El cuarto poder

Chapter 14

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Había motivos para sospechar que aquella G... era cierta Gumersinda, esposa de un comerciante de harinas, mujer notable por la abundancia de carnes, que la hacían caminar con dificultad. Periquito amaba a las casadas y a las gordas. Cuando estas dos preciosas cualidades se reunían dichosamente en un ser, su pasión no tenía límites. Y tal era el caso presente. No hay que pensar, sin embargo, que nuestro joven era un animal dañino. Los maridos podían dormir tranquilos en Sarrió. Periquito pasaba la vida enamorado, cuándo de una, cuándo de otra señora, pero sin acercarse jamás ni osar siquiera enviarle un billete amoroso. Tales procedimientos no entraban en su método, el cual consistía principalmente en fascinarlas por la mirada. Para esto, dondequiera que topaba con ellas, fuese en la iglesia o en el teatro, procuraba, lo primero, colocarse a conveniente distancia. Una voz tomada la posición, dirigía en línea recta los efluvios magnéticos de sus ojos hacia el sujeto pasivo del experimento, que de vez en cuando levantaba hacia él los suyos con expresión de asombro. Muchas veces las honradas esposas, no considerándose dignas de tan singular adoración, se miraban a todas partes, y preguntaban a los que estaban a su lado si por casualidad tenían algún tizne en la cara, o llevaban enredado en el pelo cualquier hilacho. Periquito era incansable, y tomaba estos asuntos con la seriedad que merecían. A veces acaecía pasarse una hora y más sin apartar un punto la vista del sitio. Y a veces acaecía también que, transcurrida esta hora, cuando ya pensaba el enamorado mancebo que su alma se había filtrado por los poros de la obesa dama, y se apoderaba de todas sus facultades y sentidos, decía ésta por lo bajo a sus compañeras:

—¡Jesús, este mico de don Pedro, qué mirón es!

¡Cuán ajeno estaba el poeta de que la estrella de sus sueños le hacía descender de un modo tan odioso en la escala zoológica!

_El Faro de Sarrió_ fué para nuestro amartelado joven un medio admirable de dar forma a las vagas fantasías, inquietudes, ardores y tristezas que a la continua lo agitaban, y declararse sucesivamente con acrósticos misteriosos e iniciales a todas las beldades más o menos macizas que ostentaban sus amables curvas por las calles de la floreciente villa.

Venían por fin las gacetillas con su correspondiente título cada una, donde brillaba el ingenio, tanto de Sinforoso, como de todos los que colaboraban en _El Faro_. Una se titulaba: _A pasear, sarrienses_. El gacetillero afirmaba en ella, con estilo sencillo y elegante, que el tiempo estaba delicioso, y que nada mejor podían hacer los habitantes de Sarrió en las horas de la tarde, que dar un paseo por las amenas y frondosas cercanías de la población. Otra: _¡Señor Alcalde, por Dios!_ Se excitaba a don Roque para que obligase a poner canalones en algunas casas.

Posteriormente, esta sección dejó el título de _Gacetilla_ que llevaba por el de _Novelas a la mano_, que le puso don Rosendo a imitación de las célebres _Nouvelles a la main_ del _Fígaro_.

Cerraba el periódico una charada en verso, que, si no recordarnos mal, era la palabra _avellana_.

El folletín estaba a cargo de don Rufo, que hacía año y medio que estudiaba el francés sin maestro, por el método Ollendorf. Se resolvió a traducir, para el periódico, _Los misterios de París_, obra en seis tomos. Excusado es decir que _El Faro de Sarrió_, a pesar de vivir algunos años, nunca pudo llegar al tomo tercero. Don Rufo era un traductor notable. Si algún defecto podía ponérsele, era el de ajustarse demasiadamente al original. Un día se aventuró a decir que «la condesa _había echado mano al botón de su secretario_». Esta declaración levantó tan gran polvareda entre la gente ignorante, que don Rufo, justamente irritado, dejó la traducción del folletín. Se le encomendó a un piloto que había hecho muchos años la carrera de Bayona.

