El 19 de marzo y el 2 de mayo

Part 13

Chapter 134,102 wordsPublic domain

Cuando me vio, su espanto fue tan grande, que la linterna con que se alumbraba estuvo a punto de caer de sus manos. Temblando y mudo, me miraba como se mira una aparición diabólica o imagen evocada por la brujería.

Figuraos la impresión del que entra en un sepulcro no creyendo, como es natural, encontrar nada vivo, y encuentra un hombre que se mueve y no parece pertenecer al mundo de los muertos.

XXIV

Santiguose Juan de Dios, y ya parecía dispuesto a huir como se huye de las apariciones de ultratumba, cuando le hablé para disipar su miedo.

--Juan de Dios, soy yo. ¿No sabía usted que estaba aquí?

--Gabriel, si lo veo y no lo creo. ¡Jesús, María y José! ¿Cómo has entrado aquí dentro?

--¿No sabe usted que me encerró D. Mauro, al sorprenderme en el momento de arrojar la carta a la señorita Inés? Acababa usted de salir.

--¡No había vuelto hasta ahora! ¡Y te encerraron aquí! ¡qué casualidad! Estoy absorto. Pero dime, ¿la carta...?

--Ella la tiene. No hay cuidado por eso. Después de habérsela dado, me entró tentación de hablar con ella. Toqué a la puerta, ¡ay! este fue el crítico momento en que se apareció Doña Restituta. Puede usted figurarse lo demás. Gracias a Dios que viene una buena alma para ponerme en libertad. Dios le ha enviado a usted.

--Óyeme, Gabrielillo --añadió con más sosiego--. Ya te dije que mi fortunilla la tengo depositada en poder de los Requejos. Si se la pido de improviso, estoy seguro de que no me la han de dar. Por consiguiente, yo la tomo. Mira lo que hay allí.

Señaló al fondo del sótano contiguo, y vi un arca de hierro. Juan de Dios prosiguió de este modo:

--Yo tengo mi conciencia tranquila. No cojo más que lo mío, y antes moriría que tomar un ochavo más. Eso bien lo sabe el Santísimo Sacramento, que ya me conoce. Pero si en esta parte estoy tranquilo, ¡ay! ya le he dicho al Santísimo Sacramento que estoy loco de amor y que me perdone los dos grandes pecados que he cometido hoy.

--¿Y qué pecados son esos?

--Trabajo me cuesta el decirlo; pero allá van para empezar desde ahora a purgarlos con la vergüenza que me causan. Los dos pecados son: haber escrito una carta falsa a D. Mauro para obligarle a ir a Navalcarnero, y haber hecho construir por un molde de cera la llave con que he entrado aquí y la de la caja. La carta estaba perfectamente falsificada; las llaves no valen menos.

--¿Conque eso va a toda prisa? ¿Y nuestra chicuela?

--Esta noche me la llevo. ¡Ah! ya habrá leído la carta. La habrá leído; sabrá que quiero ponerla en libertad, y su inquietud, su agonía, su zozobra entre la esperanza y el temor serán inmensas. Dentro de un rato será mía. ¿Cuento contigo?

--Para lo que usted quiera. Pues no faltaba más --dije, discurriendo cuál sería el mejor modo de burlar a un mismo tiempo a Doña Restituta y a su prometido esposo.

--¡Ay! tiemblo todo al pensar que pronto he de sacarla del poder de estas fieras --dijo Juan de Dios--. La pobrecita me estará esperando ya. ¿Qué te parece? ¡Ah! he preguntado a varias personas por una isla desierta, y nadie me ha dado razón. ¿Esas que llaman las Canarias son desiertas? ¿Sabes tú a dónde caen? Creo que allá por el gran golfo, o como si dijéramos, entre la China y el Moro. ¿Por dónde se va?

--De eso sí que no sé palotada --contesté, tratando de dejar a un lado la geografía--. Pero vamos a ver: ¿cómo piensa usted engañar a Doña Restituta?

--Eso no me inquieta. La amarraremos tapándole la boca, pero sin hacerla daño, porque es una buena mujer, como no sea para criar sobrinas... y ya ves. Hace veinte años que como el pan de esta casa. Si no fuera por esta terrible sofocación que me ha entrado... Gabriel, yo me vuelvo loco; lo que no te sabré decir es si me vuelvo loco de alegría o de pena.

