El cuarto poder

Chapter 26

Chapter 264,125 wordsPublic domain

—Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des cuenta de ellos, los tienes... Ese furor, esa exaltación, ¿qué son en el fondo más que celos?... Y mira, chico, perdóname que te diga que es hacerte muy poco favor, y hacerle menos aún a tu mujer. Si se te ha pasado por la imaginación que Ventura puede preferir un trasto como ése a un marido como tú, la supones con bien poco gusto.

Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció el piropo con una sonrisa, sin darse por vencido. El instinto, que en él era poderoso, más que la inteligencia, le decía que sí, que era posible aquella aberración. Sin embargo, no quiso discutir, porque le humillaba defender tal supuesto, aunque fuese delante de su cuñada.

Deseaba advertir a su esposa que le disgustaban las conferencias con el Duque, sus apartes, sus muecas y sonrisas que iban ya tomando carácter de verdaderas coqueterías. Pero conocía por experiencia a Venturita, y se temía a sí mismo. Cualquier frase punzante de las que ella usaba a menudo, cualquier burla inoportuna en aquella circunstancia, podía dispararle, y él no sabía a dónde iba a parar cuando se disparaba.

Así estaban las cosas, cuando al día siguiente de aquella conversación con Cecilia, fué a dar una vuelta por la mañana al Saloncillo, según costumbre. Hojeando los periódicos que había sobre el velador del centro, cayó en sus manos el último número de _El Joven Sarriense_. Casi nunca lo leía. Por más que estuviese apartado de la lucha feroz de los bandos, odiaba a los del Camarote. Luego temía encontrarse con injurias a su suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez paseó la vista con indiferencia por él, y la detuvo para leer unos versos de Periquito _a un grano de cierta dama_, que le hicieron reir a carcajadas. Debajo de estos versos había una gacetilla que llevaba por título: _Un marido como hay pocos_. Comenzó a leerla sin gana.

«Viajando un mandarín de la China, llega a alojarse en la casa de cierto chino plebeyo que pone a su disposición las mejores habitaciones y compra los pescados más caros del mercado para obsequiarle. Este chino tenía una mujer muy hermosa, que desde luego llamó la atención del viejo mandarín (porque era viejo). El mandarín no mira para los muebles que el chino le presenta con orgullo, no repara en los lujosos tapices, en los pescados suculentos. Mira tan sólo a la esposa del chino. Este le va llevando a casa todos sus amigos, que se deshacen en cortesías y genuflexiones, le abruman a sonrisas y lisonjas. Pero el mandarín, apenas se digna dirigirles la palabra. Toda su saliva la gasta con la esposa del chino. Le hace ver la población, los monumentos más notables, los contornos pintorescos. Nada; el mandarín no tiene ojos más que para la china. Invítale a grandes y magníficas cacerías, condúcele en rauda balandra por el mar azul y tranquilo para que pesque plateados y sabrosos peces. Mas el mandarín medita, cuando echa los anzuelos al agua, que es mil veces preferible pescar a la linda consorte de su huésped. Y mientras todos en la casa y fuera de ella, observan la melancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo el marido permanece sosegado, ignorante, persistiendo siempre en alegrarle con opíparos banquetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo le dice al oído:—«¿No ves, papanatas, que lo que tu huésped quiere no son banquetes, ni pescas, ni cacerías, sino a tu hermosa mujer?» Entonces el chino, despertando de pronto de su ignorancia, toma a su mujer de la mano, se dirige con ella al mandarín, y le dice:—«Perdóname, señor, yo no veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí tienes a mi esposa. Si antes supiera que la apetecías, antes te la hubiera ofrecido, ¡oh mandarín excelso!»

Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indiferencia. De pronto, cayó como un rayo sobre su mente la idea de que en aquel cuentecillo se aludía a él. Una ola de sangre subió a su rostro, y se lo encendió como una brasa. Echó una rápida mirada de vergüenza en torno. Estaba solo. Con las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico que había dejado caer, y leyó la gacetilla por segunda vez, por tercera, por cuarta... Cuanto más la leía, más penetraba en su cerebro, más se aferraba a su espíritu la funesta sospecha. Y sintió un frío extraño que le invadía todo el cuerpo menos la cabeza. La primera idea que le acometió después, fué ésta:—«Voy ahora mismo a la redacción del _Joven_, y hago pedazos a cuantos encuentre dentro». Se puso el sombrero que se había quitado, y salió de la estancia. Pero al llegar a la escalera, se le ocurrió otro pensamiento; el del gran escándalo, la campanada que iba a dar en la villa. Iba a confesarse burlado ante la población entera. Sus enemigos, o por mejor decir, los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en el Saloncillo para reflexionar un momento. Después de dar unas cuantas vueltas, con la mirada extática, sin saber él mismo si andaba o permanecía inmóvil, revocó su acuerdo. Tomó de la mesa el periódico, lo dobló pausadamente, y lo guardó en el bolsillo. Luego bajó la escalera de caracol y se dirigió a su casa, el rostro blanco, el paso lento, la mirada fija. El exceso de ira y la confianza en su fuerza, le habían devuelto la calma.

—¿Está la señorita en su cuarto?—preguntó al criado que salió a abrirle la puerta.

—Me parece que sí señor: preguntaré a la doncella.

—No, no preguntes nada; voy allá yo.

Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le servía de habitación, desde que el Duque ocupaba el piso segundo. Al pasar por delante del corredor, no reparó en doña Paula, que estaba cerca de la puerta, y se inmutó al ver la expresión extraña de su fisonomía.

Venturita estaba delante del espejo. Al ver a su marido, sin volver la cabeza le preguntó:

—Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes de nuevo?

Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo desdobló lentamente, y se lo presentó diciendo:

—Esto.

—¿Y qué es esto?—preguntó la joven con sorpresa.

—Un periódico.

—Ya lo veo... ¿Y qué?

—Trae una gacetilla muy interesante. Léela. Aquí, en la tercera plana, debajo de estos versos.

En el gabinete había aún tres o cuatro tiestos con plantas de las que habían servido para el retrato. Este, fijo ya en un gran marco dorado, estaba arrimado a la pared, esperando la hora de ser colgado en el salón. Los ojos de Gonzalo, al tropezar con él, se habían obscurecido todavía más. Y eso que la imagen de su esposa, más rubia que un canario y más colorada que una rosa de Alejandría, miraba al cielo con una expresión mística que jamás él la conociera. El Duque hablaba de enviar el retrato al Salón de París.

Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó ojo, escrutando con anhelo inconcebible los rasgos de su fisonomía. Pero ésta permanecía inalterable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el periódico, la encontró ligeramente pálida.

—¿Por qué me mandas leer esto?... No entiendo...

—Voy a explicártelo—repuso Gonzalo con acento de ira concentrada, recalcando mucho las sílabas.—Te he mandado leer esto, porque el mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tornos, la china eres tú, y el chino yo... ¿Lo entiendes ahora?

Al decir esto, la miraba con extraña y terrible fijeza, apretando con mano crispada una rama de la planta que tenía a su lado.

Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, con sorpresa más que con susto. Vaciló un instante, moviendo un poco los labios para contestar. Por último soltó una gran carcajada.

—¡Ave María, qué barbaridad!

—Seamos serios, Ventura—replicó el joven.—Esto que excita tu risa, es una cosa gravísima que puede decidir de tu felicidad y de la mía...

Ventura dió por toda contestación otra carcajada, y después otra. Parecía desternillarse de risa. Mas aquellas carcajadas no salían de adentro. Gonzalo notaba su afectación perfectamente.

—¡Cuidado, Ventura, cuidado!—exclamó con el rostro demudado.—¡Mira que estoy hablando en serio!

—¡Pero, hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no me ría, si me dices, ¡ja, ja, ja! que tú eres un chino y yo una china? ¡ja, ja, ja!

Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y más fingidas.

