Chapter 24
El duque de Tornos decía una verdad. Pocos espectáculos tan bellos y risueños podían ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La romería, antes de morir, se agitaba con un frenesí de alegría ruidosa. La gaita acentuaba sus notas agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire a larga distancia, acompañada fiel y sordamente por el tambor. Las mozas exaltadas, sudorosas, con las mejillas encendidas y los cabellos revueltos, no cantaban ya, gritaban dando vueltas a la giraldilla, despidiéndose con rabia de aquel goce, que sólo de tarde en tarde se les ofrecía. Cantaban también los borrachos de dos en dos o tres en tres con voces ásperas desafinadas, metiéndose el aliento por las narices, balanceándose grotescamente, esparrancados sobre el césped. Y los mozos y mozas de la danza-prima se desgañitaban, queriendo aguzar cada vez más las notas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísimas. Hasta el violín y arpista italianos habían emprendido con furor una mazurka que las parejas bailaban levantando extremadamente los pies, dando furiosas patadas en la hierba.
La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huirse suavizaba los tonos, esparcía sobre él un encanto misterioso, poético, que traía al recuerdo los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Parecía que aquella gente debía vivir y morir así, en perpetua alegría y juventud. ¿Por qué marcharse, por qué huir de aquel recinto feliz, para volver a sumergirse en las fatigas de la vida cotidiana, en la podredumbre y miseria de los negocios humanos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del corazón y los sentidos, de la salud, de las sublimes armonías de la luz y del sonido; gozar de las dulzuras del amor fecundo engendrador de todas las cosas; gozar de la fuerza, que mantiene la cohesión del universo; gozar del gorjeo de los pájaros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las flores, del rocío de los campos, de las espumas de los mares, del cielo eternamente azul. Para esto debió ser creado el hombre, no para acompañarse en los breves días de su existencia del trabajo abrumador, de la airada venganza, de la pálida envidia, de la tristeza roedora. La tradición del Paraíso, es la más lógica y venerable de las tradiciones humanas.
El sol doraba ya solamente las cimas de los nogales que circundaban el prado, extendiendo desmesuradamente sus sombras. Un leve estremecimiento frío, melancólico, corrió por todos los ámbitos. En vano lucharon contra él aquellos a quienes el baile o el vino había enardecido. Poco tiempo después se había apoderado de todos. Escuchábanse las voces de las madres llamando a sus hijos, de los hermanos llamando a sus hermanas. Formábanse grupos, que permanecían algún tiempo vacilantes, buscando con los ojos a alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que se deshizo fueron las giraldillas. El baile y la danza persistían. Los aldeanos estaban más cerca de sus casas y no tenían tanto miedo a caminar de noche. En torno de los coches situados en medio de la carretera, se había ido aglomerando la gente. El Duque seguía enfilando su _monocle_ a todos los rincones, presenciando los preparativos del desfile, con la curiosidad atenta de un inteligente en pintura. Al fin, reparando en el numeroso pelotón que por todas partes los estrechaba, dió orden de marchar, pero lentamente, al paso de los romeros. Quería ver todo aquello, no por hermoso, sino por nuevo.
Los coches comenzaron a caminar en medio de la muchedumbre. Rodeábanlos amarteladas parejas que marchaban de bracero en íntimo coloquio, viejos que llevaban niños de la mano, sujetando en la otra grandes pañuelos atestados de confites, grupos de muchachas cambiando sus impresiones en voz alta, riendo con sonoras carcajadas. En cuanto se alejaron un poco del sitio de la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo que caracteriza la vuelta de las romerías en aquella región. Las artesanas de Sarrió se precían de tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la emprenden con alguna canción romántica, una melodía tendida y quejumbrosa, buscando armónico acompañamiento por medio de la segunda voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es demasiado numeroso, se acogen a los pasacalles tradicionales de la villa, que son infinitos y deliciosos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El Duque quedó sorprendido al escuchar aquel coro de frescas voces repitiendo sin cesar coplas inocentes como éstas:
_En la torre más alta_ _del amor me vi;_ _falsearon los cimientos_, _pero no caí._
_Cómo quieres que un pobre_ _llame a tu puerta_, _si no le das limosna_, _rica avarienta._
Y los pueriles conceptos que guardaban, adquirían en sus bocas una importancia excesiva, parecían sentencias sagradas, fórmulas misteriosas y amables que nadie podía tocar sin cometer un sacrilegio. El aire se poblaba de aquellas notas suaves, prolongadas. Un enternecimiento delicioso íbase apoderando de las cantantes a medida que las dejaban escapar de sus gargantas. Cada vez las repetían con más cariño, con más unción, exhalando en ellas aquel fondo de romanticismo que palpitaba eternamente en sus corazones, transmitiéndose de madres a hijas en la pintoresca villa del Cantábrico. Era la melancolía de quien presiente el mundo de la belleza, lo ama, lo anhela, y por su condición está destinado a vivir y morir lejos de él. Entre copla y copla, mediaba un rato de silencio. Escuchábase el ruido acompasado de los pies. El coro parecía soñar despierto, atento a los vagos sentimientos de ternura que el canto removía en los limbos de su espíritu.
