El cuarto poder

Chapter 12

Chapter 123,954 wordsPublic domain

La mirada de la doncella al entregárselo, donde creyó advertir a pesar de la sonrisa una tácita censura, le turbó un poco. Despidióla con larga propina. Al abrir después con mano trémula la carta, percibió el perfume de sándalo que Venturita usaba. Ofrecióse súbito a su imaginación la imagen hermosa provocativa de la niña, y removió las últimas fibras que en su ser aún no habían vibrado. Acercóla a los labios, y embriagado y palpitante de deseo, la besó con frenesí repetidas veces.

¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano, y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia de estos miserables pormenores!

Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre, esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo, cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas. Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza. Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un lado para que no estorbase.

—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.

—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su lado.—Ya está todo arreglado.

Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba entre los dedos, le dijo:

—¿Estás contenta con el vestido?

—Si, mamá.

—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho, quedará que ni pintado.

La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo, esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:

—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?

—¡La retirada de Gonzalo!—exclamó la señora volviendo con asombro la cabeza.—¿Qué quieres decir, criatura?

—Sí, la retirada, porque a mí me consta que no está enfermo. Ayer estuvo toda la noche jugando al billar en el café de la Marina.

—¡Bah, bah! ¿Tienes ganas de reir?

—No me río, mamá, hablo en serio.

—¿Y quién te ha dicho a ti eso?

—Lo sé por Nieves, que se lo dijo su hermano.

—Puede que le haya aliviado el dolor por la noche y saliese a esparcirse un poco.

—Y entonces, ¿por qué no ha venido hoy?

—Porque le habrá vuelto otra vez.

—No lo creas, mamá... Ten la seguridad de que Gonzalo no quiere a Cecilia.

—¿Sabes lo que estás diciendo, necia? Hazme el favor de callarte, antes que me enfade.

—Me callaré; pero las pruebas de cariño que está dando no son grandes.

—¡Tendría que ver eso!—dijo la señora volviéndose airada.—Si Gonzalo es mucho, Cecilia es más... A mi hija no la desprecia ni Gonzalo ni el Príncipe de Asturias, ¿sabes?... Me enteraré de lo que acabas de decir, y si resulta cierto, ya tomaré yo mis medidas.

Doña Paula era de natural bondadoso y tierno, amiga de los pobres y generosa; pero tenía la altivez irreflexiva y la susceptibilidad exagerada de las artesanas de Sarrió.

—No, mamá, no se trata de eso. ¿Quién te ha dicho que Gonzalo desprecia a Cecilia?

—Tú misma. ¿Por qué no la quiere entonces?

Venturita se detuvo un instante, y respondió con firmeza:

—Porque me quiere a mí.

—Vamos—dijo la señora sonriendo.—Ya debí comprender desde el principio que era todo una broma.

—No es broma, es la pura verdad... Y si quieres convencerte, entérate...

Sacó al mismo tiempo del pecho una carta que llevaba a prevención, y se la alargó.

Doña Paula se puso en pie vivamente, y gritó:

—¡Pronto!... ¡Una luz, pronto!

Venturita tomó una caja de cerillas que había sobre el costurero, y encendió una.

Madre e hija estaban pálidas. Aquélla arrimó la carta a la luz. En cuanto leyó unos cuantos renglones, se dejó caer en la butaca, y clavando los ojos con expresión dolorosa en su hija, le dijo:

—Ventura, ¿qué has hecho?

—¿Yo? Nada—respondió la niña tirando al suelo la cerilla que tocaba a su fin.

—¿Nada te parece, loca, impedir el matrimonio de tu hermana, engañarla miserablemente, dar un escándalo en la villa como nunca se habrá visto?

—Yo no he hecho nada de eso. El fué quien se me declaró. ¿Es pecado dejarse querer?

—En esta ocasión, sí—replicó con severidad la señora.—A la primera señal debiste advertirme. Consentir que te hablase de otro modo que como una hermana, era hacer traición a tu hermana y hacerte a ti muy poco favor.

