El cuarto poder

Chapter 23

Chapter 234,056 wordsPublic domain

Lo que traía preocupados a tirios y troyanos a la sazón era la venida del duque de Tornos. El vigilante y prudentísimo don Rosendo había averiguado por medio de sus agentes de Madrid, que el duque de Tornos, conde de Buenavista, emparentado con la real familia, embajador que había sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, etc., etc., un personaje de mucho bulto en la corte y en la política, estaba decidido a pasar el verano en Sarrió para tomar los aires del mar, que le hacían mucha falta, con más sosiego que en San Sebastián o Biarritz. Saberlo Belinchón y escribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo uno. El Duque rehusó, como era natural, dándole gracias muy expresivas. Pero el buen don Rosendo que juzgaba un importantísimo triunfo la venida de tal personaje a su morada, y contaba con ayuda de él exterminar a sus contrarios, tanto insistió, valiéndose de toda clase de recomendaciones para conseguirlo, que el Duque concluyó por aceptar el ofrecimiento. Los del Camarote, que habían olfateado el asunto y les tenía con gran cuidado, obligaron a don Pedro Miranda a ofrecer también su casa, prometiendo abonar entre todos, los gastos que aquello le ocasionase. Pero el Duque ya estaba comprometido. No pudieron conseguir su propósito, aunque pusieron en juego bastantes influencias, lo que les llenó de ira y despecho, como acabamos de ver. Hay que advertir que el duque de Tornos pertenecía al partido moderado. Aunque en Sarrió ninguno de los dos bandos estaba bien definido en política, porque lo que les preocupaba era la lucha local, y se inclinaban siempre al partido vencedor, no cabía duda que en el Saloncillo predominaban los liberales, principiando por su eximio jefe. En el Camarote, los más eran retrógrados. La preferencia otorgada a los primeros era, pues, doblemente dolorosa.

Don Rosendo el año anterior había levantado un piso más a su casa. Lo que le decidió a aquella obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían pronto en la casa. Gonzalo hablaba de tomar otra; le faltaba independencia. Para que no se fuese, la aumentó su suegro de aquel modo. El piso entero fué destinado a la nueva familia. A fin de que estuviesen más independientes, la escalera no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mismo tiempo había una interior de caracol que facilitaba el servicio de un piso a otro. Gonzalo podía entrar y salir de su casa sin necesidad de cruzar por la de sus suegros. Comían todos juntos, sin embargo.

Pues cuando se supo la aceptación del duque de Tornos, se le destinó el cuarto entero del matrimonio joven. Este bajó de nuevo a ocupar sus antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo que estaba, y eso que estaba bien, pues Venturita había exagerado el lujo de la decoración. Pronto y con poco esfuerzo quedó convertido en una mansión digna del personaje que iba a albergar. En el Saloncillo se esperaba con ansia el telegrama del prohombre, anunciando su salida. El rostro de todos los tertulios expresaba gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que pronto podrían dar algunos golpes contundentes a sus adversarios. Estos andaban mohinos y recelosos, disimulando, no obstante, lo mejor que podían su despecho. Afectaban no conceder importancia a la venida del Duque. No faltó quien viniese a avisar en seguida a Belinchón de la _zurdada_ del alcalde respecto de la música. Estaba empezando a comer cuando recibió la noticia. Con admirable serenidad, que debían envidiar sus enemigos, concluyó el plato de sopa que tenía delante, se limpió los labios, bebió un trago de vino, volvió a limpiarse los labios, y levantándose acto continuo, salió sin decir palabra. Como todos los grandes caudillos de que nos habla la historia, don Rosendo no perdía jamás el aplomo. En los momentos críticos, como el presente, era cuando a él le asaltaban las grandes ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué al telégrafo y puso un parte al director de la orquesta de Lancia pidiéndole que viniese con ella a Sarrió y que señalase precio. El director contestó que llegarían a la noche.—«Perfectamente;—se dijo,—si la música no va a recibirle, al menos no se quedará sin serenata. ¡Y que rabien esos miserables!»

