Chapter 21
En aquel momento se acercaban los testigos. Al ver la escena se pararon sorprendidos. Mostráronse alegres de tal solución en apariencia, pero cada cual se separó por su lado, y aquella tarde en el Saloncillo Peña reprendió ásperamente a don Feliciano por su conducta. Llegó a afirmar que le había puesto en ridículo y que si no fuese porque se trataba de un amigo antiguo y persona de más edad que él, «le exigiría una jeparación».
—¡Una reparación!—exclamó el óptimo don Feliciano.—¡Qué más da que la exigieras, rapaz!
—¿Se negaría usted a batijse conmigo?—preguntó el ayudante con su voz campanuda.
—¿A qué habíamos de batirnos?
—A lo que usted quiera.
—Yo, a bailar un tango o una guaracha, mi queridín—respondió, y diciendo y haciendo comenzó a saltar por la sala dando las castañetas hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire la piedra de lavar que tenía por cabeza. Los socios se tiraban por los divanes, de risa. Peña dejó escapar algunas frases de desprecio, y se retiró amoscado y desabrido.
Los tertulios del Camarote, hostigados constantemente por las gacetillas del _Faro_, se habían decidido al cabo a fundar otro periódico en el que pudieran tomar venganza de las sinrazones que se les hacía.
Enormes sacrificios costaba esto. Muy pocos, de entre ellos, eran ricos. El único que pudiera llamarse así era don Pedro Miranda. Este prefería que le sacasen una muela a descorrer los cordones de la bolsa. A fuerza de cabildeos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de allá, haciendo sumas y restas en el Camarote, se concluyó por obtener la cantidad indispensable para montar una imprenta. En la de Folgueras, ni éste quería tirar el periódico, ni ellos se humillarían a demandárselo. Cuando estuvo la imprenta, modestísima por cierto, en disposición de funcionar, celebraron el indispensable banquete. En él se convino en denominar al nuevo órgano _El Joven Sarriense_. A los postres se brindó con entusiasmo por su prosperidad y por la destrucción de sus viles enemigos.
La aparición del primer número, que traía la consabida viñeta representando un adolescente peinado con la raya por el medio, y rodeado de una porción de latas de conservas a modo de libros, en actitud de leer, más bien de merendar, una de ellas, causó viva sensación en la villa. Lo merecía. Los del Camarote, como hombres que habían tenido que devorar durante muchos meses los insultos del _Faro_, se desahogaban con verdadera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué cúmulo de insolencias y procacidades! Desde el principio hasta el fin estaba consagrado a escarnecer, a herir y ridiculizar a los socios del Saloncillo. Parecía que les faltaba tiempo para llamar al uno feo, al otro hambrón, al de más allá envidioso, a éste bruto, a aquél farfantón. Por supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan transparentes, que nadie en la población dejaba de conocerlos. Llamábase Belinchón _Don Quijote_ y don Rudesindo _Sancho_, Sinforoso _Marqués del Tirapié_, Peña _El Capitán Cólera_, etc., etc. Y escudados con esto los traían y los llevaban, los barajaban que era una bendición. No les dejaban hueso sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) en la Rúa Nueva. Folgueras, a quien también insultaban en _El Joven Sarriense_, se había encontrado con Gabino Maza, y le descargó un bastonazo sobre la cabeza. Maza lo devolvió con creces. Repitió Folgueras. Vino en ayuda de éste un cajista que por allí cruzaba, y de aquél su cuñado. En un instante se armó una de garrotazos que tocaba Dios a juicio.
