El 19 de marzo y el 2 de mayo

Part 11

Chapter 114,208 wordsPublic domain

Un día salieron los amos, encargándole como de costumbre la custodia de la casa. Inés, encerrada en su aposento, habló conmigo como Tisbe al través del muro, y en mi desesperación, no pudiendo ni verla ni sacarla de allí, discurrí que convenía explorar el corazón del mancebo, por si era posible ablandarle para que protegiera nuestra fuga. Bajé a la tienda, y después que hablamos un poco de cosas indiferentes, dije a Juan de Dios:

--¿No es un dolor, Sr. D. Juan, que esa joven se muera de tristeza en ese cuartucho? ¿Por qué no la dejan suelta por la casa? ¿Acaso es alguna fiera?

Advertí en el semblante del mancebo un como estremecimiento o vislumbre; después pareció que la poca sangre de su cuerpo se le agolpaba en la frente, y me habló así:

--Gabriel, tienes razón. ¿Por qué la encierran así, siendo tan buena y tan humilde?... Ya estará libre... --dijo el hortera, como hablando consigo mismo.

Estas palabras despertaron grandemente mi curiosidad, y resolví hacerle hablar sobre el asunto, fingiendo poco interés por la huérfana.

--Verdad es --dije-- que como está tan mal criada...

--¡Mal criada! --exclamó el dependiente con viveza--. Tú sí que eres un mal criado y un bruto. Cuando la veo tan dulce, tan modesta, tan guapa, me da lástima que... Aquí la tratan de un modo que da compasión...

--Pero los amos son muy buenos con ella: la han comprado un vestido, y D. Mauro quiere que sea su mujer.

Al oírlo, Juan de Dios se inmoló de tal modo, que le tuve miedo.

--¡Casarse con ella! --exclamó--. No, no; eso no puede ser.

--Bien es verdad que si la muchacha no quiere, ¿por qué han de obligarla?

--Es verdad. No, no la obligarán.

Comprendí que convenía variar de táctica, demostrando mucho interés por la prisionera.

--Pues si ella no quiere --afirmé--, será una obra de caridad sacarla de aquí.

--¿Tú crees lo mismo? --me preguntó con ansiedad.

--Sí. Me da tanta lástima de la pobrecita, que si en mí consistiera, ya le hubiera abierto las puertas para que volara como un pajarito.

--Gabriel --me dijo Juan de Dios solemnemente, poniendo su mano sobre mi brazo--, si tú fueras un chico prudente y discreto, yo te confiaría un proyectillo.

No había más remedio que fingir gran indignación contra los Requejos, y así lo hice, diciendo:

--¡Pues no he de serlo! A mí puede usted confiarme lo que quiera, sobre todo si se refiere a esa niña, porque la tengo compasión; y si mi amo se empeña en maltratarla, no lo podré aguantar, y el mejor día...

--Nuestros patronos son muy crueles --dijo él con la gravedad de quien revela importante secreto.

--¿Qué dice usted, crueles? Bárbaros y tacaños, que serían capaces de vender a Cristo por dos maravedís.

El semblante de Juan de Dios expresó cierto entusiasmo. Después de vacilar un momento entre la seriedad y una sonrisa, se apretó el corazón con ambas manos, y me dijo:

--Gabriel, yo estoy enamorado, yo estoy loco.

--¿De quién? ¿Por quién?

--No me lo preguntes y adivínalo. A ti solo te lo digo: quiero que me ayudes. Veo que tienes buenos sentimientos, y que aborreces a los carceleros de Inés. Pero tú no te has fijado bien en ella. ¿No te admira su resignación, no te admira su modestia? Y sobre todo, Gabriel, ¿has visto alguna vez mujer más linda? Dime, ¿te ha mirado alguna vez y no te has vuelto loco?

Juan de Dios lo parecía al decir estas palabras.

--Inés es una gran personita --respondí--. Hace usted bien en quererla, y mucho mejor en sacarla de aquí. ¿Pero no dicen que se casa usted con Doña Restituta?

--¿Yo? ¿estás loco?... Antes de ahora he sido tan estúpido que llegué a creerme capaz de semejante desgracia. Pero ahora... ¿Has conocido hembra más repugnante que esa?

--No, no hay otra que la iguale en todo el mundo. Pero hablemos de Inés, que es lo que a usted le interesa.

