Part 12
Mi seductora ama tenía la costumbre, harto lucrativa, de asistir a todas las almonedas que se anunciaban en el _Diario_, y hacíalo con la benemérita intención de pescar muebles, colchones, ropas, adornos de sala y otros objetos que, adquiridos por poco precio, vendía después en dos o tres prenderías de la calle de Tudescos, que eran de su exclusiva pertenencia, aunque no lo pareciese. Hacia el 15 de Abril tuvo noticia de un ajuar completo de ricos muebles, puestos en almoneda en una casa de la plazuela de Afligidos. Habíales ella visto y examinado, y aunque le parecieron de perlas, no los tomó, porque la dueña, que era viuda de un Consejero de Indias, no se resignaba a entregar su única fortuna casi de balde. Regatearon: Restituta ofreció una cantidad alzada; mas no fue posible la avenencia, y volviose aquella a su casa sin aflojar los cordones de la bolsa, aunque harto se le conocía su desconsuelo por haber dejado escapar negocio de tal importancia. Pues bien: sobre aquella almoneda, sobre aquel regateo, sobre este desconsuelo, fundé yo el edificio de la invención que debía quitarme de delante a mi señora Doña Restituta por unas cuantas horas.
Era un domingo, día 1.º de mayo. Salí por la mañana, y dirigiéndome a mi antigua casa, buscáronme allí una mujer que se encargó de llevar a Doña Restituta el recado que puntualmente le di. Estaba el ama, a las cuatro de la tarde, sentada en el cuarto de la costura, cuando se presentó mi comisionada en la casa, diciendo que la señora de la plazuela de Afligidos consentía en dar los muebles a la señora de la calle de la Sal por el precio que esta había tenido el honor de ofrecer.
Dio un salto en su asiento Restituta, y al punto su acalorada imaginación ilusionose con las pingües ganancias que a realizar iba. Se vistió con aquella ligereza viperina que le era propia, y después de cerrar el balcón y la puerta de la habitación de Inés, tuvo la condescendencia incomparable de entregarme la llave de la puerta que conducía a la escalerilla principal; encargó a Juan de Dios el mayor cuidado, y salió.
Cuando la vi partir, respiré con indecible desahogo. Pareciome que huía para siempre, llevada en alas de demonios vengadores.
Ya no podía perder un instante, y dije a mi amiga desde fuera:
--Inesilla, prepárate. Recoge toda tu ropa, y aguarda un momento.
La única contrariedad consistía ya en que Juan de Dios descubriese mi intriga, oponiéndose a nuestra fuga; pero yo contaba con la facilidad que ha existido siempre para cegar por completo a quien ya tiene ante los ojos la venda del amor. Bajé a la tienda, y ya desde el primer momento advertí que la fortuna no me era muy favorable, porque Juan de Dios estaba en conversación con dos militares franceses, y no era aquella ocasión a propósito para que me diera la llave falsificada que hacía falta.
Diré brevemente por qué estaban allí los dos franceses. Un oficial de Administración militar fue en busca de mi amo para hablarle de no sé qué particularidades relativas al contrato de abastecimiento; acompañábale otro que me parecía teniente de la Guardia Imperial, el cual, entablada conversación con Juan de Dios, habló en incorrecto español, y dijo que era del país vasco-francés. Como el hortera había nacido y criádose en el mismo país, al punto se la echaron los dos de compatriotas, y hubo apretones de manos. El extranjero era un mozo alto y rubio, de modales corteses y simpática figura.
--¿No recuerda usted la familia Sajous, en Bayona? --dijo al mancebo.
--¿Pues no la he de recordar? Mi padre, Don Blas Arroiz, estuvo de escribiente en casa de Mr. Hipólito Sajous, en Bayona, y después en casa de otro Sajous, en Saint-Sever --repuso Juan de Dios.
--El de Saint-Sever es mi padre --añadió el francés--; pero yo nací en Puyóo, donde aquel tiene una fábrica de tejidos. Me acuerdo de haber oído hablar en mi niñez de un administrador guipuzcoano que falleció en nuestra casa.
A este tenor continuaron hablando un cuarto de hora, hasta que al fin, después de mutuas felicitaciones y ofrecimientos, despidiose el francés, prometiendo volver a visitarnos. Yo estaba tan impaciente, que necesité disimular mi agitación para que no se me conociera en el semblante lo que traía entre manos. Sin perder tiempo, porque perderlo era perderme, dije a Juan de Dios:
--Vamos, amigo: este es el momento de entregar a la niña la carta amorosa que usted tiene escrita.
