Chapter 22
—¿Cómo es eso?—preguntó don Mateo incorporándose en el lecho en que aun yacía, y echando mano a las gafas que tenía sobre la mesa de noche..—¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir?
—No lo sé. Así me lo ha enviado a decir por Próspero.
—¿Pero a él qué le importa que la música vaya a San Antonio?—profirió con acento irritado.
—Creo que es porque hoy llega un señor a casa de don Rosendo... y como la carretera atraviesa la romería...
—Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tiene que ver?... ¡Vamos, están locos!... Mira, déjame un momento; voy a vestirme, y veré a Maza. Creo que lo arreglaremos. Déjame.
Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con más premura de lo que pudiera esperarse de sus años y achaques, aderezóse don Mateo para salir. Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, en la iglesia. Pidió el desayuno.
—No puedo dárselo, señor. La señora se ha llevado las llaves, y no hay chocolate fuera.
—¡Siempre lo mismo!—murmuró el anciano, no tan enojado como debiera.—Yo no sé por qué esa mujer no deja fuera al marcharse lo que hace falta... Es verdad que, por regla general, me levanto tarde; pero puede haber un negocio urgente como ahora...
—¿Quiere que vaya a pedir una onza de chocolate a la vecina?
—No, no hace falta. Estoy seguro de que Matilde se enfadaría. ¿No hay por ahí nada que comer?
La criada tardó unos segundos en contestar.
—No, señor, me parece que no hay nada. Ya sabe que la señora...
—Sí, sí, ya sé.
Don Mateo fué al comedor y comenzó a escudriñar los tiradores. Nada; no había más que los utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el sacacorchos. Al través de los cristales del armario vió algunas pastillas de chocolate y una bandeja de bizcochos.
—¡Caramba, si diera alguna llave!
Y sacando las suyas comenzó a introducirlas en la cerradura. Las pruebas no tuvieron buen éxito.
Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas con impaciencia, se puso el sombrero, cogió su cayado y dijo emprendiendo la marcha:
—Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy.
Pero antes de llegar a la puerta se volvió, y algo acortado preguntó a la doméstica:
—¿Hay pan por ahí?
—No ha venido aún la panadera. Si quiere de lo mío...—respondió la muchacha sonriendo.
—Bueno; a ver ese pan tuyo.
Se fué a la cocina. La criada levantó la tapa de la masera, y don Mateo sacó un medio pan de centeno, bastante negro.
—Este pan moreno en otro tiempo no me disgustaba—dijo cortando un pedazo.—¡Viva la gente morena!—añadió paseando por la boca un bocado de miga, pues con la corteza hacía años que no se atrevía.
La criada se reía sorprendida de aquel buen humor.
—Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera que ya está un poco duro...
Se sacudió las migajas con la mano, volvió a arreglarse las gafas y después de beber un trago de agua porque también el vino estaba cerrado, se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj del edificio señalaba las diez. Atravesó el soportal de arcos, subió la vasta escalera de piedra y al llegar a los corredores donde había más de un dedo de polvo sobre el entarimado, preguntó a Marcones, que le salió al encuentro, por don Gabino.
—El señor alcalde está en sesión.
—¿En sesión? ¡Diablo, a qué hora tan rara!
En efecto, por lo rara se había señalado.
Dos años habían transcurrido desde el fallecimiento de don Roque. Los del Saloncillo, que habían entrado en el ayuntamiento como triunfadores y tuvieron por alcalde a don Rufo, más de año y medio, a la hora presente padecían las amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en la corporación municipal, aunque escasa. Pero los del Camarote se habían arreglado en Madrid de tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde a Gabino Maza. Decíase que esto se debía al pasteleo repugnante de Rojas Salcedo. Advirtiendo éste en las últimas elecciones municipales bastante progreso en las fuerzas de los del Camarote, se había inclinado de su lado. No hay para qué decir la tempestad de odios y amenazas que contra él se levantó por tal motivo entre los partidarios de don Rosendo.