_El Joven Sarriense_ se publicaba los domingos. Periquito Miranda, que a causa de la desavenencia de su padre con los del Saloncillo, padecía una peligrosa retención de lirismo, se alivió notablemente insertando en él un sinnúmero de sonetos, sáneos, acrósticos y otras diversas combinaciones métricas, destinadas a pregonar su adoración platónica a la señora del gerente de la fábrica de aceros, una francesota grande y pesada como un elefante, que le hubiera metido fácilmente en el bolsillo. Ya sabemos que Periquito amaba las obras sólidas de la Naturaleza. Para expresar los deseos que atormentaban su espíritu, valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El joven platónico soñaba en verso que se hallaba en fresca gruta deleitosa donde de pronto aparecía una ninfa de torneados brazos y turgente seno (la señora del gerente) que le instaba a dormir sobre un lecho de rosas y verdes pámpanos. Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altísima montaña. En las nubes amontonadas, en los confines del horizonte, comenzaban a dibujarse los contornos de una mujer (la señora del gerente). Las nubes se acercaban. La mujer era blanca como el campo de la nieve, mórbida y espléndida como la flor de la magnolia. La hermosa aparición llegaba hasta él por fin, y le arrebataba entre sus brazos por los espacios azules. Otras, navegaba en frágil barquilla por la superficie del Océano. La barca se hundía y él iba a parar al fondo del mar donde una blonda y hermosísima náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba de la mano a un prodigioso palacio de cristal, le sentaba a su lado en un trono de marfil, y le invitaba a contraer con ella justas nupcias, efectuadas las cuales, se retiraban al son de dulce música a un gabinete reservado, maravillosamente decorado, donde la náyade enamorada le hacía poseedor de sus gracias. Estos ensueños de dicha, versificados con facilidad y adornados de cierto naturalismo poético, causaban alguna inquietud a los padres de familia. Periquito comía cada día más, y estaba cada vez más flaco. _El Faro_, en el número del jueves, después de insultar con rabia a los jefes del Camarote, «se metía» también con él llamándole maliciosa y torpemente _Pericles_.
Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz y perpetua rivalidad, _El Faro_ y _El Joven Sarriense_ emplearon útilmente sus columnas en injuriarse con más o menos descaro, según arreciaba o aflojaba la lucha. Raro era el número de cada uno de ellos que no daba lugar a algunos bastonazos o bofetadas, cuando no a un desafío formal. Sin embargo, en éstos eran más parcos todos. Padrinos sí se nombraban por un quítame allá esas pajas; pero darse de sablazos o de tiros, ya era otra cosa. La contienda había enardecido los ánimos en la villa. Muchas de las personas que habían permanecido indiferentes a las desavenencias de los del Saloncillo y los del Camarote, habían concluído por tomar puesto en uno u otro bando, unas veces porque tenían metidos en la refriega a sus parientes, otras por algún antiguo resentimiento, otras, en fin, sin más motivo que el calor y el entusiasmo que el combate despierta en los temperamentos belicosos. Al poco tiempo la población estaba verdaderamente partida en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don Rosendo Belinchón, era el más numeroso y contaba con casi todos los comerciantes ricos de Sarrió. El de los del Camarote, más exiguo, contaba con los terratenientes y las personas timoratas y religiosas a quienes _El Faro_ había escandalizado. La lucha se fué acentuando de tal modo, que al poco tiempo los que pertenecían a un partido ya no saludaban a los del contrario, aunque hubieran sido hasta entonces buenos amigos.
_El Faro_ y _El Joven Sarriense_ comenzaron a criticarse respectivamente el estilo y la gramática. Buscáronse con encarnizamiento por una y otra parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mismo en los vocablos que en el régimen.—«Esa palabra no es castellana»—decía _El Joven_.—«La palabra _desilusionar_, que los peleles del _Joven Sarriense_ afirman que no es castellana—contestaba _El Faro_,—la hemos visto empleada por los más eminentes escritores de Madrid: Pérez, González, Martínez y otros. Esta vez, como siempre, al órgano del Camarote le ha salido el tiro por la culata.» Replicaba _El Joven_, contrarreplicaba _El Faro_, citábanse párrafos de la gramática, del diccionario, de los escritores distinguidos, y al cabo nadie sabía a qué atenerse. Y las cosas quedaban como antes, aunque se hablaba a veces de remitir las cuestiones a la resolución de la Academia de la Lengua. Se citaba mucho por los dos lados el _Don Juan Tenorio_ de Zorrilla y los artículos del _Curioso parlante_. Esta competencia gramatical traía consigo al menos una ventaja; la de hacer que algunas personas que no la habían saludado se dedicasen con ahinco a aprenderla. Lo mismo en el Saloncillo que en el Camarote había dos o tres ejemplares de la última gramática _lata_ de la Academia, que no reposaban nunca.
Contra quien se dispararon los tiros _lingüísticos_ más envenenados, fué contra el inspirado don Rosendo, como quiera que era la cabeza y el nervio de su partido y convenía, más que a nadie, aniquilar. Belinchón no había estudiado la gramática, sino por un diminuto epítome allá en la infancia. Pero, como todos los ingenios superiores, si no la sabía, la adivinaba. Los contrarios le sacaban a relucir a cada instante mil disparates de sus artículos. Mas es tal la confianza que nos inspira su genio poderoso, que nunca hemos dado crédito a estas afirmaciones, considerándolas como puras calumnias. Si no hubiera gramática, Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería capaz de inventarla. Nadie manejó jamás como él ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero brillante, lleno de frases consagradas por el uso de cien mil escritores, donde hasta los lugares más comunes, expresados con adecuado énfasis, resplandecen como profundas y misteriosas sentencias. Merced a su estilo prodigioso, don Rosendo escribía con la misma facilidad un artículo sobre la libertad de cultos, que redactaba un informe acerca de la industria pecuaria. Sus enemigos decían que cometía muchos galicismos. ¿Y qué? En el mero hecho de prohijarlos un escritor de tal valía, dejaban de serlo, y se convertían en puras y castizas locuciones castellanas.
Este prurito de ajustarle los galicismos al _Faro_, fué una de las manías que tuvo _El Joven Sarriense_ o sea el colega local, como le llamaba siempre aquél, a fin de evitar el nombrarlo, por no dañar al profundo desprecio que ansiaba mostrarle. Aprovechando cierto diccionario curioso que uno de los socios del Camarote poseía, trituraban sin piedad lo mismo los artículos que las «novelas a la mano» del _Faro_. Si don Rosendo decía en él, verbigracia, que dejaba de tocar ciertos asuntos «por no faltar a las conveniencias», al instante se le echaba encima _El Joven_, interpelándole en forma sarcástica. ¿Dónde había aprendido el ingenioso hidalgo (así llamaban casi siempre a Belinchón) esta acepción de la palabra conveniencia? No sería ciertamente en su famosa historia, contada por Cervantes. Si empleaba la palabra «gubernamental», o «banal», o la frase «tener lugar», ¡qué carcajadas las del _Joven Sarriense_! ¡qué chacota! ¡qué desprecio! Esto duró hasta que los del Saloncillo adquirieron otro diccionario de galicismos. Entonces ambos periódicos comenzaron a hilar tan delgado en esta materia, que al fin concluyeron por olvidar el purismo y volver a su estilo libre, feliz e independiente.
Además, la disputa se había ido exacerbando de tal suerte, que las ligaduras clásicas les embarazaban para insultarse. Jugaban ya en todas las gacetillas las frases de «reptil venenoso», «entes despreciables», «cerebros obtusos», «revolcándose en el fango», «seres innobles y degradados» y otras no menos afectuosas para los del bando contrario. Cansados de injuriarse unos a otros, comenzaron pronto a atacarse en sus familias. No perdonaron ni a sus modestas esposas ni a sus ancianos padres. _El Joven Sarriense_ fué el primero que dió la señal, publicando un cuento árabe titulado _La esclava Daraja_ en que bajo este nombre, se relataba _ce_ por _be_ la historia de doña Paula y su matrimonio con Mahomad Zegrí (don Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y de insinuaciones pérfidas. Belinchón estuvo tentado de mandar los padrinos a la redacción. Pero considerando que esto sería dar su brazo a torcer y aceptar lo que el artículo contenía de envenenado, prefirió no mostrarse aludido y vengarse también en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo, escribió un cuento indio, donde se narraba la vida y milagros del padre de Maza, que había sido capitán negrero y en el tráfico de carne humana hiciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos orientales como medio para decirse toda suerte de picardías, fueron usados por ambos partidos.