La llegada del duque de Tornos coincidía, como hemos visto, con la romería de San Antonio. La tarde estuvo como la mañana serena y alegre, sin pizca de calor; porque la brisa del Nordeste en Sarrió, como en todos los puertos del Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores del sol en los meses de estío. Las romerías pertenecían a todas las clases sociales, pero muy particularmente a los artesanos. Gracias a esto no habían perdido nada de su primitiva alegría y animación. Desde por la mañana, bien temprano, grupos numerosos de muchachas salían de los arrabales y cruzaban la villa para tomar la carretera de Lancia, vestidas todas con la clásica falda de merino, negra o de color, y el floreado mantón de Manila atado a la cintura, zapatos descotados, pendientes de perlas, y la hermosa cabeza, sencillamente peinada, al descubierto. Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas despertaban a los vecinos que aún yacían entre las sábanas, les hacían sonreir beatamente trayéndoles al recuerdo otros días de San Antonio cuando la juventud chispeaba también en sus ojos y en la copa de la vida aún no había caído ninguna gota de hiel. ¡Quién no recordaría en Sarrió alguno de aquellos viajes a la ermita en una mañana límpida y suave, con las piernas ligeras y el corazón mecido dulcemente en la esperanza de ver pronto al dueño adorado y pasar el día cerca de él! El rumor de aquellas niñas era un soplo de alegría que desde la calle subía a las casas, entraba por los balcones invitando a soltar por algunas horas el fardo pesado de los quehaceres, de la ambición, de la envidia, de todas las ruines pasiones que consumen la mísera existencia humana. Y seguirlas, seguirlas a gozar del ambiente puro de la mañana, del verdor de los campos, de la rica leche incomparable que se vende en torno de la ermita, del juego a las cuatro esquinas y la deleitosa gallina ciega, de las habaneras lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la Morana, y tal vez que otra, cuando no se tiene una figura despreciable y se dispone de largos bigotes retorcidos, de sus besos más dulces y regalados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, se entiende).

Pablito salió de madrugada acompañado de su fiel Piscis, montados en sendos caballos pujantes y amaestrados, trabajando unas veces del costado derecho, otras del izquierdo como era lógico. Para ir de esta suerte, no solamente había la razón de sus arraigadas inclinaciones, sino otra también muy atendible. El joven Belinchón hacía ya más de un año que no iba a las romerías y evitaba todo lo posible caminar a pie. Salía poco de casa, sobre todo de noche, procurando atravesar por las calles más céntricas, sin que por casualidad se le viese jamás solo. Tenía enemigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blonda y saladísima costurera, había jurado por todos los santos del Cielo clavarle un puñal en la espalda. La razón no necesitamos decirla. Después de haber tenido un hijo con ella, la había abandonado y volaba otra vez, cual libre y pintada mariposa, posándose ahora en una, ahora en otra flor. ¡Buen trabajo le había costado, o por mejor decir, buen miedo! Cuando supo el juramento de su amante, que no le cogió de sorpresa, pues conocía demasiado bien su temperamento, para evitar aquella dolorosa muerte prematura, mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes cantidades de dinero, recoger y educar a su hijo, y mantenerla a ella sin trabajar. La feroz costurera había rechazado con indignación todas las ofertas. Reiteraba, cada vez que un embajador iba a verla, su horrible y sanguinario juramento. Como es natural, al hermoso mancebo no le llegaba la camisa al cuerpo. Que se ponga cada cual en su caso. Hubiera dado el coche y los caballos por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que poseía, siempre que salía a la calle a pie, se entregaban, mira a un lado, mira otro, a un trabajo abrumador superior a sus fuerzas.

Pero con el tiempo, había ido adquiriendo alguna confianza. Valentina no salía apenas de casa. En romerías y bailes, después de su deshonra, no la había visto nadie. Pablito, que no la había tropezado todavía en la calle, se animó con los consejos de Piscis a ir a San Antonio. Montaron, pues, a caballo temprano, y se lanzaron por la anchurosa y empolvada carretera de Lancia sombreada un buen trecho a la salida de la villa, por grandes olmos. La vía era ascendente, aunque sin gran declive. A un lado y a otro, se extendía la risueña campiña de Sarrió, limitada por dos o tres términos de suaves colinas. Más lejos, descubríase la negra crestería de las montañas de Narcín, que se alzaban sobre el valle de Lancia, cubierto aún por la niebla. Volviendo la vista atrás, después de caminar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que la luz matinal hería de soslayo, haciendo brillar aquí y allá alguna blanca fachada. Detrás, la vasta llanura del mar, que con los rayos oblicuos del sol naciente, ofrecía un color blanco lechoso.

Los caballos de nuestros équites, orgullosos de su estampa elegante, de sus lomos relucientes y mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando nubes de polvo, felices por ostentar su recia musculatura a la luz de la mañana. Las jóvenes menestralas, que ascendían lentamente hacia la ermita, se impacientaban, chillaban, más por la suciedad del polvo, que por temor a los corceles, dirigían chufletas de peor o mejor gusto al inflexible Piscis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la contemplación de las patas del caballo, cuya alta dirección le estaba confiada.

