Part 10
De los balcones de las casas nobles pendían las ricas colgaduras de damasco con su ancho escudo y brillantes flecos, prendas vinculadas que hasta hace poco han lucido, ya marchitas y mermadas como el patrimonio de sus dueños, en alguna fiesta del Corpus. Las demás casas se engalanaban con lo que el entusiasmo de sus inquilinos había encontrado a mano, siendo considerable la cantidad de piezas de muselineta que un pueblo loco lanzó al aire de balcón a balcón en aquel memorable día. La multitud infinita de abanicos con que resguardaban del sol su cara los millares de damas asomadas a los balcones, ofrecía un aspecto sorprendente; y cuando la vista recorría panorama tan encantador, causábale cierto desvanecimiento el incesante ondular de los que se movían dando aire a sus dueñas. Aquel parlante dije español, en tan inmenso número reproducido, presentando alternativamente al sol una de sus caras, ya blanca, ya azul, ya roja, y adornado con lentejuelas de plata y oro, remedaba el aleteo de millares de pájaros pugnando por levantar el vuelo. Era un día de marzo de esos que parecen días de junio, privilegio de la Corte de las Españas, que suele abrasarse en febrero y helarse en mayo. La Naturaleza sonreía como la Nación.
El abigarrado gentío que poblaba las calles se componía de todas las clases de la sociedad, abundando principalmente la manolería y chispería, hombres y mujeres, viejos y muchachos. Los ancianos inválidos y gotosos habían dejado el lecho, y sostenidos por sus nietos abríanse paso. Las viejas santurronas, que durante tantos años olvidaran todo camino que no fuera el de sus casas a la cercana iglesia, acudían también, llevadas de la devoción al nuevo Rey, y felicitándose unas a otras aturdían a los demás con el cotorreo de sus bocas sin dientes. Los niños no habían asistido a la escuela, ni los jornaleros al trabajo, ni los frailes al coro, ni los empleados a la covachuela, ni los mendigos a las puertas de las iglesias, ni las cigarreras a la Fábrica, ni los profesores de las Vistillas dieron clase, ni hubo tertulia en las boticas, ni meriendas en la pradera del Corregidor, ni jaleo en el Rastro, ni colisión de carreteros en la calle de Toledo.
La muchedumbre, obligada por su colosal corpulencia a estarse quieta, se arremolinaba y estremecía como un monstruo atado. Agrietábase a veces aquella gran masa; pero el surco abierto era invadido por la corriente: de pronto crecía la aglomeración en un punto y se aclaraba en otro. El empuje era tremendo, y el retroceso tan peligroso, que había riesgo de ser hollado por las mil patas de la bestia. El zumbido con que aquel enjambre manifestaba sus impresiones, trastornaba el cerebro más fuerte: exclamaciones de alegría, diálogos entusiastas seguidos de abrazos generosos, gritos de dolor a consecuencia de los callos aplastados, o de indignación por cada sombrero que perdía su hechura, se unían a las donosidades de las majas, que arrojaban cáscaras de naranja sobre los petimetres, y a los lamentos de los mendigos haraposos y mutilados que, escurriéndose entre la multitud, aun allí imploraban la caridad enseñando una pierna leprosa o una mano deforme.
Nosotros tuvimos que quedarnos en la Puerta del Sol. Una de las oscilaciones del gentío nos llevó hacia la acera que hoy une las calles de Espoz y Mina y Carretas; otra oscilación nos arrastró hacia la Inclusa, que estaba entre las calles del Carmen y Preciados; y por último, un nuevo sacudimiento, haciéndonos pasar por ante Mariblanca, nos encaminó hacia el Buen Suceso, a cuya verja nos agarramos D. Mauro y yo para no ser nuevamente arrastrados a merced de aquel oleaje. Yo me alegraba de que esto sucediera, por si en alguna evolución quedábamos Inés y yo apartados de los Requejos; pero buen cuidado tenía D. Mauro de no separarse de su sobrina, y antes le hubiera roto el brazo que soltarla: tal era la fuerza con que su mano rapaz tenía aprisionados los olivares de Jaén y las yeguadas de Córdoba.
Situados donde he dicho, aguardamos la aparición de aquel sol hespérico, de aquel iris de paz, de aquel Príncipe Fernando, que este pueblo, a ser pagano, hubiera puesto en la jerarquía de sus dioses más queridos. En rededor nuestro zumbaban algunas viejas.
--¡Ay, mi señora Doña Gumersinda! --decía una estantigua--. Dios y mi patrono San Serapio, ese bendito fraile de la Merced que es abogado contra los dolores de coyunturas, han querido que yo no mordiera la tierra sin ver este día.
--¡Ay, mi señora Doña María Facunda! --contestaba otra--. Desde que entró en Madrid, al venir de Nápoles, el Sr. D. Carlos III, a quien vi desde este mismo sitio, no ha habido en Madrid una alegría semejante. ¿Pero usted no llora?
--¿Pues no me ve usted, señora Doña Gumersinda? Bendito sea el Señor, que nos ha permitido ver este día. Al menos se morirá una con la alegría de que España sea feliz con ese gran Rey que Dios nos ha dado. ¡Pues pocos rosarios he rezado yo para que esto sucediera! Al fin la Virgen nos ha oído, y si nosotras no nos estuviéramos en la iglesia rogando día y noche, ya podía la Nación esperar sentada su felicidad.
--¿Pero usted no ha visto al Príncipe, señora Doña María Facunda? Si es el más rozagante, el más lindo mozo que hay en toda España y sus Indias. Yo le vi el día de la jura, y me parece que le tengo delante.
--No le he visto. Ya sabe usted, señora Doña Gumersinda, que desde que reñí con aquel oficial de walonas que me quería tanto, allá cuando echaron a los jesuitas, no he vuelto a mirar a la cara a ningún hombre.
--¡Pero oiga usted: dicen que viene; ya está cerca!
En efecto: se oían las exclamaciones del gentío apelmazado en la calle de Alcalá, y muchos gritaban:
--¡Ya viene por la Cibeles! ¡Ya viene por el Carmen Descalzo! ¡Ya viene por las Baronesas! ¡Ya viene por los Cartujos!
Una voz conocida me hizo volver la cara. Pacorro Chinitas, el famoso amolador, cuyas opiniones no habréis olvidado, estaba detrás de mí disputando acaloradamente con una mujer del pueblo, gruesa, garbosa, de ojos vivos, lengua expedita y expeditísimas manos.
--¡Que en todas partes has de meter camorra, condenada mujer! --decía Chinitas--. Vete callando, que ya se me sube la mostaza a la nariz.
--No me da gana de callar --contestó la Primorosa, cruzándose en la cintura las puntas del pañuelo que le cubría los hombros--. ¿Pues qué, estamos en misa? Si ese señorito del tupé no se nos quita delante...
Un petimetre, que olía a jazmín, volvió la compungida cara pidiendo mil perdones a la emperatriz del Rastro.
--¡Eh, tío _catacaldos_! --continuó la Primorosa, tirando por los faldones al currutaco--. ¡Quítese de ahí, que me estorba!
--Mujer, deja en paz a ese caballero. Mira que la armo.
--¡Sopa sin sal, endino! --exclamó la manola, mostrando sus dedos cuajados de anillos con piedras falsas--. ¡Pos pa qué quiero estas cinco manos de almirez! ¡Enriten a la Primorosa, y verán lo güeno! ¡Eh... señor marqués del Barrilete! --añadió dirigiéndose a D. Mauro--, que me está usted metiendo por los ojos el rabo de su peluquín.
--Mujer --insistió Chinitas--, que donde quiera que vamos me has de avergonzar...
El petimetre se volvió hacia nosotros y dijo, infestándonos con los perfumes de su ropa:
--No se puede estar donde hay gente ordinaria.
--¿Qué es eso de gente ordinaria? --clamó la Primorosa, atropellando a los que tenía al lado para abalanzarse hacia el almibarado joven--. Ya... a mí con esas. Pero si es el señor D. Narciso Pluma. Eh, Nicolasa, Bastiana, Polonia: mira al Sr. de Pluma, al que la otra noche le emprestamos dos reales pa osequiar a las madasmas que llevó a tu casa... Señor marquesito de la olla vacía, menos facha y más comenencia con las señoras, porque yo soy muy reseñorona y muy requeteusía, y sé dar pa el pelo, y vivan los farolones de Madrid.
A este punto llegaba, cuando un rumor creciente indicó que el Príncipe estaba cerca. La Primorosa, con las majas que la seguían, trató de atravesar el gentío dando codazos y manotadas a derecha e izquierda.
--Ea, desapártense toos, que viene el sol del mundo. A un lao, a un laíto, señores. Bastiana, Nicolasa, quitaos las flores del pelo y vengan acá, que yo se las daré al lucero de las Españas. Míralo allá: viene a caballo por la Aduana.
A fuerza de empujones logró la Primorosa ¡cosa inaudita! despejar en torno suyo un breve espacio, donde sin obstáculo campeaba. Pero queriendo avanzar más aún, halló insuperable barrera en la persona de un _majo decente_ que, con la capa en cuadril y el sombrero sobre la ceja, rechazaba varonilmente a cuantos intentaban adelantar hacia el centro de la carrera.
--¡Cómo! --dijo la maja con centellante ira--. ¿Que no se pasa? ¿Y quién lo _ice_?... ¿tú, Pujitos? Anda, y qué güeno me sabe.
--No se pasa --dijo Pujitos, que se esforzaba en poner a la multitud en fondo, en filas, en compañías, en batallones y en brigadas--. Póngase ca una en su puesto, y no ladrar. Orden, señores... toos en fila. Primorosa, las mujeres a sus casas, y aquí denguna me levante el chillío.
--Pujitos de mi corazón --dijo la Primorosa con terrible ironía, clavando ambas manos en su cintura--. Si te requiero; si he venido por verte; si aquí vengo a pedirte de rodillas que me dejes pasar, y traigo un irgumento pa tu cara de peine viejo. ¿Quieres verlo? Pues toma.
Aún no lo había dicho, cuando rápida, fuerte y destructora como un ariete romano, la mano derecha de la maja voló en dirección de la cara de Pujitos, y el carrillo de este resonó con tremendo chasquido. Una risotada general fue el himno con que los circunstantes celebraron la desgracia del patriota, el cual, vacilando primero y desplomado después, fue a caer sobre un fraile, rompiéndole la escofieta a Doña María Facunda y la escusabaraja a Doña Gumersinda. La multitud hizo un movimiento: el oleaje corrió de un lado a otro, y Pujitos desapareció ante nuestra vista como un cuerpo que cae al mar.
La causa de aquel movimiento de la muchedumbre fue una nueva irrupción de carne humana en aquel recinto estrecho donde ya había tanta. Un destacamento de la Guardia Imperial, con Murat a la cabeza, apareció por la calle del Arenal. Figuraos un pie que se empeña en entrar en una bota donde ya hay otro pie. El gran Duque de Berg, petulante y vanidoso, se obstinó en presentarse con sus tropas en la carrera por donde había de pasar el Rey, lo cual no tenía nada de culpable; pero lo hizo tan inoportunamente, y sus mamelucos y dragones vejaron de tal modo al pueblo madrileño, que algunos historiadores hacen datar desde aquella hora la general antipatía de que los franceses fueron objeto. La multitud es un río, cuyo nivel no puede subir cuando recibe el caudal de otro río, y tiene que acomodarse juntando carne con carne y hueso con hueso, hasta que desaparece la personalidad humana en el informe conjunto. Esto pasó cuando los franceses penetraron en la estrecha plaza, y una tempestad de silbidos, reconvenciones e insultos fue la primera manifestación del pueblo español contra los invasores. Entre tanto, el desconcierto crecía, la sofocación iba en aumento. D. Mauro bramó como un toro; Doña Restituta lanzó un gemido desde el fondo de su angosto pecho... pero la multitud olvidó sus penas, porque ya estaba cerca, ya venía, ya le veíamos en su caballo blanco, que apenas podía dar un paso; ya embocaba en la Puerta del Sol; ya se agitaban los abanicos; llovían ramos de flores; alzábase de la superficie de aquel inquieto mar un rumor espantoso; cruzaban el aire como pájaros desbandados millares de gorras, y los brazos convulsos sobresalían de las cabezas descubiertas; los pañuelos no eran bastante expresivos, y las capas eran desplegadas como banderas de triunfo.
Entonces la masa de gente que estaba en torno mío avanzó con irresistible empuje. Don Mauro y Restituta clavaron las uñas en las mangas del vestido de Inés, que se les escapaba; pero un jirón de tela se quedó en sus manos, e Inés en mis brazos. Miré a la derecha, y vi entre una aglomeración de cabezas el coleto de D. Mauro y el moño de Doña Restituta, que huían llevados como despojos de naufragio sobre la espuma de aquel alborotado mar. Estábamos solos.
Inés y yo nos abrazamos, y el gentío, comprimiéndose después, estrechaba a Inés contra mí, como si de nuestros dos cuerpos hubiera querido hacer uno solo.
XIX
--Estamos solos, Inés --le dije--. Ahora podremos hablarnos y vernos.
En efecto, estábamos solos. Yo no veía ni Rey, ni pueblo, ni Guardia Imperial, ni balcones, ni quitasoles, ni abanicos, ni capas, ni gorras, ni flores, ni nada: yo no veía más que a Inés, e Inés no veía más que a mí. Aprisionados entre un pueblo inmenso, nos creíamos en un desierto. Olvidamos que existía un Rey recién coronado, y una nación alegre, y una ciudad feliz, y una multitud ebria, y no pensamos más que en nosotros mismos. No oíamos nada: el clamor de la gente, los vivas, los mueras, las felicitaciones; aquella borrachera de entusiasmo no producía en nuestros oídos más impresión que el vuelo de un insignificante insecto.
--Gracias a Dios que nos han dejado solos --dijo Inés, estrechándose más contra mí.
--¡Inés de mi corazón! --exclamé yo--. ¡Cuánto deseaba hablarte! ¡Cuántas cosas tengo que decirte! Tus tíos se han ido y no volverán, y si vuelven no estaremos aquí. Somos libres: oye lo que voy a decirte. Estamos fuera de esa maldita casa, Inés mía, y serás feliz, rica y poderosa; tendrás todo lo que es tuyo.
--Yo no tengo nada --me contestó.
--Sí: tú no sabes un cuento que yo te voy a contar; un cuento que sé, y que me hace feliz y desgraciado al mismo tiempo.
--¿Qué estás diciendo, loquillo?
--Que tú no eres lo que pareces. Yo te devolveré a tus padres, que son muy ricos.
--¿Padres? ¿Acaso yo tengo padres?
--Sí: tú no eres hija de Doña Juana. Pero esto te lo explicaré en otra ocasión. ¡Ah! amiga mía: estoy alegre y estoy triste, porque deseo que seas feliz, y rica, y señora, y poderosa, y duquesa, y princesa; pero al mismo tiempo considero que cuando llegues al puesto que te corresponde, no me has de querer.
--No entiendo una palabra de lo que dices.
--Ya veremos. Tú no me querrás. ¿Cómo has de querer a un desgraciado como yo, sin fortuna, sin educación? Te avergonzarás de mí, que soy un criado, un infeliz de las calles... Pero ¡ay! no temas, que yo te llevaré a donde debes estar, y te pondré en tu verdadero puesto, y serás lo que debes ser. Yo no quiero nada para mí. Dime: ¿me dejarás que sea tu criado y que viva en tu casa lo mismo que vivo ahora mismo en la de tus condenados tíos?
--De veras te digo que pareces un loco, Gabriel. Esto me recuerda cuando tú decías que ibas a ser Ministro, Generalísimo y Príncipe. Yo no tengo esas ideas.
--No es lo mismo, niñita. Aquello era una necedad mía, y esto es cierto. Ya no volveremos a casa de los Requejos. Huiremos por la calle de Alcalá cuando se despeje, buscando refugio en Aranjuez, hasta tanto que yo te lleve a donde debo llevarte. Aunque sé que no lo has de cumplir, júrame que me querrás siempre.
--Yo no necesito jurarlo. Prométeme tú no decir disparates --dijo ella, mientras la presión de la embriagada multitud estrechaba su cabeza contra mi pecho.
--No son disparates. Pronto te convencerás de ello; ¿pero me querrás siempre como me quieres ahora? ¿No te avergonzarás de mí, no me despreciarás? ¿Seré siempre para ti lo mismo que soy ahora, tu único amigo, tu salvación y tu amparo?
--Siempre, siempre.
Al pronunciar estas palabras, Inés sintió que le cogían un pie.
Miró ella, miré yo, y vimos que clavaba en el pie sus flacos dedos una mano correspondiente a un brazo negro, que, extendiéndose entre las piernas de los circunstantes, estaba unido al cuerpo de Restituta, quien estiraba el otro brazo hasta tocar la mano que pertenecía a una de las extremidades de D. Mauro Requejo, el cual D. Mauro Requejo, colocado como a dos varas de nosotros, pugnaba por abrirse paso entre piernas de hombre y faldas de mujer, recibiendo aquí una pisada, allá una coz. Sucedió que encontrándose los dos hermanos tan separados de nosotros, perdían el tino buscándonos, y mientras ella se encaramaba anhelando divisar por algún lado nuestras cabezas, él, a causa de su corpulencia, alcanzó a distinguir mi gorro.
Forcejeaban hasta alcanzarnos, cuando Doña Restituta cayó al suelo; diole D. Mauro la mano, y ella alargó la otra para asir el pie de Inés, temiendo que en un nuevo vaivén o sacudimiento se le escapara. Nuestro proyecto de fuga quedó frustrado, y ambos Requejos hicieron presa en los olivares de Jaén, asiéndoles cada uno por un brazo para estar más seguros.
--¡Pobrecita mía! --dijo D. Mauro--. Creímos que te nos perdías. Si no es por ti, Gabriel, se nos pierde.
A causa del revolcón quedaron ambos hermanos tan lastimosamente magullados, que daba compasión verles. Del casaquín de mi amo se habían hecho dos, sin intervención de ningún sastre, y su hermana veía con ojos furibundos los flotantes jirones de su vestido negro, rasgado de arriba abajo.
--¿Ves? --decía Restituta a su hermano al regresar a la casa--. ¿Ves lo que sacamos de ir a donde nadie nos llama? Has perdido un guante... ¡lástima de guante, que costó un dineral en el Rastro! ¿Pues y la casaca? Ya tengo costura para tres días... ¡Sí, que está barata la seda!... Y tú, niña, ¿has perdido algo? ¡Ay! ¿Dónde está mi pañuelo? ¿Pues y mi pañuelo? ¡Lo he perdido!... ¡Dios me favorezca!... ¡Jesús mil veces! ¡Y yo que le eché tres gotas de agua de bergamota!
XX
Transcurrieron muchos días desde aquel, famoso por la entrada de nuestro Soberano, sin que se alterara con ningún accidente la uniformidad de la casa de los Requejos.
Largo tiempo estuve sin poder hablar con Inés, aunque vivíamos tan cerca el uno del otro; pero el encierro en que la guardaba Restituta era cada vez más inaccesible, y la vigilancia llegó a ser un acecho implacable. Don Mauro estaba furioso algunas veces; otras triste, y sin duda en su rudeza no dejaba de comprender que era incapaz de hacerse amar por Inés. Su cólera no podía menos de derivarse de la conciencia de su brutalidad. Si no hubiera mediado el ambicioso interés, que era su alma, quizás D. Mauro habría sido naturalmente afable y hasta cariñoso con la que pasaba por su sobrina; pero la falta de educación, de delicadeza, de modales y de sentido común le perdía, haciéndole no solo aborrecible, sino espantoso a los ojos de la misma a quien deseaba interesar.
Las dificultades para sacar a Inés del poder de los Requejos aumentaban de día en día con la suspicaz vigilancia de Restituta; pero esto no me desanimaba, y firme en mi honrado propósito, procuré por todos los medios posibles conquistar la benevolencia de los dos hermanos, fingiendo en mí gustos e inclinaciones iguales a las suyas. Yo aspiraba a una empresa más difícil que las doce de Hércules: aspiraba a conquistar el inexpugnable castillo de su confianza, donde jamás entrara persona alguna.
Para llegar a este fin, principié fingiéndome mezquino y avaro, cual si me consumiera, como a ellos, la mísera pasión del ahorro en su último delirio. Un día, después de haber barrido los pasillos y cuartos, me ocupaba en reunir el polvo y la tierra, recogiendo y guardando aquellos ingredientes en un gran cucurucho. Como esta operación la hacía yo de modo que Doña Restituta me observase, preguntome un día cuál era mi objeto, y le contesté:
--Pues qué, señora, ¿se ha de desperdiciar esta substancia alimenticia?
--¿Cómo? ¿El polvo y la basura de los ladrillos, con las telarañas de los techos y el lodo de los zapatos, forman una substancia alimenticia?
--Ya lo creo; y me asombra que usted no sepa que hay en Madrid un jardinero francés que compra todo esto para criar unas endemoniadas yerbas farmacéuticas que han inventado ahora.
--¿Qué me dices, Gabriel? Pues yo no sabía nada.
--Pues cuando yo estaba en la casa del señor Duque de Torregorda, la señora Duquesa vendía esto todas las semanas, y por un paquete así le daban sus cuatro cuartos como cuatro soles.
Ella se regocijaba tanto con esto, que cuando yo, después de arrojar a un muladar el paquete, volvía entregándole los cuatro cuartos de mi fingida venta, me decía:
--Eres un chico de disposición, Gabriel; no he conocido otro como tú.
También fingía vender los cráneos de carnero que allí se consumían con frecuencia, los huesos de toda clase de frutas, los pedazos de papel, los cascos de vidrio, y hasta los pezones de los higos pasados, diciéndole que un boticario los compraba para hacer cierta droga venenosa. Cuando llegó el 20 de Abril y me dieron los diez reales de mi salario, dije a Doña Restituta:
--Señora, ¿para qué quiero yo todo ese dineral? Puesto que tengo todas mis necesidades satisfechas y no me falta nada, guárdemelo; y si algún día salgo de esta bendita casa (lo que ojalá no suceda nunca), me lo entregará junto. Guardadito quiero que esté como oro en paño, y primero me dejaré cortar las orejas que consentir en el gasto de un maravedí.
--¡Ay, Gabriel! --me contestó, rebosando satisfacción--, no he visto nunca un chico como tú. Bien es verdad que no en vano se pisa esta casa, donde reinan el orden y la economía. Eres un rapaz de provecho: si sigues trabajando, a vuelta de diez años tendrás reunidos sesenta duros; y si siempre persistes en tan buenas ideas, llegarás al fin de tu vida... (pongamos que vives sesenta años más...) con un capital de trescientos sesenta duros, que tendrás guardaditos y los enterrarás antes de morirte, para que ningún heredero holgazán se divierta con tu dinero.
Con estas y otras artimañas me hacía querer de mis amos, hasta el punto de que confiaban mucho en mí; pero a pesar de todo, no logré nunca adquirir la confianza suprema, que consistía para mí en ser encargado de la custodia de Inés, mientras ellos estaban fuera. ¡Ay! cuando alguna vez permitían los hados que Doña Restituta se ahuyentara del hogar doméstico, siempre era depositario de todas las llaves el impasible, el mecánico, el glacial mancebo.
Pero he hablado poco de este personaje, cuando en realidad debiera ocuparme mucho, y urge dar de él completa idea. Juan de Dios era sin género de duda un excéntrico, pues también en aquella época había excéntricos. Un hombre que no habla, que ignora lo que es risa, que no da un paso más de los necesarios para trasladarse al punto donde están la pieza de tela que ha de vender, la vara con que la ha de medir, y la hortera en que ha de meter el dinero; un hombre que en todas las ocasiones de la vida parece una máquina cubierta con la humana piel para remedar mejor nuestra libre, móvil e impresionable naturaleza, ha de llevar dentro de sí algo ignorado y excepcional. Sin embargo, al poco tiempo de conocer yo a Juan de Dios, ocurrió algún percance en el misterioso engranaje de las piezas de aquel mueble animado.
Por aquellos días, D. Mauro y Doña Restituta habíanse comunicado con asombro su extrañeza por las frecuentes distracciones de Juan de Dios. Juan de Dios, que en veinte años no se equivocara nunca midiendo o contando, contaba y medía como un mancebillo recién venido de la Alcarria. Aún había algo más alarmante. Juan de Dios se paseaba por la tienda sin hacer nada, lo cual era tan extraordinario como el choque de un planeta con otro; Juan de Dios preguntaba al parroquiano si quería _poplín_, _cotepalis_, _organdís_, _madapolanes_ o _muselinetas_, y en vez de traer lo pedido, daba media vuelta, rascándose la cabeza; iba a la trastienda, y salía después a preguntar de nuevo, porque se le había olvidado. Al mismo tiempo Juan de Dios estaba más amarillo y más flaco, lo cual parecía imposible al que en sus buenos tiempos le hubiese conocido, y su mirada, siempre mortecina y tristona, como la llama de un candil que se apaga, indicaba últimamente una resignación, un dolor que no son susceptibles de descripción ni pintura.