El cuarto poder

Chapter 32

Chapter 323,695 wordsPublic domain

Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien al cabo de cinco o seis días del desafío, tornó de llevar a Ventura al convento de Ocaña. Pero su vida fué triste, sombría por demás. Negábase, a pesar de las instancias de Pablo, a salir de caza o paseo. En vano éste y don Rosendo y los amigos que solían venir a Tejada, inventaban mil pretextos para hacerle salir de excursión. Aunque no se negaba de frente a acompañarles también él acudió a los engaños para quedarse siempre en casa, donde descaecía a ojos vistas. Su tío don Melchor venía a menudo a verle, y le aconsejaba que se fuese a viajar durante una temporada. No se negaba a ello; pero lo aplazaba siempre, pretextando no encontrarse bien de salud. Don Rosendo, asesorándose del señor de las Cuevas y de otros varios amigos, decidió trasladarse a Sarrió, por ver si con la sociedad de sus amigos el joven se animaba un poco. Salieron fallidos todos los cálculos. Gonzalo se dejó llevar a la villa sin hacer observaciones. Pero puso aún más empeño en aislarse, en vivir retirado del trato social. Salía tan sólo al amanecer, y daba algunos paseos por la punta del Peón, contemplando el mar con ojos extáticos, que alguna vez tomaban una expresión de angustia que apenaría seguramente a quien los mirase. En cuanto el muelle comenzaba a animarse, y la villa despertaba de su sueño, retirábase a toda prisa a casa.

¿Por qué no dejaba a Sarrió, teatro de su desdicha, y se iba a pasar al menos una temporada en Madrid, en París o en Londres? Esta era la pregunta que se hacían todos los vecinos de la villa. Nadie acertaba a contestarla satisfactoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. Son muy pocos los que saben explicarse el origen secreto, la última raíz de las acciones humanas. Unos porque no se paran en psicologías, que juzgan inútiles, otros dotados de entendimiento sutil y perspicaz, porque lo aprovechan para escudriñar solamente el móvil interesado, casi nadie destapa esa mágica caja de sentimientos, y deseos, y esperanzas, y contradicciones, que se llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrió por no alejarse de la atmósfera que envolvía a su esposa, a quien cubría de dicterios en secreto, y afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin embargo, nada más cierto. Quedándose en aquella casa, le parecía que aún no se habían roto del todo los lazos que le ligaban a ella. Los seres que le rodeaban eran su carne y su sangre: la amaban todavía, aunque culpable: no se podía injuriarla en su presencia. Ventura había dejado en las habitaciones, en los muebles, una parte de su ser. En el tocador yacían los frascos de pomada y esencias que ella usaba, a medio consumir; en las perchas colgaban algunos de sus abrigos y sombreros. Su imagen graciosa, su blonda cabeza deslumbradora, parecía que iba a parecer detrás de las cortinas. El ambiente estaba embalsamado aún con su perfume habitual. Aquel marido, tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta de ello, respiraba con delicia el aliento de su esposa, y vivía de la sombra de su vida. Todavía más; vivía de la esperanza de perdonarla.

Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de un modo cabal... Nadie más que Cecilia, cuyos ojos de zahorí enamorada, leían claramente los pensamientos más vagos que cruzaban por la mente de su cuñado. Este manifestaba por ella una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y veneración, que era muy fácil confundir con el amor. Todas las compañías, hasta la de su tío, le molestaban menos la de ella. Aunque estuviese entregado a una meditación dolorosa, y las lágrimas corriesen por sus mejillas escaldándolas, la aparición de Cecilia en su cuarto, obraba como un calmante, suavizando su dolor. Cedía a sus consejos con respeto, y se dejaba guiar y mimar por ella como un niño enfermo. Cuando tardaba en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba quejas cariñosas lo mismo que un amante rendido y llagado de amor. Cuando entraba, sus ojos no la abandonaban ni un instante, cual si estuviesen bajo la influencia de un encanto o fascinación. Aquellos ojos expresaban cariño profundo, gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo expresaban todo... menos amor. Cecilia bien lo leía. No podía mirarlos sin sentir el mismo doloroso pinchazo en el corazón, la misma gota amarga de hiel en los labios. Su espíritu, sereno siempre, turbábase por un instante, y aparecía fría unas veces, otras irritable y enigmática, con gran sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforzaba en alegrarla. Pronto lo conseguía. El pensamiento aquel, caía en su cerebro como la piedra en un lago, revolviendo las aguas. Pocos momentos después, la calma volvía a su espíritu. Quedaba puro y tranquilo como el lago.

