Chapter 16
—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos extraños los que tienes!
—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no; ¡bien pronto se borrará, por desgracia!
—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.
—Me alegraría mucho.
—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.
Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar:
—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.
—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.
—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver, déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una hormiga!
—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre las suyas grandes y fibrosas.
—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de pasear conmigo así?
—¡Oh! ¿no he de ser?
La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños, comenzó a dar brincos por el jardín.
—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.
La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al verlos movían la cabeza sonriendo.
Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado. Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas mecida por Gonzalo.
—Si vieras cómo gozo. Da un poco más fuerte.
Y al empuje vigoroso del joven, el columpio volaba, y la niña cerraba los ojos dilatando la nariz con un sentimiento de intenso placer.
Gonzalo gozaba en verla así arrobada.
Transcurrieron veinte días de esta suerte. Durante ellos recibieron dos visitas de Pablito y Piscis, una vez en tílburi y otra a caballo. En esta última su principal objeto era dar picadero a una jaca que Pablo había cambiado por otra más vieja. Y ¡cosa extraña! a pesar del enajenamiento amoroso en que nuestro mancebo se hallaba, recibió la visita de los équites con inexplicable alegría, les ayudó afanosamente en su tarea. Al marcharse sintió una impresión de vacío en su vida. Porque era ésta tan reposada y pacífica, que su sangre y sus músculos padecían. Un día le habló a su esposa de ir de caza, pues era famoso e incansable cazador. Venturita no se opuso, con tal que la llevase consigo. Así se convino. Salieron una mañana en busca de un bando de perdices, de cuya existencia sabía Gonzalo desde el día en que había llegado a Tejada. Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa, Venturita se manifestó enteramente rendida. Le era imposible dar un paso más. Se vió precisado a traerla en brazos y a renunciar a su favorito recreo.
Doña Paula, que había mirado con hostilidad aquel matrimonio, no habló de ir a ver a los novios hasta después de pasados muchos días. Quiso que Pablito la acompañase, porque temía que a Cecilia le causase algún dolor el hacerlo; mas, enterada ésta, expresó su decisión de ir también a Tejada. Y una tarde madre e hija emprendieron en carretela descubierta el camino que llevaba a la posesión. Pero al acercarse a ella y columbrar las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comenzó a empalidecer, sintió el pecho oprimido y la vista turbada. Doña Paula, que advirtió su indisposición, ordenó al cochero dar la vuelta.
—¡Pobre hija!—la dijo besándola.—¿Ves cómo no puedes venir?
—Ya podré, mamá, ya podré—respondió tapándose los ojos con una mano.
Al día siguiente, fué doña Paula acompañada de Pablo. Halló a los esposos muy propicios a dejar aquel nido escondido y trasladarse a la villa; como se efectuó en la misma semana.
Cecilia salió a recibirlos a la puerta de la calle y abrazó y besó a su hermana con efusión. A Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo soberano de la voluntad, no tembló. El joven la estrechó con fraternal afecto, creyéndose perdonado.
Los novios ocuparon las habitaciones que doña Paula había destinado a su hija primogénita. La vida comenzó a deslizarse serena en apariencia. Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, que no les envolvía esa atmósfera tibia y afectuosa que hace tan grato el hogar doméstico. Desde don Rosendo hasta el último criado, se mostraban con ellos atentos, deferentes, no cariñosos. Ventura no lo advertía, y si lo advertía le importaba poco.
Volvamos ahora la vista a los asuntos más interesantes de la vida pública de Sarrió.
Ganada aquella noble victoria de los clérigos, las cosas del _Faro de Sarrió_, procedían bien y prósperamente. El brioso y denodado ayudante de marina, pudo continuar su campaña civilizadora sin peligro de nuevas celadas. Sinforoso no se retiraba, sin embargo, a su casa sin ir acompañado de él o de otro amigo, perfectamente armados ambos.
Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo aprovechar maliciosamente aquella ruptura con la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de algunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, ni le diese una higa por que se pusiera a los curas como hoja de perejil. Al contrario, toda la vida había profesado ideas bastante heterodoxas y había maldecido de los beatos. Mas ahora se mostraba escandalizado: «Al fin y al cabo, habíamos sido educados en el respeto de la religión, la cual es el único freno para el pueblo. No se pueden ofender tan descaradamente las sagradas creencias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscripción del periódico.
Los redactores y su director, que adivinaban de dónde venía el golpe, estaban grandemente indignados. Gabino Maza, secundado por el no menos díscolo Delaunay, no cejaba en su campaña de murmuración. Mientras alguno de los del Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba, esgrimían las lenguas con singular encarnizamiento. Unas veces hablando en serio, otras apelando a la burla, se trituraba a todos los que intervenían en el periódico, y muy particularmente, como es lógico, al que mejor y más altamente lo personificaba, el eximio don Rosendo. Decían ¡oh, mengua! que sólo el afán «de verse en letras de molde» había impulsado a aquellos beneméritos ciudadanos a encender la antorcha del progreso en Sarrió; que don Rufo, el médico, era un farsante; Sinforoso, un pobrete a quien arrojaban un mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la voz y miraban a todos lados), un botarate sin pizca de juicio; don Feliciano Gómez, un pobre diablo a quien más importaba ocuparse en sus negocios no muy florecientes; don Rudesindo, un gran cazurro, que trataba de alquilar su almacén y anunciar su sidra. En cuanto al fundador y promovedor de aquella empresa, don Rosendo, decían que toda la vida había sido un badulaque, un necio que se creía escritor, sin entender de otra cosa que del alza y baja del bacalao...
Sólo el deber imperioso de aparecer como cronistas fieles e imparciales, nos obliga a dar cuenta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha sido con harto trabajo y disgusto. Porque la misma pluma se estremece en nuestras manos y se niega a estampar semejantes abominaciones.
De don Pedro Miranda, absteníanse de murmurar los murmuradores, no por otra razón sino por tenerle solicitado para que dejase la participación en el periódico, a lo cual le veían inclinarse desde la refriega de los clérigos; pues era don Pedro cristiano viejo y muy grande amigo del capellán de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, habían logrado desatar contra el periódico a algunas damas influyentes de la villa, entre ellas doña Brígida. Con esto tuvieron por suyo dentro del Saloncillo al sandio y degradado Marín. También atrajeron a su bando, poco después, al borracho del alcalde. Por una parte el espíritu de compañerismo con los tertulios de la tienda de la Morana, y por otra la molestia que sentía con las constantes excitaciones de la prensa, a las que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar pronto de aquel gran adelanto. Lo que acabó de ponerle mal con _El Faro_ y sus redactores, fué cierta gacetilla en que se censuraba al ayuntamiento y al alcalde con alguna dureza, por el lamentable abandono en que tenían los servicios de policía urbana, y lo poco que trabajaban por hacer agradable la temporada de verano «a los distinguidos escrofulosos que acudían a la playa de Sarrió en busca de salud».
Aunque aparentemente se trataban como amigos, existía, pues, entre los socios principales del Saloncillo sorda y disimulada enemiga. Iba ésta aumentando de día en día merced a los correveidiles que, en ocasiones análogas, no cesan de sembrar envidias y rencores. Temíanse ya las disputas y se rehuían, porque los desaforados gritos y los baldones que antes se lanzaban sin resultado alguno, gracias a la cordial avenencia que existía entre todos, eran, al presente, de mucho peligro. Reinaba, por tanto, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, pero muchísima menos franqueza y cordialidad.
Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. Entre personas que todos los días se ven y se hablan, y no se quieren bien, es imposible que en breve plazo no deje de estallar la discordia. La ocasión fué ésta. Llegó al Saloncillo (¡noramala fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar de cierta _Ilustración_ catalana, donde, entre otros grabados, se veía uno representando las orillas de un río americano, y en ellas solazándose hasta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. Tenía el ejemplar en la mano Maza, cuando acercándose don Rufo por detrás, exclamó en tono jocoso:
—¡Vaya unos cocodrilos escuálidos!
—No son cocodrilos—manifestó Maza en tono seco y desdeñoso, sin levantar la cabeza.
—¿Y por qué no han de ser?—preguntó el médico herido por aquel tono.
—Porque no.
—¡Valiente razón!
—Si no te convence, estudia, que yo no estoy aquí para hacer obras de misericordia.
—¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse a un lado, señores!
—No soy un sabio, pero no digo que estos animales son cocodrilos, cuando en el río Marañón no se crían cocodrilos.
—¿Qué son entonces?
—Caimanes.
—¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vienen a ser lo mismo.
—¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso?
—Hombre, es de clavo pasado. El caimán y el cocodrilo no se diferencian más que en el nombre. Aquí está don Lorenzo que ha viajado, y puede decir si no es verdad.
—El caimán es algo más pequeño—expresó don Lorenzo con sonrisa conciliadora.
—El tamaño es de poca importancia. La cuestión es saber si tiene o no la misma figura.
Don Lorenzo se inclinó en señal de asentimiento. Maza saltó, hecho una furia:
—Pero, señores. ¡Pero, señores! ¿Estamos entre personas ilustradas o entre aldeanos? ¿De dónde sacan ustedes que caimán es lo mismo que cocodrilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo y el caimán es del Nuevo Mundo.
—Dispénseme usted, amigo Maza; yo he visto cocodrilos en Filipinas—manifestó don Rudesindo.
—¿Y qué quiere usted decir con eso?
—Como usted decía que los cocodrilos no se crían en el Nuevo Mundo...
—¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo Mundo? Señores, ¡señores! hay que abrir los paraguas. Hoy llueven aquí burradas.
—Pues qué, ¿Filipinas querrá usted decirme que no es Ultramar?—preguntó don Rudesindo con la faz descompuesta.
—¡Nada, nada, siga el chaparrón!
—La diferencia principal, señores, que existe entre el cocodrilo y el caimán—dijo a esta sazón con autoridad don Lorenzo—es que el cocodrilo tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo tiene dos.
—¡No es eso, hombre, no es eso! Los cocodrilos tienen las mismas carreras de dientes que los caimanes.
Don Lorenzo sostuvo con brío su aserto. Le ayudó en la defensa don Rudesindo. Maza le atacó con no menos fuego, apoyado por Delaunay. Pronto entraron en liza otros cuantos socios generalizándose el combate, que fué haciéndose cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si hubieran poseído tres carreras de dientes como los cocodrilos, o aunque fuesen dos, no dudo que se devorarían, dada la rabia y el coraje con que se enseñaban la única con que la Naturaleza les había dotado. Maza estuvo tan procaz, tan insolente, que al fin don Rudesindo, sin ser dueño de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. Siguióse a éste una granizada de ellos entre los contendientes, con un pavoroso estruendo de ballenas y varillas de alambre que daba escalofríos al varón más arriscado. Muchos, que no se habían acordado siquiera de emitir su opinión sobre la dentadura de los reptiles citados, recibieron su parte alícuota de paraguazos, lo mismo que los que más habían esclarecido la cuestión con sus discursos. Subieron del café el amo con algunas otras personas; suspendieron los indianos del billar su juego; terció don Melchor de las Cuevas, de quien así en guerra como en paz se hacía mucho caso. Al cabo se logró apaciguar el alboroto ya que no concertar las voluntades, hacía algunos meses resfriadas.
El resultado fué que desde aquel día Gabino Maza, Delaunay, don Roque, Marín y otros tres o cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. Don Pedro Miranda siguió asistiendo con largos intervalos de ausencia. Esto hacía presumir a los tertulios restantes y a los redactores del _Faro_ que no podía contarse con él, y que no tardaría mucho en caer del lado contrario. Como sucedió en efecto. Los disidentes empezaron a reunirse en el café de Londres situado en la calle de Caborana. Pero no muchos meses después corrió por la villa la noticia de que alquilaban un almacén en la calle de San Florencio para establecer sus reuniones. Y así fué. Lo entarimaron, lo alfombraron, después pintaron sus paredes y su techo, amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pusieron mesas de tresillo y comenzaron a asistir tarde y noche a aquel sitio tan asiduamente como antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener embutida en la pared una litera que sirvió para dormir la siesta Marín, empezó a llamarse a aquel sitio en la población el _Camarote_, y este nombre le quedó. Los del _Faro_, que habían desdeñado a los desertores mientras no tenían techo donde guarecerse, entraron en cuidado. El primer síntoma de temor fué una gacetilla o _novela a la mano_ en verso-prosa describiendo aquella nueva tertulia y pintando a cada uno de sus socios con nombres de animales; Maza la víbora, Delaunay un gallo belga, Marín el jumento, don Roque el cerdo, etcétera, etc. Esta gacetilla exasperó a los del Camarote de un modo indecible.
Don Rosendo continuaba cada vez más pujante y empeñado en su campaña periodística. Introducía en el _Faro_ todas aquellas formas y maneras que observaba en la prensa nacional y extranjera, particularmente en la francesa. Había comisionado a un escritor de Madrid para que los miércoles le remitiese un telegrama de veinte palabras, y le escribiese además cartas políticas y literarias; traducía él todas las noticias curiosas que hallaba en los periódicos; hacía revistas de modas, de tribunales, de teatros (cuando había compañía). Pero donde más se distinguía era en las de mercados. No es fácil representarse la destreza con que manejaba, traía y llevaba los cereales, los aceites, los caldos y los arroces. Para que se vea con qué amenidad y galanura sabía tratar un asunto tan prosaico, diremos que en una ocasión escribía: «Las mieles, sensibles a estas alteraciones, se pronunciaron en baja y no alcanzaron estabilidad y firmeza en sus precios hasta que los cafés, los cacaos y demás géneros ultramarinos lograron reprimir sus vivas oscilaciones.» Era, en suma, el alma del periódico.
No bastaba, sin embargo, lo que había hecho para ponerlo a la altura de su ideal. Belinchón siempre había seguido con vivísimo interés en los periódicos de París aquellas polémicas personales que rara vez dejaban de terminar con un duelo. Y las peripecias de éste, contadas minuciosamente por algún testigo, le placían tan extremadamente, que ninguna comida había para él tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando pasaban muchos días sin desafío, don Rosendo languidecía. Las descripciones de los asaltos de armas entre los célebres tiradores de la capital de Francia, excitaban también grandemente su curiosidad. Y aunque un poco se le enredaban en el magín aquellas frases técnicas _engagement de sixte, battement en quarte, contre-riposte, feinte_, etc., allá las traducía a su modo y se daba por enterado. Decía él que en ningún signo se conocía mejor el grado de cultura de un país que en la afición a las armas. El manejo de ellas despertaba o avivaba la idea del honor y la dignidad humana. Su abandono arrastraba consigo la cobardía y la degradación. Conocía mejor que sus parientes la biografía de los grandes duelistas y _gens des armes_ de París. Podía describir con pelos y señales los desafíos que habían tenido y la gravedad de las heridas. En cuanto se anunciaba un asalto entre dos maestros, por ejemplo Jacob y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado. Abría con precipitación todos los días el _Fígaro_ y apostaba en su interior por uno o por otro.
Un día se le ocurrió en la cama (donde le asaltaban siempre las grandes ideas) que ser periodista sin conocer las armas o manejarlas, era lo mismo que ser bailarín y no tocar las castañuelas. El día menos pensado se suscitaba un lance, había que acudir al terreno, y él no sabía siquiera ponerse en guardia. Verdad que en todo Sarrió no había quien supiese más. Pero nadie tenía tanta obligación de conocer la esgrima como él. Además, el altercado podía ser con un periodista de Lancia o de Madrid, y entonces era preciso dejarse asesinar. Estas imaginaciones le llevaron a adoptar una resolución; la de aprender a toda costa a tirar el florete. ¿Cómo? Haciendo venir un maestro a Sarrió, ya que él no podía separarse de este punto. Sin comunicar el pensamiento con nadie, escribió a un amigo de París, el cual buscó en las salas de armas de esta ciudad algún auxiliar o _prevot_ que quisiera expatriarse. Al cabo de algún tiempo se halló uno que, mediante la cantidad de dos mil francos anuales, y dejándole libertad para dar lecciones, consintió en venir a establecerse en la villa del Cantábrico.
Un día, con verdadera estupefacción del vecindario, se dijo que acababa de llegar en la goleta _Julia_ un profesor de esgrima, M. Lemaire, con el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las armas a don Rosendo. Y, en efecto, pronto se vió a éste acompañado de un joven delgadito y rubio, de traza extranjera. La impresión fué honda. En los pueblos pequeños, donde la gente se pega de palos y bofetadas, la frialdad, la corrección y la gravedad de los duelos produce asombro y terror. Lo primero que se les ocurrió fué que don Rosendo deseaba matar a alguno. Sólo después de mucho tiempo comprendieron la razón de aquel aprendizaje.
Don Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad que merecía. Todos los días dedicaba un par de horas por la mañana, y otro por la tarde, a tirarse a fondo, que fué lo único que le permitió hacer el profesor en los dos primeros meses. El resultado notabilísimo de este ejercicio fué que al cabo de algún tiempo no sabía si sus piernas eran verdaderamente suyas o de otro bípedo racional como él. Tan agudas y vivas fueron las agujetas que le acometieron, que hasta cuando se hallaba durmiendo creía estar tirándose a fondo. Despertaba sobresaltado con terribles dolores en las articulaciones. ¡Luego aquel M. Lemaire era tan cruel! Nunca se daba por satisfecho del trabajo de las extremidades del buen caballero:—«_¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus saprísti!_» Y el mísero don Rosendo se abría, se abría de un modo bárbaro, inconcebible, percibiendo la grata sensación de si le aserraran el redaño. Terminado tan noble ejercicio, el señor Belinchón se veía necesitado a ir cogido a las paredes para trasladarse de un sitio a otro, formando un ángulo de ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el fin de sus días, el glorioso fundador de _El Faro de Sarrió_ siempre anduvo más o menos esparrancado.
Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país. Al cabo de los dos meses comenzó el eterno _tic tac_ de los floretes. Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo, Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros, tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio. No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de un modo distraído:—_En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez... ¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien!_ Don Rosendo se creía trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. _El Faro_ no era _El Faro_, sino _Le Gaulois_ o _Le Journal des Debats_.
Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría. Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero con quién tener _affaire_ en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto, sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia aprovechando la polémica que el _Faro_ venía sosteniendo con el _Porvenir_, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que ciertas frases del _Faro_ no merecían sino el desprecio. En su consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del _Porvenir_. Se trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara. Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del _Porvenir_ se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las cercanías de Lancia.
Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:
—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...» ¿No he interpretado bien su deseo?