Part 9
--Y ya veremos --contestó Lobo frotándose las manos--. ¿Pero qué hace ahí tan callado el Sr. D. Juan de Dios? ¡Ay, Restituta, qué marido tan mudo va usted a tener! Y lo que es por palabra de más o por palabra de menos no armarán ustedes camorra. ¿Y para cuándo dejan la boda? Animarse, señores, y anímese usted también, Sr. D. Mauro de mis entrañas, porque... la niñita lo merece. Nada: el mes que entra, a la Vicaría. Restituta con mi Sr. Juan, y usted con su querida sobrinita Inés, que, si no me engaño, le ha rezado ya algún Padrenuestro a San Antonio para que esto se realice.
Todas las miradas se dirigieron hacia Inés. D. Mauro estiró los brazos en cruz; luego, cerrando los puños, levantolos hacia arriba como si quisiera coger el techo; descoyuntose las quijadas; cayeron luego ambas manos sobre la mesa con estruendosa pesadez, y habló así:
--Yo se lo he dicho, y por cierto que la niñita no tuvo a bien contestarme.
--¿Pues qué quiere decir el silencio en esos casos? ¿Cómo quiere usted que una niña bien criada diga: «Me quiero casar, sí, señor, venga marido?» Al contrario, es ley que hasta el último momento hagan ascos al matrimonio, diciendo que les da vergüenza.
--Ya te dije, hermano --indicó Doña Restituta--, que aunque ese es el destino de la muchacha, si se porta bien y trabaja, no conviene tratar todavía de tal asunto. Ya sabes lo que son las muchachas, y si les entra el entusiasmo y el aquel del casorio, no hay quien las aguante. Ella bien sé yo que se chupará los dedos; pero haces mal en manifestarle tan pronto tu generosidad, porque puede echarse a perder, pensando todos los días en el amorcito, en la palabrilla, en el regalito. ¡Ah, bien sabe ella lo que se hace, la picarona! Bien sabe que un hombre como tú no lo catan las muchachas de Madrid todos los días.
--¿Y por qué no he de decírselo desde luego? --contestó Requejo riendo, es decir, moviendo la tecla de la risa en su brutal organismo--. Mi sobrina me gusta; y aunque conocemos todos a una porción de señoras muy principales que me pretenden y se beben los cuatro vientos por mí, yo dije: «Vale más que todo se quede en casa.» ¿Por qué no se le ha de decir de una vez que quiero casarme con ella? Bien sé que del alegrón se estará ocho noches sin dormir, y se trastornará toda, y no dará una puntada; y si por ella fuera, mañana mismo... pero váyase lo uno por lo otro. Pues digo: ¡si ella viera el collar y los pendientes de oro que tengo apalabrados con el platero del arco de Manguiteros!...
--Dale... dale... --dijo Restituta--. ¿A qué viene hablar de esas cosas? ¿A qué sacar de quicio a la chica, trastornándole el seso? Nada: no hay collar ni pendientes. ¿Ni cómo quieres que la niña lave la ropa ni cosa las camisas, cuando le dicen que va a ser, como si dijéramos, princesa?
--Nada, nada... yo la quiero y la estimo --afirmó Requejo--. ¿Por qué la hemos de privar de ese gusto? Que lo sepa... y digo más, señora hermana; y es que aunque a mí no me gusta la holgazanería, porque, ya ven ustedes, yo, desde la edad de catorce años... quiero decir, que aunque no me gusta la holgazanería, lo que es por estos días y de aquí a que nos casemos, si Inés quiere trabajar que trabaje, y si no que no trabaje.
D. Mauro volvió a reír, y alargando el brazo hacia Inés, le tocó la barba.
Estremeciose la muchacha como al contacto de un animal asqueroso, y rechazó bruscamente la caricia de su impertinente tío.
--¿Qué es eso, niña? ¿Qué modales son esos? --dijo D. Mauro frunciendo el ceño--. ¡Cuando te anuncio que me casaré contigo!
--¡Conmigo! --exclamó la huérfana sin poder disimular su horror.
--Contigo, sí.
--Déjala, Mauro: ya sabes que es un poco mal criada. Niña, no se contesta de ese modo.
--¿Pues no tiene también su orgullo la pazpuerca? --indicó Requejo.