Se venía la noche precipitadamente. Los altos olmos recortaban aún con admirable pureza sus ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero de sus copas caía sobre la carretera una sombra cada vez más espesa. La campiña había perdido el color, extendía en el horizonte sus lomos sombríos donde apenas resaltaban los toques amarillos de alguna heredad plantada de trigo. Allá lejos la gran mancha del Océano se obscurecía. Su azul brillante del mediodía habíase trocado en un gris triste, verdoso, con reflejos metálicos.
El coro sacudió de pronto su melancolía. Una moza inició cierto pasacalle vivo y alegre. Las demás la siguieron, de buena voluntad como si despertasen de un sueño triste.
_No te compongas_ _que ya no irás_ _a San Antonio_ _a pasear_, _que está lloviendo_ _y te mojarás_ _el vestidito_ _y no tienes más._
La emprendieron con él a gritos, desaforadamente, con la fe y el ahinco con que lo cantaban todo. Una de ellas, a los pocos momentos, improvisó una copla alusiva a la situación:
_A San Antonio_ _vente a pasear_, _verás al Duque_ _que es muy galán._ _Todas las niñas_ _que en Sarrió hay_ _la bienvenida_ _le van a dar._
Y desde entonces, como si aquélla fuese la señal, no cesaron de requebrar en sus cánticos al magnate. El cual, dirigiendo el _monocle_ unas veces a la derecha, otras a la izquierda, y sacudiendo la cabeza con benévola sonrisa, repetía por lo bajo:
—¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! ¡Un paisaje de Lorrain!
Cuando llegaron a la villa, era noche cerrada.
Subió el Duque con su secretario a las habitaciones que don Rosendo le había destinado. El secretario era un joven de veinticuatro a veintiséis años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de feto no cabían más ideas que la de la importancia colosal del Duque, y la necesidad imperiosa de llegar a ser un personaje, si no de tanta cuenta, lo bastante para tener también secretario. Fuera de esto, el mundo no tenía explicación para Cosío, que así se llamaba. Después que hubo descansado unos momentos el magnate, bajó a comer en traje de etiqueta. Cosío lo mismo. Don Rosendo había cambiado la hora española de comer por la francesa. Al verle entrar de aquel modo, la familia se turbó. Sin duda Belinchón, su hijo y su yerno habían dado una pifia no poniéndose el frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente a su marido en voz baja. Este se encogió de hombros con supremo desdén, moviendo los labios de un modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al ver la mesa puesta sin el plato de la niña, había preguntado por él. Su mujer le había contestado con malos modos:
—¡Pero, hombre, no seas ridículo! ¿Quieres que la niña coma hoy con nosotros?
—¿Por qué no?
Venturita se había escandalizado. Después se había reído preguntándole si había aprendido aquellos usos en el club de regatas. Esto le había irritado, le tenía propenso a no mostrarse con el Duque todo lo deferente y respetuoso que debía. En cambio, ella hacía días que se preocupaba con los preparativos para recibir al ilustre huésped. Por su consejo y dirección se había aumentado la servidumbre, poniendo librea a los criados. Viendo a Pachín, uno muy antiguo en la casa, con aquel extraño uniforme, Gonzalo se había reído a grandes carcajadas, lo que excitó la bilis de su esposa. Habíase encargado una nueva y fina vajilla con la cifra de Belinchón; todo el aparato de las comidas modernas, cuchillos de hoja de plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas litografiadas para el _menu_ y otros utensilios inusitados hasta entonces en las comidas de la casa. El viento del extranjerismo soplaba también sobre aquella mesa abundante, sana, patriarcal, que hemos conocido al comenzar la presente historia.
Ventura se presentó en el salón con traje azul marino de seda, descotado por el pecho, los brazos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, que en las comidas de ceremonia las señoras van descotadas. Doña Paula no cumplía con este precepto. En cambio, estaba esplendorosamente vestida con telas de vivos colores, que formaban triste contraste con su rostro marchito, minado por la enfermedad. Los únicos convidados eran Alvaro Peña y don Rufo.
Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara, abrió la puerta y dijo con voz sonora que Ventura le había ensayado:
—La señora está servida.
El Duque ofreció su brazo a doña Paula y se trasladaron todos al comedor. Esta ocupó el sitio preferente por indicación previa de su hija. El Duque se colocó a su derecha; don Rufo a su izquierda; los demás se fueron sentando sin orden: Venturita a la derecha del egregio huésped, después Alvaro Peña, Cosío, Pablito, don Rosendo. Gonzalo al lado de Cecilia.
Y la comida dió principio, ceremoniosa, fría, con largos intervalos de silencio. Todos estaban cohibidos, aplastados por la grandeza del personaje que tenían delante. Este ostentaba una calva lustrosa que le tomaba casi toda la cabeza. Los pocos cabellos de la parte posterior y de los lados eran negros a pesar de sus cuarenta y seis años. Sus menores gestos eran observados con atención idolátrica. Las palabras que dejaba escapar, acogidas con una sonrisa de afectada complacencia y admiración. Las primeras que salieron de sus labios, después de algunas de cortesía, fueron para seguir admirándose de los contornos de la villa.
—Yo no conocía del Norte más que las Provincias—decía con su pronunciación lenta, arrastrada.—Encuentro este país muy superior a ellas en lo que se refiere al paisaje. Ofrece mayor variedad, más riqueza de color. Hay sitios agrestes allá en el puerto que hemos atravesado, comparables a los más decantados paisajes de la Suiza. Y al llegar a la costa, se encuentra la misma suavidad de las líneas, la misma dulzura en el ambiente, que en el Mediodía de Italia.
—¡Oh, señor Duque, usted nos favorece demasiado!—Pura amabilidad, señor Duque.—En el verano puede pasar este país; ¡pero en el invierno!
Don Rosendo, Alvaro Peña y don Rufo, inundados de felicidad y gratitud, se ruborizaban, rechazaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos a ellos. El Duque siguió hablando como si no hubiese escuchado siquiera sus exclamaciones.
—Es más abrupto que el de las Provincias, los tonos más pronunciados. He visto desde la carretera de Lancia hacia el Oriente, un término de montañas con las cimas nevadas aún, que es verdaderamente delicioso. Sólo le faltan al país algunos lagos, para ser digno de presentarse a los extranjeros.
—Tenemos un lago en el occidente de la provincia—dijo Peña.
—¿Un lago?—preguntó el Duque, levantando los párpados para fijarse en su interruptor.
—Sí, señoj: se llama el lago Nojdón.
El Duque dejó caer sobre el ayudante por algunos segundos su mirada vidriosa. Peña concluyó por turbarse. Después siguió, paseándola con esfuerzo por los circunstantes:
—En mi galería de Bourges, tengo un paisaje de Backhuysen con un fondo muy semejante al de esas montañas. Solamente que en primer término, aparece un lago cercado de maleza. A la derecha, hay unos cisnes sumergiéndose en el agua; a la izquierda, una barca con dos jóvenes campesinos. Lo he comprado por la delicadeza del colorido tan sólo...
—Al señor Duque le gustan por lo visto los buenos cuadros—dijo don Rufo plegando la boca hasta las orejas para sonreir.
—¿Y a quién no le gustan?—respondió el magnate clavando en él sus ojos muertos de besugo.
—¡Oh, sí, señor!... es verdad... tiene usted mucha razón. A todo el mundo le gustan... Pero es un vicio muy caro... Sólo los grandes potentados como el señor Duque pueden permitirse...
Don Rufo se confundía, creyendo haber dicho una necedad.
—¿El señor Duque posee muchos cuadros de los mejores pintores, según tengo entendido?—dijo a la sazón don Rosendo para salvar a su compañero.
—Tengo algunos—respondió el prócer echando agua al mismo tiempo en el vaso de Venturita.
Esta se estremeció de gratitud. La sangre se le agolpó al rostro.
—La suya es una de las primeras galerías de Europa—decía, en tanto, por lo bajo Cosío a Peña.
—Me gusta la pintura porque es el arte nacional—siguió diciendo el magnate.—Es el único en que hemos verdaderamente descollado, el único en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, aunque he pasado la mayor parte de mi vida en el extranjero, amo mucho a mi patria—añadió con un amago de sonrisa en tono protector.
La patria, si pudiera escuchar aquellas benévolas palabras, se estremecería infaliblemente de gozo, como Venturita.
