El cuarto poder

Chapter 28

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Había en estas palabras una ironía triste, desgarradora, que Gonzalo no pudo menos de sentir en el corazón.

—¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me parece que te haces la modesta para que te regalen el oído... Demasiado sabemos todos que tú puedes brillar como la primera... Tienes unos ojos como no hay otros... eres esbelta, elegante, distinguida; ¿quiere usted más, mademoiselle Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que usted tiene más de aquí que de aquí...

Y le puso primero el dedo en la frente y después en el sitio del corazón.

—Cuando venga alguno que sepa interesarte de verdad, ya se verá cómo desaparecen todas esas ideas de celibato.

Cecilia levantó los hombros y volvió a quedarse con los ojos extáticos, rehuyendo la conversación.

Ya no salía tantas veces con su cuñado de caza. El cuidado de las niñas reclamaba su presencia. Pero casi siempre iba a esperarle por las tardes, unas veces sola, otras con las niñas y sus doncellas. Al partir no se olvidaba Gonzalo de decirle por cuál camino tomaba:

—«Hoy voy hacia Naves a ver si suelto alguna liebre.—Hoy volveré por la carretera de Nieva.—Hoy voy por el camino de Rodillero».

Estas esperas, cuando iba sola, como quiera que se alejaba de la casa, no dejaban de ofrecer algunos peligros. Por más que Gonzalo se los representaba, nunca quiso hacer caso. Desde niña había mostrado siempre una extraña serenidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás había creído en apariciones o en duendes, ni la sobresaltaban, hasta el punto de turbarle la razón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca desmandada o una riña de borrachos, cuando sus compañeras huían gritando o se desmayaban, ella sola se mantenía firme y sosegada, juzgando con precisión el riesgo, y evitándolo sin descomponerse. Tal cualidad había contribuído no poco a crearle aquella fama de fría y apática que tenía dentro y fuera de casa.

Llegó el mes de abril y la familia se trasladó de nuevo a Sarrió. Efectuáronse elecciones municipales en junio, y Gonzalo salió elegido concejal, contra su gusto. Don Rosendo le había impuesto este sacrificio. Ventura, desde que entró el verano, parecía más animada. Salía con alguna frecuencia de casa, y su aparición en coche descubierto, causaba siempre cierta sensación. La verdad es que estaba preciosa con sus ricos trajes de luto, llegados de París. Por coquetería debiera vestirse de negro, pues era incalculable lo que realzaba este color el brillo nacarado de su tez, los reflejos dorados de sus cabellos. Cuando iba los domingos a la iglesia para oir la misa de once, que era la más concurrida, nunca dejaba de levantar su presencia un murmullo reprimido de curiosidad en las mujeres, de admiración en los hombres. Aquel aire de princesa que ponía fuera de sí a las señoras, era lo que más placer causaba a los caballeros. Todos convenían en que por su belleza y elegancia, por sus modales distinguidos, se apartaba mucho de las demás jóvenes del pueblo, y haría lucido papel en los salones más aristocráticos. También Venturita había convenido en ello hacía mucho tiempo. La idea de irse a vivir a Madrid, trabajaba con ahinco en su mente. Insinuósela a su marido; pero éste mostró gran repugnancia a trasladarse. No era él hombre para la corte. Los deberes sociales que allí impone la cortesía, le aburrían. Había nacido para la libertad, para el goce que proporciona el aire libre del mar, el ejercicio corporal, los trajes cómodos, holgados. Además, presumía muy bien que la renta que en Sarrió les permitía vivir como los primeros, en Madrid no bastaría a sustentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la inclinación de su mujer al boato. Venturita, sin embargo, estaba tan segura de vencer esta resistencia, que no hablaba siquiera del asunto, meditando la época y la forma en que habían de irse.

Un suceso vino a turbar en cierto modo la vida de la familia Belinchón. Gonzalo fué nombrado inopinadamente alcalde de Sarrió, por mediación del duque de Tornos. Su primera idea fué rechazar aquel nombramiento, presentar alguna excusa; pero cayeron sobre él don Rosendo y todos sus amigos, poniendo tanto empeño y calor en que aceptase, que no tuvo más remedio que hacerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en ello. Verdad que se vieron defraudados, pues el nuevo alcalde no quiso de ningún modo poner al aire los cimientos de las casas de sus enemigos, como había hecho Maza, ni cometer otra porción de tropelías que le exigían. En el mes de septiembre, cuando terminó la temporada de baños, que en la villa era animada, y comenzaba en el campo la de la caza, Gonzalo se trasladó con la familia a Tejada. Las niñas se ponían aquí muy buenas y él se divertía extremadamente. Por otra parte, no dejaban grandes recreos tampoco en Sarrió. Algo le estorbaba su cargo de alcalde para este traslado; pero convino con sus compañeros de municipio en venir todos los días, o por lo menos con mucha frecuencia. El trayecto se recorría en carruaje en menos de media hora. No obstante, don Rosendo dejó abierta la casa de Sarrió para que Gonzalo y él pudiesen comer y dormir allí siempre que quisieran. Venturita, pensando en marcharse a Madrid la próxima primavera, no puso obstáculo a los planes de su marido.