El éxito del número primero, como era de esperar, fué prodigioso. El artículo de Sinforoso, la sabia disertación de don Jerónimo de la Fuente, las gacetillas y hasta los versos de Periquito, todo fué leído y justamente celebrado. Pero lo que preferentemente llamó la atención de las personas serias y causó en ellas honda impresión, fué el artículo de don Rosendo _Nuestros propósitos_. Aquel lenguaje periodístico tan animado y fogoso, aquellos tan nobles pensamientos, el entusiasmo por los intereses de Sarrió, la franqueza y la modestia que en él resplandecían, llenó de júbilo los corazones y les hizo presentir una era de prosperidad y bienandanza. Por la noche, la orquesta, dirigida por el señor Anselmo con su gran llave lustrosa, dió serenata a la redacción. Iluminóse la fachada de la imprenta con farolillos venecianos. Las bellas y regocijadas artesanas de Sarrió, cogieron, como siempre, la ocasión por los pelos para bailar habaneras y mazurcas sobre los duros guijarros de la calle. Los dignos individuos que con la lengua de metal rendían tributo de admiración y entusiasmo a los redactores del _Faro_, fueron obsequiados por éstos con vino de Rueda y cigarros. La alegría rebosaba de todos los pechos y se desbordaba en abrazos tan fuertes como espontáneos. Don Rosendo abrazaba a Navarro, Alvaro Peña a don Rudesindo, don Rufo a Sinforoso, y don Pedro Miranda al impresor Folgueras. Los músicos se abrazaban entre sí, y todos y cada uno a su peritísimo director el señor Anselmo. Fuera de la imprenta, y para conmemorar también aquel día glorioso, Pablito abrazaba a la blonda Nieves, aprovechando la obscuridad de un portal; y varios otros mancebos, siguiendo su ejemplo, distribuían igualmente abrazos conmemorativos entre las alegres mozas aborígenes.

Lo único que turbó por un instante aquel general contento, fué la singular tristeza que se apoderó de Folgueras en cuanto tuvo algunos litros de vino en el cuerpo. El recuerdo de Lancia, su pueblo natal, se le ofreció súbito al espíritu, dejándole en un estado de tribulación difícil de explicar. En el momento en que la algazara y contento alcanzaban su grado máximo, llamó aparte a don Rosendo y con lágrimas en los ojos, le manifestó que la vida fuera de su patria adorada era para él un fardo insoportable. La muerte, antes que perder de vista la humilde casa que albergó su cuna, y las calles que tantas veces recorrieron sus pies infantiles. Aquella misma semana, si Dios quería, contaba dejar a Sarrió y trasladarse de nuevo con sus bártulos a Lancia.

Al recibir de sopetón esta noticia don Rosendo se puso pálido.

—Pero, hombre de Dios, ¿y el número próximo del _Faro_?

—Don Rosendo, bien puede dispensarme... Usted es un caballero... Un caballero sabe apreciar los sentimientos de otro caballero... La patria antes que todo... Guzmán el Bueno arrojó el puñal por encima de la muralla para matar a su hijo... Demasiado lo sabe usted. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso?... Riego murió en un cadalso. ¿Eh?... ¿Qué hay de eso? Si yo fuera de la Inclusa o no tuviese cariño a la camisa que traigo puesta, no necesitaba decirme nada. Toda la vida me tendría usted como un perro dándole a la rueda... Pero los sentimientos ahogan al hombre... El hombre vive, el hombre trabaja, el hombre tiene algunas veces un rato de expansión... Y porque beba un vaso, o dos... ¡o tres! ¿ha de olvidar la patria?.... ¿Eh? ¿Qué hay de eso?

Don Rosendo llamó a don Rudesindo en su auxilio. Entre los dos trataron de disuadirle con poderosas razones. La más poderosa de todas fué una nueva botella de vino de Rueda. Después de haberla introducido en el cuerpo, los sentimientos patrióticos de Folgueras se debilitaron visiblemente. Acto continuo pidió otra botella, la bebió, vomitó, y se durmió.