—La amo, confesando, no obstante, su degradación. La Naturaleza nos ha dotado con mano próvida de los más ricos dones. Un país fértil (no tanto como vulgarmente se cree, pero, en fin, fértil), admirablemente situado a un extremo de la Europa, tendiendo la mano a América al través de los mares. Un cielo, ¡oh, el cielo! no hay otro como él. El aire tiene aquí, sobre todo en el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una transparencia infinita! La desesperación de los pintores. En cambio esta transparencia da mayor pureza a la línea. En ninguna parte se destacan los objetos como aquí. En Castilla las torres se perciben a muchas leguas de distancia, con la misma dureza en los contornos que si estuviéramos a algunos pasos. Esto depende, claro está, de la altura a que se encuentra sobre el nivel del mar...
—Los países muy elevados sobre el nivel del mar, se ha demostrado que son los menos inteligentes—apuntó don Rufo, respirando por su manía fisiológica.
El Duque volvió la cabeza para mirarle y siguió como si no hubiese oído:
—Luego el admirable brillo del sol que hace más crudo el contraste entre la luz y la sombra y añade la oposición de las masas a la decisión de las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuoso que flota en la atmósfera, reblandece y borra un poco los contornos, los esfuma; pero en cambio la riqueza de los tonos es mayor. En el Mediodía los tonos de la tierra se extinguen por el esplendor preponderante del cielo, por la iluminación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmensa variedad de _nuances_! ¡Oh, hermosa, infinita!... ¡Luego, qué fuerza, qué movilidad! En el Mediodía un tono permanece fijo. La luz inmutable del cielo le mantiene durante muchas horas, y lo mismo un día que otro. Mas en estos países en que la luz cambia a cada instante, varía también el color; el modelado es perfecto, las gradaciones del color _fondue_, transforman en espeso relieve su tono general...
El Duque, que había comenzado a enumerar las ventajas de que los españoles estábamos dotados, no acababa de salir del contorno, de la luz, del color, se perdía en disquisiciones pictóricas que los comensales escuchaban con los ojos muy abiertos, sin comprender, moviendo con pereza las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía a Venturita. Prevenía sus deseos, echándole agua en el vaso, alargándole los entremeses, el pan, todo lo que pudiera serle agradable, haciendo seña al criado para que le sirviese vino cuando advertía que sus copas estaban vacías, con esa oportunidad desembarazada, elegante, del hombre educado en la cumbre de la sociedad. Venturita acogía aquellas galanterías confusa, sonriente, con vivos temblores de gratitud, sin comprender que en aquel momento no representaba para el magnate más que «la dama que estaba a su derecha».
Gonzalo, mal prevenido contra el egregio huésped, se había llegado a cansar de aquel monólogo de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con su cuñada, embromándola, como de costumbre, con lo poco que comía:
—Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé vergüenza porque este señor esté delante. Ya le hemos dicho que no se sorprendiera de verte comer tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan reponer la grasa.
Cecilia contestaba sonriendo, con medias palabras, dirigiendo vivas ojeadas de respeto al Duque. Este, que había advertido su plática, por dos veces levantó los párpados para mirarles de aquel modo frío, distraído, que por no expresar nada, ni desdén siquiera, era el colmo del orgullo. La segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonzalo se rieron con gana llevándose la servilleta a la boca para apagar el ruido, la mirada del prócer fué más larga, más fría y distraída aún. Venturita, indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero Gonzalo, o por vengarse de sus burlas anteriores, o porque en realidad no sintiese ante el personaje el embarazo y respetó que los demás, no amainó en la manía de platicar con su cuñada y hacerla reir.
La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no decrecía. Gonzalo y sus hijas pertenecían a Cecilia. En todos los momentos de su vida, la influencia de ésta se dejaba sentir suave y bienhechora. De las dos niñas, la primera, Cecilita, tenía ya dos años y medio; la otra, Paulina, contaba ocho meses. Lo mismo una que otra, vivían al calor maternal de su tía. Ella las lavaba, ella las vestía, las daba de comer, las sacaba a paseo, enseñaba a orar a la primera. La madre, sin dejar de quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la impacientaban, y cuando trataba de hacerlas callar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse. De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos infantiles no clamasen más que por _tiita_. Alguna vez, Ventura, herida por esta preferencia, celosa, las forzaba a aceptar sus oficios, las retenía a su pesar al lado de ella. Esto sólo daba por resultado mayor despego en las criaturas mezclado de miedo. En cuanto a Gonzalo, tenía en Cecilia una hermana y una madre atenta siempre a evitarle disgustos, a separarle los abrojos del camino. En ella descansaba, a ella acudía como un niño grande y mimoso, impacientándose cuando no cumplía al instante sus deseos, molestándola más de la cuenta. Pero el lazo que le unía a su esposa, continuaba firme, inalterable. El vivo sentimiento de adoración y de deseo que le había hecho cometer la primera vileza de su vida, no se apagaba. Por mucho que se alejase, por excéntrica que fuese la órbita de su vida, Ventura le retenía con los rayos de su belleza, seguía fascinando como antes sus sentidos. Lo adivinaba muy bien Cecilia. Por eso cuando el joven, herido de algún desdén, de alguna palabra malévola de su mujer, se desataba en denuestos contra ella, sonreía con tristeza, procuraba calmarle, segura de que su cuñado no tardaría en humillarse, en ir contrito y avergonzado a besarle los pies.