—Pues ya está—replicó la niña en tono desdeñoso.

—Pues no estará—replicó doña Paula con enojo y levantándose.—¿Qué te has propuesto, vamos, di?... Mejor dicho, ¿qué os habéis propuesto?

—Debes suponerlo.

—Casaros, ¿verdad?—preguntó en tono sarcástico.

—¡Qué equivocada estás!... El matrimonio de tu hermana quedará deshecho... Desde ahora mismo lo doy por deshecho... ¡pero lo que es tú, bien libre estás de casarte con Gonzalo... ni de que éste ponga siquiera los pies más en casa...! En primer lugar, tú eres una mocosa que debieras estar jugando con las muñecas y recibiendo azotes... y aunque no lo fueras, ni tu padre ni yo podíamos consentir que te casaras con un hombre que ha engañado miserablemente a tu hermana y nos ha engañado a todos... Lo menos que diría la gente es que estamos muertos por hacerle nuestro yerno. ¡Que se te quite, niña!

—Pues que quieras o no quieras—dijo Venturita retrocediendo de espalda hacia la puerta,—me casaré.

Doña Paula quiso castigar la insolencia; pero la niña salió precipitadamente, sujetó la puerta, y entreabriéndola después, dijo con acento rabioso:

—¡Me casaré! ¡me casaré! ¡me casaré!

Al día siguiente, Gonzalo recibió una carta de ella, que decía: «Ayer hablé con mamá. Se ha enfadado mucho. Hoy hablaré otra vez, y espero que cederá. Ten confianza.»

Y en efecto, aquella misma mañana madre e hija volvían a tener habla en el cuarto de la última. Fué larga, y no sabemos lo que en ella pasó. Doña Paula salió al cabo de una hora con los ojos enrojecidos de llorar, llevándose la mano al corazón, del cual padecía a menudo, en dirección a su cuarto, y se acostó. Ventura salió en pos de ella, serena; pero pálida. Llamó a Generosa, su confidente, y le dió un recado para Gonzalo. Este, a las nueve de la noche, se paseaba por delante de la casa de Belinchón. Pocos minutos después, Venturita abría la ventana del escritorio, que estaba en la planta baja y tenía rejas.

—Ya está todo arreglado—dijo en voz de falsete luego que el joven se hubo acercado.

—¿Cómo? ¿De veras?—preguntó éste con alegría.

—¡Oh, buen trabajo me ha costado! Estaba furiosa.

—¿Y tu papá?

—Papá aún no sabe nada; pero cederá también... ¡Vaya si cederá!... La receta no puede ser más eficaz.

—¿Qué receta?

—La que he empleado... La cosa se había puesto tan fea, que ya estaba resuelto que tú no volvieras más a casa. A mí me mandaba a Tejada en castigo. Ni súplicas ni razones valían de nada. Estaba loca de ira. Te llamaba infame y traidor. A mí, ¡figúrate cómo me pondría!... Entonces no tuve más remedio que apelar al último recurso... por más que sea un poco fuerte—añadió en voz más baja y alterada.

—¿Qué recurso?—preguntó Gonzalo con curiosidad.

Venturita guardó silencio algunos momentos. Al cabo respondió avergonzada:

—Le dije... le dije que tú y yo no podíamos menos de casarnos ya.

—¿Pues?

—Pues... pues... adivínalo—dijo la niña con impaciencia.

En efecto, Gonzalo adivinó y experimentó una impresión de repugnancia y temor. Calló obstinadamente por algún tiempo. Venturita le preguntó al fin:

—¿Te ha parecido mal?

—Sí—respondió secamente.

—Pues dispensa, chico... Mañana le diré que todo ha sido una mentira... y hemos concluído.

—Nada se adelanta ya. Lo que me parece mal no es el resultado, como debes comprender, sino que haya salido eso de ti.