Pensamientos de gloria, vagos deseos de inmortalidad agitaron la mente del ilustre fundador de _El Faro de Sarrió_ al tiempo de meterse en la cama. Después de apagar la luz, aún continuaron turbándole, hasta que a fuerza de dar vueltas lograron cuajarse o adquirir forma. Don Rosendo pensó con emoción en la posibilidad de que a su muerte la villa agradecida perpetuase su memoria colocando una lápida con su nombre en las Casas Consistoriales. _Homenaje de gratitud de la villa de Sarrió a su esclarecido hijo don Rosendo Belinchón, infatigable campeón de sus adelantos morales y materiales._ No era fácil conciliar el sueño rodeado de estas brillantes imágenes. Sin embargo, al cabo se durmió con la sonrisa en los labios. Un ángel progresista que el Eterno tiene aparejado para estos casos, batió las alas toda la noche sobre su frente, inspirándole ensueños felices.

A la mañana siguiente se encontró en la mejor disposición de espíritu en que hombre alguno puede hallarse después de coronados sus esfuerzos por un éxito lisonjero. Vistióse canturreando trozos de zarzuela. Tomó chocolate con la familia, dió un vistazo a los periódicos nacionales y extranjeros, y sin tallar el paquete de palillos acostumbrado, lanzóse a la calle a cerciorarse del efecto real que el primer número del Faro había producido. En la tienda de Graells le recibieron con regocijo, le felicitaron por su artículo (que él modestamente no quería atribuirse) y hablaron largo y tendido del periódico. Lo que más excitaba el entusiasmo de los buenos tertulianos, era la consoladora consideración de que Nieva aún no había llegado ni llegaría en mucho tiempo a tal grado de perfeccionamiento. Y don Rosendo, un poco recalentado por los elogios, prometió emprender campañas activas en favor de todo lo que se le demandaba. Uno pedía que se hablara del barranco de la calle de Atrás, otro pedía que se colocase un farol cerca de su casa, otro que se le tirasen algunas píldoras al rematante de las bebidas, otro que los serenos no cantasen la hora porque esto le turbaba el sueño, etc. Don Rosendo asentía, fruncía las cejas, extendía la mano abierta en signo de protección. El, periódico lo arreglaría todo. ¡Ay del que se rebelara contra las reclamaciones de la prensa!

En el estanquillo de doña Rafaela, de la calle de San Florencio, donde se reunían algunas honradas matronas de la vecindad con las cuales gustaba conversar algún rato, entregado a los palillos, también le hablaron del _Faro_. Allí se fijaban preferentemente en el folletín. Don Rosendo anunció que el del número próximo era mucho más interesante, y se fué. En un corro de marinos que había en el muelle le felicitaron con rudo entusiasmo y le insinuaron la idea de que la dársena estaba muy sucia y era menester dragarla. Se dragaría: ¡vaya si se dragaría! Don Rosendo se alejó gravemente poseído de su omnipotencia. Y al ver rodar a lo lejos las olas grandes y encrespadas, se preguntó si no sería oportuno dirigirles una excitación por medio de la prensa para que moderasen su impertinente agitación.

Como se llegase ya la hora de comer, dió la vuelta hacia casa meditando en la grave responsabilidad en que incurriría ante Dios y los hombres si, teniendo en sus manos aquel poder soberano, no lo emplease en la prosperidad y engrandecimiento de su pueblo natal. Al llegar a la Rúa Nueva, se encontró en la acera con Gabino Maza. El bilioso ex oficial le saludó muy finamente, le preguntó por toda su familia, y se fué enterando con amabilidad de la salud de cada uno de sus miembros. Después le habló del tiempo, de la posibilidad de que aquel nordeste vivo se trocase pronto en vendaval cerrado, y no pudiesen salir los barcos de la carrera de América; se quejó en seguida del polvo que había en los caminos, lo cual le impedía pasear; se enteró del precio del bacalao y de las noticias que había de la pesca en Terranova. Don Rosendo esperaba, como era natural, que le hablase del periódico. Nada: Maza no hizo la menor alusión a él. Esto comenzó a desconcertarle y a hacer violenta su situación. La conversación giraba de un punto a otro sin tocar en nada que se relacionase con la prensa. Al fin don Rosendo, algo acortado y enseñando toda la pasta de sus dientes, le dijo:

—¿No ha recibido usted _El Faro_? Se lo he enviado de los primeros.

—Phs... creo que ayer lo han traído a casa; pero aún no lo he abierto—respondió Maza con afectada indiferencia.—Vaya, don Rosendo, ¿gusta usted de comer conmigo?...—Pues hasta la vista.

Don Rosendo quedó un instante clavado al suelo como si le echasen un jarro de agua fría. La sangre se agolpó con furia a su rostro, y emprendió de nuevo la marcha, vacilante, hacia casa. Como estaba tan desprevenido, aquel desprecio fué una puñalada que le llegó a lo más vivo. Después que cesó el aturdimiento, le acometió una ira inconcebible contra aquel... (no se contentaba con llamarle menos de malvado y miserable). Llegó a casa en un estado de agitación deplorable. Aunque se sentó a la mesa, haciendo esfuerzos por calmarse, el estómago, repentinamente turbado, no quería admitir los alimentos. Estuvo taciturno y silencioso durante la comida. De vez en cuando sus labios se contraían con sonrisa sarcástica y murmuraba un ¡villano!

—¿Qué tienes, Rosendo?—se atrevió al fin a preguntarle su esposa, que ya estaba inquieta.

—Nada, Paulina; que la envidia produce grandes estragos en el mundo—se limitó a contestar con amargura.

Una vez vertida esta profunda sentencia, quedó en un estado de relativo reposo. Se tendió en una butaca a pensar, y transcurrida media hora salió de casa otra vez en dirección al Saloncillo. Al entrar en el café oyó la voz de Gabino Maza que gritaba como siempre allá arriba. Se le figuró percibir desde la escalera que hablaba del periódico y que lo calificaba de «solemne payasada». El corazón le dió un vuelco y entró en la sala agitado y triste. Al verle Maza, que gesticulaba en medio de un grupo, se calló, púsose el sombrero con ademán hosco y fué a sentarse en el diván. Los que le escuchaban, don Jaime Marín, Delaunay, don Lorenzo y don Feliciano Gómez, le saludaron con cierto embarazo y como avergonzados, lo cual confirmó su sospecha. Disimuló cuanto pudo, y esforzándose en poner cara alegre, comenzó a hablar de las noticias que corrían. La conversación tomó el rumbo de todos los días; la confianza volvió a reinar. Mas el ingeniero Delaunay, personaje tan listo como malévolo, sacó la conversación del periódico, preguntando a su fundador con risilla irónica en el español chapurrado que usaba:

—¿Qué trabajitos prepara usted para el próximo número, don Rosendo?

—Ya los verá usted cuando salgan—respondió secamente éste, que adivinó la burla escondida detrás de la pregunta.

—Aquí, en don Feliciano—prosiguió el ingeniero con la misma sonrisa—tiene usted un defensor acérrimo.

—Si me defiende es que alguien me ha atacado—respondió don Rosendo con más sequedad aún.

Nadie pronunció una palabra. El silencio se prolongó bastante tiempo, hasta que lo rompió el mismo Belinchón haciendo una pregunta indiferente a don Jaime, con lo cual la conversación volvió a animarse. Pero no se había conjurado el choque sino momentáneamente. La pelota estaba en el tejado y no tardó en caer. Maza tenía vehementes deseos de decir a don Rosendo que lo del periódico era «una mamarrachada». Este no las tenía menos vivas de decirle a Maza que era un envidioso. Y en efecto, a la primera ocasión que se presentó, ambos la cogieron por los pelos para comunicarse estas gratas noticias. La disputa duró más de dos horas. Maza procuraba reprimirse porque don Rosendo era un caballero de más edad y le debía quince mil reales. El fundador del _Faro_, por razones de prudencia, tampoco se atrevía a soltar enteramente la lengua. Sin embargo, al cabo, en mejores o peores términos, todo se dijo para edificación de los notables, que se dividieron en favor y en pro de los contendientes. Hay que confesar que de parte de Maza se pusieron los menos. Los indianos, indiferentes como siempre a estas peleas, se asomaban de vez en cuando a la puerta del billar con el taco en la mano, para escuchar las razones de los contendientes, e ilustrarse. Para ellos aquellas discusiones eran muy provechosas. Les enseñaban una porción de términos y frases que no conocían, y se ponían al tanto, aunque fuese de un modo superficial, de ciertos problemas de la vida, enteramente cerrados para ellos... ¡Lástima que la afición al billar les impidiese escucharlas siempre!