--Sí, hablemos. ¡Ay! No sabes qué desahogo siento al confiarte este secreto. Yo necesitaba decírselo a alguien para no desesperarme. Desde que Inés entró en esta casa, experimenté una sensación desconocida. Yo había dicho muchas veces: «tanto como oigo hablar del amor, y yo no sé lo que es...» Pero ya sé lo que es... ¡Ay! he pasado toda mi vida trabajando como una bestia. Hace veinte años tuve algo con una mujer que vivía en mi casa; pero aquello no pasó de tres días. Yo nací en Francia, de padres españoles; me crié en un convento, y cuando salí de él a los veinte años, estaba muy persuadido de que las mujeres todas eran el Demonio, pues así me lo decían los frailes del convento de Guetaria. Así es que cuando pasaba alguna cerca de mí, yo bajaba los ojos, cuidando de no mirarla. Siempre he sido melancólico y... no sé por qué me han disgustado las mujeres... Nunca voy a bailes ni a tertulias, y con tan uniforme vida me he vuelto tan tristón, que me aburro de mí mismo. Los domingos echo un paseo allá por los Melancólicos, y esto un año y otro, hasta que ahora... te contaré punto por punto. Cuando llegó Inés aquí, me pareció que no era como las mujeres que yo he visto siempre; quedeme asombrado contemplándola, y hasta se me figuró que la había visto en alguna parte: ¿dónde? ¡qué sé yo! sin duda dentro de mí mismo. Todo aquel día pensé en ella, y al día siguiente, que era domingo, me fui, después de oír misa, a mi paseo de los Melancólicos. Allí di mil vueltas, figurándome que hablaba con ella, y fueron tantas las cosas que le dije, que de seguro no cabrían en este libro grande. Pasó algún tiempo: Inés no me había mirado nunca, hasta que una noche... estábamos comiendo; yo fui a coger un plato, y como me temblaba la mano, le dejé caer al suelo y se rompió. Restituta se puso a dar gritos, y D. Mauro me dijo no sé qué barbaridades. Entonces Inés alzó los ojos y me miró.

Cuando esto decía, Juan de Dios mostraba la incomparable satisfacción del amante que ha recibido favor muy lisonjero de su dama.

--Pues ánimo --le dije--: la madamita es linda y buena. Sáquela usted de aquí.

--¡Que si la saco! ¿Pues no he de sacarla? --exclamó con decisión--. Resuelto estoy a ello. Pero necesito hablarle, Gabriel; necesito decirle lo que siento por ella. ¿Me corresponderá? ¿Crees tú que me corresponderá?

--Pero, tonto, si quiere usted hablarle, ¿qué más tiene que ir a su cuarto y entrar? ¿Los amos no le dejan las llaves?

--Varias veces he intentado hablar con ella; he subido la escalera, he llegado junto a la puerta, y al fin me he vuelto sin valor para decirle: «Inés, ¿oye usted una palabra?»

--Pues de esa manera no consigue usted nada --le contesté--. ¡Ah! Vea usted lo que me ocurre en este instante. Yo me pinto solo para esas comisiones. Me da usted la llave, abro, entro y le digo que usted la quiere y discurre el modo de sacarla de aquí. ¿Qué le parece mi invención?

--Te equivocas si crees que tengo la llave de su cuarto. Todas me las dejan menos esa.

--Entonces todo está perdido.

--No, porque voy a que un cerrajero me haga una por un modelo de cera, enteramente igual. Por de pronto, ya que te ofreces a servirme, mira lo que he pensado. Aquí tengo un ramito de violetas que he comprado esta mañana. Se lo llevas, arrojándolo dentro por el tragaluz que está sobre la puerta, y le dices: «esto le manda a usted una persona que la ama», pero sin mentarla quién es. Luego, otro día que los amos salgan, le llevas una carta que estoy escribiendo en mi casa, y que tiene ya ocho pliegos de papel, con una letra como el sol. ¿Lo harás así?

--Todo lo que usted me mande.