Mucho se alegró éste de haber tomado aquella resolución cuando supo que el duque de Tornos pensaba venir el próximo mes de octubre, alegando que con la vida de Madrid habían vuelto a exacerbarse sus padecimientos, casi extintos mientras permaneció en Sarrió. Porque allá, en el fondo del alma, y sin querer confesárselo, nuestro joven sentía la mordedura de los celos. Cuantas reflexiones se hacía y argumentos poderosos a sí mismo se presentaba para tranquilizarse, no bastaban a arrancárselos del pecho. Había pensado, mientras el Duque estuvo por allá, que ya nunca más se acordaría de aquel rincón. La noticia de su venida fué, pues, para él, una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en efecto, hacia últimos de octubre, no tuvo más remedio que ir a esperarle a Lancia, en compañía de su suegro y de otra porción de señores, todos socios del Saloncillo. El nombramiento de alcalde a su favor, había constituído al magnate en protector decidido de este partido. Alojóse con su secretario en la fonda de la Estrella, y comenzó a hacer la vida de ejercicio que tan bien le sentaba, según decía (y así era la verdad). Muchos días buenos salía de pesca o de paseo; otros iba de caza o montaba a caballo. Esta vez no había traído más que dos, uno de tiro para un tílburi, y otro magnífico de silla. El secretario, cuando iba de paseo, montaba en uno que don Rosendo había puesto a su disposición.

Con la familia de éste mantenía cordiales relaciones; pero sólo había ido a Tejada tres veces en quince días. Como Ventura y Cecilia solían venir a Sarrió a menudo, aquí las veía y hablaba, por más que huía de acompañarlas públicamente. Gonzalo, desde que llegara, leía asiduamente _El Joven Sarriense_, que se publicaba ya tres veces a la semana, lo mismo que _El Faro_. Lo leía para apaciguar un poco la inquietud que sentía. Porque siempre estaba temiendo alguna gacetilla injuriosa como la que tanto le había hecho padecer el verano anterior. En los primeros números, después de la llegada del magnate, _El Joven_, francamente hostil ya a él, se contentaba con ridiculizarle bajo nombres transparentes, como pintor y pescador, y hasta como hombre político, insinuando la idea de que el Duque era un personaje desprestigiado de Madrid, rechazado por la corte y sin influencia con el Gobierno. Sacó a luz algunas anécdotas de su vida, en que no hacía muy honroso papel, y hasta la emprendió con sus trajes y corbatas, no perdonando medio para hacer reir a su costa. Don Jaime no leía tal papelucho; pero habiéndole indicado Peña algo de lo que decía contra él, sonrió malévolamente y escribió al gobernador de la provincia pidiéndole que aprovechase el primer pretexto para suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta carta y esperaban con ansia y fruición el golpe.

Al fin la envenenada flecha que tanto temía Gonzalo, vino a clavársele en el corazón. No fué una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían a relucir él, su esposa, el Duque, don Rosendo y otras personas conocidas, para vejarlas y ponerlas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se decía que mientras el _sheriff_ (él, sin duda alguna) cumplía con extremado celo los deberes de su cargo, lord Trollope (el Duque) cumplía por él los deberes de esposo cerca de su bella mitad. Gonzalo sintió el mismo escalofrío de dolor y de ira que la vez pasada. Pero ahora, aleccionado, se propuso dominarse, cerciorarse de si aquella maligna insinuación tenía algún fundamento, y si por desgracia esto sucediese, tomar una venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran trabajo le costó disimular la emoción que le embargaba. No estaba avezado a ocultar sus sentimientos. Mas el vivo deseo de salir de dudas, le ayudó poderosamente. Lo único que se notó en su casa fué que andaba un poco más triste y distraído. Se dedicó durante algunos días a observar a su esposa, no perderla de vista un instante; pero nada encontró que pudiera dar pábulo a sus sospechas. Al mismo tiempo, estudiaba si el Duque podía avistarse con ella y de qué manera. El resultado de sus investigaciones fué que sólo cuando él venía a las sesiones del ayuntamiento, podía darse esto caso. De día, sumamente difícil, porque no era el Duque persona que pudiera pasar inadvertida. Fijóse, por tanto, en las horas de la noche, cuando él se quedaba a dormir en la villa.

