El cuarto poder

Chapter 13

Chapter 134,021 wordsPublic domain

Gonzalo, a pesar de la viva inquietud en que la conversación con su tío le dejara, sintió la fascinación de aquel mar, de aquel cielo, de aquella luna, y su _agitación_ se fué transformando en _tristeza_. Las severas palabras del viejo marino habían despertado a latigazos su conciencia. Renació con más furia que antes la lucha entre el ángel y el demonio. Una vez estuvo aquél a punto de vencer. El joven imaginó presentarse al día siguiente en casa de Belinchón, hablar con doña Paula y rogarla que no dijese nada a Cecilia y apresurase el matrimonio. Pero al instante se le ofreció a la mente la imagen de Venturita, y pensó que le sería imposible vivir al lado de ella, sin padecer horribles tormentos. Entonces, como acaece casi siempre en estas luchas, vino el período de las transacciones.—«Nada, lo mejor—se dijo—es huir, marcharse otra vez a Francia o Inglaterra, y no casarse con una ni con otra. De este modo no hay traición. La herida que causo a Cecilia se cicatrizará pronto. Hallará un marido que valga más qué yo, y cuando vuelva al cabo de algunos años, probablemente la encontraré feliz y rodeada de hijos...»

Pero... ¡huir de Ventura! ¡Huir de aquella imagen radiante de felicidad! ¡No escuchar más su voz que causaba en el alma delicias incomprensibles! ¡No sentir el dulce contacto de su mano fresca y maciza como un botón de rosa! ¡Alejarse de sus ojos brillantes y risueños y magnéticos!... ¡Oh, no!

Sentía la frente bañada en sudor. Una mortal congoja le acometió pensando en esto, como si ya la decisión estuviese tomada, y para salir de ella tuvo que decirse:—«Ya veremos, ya veremos... Ahora es muy difícil, casi imposible, volverse atrás... La madre ya lo sabe... Don Rosendo también... y Cecilia a estas horas acaso...»

El ángel aflojó sus brazos, cansados ya, desprendió las manos y cayó al fin rendido. Si no con los del cuerpo, Gonzalo pudo ver con los ojos del espíritu su blanca imagen cruzar la atmósfera serena y hundirse en las aguas resplandecientes.

Y lloró acometido de extraña tristeza. Esta clase de luchas nunca se efectúan en el alma humana sin desgarrarla por algún sitio. Para alcanzar la dicha necesitaba pisar el corazón de una inocente joven, violar un juramento, ser un traidor. Las palabras de su tío vibraban aún en sus oídos:—«Al hombre que falta a su palabra no puede ayudarle Dios.» Y, en efecto, él se consideraba indigno de esta ayuda. Un presentimiento cruel, indefinido, de desgracia, de muerte, de tristeza, le atravesó el pecho, y en intensa y rápida visión observó la fealdad de la vida sin virtud ni sosiego, como el caballero de la leyenda que, abrazado a una dama joven y hermosa, al oscilar la luz por la fuerza del viento la veía transformada en vieja, descarnada y hedionda.

Las aguas batían suavemente el paredón a sus pies. Con los ojos clavados en ellas seguía distraído su movimiento ondulante. Las algas, sujetas al fondo, se agitaban con el vaivén de las olas semejando la cabellera de un muerto. ¡Qué bien se dormiría allí abajo! ¡Qué paz en aquel fondo transparente! ¡Qué mágica luz arriba! Gonzalo escuchó por primera vez en su vida la voz elocuente de la Naturaleza que invita a reposar en su seno maternal, esa voz dulce de irresistible atractivo que los desgraciados escuchan hasta en sueños, y que les impulsa tantas veces a acercar el frío cañón de una pistola a la sien.