El campo más adecuado para la lucha que los del Saloncillo y los del Camarote habían emprendido y el de resultados más positivos lo mismo para el vencedor que para el vencido, era la política. A él volvieron, pues, desde los primeros momentos los ojos unos y otros contendientes. No perdonaron medio alguno para derribarse y triunfar. Hasta la división del vecindario ya sabemos que la política jugaba poco papel en Sarrió. Desde esta fecha, fué la comida ordinaria, el elemento indispensable que se mezclaba en todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni otros habían pensado en despojar de su representación en el Congreso a Rojas Salcedo. Era amigo de todos y había representado al distrito por espacio de diez y ocho años. Sin embargo, cuando llegaron las elecciones municipales, escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole protección. Se sabía que los del Saloncillo querían a todo trance separar a don Roque de la alcaldía, porque ya más de una vez, en uso de sus funciones, se había puesto de parte de los disidentes en perjuicio de sus antiguos amigos. _El Faro_ le había zarandeado de lo lindo con este motivo. Creció la enemistad. Vengóse don Roque, abusando de su autoridad, para mandar a la cárcel a Folgueras. Repitiéronse los ataques del _Faro_ con más furia. Don Roque, juzgándose por ellos un tirano de la Edad Media, comenzó a temer por su vida y se hizo acompañar de noche y de día por el veterano Marcones. Se dijo que en una reunión misteriosa de los del Saloncillo, se había decretado su muerte. Al alcalde no le llegaba la camisa al cuerpo. Cuando en un paraje retirado alcanzaba a ver a alguno del _Faro_, ordenaba prontamente la vuelta.
Rojas Salcedo contestó a los del Camarote que si don Roque salía elegido concejal, sería nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiempo escribía con misterio a los del Saloncillo, encargándoles que trabajasen todo lo posible para que no saliese. De este modo se libraba de un compromiso. En efecto, los partidarios de Belinchón, por su número, por su riqueza y por la buena maña que se dieron, lograron triunfar en toda la línea. La lucha, últimamente, se había concentrado en el punto por donde se presentaba don Roque. Los del Camarote sabían que si éste era elegido, la batalla estaba ganada. Sería alcalde y las facultades de éste contrarrestaban muy bien las del ayuntamiento. Los del Saloncillo lo presentían también. Ambos partidos luchaban con empeño feroz. Por fin, el anciano alcalde perdió la elección por un corto número de votos. Confuso y abatido, con los ojos terriblemente inyectados y la faz amoratada, que daba miedo, se retiró al fin a su casa, después de pasar todo el día en la del municipio. Ni un rey a quien despojasen de la corona, sentiría golpe tan tremendo. Llegó a su domicilio sin escolta, como el más ínfimo particular. Bien había visto a Marcones paseando por los corredores, y estaba seguro de que aquél le vió también a él. No se atrevió a pedirle que le acompañase. El viejo alguacil estaba hablando con agasajo a don Rufo, a un enemigo suyo, y fingió no advertir que su jefe pasaba. No era que se volviese al sol que más calentaba. Era simplemente que Marcones, imbuído en las doctrinas de los modernos estadistas, comprendía que la fuerza pública debe estar siempre al servicio del poder constituído.