—¡Uf, la carretera es poco para él!—Oye tú, fenómeno, no levantes tanto polvo.—A caballo parece algo; y es un perro sentado.—¡Si parece un duque!—No, mujer, vizcon...de!

Con Pablito no se metían. El bizarro joven ejercía el mismo dominio sobre las artesanas que sobre las damiselas de la villa. No sólo las fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, por su riqueza, sino también, y acaso principalmente, por sus conquistas. La muchedumbre de enamoradas que había tenido en todas las clases sociales, formaban en torno de su cabeza una aureola de gloria. Se murmuraba mucho de él entre las menestralas, con motivo del lance de Valentina, se le llamaba falso, traidor, bribón; pero todas ellas, hasta las mismas amigas de la víctima, le admiraban, le adoraban en secreto, y hubieran caído a pocos embates en sus brazos, por más que juraban y perjuraban que era bien tonta la que hacía caso de aquel _miquitrefe_.

Pablito caminaba serio, atento también a regir el brioso cuadrúpedo. De vez en cuando, no obstante, se dignaba sonreir ligerísimamente. Y este esbozo de sonrisa animaba tanto a las muchachas, que arremetían con más brío y gracia contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis.

A la media legua próximamente, había un gran prado llano y hermoso que la carretera partía por el medio. Allí se celebraba la romería por la tarde, con la gente que venía de la villa y la que regresaba de la ermita. Para ir a ésta, era necesario separarse en aquel punto de la carretera y tomar por callejuelas estrechas y pendientes, limitadas por toscas paredillas de piedra, cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto de legua, se desembocaba en la pequeña planicie de un montecillo, donde estaba situada. La vista desde allí era espléndida y regocijada como pocas. Descubríase una inmensa extensión de costa, no llana, sino ondulante, plantada de maíz en unos sitios, en otros de trigo, en la mayor parte de hierba solamente, cortada por la gran vía empolvada de Lancia, con su faja obscura de olmos gigantescos, a cuyo extremo parecía como una mancha blanca y roja la villa. La inmensa sábana azul del Océano, donde brillaban tres o cuatro velas como blancas gaviotas, cerraban el panorama.

Alrededor de la ermita, las mujerucas de los contornos, entre las cuales había más de una fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blancas mejillas satinadas, vendían leche en pucheritos de barro negro. Había también algunas mesas cubiertas con manteles, donde se exhibían bizcochos y otros confites de remota antigüedad. La gracia de aquella romería estribaba en tomar leche por la mañana en la ermita, jugar luego con los pucheros y romperlos al fin, haciéndolos rodar por el monte abajo. Se comía a las doce el fiambre que se llevaba. Después se venía hacia el prado de los nogales o Nozaleda, donde todos se reunían. Pablito no infringió un ápice el programa. Compró más de una docena de pucheros de leche y gran cantidad de bizcochos, con que obsequió a sus conocidas. Luego retozó con ellas largamente, haciendo rodar a varias por el prado y tirándose él mismo en medio del entusiasmo general. A la sazón, estaba «poniendo los puntos» a una morena muy agraciada, hija del sereno Maroto, que vendía pescado en la plaza y se llamaba Ramona, la misma a quien tal vez recuerde el lector que Periquito había dicho en la cazuela del teatro:—«Ramona, te amo»—con gran regocijo de Piscis y Pablo. Cuando llegó la hora de venir a la Nozaleda, se empeñó en llevarla a caballo delante de él. La moza se resistió un poco, pero al fin cedió, ¡no había de ceder! El joven entró con ella por medio de la romería entre los aplausos y ¡hurras! de sus amigos y las murmuraciones de las jóvenes, que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio de dejarse arrebatar de aquella gentil manera el día que al bello sultán se le antojase.