Fué un instante no más. Su feliz temperamento sanguíneo se rebeló contra ese llamamiento. La vida, que hervía exuberante en su naturaleza de atleta, rechazó con indignación aquel fugaz pensamiento de muerte. Un suceso insignificante, la aparición de una lucecita verde en los confines del horizonte, bastó para divertir su imaginación de aquellas ideas tristes.—«Un barco que quiere entrar—se dijo.—¿Qué hora será? (Sacó el reloj.) ¡Las diez y media ya! Si fuese un poco más temprano, me quedaría. Vamos a ver si aún está esa gente en el café y quiere jugar unos _chapós_.»

Sacó un magnífico cigarro habano de la petaca, lo encendió, y chupándolo voluptuosamente, se fué acercando, poco a poco, al café de la Marina.

Casi a la misma hora pasaba en casa de Belinchón una escena triste. Todo aquel día, había estado doña Paula en su lecho, quejándose de una fuerte opresión en el lado izquierdo, que le dificultaba mucho el respirar. No le gustaba llamar al médico, por esa antipatía invencible y aun terror que tiene la plebe a la ciencia. En cambio acostumbraba a propinarse cuantos remedios absurdos le aconsejaban las muchas mujerucas que acudían diariamente a su casa para sacarle los cuartos con viles e hiperbólicas adulaciones. Así, que no cesaron las fricciones de sebo de carnero, las tazas de hortelana, la enjundia de gallina, etc., etc. Por fin, a despecho de esta formidable terapéutica, la buena señora mejoró bastante al obscurecer: hasta quiso levantarse; pero se lo impidieron Cecilia y Pablito. Uno y otra la habían acompañado largos ratos sentados a la cabecera de la cama. En particular Cecilia apenas se separó más instantes que los necesarios para preparar las unturas y tisanas. Pablito hacía frecuentes, excursiones a los corredores, donde, por rara casualidad, tropezaba casi siempre a Nieves y la hacía pagar derechos de peaje. A veces, sus carcajadas reprimidas llegaban hasta el cuarto de la enferma, y ésta sonreía con benevolencia diciendo a Cecilia:

—¡Qué locos!

Sin ocurrírsele, por supuesto, que su adorado hijo pudiera hacer otra cosa que jugar al escondite.

Según iba quedando libre y desembarazado su pecho, cargábasele la cabeza con el cuidado de comunicar a su hija aquella tan triste noticia que la había puesto en cama. No hacía más que dirigirle largas y melancólicas miradas, suspirando al mismo tiempo con señales de dolor. Varias veces había dicho:

—Cecilia, oye.

Y otras tantas, arrepentida, la había ordenado cualquier menudencia.

Había cerrado la noche. Venturita encendió la lámpara veladora, y después se fué. Pablo, viendo a su madre mejor, y no teniendo ya ocasión de ejercer sus derechos señoriales en los pasillos de la casa, fué a dar una vuelta por el café. Quedaron madre e hija en la alcoba; la primera en la cama, tranquila ya; la segunda, sentada cerca de ella. Después de rato largo de silencio, durante el cual la señora de Belinchón dió mil vueltas en su cabeza para hallar una entrada que la llevase naturalmente a la confidencia que estaba obligada a hacer.

—¿Han cosido hoy mucho las chicas?—preguntó.

—No sé... Apenas he ido por allá—respondió Cecilia.

—Me figuro que, si seguimos trabajando tanto, vamos a concluir demasiado pronto.

—Puede ser.

Doña Paula no supo cómo proseguir, y guardó silencio.

Al cabo de algunos minutos cogió el hilo de nuevo.

—En todo este mes de agosto quedará terminado el equipo... Y yo creo que tardaréis aún algunos meses en casaros.

—¿Algunos meses?...

—Me parece... Creo que Gonzalo no desea que la ceremonia sea tan pronto—dijo la señora con voz temblorosa.

—¿Te lo ha dicho él?

—Sí; me lo ha dicho... Digo, no, decírmelo, no... pero lo he adivinado por ciertas cosas... por algunas palabras indirectas....

Doña Paula estaba aturdida y sofocada. Afortunadamente, Cecilia no podía observar bien el color encendido de sus mejillas.