--Sí, chiquillo: aquí está --repuso mostrándome la epístola, que era un monumento caligráfico--. ¿Qué te parece este trabajo? ¿Has visto alguna vez letra como esta? Repara bien esa M y esa H mayúsculas. ¡Qué rasgos tan finos! Y esas letras con que pongo su nombre, ¿qué te parecen? Tres días de tarea eché en ese nombre divino, que, como el de Jesús,
endulza el alma y la lengua más que con la miel y azúcar con solo sus cinco letras.
Este no tiene más que cuatro; pero ¡qué perfiles! Y toda la carta está lo mismo. No tiene más que once pliegos; pero me parece que es bastante. Como es la primera que le escribo, no debo marearla mucho: ¿no te parece?
--Me parece bien. Dos palabritas bien dichas, y basta por ahora. Pero lo que importa es llevársela cuanto antes, pues la espera con impaciencia.
--¿Cómo que la espera? ¿Pues acaso tú le has dicho algo?
--No... verá usted... Ella lo habrá adivinado, sin duda. Cuando le di el ramo, díjele que se lo mandaba una persona de la casa que la quería mucho y tenía pensado sacarla de aquí: ella lo besó.
--¡Lo besó! --exclamó el mancebo, tan conmovido, que algunas lágrimas asomaron a sus ojos--. ¡Lo besó! Es decir, se lo llevó a sus divinos labios. ¡Ah! Gabriel, ¿crees tú que me corresponderá?
--No lo creo, sino que lo afirmo --respondí enérgicamente--. Pero venga la carta. ¡Pues no se va a poner poco contenta!... Ahora caigo en que me debe usted dar la llave que encargó al cerrajero, para que yo entre y le suelte la carta en propia mano, porque no está bien visto que una cosa de tanta importancia se arroje así... pues.
--No, la llave no te la daré --contestó-- porque no necesitas entrar. Quiero que esté sola, para que se entregue a sus anchas al placer de la lectura. ¿Conque dices que lo recibió bien?
--Pero la llave, la llave... ¿No me da usted la llave?
--No, la llave no te la doy. Déjala encerrada, que no faltará quien la saque pronto. ¡Ay! si me atreviera a ir yo mismo; si a hablarla me atreviera... Pero no. En la carta le digo mi amor y mis proyectos; le digo que la sacaré pronto de esta espantosa esclavitud, y que será mi mujer, mi mujercita, pues nos casaremos en tierras lejanas... ¿Sabes tú por dónde se va a alguna de esas islas desiertas que nos cuentan?... Iremos; porque has de saber, Gabrielillo, que yo soy rico. Yo he guardado mis ganancias desde hace veinte años. Lo malo es que todo lo tengo en poder de los Requejos... pero ya, ya tomaré yo lo que me pertenezca. Entre esta noche y mañana he de poner por obra mi plan. ¿Ves esta carta que tengo aquí para mi amo? Pues de esto depende todo. Cuando él lea esta carta... Pero esto es un secreto... punto en boca.
--¿De modo que no me da usted la llave?
--No. ¿Para qué? No quiero que la veas, no quiero que la hables, cuando yo no la hablo ni la veo. Al considerar que si entras en su cuarto te ha de mirar, siento unos celos... ¡Ay! yo me muero, Gabriel; yo no duermo, ni como, ni bebo. Si no tuviera qué hacer, me estaría día y noche paseando por los Melancólicos. Esta es mi única delicia: pensar en ella, representármela en la imaginación, y entablar con ella unos diálogos que no tienen fin. A cada instante la abrazo y la beso a mis anchas, la pongo una flor en la cabeza, la llevo en mis brazos cuando está cansada, la arrullo, la canto para que se duerma, y la visto por la mañana cuando despierta.
--Así es usted feliz; pero si me diera usted la llave, yo le contaría todo eso.