--Yo no me caso con usted, yo no quiero casarme --dijo enérgicamente Inés, recobrando su aplomo, una vez dicha la primera palabra.
--¿Que no? --preguntó Restituta con un chillido de rabia--. Pues, indinota, mocosa, ¿cuándo has podido tú soñar con tener semejante marido, un Mauro Requejo, un hombre como mi hermano? ¡Y eso después que te hemos sacado de la miseria!...
--A mí me han sacado ustedes del bienestar y de la felicidad para traerme a esta miseria, a esta mortificación en que vivo --dijo la huérfana llorando--. Pero mi tío vendrá por mí, y me marcharé para no volver aquí ni verles más. ¡Casarme yo con semejante hombre! Prefiero la muerte.
¡Oh, al oírla me la hubiera comido! Inés estaba sublime. Yo lloraba.
Cuando los Requejos oyeron en boca de su víctima tan absoluta negativa, se encendió de un modo espantoso la ira de sus protervas almas. Restituta se quedó lívida, y levantose Don Mauro balbuciendo palabrotas soeces.
--¿Cómo es eso? ¡Venir a comer mi pan, venir aquí a lavarse la sarna, venir aquí después de haber andado por los caminos pidiendo limosna... y portarse de esa manera!... ¿Pero eres tú una Requejo, o de qué endiablada casta eres?... Cuidado con la señorita _Panza en trote_. Niñita, ¿sabes tú quién soy yo? ¿sabes que tengo cinco dedos en la mano?... ¿sabes que me llamo Mauro Requejo?... ¿sabes que de mí no se ríe ninguna piojosa?... ¿sabes que a mí no me pican pulgas de tu laya?... Tengamos la fiesta en paz... y ten por sabido que has de hacer lo que yo mando, y nada más.
Diciendo esto, agarró con su mano de hierro el brazo de la muchacha, y la sacudió con mucha fuerza. Quiso poner más alto aún el principio de autoridad, y lanzó a Inés contra la pared, avanzando sobre ella en actitud rabiosa. Cuando tal vi, pareciome que se me nublaban los ojos, y sentí saltar mi sangre toda del corazón a la cabeza. Yo estaba en pie junto a la mesa, y al alcance de mi mano había un cuchillo de punta afilada. El lector comprenderá aquella situación terrible, y no es posible que vitupere mi conducta, si es que tales hechos, hijos de la ciega cólera y la impremeditación, pueden llamarse conducta. ¿Quién al ver una huérfana inocente e indefensa, maltratada por el más necio y soez de los hombres, hubiera podido permanecer en calma? Durante aquella escena de un segundo, alargué la mano hasta tocar la empuñadura del cuchillo, y con rápida mirada observé el cuerpo deforme de D. Mauro Requejo; pero afortunadamente para mí y para todos, este, sin duda aterrado ante la debilidad de la víctima, se contuvo y no se atrevió a tocarla. En un movimiento insignificante, en un paso atrás, en una mirada, en una idea que pasa y huye estriba la perdición de personas honradas, y un grano de arena hace tropezar nuestro pie, precipitándonos en el abismo del crimen. Por aquella vez, Dios apartó del camino de mi vida el cadalso o el presidio.
Acudieron Lobo y el mancebo a calmar la enconada soberbia de su amigo. En el semblante del segundo noté una alteración vivísima, y su piel amarilla se encendió con inusitado enrojecimiento, que yo no sabía si atribuir a la indignación o a la vergüenza.
Queriendo Doña Restituta poner fin a una escena que no podía tener buenas consecuencias, cortó la cuestión diciendo:
--No te acalores, hermano. Yo la haré entrar en razón. Ya sabes que es un poco mal criada. Vamos arriba, niña, y ajustaremos cuentas.
Esta fue la orden de retirada. Juan de Dios salió de la tienda para irse a su casa, y Doña Restituta e Inés subieron seguidas por mí, pues también se me dio la orden de que me acostara. Entraron las dos mujeres en su cuarto y yo en el mío; mas no pudiendo dominar mi inquietud, y recelando que en el dormitorio vecino se repetiría entre tía y sobrina la violenta escena de la trastienda, luego que pasó un rato, salí muy quedamente de mi escondrijo, y desliceme por el pasillo, conteniendo la respiración para que no me sintieran. En acecho cerca de la puerta del dormitorio, sentí la voz de Doña Restituta que decía: «No llores, duérmete. Mi hermano es una persona muy amable; solo que de pronto... ¡Si él te quiere mucho, niñita!...» Esta afabilidad de la culebra me sorprendió; mas al punto comprendí que debía ser puro artificio.