—Desearía saber qué palabras fueron ésas—manifestó la joven con firmeza.

—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a sollozar.

Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con efusión la mano que tenía entre las suyas.

Repuesta del susto, preguntó:

—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.

—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija mía.

—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta emoción.

—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres mucho?

Cecilia no contestó.

—¡Dime, por Dios, que no le quieres!

Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose en vano por dar una inflexión segura a la voz:

—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?

A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las manos.

Transcurrieron algunos instantes.

—¿Tiene alguna queja de mí?

—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?

—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.

—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos por ocultarse.

—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho tiempo le iré olvidando poco a poco...

—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.

—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le veré.

—Es que... ¡hija de mi alma, tu desgracia es aún mucho mayor!... Gonzalo está enamorado de tu hermana.

Cecilia se puso aún más pálida, hasta dar en lívida, y guardó silencio.

Su madre le volvió a besar la mano con efusión. Después la trajo hacia sí y le cubrió de besos el rostro.

—Perdóname que te esté martirizando de este modo... Por mucho que tú sufras, aun sufro yo más... Ayer por la tarde, tu hermana me lo vino a decir,.. Figúrate el susto y el dolor que habré recibido... Mi primer impulso fué ahogarla, porque es imposible que ella no tenga la mayor parte de la culpa... Me dió pruebas de que estaban ya hace tiempo en relaciones, me enseñó cartas... Luego, la falta de Gonzalo en estos días, lo hacía todo creíble. En cuanto estuve convencida de la traición, le dije lo que venía al caso, esto es, que yo no podía consentir que nadie hiciese burla de una hija mía, y que Gonzalo no pondría más los pies en esta casa en toda su vida; que tan villano y tan infame era él como ella... Todo lo que se me vino a la boca. Pero esta mañana... esta mañana supe una cosa más horrible todavía... Supe que tu hermana ha llegado donde no puedo ni quiero decirte. No hay más remedio que casarlos, y cuanto más pronto... Ya sabes por qué me ha dado esta opresión que por poco me mata, ¡y más valiera que así fuese!... Lo mismo tu padre que yo estamos cogidos, tenemos los brazos atados. Si no fuese así, antes que consentir en ese matrimonio, me harían primero pedazos... La infamia que contigo ha usado ese hombre, me lo hace aborrecible ya para toda la vida... ¡Sí, sí, para toda la vida!—añadió con acento iracundo.

Cecilia no respondió. Cruzadas las manos sobre el regazo, y la cabeza inclinada sobre el pecho, miraba al suelo con ojos atónitos. Ni el discurso entrecortado y vehemente de su madre, ni los sollozos que le siguieron, lograron hacerla variar de actitud. Así permaneció un buen rato, inmóvil y blanca como una estatua.

En aquellos grandes ojos extáticos, tembló al fin una lágrima, creció, vaciló... desprendióse rodando, dejando húmedo surco sobre sus mejillas marchitas, y cayó como una gota de fuego sobre su mano, que se dejó quemar sin moverse. Poco después, se había evaporado. Un ángel la recogió y la llevó a Dios para que pidiese cuenta de ella a quien correspondiese.

X

DE LA GLORIOSA APARICIÓN DE «EL FARO DE SARRIÓ» EN EL ESTADIO DE LA PRENSA.—PRIMEROS FUEGOS DE LA BATALLA DEL PENSAMIENTO.