Un día, al entrar repentinamente en la habitación de su cuñado, le encontró examinando un revólver.

Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la mesa que tenía abierto y se puso colorado.

—¿Qué hacías?

—Nada, al buscar en este cajón unos papeles, me hallé con un revólver que ya no me acordaba que tenía, y lo estaba mirando.

Cecilia no creyó palabra. Experimentó desde entonces cierta inquietud que la obligaba a vigilarlo más que antes.

Transcurrieron dos meses. El desdichado joven, aunque persistía en la misma vida apartada y sombría, mostraba algunas vagas señales de reverdecimiento. Una que otra vez salía a caballo. Había hablado a su suegro de hacer un viaje por Italia, país que aún no conocía. La fuerza que hacía subir la savia de nuevo a su ser marchito, era un pensamiento dulce, tan dulce como vergonzoso, que ocultaba con cuidado a todo el mundo. Sin embargo, una tarde en que departía cariñosamente con su cuñada, después de muchos rodeos, y poniéndose colorado hasta las orejas, le preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? Cecilia le respondió fríamente con las menos palabras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si supiese que aquella mujer traidora por quien preguntaba, lejos de estar arrepentida, se revolvía con furia contra su familia, cubriéndolos a todos de dicterios, amenazándoles con entregarse al primer hombre en cuanto saliese de la prisión, escandalizando con su soberbia y lenguaje procaz a la superiora del convento!

Desde aquel día, perdida ya la cortedad, preguntaba a menudo por ella; gustaba de mentarla en la conversación, sin que le hiciese desistir de ello el tono seco con que Cecilia le respondía, y la prisa con que cambiaba de tema.

Lo que don Rosendo temía, por las cartas que de Ocaña le enviaban, llegó al fin. Un día, la superiora del convento le comunicó que Ventura se había huído de aquel asilo, en compañía, según todos los informes, del duque de Tornos. «El gran humanitario», como le llamó el _Faro_ en cierta ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efectivamente, ¿qué significaba aquella pena puramente individual que le afligía, en comparación con el dolor universal, con la marcha lenta y segura de la humanidad hacia sus destinos? Por aquellos días acababa de leer un célebre folleto de autor francés, titulado _El mundo marcha_. Tenía los sesos revueltos y deslumbrados con sus grandes síntesis históricas, lo cual le ayudó no poco a soportar aquel golpe. Procuró, sin embargo, que su yerno no se enterase de la noticia. No tenía la misma confianza en la elevación de su espíritu y en la amplitud de sus miras. Algunos días estuvo oculta. Al cabo corrió por la población sin saber quién la trajera. Gonzalo, que todas las mañanas a primera hora iba por el Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan infame como hipócrita del _Joven Sarriense_. «Circula por la población la especie—decía—de que una señora, protagonista de cierto drama amoroso no ha mucho tiempo acaecido, se ha fugado en compañía de su amante del asilo donde su familia la había recluído. Sentiríamos que este rumor se confirmase por afectar directamente a personas muy conocidas y estimadas en la sociedad sarriense.»

Gonzalo sintió que algo que aún estaba por desgarrar se le desgarraba dentro del pecho. Dejó caer el papel. Sonriendo nerviosamente y con voz aguda y extraña, se dirigió a don Feliciano Gómez, que era la única persona que allí había:

—Ya sabrá usted que la z... de mi mujer se ha escapado con su chulo, ¿eh?

Don Feliciano le miró sorprendido. Aunque era hombre que entendía poco de sonrisas, al verle sonreir de aquel modo se sintió sobrecogido, y le contestó con tristeza:

—Sí, Gonzalito, sí. Ya sabía que todavía no habías pasado lo último... A la verdad, después de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte de sorpresa... Boto el freno, debías suponer dónde había de parar.