—Hace ya bastantes días—profirió el joven, después de una pausa, con acento sombrío—que debiera haber puesto las cosas en orden... Esa intimidad infundada, inconveniente, estúpida, de que haces alarde, delante de gente, de tener con el Duque, me cargaba ya hasta los pelos... Pero no quería dar mi brazo a torcer. Siempre parecen ridículos los hombres celosos. Ahora bien, ¡mira, mira lo que me pasa por ser demasiado prudente!

Al decir esto, arrancó la rama que estaba apretando, y la hizo una pelota dentro de la mano.

—¿Pero estás celoso de veras?—le preguntó ella, con acento entre burlón y cariñoso.

—Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me callaría y observaría... Y si los celos fuesen fundados, he aprendido lo que se debe hacer antes que el cura me leyese la epístola de San Pablo... Pero aquí no se trata de celos... Ni la edad, ni la posición del Duque permiten bien que los haya, ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefieres a mí. Lo que hay, es el ridículo que ha caído sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no ves, desdichada, que el público nos observa, que tenemos muchísimos enemigos, y que éstos se han de aprovechar del más mínimo pretexto para zaherirnos?

—Bien, confiesas que esto no es más que un pretexto para mortificarte—dijo la joven poniéndose seria.

—Sí, pero fundado en lo que tú has hecho arrastrada de esa vanidad necia, que en vano he querido arrancarte del alma.

—Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que yo he hecho?—profirió ella con voz irritada.

El joven guardó silencio mirándola fijamente. Después de unos instantes dijo con lentitud:

—Demasiado lo sabes. El repetirlo, me humilla.

Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó al fin con impaciencia:

—En resumidas cuentas, ¿qué quieres?

—Voy a decírtelo—contesto el joven, reprimiéndose con trabajo.—Quiero que cese esa intimidad ofensiva para mí, como acabas de ver. Quiero no pensar más en el duque de Tornos, ni ver su sonrisa protectora, ni sus modales de conquistador aburrido. Quiero volver a la calma que todos disfrutábamos antes de su llegada. Y como lo quiero a toda costa, estoy dispuesto a conseguirlo a toda costa...

Calló un instante y luego añadió con fuerza, con más fuerza de la necesaria:

—Hoy mismo, saldrá el Duque de esta casa.

Ventura le miró con estupor. Se puso repentinamente lívida, y con los labios temblorosos por la ira, exclamó:

—¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario llevarte a Leganés?... Vamos, vamos—añadió con acento despreciativo,—hazme el favor de dejarme en paz. Ve a refrescarte, porque lo necesitas.

La faz de Gonzalo se contrajo violentamente; su boca se abrió con una expresión de feroz sarcasmo, llamearon sus ojos.

—¡Ah!—rugió más que dijo.—Conque la amistad de ese cornudo (porque es un cornudo, ¿sabes? toda España está enterada). ¡Conque la amistad de ese cornudo, te interesa más que la felicidad de tu marido! ¡Conque te figuras que yo por no ser duque y grande de España, no sé hacer respetar mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... Mira por lo pronto lo que yo respeto a ese cornudo...

Y al decir esto, dió un puntapié al retrato, que cayó al suelo con estrépito. En seguida se puso a brincar sobre él los dientes apretados, los ojos inyectados en sangre, con una de esas cóleras fragorosas de los hombres fuertes y pacíficos. La tela quedó al instante hecha pedazos. Ventura, enteramente demudada, vomitó, más que dijo, con la osadía inconcebible de la mujer adorada:

—¡Bruto! ¡bruto!

La entonación de esta injuria era tan feroz, tan rabiosa, que Gonzalo levantó la cabeza como si le hubiesen clavado un hierro candente. Saltando sobre ella, la agarró por un brazo. La joven lanzó un grito penetrante de angustia. La mano de su esposo era una tenaza de acero que iba a triturarle el hueso.

—¡Perdónala, Gonzalo, perdónala!—entró gritando en aquel instante doña Paula.