Se había entablado una lucha feroz. Cada sesión del ayuntamiento era un escándalo. Los de Maza habían hecho procesar a la corporación saliente, por dilapidación de fondos: tenían al juez de primera instancia por suyo. Los de Belinchón contaban con que en la Audiencia les harían justicia. Mas por aquello que dicen que dijo Dios: _ayúdate y ayudaréte_, se ponían en juego poderosas influencias para conseguirlo. Cartas iban y venían de Madrid. Los del Camarote no se descuidaban tampoco para estorbarlo. Maza deslomaba a sus contrarios con la vara de la justicia. Como la mayoría de don Rosendo era sólo de dos votos, urdía tramas admirables para arrancárselos. Unas veces convocaba a sesión extraordinaria a horas en que a alguno de ellos le fuera imposible asistir; otras, mandaba recados fingidos a ciertos concejales, anunciándoles que se había suspendido; otras; en el momento de ponerse a votación cualquier asunto, lo hacía con palabras ambiguas de acuerdo con sus amigos, para que los de don Rosendo se confundiesen y votasen contra sí mismos, como sucedió en más de una ocasión. En más de una también, dejó cerrados en la secretaría a algunos concejales llevándose la llave. Después que los padres del municipio se hartaban de gritar y dar golpes a la puerta, venía un alguacil a abrirles; pero ya se había efectuado la votación. Gracias a estas y otras tretas, a las arbitrariedades sin cuento que cometía, vengábase el bilioso ex marino de sus enemigos, que era un primor. Su táctica consistía en atacarlos donde más les dolía; esto es, en sus bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había una o más casas de cualquier socio del Saloncillo y ninguna de sus amigos, hacía que el arquitecto municipal variase la rasante, dejándola más baja. De esta suerte se descubrían los cimientos de las casas y corrían riesgo de venir al suelo, además de la molestia consiguiente de poner escaleras para subir al portal. A los pocos meses de ser alcalde, había más de veinte casas en Sarrió con los cimientos al aire. Otras veces, hacía subir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se inundasen. Como es natural, tales picardías despertaban fuerte clamoreo en los partidarios de Belinchón, rabiosas diatribas por parte del _Faro_, y tumultos sin cuento en las sesiones municipales. Pero a Maza se le daba por todo una higa. Seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, escuchando con sonrisa cruel las quejas de sus víctimas, contestando con sarcasmos feroces a los discursos de los oradores del bando contrario.
Marcones introdujo a don Mateo en una sala contigua al salón de sesiones. La tribuna destinada al público era demasiado asquerosa para entrar en ella una persona decente. Además, le interesaban muy poco las peleas de aquellos gallos ingleses. En la misma sala estaban sentados departiendo amigablemente los dos notarios de la población, don Víctor Varela y Sanjurjo. El uno era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con enorme peluca, tan groseramente fabricada, que parecía de esparto; el otro, un hombre de media edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de nacimiento. Saludóles nuestro anciano como antiguos amigos, a quienes se ve todos los días. A nadie en el radio de la villa dejaba de saludar don Mateo.
—¿Esperando que termine la sesión, eh?
—Sí, señor—respondió uno con sequedad y reserva que quitó al anciano el deseo de entrar en más averiguaciones.
Buscó otra conversación, la que más podía complacer a los depositarios de la fe pública; la caza. Los dos eran crueles perseguidores de las codornices, peguetas y chochas; pero mucho más terribles y empedernidos aún de las liebres. Apenas venían algunos días despejados, estos veloces o inocentes animales tenían que sufrir una violenta persecución por parte del gremio notarial, activamente secundado por media docena de galgos que, para que mejor corriesen, se les dejaba morir de hambre.
Hablar de las liebres, era para don Víctor y Sanjurjo la antesala del Cielo. Levantarlas con las varas, metidos en la maleza hasta la cintura, el Cielo mismo.
—¡Qué lástima de día!—exclamó don Víctor dando un suspiro y mirando al cielo por los cristales del balcón, llenos de polvo.
—Verdad—contestó Sanjurjo, dando otro suspiro.—Sin embargo, la tierra de Maribona puede que esté un poco blanda; llovió bastante estos días.
—¡Qué ha de estar!—profirió don Mateo.—Ahora en el verano pronto se seca. Además, toda aquella región es caliza y absorbe el agua fácilmente.
Los notarios le miraron con enternecimiento.
—Me ha dicho Pepe la Esguila—prosiguió—que los paisanos han visto saltar las liebres estos días en Ladreda.
—Ya lo sabemos,—dijo Sanjurjo.—Hoy, si no fuera por un quehacer que nos ha salido, hubiéramos ido a allá.
Al mismo tiempo hacía un signo de inteligencia a don Víctor.
—Pues Pepe debió de irse esta mañana con Fermo. Eso me dijeron al menos ayer noche.
Los notarios se miraron consternados.
—¡Qué le decía yo a usted, Sanjurjo!—exclamó don Víctor.
—Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; alguna dejarán... Mañana iremos usted y yo, don Víctor.
Pero la noticia les había puesto tristes. Guardaron silencio obstinado. Dentro del salón se oían voces descompasadas, fuertes rumores. Alguna vez sonaba el agudo repique de la campanilla presidencial, llamando al orden.