--No: yo se lo diré mañana, esta noche quizás --dijo Juan de Dios con exaltación--. Pues qué, ¿crees tú que soy capaz de consentir un día más los martirios que padece? Gabriel, a ti te puedo confiar mis planes. ¡Esta noche, esta noche quedará Inés en libertad! ¿Tú sabes por dónde se va a alguna isla desierta?... Anda, lleva la carta: se la arrojas por el tragaluz, ¿entiendes? Pobrecita. ¡Qué dirá cuando vea que hay quien se interesa por ella, quien la adora, y está dispuesto a sacrificar vida, hacienda y honor!... Así se lo he dicho esta mañana al Santísimo Sacramento y a la Virgen María. Todos los días voy a misa y ruego por ella a Dios y a los santos. Esta mañana, cuando el cura alzaba el cáliz, le miré y dije: «Santísimo Sacramento de mi alma, yo amo a Inés. Si quieres que no la ame más que a Ti, dámela. Nunca te he pedido nada. Con ella seré bueno; sin ella seré... lo que el demonio quiera.» Anda, Gabriel, llévale de una vez la esquelita.
A este punto llegábamos, cuando entró Don Mauro con dos amigos. Diole Juan de Dios la carta de que antes me había hablado con tanto misterio, y cuando la hubo leído lanzó grandes exclamaciones de coraje, que a todos los presentes nos infundieron miedo. Al instante hizo salir a Juan de Dios con una comisión apremiante, y yo me retiré. Aunque el maniático no había querido entregar la llave, comprendí que no debía retroceder en mi empresa, y resuelto a todo, pensé en descerrajar la puerta de la prisión de Inés. Favorecía este proyecto la circunstancia de estar Requejo en coloquio muy acalorado con sus dos amigos, y además ignorante de la ausencia de su hermana.
Pedí auxilio a Dios mentalmente, y después de advertir a Inés para que estuviese preparada y me ayudase por dentro, cogí un pequeño barrote de hierro en figura de escoplo, que había en la sala de los empeños, y comencé la delicada obra. El miedo de hacer ruido me obligaba a emplear poca fuerza, y la cerradura no cedía. Canté en alta voz para ahogar todo rumor, y al fin, ayudado por Inés, que empujaba desde dentro, logré desquiciar una de las hojas, que tuvimos buen cuidado de sostener para que no viniese al suelo.
--¡Estás libre, Inés; vámonos! ¡Huyamos sin tardanza! --exclamé con locura--. Si nos detenemos un instante, estamos perdidos.
Nos dirigimos a la puerta que conducía a la escalera exterior. Abrila yo, y salimos. Ya oscurecía. Un hombre bajaba de los pisos superiores y se juntó a nosotros en la meseta. Advertí que nos miraba con sorpresa; observele yo a mi vez, y no pude menos de temblar reconociendo al licenciado Lobo, el cual, extendiendo sus brazos como para detenernos, preguntó:
--¿A dónde van ustedes?
--¿Y a usted qué le importa? --dije con rabia, viendo delante de mí obstáculo tan terrible.
Después, considerando que contra semejante cernícalo más convenía la astucia que la fuerza, añadí:
--Doña Restituta nos ha mandado salir en busca suya. Ha ido en casa de una amiga...
--Tú eres un pícaro redomado --me contestó--. ¿A dónde vas con esa muchacha? Tunantes, ¡os fugáis de esta santa casa! Ya os arreglaré yo. Adentro pronto, si no queréis ir conmigo a la cárcel de Villa.
Mi desesperación no tuvo límites, y ahora celebro no haber tenido en aquel momento un puñal en mi mano, porque de seguro le hubiera partido el corazón al leguleyo trapisondista.
--¡Ah! pícaro ladrón, ya te conozco, ya sé quién eres --continuó--. Esta noche precisamente pensaba venir a ajustarte las cuentas... No te había conocido, bribonzuelo; pero ya sé qué clase de pájaro eres... Ya tenía ganas de cogerte entre mis uñas.
Y efectivamente, me tenía tan cogido que no sé cómo no me desolló el brazo.
Inés lloraba. Lobo la asió también por un brazo, y empujándonos hacia dentro, nos dijo:
--¡Qué a tiempo llegué, pimpollitos míos!
Hice un esfuerzo desesperado para desprenderme de sus garras, y me desprendí. Él entonces alzó el grito, exclamando:
--¡Que se me escapa ese tuno... ladrones... acudan acá!
Subió precipitadamente D. Mauro; reuniose en el portal alguna gente, y acertando a llegar Restituta, poco después me encontraba entre ambos Requejos como Cristo entre los dos ladrones. Inés, desmayada, era sostenida por el escribano.
XXIII
--¡Pero si apenas puedo creerlo! --exclamaba mi ama--. ¿Conque la señorita huía con Gabriel? Tunante, ladroncillo, y cómo nos engañaba con su carita de Pascua. Ven acá --añadió dándome golpes--. ¿A dónde ibas con Inesilla, monstruo? ¿Qué te han dado por entregarla, ladrón de doncellas? A la cárcel, a presidio, pronto, si es que no le desollamos vivo. Pero di, ¿robabas a Inés?
--¡Sí, vieja bruja! --respondí con furia--. ¡Me iba con ella!
--Pues ahora vas a ir por el balcón a la calle --dijo D. Mauro, clavando en mi cuerpo su poderosa zarpa.
Francamente, señores, creí que había llegado mi último instante entre aquellos tres bárbaros, que, cada cual según su estilo peculiar, me mortificaban a porfía. De todos los golpes y vejaciones que allí recibí, les aseguro a ustedes que nada me dolía tanto como los pellizcos de Doña Restituta, cuyos dedos, imitando los furiosos picotazos de un ave de rapiña, se cebaban allí donde encontraban más carne.
--Y sin duda fuiste tú quien mandó a aquella maldita mujer para sacarme de la casa, pues en la plazuela de Afligidos no hay ya rastros de almoneda. Este chico merece la horca; sí, Sr. de Lobo, la horca.
--¡Y la muy andrajosa de mi sobrina se marchaba tan contenta! --dijo Requejo, encerrando de nuevo a Inés en el miserable cuartucho.
--Si tenemos metido el infierno dentro de la casa --añadió Restituta--. La horca, sí, señor; la horca, Sr. de Lobo. No tiene usted pizca de caridad si no se lo dice al señor alcalde de Casa y Corte. ¡Pero cómo nos engañaba este dragoncillo! Si esto es para morirse uno de rabia.
El leguleyo tomó entonces la autorizada palabra, y extendiendo sobre mi cabeza sus brazos en la actitud propia de esa tutelar justicia que ampara hasta a los criminales, dijo:
--Moderen ustedes su justa cólera y óiganme un instante. Ya les he dicho que ahora nos ocupamos celosísimamente de hacer un benemérito espurgo, descubriendo y desenmascarando a todas las indignas personas que fueron protegidas por el Príncipe de la Paz; ese monstruo, señora, ese vil mercader, ese infame favorito... ¡gracias a Dios que está caído y podemos insultarle sin miedo! Pues como decía, para que la nación se vea libre de pícaros, a todos los que con él sirvieron les quitamos ahora sus destinos, si no pagan sus crímenes en la cárcel o en el destierro. ¡Si vieran ustedes, amigos míos, cómo me estoy luciendo en estas pesquisas; si oyeran ustedes los elogios que he merecido de los principales servidores de la real persona!
--Pero ¿a qué viene tanta palabrería --dijo impaciente Requejo--, ni qué tiene eso que ver?...
--Tiene que ver... --prosiguió el hombre de la Justicia-- porque ¿qué dirán mis señores D. Mauro y Doña Restituta cuando sepan que ese tramposo y embaucador chicuelo aquí presente recibió favores del Príncipe, y es el mismo Gabrielillo que desde hace quince días estamos buscando con los hígados en la boca mi compañero y yo?
Los Requejos macho y hembra se miraron con espanto.
--Pues oigan ustedes y tiemblen de indignación --prosiguió el leguleyo--. El día antes de su caída, el Sr. Godoy envió a la secretaría de Estado un volante mandando que se diese a este joven una plaza en las oficinas de la Interpretación de lenguas. ¿Qué tal, señores? ¿Y por qué? dirán ustedes. Porque este joven parece que sabe latín, y compuso un poema en versos latinos; y algunos de esos alcahuetones que lo leyeron fueron con el cuento al Príncipe, diciéndole que mi niño era un portento de sabiduría. ¡Mentiras y más mentiras! Ya se ve: cuando en la secretaría de Estado recibieron el volante, se escandalizaron, porque ya había caído el Príncipe de la Paz, y aquellos eminentes repúblicos, después de poner en la calle a Moratín, esperaron a que se presentara este prodigio, si no para colocarle, para verle al menos. Pero yo ando tras el objeto de que coloquen allí a un primo mío que sabe tres lenguas, el valenciano, el gallego y el castellano; así es que al punto mi compañero y yo pusimos una _diligencia en busca_ para tener antecedentes de esta buena pieza, y hemos conseguido probar: que en Aranjuez vivía con el curita D. Celestino; otrosí, que todos los días iban ambos a casa de Godoy; otrosí, que el chico le escribía las cartas y las traía a Madrid los domingos al Embajador de Francia; otrosí, que se disfrazaba para entrar en cierta taberna a oír lo que se decía, y otras muchas bribonadas de que en el supradicho protocolo tengo hecha detallada mención.