A las tres, la Nozaleda estaba poblada de romeros. El vasto prado parecía una alfombra de fondo verde. Los pañuelos de las mujeres, blancos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, llameando a la luz del sol, formaban sobre aquel fondo un dibujo movible de brillantes colores. La carretera mandaba de Sarrió a cada instante nuevos pelotones de gente, que se diseminaban por el prado a entrambos lados. Escuchábase un rumor confuso como el de las olas del mar a cierta distancia, sobre el cual saltaba el agudo son de la gaita, y el repiqueteo sordo y monótono del tambor. Algunas tiendas de campaña, donde, sobre mesas portátiles de tabla, yacían los hinchados odres, como víctimas preparadas al sacrificio, estaban rodeadas por numerosos grupos de hombres. En otro más numeroso, de ambos sexos, hacia el medio, se bailaba al uso del país, sonando las castañetas con las _mudanzas_ peculiares de aquella región. Aquel baile duraba cinco o seis horas sin reposo alguno. Se sudaba copiosamente, ¡pero cansarse! los hombres alguna vez, las mujeres nunca. Los que así bailaban eran aldeanos, los habitantes de los contornos que, llegada la noche, se volvían a sus casas por los atajos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrió formaban giraldillas, donde se cantaba a grito herido, abriéndose y cerrándose sucesivamente, dejando en el medio ora un grupo de hombres, ora de mujeres. Los señoritos, en relación con aquellas jóvenes por los bailes de las Escuelas, acostumbrados ya al dulce, no querían perder su derecho de monopolio ni aun al aire libre; entraban también en ellas, bailando sin garbo, con los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles. Entonces los artesanos se salían y marchaban un poco más lejos a bailar con aquellas que, desdeñadas por los caballeros, o de temperamento más bravío, los seguían, arrojando miradas torvas de desafío al coro principal.

Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde el baile de sociedad. Don Mateo, buscando medio de substituir a la orquesta, había dado con un arpista y un violín italianos, y los subvencionó, de su bolsillo particular, para que tocasen. Y allá, en un extremo del prado, bajo un inmenso nogal de la cinta que lo circundaba, una docena de parejas estrechamente abrazadas, daban vueltas parsimoniosas al compás de dulzona habanera, rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las señoritas solían presenciar con risita despreciativa aquel baile que imitaba toscamente los suyos, doliéndose en su interior de que jóvenes tan finos se abrazasen «a aquellas tarascas». Sin embargo, cuando alguno las invitaba, después de resistirse un poco, reir a carcajadas, ruborizarse y hacer buena porción de monerías para atestiguar que sólo se rebajaban a aquello por pura condescendencia, solían agarrarse firme al brazo de su bromista amigo y tardaban en soltarlo.

Gonzalo había venido a pie a la romería con Cecilia, la niña mayor y la niñera. Y como el camino era largo y pendiente, porque ésta no se cansase tanto, había traído a su hija en brazos casi todo el tiempo. Ventura odiaba las romerías. Además, su padre había llevado el carruaje a esperar al duque de Tornos, y pensar en que anduviese a pie media legua, era una monstruosidad. Doña Paula tampoco podía venir. Hacía tiempo que estaba delicada. Los médicos creían que su malestar y decaimiento procedían de algún trastorno en la circulación, una afección cardíaca, que podía con el tiempo ofrecer caracteres graves, aunque por entonces no los presentase. Cecilia había querido durante el viaje ayudar a su cuñado a soportar el fardo. Este se había reído:

—Calla, Huesitos, calla—así la llamaba familiarmente.—¡Ten cuidado no me obligues a llevarte a ti también!

Y así que llegaron, como marido y mujer comenzaron a vagar por el gran prado, deteniéndose a cada instante para saludar a los amigos con quien tropezaban. Compraron dulces para la niña, estuvieron un rato viendo bailar al son de la gaita; después se pararon delante de la giraldilla; por último, se fueron a donde sonaba el violín y el arpa, y tuvieron ocasión de ver entre las parejas a su hermano Pablo estrechando la cintura de la hermosa Ramona. Por cierto que, al advertir su presencia, el bizarro joven se inmutó un tanto. Aprovechando una de las vueltas para pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo:

—¿Está ahí mamá?

Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó.

La niña se cansó pronto de aquel espectáculo. Quiso ir de nuevo a ver el baile de los aldeanos. Desde allí, saltando otra vez a la carretera, entraron en la romería que quedaba del otro lado. Fué gran ventura para ellos. Porque a los pocos momentos acaeció en el sitio que habían dejado, una escena espeluznante, terrorífica, digna de una tragedia romántica.

Hallábase Pablito bailando con su morena, sereno, feliz, procurando acortar distancias todo lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre sonrosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no tanto por el movimiento como por el amor que poco a poco, a impulso de las cadencias lánguidas de la habanera se había ido apoderando de su ser. Ramona, encendida también como una amapola, apoyaba la barba adornada por los lados con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hombro. Ramona vió de pronto con horror un rostro pálido donde brillaban dos ojos airados de loco. Pablito escuchó detrás una voz estridente que gritaba:

—¡Toma, bribón!

Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo en la espalda. Volvióse rápidamente. Vió el semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la cual blandía en la mano derecha un arma.