También llegaban confusamente a mí las voces de D. Mauro y de Lobo, que habían quedado en la trastienda. Avancé un poco más hasta llegar a la escalera, y echándome en tierra apliqué el oído.
--Cuando yo le doy a usted mi palabra de que es así... --decía el leguleyo--. Inesita fue abandonada y recogida por Doña Juana. Su madre, que es una de las principales señoras de la Corte, desea encontrarla y protegerla. Yo poseo los papeles con que se puede identificar la personalidad de la damisela. De modo que si usted se casa con ella... Amiguito, la señora Condesa tiene los mejores olivares de Jaén, las mejores yeguadas de Córdoba, los mejores prados del Jarama, y más de treinta mil fanegadas de pan en tierra de Olmedo y de Don Benito, sin herederos directos que se lo disputen a esa barbilinda que hace poco estaba haciendo pucheros aquí mismo.
--Pero ya usted la ha visto --dijo D. Mauro, midiendo con grandes zancadas el piso de la trastienda--. La muchacha es un puerco-espín. Le hago una caricia y me da una manotada; le digo que la quiero y me escupe la cara.
--Amigo D. Mauro --repuso el licenciado--, el sistema que ustedes siguen no es el más a propósito para hacerse querer de la niña. Ustedes debían traerla en palmitas, y la están maltratando haciéndola trabajar hasta que reviente. ¿A quién se le ocurre que una princesita como esta friegue los platos y lave la ropa? Por este camino aborrecerá a mi señor D. Mauro como si fuera el Demonio.
--Pues me parece --dijo mi amo, dándose un golpe en la majestuosa cerviz--, que el señor licenciado tiene muchísima razón. Eso mismo dije yo a mi hermana; pero como Restituta es tan ambiciosa, que se dejaría desollar por un ochavo, ha dado en sacarle el cuero a la infeliz. ¿No somos ricos? Pues si somos ricos, ¿a qué viene el descajillarse por un maravedí? Pero con mi hermana no hay quien pueda. ¿Le parece a usted? Aquí vivimos como en el Hospicio: mi padre se llama hogaza y yo me muero de hambre, como dijo el otro. Pues digo que ha de ser lo que yo mando, y mi hermana que se case con Juan de Dios y se lleve lo suyo... y nada más. Inesita no trabajará, porque si se me muere...
--Además --dijo Lobo--, procure usted ser amable con ella. Cuide algo más de lo exterior, y no se le presente con esa facha de mozo de cordel, porque las niñas son niñas, Sr. Don Mauro, y no se entra en el templo del Amor sino por la puerta del buen parecer.
--Eso está muy bien parlado. Si fuera por mí... Yo quiero vestirme bien; pero esa langostilla de Restituta no me deja, y dice que no me he de poner el traje bonito más que el día de _San Corpus Christi_. Nada, nada, aquí mando yo: me pondré guapote, porque yo... a Dios gracias, no soy de esos que necesitan afeites y menjurges para parecer bien, y cuanto me cae encima está que ni pintado. Trataré a Inesita como ella se merece, y Dios por delante. Antes de un mes la llevo a la parroquia.
--Ese es el mejor sistema, Sr. D. Mauro. Con las amenazas, con el encierro, con las privaciones, con el trabajo excesivo, no conseguirán ustedes sino que la muchacha les odie y se enamorisque del primer pelafustán que pase por la calle.
Así hablaron el comerciante y el leguleyo. Despidiéronse después, y el segundo salió a la calle por la tienda. Retireme a toda prisa; pero aunque no hice ruido, Doña Restituta, con su sutilísimo órgano auditivo, debió sentir no sé si mi aliento o el ligero rumor de un ladrillo roto que se movió bajo mis pisadas. Esto produjo cierta alarma en su vigilante espíritu, y saliendo al encuentro de su hermano que subía, le dijo:
--Me parece que he sentido ruido. ¿Tendremos ladroncitos? Anoche hicieron un robo en la calle Imperial, metiéndose por los tejados. ¿Estaremos seguros?
Registraron toda la casa, mientras yo, metido entre mis sábanas, fingía dormir como un talego. Al fin, convencidos de que no había ladrones, se acostaron.