El indignado joven volvió la cabeza sin soltar a su esposa. Al ver a su madre política, en cuyo rostro la enfermedad había hecho crueles estragos, contraído ahora por el terror, con los ojos suplicantes, las manos plegadas hacia él con mortal congoja, aflojó la suya y la dejó caer sobre el muslo.

No tuvo tiempo a decir nada. Doña Paula, sin mirar a Ventura, le cogió de la ropa diciéndole:

—Ven, hijo mío, ven. Yo arreglaré este asunto, y te volveré la calma.

Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, lleno de confusión.

Al llegar a su cuarto, la buena señora cerró la puerta.

—Lo he oído todo—le dijo, clavando en él aquellos grandes ojos negros y tristes como los de una Dolorosa, único resto de su antigua belleza.—Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan extraña, que no pude menos de seguirte... No sé lo que dice ese periódico que has dado a Ventura, pero debe ser algo muy feo y repugnante...

—¡La injuria mayor que se puede hacer a un hombre!—profirió Gonzalo con la garganta apretada.

—¡Qué infames! ¡Insultarte a ti que jamás les has hecho daño alguno! Tienes razón, la culpa es de Ventura. Sus ligerezas, el gusanillo que tiene metido en la cabeza, ha dado lugar a este disgusto, como a todos los otros más pequeños que hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas a figurarte que hace estas cosas por maldad... Ventura es una loca, una taravilla; pero en el fondo no es mala. Con el tiempo se irá corrigiendo. Yo también he tenido mi cacho de orgullo y he gozado con ciertas tonterías que hoy me avergüenzan. ¡Oh, los años, las tristezas, las enfermedades, le van arrancando a una todas las ilusiones!... Lo que importa ahora, es evitar a todo trance mayores disgustos. Hace tiempo que vengo notando las atenciones del Duque con Venturita y la intimidad que ha nacido entre ellos. Sé fijamente que esta intimidad no tiene importancia alguna. Estoy enteramente segura de mi hija, como tú debes estarlo. Pero comprendo muy bien que la conducta de ese señor te moleste... Sobre todo, desde que un periódico se ha aprovechado de ella para injuriarte, las cosas no pueden continuar así. Es necesario tomar una resolución...

—Ya está tomada—dijo sordamente Gonzalo.—Hoy mismo despido al Duque de esta casa.

—No, tú no puedes ni debes hacerlo. Tienes el genio violento. Habría una escena escandalosa que es necesario evitar.

—¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa escena!

—No seas niño, Gonzalo—repuso la señora.—El arreglo de este asunto me corresponde a mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, ni entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pondría en ridículo...

—¡Pues aunque así sea!—exclamó el joven con rabia.—Quiero tener el gusto de arrojarle de casa.

—Me obligas a decirte, Gonzalo—replicó doña Paula con impaciencia y autoridad,—que no tienes ningún derecho a hacerlo. Ni tú le has invitado, ni eres el dueño de la casa...

El joven se puso colorado. Observando su confusión, la señora añadió con acento cariñoso:

—Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no deben intervenir en estos asuntos, que corresponden a los padres. Nosotros tenemos el deber de velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. Yo haré que el Duque salga de esta casa, sin escándalo, sin que se entere nadie del motivo, sin exponerte a cometer una bajeza, de la cual te arrepentirías... No creas que lo hago por él, a quien detesto... Desde que llegó me ha sido profundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que veo lo que ha traído a nuestra casa, figúrate cómo le querré! Lo hago únicamente por ti, a quien quiero, no diré más que a mi hija, porque los hijos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... pero tanto, por lo menos... y a quien estimo mucho más...

Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla. Comenzó a sollozar como un niño, con el rostro entre las manos. La buena señora le puso la suya, pálida y descarnada, sobre la cabeza, diciendo con lágrimas también en los ojos:

—¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante. Voy a decir a ese señor lo que hace al caso.

Subió la señora de Belinchón la escalera de caracol que conducía al piso segundo. Arriba tropezó con el ayuda de cámara de su huésped.

—¿Qué hace el señor Duque?—le preguntó.

—Está pintando—respondió el criado mirando con sorpresa y curiosidad los ojos llorosos de doña Paula.