El estado de agitación y de cólera en que salió don Rosendo del Saloncillo, no puede ponderarse. Su gran carácter elevado y magnánimo, fué herido de un modo cruel por la ingratitud y la bajeza de aquellos falsos amigos. ¡Horrible tormento debe de ser vivir y morir en la obscuridad cuando se ha nacido para brillar en la cúspide de la sociedad humana, y consumir las fuerzas recibidas del cielo en el vacío y la inacción! ¡Más fiero dolor todavía es ver despreciados los más nobles trabajos del espíritu, los esfuerzos generosos por el triunfo del bien y la verdad! Tal fué el caso de Sócrates, Colón, Galileo, Giordano Bruno, y tal también el de nuestro héroe. La primera mordedura de la envidia le causó el dolor agudo que debieron sentir estos grandes bienhechores del género humano. Su espíritu vaciló. Fué un instante nada más, un desmayo pasajero que sirvió para acreditar mejor el temple admirable de su alma.

Sin embargo, aquella noche no pudo cenar. Tardó mucho tiempo en conciliar el sueño. ¡A cuántas tristes consideraciones se presta este caso! Mientras la turbamulta de los sarrienses desprovistos de ingenio, de ilustración y de ánimo, dormía a pierna suelta, aquel hombre benemérito se revolcaba en su cama como en lecho de espinas, sin lograr las caricias del sueño reparador.

A la mañana siguiente se levantó un poco pálido y ojeroso, pero firme y resuelto a proseguir su obra de regeneración, a despecho de todos los obstáculos morales y materiales que surgiesen en su camino. Aquella noche de insomnio, en vez de enflaquecer su ánimo y despegarle de su empresa, le confirmó en ella, le dió alientos para llevarla a feliz remate. El fuego consume y hace pavesas la paja; al oro lo acendra.

Ocupóse, pues, con brío en trazar el plan del segundo número que habría de aparecer el jueves próximo. Y como siempre acontece, el éxito feliz trajo consigo la voluntad de ayudarle. Muchos fueron los trabajos que se le ofrecieron para el segundo número; mas la mayor parte no eran de paso. La falta de espacio obligóle también a rechazar algunos que lo eran. Con esto hubo algunas murmuraciones y desabrimientos. Segundo escollo con que tropezó su patriótica empresa.

Pero al publicarse el quinto número surgió otro de mayor cuenta que produjo en el pueblo honda sensación y arrastró consigo fuertes torbellinos. Sucedió que Alvaro Peña, firmemente convencido, como ya sabemos, de que todos los dolores e imperfecciones que padecemos los humanos dependen exclusivamente de la preponderancia del clero, propúsose aprovechar el arma del periódico para emprender contra él una activa campaña. Y para comenzar lanzó, a guisa de guerrilleros, unas cuantas gacetillas. Preguntaba por los fondos de cierta cofradía del Rosario, que no parecían, hablaba en términos irrespetuosos de las Hijas de María, y decía chuscadas a propósito de la novena, de las confesiones y de los escapularios con que se adornaban las jóvenes beatas de la villa. Pero a quien iban particularmente dirigidos los tiros era a don Benigno, el teniente párroco, director de las conciencias femeninas de Sarrió, y caudillo de todos aquellos combates librados contra el pecado. El párroco era un hombre apático, viejo ya, que pasaba la vida en una casita de campo que poseía cerca de la población, dejando de buen grado a su teniente el cuidado del rebaño místico. Y don Benigno cumplía su cometido como pastor vigilante y celosísimo, rondando el rebaño noche y día, para que el lobo no le arrebatase las ovejas, y criando algunas con esmero y a la mano para ofrecerlas al esposo bíblico. Nada puede igualarse al ardor con que don Benigno procuraba esposas al Altísimo. En cuanto una joven se arrodillaba a sus pies para confesarse, se creía en el caso de insinuarle que el mundo estaba corrompido, que no había por dónde cogerle, el condenarse facilísimo, el amor terrenal una inmundicia, los mismos afectos de hija y de hermana despreciables, el tiempo para merecer la salvación muy limitado. En su consecuencia lo mejor, abandonar este mundo terrenal (don Benigno era muy aficionado a este adjetivo), y correr a entregarse a Jesús, penetrar en la gruta deleitosa de que habla San Juan de la Cruz, y dejar allí olvidado su cuidado. Conocía él un rinconcito feliz, un verdadero pedacito del cielo, donde se gozaban anticipadamente las delicias que Dios tiene reservadas a sus siervas. El rinconcito era un convento de Carmelitas que acababa de fundarse en las afueras de la villa, y del cual era el teniente grande y decidido protector. Por cierto que esto tenía un poco desabrido a don Segis, el capellán de las Agustinas, aunque no osaba manifestarlo, porque no le convenía ponerse mal con su compañero.