Resolvió saber de una vez la verdad. Para ello, anunció con dos días de anticipación a la familia, que el viernes debía dormir en Sarrió, a causa de una sesión del ayuntamiento, que presumía había de ser borrascosa. De nada menos se trataba que del nombramiento de uno de los dos médicos del partido, que la corporación municipal pagaba. Los de Maza tenían su candidato y los de don Rosendo también. La lucha estaba empeñadísima, no por razón de los votos, que estaban perfectamente contados de antemano, sino porque los del Camarote, que habían de resultar vencidos, tenían preparada una zancadilla parlamentaria, para inutilizar al candidato de sus enemigos, por faltarle algunos meses de práctica, para llenar el tiempo que el municipio había impuesto como condición a los pretendientes.

El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy agitado. Había tratado de inquirir con disimulo, si algún criado de la casa estaba comprometido, o por lo menos sabía algo. Nada encontró tampoco que lo hiciera presumir. Almorzó sin apetito. En cuanto tomó café mandó enganchar y se fué en compañía de su suegro. La sesión del ayuntamiento duró hasta las diez de la noche. A esa hora se retiró a casa y don Rosendo también, el cual encontraba a su yerno harto distraído y preocupado. Gonzalo se disculpaba diciendo que le irritaba mucho la bilis la conducta de los amigos de Maza. Fuéronse a dormir. A eso de las once, cuando todo estaba en silencio, nuestro joven salió sigilosamente de casa y emprendió a pie por el camino de Tejada. La noche estaba nublada, pero no muy obscura. La luz de la luna se cernía al través de la capa de nubes, dejando bien percibir los objetos a corta distancia. Caminaba con premura, apoyándose en un grueso bastón de estoque. Además llevaba en el bolsillo un revólver. Sentía una tristeza profunda. Aquella prueba que iba a hacer le causaba temor y remordimientos a la vez. Si su mujer era culpable, ¡qué horrible tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, él cometía una bajeza sospechando de su honradez. Iba con el mismo recelo que el ladrón que va a asaltar una casa, ocultándose detrás de las paredes de la carretera en cuanto sentía pasos, estremeciéndose si escuchaba una voz, por lejana que fuese. La idea de que algún conocido le viese a aquellas horas caminando a pie, le causaba gran vergüenza, dando por seguro que había de adivinar su intención. El aire era fresco y le penetraba hasta los huesos, aunque rara vez había sentido frío en su vida. Los árboles, como negros fantasmas alineados a lo largo de la carretera, dejaban salir de sus copas blando rumor melancólico. Debajo de uno de ellos creyó percibir un bulto que se movía y saltó a los prados, temiendo tropezarse con alguien que le conociese. Miró por encima de la paredilla y vió una vaca acostada rumiando tranquilamente. Más allá, al pasar por delante de la casa de un labrador, se abrió repentinamente una ventana y apareció el bulto de una mujer. Echó a correr desaforadamente buscando la sombra de los árboles. A medida que avanzaba, el corazón se le oprimía. Mil encontradas ideas batallaban en su mente. Tan pronto recordando los deliciosos detalles de sus primeros meses de matrimonio, las palabras dulces, las pruebas ostensibles de amor que su mujer le diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas las niñas demasiado mimadas, se ponía a imaginar que estaba bajo el poder de una maldita alucinación, una de las mil infamias que los enemigos de su suegro habían inventado para hacerles daño, y estaba a punto de volverse a Sarrió y meterse nuevamente en la cama; como apreciando y pensando los motivos que tenía para sospechar de ella, aquella grave escena que determinó la salida del Duque de la casa de sus suegros, su frivolidad y coquetería, la denuncia aunque embozada persistente del periódico enemigo, se le encendía la sangre de golpe y apretaba vivamente el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era verdad! ¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba con mano crispada el bastón y tiraba del estoque para cerciorarse de que estaba allí pronto a obedecerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el revólver. Necesitaba a toda costa ver la sangre de los traidores.