--¡Jesús, Dios nos ampare! Al santo patrono de la tienda debemos el haber descubierto a tiempo lo que teníamos en casa --dijo Restituta.
--Por supuesto, que lo del latín era pura farsa.
--Pues no hay que andarse con chiquitas --dijo mi amo--, sino entregarle a la justicia.
--Eso corre de mi cuenta --repuso Lobo--. Veremos qué responde a los cargos que se le hacen en la sumaria como cómplice del cura castrense de Aranjuez. A este no le hemos podido coger, y según las noticias que hoy recibí, ha desaparecido del Real Sitio. Es seguro que ha venido a Madrid, y lo que es aquí no se nos escapa.
--¡Cuidado con el sabandijo que tenía yo en mi casa! --vociferó D. Mauro, amenazando segunda vez poner fin a mis días--. Sr. de Lobo, quítemelo, quítemelo usted de entre las manos, porque acabo con él. Estoy furioso. ¡Qué día, señor San Antonio de mi alma! ¡Qué día!
--Yo me encargaré del mocito --dijo Lobo--. Lo único que les pido es que me lo guarden hasta mañana.
--¿Hasta mañana?
--Este bandolero no puede quedar en la casa hasta mañana, no, señor --observó mi ama.
--¿No hay lugar seguro donde encerrarle?
--¡Oh! pierda usted cuidado, que si le guardamos en el sótano estará como en un sepulcro --dijo Requejo--. Dificililla es la salida, y puedo irme tranquilo.
--¿Pero te vas, hermano? ¿A dónde vas de noche?
--¿A dónde he de ir? ¡Mil pares de demonios! ¿A dónde he de ir sino a Navalcarnero? ¿No saben ustedes lo que me pasa? ¿No les he contado?...
--Nada nos has dicho. Verdad es que con esta trapisonda de la sobrinita...
--Pues acabo de recibir una carta en que se me notifica que mi almacén de Navalcarnero ha sido robado. ¿Ves, hermana? ¡Esto es para volverse loco! Sí... me escribe D. Roque notificándome el robo, y diciéndome que acuda allí esta noche misma, si no quiero perderlo todo.
--¿Y va usted?
--Ahora mismo voy a buscar coche. Con que vean ustedes qué desastre. ¡Ay, Restituta! Bien te dije que no dejaras de encender la vela al santo patrono. ¿Ves? Esto es un castigo.
--En el Cielo no gustan de despilfarros. ¿Vas allá? ¿Pero me dejas en la casa a este ladronzuelo?
--En el sótano, en el sótano: hasta mañana, hasta que mi Sr. de Lobo disponga de él. ¿No puede hacerse cuenta de que le dejamos en la sepultura? Solo Dios puede sacarle.
--¿Pero me quedo sola? ¡Ánimas benditas!
--Juan de Dios vendrá a eso de las diez. Ya le he dicho que se quedará en casa esta noche.
La conferencia terminó aquí, y sin más palabras, me encerraron en el sótano, a cuyo subterráneo aposentamiento daba entrada una gran compuerta por bajo el piso de la trastienda. Yo estaba medio aletargado por la rabia y el despecho de aquella situación terrible. Sentí que me impulsaban escalera abajo. Don Mauro cerró el escotillón, riendo con ese gozo felino que da la conciencia de la propia crueldad, y me encontré entre densas tinieblas. Mi amo había dicho bien al asegurar que allí estaba como en un sepulcro. Solo Dios podía sacarme.
Para que se comprenda si ellos tenían confianza en la seguridad de mi cárcel, baste decir que allí tenían parte de su fortuna en un arca de hierro. Cuando me encerraban en compañía de su dinero, ¿tendrían mis amos la convicción de que era imposible la salida?