—Más pierdo yo que tú.

—¡Por lo mismo lo siento!

—Bien, pues dale expresiones—replicó desabridamente levantándose del alféizar de la ventana, donde estaba sentada.

Gonzalo alargó la mano por entre las rejas, y la retuvo por el vestido.

—Espera.

La tela crujió.

—Ya me has roto el vestido, ¿lo ves?

—Si no te disparases tan pronto...

Y logrando cogerla por un brazo, la obligó a sentarse.

—¡Qué barbaridad!—exclamó la niña riendo.—Así deben hacerse el amor los osos.

—¿Me quieres?—preguntó Gonzalo riendo también.

—No.

—Sí.

—No.

—Dame la mano de amigo.

La niña le alargó su blanca y primorosa mano, y el hercúleo mancebo la besó con pasión repetidas veces.

—Hasta mañana. Ya te daré noticias de lo que ocurra—dijo levantándose otra vez.

Gonzalo se alejó. A los cuatro pasos se le ocurrió que las noticias tenían que ser referentes al modo como Cecilia recibía la de su desleal conducta, y su frente se arrugó de nuevo con expresión dolorosa.

A vueltas con esta preocupación cruzó distraído la Rúa Nueva, entró en la plaza de la Marina, siguió caminando por el muelle y se alargó hasta la punta del Peón. La noche estaba serena y despejada. Las estrellas centelleaban en el firmamento cabrilleando en las aguas tranquilas de la bahía. La jarcia de los buques surtos en ella se destacaba con bastante claridad del fondo azul obscuro. Aún no había sonado el grito de «apafogones», y se notaban en ellos algunas luces y algún movimiento. Los marineros, recostados sobre la obra muerta, departían antes de retirarse al camarote. De vez en cuando, mirando hacia un gran vapor inglés anclado en el medio, gritaba uno: «_All right_» exagerando la pronunciación: «_all right_», contestaban de un patache. El grito se iba repitiendo en todas las goletas, pataches y quechemarines. Era la broma que gastaban con los ingleses que allí arribaban. Pero el gran vapor se mantenía silencioso, cabeceando flemáticamente con ese desprecio tan profundo que nadie mejor que un hijo de Albión sabe afectar.

En la punta del Peón se tropezaba con tal cual paseante que tomaba el poco fresco que había. Era una de las noches más calurosas de agosto. Gonzalo, atormentado por el calor y por la idea de su comprometida situación, se paseaba con el sombrero en la mano. Antes de llegar al término del malecón, percibió sobre el segundo paredón una figura gigantesca.

—Allí está mi tío—se dijo.

El viejo marino pasaba una gran parte de su existencia sobre aquel paredón, en íntimo coloquio con el mar, su antiguo amigo y compañero. Para él no tenía secretos el terrible Océano, ora durmiese tranquilo en su inmenso lecho de arena, ora despertase furioso escupiendo al cielo sus espumas. Podía dar nuevas seguras y anticipadas de sus cóleras, de sus desmayos, de sus sonrisas, de sus más profundas palpitaciones. El monstruo le abría su seno líquido, como a un confidente leal: le decía cuánto se aburría en su prisión de granito, y qué ganas le acometían a veces, presenciando las infamias de los hombres, de precipitarse sobre la tierra, y barrer de una vez este asqueroso hormiguero. Y el buen caballero solía responderle, pensando en el crimen que acababa de leer:

—Tienes razón, camarada; yo, en tu caso, es posible que lo hiciera.

Por nada en el mundo dejaría don Melchor de dar sus paseos matutinos, vespertinos y nocturnos por la punta del Peón. En vida de su mujer, cuando estaba acatarrado, veíase precisado a prescindir de estas visitas, y era lo que más le atormentaba. Ahora que, por desgracia, no tenía quien le sujetase, acatarrado y todo salía.

—Para los catarros, no hay nada como el aire libre del mar.

Cuando de tarde en tarde se resentía del estómago, bebía un par de vasos de salmuera, y quedaba arreglado.

—No hay purga tan natural, tan eficaz e inofensiva como el agua del mar.

En cierta ocasión adoleció de una pierna. Dos úlceras le fueron corroyendo la carne, hasta dejar descubierto el hueso. Los médicos, no sólo daban por perdida la pierna, sino que temían por su vida. Desahuciado ya, tuvo la audacia de hacer que le llevasen a la playa y le bañasen. A los nueve baños, las úlceras estaban cerradas. Imagínese lo que pensaría después de esto, de la virtud curativa del mar.

En cambio, tenía marcada ojeriza a los ríos. El aire del río le ponía ronco. La humedad le daba dolores de reuma. Las nieblas le sofocaban y le ponían asmático. Eso de que el aire fuese en ellos «encallejonado», le inspiraba una aversión y un desprecio indecibles.

Don Melchor dormía poco. Se levantaba con estrellas, y en cuanto se levantaba subía al mirador, escrutaba el cielo y el mar, y después de haber trazado en la cabeza un estado meteorológico provisional del día, bajaba a fijarlo definitivamente a la punta del Peón. Allí establecía de una vez si el viento era _entablado_ o simple _vahajillo_, si era francamente _a la estrella_ o se inclinaba al cuarto cuadrante; si el semblante estaba _calimoso_ o _cerrado_; si la mar estaba _picada_ o _de leche_; cuánto tiempo duraría todo esto; qué viento apuntaría al mediodía; si la mar sería gruesa a la tarde o abonanzaría, etc., etc. No podría tomar el chocolate si no hubiese hecho tales observaciones.

Y, en verdad, que aunque esto parezca una manía, téngola por menos insensata que la de levantarse de la cama para escrutar el rostro del vecino, si está limpio o sucio, alegre o aborrascado, si come o si ayuna, si duerme o si vela, si huelga o trabaja, cuánto tiempo permanece en casa, y qué rumbo toma cuando sale.

Gonzalo subió al segundo paredón con un deseo irresistible de desahogar el pecho, y poner a su tío al tanto de lo que ocurría. Y eso que la condición brusca y severa de éste no se amoldaba muy bien a las confidencias amorosas. Pero la ocasión era crítica y precisa. Don Melchor, que con el peso de los años solía doblar un poco el cuerpo hacia adelante, al ver acercarse un hombre a él, se irguió. Porque era empeño el que tenía en que nadie advirtiese su decadencia y le diputasen por varón inexpugnable.

—¿Eres tú, Gonzalillo?

—El mismo, tío.

—¡Milagro! A ti te gusta más ver rodar las bolas de marfil que las olas.

—No; hoy no he jugado al billar. Me encuentro triste, preocupado... y quisiera hablar con usted de un asunto serio, a ver qué me aconseja.

Don Melchor le miró con sorpresa.

—¿Un asunto serio?

—Sí... Vamos a ver, tío: ¿usted se casaría con una mujer a quien no quisiera?

—¡Qué pregunta! El matrimonio a mi edad es un barreno en los fondos, querido.

—¿Pero si fuese joven, se casaría?...

—Jamás.

—Pues bien, tío... Yo no quiero a Cecilia.

—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.

Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada. Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto nadie.

—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?

—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he conseguido.

—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo, a ti hay que darte una carena en la cabeza.

—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser desgraciado toda la vida.

—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le llegue a la suela de los zapatos?

Gonzalo no pudo menos de sonreir.

—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor que yo... pero, hermosa, tío...

—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?

El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada juventud.

—No riñamos por eso.

—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese modo... ¡Vaya, vaya!

—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...

—¿Pero qué?

—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.

—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.

—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su hermana Ventura.

—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?

—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.

—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado? ¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?

—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener noticia de ellas.

—¿Y las autorizará?

—Estoy seguro de ello.

Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.

Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:

—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.

—¿Se enfada usted?