Don Mateo, pesaroso de no haber acertado aquella vez a animar la conversación, la estableció de nuevo, encarándose con Sanjurjo.
—Hombre, parece mentira que usted con su defecto en la pierna, pueda dedicarse a la caza.
—¿Quién? ¿éste? Ahí donde usted le ve, corre como un galgo—exclamó don Víctor con cariñoso entusiasmo.—En cuanto se pone sobre la pista de la liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso de la cojera lo ha inventado él para llamar la atención. Tan cojo es, como usted y como yo.
—¡Si usted me lo hiciera bueno!—profirió Sanjurjo, sonriendo con resignación.
Aquel toque de broma, les puso alegres. Don Víctor contaba las proezas de su compañero en diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se había puesto en cuatro patas: era una exhalación.—¿Cómo?—preguntaba don Mateo asombrado,—¿en cuatro patas?—Lo que usted oye. Sanjurjo se reía a carcajadas, afirmando que había aprendido a correr así de niño, cuando su cojera era más pronunciada y no podía competir con los compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería de don Víctor, un tumbón que registraba hasta la más pequeña hierba por no ir adelante y cansarse. Don Víctor reía también, sosteniendo que no se levantaban liebres con las piernas, sino con los ojos. ¡Cuántas veces aquella obstinación suya había dado al fin resultado!—¿Se acuerda usted de aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando me dejó solo cerca de Arceanes? ¿Quién levantó la liebre, usted que se fué con viento fresco, o yo que me quedé hurga que hurga por las matas?
La conversación se iba calentando con gran satisfacción de don Mateo que no podía ver a nadie triste a su lado. Cuando más embebidos se hallaban en ella, sin hacer caso bendito de los gritos y campanillazos que sonaban detrás de la puerta, ábrese ésta con estrépito y aparece la majestuosa figura de don Rosendo Belinchón, en un estado de trastorno difícil de pintar, los cabellos revueltos, algunos de ellos pegados a la frente por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos vidriosos, el nudo de la corbata en el cogote.
—¡Sanjurjo!... ¡Sanjurjo, venga usted!—dijo con voz alterada, sin saludar, sin ver siquiera a don Mateo.
El notario se levantó tranquilamente y entró en el salón con él. Don Víctor no hizo alusión ninguna a aquella repentina marcha. Quedó departiendo amigablemente sobre lo mismo que estaban hablando con don Mateo, el cual, aunque un poco sorprendido, no se atrevía a preguntar nada. Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró la puerta tras sí, y vino a sentarse con el mismo sosiego al lado de ellos, continuando su interrumpida conversación. Pero no se pasaron muchos minutos sin que de nuevo se abriese la puerta con ruido, apareciendo esta vez la persona rechoncha de don Pedro Miranda en estado igualmente de descomposición.
—¡Don Víctor, don Víctor, entre usted!
Tampoco saludó, ni vió siquiera a don Mateo. El notario se levantó gravemente y le siguió.
—¿Qué diablo significa esto?—preguntó don Mateo a Sanjurjo, después que se hubo cerrado la puerta.
Este hizo un vago ademán de desprecio levantando los hombros.
—¡Qué tonterías!—gruñó don Mateo.—¡Belinchón y Miranda, que en su vida se metieron en estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro!
Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. La lucha enconadísima que uno y otro bando sostenían en todos los terrenos donde podían, era más empeñada ahora en la corporación municipal que en ningún sitio. La tiranía de Maza irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de don Rosendo, que apelaban a todos los medios imaginables para contrarrestarla. A todo trance querían procesarle por abuso de facultades. Para ello Belinchón había tomado a su servicio al notario Sanjurjo, que constantemente le acompañaba a las sesiones, levantaba actas y más actas de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban al juzgado y allí se estancaban gracias a la mala voluntad del juez. Los del Camarote oponían notario a notario, actas a actas, quejándose de la insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, en asuntos que no eran de su competencia.
Cuando terminó la sesión, don Mateo fué introducido en el despacho del alcalde. Estaba tomando una limonada purgante. Cada pocos días necesitaba uno de estos brebajes para desalojar la bilis que se le acumulaba en el estómago. Aquella lucha diaria desde hacía tres años le había echado a perder el estómago. Estaba aún agitado, convulso. Su risita sardónica de las sesiones, la calma despreciativa con que afectaba escuchar los discursos de sus contrarios, era pura comedia. Allá por dentro, la cólera le carcomía las entrañas, se le mezclaba a la sangre. ¡Cuánto trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de ira que a cada paso le acometían!