--¿Le parece a usted --dije, afectando oficiosidad-- que suba pasito a pasito a ver si Doña Restituta duerme o vela?

--Bien pensado. Mejor es que te estés en la trastienda de centinela, y en caso de que sientas ruido en el entresuelo, me avisas al instante. Yo despacharé eso fácilmente.

No esperé a que me lo repitiera, y subí. No: Gabriel no subía, volaba. Mi resolución, prontamente tomada, llevome sin vacilar al cuarto donde dormía Inés y velaba su feroz tía. Cuando esta sintió mis pasos, cuando oyó que alguien se acercaba, cuando llegué al cuarto y me puse ante su vista, su terror no tuvo límites. Como no comprendía la posibilidad material de mi evasión, y era además mujer supersticiosa, no creyó sino que yo era el diablo en persona, o al menos hombre protegido por todos los diablos del infierno. Quedose muda de terror: quiso hablar y no pudo; quiso gritar y lanzó un aullido congojoso, cual si la apretaran el cuello. No queriendo yo perder un instante, me arrojé a sus plantas, exclamando con sofocante precipitación:

--Señora, ama mía, ama de mi corazón, óigame su merced: soy inocente. Perdóneme su merced. Quise revelarles a ustedes todo; pero aquellos hombres no me dejaron. Yo no intenté robar a Inés: quise sacarla de aquí para impedir que la robara su amante. ¿No sabe usted quién es? ¡Juan de Dios, Juan de Dios! ¡Ah, señora! ¡y dudaba usted de mi fidelidad!

Restituta pasó del terror a la sorpresa, al asombro, al anonadamiento, a la estupidez.

--¡Juan de Dios! --exclamó--. ¡Juan de Dios! Mi... No, no puede ser... tú eres el Demonio. ¡Jesús, María y José! Por la señal de la Santa Cruz...

--¿Qué cruz ni cruz? ¿Quiere usted la prueba? Pues tome usted esa carta que el caballerito me dio para su novia --dije, entregándole la carta del mancebo.

Restituta la tomó en sus manos, frías como el mármol y temblorosas; recorrió muy de prisa sus once pliegos, examinó la firma, y díjome después:

--¿Estoy soñando? Tú... eres Gabriel... ¡Oh! yo estoy loca... ¡Ese miserable, a quien hemos dado de comer!...

--¿Aún lo duda usted? Pues en este momento Juan de Dios está en el sótano abriendo el arca del dinero.

No me es posible hacer formar idea del salto que dio Restituta. Creo que hasta la silla saltó también arrastrada por el espantoso sacudimiento de los nervios de la hermana del Sr. D. Mauro.

--Venga usted y lo verá con sus propios ojos --dije, tomándole de la mano e impeliéndola hacia afuera.

Restituta me siguió, porque la curiosidad, la rabia, el mismo terror, la impulsaban tras mí. Tropezó mil veces. Su cuerpo temblaba, y con frecuencia llevábase las manos a los desgreñados pelos para arrancarse algunos o para echarlos todos hacia atrás. El extravío de sus ojos a nada es comparable, y a mí mismo, que ya creía tenerla vencida, me causaba miedo.

Llegamos a la boca del escotillón, y allí, mientras hería nuestros ojos la tenue claridad que del sótano salía, oímos claramente ruido de monedas. Juan de Dios contaba sus ahorros de veinte años. Cuando el tímpano de Restituta fue afectado de aquel vibrante sonido, un estremecimiento nervioso como el producido en la organización humana por la descarga de poderosas pilas eléctricas, sacudió sus miembros. Precipitándose ciegamente por la escalera, exclamó:

--¡Malvado! ¡Así nos pagas el pan de veinte años!

Aún no habían llegado los resbaladizos pies de mi ama al quinto peldaño, cuando la pesada puerta del escotillón cayó, lanzada por mis manos. No había llave con qué cerrar, porque Juan de Dios la había quitado; pero al instante puse sobre la puerta una caja de latas de pomada, y luego dos, y luego cuatro, y después un fardo de tela, y otro y otro encima. En diez minutos puse sobre la entrada de la que había sido mi prisión un peso tal, que cuatro hombres fuertes no hubieran podido levantarlo desde abajo.