El joven comprendió que estaba herido de muerte. Se dejó caer al suelo con señales cadavéricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe de gente acudió a levantarle, mientras otro sujetaba a la costurera. Al conducirle a la casita próxima de un aldeano, Pablo creyó escuchar confusamente los gritos de Valentina, que intentaba desasirse de los que la tenían, para rematarle, sin duda.

La noticia se extendió por la romería. Mucha gente acudió corriendo al teatro del suceso. Cecilia y Gonzalo, que vieron el movimiento, quisieron enterarse. Un amigo, conocedor de la verdad, les dijo que se trataba de una reyerta entre aldeanos, y procuró llevarlos más lejos todavía.

Mientras tanto, el médico de un concejo inmediato, que allí estaba, fué avisado para que viniese a curar al herido. Era un joven recién salido de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle de la chaqueta, cortándosela por la espalda; después hizo lo mismo con el chaleco y la camisa. Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo retener una carcajada:

—¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay nada.

En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la costurera se había valido para asesinar a su pérfido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la camisa y la camiseta. En cuanto a la carne aborrecida del seductor, había quedado enteramente incólume.

No poco se alegró éste de volver al gremio de los seres vivos. Después que el ama de la casa le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió con el gabán del médico, mientras Piscis iba a buscar los caballos, salió por los prados de atrás para no ser visto, tanto por la vergüenza que le daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como porque creyó escuchar a Valentina, mientras iba con las ansias de la muerte, ciertas palabras pesadas. Si mal no recordaba (y podía recordar mal, dado su desvanecimiento), la costurera decía gritando cuando le llevaban entre cuatro:

—¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, no faltará quien te mate!

Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un des-conocido, que no quiso detenerse un minuto más en la romería. En cuanto salió a la carretera, donde le esperaba Piscis, montó a caballo, y se trasladó en un credo a la villa.

El sol se estaba poniendo. Alguna gente comenzaba a dejar la romería, cuando ésta fué violentamente conmovida por el escape de seis u ocho coches que llegaban de Lancia a la carrera. Era el duque de Tomos con su séquito. En una carretela abierta venía él con su secretario y el gran patricio don Rosendo. En el coche de éste venían don Rufo, Alvaro Peña y dos señores de Lancia. Y acomodados en los otros, don Feliciano, don Rudesindo, Navarro, don Jerónimo de la Fuente y algunos varones más de los que seguían la bandera del glorioso Belinchón. Al llegar al medio de la Nozaleda, el Duque mandó hacer alto sorprendido de ver aquella muchedumbre abigarrada ocupando la extensa llanura del prado.

Era un hombre de unos cuarenta y seis años. Las mejillas flácidas, de color pálido terroso, el labio inferior un poco caído, expresando desdén y cansancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidriosos como los de un besugo muerto, con los párpados ordinariamente caídos, expresando igualmente el hastío. En uno de ellos traía un cristal o _monocle_ hábilmente sujeto, que daba a su fisonomía un aspecto excesivamente impertinente y repulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con las puntas engomadas. Vestía con elegancia que no se ve jamás en provincia, esto es, con cierta originalidad caprichosa de los que no siguen las modas, sino que las imponen. Sombrero blanco de alas estrechísimas, americana que parecía hecha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes de color lila, y en vez de corbata un pañuelo blanco en forma de chalina, con una gruesa perla clavada.

—¡Precioso, precioso!—dijo al contemplar aquel pintoresco cuadro, levantando con trabajo los párpados. La voz era cascada y la pronunciación lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudiendo en su palco del teatro Real los trinos de una prima donna.

Don Rosendo se apresuró a darle noticias de la romería. Le mostró con la mano el cerro de la ermita, que se veía a lo lejos. Después le fué señalando, para que se fijase en ellos, los distintos grupos donde se bailaba: «Vea usted, señor Duque; allí se baila al son de la gaita y el tambor. Es el baile característico del país, en el campo, se entiende. Aquéllas son las giraldillas, donde bailan cantando las muchachas de la villa. Allí se bebe. Aquéllas son las mesas donde se venden confites. Debajo de aquel nogal se están bailando habaneras... Mire usted, mire usted, señor Duque, la clásica danza de nuestra tierra; los hombres a un lado, las mujeres a otro. Con ese vaivén monótono están horas y horas cantando las antiguas baladas... Es un baile casto, no lo negará usted...

—¡Precioso, precioso!—repetía el Duque con su acento arrastrado, enfilando el _monocle_ principalmente a las giraldillas.