El cuarto poder

Chapter 27

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Don Jaime dió otro paseo por la sala, se detuvo en el medio a meditar unos instantes, y concluyó por hacer un gesto de desdén con los labios, levantando al mismo tiempo los hombros. Luego vino hacia doña Paula y le preguntó:

—¿Su marido tiene conocimiento del paso que usted acaba de dar?

—No, señor..., y me alegraría de que pudiera arreglarse todo sin que él se enterase...

—Perfectamente. Hoy mismo quedará usted complacida.

—¡Oh, señor Duque! Mil gracias... Usted sabrá perdonar...—exclamó levantándose y extendiendo hacia él las manos.

El magnate se limitó a inclinarse profundamente sin contestar.

—Le suplico que no me guarde rencor...

—Lo que acabamos de hablar quedará secreto entre nosotros. Buscaremos medio de que nadie sospeche el motivo de mi marcha. Procure usted desempeñar bien su papel. Yo respondo del mío.

Doña Paula salió de la estancia escoltada por el Duque, que la despidió a la puerta con una exagerada y silenciosa reverencia.

Al llegar a la escalera la angustiada señora, respiró con libertad. Aunque fuese a costa de aquellas penosas emociones, se alegraba vivamente de haber arreglado el asunto sin escándalo y sin peligro. Y con pie ligero, ella que ordinariamente se arrastraba ya para andar, a causa de su dolencia, fué a comunicar a Gonzalo el resultado de la visita.

A la hora de almorzar el Duque manifestó que había recibido carta de uno de sus hijos en que le noticiaba que vendría a pasar el mes de septiembre con él a Sarrió. Probablemente vendría también su hermano el marqués del Riego. Con este motivo expresó su resolución de tomar habitaciones en la fonda. Al instante fué contrariada con gran calor por don Rosendo, con el apoyo de su esposa. Venturita se había puesto pálida. Miraba al Duque de un modo particular. Gonzalo, con los ojos bajos, el rostro sombrío, comía en silencio mientras se disputaba. A pesar de todas las razones que don Rosendo alegó para retenerle, haciéndole presente que la casa era capaz para recibir a los nuevos huéspedes, el disgusto que a él y toda su familia iba a ocasionarles aquella tan inopinada marcha, etc., etc., el Duque se mostró inflexible. Respondía con la misma sonrisa protectora a cuanto se le manifestaba, y repetía sin cesar frases de agradecimiento y amistad.

Convencido al fin de que era inútil insistir, el insigne cuanto atribulado don Rosendo, fué con el mismo Duque y su secretario a ver las habitaciones de la fonda de la Estrella, la única decente que había en la villa. Alquilaron todo el piso principal. Al día siguiente se trasladó el magnate, a pesar de las vivas representaciones de su huésped para que se quedase al menos mientras no llegasen los otros.

Sorprendió vivamente a la población aquel traslado. Preguntóse la causa; y aunque don Rosendo informó cumplidamente a todo el mundo de lo que había acaecido, no pudo evitarse que quedase en el espíritu del público alguna duda o sospecha de que las cosas no habían pasado enteramente como Belinchón las relataba. Particularmente sus enemigos recibieron gran alegría. Se dedicaron con afán a descifrar aquel enigma, pensando, no sin razón, que los del Saloncillo ya no podrían utilizar la fuerza del Duque para combatirles. En los dos meses y pico que éste llevaba de permanencia en Sarrió, los amigos de don Rosendo habían conseguido que prosperase en el juzgado una denuncia contra el alcalde, previa la venia del gobernador de la provincia; habían logrado «tumbar» al administrador de Correos que era del Camarote, y que se resolviese en favor suyo «el problema del matadero». Los amigos de Maza, que andaban cabizbajos y abatidos, recibieron la noticia como una mosca, próxima a morir en el otoño, recibe un tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos comentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuánta conjetura! La alegría chispeaba en todos los ojos. Abríanse las narices olfateando la caída de los del Saloncillo, y su próxima y definitiva victoria. _El Joven Sarriense_ publicó en su primer número la siguiente lacónica, pero endemoniada gacetilla: «El lunes se ha trasladado a las habitaciones del piso principal de la fonda de la Estrella el Excelentísimo señor duque de Tornos, conde de Buenavista, que estaba hospedado en casa de don Rosendo Belinchón. Damos al egregio Duque la más cumplida enhorabuena». Este indigno comentario tuvo dos días enfermo al nobilísimo Belinchón, pasados los cuales mandó sus padrinos a Maza. Pero éste contestó que mientras estuviese constituído en autoridad no podía batirse. Cuando dejase de estarlo ya vería si le convenía cruzar las armas con «semejante mamarracho». Como los padrinos contestasen en mal tono, les amenazó con llevarlos a la cárcel, y hubieron de retirarse.