Concluido esto, subí. Inés, despavorida y aterrada, no sabía a qué santo encomendarse.

--¡Ya eres libre, Inés! --grité con intensa alegría--. Vístete, vámonos pronto. No perder un momento: puede venir el amo.

Vistiose tan precipitadamente que la vi medio desnuda. Pero ni ella, con el gran azoramiento de la prisa, cayó en la cuenta de que me estaba mostrando su lindo cuerpo, ni yo me cuidaba más que de ayudarla a vestir, poniéndole enaguas, medias, zapatos, ligas. Al fin salimos de la casa y huimos a toda prisa de la calle de la Sal, por temor de encontrar al licenciado Lobo o a mi amo. Hasta que nos vimos en la Puerta del Sol, no tomamos aliento, y sintiéndome yo sin fuerzas, nos sentamos en un escalón junto a Mariblanca. Profundo silencio reinaba en la plaza: Madrid dormía sosegado y tranquilo. Paseé mi vista en derredor, y no vi más que dos perros que se disputaban un hueso. El chorro de la fuente alegraba nuestras almas con su parlero rumor.

--Ya estás libre, condesilla --dije, reclinándome sobre el pecho de Inés--. Bendito sea Dios que nos ha sacado de allí. No te olvidaré nunca, horrenda noche de amargura; no te olvidaré nunca, risueña mañana de este día feliz. Estamos en lunes, día 2 del mes de mayo.

Un rato permanecí en aquella postura, porque estaba rendido de cansancio. El día se acercaba; se sentían los lejanos y vagos rumores, desperezos de la indolente ciudad que despierta. Por oriente, hacia el fin de la calle de Alcalá, se veía el resplandor de la aurora, y cuando nos retirábamos, Inés y yo nos detuvimos un instante a contemplar el cielo, que por aquella parte se teñía de un vivo color de sangre.

XXV

Al entrar en mi casa, donde yo pensaba descansar un rato con Inés, antes de emprender la fuga, encontramos al buen D. Celestino, que habiendo llegado la noche anterior, creyó conveniente albergarse en mi humilde posada, antes que en otra cualquiera de las de la Corte. Ya le había yo informado por escrito de la verdadera situación en casa de los Requejos, por lo cual guardose de poner los pies en la famosa tienda. Él y nosotros nos alegramos mucho de vernos juntos, y apenas teníamos tiempo para preguntarnos nuestras mutuas desgracias, pues ya habrán comprendido ustedes que las del bondadoso sacerdote no eran menores que las nuestras.

--Pero, hijos míos --nos dijo--, Dios nos ha de proteger. ¿Cómo es posible que los malvados triunfen fácilmente de los rectos de corazón? Vosotros huís de la perversidad de aquellos dos hermanos, y yo también huyo, yo también vengo aquí ocultando mi nombre honrado, porque me persiguen como a un criminal.

Al decir esto, el buen anciano derramó algunas lágrimas, y nosotros, para consolarle, le animábamos presentándole el espectáculo de nuestra alegría, y contábamos entre risas y chistes las extravagancias y tacañerías de los tíos de Inés.

--Dios nos ayudará --continuó el cura--. Veamos ahora cómo salimos de Madrid. ¡Oh qué persecución tan horrorosa! Me acusan de que fui amigo del Príncipe de la Paz. Ya lo creo que fui amigo de S. A. No solo amigo, sino aun creo que pariente. No puedes figurarte los líos que me han armado, Gabrielillo... y también te acusan a ti... ¿Has visto qué pícaros?... Que si escribíamos cartas... que si tú las llevabas... Verdad es que yo fui varias veces al palacio de S. A. para aconsejarle lo que me parecía conveniente para el bien de la nación; pero nunca le dije nada, porque con esta mi cortedad de genio... En resumen, hijo, sabiendo que me iban a prender, me puse en camino callandito, y pienso presentarme al señor Patriarca para que disponga de mí. Pero oíd lo mejor. ¿Creeréis que ese tunante de Santurrias es quien más sañudamente me ha perseguido, dando testimonios falsos de mi conducta? Nada, nada; es cierto lo que yo dije en aquel sermón: ¿te acuerdas, Gabriel? Dije que la ingratitud es el más feo monstruo que existe sobre la tierra. _Vilissima et turpissima hydra._ ¡Quién lo había de pensar!