--¡Ay, Gabriel! Desde que ella está en esta casa, me he vuelto todo del revés. Pero di: ¿crees tú que Inés me querrá? ¿lo crees tú? ¡Ay! yo de veras te digo que por verme amado de ella por todo el día de hoy, consentiría mañana en perder la vida. Te juro que si supiera de cierto que no me puede querer, moriría. Si Inés me ama, seré tan feliz que... no sé lo que me pasará. Y tiene que ser, tiene que amarme: yo me la llevaré a una parte del mundo donde no haya gente, y allí, solitos los dos, ¿no es verdad que tendrá que quererme? Estoy ahora averiguando por qué camino se va a una de esas islas desiertas que, según dicen, hay no sé dónde... La sacaré de aquí, Gabriel; nos iremos ella y yo, si quiere, bien, y si no, también. Cuando llegue el caso me creo capaz de todo: de matar al que quiera impedírmelo, de vencer cuantas dificultades se me opongan, de echarme a cuestas toda la tierra y beberme todo el mar, si es preciso para mi fin... Gabriel, ¿llevarás a Inés el ramo de violetas? Yo tengo miedo de ir... Cuando le hable una vez, se me quitará esta turbación... ¿No es verdad?... ¿Crees tú que ella me amará?

La pasión de Juan de Dios tenía cierta ferocidad. Junto con la timidez más ingenua, el corazón de aquel hombre abrigaba una determinación impetuosa y una energía suficiente para llevar adelante el más difícil propósito. El secreto confiado causome tanto asombro como miedo, porque si bien el amor del mancebo podía ser un gran auxilio para la evasión de Inés, también podía ser obstáculo.

Pensando en esto me separé de él, para llevar las violetas, sacadas de un cajón donde guardaba sus plumas: subí y púseme al habla con mi desgraciada amiga.

--Inés --le dije, arrojando el ramillete por el tragaluz--, toma esas flores que he comprado para ti.

--Gracias --me contestó.

--Niñita mía --continué--, mételas en tu seno, para que la bruja de tu tía no las descubra. ¿Las has guardado ya?.

--En eso estoy --repuso la dulce voz dentro del cuarto--. Vaya, ya están.

--Mira, Inesilla, pon la mano sobre tu corazón, y júrame que no has de querer a nadie, a nadie más que a mí: ni a D. Mauro, ni a Juan de... quiero decir... a nadie.

--¿Qué estás ahí hablando?

--Júramelo. Pronto estarás libre, paloma. Pero cuando seas señora, rica y condesa, y tengas palacio, y lacayos, y tierras, ¿me olvidarás? ¿Despreciarás al pobre Gabriel? Júrame que no me despreciarás.

La prisionera reía en su cárcel.

--Vaya, adiós. Ponte frente al agujero de la llave para verte: ¡qué guapa estás! Adiós: me parece que ahí están tus simpáticos tíos. Sí: ya siento la voz del buitre de D. Mauro. Adiós.

XXI

Aquella noche nos favorecieron Doña Ambrosia de los Linos y el licenciado Lobo. La primera se quejó de no haber vendido ni una vara de cinta en toda la semana.

--Porque --decía-- la gente anda tan azorada con lo que pasa, que nadie compra, y el dinero que hay se guarda, por temor a que de la noche a la mañana nos quedemos todos en camisa.

--Pues aquí nada se ha hecho tampoco --dijo Requejo--; y si ahora no trajera yo entre ceja y ceja un proyecto para quedarme con la contrata del abastecimiento de las tropas francesas, puede que tuviéramos que pedir limosna.

--¿Y usted va a dar de comer a esa gente? --preguntó con inquietud Doña Ambrosia--. ¿Por qué no les echa usted veneno para que revienten todos?

--¿Pero no era usted --preguntó Lobo-- tan amiga del francés, y decía que si Murat la miró o no la miró?... Vamos, señora Doña Ambrosia, ¿ha habido algo con ese caballero?

--¡Ay! Le juro a usted por mi salvación que no he vuelto a ver a ese señor, ni ganas. ¡Demonios de franceses! ¿Pues no salen ahora con que vuelve a ser Rey mi Sr. D. Carlos IV, y que el Príncipe se queda otra vez Príncipe? Y todo porque así se le antoja al emperadorcillo.

--¡Bah! --dijo Lobo--. Pues ¿a qué ha ido a Burgos nuestro Rey, sino a que le reconozca Napoleón?

--No ha ido a Burgos, sino a Vitoria, y puede ser que a estas horas me le tengan en Francia cargado de cadenas. ¡Si lo que quiere es quitarle la corona! Buen chasco nos hemos llevado; pues cuando creímos que el Sr. de Bonaparte venía a arreglarlo todo, resulta que lo echa a perder. Parece mentira: deseábamos tanto que vinieran esos señores, y ahora si se los llevara Patillas con dos mil pares de los suyos, nos daríamos con un canto en los pechos.