Una nueva y clara luz amanecía sobre Sarrió, después de tantas tinieblas. Por la merced y gracia singular de Dios, hallóse la hermosa villa provista, cuando menos lo pensaba, de un órgano en la prensa, siquiera fuese semanal o «hebdomadario», según decía su ilustre fundador. Graves obstáculos, escollos peligrosos se oponían a la realización de la empresa. Todos supo vencerlos y evitarlos la perseverancia y el genio del hombre extraordinario que la tomara a su cargo. La primer dificultad vencida fué la del dinero. Se crearon cincuenta acciones de mil reales cada una, para el sostenimiento del periódico, de las cuales los amigos de don Rosendo sólo tomaron nueve; don Rudesindo cinco, don Feliciano dos y don Pedro Miranda, a pesar de su cuantiosa renta, otras dos nada más. En cuanto a los otros, Alvaro Peña, don Rufo, Navarro, etc., se disculparon con su falta de recursos, y no les faltaba razón. Además, ponían en el negocio su inteligencia, que es lo principal. Quedóse con las cuarenta y una restantes, don Rosendo. Grandeza singular de ánimo que causó excelente impresión en todos.

Despacháronse emisarios a Lancia en busca de imprenta. No habiendo dado resultado sus gestiones, el mismo fundador se trasladó a la ciudad. Al cabo de algunos días tuvo la fortuna de descubrir a un impresor arruinado hacía algunos años, cuyos tórculos rotos y enmohecidos no había querido comprar nadie y yacían cubiertos de polvo en un obscuro sótano. Cuando don Rosendo fué a examinarlos en compañía de su dueño, no pudo menos de sentir respetuosa emoción. Un raudal de graves y profundas reflexiones se desprendió acto continuo de su mente al contemplarlos:—«He aquí—se dijo—los instrumentos más poderosos del progreso humano en vergonzosa holganza, no por culpa suya, sino por el abandono de los hombres. ¡Cuánta ilustración, cuánto pan espiritual pudieron esparcir en los años que llevan arrinconados y silenciosos! Mientras la barbarie y la ignorancia imperan en la mayor parte de nuestras comarcas, ellos, que son los únicos que tienen fuerza para desterrarlas, permanecían aquí inmóviles, faltos de una mano que los empuje y arranque de sus entrañas los secretos de la ciencia y la política.»

Poco faltó para que los besara y abrazara tiernamente. El impresor, hallándole en tan benévola disposición de ánimo respecto de ellos, no quiso ser menos, y se declaró enamorado hasta los huesos de sus instrumentos. Por ningún dinero consentiría en desprenderse de aquellos antiguos compañeros que le habían ayudado a ganarse el pan (y el vino también, según lo que se decía por el pueblo). Cantó sus excelencias con tal fuego y entusiasmo, como si fueran sus padres y sus hermanos y a ellos debiera el soplo de vida que le animaba, e hizo además la importante declaración de que imprimían, si no tan pronto, mejor y mas limpio que todas las prensas conocidas hasta el día. De acuerdo con estos extremos, don Rosendo se esforzó, no obstante, en convencerle de que debía enajenarlos siquiera por que no se perdiesen sus notabilísimas cualidades. Pero cuanto más elocuente se mostraba el negociante, más tierno y encariñado aparecía el impresor. Por último, se convino en que éste no se desprendiese de aquellas prendas, tan caras a su corazón, ya que no tenía valor para llevarlo a cabo, y se trasladase con ellas a Sarrió, donde se establecerían definitivamente. Llevaría consigo algunos cajistas que pudiesen enseñar a otros jóvenes de la villa, y todos los enseres necesarios para montar la imprenta. Folgueras, que así se llamaba el impresor arruinado, quedaba como dueño y regente de ella. Cobraría por la tirada del nuevo periódico un tanto, mayor dos veces, según nuestros cálculos, a lo que cobran en las mejores imprentas de Madrid. No era mucho si se tiene en cuenta el mérito de los tórculos y el acendrado amor que les profesaba.