—¿Y a mí, qué?—exclamó el infeliz joven con la misma sonrisa, mostrando en todo su cuerpo una inquietud exagerada.—Que se escapa... ¡bueno!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya que ver con ella... ¡Ah! ¡si la ley me permitiera casarme!... No se pasaría un mes sin hacerlo... ¿Y por qué no, vamos a ver, y por qué no he de poder hacerlo?... En fin, si no me caso a perpetuidad, me casaré temporalmente... Tomaré por ahí una buena moza, ¿eh, don Feliciano? ¡y anda con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de profesión, mientras mi mujer lo es de afición...

Mientras pronunciaba estas feas palabras, daba vueltas por la estancia, se quitaba el sombrero, se encogía de hombros y hacía otros gestos extravagantes. Por último soltó una carcajada.

—Mira, Gonzalillo—le dijo don Feliciano.—Acabas de pasar una pelona... pero ya vendrán tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas con cachaza, mi queridín. Con disgustarse y criarse hiel en el estómago, ¿qué se consigue?... Aquí me tienes a mí. El mes pasado perdí un barco... Todo el mundo venía a consolarme creyendo que estaba desesperado. Yo les contestaba: Es verdad que perdí el _Juanito_; pero, y si hubiera perdido la _Carmen_, ¿no sería mucho peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, porque los dos estaban en la mar. Tú has sufrido un disgusto: bueno... pero tienes salud. ¿No sería peor que además te pusieras enfermo? Hay que pensarlo todo, mi queridín. La salud es lo primero... Tú come bien, echa buenos tragos, ¡y anda adelante! que lo demás ya se olvidará...

Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, dejando al bueno de don Feliciano con la palabra en la boca.

En casa se dió por enterado con don Rosendo de la fuga de Ventura. Contra lo que todos presumían, no le causó una impresión muy honda. Al contrario; desde aquel día señalóse en él una tendencia a animarse, y a participar del comercio social, que no dejó de sorprender en la población. Comenzó a visitar las casas de los amigos, a presentarse en el café, a pasear por las calles, a charlar, a discutir. No volvió a hablar de marcharse. Hasta, con gran pasmo de la villa, en uno de los bailes que se dieron en el Liceo, bailó toda la noche como un pollastre que por primera vez pisase el salón.

No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. Aquella animación de su cuñado era tan extemporánea, que más parecía un ataque de nervios. Sobre todo, la extraña sonrisa, parecida a una mueca, que no se le caía de los labios desde que leyera la gacetilla del _Joven Sarriense_, la hacía estremecerse en algunos momentos.

Y llegó lo que era natural. Tras de aquella insana excitación, vino, al cabo de algunos días, un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres sin salir de su cuarto, sin probar apenas manjar alguno de los que Cecilia le llevaba, y, lo que es aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con los ojos abiertos y extáticos, se pasaba horas y horas tendido en su lecho, mirando a las tinieblas. En la noche tercera, a eso de las tres, encendió luz, se vistió y se puso a escribir una larga carta a su tío. Después escribió otra con sobre a Cecilia. Cerradas y colocadas sobre la mesa en primer término, para que se vieran pronto, sacó un pitillo, lo encendió a la luz de la bujía, y comenzó a pasear por la habitación. Antes de concluir el cigarro lo arrojó. Abrió el cajón de la mesa, y sacó el revólver que allí guardaba. Al acercarlo a la luz vió que estaba descargado, lo que no dejó de sorprenderle. Tenía casi la certeza de haberlo cargado hacía un mes, poco más o menos. Buscó la cajita de las cápsulas y no la halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recordar que Cecilia le había visto con él en la mano, y una sonrisa dulce y triste se dibujó en sus labios. Fué a echar mano a las escopetas. Las encontró igualmente descargadas. Los cartuchos habían desaparecido de su sitio. Permaneció inmóvil y pensativo largo rato. Luego, como si despertara de un sueño, sacudió la cabeza y dejó escapar un suspiro. Se puso el sombrero, abrió la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al pasar por delante de la puerta del piso principal, pegó el oído a ella. Estuvo un momento escuchando, la faz demudada, los cabellos erizados. Había oído claramente la voz de su esposa que le llamaba desde adentro. Pasada la alucinación, siguió bajando, abrió la puerta exterior con la llave que colgaba del pasador, y salió a la calle.

