Chapter 17
—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no exige precisamente que sea a muerte.
—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de usted, tenía miedo que le disgustase...
—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.
—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le conviene mucho porque tira el florete...
—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi adversario.
Peña guiñó el ojo con malicia.
—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo _¡fiiit!_ como un pajarito, no deje de hacerlo.
Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo, traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los estuviese introduciendo por un cuerpo humano.
Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio. Al cabo, manifestó sordamente:
—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a fondo.
—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del dentista para sacarla?
Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como deben estarlo los héroes la víspera del combate.
La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico. Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.
Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña, Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.
—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió queda por debajo de Lancia.
Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios. Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el caso de perecer en la lucha.
Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo. Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos tomaba visos anaranjados.
Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre _tic tac_. Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar, instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los testigos se miraron todavía con mayor asombro.
La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don Rosendo gritó una vez:
—¡Alto!
—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.
—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.
Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos, elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.
El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna, tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.
—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.
—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo ¡pin!...
Aquí el director del _Porvenir de Lancia_, que mientras describía su famoso y complicado golpe no dejaba de engullir trazando a la vez círculos en el aire con el tenedor, se atragantó con una espina, poniéndose súbito más rojo que una guinda. Hubo que sacarle al fresco. Don Rosendo fué quien le dió los puñetazos consabidos en la espalda para que arrojase la espina. ¡Espectáculo hermoso y ejemplo de hidalguía que no podrá olvidarse jamás!
Terminado el almuerzo, don Rosendo y sus compañeros montaron en el carruaje y se restituyeron a Sarrió. Más de media población, prevenida ya por el telegrama, les esperaba en las afueras. Un grito de júbilo se escapó de todos los pechos al aproximarse el carruaje. Don Rosendo, conmovido, sacó la cabeza por la ventanilla y se quitó el sombrero ostentando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el público lanzó un ¡hurra! formidable. El vehículo fué escoltado por la muchedumbre. El fundador del _Faro_, aclamado al entrar en su casa, se vió precisado después a asomarse al balcón, donde fué nueva y calurosamente vitoreado. Por la noche, sus amigos le obsequiaron con una serenata.
XII
CÓMO SE DIVERTÍA PABLITO
—Convendría ponerle una barbada suave—dijo Pablito.
—O un filete—respondió Piscis gravemente.
Ambos guardaron silencio. Pablito exclamó:
—¡Maldita yegua! No he visto en mi vida boca más dulce.
—Una seda—replicó su amigo con acento de inquebrantable convicción.
Otro rato de silencio.
—¿Crees que debemos darle más picadero?
—El picadero no sobra a ningún animal—gruñó Piscis con el mismo convencimiento.
—Conviene trabajarla en el trote.
—Conviene mucho.
Mientras así platicaban, dirigíanse los inseparables équites a paso lento desde las cocheras de don Rosendo, sitas en un extremo de la villa, al otro extremo de ella, atravesándola por el medio. Eran las diez de la noche; la temperatura suave, de primavera. Los pocos transeuntes que por las calles quedaban, dirigíanse a paso rápido hacia su domicilio. Únicamente permanecían abiertas las tiendas donde se hacía tertulia, la de Graells, la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el Camarote había mucha luz y gran animación. Pablito, en quien germinaban los rencores de su padre, le dijo a su amigo al pasar frente a la aborrecida tertulia:
—Piscis, tira una pedrada a esa puerta, y rómpeles los cristales.
Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de la calle, esperó a que su amigo doblase la esquina, y ¡zas! lo encajó dentro del Camarote, haciendo polvo los cristales. Luego se dió a correr. Para que no le conociesen los que salieran en su persecución, se dejó caer sobre las manos, corriendo en cuatro pies con habilidad pasmosa.
En el café de la Marina había también alguna gente. Entraron en él y bebieron en silencio sendas copas de _chartreuse_, sin que por eso los cerebros dejasen de trabajar activamente. Al levantarse Pablito, dijo:
—Lo mejor será engancharla con el Romero.
—Eso mismo estaba pensando yo—profirió con fuego Piscis.