El duque de Tornos siguió visitando de vez en cuando la casa de don Rosendo y dejándose acompañar por éste y sus amigos siempre que salía a la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos seguía inalterable. La poca gente imparcial que había en Sarrió iba creyendo que no había misterio alguno en su traslación y que todo era imaginaciones ridículas de los del Camarote, a quienes cegaba el deseo de vencer a sus contrarios. Sin embargo, pasaban los días, había entrado ya septiembre, y ni el hijo ni el hermano del magnate acababan de llegar. Este había mejorado muchísimo de salud en Sarrió, según decía a cuantos se le acercaban. Hizo traer de Madrid coche y caballos y compró una bonita balandra para pescar. Parecía disponerse a pasar todavía algunos meses en la villa.

En sus relaciones exteriores con la familia Belinchón, esto es, cuando se encontraba con ella en público, observaba una conducta delicada y afectuosa, como personas a quienes debía muchas atenciones. Con Venturita no se autorizaba tantas familiaridades, pero no dejaba de hablarla en el teatro o en el paseo de un modo cariñoso. Así hacía perder la pista a los que buscaban la causa de su salida de la casa. Doña Paula estaba muy satisfecha de esta conducta. El mismo Gonzalo, comprendiendo que no se le podía exigir más, se mostraba con él atento y cortés. La tranquilidad había vuelto a renacer entre los jóvenes esposos. Venturita, después de unos días en que no cambió con su marido palabra alguna y aparecía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la violencia que éste había desplegado en la escena que hemos descrito, volvió a ser lo que antes, alegre y decidora unas veces, colérica y caprichosa otras, siempre de palabra aguzada y sarcástica. Notó, sin embargo, Gonzalo cierta amabilidad y deferencia inusitadas en ella. Lo achacó al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasajero, pero muy peligroso disgusto que habían tenido.

Y así continuaron deslizándose los días serenos en la casa de don Rosendo, sólo turbados por los altibajos que la enfermedad de doña Paula sufría. Tan pronto estaba en pie como en la cama. Salía en coche a dar largos paseos con Cecilia o con Ventura, y solía llevar a su nieta Cecilita, en quien adoraba. Don Rufo hablaba de la necesidad de trasladarse a otro clima, a otro país más elevado sobre el nivel del mar, donde el aire tuviese menos presión. Y don Rosendo, aunque con repugnancia, pues el pensamiento de exterminar a sus contrarios y hacer de una vez la felicidad de su villa natal, le perseguía sin cesar, iba entrando por la idea y trazando vagamente planes útiles y grandiosos como todos los suyos. Flotaba en su imaginación el proyecto feliz de trasladar _El Faro de Sarrió_ a Madrid y hacerlo diario con el título de _El Faro de las Provincias_. Defender los intereses morales y materiales de las provincias, sostener su vida autonómica, independiente, frente a la acción y poderío absorbentes de la capital, «foco de inmundicia que envenenaba la savia de la nación y secaba todos sus veneros de riqueza». ¡Qué grande y noble pensamiento!

A fines de octubre, Gonzalo fué a Lancia con una comisión de su suegro. Se trataba de persuadir a un banquero de aquella población, para que no enajenase las acciones que tenía, en un embarcadero de Sarrió, a cierto individuo del Camarote, como se decía. En todo caso, que se las cediese por el mismo precio a don Rosendo. Hacía ya dos días que estaba allá. Al tercero por la tarde, cerca de la hora del obscurecer, se le ocurrió a doña Paula subir a hacer una visita a su hija Ventura, que desde el traslado del Duque había vuelto a ocupar el piso segundo. Muy rara vez subía ya la buena señora la escalerilla de caracol. Pero aquel día se sentía más ágil, más desahogada del pecho. Quiso probar sus fuerzas y darse a sí misma una prueba de que estaba mejor.

El móvil inmediato fué llevar a su nieta Cecilita una muñeca, cuyo vestido desgarrado le acababa de coser la doncella. Los peldaños se le hicieron muy altos. Al llegar a la mitad tuvo que detenerse a tomar aliento. Cuando llegó al piso, dijo en la voz más alta que pudo:

—Cecilita, hija mía, ¿dónde estás?

—Aquí, abuelita, aquí—respondió la niña saliendo de la estancia de su madre.

Era una criatura que aun no había cumplido los tres años, rubia como el oro, tan habladora y espontánea, que ejercía sobre la abuela verdadera fascinación.

—¿Qué me taes, abuelita, qué me taes?—preguntó, mirando con avidez a doña Paula, después de haberla abrazado por las piernas con tal ímpetu, que por poco da con ella en tierra.

—La muñeca, hermosa, que te ha arreglado la chacha.

—Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy gande... yo quero un chocho.

—No tengo chochos aquí, vida mía—respondió la abuela mirándola embelesada.

—Tene mamá chocho... Ven... dame uno.

Y la llevó por el vestido al gabinete de su madre.

Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y echó una mirada a todas partes. Ventura había salido a recibirlas con la sonrisa en los labios, besando a su madre cariñosamente:

—¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidido?... No sé si te convendrá subir escaleras, mamá... ¿Te sientes bien?

—No me he fatigado gran cosa. Yo creo que estoy mejor. Las pildoras de Dehaud, me parece que me prueban bien.

—Vaya, me alegro que al fin hayamos dado con una medicina que produzca algún efecto... ¿Quieres sentarte?

—Abuelita, dame un chocho—dijo la niña interrumpiéndoles.

—No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramelo, Ventura?

—No.

—Tene Jame que está aquí.

Venturita se puso horriblemente pálida.

—¿Qué Jame, niña?—preguntó doña Paula.

—Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque te han probado bien las pildoras?... Si don Rufo, por más que digan, entiende... ¡Vaya si entiende!—se apresuró a decir Ventura con voz temblorosa, la faz tan descompuesta, que su madre la miró sorprendida.

—Jame está aquí... Tene chocho... Ven, abuelita.

La niña tiró del vestido a la señora. Esta, pálida ya también, adivinando vagamente algo terrible, se dejó arrastrar sin saber lo que hacía.

—¡Cecilia!—gritó Ventura con una voz extraña que jamás le había oído su madre.

Pero la niña no hizo caso. Siguió arrastrando a su abuela hacia la alcoba. Antes de llegar a la puerta, se presentó en ella el duque de Tornos.

Doña Paula, ante aquella repentina aparición, se quedó un instante clavada al suelo, el rostro blanco y aterrado, la mirada atónita. Después cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la caída a su nieta.

El Duque se apresuró a levantarla. Luego, ante un gesto imperioso de Ventura, la dejó sobre el sofá y huyó.

A las voces de la joven, acudieron los criados y luego Cecilia. Se creyó que era un síncope producido por la fatiga. Transportósela a su cama, donde luego, merced a los cuidados de Cecilia, recobró el conocimiento. Pero no la facultad de hablar. La infeliz señora no pudo ya articular palabra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos de don Rufo, ni los de otro médico que llegó de Lancia, lograsen poner en movimiento aquella lengua, que se había paralizado. Generalmente, estaba con los ojos cerrados, exhalando leves gemidos. Sólo cuando Ventura entraba en el cuarto los abría para clavarlos en ella con una expresión fija de angustia y reconvención. El sacerdote a quien se llamó, se vió obligado a confesarla por señas. Dos días después, casi a la misma hora en que había acaecido la fatal escena, falleció la infeliz señora, que ni aun en la hora de la muerte apartó sus ojos empañados del rostro de Ventura.

XVII

QUE GONZALO TOMA UNA GRAVE RESOLUCIÓN Y CECILIA OTRA

La familia Belinchón se refugió en Tejada para vivir a solas con su dolor, durante algún tiempo. Doña Paula fué llorada como lo merecía, por su magnánimo esposo. Dando tregua al espíritu progresivo y reformista que le animaba, supo mostrarse tierno y sensible, lo cual en nada menoscaba su gloria de publicista. Cecilia no se cansó en mucho tiempo de llorar a su buena madre, con quien la ligaba tanto el parentesco de la carne como el del alma. De todos sus hijos, era ésta la que más semejanza guardaba con ella, aunque no era la preferida. El favorito, Pablo, la sintió todo lo profundamente que él podía sentir algo en el mundo. Es fama que, algunos días después del suceso, vió al último potro que había comprado alcanzarse en el trote, y no le afectó gran cosa. Pero en quien hizo sobre todo aquella repentina muerte un efecto extraño y terrible, fué en Venturita. Tanto la impresionó, que estuvo algunos días en la cama con fuerte calentura. Después que sanó, veíasela pálida y triste. Contestaba distraída a lo que le decían: no salía casi nunca del cuarto, a pesar de las instancias de su esposo. Este sentimiento tan vivo como inesperado fué para él una prueba de lo que Cecilia y doña Paula sostenían siempre; esto es, que Venturita era loca, caprichosa y altiva, pero buena en el fondo. Algo se mitigó con tal consideración el sincero dolor que experimentó por la muerte de su madre política. El último y maternal servicio que la buena señora le prestara, había puesto el sello al cariño que, con su conducta prudente y afectuosa, había sabido inspirarle.

El duque de Tornos se volvió a Madrid, poco después de la desgracia sobrevenida a sus amigos. Desde allá se escribía con don Rosendo, a quien obligó con más de un servicio en la lucha sin tregua que mantenía contra sus enemigos los del Camarote. Estos servicios fueron coronados, después de algún tiempo, por una gran cruz de Isabel la Católica. Al mismo tiempo que el diploma, le remitía el magnate una placa de brillantes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. Puede cualquiera imaginarse la emoción y la gratitud de don Rosendo, al recibir aquella honrosísima distinción. Como en Sarrió nadie poseía una gran cruz, se vió precisado a ir a Lancia, para que un caballero de la orden llevase a cabo la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se vió caballero, él, que profesaba cierto desprecio metafísico a las religiones positivas, aprovechó una procesión de la parroquia para llevar el farol, con la hermosa placa en el pecho y la banda por encima del frac. Los amigos de Maza tragaron mucha hiel. Después la vomitaron, no sólo en su tertulia del Camarote, sino en el periódico, donde, en serio y en burla, vejaron de un modo repugnante al glorioso fundador del _Faro de Sarrió_. En algunas cáusticas, feroces gacetillas, se estaba viendo al bilioso alcalde con la pluma en la mano. Don Rosendo, por vez primera en su vida, leyó aquellas diatribas sin conmoverse, con un desdén sincero. Y es que, cuando se ha llegado a la cima de las sociedades humanas, deben parecer las amenazas de los pigmeos más curiosas que ofensivas.