Dos de sus amigos comentaban la sesión, mientras él, silencioso, lívido, con sus eternas ojeras más pronunciadas aún, revolvía el líquido con una cucharilla. Don Mateo, como una de las poquísimas personas que permanecían neutrales en Sarrió, fué recibido con franqueza y agasajo.
—Siéntese usted, don Mateo. ¿Qué trae de bueno por aquí?
El anciano manifestó que venía a saber si era cierta la amenaza de suprimir la subvención de la banda en el caso de que fuese aquella tarde a la romería de San Antonio. El rostro de Maza se nubló. Era muy cierto. Que no contasen con socorro alguno del ayuntamiento si aquella tarde sacaban los instrumentos de la Academia... Don Mateo preguntó: ¿qué motivo?... Maza, después de rechinar los dientes como introducción, manifestó que no quería contribuir a solemnizar la entrada del personaje que iba a llegar por la tarde y se alojaba en casa de Belinchón.
—Sería capaz don Quijote de darse tono haciendo pensar a su huésped que la había llevado él para obsequiarle.
—Pero, Gabino, si todos los años ha ido. Nadie puede creer ni pensar semejante cosa. Considera que es la romería más importante del pueblo. Sería muy triste que las chicas no bailasen y se divirtiesen por una pequeñez como ésa.
—Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo siento mucho. Si quieren ir que vayan; pero ya saben a qué atenerse.
Fué imposible hacerle variar de resolución. Don Mateo rogó primero, se enfureció después, y con el derecho que le daban sus años y las nobles intenciones que siempre le animaban, y de las cuales nadie dudaba en la villa, dijo cuatro frescas a Maza y a los dos concejales que allí estaban presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enojaron. Uno llegó a decirle:
—Acaso tenga usted razón, don Mateo; pero, ¿qué quiere usted? La lucha es lucha. Está interesado nuestro amor propio, y hay que aplastar a esos canallas, o que ellos nos aplasten.
El anciano salió de las consistoriales más triste que enojado. En los tres años últimos eran incalculables los desaires y desabrimientos de este género que había padecido. A nadie encontraba ya propicio para secundar sus proyectos de recreo. En vano redoblaba su actividad para traer al teatro compañías de verso o zarzuela. Todas quebraban al poco tiempo. Porque predominando en las funciones el elemento del Saloncillo, ya se sabía que los del Camarote se retiraban, y viceversa. Y como para que el teatro se sostuviese era preciso el concurso de todos, el resultado era que los cómicos se escapaban siempre muertos de hambre. Lo primero que le preguntaban a don Mateo en las casas cuando iba a suplicar que se abonasen, era:—¿Se han abonado Fulano, Mengano y Zutano?—Si contestaba afirmativamente, ya se sabía lo que le decían:—Pues no cuente usted con nosotros.—Nuestro buen señor apelaba últimamente al engaño para comprometerlos; mas los enconados vecinos olían en seguida el torrezno, y aplazaban su contestación para después que se enterasen de «qué gente había». Y si esto pasaba en el arte dramático, ¿qué no sucedería con las notabilidades que en aquel lapso de tiempo habían posado su vuelo en la villa? Un famoso violinista, otro que tocaba un instrumento de madera y paja admirablemente, cuatro hermanos campanólogos, un moro que mostraba dos vacas sabias, un doctor inglés que traía un microscopio, el célebre gigante chino, una foca marina que decía _papá_ y _mamá_, etc. A todos había protegido don Mateo. Pero su activa campaña de propaganda no les valió gran cosa. Todos los monstruos, tanto españoles como extranjeros, conocían de oídas a nuestro retirado coronel, y en cuanto ponían el pie en Sarrió, a su casa iban a llamar. El los acompañaba a ver al alcalde, los presentaba en el Saloncillo, los recomendaba al propietario del almacén donde pensaban exhibirse, y casi siempre encabezaba la suscripción para pagarles el viaje. En otro tiempo no se marchaba uno de la villa que no fuese contento y gordo. ¡Pero ahora! Ahora no estaba la Magdalena para tafetanes, según le respondían algunos.
El lugarteniente de don Mateo en todos los festejos era Severino, el de la tienda de quincalla. No había en la provincia quien le aventajase en fabricar globos elegantes, vistosos y bien proporcionados para que subieran sin dar tumbos. Tampoco en el arte difícil de levantar arcos de ramaje con transparentes para la noche, ni en disparar cohetes velozmente y a plomo. Pues bien; este ingeniosísimo varón, que tanto había regocijado a la villa con sus peregrinas invenciones, hacía ya mucho tiempo que permanecía inactivo. Cuando alguna vez le decía don Mateo, que pasaba siempre en su tienda algunas horas:
—Severino, ¿vamos a preparar algo para la víspera de San Antonio?