Hallábame en una de esas construcciones abovedadas con rosca de ladrillo, que sirven de fundamento a casi todas las casas de Madrid antiguas y modernas. Faltos de espacio superficial, los madrileños han buscado la extensión hasta el cielo y hacia el abismo, de modo que cada albergue es una torre colocada sobre un pozo. La de mis amos no tenía en su sótano luces a la calle: la oscuridad era absoluta y el silencio también, excepto cuando pasaba algún coche. Extendiendo mis brazos a derecha, a izquierda y hacia arriba, tocaba ásperos ladrillos endurecidos por un siglo, no tan húmedos como los que describen los novelistas, cuando el hilo de sus relatos les lleva a alguna mazmorra donde ocurren maravillosas y nunca vistas aventuras.
Como he dicho, ni un ruido lejano ni un rayo de luz turbaban la paz de aquel antro, donde era posible llegar al convencimiento de no existir, existiendo. Todo un arsenal de herramientas no habría bastado a proporcionarme escapatoria, y pensar en la fuga habría sido pensar en lo absurdo. No tenía más consuelo que la resignación, y me resigné. Estar allí dentro en plena soledad, en plena lobreguez, en pleno silencio, era como cuando cerramos los ojos encarcelándonos voluntariamente dentro de esa otra bóveda de nuestro pensamiento. Acosteme rendido de fatiga en el suelo, y medité. Mi prisión no me parecía otra cosa que una prolongación de mi cerebro.
Quise pensar en varias cosas; pero no pude pensar más que en Dios. Reconociéndome absolutamente incapaz para vencer la desgracia, comprendí que la voluntad suprema había arrojado sobre mí tan gran pesadumbre de males, y cruzándome de brazos incliné la cabeza, esperando que la misma voluntad suprema me descargase de ella. Como esta esperanza me infundió pronto una fe que hasta entonces en pocas ocasiones había tenido, creí firmemente que Dios me sacaría de allí, y con esta creencia empecé a adquirir un reposo moral y físico, precursor de cierto desvanecimiento parecido al sueño. El de la desgracia se diferencia mucho al sueño de todos los días; así es que el mío fue, conforme al angustioso estado de mi alma, un sueño de esos en que se representa el malestar real que experimentamos en proporciones informes, estrambóticas, monstruosas.
Yo percibía vagamente figuras y formas de esas que no pertenecen al mundo visible, ni a la humanidad, ni a la fauna, ni a la flora, ni al cielo, ni a la tierra, sino a cierta misteriosa geología, a yacimientos que contradicen todas las leyes de la estática y la dinámica; percibía una fantástica y continuada concatenación de colores geométricos que se enredaban en mi cuerpo como culebras, y en aquella transmutación de lo físico y lo moral, se verificaba el fenómeno de que un color me dolía, y un objeto semejante a una espada, a un cangrejo o a un arpa, pronunciaba palabras incomprensibles. ¿Quién no ha desvariado alguna vez con este soñar absurdo? Las ideas se mezclan con las visiones, y estas son aquellas, y aquellas estas. En aquel laberinto, en aquella aberración, mi pensamiento formulaba sin cesar un silogismo azul, verde, ahora con picos, después con curvas, más tarde irradiado, luego concéntrico, en seguida poligonal y dorado, y al fin pequeño como un punto, para luego ser grande como el universo. El interminable silogismo era: «La justicia triunfa siempre: los Requejos son unos pillos; Inés y yo somos personas honradas. Luego nosotros triunfaremos.»
Así pasé mucho tiempo en poder de estos demonios del sueño, cuando percibí una claridad que no irradiaba de los focos de mi imaginación. ¿Estaba dormido o despierto? Híceme esta pregunta, y al punto contesté que no sabía. La claridad aumentaba, y un chirrido metálico produjo en mí cierto estremecimiento. Me moví, miré y vi las paredes del sótano, la bóveda de ladrillo y multitud de cajas llenas y vacías; a mi izquierda, una puerta que comunicaba con otro departamento subterráneo; a mi derecha una escalera, por la cual descendía la claridad que llamaba mi atención. Estaba indudablemente despierto, y así lo reconocí. Miré a la escalera, y vi dos pies que se trasladaban lentamente de peldaño a peldaño. La luz de una linterna me deslumbró; pero en el foco de la repentina claridad distinguí una cara amarilla. Era la de Juan de Dios; era Juan de Dios en persona.