--Ahora pensemos, señor cura, cómo nos las vamos a componer para salir de este laberinto. ¿A dónde vamos? ¿Qué recursos tenemos?

--Hijo mío, Dios no ha de desampararnos. Confiemos en Él, y entre tanto oye un proyecto que esta madrugada me ha ocurrido. Hace ocho días estaba en Aranjuez la señora Marquesa de ***, persona discreta, temerosa de Dios, y de tan buen corazón, que remedia cuantas necesidades llegan a su noticia. Visitome ella varias veces, la visité yo también, y según me decía, mi trato le era sumamente agradable. Esto lo diría por urbanidad. Me preguntaba mucho por Inés, mostrando grandísimos deseos de conocerla, y cuando por última vez la vi, suplicome encarecidamente que si alguna vez pasaba a la Corte, no dejase de acudir a su casa, en compañía de mi sobrina. Esto me lo repitió muchas veces, y su empeño por ver a la sobrinilla me ha llamado mucho la atención.

--También a mí --repuse--. Conozco a la señora Marquesa, en cuyo palacio representé cierto papel de traidor, de que no quisiera acordarme. Era en la misma casa donde ustedes vivían.

--Pero la señora Marquesa no vive ahora allí, pues durante la primavera se traslada a la casa de su hermano, allá por la Cuesta de la Vega, en un palacio que tiene muy amenos jardines y espacioso horizonte hacia la parte del Manzanares. Allí encontraremos hoy a esa insigne señora, honor de la hispana grandeza. ¿Por qué no acudir a ella? Me ha dicho infinitas veces que desea servirme, tanto a mí como a mi sobrina, y que espera con ansia el momento en que yo quiera usar de su poder y valimiento para cualquier asunto.

--En esa señora nos manda Dios un comisionado para salir de este apuro --dije yo, sintiéndome con mayores ánimos--. Le contaremos lo que nos pasa, comprenderá con cuánta injusticia se nos persigue, y cuando vea a Inés... ¡Ay! se me figura que el empeño de la Marquesa en ver a Inés no es simple curiosidad. En fin, visitarémosla hoy mismo, y Dios dirá.

--Temo salir a la calle.

--Yo también; pero es preciso salir: no es cosa de que andemos por los tejados. Si quiere usted, iré yo ahora mismo a casa de la señora Marquesa, que ya me conoce, y diciéndole que voy de parte de usted, le pintaré la situación en que nos encontramos, hablándole también de Inesilla, que es, sin duda, lo que le interesa más.

--Me parece bien; ¿y si te ven?

--Iré por calles extraviadas, y en caso de apuro, no me faltan piernas con que perderme de vista.

Yo estaba dominado por vivísima excitación, y cuando adoptaba un plan, cada segundo que transcurría sin ponerlo por obra, parecíame un siglo. No me era posible entregarme al reposo sin dar aquel paso en un camino que me parecía conducir a lugar seguro en nuestro desgraciado aislamiento. Inés no podía descansar tampoco, y su espíritu, no repuesto del azoramiento y zozobra de la madrugada anterior, era impresionado fuertemente por cuanto veía. Asomábase a la ventana que caía hacia la calle de San José, frente al Parque de Artillería, y como la vivienda era piso principal bajando del cielo, se veía el gran patio interior de aquel establecimiento de guerra, con los cañones y demás pertrechos, puestos en ordenadas filas a un lado y otro.

--Esto que ves es el Parque de Artillería, niña --le dijo D. Celestino--. ¿Ves? En aquellos grandes edificios se alojan los artilleros. Mira, salen algunos con un carro para ir a casa del abastecedor en busca de las provisiones.

--¿Y esas montañitas tan bonitas, formadas por cosas negras y redondas, iguales todas y puestas con mucho orden? --preguntó Inés sin dar tregua a su admiración.

--Esas son balas, chicuela --repuso el clérigo--. Los hombres han inventado esos juguetes para matarse unos a otros.

--Esas balas se meten en los cañones que están allí junto --dije yo, queriendo mostrar mi erudición--, y poniendo también pólvora y un cartucho, se dispara y es muy bonito. Hace un ruido, chiquilla, que se vuelve uno loco. ¡Si vieras cómo me lucí en el combate de Trafalgar! ¡Si tú me hubieras visto!... Lo menos maté mil ingleses.