Cuando llevaba la mitad del camino andado próximamente, sintió detrás de sí el galope de un caballo. Sin saber por qué, le dió un vuelco terrible el corazón. Se apresuró a saltar a los prados y aguardó con ansiedad mirando sigilosamente por encima de la pared a que el jinete pasase. No transcurrieron dos minutos sin que en efecto cruzase por delante de él como un relámpago. Pudo reconocer perfectamente el magnífico caballo alazán del Duque. A éste no pudo distinguirle porque iba envuelto en un capote, con un gran sombrero calado hasta las narices. Pero si los ojos no, el corazón lo vió con toda claridad. Quedó yerto, pegado al suelo. Sintió un desfallecimiento singular en las piernas como si fuese a caer. Mas prontamente la sangre hirvió dentro de su brioso temperamento de atleta. Tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin tocar con las manos la paredilla de seis pies que cerraba la finca. Cayó en medio de la carretera. Sin detenerse un punto, emprendió una carrera vertiginosa, loca, detrás del caballo, como si tuviese la absurda pretensión de alcanzarle. Aunque su aliento era grande, sin embargo, se le concluyó mucho antes de llegar a la quinta. Necesitó pararse tres o cuatro veces. Por fin llegó a la verja. Entró por la puerta de hierro, que sólo estaba llegada. Echó una mirada en torno y vió el caballo del Duque atado a un árbol. Siguió precipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, por una de las avenidas orladas de coníferas que conducían a la casa. Como conocía todas las entradas, no se dirigió a la puerta cuyo llavín llevaba consigo. Temía que algún criado le sintiese. Escaló por una parra que adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que solía quedar abierto cuando él no dormía en casa. Por desgracia estaba cerrado. Entonces sacó el estoque, y metiéndolo por la rendija de la puerta logró levantar el pestillo y entró.

Una persona le había visto: Cecilia. En una de las noches anteriores, ésta, cuya habitación estaba próxima a la de sus hermanos, había creído sentir ruido por la noche y se había levantado. Miró al través de los cristales hacia la huerta y vió a Pachín, el criado, en compañía de otro hombre a quien no pudo conocer. Sin embargo, concibió una viva sospecha que la aterró. El modo de andar de aquel hombre, de quien no percibía más que el bulto, no era de un campesino. Gonzalo dormía aquella noche en Sarrió. Además, su cuñado era mucho más alto. Fuertemente sobreexcitada por una idea espantosa, se acostó otra vez, pero no logró dormir. Todo el día siguiente estuvo triste y preocupada. Al cabo logró dominarse y resolvió en su interior vigilar a su hermana y saber de cierto si eran quimeras o realidades lo que pensaba. Al efecto, no perdió de vista a Pachín. Observó que el día mismo que Gonzalo había de dormir en Sarrió, fué a este punto con una comisión de Ventura, aunque él no era el encargado de hacer la compra. Cuando llegó quiso ver lo que traía. Era una novela francesa que no pudo tener en las manos porque Ventura se apoderó de ella al instante y se fué a su cuarto. No le cupo duda de que el libro traía entre sus páginas alguna carta. Se propuso entonces no dormirse aquella noche y saber de una vez la verdad. Después de comer cosió un rato mientras Ventura leía a la luz del quinqué. En cuanto sonaron las diez ambas hermanas se retiraron a sus respectivas habitaciones. Cecilia se echó una manta por encima de los hombros, apagó la luz y se sentó detrás de los cristales del balcón. Esperó una, dos horas. A las doce, próximamente, de la noche percibió entre los árboles dos sombras. Aunque con dificultad, reconoció a Pachín y al hombre de la noche pasada, que esta vez advirtió bien que era el Duque. Las dos sombras desaparecieron al instante entre los árboles cercanos a la casa. Quedó petrificada. Una ola de indignación, que se formó en su pecho, subió a los labios y exclamó:—¡Qué infame! ¡qué infame!—Siguió sentada en la silla y con la sien pegada al cristal, aturdida, llena de confusión y vergüenza como si ella fuese la culpable. Al cabo de algunos minutos, estando con la mirada fija, atónita, en el parque vió correr otra sombra con extraña velocidad hacia la casa. No pudo reprimir un grito de espanto. Quedó en pie como si la hubieran alzado con un resorte. Luego, trompicando en la obscuridad con los muebles y las paredes se dirigió al cuarto de su hermana. Se hallaba en tinieblas. Vaciló un instante en llamar: mas de repente se le ocurrió seguir adelante pensando que Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y las niñas. A los pocos pasos, al revolver la esquina de un pasillo vió claridad. Corrió hacia ella. En el gabinete persa, que era una rotonda aislada en cierto modo de la casa, había luz. Dió dos golpecitos a la puerta diciendo por el agujero de la cerradura:

—Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí.