El título fué uno de los puntos en que mejor se mostró el gallardo ingenio e invención de don Rosendo. Intitulólo _El Faro de Sarrió_, nombre altamente expresivo y sonoro, y de alcance singular, por cuanto no otra cosa se proponía su fundador que esclarecer a su pueblo y darle esplendor. Secretamente encargó a Madrid un grabado para la cabeza del periódico. Al llegar pocos días después, causó espasmos de alegría, tanto entre los accionistas como entre todos los que tuvieron la fortuna de verle. Representaba un puerto de mar, Sarrió al parecer, en las altas horas de la noche, a juzgar por las negras tintas del cielo y el mar. A la izquierda se elevaba una altísima montaña ideal que lo dominaba enteramente, y sobre ella se veía un caballero que guardaba cierto parecido lejano con don Rosendo, dirigiendo los fuegos de una inmensa linterna sobre la villa. Cerca de él percibíanse las cabezas de otros cuantos personajes. Los accionistas creyeron de buena fe que eran sus efigies, y quedaron vivamente agradecidos al dibujante.

Fué designado como local para la imprenta un almacén de don Rudesindo, pagándole la renta, por supuesto. A la redacción se destinó en el mismo local un compartimiento, para lo cual hubo que ejecutar algunas obras. Montóse al fin la imprenta, no sin muchos e impensados gastos. Folgueras, que decía estar provisto de todo lo necesario, no tenía nada, y fué preciso encargar a Madrid fundiciones y piezas que faltaban a la prensa, construir galerines, comprar mesas, etc., etc. Al fin todo quedó arreglado. Don Rosendo trabajaba como un negro, ocupándose hasta en los más ínfimos pormenores. Su talento organizador se reveló en esta ocasión mejor que nunca. Se nombró redactor en jefe a Sinforoso Suárez, con un sueldo de veinticinco duros mensuales, y administrador al hijo primero de don Rufo.

Faltaba el papel. Se había telegrafiado a Madrid pidiendo una remesa, y no acababa de llegar. La impaciencia de Belinchón era grande. Telegramas iban y venían por los alambres eléctricos. Unas veces se decía que estaba detenido en Lancia: telegrama a Lancia reclamándolo. Otras, que no había pasado de Valladolid: telegrama a Valladolid. Otras, que no había salido de Madrid: telegrama a Madrid. Don Rosendo juró en esta ocasión que no encargaría más papel a Madrid, y sí lo haría traer de Bélgica. Mas lo que fué motivo de disgusto trocóse en placer intenso, como sucede siempre, cuando al cabo se les participó que unos cuantos fardos habían llegado a Lancia, y que allí esperaban el carro que había de traerlos a su destino. Como el periódico estaba ya compuesto hacía días, procedióse inmediatamente a la tirada, que había de ser cuantiosa. Don Rosendo pretendía esparcirlo profusamente por la provincia, enviarlo a todas las de España, y hasta darlo a conocer en las naciones extranjeras. Tanto aquél como sus socios asistieron con interés al acto de funcionar la máquina. No se cansaron de admirar su complicado rodaje, la singular precisión de sus movimientos, y la pasmosa velocidad con que imprimía el periódico, pues no bajaban de doscientos los ejemplares que dejaba enteramente concluídos en una hora. Su ilustre fundador, no pudiendo reprimir el fuego periodístico que le devoraba, se despojó a presencia de todos de la levita, y se puso a dar con energía al manubrio de la rueda-volante, hasta que el sudor brotó en abundancia de su despejada frente. Ejemplo señalado de entusiasmo y amor a la civilización que nos complacemos en referir para enseñanza de las nuevas generaciones.