--¡Quiten para allá... ay, ay! --exclamó con miedo D. Celestino--. Solo de pensar que eso se dispara, me pongo a temblar.

Y se retiraron de la ventana. Yo aconsejé a Inés que descansara, y salí a la calle después que D. Celestino, echándome algunas bendiciones, rezó un _pater noster_ por mi seguridad y buena suerte en la comisión que iba a desempeñar.

Alejándome todo lo posible del centro de la Villa, llegué a la plazuela de Palacio, donde me detuvo un obstáculo casi insuperable: un gran gentío que, bajando de las calles del Viento, de Rebeque, del Factor, de Noblejas y de las plazuelas de San Gil y del Tufo, invadía toda la calle Nueva y parte de la plazuela de la Armería. Pensando que sería probable encontrar entre tanta gente al licenciado Lobo, procuré abrirme paso hasta rebasar tan molesta compañía; pero esto era punto menos que imposible, porque me encontraba envuelto, arrastrado por aquel inmenso oleaje humano, contra el cual era difícil luchar.

Tan abstraído estaba yo en mis propios asuntos, que durante algún tiempo no discurrí sobre la causa de aquella tan grande y ruidosa reunión de gente, ni sobre lo que pedía, porque indudablemente pedía o manifestaba desear alguna cosa. Después de recibir algunos porrazos y tropezar repetidas veces, me detuve arrimado al muro de Palacio, y pregunté a los que me rodeaban:

--¿Pero qué quiere toda esa gente?

--Es que se van, se los llevan --me dijo un chispero--, y eso no lo hemos de consentir.

El lector comprenderá que no importándome gran cosa que se fueran o dejaran de irse los que lo tuvieran por conveniente, intenté seguir mi camino. Poco había adelantado, cuando me sentí cogido por un brazo. Estremecime de terror, creyendo hallarme nuevamente en las garras del licenciado; pero no se asusten ustedes: era Pacorro Chinitas.

--¿Conque parece que se los llevan? --me dijo.

--¿A los Infantes? Eso dicen; pero te aseguro, Chinitas, que me tiene sin cuidado.

--Pues a mí, no. Hasta aquí llegó la cosa, hasta aquí nos aguantamos, y de aquí no ha de pasar. Tú eres un chiquillo y no piensas más que en jugar, y por eso no te importa.

--Francamente, Chinitas, yo tengo que ocuparme demasiado en lo que a mí me pasa.

--Tú no eres español --me dijo el amolador con gravedad.

--Sí que lo soy.

--Pues entonces no tienes corazón, ni eres hombre para nada.

--Sí que soy hombre y tengo corazón para lo que sea preciso.

--Pues entonces, ¿qué haces ahí como un marmolillo? ¿No tienes armas? Coge una piedra y rómpele la cabeza al primer francés que se te ponga por delante.

--Han pasado sin duda cosas que yo no sé, porque he estado muchos días sin salir a la calle.

--No, no ha pasado nada todavía; pero pasará. ¡Ah! Gabrielillo, lo que yo te decía ha salido cierto. Todos se han equivocado, menos el amolador. Todos se han ido y nos han dejado solos con los franceses. Ya no tenemos Rey, ni más Gobierno que esos cuatro carcamales de la Junta.

Yo me encogí de hombros, no comprendiendo por qué estábamos sin Rey y sin más Gobierno que los cuatro carcamales de la Junta.

--Gabriel --me dijo mi amigo, pasado un rato--, ¿te gusta que te manden los franceses, y que con su lengua, que no entiendes, te digan «haz esto o haz lo otro», y que se entren en tu casa, y que te hagan ser soldado de Napoleón, y que España no sea España, vamos al decir, que nosotros no seamos como nos da la gana de ser, sino como el Emperador quiera que seamos?

--¿Qué me ha de gustar? Pero eso es pura fantasía tuya. ¿Los franceses son los que nos mandan? ¡Quiá! Nuestro Rey, cualquiera que sea, no lo consentiría.

--No tenemos Rey.

--¿Pero no habrá en la familia otro que se ponga la corona?

--Se llevan todos los Infantes.

--Pero habrá Grandes de España y señores de muchas campanillas, y Generales y Ministros que les digan a esos franceses: «Señores, hasta aquí llegó. Ni un paso más.»