Aun no había amanecido; pero en el Oriente parecía una tenue claridad precursora del día. La mañana estaba fresca. Caía del cielo un agua menudísima de niebla marina. Sin vacilar se dirigió al muelle. Subió al segundo paredón y miró a la mar, cuyo horizonte en aquel momento no era muy extenso, a causa de la niebla. Los días anteriores había soplado el noroeste, y la había encrespado y revuelto hasta el fondo. Grandes olas hinchadas venían de lejos extendiendo sus lomos gigantescos y se estrellaban con fragor contra la punta del Peón, escupiendo sus espumas a lo alto. Los ojos del joven tropezaron con un patache que trataba de entrar en el puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre las olas. Aquella entrada le interesó desde luego. Siguió todas las peripecias con viva atención, como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuarto de hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, sintió de nuevo la espuela de su pensamiento. Dió un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió adelante, rozando con su cintura el pretil del paredón. Al llegar a cierto paraje, una ola más fuerte que las demás le bañó enteramente con su espuma. Aquel inopinado baño le produjo grata impresión, le refrescó la piel. Estuvo esperando en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra con igual fuerza, pero no vino. Y emprendió de nuevo la marcha. Cuando estuvo en el extremo del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y contempló con sombría fijeza las olas que llegaban. Estaba en el mismo sitio donde, hacía algunos años, había tenido plática con su tío para darle cuenta de que abandonaba a Cecilia y contraía matrimonio con Ventura. Las palabras del viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en sus oídos. «Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios... El viaje es largo. La mar ancha y brava. Lo que ahora es bonanza, en un instante se convierte en marejada de leva.» «¡Qué razón tenía mí tío!»—pensó, sin apartar la vista del mar.

—¡Bah!—murmuró al cabo de algunos momentos—si cien veces me viera en ese caso, cien veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo a esa mujer en la sangre como un veneno, y sólo puede salir con la última gota.—Estuvo otro rato pensativo. El agua del mar que le había bañado, y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron hasta los huesos. La mañana se presentaba sucia, cenicienta. No era, no, aquella hermosa noche en que se había quedado también de bruces después de hablar con su tío. Entonces, la belleza esplendorosa del cielo, tachonado de estrellas, el limpio cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron un lenguaje de muerte, sí, pero dulce, recogido, íntimo. Era una voz amiga que le invitaba a reposar. Mas ahora lo que oía era un grito de desolación, una amenaza: «Vente, vente. La muerte es muy triste; pero la vida es más triste todavía.»

—Concluyamos—dijo levantando la cabeza. Avanzó el cuerpo; extendió los brazos. En aquel momento pensó que el instinto de conservación le haría nadar seguramente, y se detuvo. Miró a todas partes buscando algún peso. Sus ojos tropezaron con el áncora de un quechemarín que yacía allá abajo, en el primer muelle. Bajó por ella, cortó con la navaja un pedazo de maroma de una lancha, se la amarró, la alzó con sus brazos de atleta y subió la escalera como un gimnasta que quisiera dar muestra ante el público del enorme poder de sus músculos. Una vez arriba, se ató la cuerda al cuello. Se puso en pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se arrojó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella una grande brecha, que se cerró al instante. La mar profunda extinguió aquella chispa de vida, como tantas otras, con implacable indiferencia.

Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia el sitio gritando:

—¡Hombre al agua!

Otros tres o cuatro de las próximas embarcaciones le siguieron. En pocos minutos se formó un grupo de veinte o treinta en la punta del paredón.

—¿Quién era? ¿Le conocías?—preguntaban al que le había visto.

—Me parece que era don Gonzalo.

—¿El alcalde?

—Sí.

—Sería muy bien, sería muy bien... ¡Reterroías mujeres!