La insinuación producía efecto unas veces, otras no. Rara la dejaba caer don Benigno en los oídos de una vieja. Quizá porque calculase que a Jesús le gustaban más dos de quince que una de treinta, o porque las hallase más reacias y desconfiadas que las niñas. De todos modos, aquella cacería espiritual tenía episodios interesantes. En cierta ocasión el teniente fué víctima de la agresión de un joven a quien había arrancado su hermana para el convento. En otra, después de haber buscado dote para una muchacha y haberla provisto de ropa, la futura de Cristo se escapó de la noche a la mañana con un oficial de sastre. Don Benigno acostumbraba a conducir él mismo las esposas a la morada del Esposo. Cuando había dificultades que vencer por parte de la familia, se portaba con la habilidad y la osadía de un consumado seductor. Organizaba y llevaba a cabo el rapto de la virgen con una astucia que para sí la quisieran muchos tenorios mundanos.

De esto sacó pretexto Alvaro Peña para hablar en una gacetilla de cierto sacerdote aficionado a «cazar palomas». Ahora bien; como ya conocemos la afición de don Benigno a la cría de pichones, la gacetilla iba directamente a él y con una intención diabólica. Los lectores así lo comprendieron. Se comentó y rió no poco el dañino suelto.

Al verse de aquel modo en ridículo, el excusador, que tenía un temperamento susceptible y bilioso, como todos los artistas, se enfureció terriblemente.

—¿Ha leído usted el _papelucho_ de don Rosendo?—preguntó por la noche en casa de la Morana a don Segis. Es de advertir que desde la primera gacetilla irreligiosa don Benigno no volvió a llamar de otro modo al _Faro de Sarrió_.

—Sí, lo he leído esta mañana en casa de Graells.

—¿Y qué le parece a usted de aquella indignidad?

—¿Cuál?—preguntó con sosiego el capellán.

—Hombre, ¿no ha leído usted las infamias que dicen de mí?

Don Segis levantó el vaso a la altura de los ojos, examinó detenidamente el dorado líquido, lo acercó a los labios y bebió con pausa. Después de toser y desgarrar un poco, y limpiarse la boca con un pañuelo de hierbas, dijo gravemente:

—Phs... la intención no es buena que digamos... Pero vale más tomar las cosas con calma. Nada se adelanta con alterarse.

El teniente, que esperaba que don Segis participase de su indignación, recibió un nuevo golpe, y calló, devorando su enojo. En esta ocasión fué cuando se manifestó la sorda enemiga del capellán de las Agustinas por la injustificada preferencia que don Benigno otorgaba al convento naciente. El teniente se volvió entonces hacia el señor Anselmo y don Juan el Salado. Estos tuvieron la atención de manifestarse disgustados por la gacetilla, aunque sin hacer tampoco extremos. Ya sabemos que esto no se acordaba con la naturaleza de aquella templada y patriarcal reunión.