Mucho más tarde advertí que Doña Restituta registraba la casa segunda vez, hasta que todo quedó en silencio. Cerca ya de la madrugada oí ruido de monedas. Era Doña Restituta contando su dinero. Después la sentí salir de su cuarto, bajar a la trastienda y de allí al sótano, donde estuvo más de una hora.
XVII
Al siguiente día D. Mauro se desvivió obsequiando a su sobrina; pero lo hacía tan ramplonamente, que cada una de sus finezas era una gansada, y cada movimiento una coz.
--Restituta --decía--, no quiero que trabaje la muchacha. ¿Óyeslo, hermana? Inés es mi sobrinita, y todo es para ella. Si hace falta coser, aquí tengo yo mi dinero para pagar costureras. Sácame el vestido nuevo, que me lo quiero poner todos los días, y estar en la tienda con él... y no me pongas más olla con cabezas de carnero, sino que quiero carne de vaca para mí y para este angelito de mi sobrina... y lo que es el collar que tengo apalabrado lo compro hoy mismo... y aquí no manda nadie más que yo... y voy a traer un fortepiano para que Inés aprenda a tocar... y la voy a llevar en coche a la Florida... y si entra mañana el nuevo Rey, como dicen, hemos de ir todos a verle, y yo con mi vestido nuevo y mi sobrinita agarrada del brazo, ¿_no verdá_, prenda?
Restituta quiso protestar contra estos despilfarros; pero amoscose su hermano, y no hubo más remedio que obedecer, aunque a regañadientes. Merced a la enérgica resolución del amo de la casa, viose la trastienda honrada con inusitados y allí nunca vistos platos, aunque Doña Restituta, firme en su adhesión al antiguo régimen, no probó de ninguno.
--Hermana --le decía D. Mauro--, ya estoy de miserias hasta aquí. Nada, no más trabajar. ¿Ves esta gallina, Inesilla? Pues te la tienes que comer toda sin dejar ni una tripa, que para eso la he comprado con mi dinero. Y aquí te tengo un guardapiés de raso verde con eses de terciopelo amarillo que te has de poner mañana si vamos a ver entrar al Rey... Y también te pondrás unos zapatos azules y unas mediecitas encarnadas con rayas negras... y también le tengo echado el ojo a una escofieta que lo menos lleva catorce varas de cinta de varios colores... Conque a ponerse guapa... porque lo mando yo.
--Buenas cosas le estás enseñando a la niña --declaró Doña Restituta, dirigiendo oblicuamente los ojos a las prendas indicadas, que acababan de traer a la tienda.
En efecto, señores: la generosidad de Don Mauro era tan bestial como su tacañería y salvajismo; así es que su empeño en que Inés se vistiera con tan chabacano y ridículo traje, fue uno de los mayores tormentos que padeció la huérfana durante su encierro.
--Esta tarde --continuó el tío-- voy a traer dos ciegos para que toquen, y puedas bailar cuanto quieras, Inesilla. Deseo que bailes lo menos tres horas seguidas, y así has de hacerlo, porque yo lo mando... y aquellos pendientes de a cuarta que están arriba, y son nuestros, porque no han venido a desempeñarlos, te los pondrás en tus lindas orejitas.
--Sí: para ella estaban --dijo con avinagrado gesto Restituta--. ¡Dos pendientes de filigrana de oro, largos como badajos de campana, y que pertenecieron a una camarista de la Reina Doña Isabel de Farnesio! Hermano, tengamos la fiesta en paz.
--Aquí no manda nadie más que yo --manifestó Requejo, haciendo retemblar de un puñetazo el cajón que servía de mesa.
Como es de suponer, Inés se resistió a ponerse los vestidos de sainete comprados por D. Mauro, lo cual puso de mal humor al buen comerciante, quien no tuvo sosiego durante todo aquel día, y se quitó y puso repetidas veces el traje nuevo, jurando que en su casa nadie mandaba más que él.