La nueva se esparció instantáneamente por la villa. Acudió al muelle una muchedumbre de gente. Dos hombres en una lancha recorrieron con un largo remo el fondo, sin dar con el cuerpo del desgraciado joven. Al cabo tropezaron con él. Se trajo un gancho, y tirando lo sacaron a flote en el mismo momento en que don Melchor, demudado, convulso, sin sombrero, llegaba al muelle, noticioso del terrible lance.

—¡Hijo de mi alma!—gritó el pobre anciano al ver sobre el agua el cadáver de su sobrino. Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en brazos de las personas que le acompañaban.

Extendieron el cuerpo del suicida sobre el muelle mientras llegaba el juzgado. Aquel espectáculo tenía profundamente impresionados a todos los circunstantes, entre los que se hallaban personas de los dos bandos rivales.

Después que llegó el juez y se instruyeron las debidas diligencias, colocaron en una camilla el cadáver, y lo transportaron a su casa, porque don Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. Fué una procesión tristísima al través de las calles de la villa. Los vecinos se asomaban a los balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en el semblante. Gonzalo gozaba de generales simpatías.

Don Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso ver el cadáver de su hijo político. Se encerró en su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta de terciopelo, que se trajesen de todas partes flores y coronas, y se preparase un entierro suntuoso.

Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que estaba avezada a hacer sobre su alma y su cuerpo, supo encerrar su pena en el fondo del corazón. Veíasela lívida, sí, pero tranquila, disponiendo por la casa lo necesario para recibir el cuerpo de su cuñado. Cuando llegó, ella misma ayudó a colocarlo en el sitio, después que se le hubo amortajado. Lo cubrió de flores, encendió los cirios, adornó la habitación con negros crespones. Después dispuso que velase el cadáver una hermana de la caridad en compañía de ella.

Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de rodillas. Cuando terminaron su rezo, Cecilia rogó a la monja que fuese a la cocina a dar orden para que se le hiciese te, porque estaba desfallecida.

En cuanto la monja salió, alzóse vivamente. Y sacando unas tijeras, cortó un mechón de cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocultó en el seno. Cortó después de los suyos otro, y temblorosa y agitada, lo metió entre las manos cruzadas del cadáver. Luego le contempló un instante. Y bajando la cabeza, cubrió de besos aquel rostro inanimado. Los primeros y los últimos que le daba.

La esposa, la única y verdadera esposa de aquel hombre, no pudo al fin resistir tanto dolor y rodó por el suelo sin conocimiento.

FIN

* * * * *

=OBRAS DE PALACIO VALDÉS=

=El señorito Octavio=.—Un tomo.

=Marta y María=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al ruso y al tchèque.

=El idilio de un enfermo=.—Un tomo. Traducida al francés y al tchèque.

=Aguas fuertes= (novelas y cuadros).—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco y al tchèque. Edición española con notas y vocabulario en inglés.

=José=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, al sueco, al tchèque y al portugués. Edición española con notas en inglés para el estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos de América.

=Riverita=—Un tomo. Traducida al francés.

=Maximina= (segunda parte de _Riverita_).—Un tomo. Traducida al inglés.

=El Cuarto Poder=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.

=La Hermana San Sulpicio=.—Un tomo. Traducida al francés, al inglés, al holandés y al sueco.

=La espuma=.—Un tomo. Traducida al inglés.

=La Fe=. Un tomo.—Traducida al francés, al inglés y al alemán.

=El Maestrante=.—Un tomo. Traducida al francés y al inglés.

=El origen del pensamiento=.—Un tomo. Traducida al francés y al inglés.

=Los majos de Cádiz=.—Un tomo. Traducida al holandés.

=La alegría del capitán Ribot=.—Un Tomo. Traducida al francés, al inglés, al holandés y al sueco. Edición española con notas y vocabulario en inglés.

=La aldea perdida=.—Un tomo.

=Tristán, o el pesimismo=.—Un tomo. Traducida al inglés.

=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo, Los novelistas españoles, Nuevo viaje al Parnaso_).—Un tomo.

=Papeles del doctor Angélico=.—Traducida al alemán.