—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti, Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios... Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba... Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas caso de ellos...

—¡Oh, tío!...

—Nada, nada, querido: cuando a un muchacho le cae sobre la cabeza un suestazo de éstos, es menester arriar de salto las escotas y dejarle navegar a bolina desahogada. Tú estás requemado al parecer... bueno, pues refréscate... Pero ten en cuenta que ni llevas rumbo seguro, ni obras como caballero.

—¡Tío!

—Más claro que yo, el agua, querido. Si has logrado vencer la resistencia de los padres, y si has salvado las dificultades, no lograrás por eso hacer de lo blanco negro, no convertir una mala acción en buena... Pica, pica los cables y larga vela. Yo soy viejo ya, y tengo esperanza de no verte correr los temporales que sobre ti han de caer... Pero si Dios quisiera darme ese castigo, si algún día, por mis pecados, te viese correr a palo seco y bebiendo agua por las bordas... sentiré, hijo mío, no tener fuerzas ya para tirarte un cabo.

La voz del anciano se había conmovido al pronunciar estas últimas palabras. Gonzalo sintió apretársele el corazón. Guardaron silencio obstinado un buen rato. Al cabo don Melchor dijo:

—¿Vienes a cenar, Gonzalito?

—Ahora no tengo apetito, tío; allá iré un poco más tarde.

—Bien, pues hasta ahora—pronunció tristemente el señor de las Cuevas.

Y se alejó lentamente en dirección de tierra, perdiéndose a poco entre las sombras.

Gonzalo quedó como estaba, de bruces sobre el pretil del paredón, contemplando el mar que lo batía suavemente. Las olas, después de chocar en la piedra con leve y hueco estampido, retrocedían corriendo sobre las otras, y producían rumor semejante al de una cortina que se despliega. De sus espumas brotaba la claridad fosforescente acusando la presencia de los millones de millones de seres que allí habitan, con el mismo sosiego que nosotros en la tierra, a pesar de su vertiginosa marcha por los espacios. El monstruo dormía debajo del manto obscuro de la noche, tranquilo y feliz como un niño, a quien no agitan tristes ensueños. Apenas se percibía el blando soplo de su respiración en las concavidades de las peñas. Hacia el Poniente alzábase la negra silueta del cabo de San Lorenzo que avanzaba mar adentro buen trecho, y en su extremidad un faro movible desparramaba a intervalos iguales sus luces, ora blancas, ora verdes, ora rojizas. En el firmamento brillaban las estrellas con fulgor extraordinario. Hasta los innumerables soles de la vía láctea dejaban caer como nunca su blanca luz sobre la húmeda llanura. Júpiter relampagueaba en el cielo como el dios de la noche, rompiendo la obscuridad con sus hermosos rayos anaranjados..

De pronto cambió la decoración. Allá hacia Levante el pálido semicírculo de la luna asomó su cuerno superior sobre las aguas dormidas. Una estela de luz corrió vivamente sobre ellas inflamándolas. El lucero divino recogió sus rayos con galantería, ante la luz serena de la diosa que empezó a levantarse lenta y majestuosamente, eclipsando los diamantes de todos tamaños que en torno suyo lucían. Alzábase en medio de una atmósfera radiante y espléndida, dibujando sobre ella sus graciosos contornos y esparciendo por el ambiente balsámico influjo. Y el Océano que dócil a él va y viene sin cesar desde el principio del mundo, se encendió en pura llama, tembló su vasto seno inflamado, y arrojó sus aguas a las peñas de Santa María como enormes capas de mercurio que al retirarse se sobreponían a otras y se fundían con ellas.

Reinaba silencio sublime, un recogimiento de suavidad inefable en aquella escena tan vieja y tan nueva a la vez. La Naturaleza parecía suspender su curso para escuchar la eterna armonía de los cielos.

Las olas se acariciaban blandamente sin osar interrumpir con ruidosos juegos la augusta serenidad de la noche.