--Los señores de muchas campanillas se han ido a Bayona, y allí andan a la greña por saber si obedecen al padre o al hijo.

--Pero aquí tenemos tropas que no consentirán...

--El Rey les ha mandado que sean amigos de los franceses y que les dejen hacer.

--Pero son españoles, y tal vez no obedezcan esa barbaridad; porque dime: si los franceses nos quieren mandar, ¿es posible que un español de los que vistan uniforme lo consienta?

--El soldado español no puede ver al francés; pero son uno por cada veinte. Poquito a poquito se han ido entrando, entrando, y ahora, Gabriel, esta baldosa en que ponemos los pies es tierra del Emperador Napoleón.

--¡Oh, Chinitas! Me haces temblar de cólera. Eso no se puede aguantar, no, señor. Si las cosas van como dices, tú y todos los demás españoles que tengan vergüenza cogerán un arma, y entonces...

--No tenemos armas.

--Entonces, Chinitas, ¿qué remedio hay? Yo creo que si todos, todos, todos dicen: «vamos a ellos», los franceses tendrán que retirarse.

--Napoleón ha vencido a todas las naciones.

--Pues entonces echémonos a llorar y metámonos en nuestras casas.

--¡Llorar! --exclamó el amolador, cerrando los puños--. Si todos pensaran como yo... No se puede decir lo que sucederá; pero... Mira: yo soy hombre de paz; pero cuando veo que estos condenados franceses se van metiendo callandito en España, diciendo que somos amigos; cuando veo que se llevan engañado al Rey; cuando les veo por esas calles echando facha y bebiéndose el mundo de un sorbo; cuando pienso que ellos están muy creídos de que nos han metido en un puño por los siglos de los siglos, me dan ganas... no de llorar, sino de matar, pongo el caso, pues... quiero decir que si un francés pasa y me toca con su codo en el pelo de la ropa, levanto la mano... mejor dicho, abro la boca y me lo como. Y cuidado que un francés me enseñó el oficio que tengo. El francés me gusta; pero allá en su tierra.

XXVI

Durante nuestra conversación, advertí que la multitud aumentaba, apretándose más. Componíanla personas de ambos sexos y de todas las clases de la sociedad, espontáneamente reunidas por uno de esos llamamientos morales, íntimos, misteriosos, informulados, que no parten de ninguna voz oficial, y resuenan de improviso en los oídos de un pueblo entero, hablándole el balbuciente lenguaje de la inspiración. La campana de ese rebato glorioso no suena sino cuando son muchos los corazones dispuestos a palpitar en concordancia con su anhelante ritmo, y raras veces presenta la historia ejemplos como aquel, porque el sentimiento patrio no hace milagros sino cuando es una condensación colosal, una unidad sin discrepancias de ningún género, y, por lo tanto, una fuerza irresistible y superior a cuantos obstáculos pueden oponerle los recursos materiales, el genio militar y la muchedumbre de enemigos. El más poderoso genio de la guerra es la conciencia nacional, y la disciplina que da más cohesión, el patriotismo.

Estas reflexiones se me ocurren ahora recordando aquellos sucesos. Entonces, y en la famosa mañana de que me ocupo, no estaba mi ánimo para consideraciones de tal índole, mucho menos en presencia de un conflicto popular que de minuto en minuto tomaba proporciones graves. La ansiedad crecía por momentos: en los semblantes había, más que ira, la tristeza profunda que precede a las grandes resoluciones, y mientras algunas mujeres proferían gritos lastimosos, oí a muchos hombres discutiendo en voz baja planes de no sé qué inverosímil lucha.

El primer movimiento hostil del pueblo reunido fue rodear a un oficial francés que a la sazón atravesó por la plaza de la Armería. Bien pronto se unió a aquel otro oficial español, que acudía como en auxilio del primero. Contra ambos se dirigió el furor de hombres y mujeres, siendo estas las que con más denuedo les hostilizaban; pero al poco rato una pequeña fuerza francesa puso fin al incidente. Como avanzaba la mañana, no quise ya perder más tiempo, y traté de seguir mi camino; mas no había pasado aún el arco de la Armería, cuando sentí un ruido que me pareció cureñas en acelerado rodar por calles inmediatas.

--¡Que viene la artillería! --clamaron algunos.