—¡Para qué, don Mateo, para qué!—respondía el tendero con desaliento.
—Una iluminacioncita de doscientos faroles nada más, un globo y algunos cohetes.
—¿Quiere usted que nos cueste a nosotros el dinero como la fiesta de Santa Engracia?
—Acaso los indianos suelten esta vez algo—murmuraba don Mateo.
—Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que no los conozca! ¡Soltar! ¿Qué han de soltar esos guanajos si no...?
Unos y otros eran injustos con los indianos. Estos se mantenían en neutralidad absoluta, asombrados de que, hombres acaudalados como Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto por cosas que no atañían a sus negocios particulares. Aquel puñado de personas sosegadas, en medio de la lucha feroz con que se agitaba la villa, semejaría el coro de las tragedias griegas, si no fuese porque éste sentíase conmovido por las desgracias o prosperidades de los héroes, se alegraba y se entristecía. Los indianos de Sarrió permanecían por entero indiferentes, adormecidos por aquella vida holgazana y metódica en que el recuerdo de sus trabajos y penalidades de América les llenaba algunas veces de horror, y hacía más amable todavía su situación actual. ¡Qué les importaban a ellos las votaciones del ayuntamiento, las perrerías que _El Faro_ y _El Joven Sarriense_ se lanzaban, ni los chismes que sin cesar traían conmovida a la villa! Mientras les dejasen dar vueltas por la mañana en la punta del Peón (y no había peligro de que nadie se lo estorbase), jugar al billar o al tresillo después de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla a la tarde por los pintorescos contornos, lo demás no significaba nada. Tan sin cuidado les tenía, que sólo por rara casualidad, cuando estaban juntos, hablaban de los episodios de la lucha. Lo único que conseguía turbarles eran los telegramas noticiando el alza y baja de los fondos públicos, donde tenían invertido su capital. Por lo demás, eran ciudadanos modelo: no ofendían a nadie; comían lo que era suyo y habían trabajado con sus manos. Que no daban dinero para las funciones y holgorios. Esto no puede considerarse como un cargo grave. Ellos no veían la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía apetecer en el mundo que vivir en un clima benigno, comer, pasear, dormir tranquilamente las horas que a uno se le antojaran! Además, habían hecho un beneficio al pueblo, conduciendo al altar a una porción de señoritas de veinticinco a treinta, que, sin este inesperado socorro, se hubieran ido desecando tristemente. Ahora eran casi todas esposas obesas y tranquilas, madres de familia felices, rigiendo una casa bien abastecida.
Aunque antipáticos a los dos bandos, los indianos eran los únicos que se salvaban en aquel tiroteo incesante de los periódicos. Se contentaban con murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de plata; pero no se atrevían a aludirlos públicamente. No había razón para ello. Y eso que en Sarrió en el transcurso de tres años, se había alcanzado aquel grado de perfección con que don Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida privada. Los actos de los vecinos, aun los de índole más íntima y secreta, salían a luz en la prensa, se comentaban, se censuraban, se ponían en ridículo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su hogar. Si cruzaba con su mujer algunas palabras malsonantes, si castigaba con más o menos severidad a sus hijos, si andaba apurado de dinero, si salía por la noche a picos pardos, si se le atragantaban las _ces_ en medio de dicción, diciendo _reto y pato_, en vez de recto y pacto, si comía con los dedos o se sonaba con ruido. De todos estos interesantes pormenores, daban cuenta al público _El Faro_ y _El Joven Sarriense_, unas veces directamente, otras por medio de los famosos cuentos orientales ya mencionados.
Desde el ayuntamiento, don Mateo se fué al local de la Academia, donde le aguardaba el señor Anselmo, y le ordenó prudentemente que no saliese con la banda aquella tarde. A fuerza de transacciones y equilibrios, había conseguido hasta entonces sostenerla lo mismo que el Liceo. En éste, por supuesto, ni había representaciones teatrales ya, ni se bailaba sino en días señalados, como el de las Candelas, los de Carnaval y el de Santa Engracia. Pero don Mateo, a fuerza de actividad y diplomacia, había logrado que la mayoría de los socios siguiesen pagando las dos pesetas mensuales de la suscripción. Todas las demás instituciones de recreo en que la villa era tan rica, habían desaparecido.