La puerta se abrió, en efecto. Apareció Ventura más pálida que una muerta. El duque de Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía a una ventana para saltar por ella. Cecilia corrió hacia él y le sujetó por los brazos.

—¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, escapa... ¡Hacia la cocina!... Gonzalo sube por el cuarto de papá.

La joven hablaba en falsete con tono imperioso, la mirada fulgurante.

Ventura no se lo hizo repetir. Salió con precipitación del gabinete.

Cecilia entonces arrastró al Duque con fuerza hacia uno de los divanes, y le dijo:

—Siéntese usted.

El magnate la miró demudado, y preguntó:

—¿Para qué?

—¡Siéntese usted, le digo!—pronunció con rabia la joven, y al mismo tiempo, poniéndole las manos sobre los hombros, le empujó hacia abajo.

El Duque se sentó al fin. Acto continuo, Cecilia lo hizo sobre sus rodillas; le echó los brazos al cuello; reclinó su cabeza sobre la del noble, llegando a poner los labios sobre su rostro.

En aquel momento se oyeron pasos precipitados en el corredor. Se abrió la puerta violentamente, y apareció Gonzalo con el estoque desenvainado. Cecilia volvió la cabeza y dió un grito. El joven retrocedió asustado al reconocer a su cuñada. Soltó el arma que empuñaba, empujó otra vez apresuradamente la puerta, y se fué tropezando, lleno de confusión, hacia su cuarto matrimonial.

Ventura estaba leyendo tranquilamente a la luz de un quinqué. Al ver a su esposo delante, se levantó asustada.

—¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí?

Cualquier actriz le compraría de buena gana aquella actitud y la inflexión de la voz.

Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. Salió del compromiso exclamando:

—¿No sabes el escándalo que está pasando en nuestra casa?

—¿Qué ocurre?—profirió la joven viniendo hacia él, con la faz tan desencajada, que si Gonzalo tuviese un temperamento observador, comprendería que no podía ser solamente por su presencia.

Cerró la puerta y le dijo al oído:

—¡Tu hermana está en el gabinete persa con el Duque!... ¿No sabes nada?... Di la verdad—añadió cogiéndola por la muñeca.

Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los ojos admirablemente. Al fin dijo:

—¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo?

—¡No mientas, Ventura!—exclamó con ademán furioso. En el fondo sentía una alegría inmensa, infinita.

—Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sospechaba algo... Por eso me asusté... Cuando tú entraste, estaba pensando en ir al cuarto de Cecilia, a ver si estaba en él...

—¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese infame!... Es menester tomar una determinación... Debe concluir esto, sin que nadie se entere...

—Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos?

—Yo no sé... Hablaré a tu padre... No, a tu padre, no... El pobre recibiría un golpe mortal... Hablaré al Duque... ¡Ya veremos si se resiste!

Justamente en aquel momento oyeron ruido en el cuarto contiguo.

—Cecilia entra en su habitación—dijo Ventura.—Voy ahora mismo a hablar con ella. Todo terminará y quedará en secreto... No quiero que tú te comprometas, Gonzalo mío—añadió echándole los brazos al cuello.

Gonzalo hizo un gesto de desdén.

—No, no; no quiero. Es mejor que yo hable con Cecilia... Aguárdame un instante...

Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la dijo en voz baja:

—No digas palabras feas. Procura estar prudente... El infame es él, que se ha aprovechado de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable!

Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su hermana temblando de susto. La heroica joven, cuando aquélla abrió la puerta, estaba en pie en medio de la habitación, con los brazos caídos y la vista fija en el suelo. Ventura cerró la puerta cuidadosamente, y se dirigió a abrazarla, murmurando con voz trémula:

—¡Oh hermana mía, gracias, gracias!

Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un gesto de orgulloso desprecio, exclamando:

—¡Lo he hecho por él; no por tí!

XVIII

DONDE TIRA DOÑA BRÍGIDA DE LA MANTA

Cecilia no volvería más. Comprendía la fealdad de su conducta. Arrepentíase de haber dado ocasión para que los enemigos de Gonzalo le injuriasen, dudando de la honradez de su esposa. Daba su palabra y hacía juramento solemne de que aquellas escandalosas citas nocturnas no se repetirían. Tal fué el recado que aquella noche trajo Ventura a su marido.