Al lector habrá sorprendido una circunstancia, y es que en tres días que llevaba yo de permanencia en la funesta casa, no pudiese ni una vez tan solo hablar con Inés. La suspicacia del ama era tan atroz y tan previsora, que siempre que bajaba del entresuelo a la trastienda, como no fuera en la hora tristísima de la comida, la dejaba encerrada, guardando la llave en su profundo bolsillo. Esto me desesperaba, quitándome toda esperanza de salvar a la pobre huérfana, hasta que un día, resuelto a comunicarme con ella, aceché la ocasión en que Doña Restituta estaba desplumando a unos infelices en el despacho de los préstamos, y acercándome a la puerta del encierro, la llamé muy quedamente. Sentí el roce de su vestido, y su voz me preguntó:
--Gabriel, ¿eres tú?
--Sí, Inesilla de mi corazón. Hablemos un poquito; pero no alces la voz. Haré mucho ruido con la escoba para que no nos oigan.
--¿Cómo has venido aquí? Di, Gabrielillo, ¿me sacarás tú?
--Reina, aunque aquí hubiera cien mil Requejos y ochocientas mil Restitutas, te sacaría. No llores ni te apures. Pero di, picarona, ¿me quieres ahora menos que antes?
--No, Gabriel --me contestó--. Te quiero más, mucho más.
Hice mucho ruido y di mil besos a la puerta.
--Toca con tus dedos en la puerta para que yo sienta.
Inés dio algunos golpecitos en la madera, y después me interrogó:
--¿Tardarás mucho en sacarme? Escribe a mi tío para que venga por mí.
--Tu tío no conseguiría nada de estos cafres. Espera y confía en mí. Chiquilla, hazme el favor de besar la puerta.
Inés besó la puerta.
--Yo te sacaré de esta casa, prenda mía, o no soy Gabriel --le dije--. Haz por no disgustarles. Si te quieren sacar de paseo, no te resistas. ¿Oyes bien? Déjame a mí lo demás. Adiós, que viene la culebra.
--Adiós, Gabriel. Estoy contenta.
Ambos besamos la barrera que nos separaba, y el diálogo acabó, porque consumado en el despacho de los préstamos el asesinato pecuniario, salieron las víctimas, y tras ellas Doña Restituta, radiante de ferocidad avariciosa. En su cara se conocía que había hecho un buen negocio.
XVIII
Aquella noche vino a la tertulia de la trastienda, además del Sr. de Lobo, Doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, a quien mis lectores, si no me engaño, tienen el honor de conocer, pues algo me parece que figuró en los sucesos que conté anteriormente. Su difunto esposo había sido compañero de D. Mauro en el cargamento y arrastre de fardos y mercancías, y desde entonces entre ambas familias quedó establecida cordial amistad. Reconociome Doña Ambrosia, mas no dijo nada que pudiese desfavorecerme en el concepto de mis nuevos amos; y cuando se hubo sentado, operación no muy fácil, dados su volumen y la estrechez de los asientos, soltó la sin hueso en estos términos:
--¿Cómo es eso, Restituta; cómo es eso, Don Mauro?... ¿conque no han ido ustedes a ver la entrada de los franceses? Pues, hijos, les aseguro que era cosa de ver. ¡Qué majos son, válgame el santo Ángel de la Guardia!... ¡Pues digo, si da gloria ver tan buenos mozos!... y son tantos, que parece que no caben en Madrid. Si viera usted, D. Mauro, unos que andan vestidos al modo de moros, con calzones como los maragatos, pero hasta el tobillo, y unos turbantes en la cabeza con un plumacho muy largo. ¡Si vieras, Restituta, qué bigotazos, qué sables, qué morriones peludos y qué entorchados y cruces! Te digo que se me cae la baba... Pues a esos de los turbantes creo que los llaman los _zamacucos_. También vienen unos que son, según me dijo D. Lino Paniagua, los _tragones de la Guardia imperial_, y llevan unas corazas como espejos. Detrás de todos venía el general que los manda, y dicen está casado con la hermana de Napoleón... es ese que llaman el gran Duque de _Murraz_ o no sé qué. Es el mozo más guapo que he visto... ¡y cómo se sonreía el picarón mirando a los balcones de la calle de Fuencarral! Yo estaba en casa de las primas, y creo que se fijó en mí. ¡Ay, hija, qué ojazos! Me puse más encarnada... Por ahí andan pidiendo alojamiento. A mí no me ha tocado ninguno, y lo siento; porque la verdad, hija, esos señores me gustan.
--Gracias a Dios que tenemos Rey --dijo D. Mauro--. Y usted, Doña Ambrosia, ¿ha vendido mucho estos días? Porque lo que es de aquí no ha salido ni una hilacha.