Venturita salió, con este motivo, de su letargo sombrío. Habíase realizado uno de los sueños que más acariciaba. Tomó parte en la alegría y triunfo de su padre, y empezó a dejarse ver algunos días en la villa, siempre en carruaje, por supuesto. Creció su orgullo y aquella languidez señorial, imponente, que hacía morir de envidia y de rabia a las señoras y señoritas de la villa, quienes se vengaban de su desprecio llamándola, en sus horas de murmuración, «la princesa del Bacalao». La muerte de su madre, a quien todo el mundo había conocido en Sarrió artesana, «con pañuelo atado atrás», como allí se decía, contribuyó tanto como la gran cruz de su padre a elevar el nivel social de la familia, a aristocratizarla, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad despreciativa con que trataba a sus conocidas, vengaba lindamente a aquella pobre mujer, a quien las señoras de Sarrió tanto habían hecho sufrir en vida.

Se pasó el invierno en Tejada, un invierno crudo, como pocos lo habían sido. A temporadas llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de casa. Otras veces heló cruelmente. El cielo se mantenía sereno, pero los campos, por la mañana, aparecían blancos, con una escarcha de medio dedo de grueso. En ocasiones también nevó abundantemente. Todos estos fenómenos meteorológicos tienen sus encantos en la aldea para el que sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir feliz en medio de las fluctuaciones de la Naturaleza. Si helaba, levantábase de madrugada y dejaba atónitos a los de casa saliendo al corredor en mangas de camisa, lavándose todo el cuerpo con el agua que se hacía sacar de las pilas de mármol, después de roto el hielo. Luego, se vestía con un ligero traje de caza, tomaba la escopeta, y emprendía famosas, descomunales correrías de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera jamás quejarse de cansancio. Si nevaba, se ponía el impermeable, las botas altas y la gorra de pelo, y salía a matar palomas torcaces o gachas por las cercanías de la posesión. Más de una vez tiene caído en cisternas atacadas de nieve, logrando salir, gracias solamente a su vigor extraordinario. Cuando llovía no había más remedio que quedarse en casa. Pero aun entonces ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa. Aquel lavado de los árboles y plantas era grato a los ojos. El verde obscuro de las coníferas, después de algunos días de lluvia, adquiría tonos claros merced a los retoños que apuntaban en la cima de las ramas; en cambio la escarcha los marchitaba instantáneamente. Las hojas de las magnolias brillaban como cristales, y en aquella atmósfera acuosa los colores, los matices de la naturaleza cambiaban sin cesar, los contornos de los árboles y las montañas se desvaían con suavidad exquisita. Y la misma monotonía del agua al caer constantemente sobre los árboles con triste rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta de voluptuosidad para los que nada tienen que hacer fuera de casa, y encuentran en ella las comodidades y refinamientos que la civilización proporciona a los ricos. Era grato escuchar el _pío, pío_ de los ateridos gorriones, guareciéndose por centenares en una washingtonia que había cerca de casa, como en una gran pajarera: era grato ir a dar de comer a los animalitos exóticos que don Rosendo tenía en su finca, salvando en almadreñas la distancia que separaba sus cobertizos de la casa: era grato también quedarse adormecido en una butaca al pie de la chimenea con el cigarro en la boca y la botellita de ron delante, mientras Cecilia leía un cuento interesante o algunos versos sonoros y armoniosos.

Don Rosendo y Pablo se iban todos los días invariablemente a Sarrió después de almorzar y venían a la hora de comer. El uno se ocupaba en encauzar la opinión pública por los derroteros del progreso moral y material, con mengua de los «reptiles que se arrastraban por el cieno, impotentes para elevarse un instante a la región de las ideas, escupiendo su veneno a todo el que sobresale por la inteligencia o por la virtud». Excusado es decir quiénes eran estos reptiles a los que don Rosendo aludía con frecuencia en sus artículos. El otro, tratando de inclinar siempre los ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas llegaban a la villa, hacia su adorable persona. Alguna mañana salía con su cuñado de caza; pero observando que la intemperie atezaba su rostro, dejó casi por completo este ejercicio. Por otra parte, Piscis era enemigo nato de él. Para este inteligente centauro holgaba todo en la tierra menos los caballos.