Salió al fin _El Faro de Sarrió_ en gran tamaño, porque su fundador no quería que se escatimase papel, y bastante bien impreso. La único que apareció borroso fué el grabado de la cabecera, hasta el punto de que la mayoría del público quedó convencido de que en el individuo que tenía la linterna en la mano, se quería representar un negro en vez de la respetable persona que ya hemos indicado. Contenía un artículo de fondo impreso en letra grande del doce, titulado _Nuestros propósitos_. Aunque estaba firmado por La Redacción, era debido únicamente a la pluma de don Rosendo. Los propósitos del _Faro_ «al aparecer en el estadio de la prensa», eran principalmente defender, «alta la adarga y calada la visera», los intereses morales y materiales de Sarrió, combatir la ignorancia «en todas sus manifestaciones» y en las batallas ardientes de la prensa, luchar sin descanso por el triunfo de las reformas que el progreso de los tiempos exigía. La redacción del _Faro_ creía que «había sonado la hora de romper definitivamente con las doctrinas del pasado». Sarrió deseaba con afán emanciparse de la rutina y de las ideas mezquinas, «romper los moldes estrechos en que yacía aprisionado» y «entrar de lleno en el dominio de su propia conciencia y de sus derechos». «Hacemos votos—decía el articulista—por que la aparición de nuestro periódico coincida con un período de actividad moral y material, y podamos asistir a una de esas transformaciones sociales que forman época en los anales de los pueblos. Si nuestra voz consiguiese despertar a la villa de Sarrió de su largo sueño y estancamiento, y lográsemos ver lucir pronto la alborada de una era de labor y de estudio propia del movimiento reformista que aspiramos a iniciar, ése será el mejor galardón que recibirán nuestros esfuerzos y sacrificios.»

El lenguaje no podía ser más noble y patriótico. Y, como siempre, la modestia corría a las parejas con la autoridad y la elocuencia.

«No abrigamos la pretensión—decía—de ser los caudillos en esta gran batalla del pensamiento que no tardará en iniciarse dentro del recinto de Sarrió. Sólo aspiramos a luchar como obscuros soldados, y que se nos conceda un puesto en la vanguardia. Allí pelearemos como buenos; y si al fin caemos vencidos, lo haremos envueltos en la sagrada bandera del progreso.»

Esta alegoría militar, causó excelente impresión entre los vecinos, y contribuyó no poco a la entusiasta acogida que el periódico obtuvo. Finalmente, el artículo era tan elegante en las palabras, tan lleno de graves sentencias, el estilo tan concertado, que el público no tuvo a quién atribuírselo dignamente, sino a su glorioso director.

Y así era la verdad.

Insertaba después el periódico un largo artículo de Sinforoso, sobre la mujer. Eran dos columnas cerradas de prosa poética, engalanada con todas las flores de la retórica, en que se cantaba la dulce influencia de esta mitad del género humano. Aseguraba en términos calurosos, que la civilización no existe sino en el matrimonio. El amor conyugal es su única base. Todo es santo, todo es hermoso, todo es feliz en el lazo íntimo que une a dos jóvenes esposos. Esta invitación al matrimonio, aunque dirigida al bello sexo en general, iba en particular, según la opinión pública, a cierta bella estanquera de la calle de Caborana, cuyo amor pretendía Sinforoso hacía algunos años sin resultado. El público creía también que la joven concluiría por aceptarla, tanto por los términos poéticos en que iba expuesta, como por los quinientos reales mensuales que había comenzado a devengar el invitador.

Venía después otro del maestro de la villa, don Jerónimo de la Fuente, que era una seria y violenta impugnación de las tres famosas leyes de Kepler sobre la mecánica celeste.

Gracias al anteojo que tenía en el balcón de su casa, don Jerónimo había hecho una serie de prodigiosos descubrimientos, que daban al traste con todos los conocimientos existentes en astronomía. No es maravilla que el dignísimo profesor de primeras letras, poseído de legítimo orgullo, exclamase al final de su artículo: «¡Bajen, pues, del pedestal en que la ignorancia de los hombres los ha colocado esos colosos, portaestandartes de una falsa ciencia: Kepler, Newton, Laplace, Galileo. Todos sus cálculos se han deshecho como el humo, y sus magníficos sistemas son hojas secas que, desprendidas del árbol de la ciencia, no tardarán en pudrirse!»

Insertábanse también unos versos de Periquito, el hijo de don Pedro Miranda, en que le decía a cierta misteriosa G., que «él era un gusano; ella una estrella»; «él una rama; el árbol ella»; «ella una rosa; la oruga él»; «ella una luz; él una sombra»; «ella la nieve; el fango él, etc., etc.»