El cuarto poder

Chapter 18

Chapter 184,016 wordsPublic domain

La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo, respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»

Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.

—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se limpiaba el sudor con el pañuelo.

—Y yo con usted, Pablo.

—¿Usted?

La joven se ruborizó.

—¿Has olvidado el tú ya?

—¡Tanto tiempo se pasó!

—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.

—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un caballo blanco...

—Era una yegua.

—Creí que te tiraba.

—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco, chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.

—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba... ¡Jesús! Yo estaba asustada.

—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré, o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás, tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...

Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la Linda iba a encontrar su amor perdido.

De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!

Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín, y salió a la calle.

Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento, que sin volver la cara exclamó:

—¡Valentina!

—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?

—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?

—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella, no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una navaja!

—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más enfurecido.

—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!

Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y después otra, y después otra... en fin, una _sopimpa_ más que regular. La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:

—¿Has concluído ya?

—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el mancebo ciego de cólera.

—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme. Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al baile.

—No quiero.

—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo, porque me has despeinado.

El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco caras.

Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión. Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró en ella y se sentó en un diván esperando la vez.

—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de través.

Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma elegancia que las piernas.

—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a uno de sus compañeros.

—¿Qué quieres, Cosme?

Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su habitual majestad y languidez.

—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?

—Allá va.

Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a rasparle.

Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa afectada que extendía desmesuradamente su boca:

—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?

—Sí—articuló.

—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo! Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche... y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...

—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había transformado ya en verdadero anhelo.

—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa... ¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?

—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una abundante transpiración.

—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y todo fué rodando.

Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa. Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las traiciones y emboscadas.

—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor. Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La verdad, yo quería mucho a esa niña...

La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.

—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...

Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un tiempo:

—¿Qué es eso?

—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.

En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de la villa.

XIII

EN QUE SE DESCUBREN ALGUNOS SECRETOS DE LA VIDA DE GONZALO

Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte. Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones del cuerpo.

—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la puerta.

—Haga usted el favor de llamar a la señorita.

Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:

—Que viene al instante.

El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia de su esposa asomó por la puerta.

—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído, que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.

—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.

—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.

—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.

La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio, poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:

—¿No sería mejor que el médico te curase?

—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.

Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.

Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo suavemente:

—Vamos.

Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo aprovechó la ocasión para besarla en la frente.

No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual desenfado:

—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si quieres le pasaremos recado.

—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!

Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a cortar la piel.

—¿Te duele?

—Nada: sigue adelante.

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.

—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.

Ventura le miró sorprendida.

—¿Por qué?

—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y tapándose con la ropa.

Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba al techo.

—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...

—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.

La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:

—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes de comer.

Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo exclamó con sonrisa sarcástica:

—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.

Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y terribles de los hombres sanguíneos.

Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:

—¿Quién va?

La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz, tardó un instante en contestar.

—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.

—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de pronto.

Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.

—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres la limonada ya la tienes hecha.

—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a todo tirar me levanto.

—¿Te han curado la cantárida?

—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió, volviendo a fruncir la frente.

—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo Cecilia sonriendo con bondad.

—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no poco avergonzado.

—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en su estómago.

—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia, levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti... estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.

—¡Oh, no, Gonzalo!

—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos. No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese consentido seguir...

Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para contrarrestar los de su cuñado.

—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...

—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella, lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes, sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha encargado a París que mi enfermedad...

—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.

—No estoy loco. Digo la pura verdad...

Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas, complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego, comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante, sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela. ¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no había sido posible que le hiciera caso.

Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus bruscas sacudidas se le marchaba.

Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del joven se aplacase.

Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a decirle con voz muy suave: