, al ver la persistencia del ingeniero en festejar a la primogénita de Belinchón, se creía que apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. Flores se había llegado a enamorar de veras. Si Cecilia se quedase pobre repentinamente, lo mismo la haría su mujer. La conducta de ésta, también era adecuada para encender su ilusión. A todos sus obsequios y galanterías respondía siempre con amabilidad y gratitud. No había peligro de que la joven se retirase del balcón cuando él pasaba, ni esquivase su conversación cuando le encontraba en alguna casa conocida o le diese alguno de esos desaires que tanto hacen gozar a la mayoría de las muchachas. Le trataba como un buen amigo, guardándole todas las atenciones que se deben a la persona que se estima. Pero en cuanto el ingeniero quería pasar adelante, pedía un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera para el día de mañana, encontraba la misma negativa, suave, firme y constante. Y lo peor era que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino con repugnancia, como si le doliese causar disgusto a un amigo. Este sentimiento hería aún más el amor propio del pretendiente.

Después que bailaron un vals, sentáronse fatigados en un ángulo del salón. Flores le había cogido el abanico, y la abanicaba respetuosamente.

—Así quisiera pasarme la vida—dijo con acento sincero.

—¡Oh! Se cansaría pronto—respondió Cecilia sonriendo.

—¿Quiere usted probarlo?

La joven no contestó.

—No es usted, Cecilia, de las mujeres que hastían pronto. Posee usted en su corazón y en su inteligencia recursos para tener siempre a sus pies al hombre que la ame. Hace más de dos años que vivo enamorado de usted, y, en vez de cansarme, cada vez me siento más ligado a usted, cada vez la adoro más perdidamente... hasta el punto de ser la burla de la población.

—Eso no se puede decir de antemano—repuso ella, un poco conmovida por el fuego y la emoción que Flores había comunicado a sus palabras.—No es lo mismo ver a una mujer cortos instantes, y hablarla de Pascuas a Ramos, que tenerla a su lado eternamente.

—¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto a mí siempre, ¡siempre!—replicó en voz baja y temblorosa el ingeniero, jugando con el abanico y mirando fijamente al suelo.—Consagrar mi vida a servirla, a adorarla de rodillas... Yo sé que haría usted feliz a cualquier hombre, pero a nadie tanto como a mí que conozco las grandes cualidades de su alma, que adivino además en su corazón sentimientos que acaso sean enteramente desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de que usted no me haga concebir la más remota esperanza de que algún día, por lejano que sea, mi cariño llegue a ablandarla, y me acepte siquiera por esclavo...

—Le acepto por amigo, por buen amigo—dijo la joven gravemente.

—Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una muralla de hielo que se interpone entre usted y yo... Comprendo que no tengo mérito alguno para merecer el amor de usted... que hay cien jóvenes en la villa que pudieran con más derecho solicitarlo... Pero lo extraño, lo que me anima y desanima a un mismo tiempo, es que usted no se ha fijado en ninguno hasta ahora... Su corazón permanece ocioso, indiferente... Digo, a no ser que tenga usted algún amor oculto.

Cecilia se estremeció levemente y levantó un poco los ojos hacia el sitio donde se escuchaba la voz de Gonzalo. Después respondióle con más severidad que de ordinario:

—Deje usted de estudiar tanto mi interior, Flores; primero, porque lo más probable es que sea tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres, y segundo, porque, si hubiera algo de particular en él, no sería fácil que usted lo descubriera.

—No se ofenda usted, Cecilia. Este estudio es una prueba nada más de lo mucho que usted me interesa.