Cuando el prócer terminó al fin su monólogo, hubo unos instantes de silencio. Después, como si recordase una omisión cometida, principió a enterarse con benévola y afectada atención, de los asuntos de sus comensales.
El señor don Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? El ejercicio de la medicina es penoso, sobre todo en provincias, donde no obtiene por regla general la merecida recompensa.—El señor Peña, marino, ¿no es eso? Oh, el cuerpo de la armada, siempre ha sido brillante. Lástima que no corresponda nuestro material de guerra al valor y a la pericia de los oficiales. ¿Corren mucho las escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección de un puerto? Pensaba presentar en el Senado una moción, pidiendo la construcción de dos acorazados.—¿Y Pablito, se divertía mucho en Sarrió? ¿Qué recursos ofrecía aquella villa a los jóvenes? ¿Había estado en Madrid? Era aficionado a los caballos. ¡Ah! la equitación, un gran ejercicio. El Duque comprendía muy bien aquella afición. ¿Los caballos que tenía, eran del país o extranjeros?...
Hacía todas aquellas preguntas de un modo distraído, con sonrisa de maniquí, apresuradamente, como si estuviese recitando una lección. Era, en efecto, la página más penosa del libro de la buena educación, aquella en que se advierte que es preciso hacerse agradable a las personas con quienes se habla, interesándose por sus negocios. A Gonzalo y Cecilia los miró un instante fríamente; pero no les hizo pregunta alguna. Cumplida tan ímproba tarea, el magnate volvió a caer en el eterno monólogo. Esta vez no fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En Lancia había visto una capilla bizantina que le llamó mucho la atención por su pureza. No había en ella aún síntoma alguno de transformación. La catedral mediana. Sólo la torre era notable por su esbeltez. La aguja debía de ser, no obstante, primitivamente más alta, más _elancé_. Sin duda al restaurarla después de la destrucción causada por un rayo, se habían acortado sus dimensiones. Tenía entendido que Sarrió poseía una iglesia muy bella, estilo plateresco...
Mientras el Duque arrastraba más que movía su lengua en disertación doctísima, infinita (como él diría), don Rosendo manifestaba en sus ademanes y en sus ojos una inquietud extraña que procuraba con cuidado refrenar, aunque sin resultado. Por tres veces había dado recados en voz baja al criado, y otras tantas había recibido de éste respuestas, también en voz baja.
Llegó el momento del café. El Duque, terminado el monólogo arqueológico, había trabado conversación con Venturita, con ese admirable instinto que poseen los orgullosos para comprender a quién fascinan y a quién no. Y su plática se fué animando poco a poco. Alguna vez se dignaba sonreir el egregio huésped y hacía a su bella interlocutora el honor de levantar los caídos párpados para fijar en ella una mirada de curiosidad y simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, departía con fácil ingenio y palabra, mostrando tanta gracia y finura, que el Duque quedó de ella altamente complacido. Al parecer, hablaban de pintura. Cecilia y Gonzalo, que charlaban aparte, la oyeron decir:
—¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! Rubens es el Cervantes de la pintura.
Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran pinchado. Y una viva sorpresa se pintó en su rostro.
—Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas cosas?—dijo en seguida a su cuñada.
Esta se encogió de hombros. Pero Venturita había observado el movimiento de Gonzalo, su sorpresa y las palabras que dirigió a Cecilia. Se puso colorada, y bajó la voz. Luego, observando la mirada burlona de su marido, le clavó otra, relampagueante y colérica.
Mientras tanto, doña Paula explicaba a don Rufo la marcha de su dolencia. Cosío describía con orgullo a Peña y Pablito las grandezas y comodidades del castillo de Bourges, donde el Duque tenía su famosa galería de pinturas.
Sólo don Rosendo permanecía silencioso, cada vez más inquieto, haciendo con los dedos nerviosos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se extendió con una sonrisa bienaventurada. Todos levantaron al mismo tiempo la cabeza al escuchar en la calle un trompeteo horrísono. Era la orquesta de Lancia que al fin había llegado.
XVI