Y, sin embargo, nunca don Roque tuvo más necesidad de ser acompañado que entonces. Además de un frío moral que le helaba el corazón, sentíase físicamente indispuesto. Aquellas horas mortales de agonía recibiendo noticias contradictorias a cada instante, sin tomar alimento, con sólo algunas copas de ginebra en el cuerpo desde la mañana, le habían alterado hasta un punto indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista se le obscurecía. Para llegar a su casa tuvo necesidad varias veces de apoyarse en las paredes. Cuando entró, la vieja criada que salió a abrirle, retrocedió asustada. La cara de su amo parecía como si unas manos invisibles le estuviesen apretando sin piedad la garganta. A pesar de hallarse bien avezada a descifrar los caóticos, inextricables sonidos, que salían de su boca en todas ocasiones, por esta vez no comprendió la orden que le daba. Vió que se retiraba derechamente a su cuarto. Procediendo por inducción, le llevó luz y un vaso de agua. Pero don Roque se enfureció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energúmeno. Imposible, no obstante, averiguar qué querían decir aquellos rumores huecos, temerosos, infernales, que nacían en su garganta, y antes de salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro o cinco veces en las paredes de su enorme cavidad bocal. Temblorosa, azorada, fué a buscar una botella de vino. Aunque un poco menos indignado, tampoco quiso recibirla; repitió con mayor énfasis, pero no más claridad, la orden que había dado. Al cabo, a fuerza de aguzar el oído, la sirvienta vino a entender que su amo pedía un ponche de ron. Don Roque, observando que le habían comprendido, se serenó, despojóse del enorme gabán en que yacía prisionero, de la levita, del chaleco. Al tratar de sacarse las botas, su noble faz municipal tomó el color del vino de Valdepeñas después de encabezado, y no pudo llevar la empresa a feliz término. Cuando vino la criada con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, manifestó que se iba a meter en la cama, que cerrasen bien las puertas y no no se le turbase bajo ningún pretexto. La criada no entendió una palabra de su discurso, pero adivinó bien esta vez la sustancia, y se retiró.
Don Roque se dejó caer, en efecto, sobre el lecho. Se cubrió con la ropa hasta la cintura, y reclinando la espalda contra las almohadas, tomó el vaso de ponche y lo acercó a los labios. Al instante echó de ver que existía deficiencia en una de las bases. Hizo un gesto avinagrado, dejó escapar un sonido gutural inadmisible, y levantándose en calzoncillos, sacó de su armario la botella del ron, que colocó sobre la mesa de noche. Tornó a acostarse. Después, grave y solemnemente, con el vaso en una mano y la botella en la otra, fué reparando el yerro de la criada. Bebía un sorbo de ponche, y en seguida se apresuraba, a llenar el vacío con el líquido de la botella. Así modificada la composición, resultaba mucho más adecuada al estado de agitación en que su espíritu se hallaba. Porque, bajo aquel aparente sosiego, el cerebro de don Roque desplegaba una actividad prodigiosa. Todas las horas de aquel día se le presentaban una a una tristes y sombrías; las decepciones que había sufrido, las esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, hasta el abandono de Marcones. Y luego, lo porvenir. Esto era lo más negro. Dejar el bastón de alcalde que tantos años había empuñado con gloria, convertirse en un simple particular, en un quídam. No tener derecho a entrar en el ayuntamiento. Pasar cerca de un guardia municipal, y no poder decirle:
—«Juan, ve a la fuente de la Rabila y no consientas que las criadas frieguen allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajando en la calle y no tener facultades para ordenarle que calque más o menos las piedras, que suba o baje la rasante.
Sentía frío intenso a los pies. Se levantó dos o tres veces para echar ropa encima, sin lograr calentarlos. La botella pasó al fin toda al vaso, y del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro un suave calor, que se fué esparciendo gratamente por todos los miembros. Don Roque sintió que la lengua se le desligaba, y comenzó a hablar solo con extremada claridad en su opinión. En realidad, si algún dios o mortal pudiese escuchar aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrorizado. Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás extraño algo así como _all, call, mall_. Un filólogo perspicaz, después de estudiar bien aquel sonido, teniendo en cuenta la persistencia de la vocal _a_ y de la consonante _ll_, acaso deduciría que la palabra expresada por el alcalde era canalla. Sin embargo, esto no sería otra cosa que una inducción más o menos legítima.
Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la garganta, que le invadió instantáneamente el rostro y la cabeza. La lengua no quiso trabajar. Experimentaba una impresión de engrandecimiento físico de todo su ser. Sobre todo, la cabeza crecía, creía de un modo tan desmesurado, que apenas podía con ella. Al mismo tiempo los objetos que le rodeaban, el armario, la cama, el lavabo, los bastones arrimados a la esquina, le aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir dentro del cerebro el ruido de una maquinaria de reloj en movimiento, un volante que giraba con velocidad y un martillo que caía a compás con ruido metálico. El martillo cesó, y siguió el volante girando. Allá fuera, en la calle, percibió fuerte rumor de gente; luego extraños sonidos que le dejaron yerto. El pobre don Roque no sabía que le estaban dando a aquella hora sus enemigos una regular cencerrada. Estuvo por llamar a la criada, pero temió que tales sonidos fuesen como otras veces imaginarios. Y, en efecto, se confirmó en la idea al escuchar una descarga de campanas que le ensordecieron. Era un repique horrísono, donde tomaban parte desde la mayor de Toledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué vértigo! ¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de golpe el campaneo. Pero fué al instante substituído por un silbido prolongado y tan agudo, que le desgarraba el tímpano de los oídos. Instintivamente se llevó las manos a ellos. Al terminar el silbido, se le figuró que la cama se levantaba por la parte de los pies. La cabeza se le iba hundiendo. Veía sus pies allá arriba. Esto le produjo fuerte congoja. Dió un gran suspiro, y los pies volvieron a su nivel. Mas en seguida tornaban poco a poco a levantarse y la cabeza a hundirse. Era necesario dar grandes suspiros para restablecerlos en su sitio.
Ni con aquel fantástico manejo se calentaban los malditos. Eran dos pedazos de hielo. En cambio, lo restante de don Roque ardía, se abrasaba. Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura pasmosa, que iba cada vez en aumento. Cuando se llevó la mano a la frente creyó advertir que brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la voz de su mujer muerta hacía veinte años, que le llamaba a gritos: «¡Roque! ¡Roque! ¡Roqueee!» Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó de ver el armario, las paredes de la alcoba, los objetos que tenía en torno, y en su lugar percibió un millón de luces de todos colores que al principio estaban inmóviles, después comenzaron a bailar con extremada violencia. A fuerza de cruzarse las unas con las otras, llegaron pronto a formar círculos concéntricos, uno azul, otro rojo, otro violeta, etc., que giraban sobre sí constituyendo un espectro mucho más rico que el de la luz solar. Al fin aquellos círculos, también desaparecieron, quedando un solo punto luminoso apenas perceptible. Mas aquel punto fué creciendo lentamente. Primero era una estrella, después una luna, después un sol enorme que se iba extendiendo y adquiría al mismo tiempo un vivo color rojo. Aquel sol crecía, crecía constantemente. Su disco inmenso de color de sangre tapaba la mitad de la bóveda; después, cubrió las dos terceras partes; por último la llenó toda. Don Roque quedó un instante deslumbrado. De repente no vió nada.
Jamás volvió a ver nada el buen alcalde. Por la mañana le hallaron muerto, sentado en la cama, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso de apoplejía fulminante.
XV
DE LA ENTRADA FAMOSA QUE HIZO EN SARRIÓ EL DUQUE DE TORNOS, CONDE DE BUENAVISTA
El señor Anselmo, jefe de la banda de música de Sarrió, vino a participar al presidente de la Academia que el alcalde le había amenazado con suprimir la subvención de la orquesta, si aquella tarde iban a la romería de San Antonio.