En las horas de la tarde, cuando llovía, si Ventura estaba de buen humor, jugaba con Cecilia y Gonzalo al tresillo. Si no, jugaban los dos últimos al _tute_ mano a mano con las niñas sentadas en sus regazos respectivos, las cuales les molestaban a cada momento llevando sus manecitas a los naipes. Ambos eran de buena pasta y se contentaban con apartárselas suavemente.

—Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas mis cartas a tu tía, me va a ganar.

—No hagas caso, monina, tira por ellas—decía la joven riendo.

Hasta que concluían por entregárselas, quedándose ambos arrobados mirándolas hacer castilletes, ayudándolas ellos mismos con grave atención, mientras la lluvia azotaba los cristales pintados de las ventanas chinescas y los maderos de haya chisporroteaban en la chimenea.

Las niñas comían antes que la familia. Era importante ocupación para Cecilia hacerles plato, anudarles la servilleta, servirles agua y vigilar «que no hiciesen cochinetas». Gonzalo, cuando estaba en casa, presenciaba con deleite la refacción: se mantenía en pie como un magiar detrás de las sillas de sus hijas. Después, era preciso llevarlas a la cama. Cecilia cogía una en brazos, Gonzalo la otra, y las llevaban al cuarto de aquélla, donde ambas dormían. La tarea de desnudarlas era complicada y entretenida. Gonzalo, a pesar de su musculatura de toro, poseía tanta delicadeza como una mujer para desatar las cintas y mover sus cuerpecitos a un lado y a otro sin lastimarlas. A menudo las manos de los cuñados se tropezaban. Cecilia retiraba la suya prontamente. Una leve nube sombría cruzaba rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, escuchaban sonriendo las inocentes oraciones que _tiita_ hacía repetir a Cecilia. Paulina aun no sabía elevar su entendimiento al Ser Supremo, y hasta se rebelaba para hacer la señal de la cruz. Mientras se dormían, papá y _tiita_ habían de estar bien pegaditos a las camas sin moverse. Si mantenían conversación entre sí, las niñas se agitaban y tardaban mucho más en conciliar el sueño. Así que procuraban guardar silencio, o cambiar solamente palabras sueltas en voz baja. Cecilita no podía dormirse sin tener cogida una oreja de su tía. Contra este capricho protestaba a menudo Gonzalo; todos los días hablaba de quitárselo; pero su cuñada no hacía caso; ella misma se inclinaba sobre la almohada para que la niña lo satisficiese. Gonzalo se quedaba algunas veces dormido sobre la de Paulina, sobre todo cuando había ido de caza. Al despertar, veía frente a sí el rostro pálido y dulce de su cuñada, con los ojos muy abiertos, mirando con fijeza al vacío.

—¿En qué piensas, Huesitos?—le preguntaba restregando los suyos.

La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, y sonreía bondadosamente.

—No lo sé yo misma... En nada.

—¿No tienes algún quebradero de cabeza?—le dijo una noche levantándose y cogiéndola afectuosamente la barba.

—Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres que tenga en esta aldea?—respondió Cecilia poniéndose colorada, y retirando el rostro.

—Puedes tenerlo en Sarrió.

—¿Y había de ser tan ingrato que no viniera a verme en los meses que hace que aquí estamos?... Ya te he dicho que yo me quedo para vestir santos—añadió sonriendo.

—No puede ser eso—replicó con calor el joven,—¡no puede ser! Sería un delito de lesa humanidad que te quedases soltera. Tú has nacido para casada... No tienes más aficiones que la de arreglar la casa, cuidar a los niños, coser, limpiar... Serás una _perfecta casada_, como la describe Fr. Luis de León. No puede tolerarse que pudiendo hacer la felicidad de cualquier hombre, te empeñes en ser una solterona... Mira que son muy antipáticas...

No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel momento; pero bien pudo ser una cosa semejante a ésta:—«Sí; he podido hacer la felicidad de todos... menos la tuya».

Alargó con un gesto de indiferencia los labios y respondió:

—¡Qué le vamos a hacer! Esas cualidades las tienen todas las mujeres que no son bonitas. Las que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y tienen razón.