--No: que se estén aquí los franceses mil años es lo que yo deseo --dijo Requejo--. Como me quede con la contrata, ¡ay, mi señora Doña Ambrosia! puede ser que el que está dentro de esta camisa salga de pobre.

--Quite usted allá. ¿Ni para qué queremos aquí franceses, ni _zamacucos_, ni _tragones_, ni nada de toda esa canalla, que no viene aquí más que a comer? Pues ¿qué cree usted? Muertos de hambre están ellos en su tierra, y harto saben los muy pillastres dónde lo hay. Si es lo que yo he dicho siempre. Dicen que si Napoleón tiene esta intención o la otra. Lo que tiene es hambre, mucha hambre.

--Yo creo que tenemos franceses por mucho tiempo --afirmó el licenciado--, porque ahora... Luego que nuestro Rey sea reconocido, vendrán acá juntos para marchar después sobre Portugal.

--¡Qué majadería! --exclamó la señora de los Linos--. Aquí nos están haciendo la gran jugarreta. Esta mañana estuvo en casa a tomarme medida de unos zapatos el maestro de obra prima, ese que llaman Pujitos. Díjome que en el Rastro y en las Vistillas todos están muy alarmados, y que cuando ven un francés le silban y le arrojan cáscaras de frutas; díjome también que él está furioso, y que así como fue uno de los principales para derribar a Godoy, será también ahora el primero en alzarles el gallo a los franceses... ¡Ah! lo que es Pujitos mete miedo, y es persona que ha de hacer lo que dice.

--Si me quedo con la contrata, Dios quiera que no se levanten contra los franceses --dijo Requejo.

--Si hay levantamiento --afirmó Restituta-- y mueren unos cuantos cientos de docenas, esos menos serán a comer. Siempre son algunas bocas menos, y la contrata no disminuirá por eso.

--Has pensado como una doctora --observó D. Mauro--. ¿Pero y si se van?

--Se irán cuando nos hayan molido bastante --añadió Doña Ambrosia--. ¡Pues no tienen poca facha esos señores! Van por las calles dando unos taconazos y metiendo con sus espuelas, sables, carteras, chacós y demás ferretería, más ruido que una matraca... ¡Y cómo miran a la gente!... Parece que se quieren comer los niños crudos... Por supuesto, que ya les verá usted correr el día en que el español diga: «por ahí me pica, y me quiero rascar.»

--Eso es música --dijo Lobo--. Deje usted que vuelvan a Madrid el Rey y el Emperador, y verá cómo todo se arregla. D. Juan de Escóiquiz, que es amigo mío, y el primer diplomático de toda la Europa, me dijo antes de irse que son unos bobos los que creen que Napoleón intenta destronar al Rey de acá. Descuiden ustedes, que, como haya dificultades, mi canónigo las arreglará todas, que para eso le dio el Señor aquel talentazo que asusta.

--Napoleón no viene acá sino con la espada en la mano --continuó Doña Ambrosia--. El Padre Salmón, de la Orden de la Merced, que estuvo esta mañana en casa (y por cierto que se llevó media docena de huevos como puños), me dijo que a él no se le escapa nada, y que tendremos guerra con los franceses. Napoleón nos está engañando como a unos dominguillos. Ya ve usted: hace quince días se dijo que venía, y en Palacio enseñaban las botas y el sombrero que había mandado por delante. Don Lino Paniagua, que vio aquellas prendas y las tuvo en su mano, me dijo que las botas eran grandísimas y casi tan altas como este cuarto. En cuanto al sombrero, dice que era tan grasiento, que un cochero simón no se le pondría, lo cual prueba que este Emperador es un grandísimo gorrino, con perdón sea dicho.

--Veinte mil franceses tenemos aquí --dijo D. Mauro con expresión meditabunda--. ¡Mucho pan, mucho tocino, muchas patatas, mucho pimentón, mucha sal, mucha berza, han de entrar por veinticinco mil bocas! Y dicen que traen hambre atrasada.

--Por supuesto, hermano --dijo Restituta--, el dinerito por adelantado.

D. Mauro tomó un papel, y con profunda abstracción hizo cuentas.

--Y de lo que sobre en el almacén, ¿no se podrá traer lo necesario para el gasto de la casa? --preguntó la digna hermana--. Porque están unos tiempos... ¡ay! señora Doña Ambrosia, no se gana nada...