—Dile que deseo hablar con él.

Mientras el doméstico fué a avisar a su señor, doña Paula creyó que las fuerzas iban a faltarle. Comenzó a sentir los síntomas primeros de una de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le daban. Pero la firme voluntad de devolver la calma a sus hijos venció a la enfermedad en tal instante. Encomendóse devotamente a la Virgen de las Mercedes, y penetró con resolución en el gabinete-estudio de don Jaime.

El cual, vestido medio a lo oriental con un traje estrambótico que usaba por las mañanas dentro de casa, salió a recibirla teniendo aún en las manos el pincel y la paleta.

—Señora—dijo inclinándose respetuosamente, quitando el gorro turco que le cubría la calva,—mucho siento que usted se haya molestado en subir. Bastaba un aviso para que yo me hubiera apresurado a ir a ponerme a sus órdenes.

Doña Paula respondió con un gesto de gracias, llevándose la mano al corazón que le saltaba dentro del pecho como un potro desbocado.

El Duque la examinó con sorpresa.

—Siéntese usted, señora—la dijo, depositando la paleta y el pincel sobre una silla.

Sentóse, en efecto, en una butaca. Don Jaime permaneció en pie.

—Hay que cerrar la puerta—dijo ella tratando de levantarse nuevamente. Pero el caballero se apresuró a hacerlo. Después vino a colocarse frente a la dama, cuadrando los pies en actitud exageradamente respetuosa, esperando a que ella hablase.

Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevando hacia él sus ojos doloridos, dijo:

—Señor Duque, usted nos ha honrado mucho viniendo a esta casa. Nunca le agradeceremos bastante esta prueba de estimación que nos ha concedido...

El Duque se inclinó, levantando al mismo tiempo los pesados párpados para dirigir a su interlocutora una mirada, donde se traslucía la inquietud y la curiosidad.

—¿Por qué no se sienta usted?—preguntóle doña Paula interrumpiendo su discurso.

—Estoy bien, señora; siga usted.

Con aquella interrupción se turbó. No supo proseguir en algunos segundos. Al cabo murmuró:

—¡Es una desgracia!... No sabe usted, señor Duque, lo que está pasando por mí en este momento. ¡Quisiera morirme!

Y las lágrimas acudieron a sus ojos. Sacó el pañuelo, y ocultó el rostro con él.

El Duque, cada vez más inquieto, le dijo:

—Serénese usted, señora. Soy un verdadero amigo de usted y de Belinchón. Cualquiera que sea el disgusto que usted tenga, yo lo comparto como si fuese mío también, y estoy dispuesto a hacer todo lo que esté de mi parte para calmarlo.

—Muchas gracias... muchas gracias—murmuró la señora sin separar el pañuelo de los ojos. Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz temblorosa:

—Puede usted hacerme un favor muy grande... Un favor que le agradecería mientras tuviese un soplo de vida... Pero no me atrevo a pedírselo...

—Le repito que estoy a sus órdenes, y que todo lo que pueda hacer en su obsequio debe usted darlo por hecho...

—¡Oh, no; es una atrocidad!... Señor Duque, usted está muy lejos de sospechar que su venida a esta casa ha producido graves disgustos. Su carácter bondadoso y llano, la simpatía que el genio alegre y abierto de mi hija Ventura ha conseguido inspirarle, ha dado lugar a habladurías en el pueblo...

—¡Oh!—interrumpió el Duque sonriendo, para ocultar cierta emoción de vergüenza.

—Sí; habladurías muy ofensivas para todos nosotros, pero principalmente para mi hijo político, a quien queremos en casa como si fuese hijo verdadero... No le recrimino a usted ni a ella. Creo que en usted no ha habido más que exceso de amabilidad, que en un pueblo remoto como éste, donde todo choca y se comenta, acaso no ha debido usted tener... En ella ha habido la imprudencia y la ligereza que siempre han sido sus defectos. Es una chiquilla que tiene la voluntad virgen, como suele decirse... Si este pueblo no estuviese dividido, no hubiera esa maldita guerra que a todos nos mata, acaso nadie se hubiera fijado... Por desgracia, nuestros enemigos buscan el más pequeño pretexto para mortificarnos y sacarnos a la vergüenza... Se ha publicado ya una gacetilla que hiere de un modo escandaloso a mi yerno... y esto no lo puedo consentir.

Doña Paula había ido perdiendo su cortedad a medida que hablaba. Las últimas palabras las pronunció con energía. A la faz terrosa del Duque había acudido un poco de color. Por la cabeza debieron pasarle ideas graves y tristes; pero en realidad no le pasó más que la siguiente: «Esta mujer me está dando una lección».

—Siento mucho, señora—dijo con expresión soberbia,—haber ocasionado a ustedes un disgusto... Pero estoy tan acostumbrado a que el público se fije en mis actos y los comente a su gusto, que esas habladurías y esas gacetillas de que usted acaba de hablarme, no me causan la más mínima molestia. Los pequeños se vengan de la superioridad de los grandes, murmurando de ellos. Es ley eterna que no se debe contrariar.

—Todo eso está muy bien, señor Duque. A un personaje tan alto como usted, no pueden llegar las murmuraciones del pueblo... Pero a nosotros es muy distinto. No estamos colocados en esa altura y las malas lenguas, crea usted que nos hacen muchísimo daño...—respondió doña Paula con inocencia que resultaba profundamente irónica.

El Duque algo impaciente, jugando nerviosamente con el gorro que tenía en la mano, replicó:

—Repito que lo siento mucho, señora. Si hubiera sabido que mis inocentes atenciones con su hija pudieran interpretarse tan malignamente, me hubiera guardado bien de prodigárselas... En adelante procuraré ser más cauto... Pero, ¡Dios mío!—añadió riendo.—¿Cómo es posible figurarse que un hombre de mis años pueda mirar a una niña como Ventura, sino con ojos paternales?

Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella suposición.

—¡Oh! señor Duque, los hombres de la posición de usted, no son nunca viejos. El brillo atrae mucho a las mujeres... Por eso no basta que usted se reprima en adelante y sea prudente. Es necesario quitar al mundo todo pretexto para murmurarnos...

El Duque se puso repentinamente pálido. Vaciló unos instantes, y dijo al cabo:

—Saliendo yo de esta casa, ¿verdad?

—Ese era el favor que venía a pedirle—dijo ella sin levantar los ojos, con entonación humilde.

Don Jaime se puso aún más pálido. Dió una vuelta por la estancia arrugando con mano crispada el gorro turco, dejó escapar una risita sarcástica, y volviendo a plantarse delante de doña Paula, dijo con burlona arrogancia:

—¿De modo, señora, que me echa usted de su casa?

—¿Yo, señor Duque?... ¡Qué idea!... Lo que quiero únicamente es devolver la calma a mis hijos, y evitar un choque...

—¿Qué choque?—preguntó el Duque, por cuyos amortiguados ojos pasó un relámpago siniestro.

Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, y se apresuró a enmendar la imprudencia.

—El choque de mi hijo político con los canallas que pretenden insultarle... Mire usted, Duque; si toma a mal la súplica que acabo de hacerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos tan honrados con su estancia en nuestra casa, que nada nos ha causado tanto orgullo como esa preferencia... Mi marido la ha solicitado con empeño, y ha recibido gran alegría cuando supo que usted había aceptado su invitación... ¿Cómo puede nadie figurarse que yo no me encuentre satisfecha teniendo en mi casa a una persona tan elevada, yo que soy una pobre mujer del pueblo, hija de un marinero, nieta de un sereno, a quien toda la villa llama la Serena, como llamaron a mi madre y a mi abuela?... Verdad que si hubiera sido hace algunos años, estaría más orgullosa... Los desengaños, las tristezas, van labrando la soberbia... Pero de todos modos estoy muy contenta, y sólo el temor a los grandes disgustos que pueden venir a mis hijos, me ha obligado a dar este paso... que usted me perdonará...