--En mi casa ni un botón --contestó la tendera--. ¡Ay, hijito mío! Ahora, cuando ese saladísimo Rey que tenemos arregle las cosas, hay esperanzas de hacer algo. ¡Qué tiempos, Restituta, qué tiempos! Pero no saben ustedes lo mejor: ¿no saben ustedes la gran noticia?
--¿Qué?
--Que mañana hará su entrada triunfal en Madrid el nuevo Rey de España, Sr. D. Fernando el Séptimo.
--Ya lo sabe hoy todo Madrid.
--Pues no nos quedaremos sin ir a verle: óyelo tú, Restituta; óyelo tú, Inés --dijo Requejo--. Mañana no se trabaja.
--Yo, primero me aspan que dejar de ir a verlo --afirmó Doña Ambrosia--. Los primos han salido esta noche al camino de Aranjuez para esperarle. ¡Ay, qué alegría, Sr. D. Mauro! ¡Si viviera mi esposo para verlo! Él que me decía: «Mientras duren este Rey y esta Reina de tres al cuarto, no tendremos un Gobierno ilustrado.» Mañana va a ser un día de alegría. Yo tengo un balcón en la calle de Alcalá, y ya hemos encargado al valenciano media docena de ramos de flores para apedrear a S. M. cuando pase.
--Nada, lo dicho --apuntó D. Mauro--: si _esta_ no quiere ir, que se quede en la tienda. Inés me coserá la manga del casaquín que se me rompió ayer cuando me lo quité... Veremos qué tal sabe Gabriel hacer el coleto... Por supuesto, Inesilla, si quieres coger uno de esos frascos de agua de clavel que tienes a mano derecha, puedes hacerlo. Todo es para ti.
Así siguió la conversación sin ningún incidente notable en lo sucesivo, por lo cual la omito, pues supongo al lector poco interesado en conocer la historia de la enfermedad que padeció el esposo de Doña Ambrosia, trágico acontecimiento que ella refirió. Los únicos personajes siempre mudos en aquellas tertulias, además de un servidor de ustedes, eran Inés y el Sr. Juan de Dios, este último por ser hombre de pocas palabras, como he dicho.
Llegó el día 24 de marzo, y la cabeza de D. Mauro, peinada por mí, salió a competir con el sol en brillo y hermosura. Doña Restituta, que no pudo resistir a las súplicas de su hermano, frotose con una toalla el apergaminado forro de su cara hasta sacarse lustre, y después se puso el mismo clásico traje con que por primera vez se presentó a mis ojos en Aranjuez. Por más que D. Mauro atronó la casa, no pudo conseguir que Inés se disfrazara con el guardapiés verde, las medias encarnadas, las azules botas y la escofieta que su vanidoso tío compró para adornar dignamente a la que consideraba como futura esposa. Negose la muchacha a ser objeto de una fiesta pública, y al fin, para decidirla a salir, la permitieron vestirse con su ropa de luto. Luego que los tres estuvieron apercibidos, encargaron a Juan de Dios el cuidado de la casa, y Don Mauro me dijo gravemente:
--Gabriel, hoy es día de descanso. Vente con nosotros: con eso me enderezarás el rabo del coleto si se me tuerce, y me ayudarás a ponerme los guantes cuando pase S. M., pues hasta ese momento no quiero meter mis manos en tal inquisición. ¿Qué te parece? ¿Voy bien? Tira de ese faldón que está arrugado. Mira, chiquillo, haz el favor de meter bonitamente tu mano por entre la casaca y la chupa hacia la espalda, y rascarme en esa paletilla derecha, que no parece sino que se ha juntado ahí un regimiento de pulgas... Así... así... basta ya.
Dicho esto, y rascado el asno, tomé mi gorra y salimos. ¡Ay, Dios mío, cómo estaba esa Puerta del Sol, y esa calle Mayor, y esa calle de Alcalá! Mis lectores, cualquiera que sea su edad, habrán visto alguna de las solemnes entradas con que nos obsequia cada pocos años la historia contemporánea; de modo que para hacerles formar una idea de aquel gentío, de aquella algazara y de aquel júbilo, me bastará decirles que lo del 24 de marzo de 1808 no se diferenció de lo visto en años posteriores sino en la exageración del delirio.