--Vaya, vaya --dijo Doña Ambrosia--. Poco mal y bien quejado. Más dinero tienen ustedes que las arcas del Tesoro. Y a propósito, Restituta, ¿cuándo se casa usted?

--¡Jesús! ¿Quién piensa ahora en eso? No corre prisa.

--No pensará lo mismo Juan de Dios. ¿Y usted, Inesita, cuándo se decide?

--Ya está decidida --afirmó vivamente Restituta--. La pícara harto disimula su satisfacción. _Este_ la tiene muy mimosa.

--Esto está muy bien: una niña bien criada debe hacer ascos al matrimonio hasta que llegue el momento crítico. Pero, hija, con la conversación se me ha ido el tiempo: son las diez... Adiós, adiós.

Fuese Doña Ambrosia; desfiló al poco rato Lobo, y habiendo subido a acostarse las dos mujeres, quedaron solos en la trastienda el patrono y el mancebo haciendo las cuentas de la contrata.

Yo me acosté y dormí profundamente; pero a eso de la media noche, y cuando, recogido también el amo, reinaban en la casa el sosiego y la tranquilidad, me desvelaron unos agudos gritos, que al punto reconocí como procedentes de la exprimida laringe de Restituta.

--Sin duda hay ladrones en la casa --dije levantándome.

Restituta llamaba angustiosamente a su hermano, el cual salió con una tranca, diciendo:

--¡Dónde están esos pícaros, dónde están, para que sepan si soy hombre que se deja quitar el fruto de su honradez!

--No son ladrones --dijo Restituta con voz temblorosa a causa de la ira--; no son ladrones, sino otra cosa peor.

--¿Pues qué son, con mil pares de diablos?

--Es que... --continuó la hermana, dirigiéndose al amo y a mí, que también había acudido con un palo--. Inesilla... bien decía yo que esa muchacha nos daría que sentir... es una loca, una mujerzuela, una trapisondista, una perdida de las calles.

--A ver... ¿qué ha hecho?

--Pues yo velaba, ella dormía, y de repente empezó a hablar en sueños. ¡Ay, no sé cómo no la estrangulé! Primero pronunció algunas palabras que no pude entender, y después dijo así: «Juro que te querré siempre; juro que te querré cuando sea condesa, cuando sea princesa; cuando sea rica, cuando sea gran señora. Pero yo no quiero ser nada de eso sin ti.» Estuvo callada un rato, y después siguió diciendo: «¿Cómo no he de quererte? Tú me arrancarás del poder de estas dos fieras... ¡Ay! adiós: siento la voz del buitre de mi tío. Adiós...» Después la condenada niña, como si le parecieran poco estos insultos, llevose las palmas de las manos a su boquirrita y se dio muchos besos. ¿Qué te parece, hermano? ¡No sé cómo no la ahogué! Sin poderme contener, arrojeme sobre ella; despertose despavorida, y al incorporarse se le cayó del pecho este ramo de violetas.

Al decir esto, Restituta mostraba en su trémula mano la terrible prueba del delito. Quedose D. Mauro aturrullado, confuso, y luego, tomando el ramo y mordiéndolo con rabia, lo arrojó al suelo, donde fue pisoteado _alterno pede_ por ambos furiosos hermanos.

--¡Conque dice que soy un buitre! --exclamó él echando chispas--. ¡Un buitre! ¡Llamar buitre a un caballero como yo! ¡Bonito modo de pagar el pan que le doy! Ya le enseñaré los dientes a esa chiquilla. Pero ese ramo, ¿quién le ha dado ese ramo?

--Pero Mauro...

--Pero Restituta...

Y más se confundían los dos cuanto más se irritaban, y crecía su cólera a medida que aumentaba su aturdimiento, hasta que Requejo, recogiendo sus luminosas ideas en rápida meditación dijo:

--Tiene amores con algún mozalbete de las calles. ¿Habrá entrado aquí? Esto es para volverse loco. Gabriel, Gabriel, ven acá.

Al punto comprendí que estaba en peligro de hacerme sospechoso a mis feroces amos; y como en este caso me arrojarían de la casa, imposibilitando de un modo absoluto la realización de mi proyecto, hallé prudente el desorientarles con una invención ingeniosa, que apartara de mí toda sospecha.

--Señor --dije a mi amo--, estaba esperando a que su merced acabara de hablar, para decirle alguna cosa que contribuya a descubrir esta picardía. Pues anoche, cuando salí en busca del cuarterón de higos pasados, me pareció que vi en la calle a un señorito, el cual señorito miraba a estos balcones... y después, creyendo él que yo no le veía, arrojó una cosa...