Después que hubieron salido, éste preguntó, no con palabras, sino con una horrible mueca, a dónde iban.
—Allá.
—Bueno; entonces al pasar por delante de casa recogeré el roten.
Dejaron atrás las calles principales, no sin que Piscis se detuviese en su domicilio un instante, para dar cumplimiento a lo que acababa de manifestar. Muy pronto alcanzaron las extremidades de la villa, donde habitaban, por regla general, los menestrales. Detuviéronse en cierta calle, tan solitaria como sucia, frente a una casa de pobre apariencia con tosco corredor de madera. Pablito miró a todos lados por precaución, y dejó escapar un silbido suave y prolongado con la maestría que le caracterizaba en este ramo del saber humano. Después dijo mirando con inquietud al farol que ardía unos cincuenta pasos más allá:
—¡Si pudiéramos apagar ese farol!
El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó por la esquina de la pared y con su bastón lo apagó al instante, rompiendo, por supuesto, el tubo.
Un bulto de mujer apareció en el corredor. Pablito se cogió de un salto a las rejas. Luego escaló por ellas y montándose en la baranda, se introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó a hacer la guardia desde la esquina, armado de su formidable garrote.
¿Quién era la mujer que en aquel momento obtenía los favores del sultán de Sarrió? La blonda Nieves, responderán a una voz cuantos hayan seguido el curso de esta verídica historia. Aunque sintamos ofender la perspicacia de nuestros lectores, la verdad nos obliga a declarar que la damisela del corredor no era la blonda Nieves, sino la blonda Valentina.
¿Cómo? ¿Aquella arisca costurera tan enemiga de los señoritos y que además tenía un novio llamado Cosme?
La misma en cuerpo y alma, con sus rizos dorados sobre la frente, su entrecejo saladísimo y nariz un poquito remangada. Pablito era hombre para hacer estos y otros mayores milagros. Mientras seguía o aparentaba seguir sus amoríos con Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» a Valentina. Pero ésta se resistió mucho más que aquélla. Al primer beso que le robó sobre la nuca estando bebiendo agua en la cocina, la arriscada costurera «le armó un escándalo». Se puso roja como una cereza, chispearon sus ojos expresivos con ira, y le gritó:
—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con las que se lo aguanten.
Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante, aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen. Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.
Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.
Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.
—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se vió en el corredor.
—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.
—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!
—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el gusto de verte correr.
Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su fisonomía expresó una gran severidad.
—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta. ¿Dónde has estado esta mañana?
—¿Esta mañana?... En muchas partes. En casa, en el Saloncillo, en la cochera... en la punta del Peón...
—¿No has estado en la calle de San Florencio?
—Sí; he pasado por allí dos o tres veces.
—¿Y a quién has encontrado?
—¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente.
—¿No has encontrado a Nieves?—preguntó con reprimida cólera la gentil costurera.
—Sí, la he encontrado—respondió él con acento indiferente.
—¿Y no te has parado con ella?
—No; la he dicho simplemente adiós.
—¡Embustero! ¡hipócrita! ¡tío silbante!—exclamó con furia Valentina.—¡Toma, por zorro! (arrimándole un terrible pellizco en el brazo). ¿Conque le has dicho adiós solamente y te has estado más de una hora con ella? ¡Toma, trapacero! ¡toma!
Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño del papá de la feroz muchacha.
—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...
—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella, riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos, ¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!
La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.
Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él, y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas cuantas veces.
—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.
—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del primer cuento que te traigan.
—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole airadamente.
—Pierde cuidado.
—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!
De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió. El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo, sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo a los que como él estaban ya un poco gastados.
Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.
Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad, no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos. Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas, el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo. Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.
—¡Mal rayo!—rugió Piscis.
Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en la calle.
—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.
—Un hombre.
—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos veces en redondo.
—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a todo escape lo alcanzaba.
—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?
—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a qué había de subir.
Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle con voz apagada:
—¿Crees eso?
—Una... o dos, o tres...
El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:
—¿Tú le conoces?
—Yo no, ¿y tú?
—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.
Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:
—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de vista el corredor, ¿verdad?
—A perro puesto—se limitó a contestar el indomable Piscis.
Al día siguiente era domingo y se celebraba en las Escuelas el baile acostumbrado de todas las semanas. Se bailaba por la tarde, de tres a siete. El salón era espacioso, construído hacía pocos años para escuela de niños. Los bancos de éstos se amontonaban en la plataforma destinada al maestro. Las paredes estaban tapizadas de carteles. Los adoradores de Terpsícore, mientras bailaban la habanera lánguida, podían distraerse leyendo en ellos una porción de inestimables consejos encaminados a demostrar que la virtud y el trabajo son los verdaderos tesoros del niño: _El niño estudioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la constancia suplen al talento._ Y allá en el fondo, sobre la mesa del maestro, la imagen de Cristo crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con una cortina de seda, presidía aquellas habaneras voluptuosas y furibundas polkas.
Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, los extranjeros podían ver y admirar en seductor ramillete a las _yeung girls_ de Sarrió. Y en efecto, allí acudían todos los capitanes y pilotos que hacían escala en la villa. Su admiración a veces, rebasando un poco los límites de la gravedad británica, les impulsaba a aproximar demasiado las luengas barbas rubias al rostro de alguna bella.
—¿Usted es bobo, cristiano?—preguntaba ella poniéndole la mano en el pecho y rechazándole con fuerza.
—¡Crijstiano!... ¡crijstiano!—repetía con asombro el inglés.—¿Qué ser crijstiano?
—Hombre de Cristo. ¿No sabe la _dotrina_? ¡Pus depréndala!
Cuando estaban de ver aquellas preciosas damas, era de cinco a seis de la tarde, hora en que ya llevaban bailados cuatro o cinco valses y otras tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de vivo carmín sus mejillas frescas. Los rubios o negros cabellos en grato desorden, se desparramaban por el espacio o bien caían en adorables bucles por la espalda; los ojos brillaban como luceros en aquellos rostros celestiales; los labios rojos y húmedos se entreabrían para dejar ver el aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, porque no concluiríamos nunca. En esto de admirar a las artesanas de Sarrió, no hay inglés que nos ponga el pie delante.
En el elemento femenino de los bailes había siempre perfecta homogeneidad: todo él se componía de jóvenes situadas en el mismo peldaño de la escala social. Pero en lo que toca al masculino, existía peligrosa variedad: acudían a aquel sitio los jóvenes artesanos y los señoritos de Sarrió. Los primeros creían vulnerados sus derechos por la competencia de los señoritos; tanto más, cuanto que ésta era para ellos desastrosa, por los repetidos ejemplos de uniones desiguales que se efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si no, lo decimos ahora, que los indianos se quedaban con el contingente de señoritas más o menos amojamadas, más o menos pobres que existían en la población. Los jóvenes de la clase media, vencidos en esta competencia se refugiaban en las artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los pobres obreros o marineros, vencidos por los señoritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más recurso que la taberna y los palos. De éstos había en cada baile una cantidad verdaderamente fantástica. Raro era el domingo en que no salían de las Escuelas dos o tres señoritos con la cabeza rota.
Pablito había librado, hasta entonces, bastante bien, gracias a su fidelísimo Piscis, que se encargaba de llevar por él los garrotazos que se le destinaban. El único contratiempo que padecía en la mayor parte de las reyertas, era la pérdida del sombrero. Esto fué tan repetidas veces, que vino a averiguarse que le buscaban quimera para que lo perdiese. Cuando un artesano necesitaba sombrero, ya sabía dónde buscarlo.
Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofetadas que recibió la tarde de aquel domingo; no por falta de voluntad en el centauro, sino porque hay cosas que no pueden ser... vamos, que no pueden ser. ¡Cuán ajeno estaba el gallardo mozo al retorcerse las guías del bigote frente al espejo y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se hacía traer de Madrid, que una hora después habían de ser tan fiera y cruelmente machacadas!
Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad. Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le hacían más apetecible al bello sexo.
Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile. Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante de él las parejas veloces.
Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría. La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo, lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente convencido de ello.
Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha, villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia. El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo, devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:
—Te van a embestir los toros, Nieves.