--¡Eso, eso fue... el ramo! --exclamó Requejo.

--Anoche mismo --continué-- pensaba decírselo a su merced; pero como estaba ahí esa señora, y después se quedaron usted y Juan de Dios haciendo números...

--¿Y ella se asomó al balcón? --preguntó Restituta.

--Eso no lo puedo asegurar, porque hacía oscuro y no vi bien. Pero encárguenme mis amos que esté ojo alerta, y no se me escapará nada. A fe que si ustedes me dieran la comisión de vigilar a la niña cuando salen de casa, la niña no se reiría de nosotros.

--¡Esto no se puede aguantar! --exclamó fieramente D. Mauro--. Vaya, acuéstense todos, que mañana le leeré yo la cartilla a la señorita.

Retireme a mi cuarto, y desde mi cama oía al espantoso Requejo hablando con su hermana.

--Nada, nada, esta semana me casaré con ella. Si no quiere de grado, será por fuerza... Estoy furioso, estoy bramando. Mañana sabrá ella si soy yo Mauro Requejo, o quién soy. La encerraremos en el sótano, sin darle de comer. ¿Acaso vale ella el mendrugo de pan con que le matamos el hambre? Le diremos que no probará bocado, ni beberá gota hasta que no consienta en ser mi mujer... La encerraremos en el sótano, sí, señor, en el sótano. Y si no quiere, palos y más palos. A fe que no tengo yo mala mano de almirez... ¡Llamarme buitre esa rapazuela de las calles!... Estoy furioso... me la comería... Sí: que yo iba a dejarla escapar con el mozalbete del ramo... Se casará, sí, se casará, y si no, de aquí no sale sino difunta... ¡Buen genio tengo yo!... Malas brujas me chupen, si no la caso conmigo mismo... Y si no quiere por blandas, será por duras: la amarraré a un poste, la azotaré, la abriré en canal con el cuchillo de abrir las latas de pomada.

Requejo en aquel instante parecía un demonio escapado del infierno; y la primera luz de la aurora, entrando difícilmente en la oscura casa, le encontró despierto aún y vociferando como un insensato.

XXII

Dicho y hecho: desde la mañana del día siguiente, D. Mauro pareció dispuesto a llevar adelante su bestial propósito: el de precipitar el martirio de Inés, _casándola consigo mismo_, como él decía en su bárbaro lenguaje. La táctica de amabilidad y de astuta dulzura, recomendada por el licenciado Lobo, se consideró inútil, siendo sustituida por un sistema de terror, que ponía en fecundo ejercicio las facultades todas de Doña Restituta. Antes de partir a la Junta donde D. Mauro y otros dos comerciantes debían ponerse de acuerdo para la subasta del abastecimiento, mi amo tuvo el gusto de plantear por sí mismo el nuevo sistema. Dispuso que Inés no saldría de su cuarto ni para comer; que los vidrios y maderas de la ventanilla que daba a la calle de la Sal se cerraran, asegurándolas por dentro con fuertísimos clavos; que se colocara un centinela de vista dentro de la misma pieza, cuya misión a nadie podía corresponder más propiamente que a Restituta.

Ya no era posible, pues, ni ver a Inés, ni hablarla, ni prevenirla, porque todo indicaba que aquella tenaz vigilancia no concluiría sino cuando los Requejos vieran satisfecho su ardiente anhelo de casar a la muchacha consigo mismos. Por último, llegaron las vejaciones ejercidas contra Inés hasta el extremo de notificarle enérgicamente que no vería la luz del sol sino para ir a casa del señor Vicario a tomar los dichos. La situación de Inés era, por lo tanto, insostenible, y tan crítica, que me decidí a intentar resueltamente, y sin esperar más tiempo, su anhelada libertad. Para hacer algo de provecho, era indispensable utilizar un día en que ambas fieras, macho y hembra, salieran a la calle a cualquier negocio, pues pensar en la fuga mientras nuestros carceleros estuviesen en la casa, era pensar en lo excusado. D. Mauro, ocupado en su contrata, salía con frecuencia; pero Restituta, imperturbable como esfinge faraónica, no se movía de la casa, ni del cuarto, ni de la silla. Para vencer tan formidable dificultad, discurrí a fuerza de cavilaciones el siguiente medio: