Part 14
Pero lejos de determinar la presencia de los artilleros una dispersión general, casi toda la multitud corría hacia la calle Nueva[1]. La curiosidad pudo en mí más que el deseo de llegar pronto al fin de mi viaje, y corrí allá también; pero una detonación espantosa heló la sangre en mis venas, y vi caer no lejos de mí algunas personas, heridas por la metralla. Aquel fue uno de los cuadros más terribles que he presenciado en mi vida. La ira estalló en boca del pueblo de un modo tan formidable, que causaba tanto espanto como la artillería enemiga. Ataque tan imprevisto y tan rudo había aterrado a muchos, que huían con pavor, y al mismo tiempo acaloraba la ira de otros, que parecían dispuestos a arrojarse sobre los artilleros; mas en aquel choque entre los fugitivos y los sorprendidos, entre los que rugían como fieras y los que se lamentaban heridos o moribundos bajo las pisadas de la multitud, predominó al fin el movimiento de dispersión, y corrieron todos hacia la calle Mayor. No se oían más voces que «armas, armas, armas.» Los que no vociferaban en las calles, vociferaban en los balcones, y si un momento antes la mitad de los madrileños eran simplemente curiosos, después de la aparición de la artillería todos fueron actores. Cada cual corría a su casa, a la ajena o a la más cercana en busca de un arma, y no encontrándola, echaba mano de cualquier herramienta. Todo servía, con tal que sirviera para matar.
[1] Hoy de Bailén.
El resultado era asombroso. Yo no sé de dónde salía tanta gente armada. Cualquiera habría creído en la existencia de una conjuración silenciosamente preparada; pero el arsenal de aquella guerra imprevista y sin plan, movida por la inspiración de cada uno, estaba en las cocinas, en los bodegones, en los almacenes al por menor, en las salas y tiendas de armas, en las posadas y en las herrerías.
La calle Mayor y las contiguas ofrecían el aspecto de un hervidero de rabia imposible de describir por medio del lenguaje. El que no lo vio, renuncie a tener idea de semejante levantamiento. Después me dijeron que entre nueve y once todas las calles de Madrid presentaban el mismo aspecto; habíase propagado la insurrección como se propaga la llama en el bosque seco azotado por impetuosos vientos.
En el Pretil de los Consejos, por San Justo y por la plazuela de la Villa, la irrupción de gente armada viniendo de los barrios bajos era considerable; mas por donde vi aparecer después mayor número de hombres y mujeres, y hasta enjambres de chicos y algunos viejos, fue por la Plaza Mayor y los portales llamados de Bringas. Hacia la esquina de la calle de Milaneses, frente a la Cava de San Miguel, presencié el primer choque del pueblo con los invasores, porque habiendo aparecido como una veintena de franceses que acudían a incorporarse a sus regimientos, fueron atacados de improviso por una cuadrilla de mujeres, ayudadas por media docena de hombres. Aquella lucha no se parecía a ninguna peripecia de los combates ordinarios, pues consistía en reunirse súbitamente, envolviéndose y atacándose sin reparar en el número ni en la fuerza del contrario.
Los extranjeros se defendían con su certera puntería y sus buenas armas; pero no contaban con la multitud de brazos que les ceñían por detrás y por delante, como rejos de un inmenso pulpo; ni con el incansable pinchar de millares de herramientas, esgrimidas contra ellos con un desorden y una multiplicidad semejante al de un ametrallamiento a mano; ni con la espantosa centuplicación de pequeñas fuerzas que, sin matar, imposibilitaban la defensa. Algunas veces esta superioridad de los madrileños era tan grande, que no podía menos de ser generosa; pues cuando los enemigos aparecían en número escaso, se abría para ellos un portal o tienda donde quedaban a salvo, y muchos de los que se alojaban en las casas de aquella calle debieron la vida a la tenacidad con que sus patronos les impidieron la salida.
No se salvaron tres de a caballo que corrían a todo escape hacia la Puerta del Sol. Se les hicieron varios disparos; pero irritados ellos, cargaron sobre un grupo apostado en la esquina del callejón de la Chamberga, y bien pronto viéronse envueltos por el paisanaje. De un fuerte sablazo, el más audaz de los tres abrió la cabeza a una infeliz maja en el instante en que daba a su marido el fusil recién cargado, y la imprecación de la furiosa mujer al caer herida al suelo, espoleó el coraje de los hombres. La lucha se trabó entonces cuerpo a cuerpo y a arma blanca.
Entre tanto yo corrí hacia la Puerta del Sol buscando lugar más seguro, y en los portales de Pretineros encontré a Chinitas. La Primorosa salió del grupo cercano, exclamando con frenesí:
--¡Han matado a Bastiana! Más de veinte hombres hay aquí, y denguno vale un rial. Canallas, ¿para qué os ponéis bragas si tenéis almas de pitiminí?
--Mujer --dijo Chinitas, cargando su escopeta--, quítate de en medio. Las mujeres aquí no sirven más que de estorbo.
--¡Cobardón, calzonazos, corazón de albondiguilla! --gritó la Primorosa, pugnando por arrancar el arma a su marido--. Con el aire que hago moviéndome, mato yo más franceses que tú con un cañón de a ocho.
Entonces uno de los de a caballo se lanzó al galope hacia nosotros blandiendo su sable.
--¡Menegilda! ¿Tienes navaja? --dijo la esposa de Chinitas con desesperación.
--Tengo tres: la de cortar, la de picar y el cuchillo grande.
--¡Aquí estamos, espanta-cuervos! --bramó la maja, tomando de manos de su amiga un cuchillo carnicero, cuya sola vista causaba espanto.
El coracero clavó las espuelas a su corcel, y despreciando los tiros, se arrojó sobre el grupo. Yo vi las patas del corpulento animal sobre los hombros de la Primorosa; pero esta, agachándose más ligera que el rayo, hundió su cuchillo en el pecho del caballo. Con la violenta caída, el jinete quedó indefenso, y mientras la cabalgadura expiraba con horrible pataleo, el soldado proseguía el combate, ayudado por otros cuatro que a la sazón llegaron.
Chinitas, herido en la frente y con una oreja menos, se había retirado como a unas diez varas más allá, y cargaba un fusil en el callejón del Triunfo, mientras la Primorosa le envolvía un pañuelo en la cabeza, diciéndole:
--¡Si te moverás al fin! No parece sino que tienes en cada pata las pesas del reloj del Buen Suceso.
El amolador se volvió hacia mí y me dijo:
--Gabrielillo, ¿qué haces con ese fusil? ¿Lo tienes en la mano para escarbarte los dientes?
En efecto: yo tenía en mis manos un fusil, sin que hasta aquel instante me hubiese dado cuenta de ello. ¿Me lo habían dado? ¿Lo tomé yo? Lo más probable es que lo recogí maquinalmente, hallándome cercano al lugar de la lucha, y cuando caía sin duda de manos de algún combatiente herido; pero mi turbación y estupor eran tan grandes ante aquella escena, que ni aun acertaba a hacerme cargo de lo que entre las manos tenía.
--¿Pa qué está aquí esa lombriz? --dijo la Primorosa, encarándose conmigo y dándome en el hombro una fuerte manotada--. Descosío: coge ese fusil con más garbo. ¿Tienes en la mano un cirio de procesión?
--Vamos: aquí no hay nada que hacer --afirmó Chinitas, encaminándose con sus compañeros hacia la Puerta del Sol.
Echeme el fusil al hombro y les seguí. La Primorosa seguía burlándose de mi poca aptitud para el manejo de las armas de fuego.
--¿Se acabaron los franceses? --dijo una maja, mirando a todos lados--. ¿Se han acabado?
--No hemos dejado uno pa simiente de rábanos --contestó la Primorosa--. ¡Viva España y el Rey Fernando!
En efecto: no se veía ningún francés en toda la calle Mayor; pero no distábamos mucho de las gradas de San Felipe, cuando sentimos ruido de tambores, después ruido de cornetas, después pisadas de caballos, después estruendo de cureñas rodando con precipitación. El drama no había empezado todavía realmente. Nos detuvimos, y advertí que los paisanos se miraban unos a otros, consultándose mudamente sobre la importancia de las fuerzas ya cercanas. Aquellos infelices madrileños habían sostenido una lucha terrible con los soldados que encontraron al paso, y no contaban con las formidables divisiones y cuerpos de ejército que se acampaban en las cercanías de Madrid. No habían medido los alcances y las consecuencias de su calaverada, ni aunque los midieran, habrían retrocedido en aquel movimiento impremeditado y sublime que les impulsó a rechazar fuerzas tan superiores.
Había llegado el momento de que los paisanos de la calle Mayor pudieran contar el número de armas que apuntaban a sus pechos, porque por la calle de la Montera apareció un cuerpo de ejército, por la de Carretas otro y por la Carrera de San Jerónimo el tercero, que era el más formidable.
--¿Son muchos? --preguntó la Primorosa.
--Muchísimos, y también vienen por esta calle. Allá por Platerías se siente ruido de tambores.
Frente a nosotros y a nuestra espalda teníamos a los infantes, a los jinetes y a los artilleros de Austerlitz. Viéndoles, la Primorosa reía; pero yo... no puedo menos de confesarlo... yo temblaba.
XXVII
Llegar los cuerpos de ejército a la Puerta del Sol y comenzar la embestida, fueron sucesos ocurridos en un mismo instante. Yo creo que los franceses, a pesar de su superioridad numérica y material, estaban más aturdidos que los españoles; así es que en vez de comenzar poniendo en juego la caballería, hicieron uso de la metralla desde los primeros momentos.
La lucha, mejor dicho, la carnicería era espantosa en la Puerta del Sol. Cuando cesó el fuego y comenzaron a funcionar los caballos, la guardia polaca, llamada _noble_, y los famosos mamelucos cayeron a sablazos sobre el pueblo, siendo los ocupadores de la calle Mayor los que alcanzamos la peor parte, porque por uno y otro flanco nos atacaban los feroces jinetes. El peligro no me impedía observar quién estaba en torno mío, y así puedo decir que sostenían mi valor vacilante, además de la Primorosa, un señor grave y bien vestido que parecía aristócrata, y dos honradísimos tenderos de la misma calle, a quienes yo de antiguo conocía.
Teníamos a mano izquierda el callejón de la Duda, como sitio estratégico que nos sirviera de parapeto y de camino para la fuga, y desde allí el señor noble y yo dirigíamos nuestros tiros a los primeros mamelucos que aparecieron en la calle. Debo advertir que los tiradores formábamos una especie de retaguardia o reserva, porque los verdaderos y más aguerridos combatientes eran los que luchaban a arma blanca entre la caballería. También de los balcones salían muchos tiros de pistola y gran número de armas arrojadizas, como tiestos, ladrillos, pucheros, pesas de reloj, etc.
--Ven acá, Judas Iscariote --exclamó la Primorosa, dirigiendo los puños hacia un mameluco que hacía estragos en el portal de la casa de Oñate--. ¡Y no hay quien te meta una libra de pólvora en el cuerpo! ¡Eh, so estantigua! ¿pa qué le sirve ese chisme? Y tú, Piltrafilla, echa fuego por ese fusil, o te saco los ojos.
Las imprecaciones de nuestra generala nos obligaban a disparar tiro tras tiro. Pero aquel fuego mal dirigido no nos valía gran cosa, porque los mamelucos habían conseguido despejar a golpes gran parte de la calle, y adelantaban de minuto en minuto.
--¡A ellos, muchachos! --gritó la maja, adelantándose al encuentro de una pareja de jinetes, cuyos caballos venían hacia nosotros.
Nadie podrá imaginar cómo eran aquellos combates parciales. Mientras desde las ventanas y desde la calle se les hacía fuego, los manolos les atacaban navaja en mano, y las mujeres clavaban sus dedos en la cabeza del caballo, o saltaban, asiendo por los brazos al jinete. Este recibía auxilio, y al instante acudían dos, tres, diez, veinte, que eran atacados de la misma manera, y se formaba una confusión, una mezcolanza horrible y sangrienta que no se puede pintar. Los caballos vencían al fin y avanzaban al galope; y cuando la multitud, encontrándose libre, se extendía hacia la Puerta del Sol, una lluvia de metralla le cerraba el paso.
Perdí de vista a la Primorosa en uno de aquellos espantosos choques; pero al poco rato la vi reaparecer, lamentándose de haber perdido su cuchillo, y me arrancó el fusil de las manos con tanta fuerza, que no pude impedirlo. Quedé desarmado en el mismo momento en que una fuerte embestida de los franceses nos hizo recular a la acera de San Felipe el Real. El anciano noble fue herido junto a mí: quise sostenerle; pero deslizándose de mis manos, cayó exclamando: «¡Muera Napoleón! ¡Viva España!»
Aquel instante fue terrible, porque nos acuchillaron sin piedad; pero quiso mi buena estrella que, siendo yo de los más cercanos a la pared, tuviera delante de mí una muralla de carne humana que me defendía del plomo y del hierro. En cambio, era tan fuertemente comprimido contra la pared, que casi llegué a creer que moría aplastado. La masa de gente se replegó por la calle Mayor, y como el violento retroceso nos obligara a invadir una casa de las que hoy deben tener la numeración desde el 21 al 25, entramos decididos a continuar la lucha desde los balcones. No achaquen ustedes a petulancia el que diga _nosotros_, pues yo, aunque al principio me vi comprendido entre los sublevados como al acaso y sin ninguna iniciativa de mi parte, después el ardor de la refriega, el odio contra los franceses que se comunicaba de corazón a corazón de un modo pasmoso, me indujeron a obrar enérgicamente en pro de los míos. Yo creo que en aquella ocasión memorable hubiérame puesto al nivel de algunos que me rodeaban, si el recuerdo de Inés y la consideración de que corría algún peligro no aflojaran mi valor a cada instante.
Invadiendo la casa, la ocupamos desde el piso bajo a las buhardillas: por todas las ventanas se hacía fuego, arrojando al mismo tiempo cuanto la diligente valentía de sus moradores encontraba a mano. En el piso segundo un padre anciano, sosteniendo a sus dos hijas que medio desmayadas se abrazaban a sus rodillas, nos decía: «Haced fuego; coged lo que os convenga. Aquí tenéis pistolas; aquí tenéis mi escopeta de caza. Arrojad mis muebles por el balcón y perezcamos todos, y húndase mi casa si bajo sus escombros ha de quedar sepultada esa canalla. ¡Viva Fernando! ¡Viva España! ¡Muera Napoleón!»
Estas palabras reanimaban a las dos doncellas, y la menor nos conducía a una habitación contigua, desde donde podíamos dirigir mejor el fuego. Pero nos escaseó la pólvora, nos faltó al fin, y al cuarto de hora de nuestra entrada ya los mamelucos daban violentos golpes en la puerta.
--Quemad las puertas y arrojadlas ardiendo a la calle --nos dijo el anciano--. Ánimo, hijas mías. No lloréis. En este día el llanto es indigno aun en las mujeres. ¡Viva España! ¿Vosotras sabéis lo que es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre, nuestra religión. Pues todo esto nos quieren quitar. ¡Muera Napoleón!
Entre tanto los franceses asaltaban la casa, mientras otros de los suyos cometían atrocidades en la de Oñate.
--¡Ya entran, nos cogen; estamos perdidos! --exclamamos con terror, sintiendo que los mamelucos se encarnizaban en los defensores del piso bajo.
--Subid a la buhardilla --nos dijo el anciano con frenesí--, y saliendo al tejado, echad por el cañón de la escalera todas las tejas que podáis levantar. ¿Subirán los caballos de estos monstruos hasta el techo?
Las dos muchachas, medio muertas de terror, se enlazaban a los brazos de su padre, rogándole que huyese.
--¡Huir! --exclamaba el viejo--. No, mil veces no. Enseñemos a esos bandoleros cómo se defiende el hogar sagrado. Traedme fuego, fuego, y apresarán nuestras cenizas, no nuestras personas.
Los mamelucos subían. No había salvación. Yo me acordé de la pobre Inés, y me sentí más cobarde que nunca. Pero algunos de los nuestros habíanse en tanto internado en la casa, y con fuerte palanca rompían el tabique de una de las habitaciones más escondidas. Al ruido acudí allá velozmente, con la esperanza de encontrar escapatoria, y, en efecto, vi que habían abierto en la medianería un gran agujero por donde podía pasarse a la casa inmediata. Nos hablaron de la otra parte, ofreciéndonos socorro, y nos apresuramos a pasar; pero antes de que estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y otros soldados franceses vociferando en las habitaciones principales: oyose un tiro; después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desgarrador. Lo que allí debió ocurrir no es para contado.
Cuando pasamos a la casa contigua, con ánimo de tomar inmediatamente la calle, nos vimos en una habitación pequeña y algo oscura, donde distinguí dos hombres que nos miraban con espanto. Yo me aterré también en su presencia, porque eran el uno el licenciado Lobo y el otro Juan de Dios.
Habíamos pasado a una casa de la calle de Postas, a la misma en cuyo cuarto entresuelo había yo vivido hasta el día anterior al servicio de los Requejos. Estábamos en el piso segundo, vivienda del leguleyo trapisondista. El terror de este era tan grande, que al vernos dijo:
--¿Están ahí los franceses? ¿Vienen ya? Huyamos.
Juan de Dios estaba también tan pálido y alterado, que era difícil reconocerle.
--¡Gabriel! --exclamó al verme--. ¡Ah! tunante: ¿qué has hecho de Inés?
--¡Los franceses, los franceses! --exclamó Lobo, saliendo a toda prisa de la habitación y bajando la escalera de cuatro en cuatro peldaños--. ¡Huyamos!
La esposa del licenciado y sus tres hijas, trémulas de miedo, corrían de aquí para allí, recogiendo algunos objetos para salir a la calle. No era ocasión de disputar con Juan de Dios, ni de darnos mutuamente explicaciones sobre los sucesos de la madrugada anterior: salimos a todo escape, temiendo que los mamelucos invadieran aquella casa.
El mancebo no se separaba de mí, mientras que Lobo, harto ocupado de su propia seguridad, se cuidaba de mi presencia tanto como si yo no existiera.
--¿A dónde vamos? --preguntó una de las niñas al salir--. ¿A la calle de San Pedro la Nueva, en casa de la primita?
--¿Estáis locas? ¿Frente al Parque de Monteleón?
--Allí se están batiendo --dijo Juan de Dios--. Se ha empeñado un combate terrible, porque la artillería española no quiere soltar el Parque.
--¡Dios mío! ¡Corro allá! --exclamé sin poderme contener.
--¡Perro! --gritó Juan de Dios, asiéndome por un brazo--. ¿Allí la tienes guardada?
--Sí, allí está --contesté sin vacilar--. Corramos.
Juan de Dios y yo partimos como dos insensatos en dirección a mi casa.
XXVIII
En nuestra carrera no reparábamos en los mil peligros que a cada paso ofrecían las calles y plazas de Madrid, y andábamos sin cesar, buscando las vías más apartadas del centro, con tantas vueltas y rodeos, que empleamos cerca de dos horas para llegar a la puerta de Fuencarral por los pozos de nieve. Por un largo rato ni yo hablaba a mi acompañante, ni él a mí tampoco, hasta que al fin Juan de Dios, con voz entrecortada por el fatigoso aliento, me dijo:
--¿Pero tú sacaste a Inés para entregármela después, o eres un tunante ladrón, digno de ser fusilado por los franceses?
--Sr. Juan de Dios --repuse apretando más el paso--, no es ocasión de disputar, y vamos más a prisa, porque si los franceses llegan a meterse en mi casa...
--¡Cuánto se asustará la pobrecita! Pero di, ¿por qué la sacaste, por qué me encontré encerrado en el sótano con aquella maldita mujer?... ¡Oh! me falta el aliento; pero no nos detengamos... ¿Inés no se asustó al verse en tu poder? ¿No te preguntó por mí? ¿No te rogó que me llevases a su lado? ¡Qué confusión! ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Quién eres tú? ¿Eres un infame, o un hombre de bien? Ya me darás cuenta y razón de todo. ¡Ay! cuando me encontré en el sótano con Restituta... ¿Ves este rasguño que tengo en la mano?... Quedeme azorado y mudo de espanto cuando la vi. ¡Qué desdicha! Creo que fue castigo de Dios por los pecadillos de que te hablé... Ella me insultaba llamándome ladrón, y a mí un sudor se me iba y otro se me venía. Luego que tratamos de salir... La compuerta cerrada... ella parecía una gata rabiosa. ¿Ves este arañazo que tengo en la cara?... Descansemos un rato, porque me ahogo. ¿No llegamos nunca a tu casa? ¿Y mi Inés, está allí? Pero, tunante, modera un poco el paso y dime: ¿Inés me espera? ¿Te mandó en busca mía? ¿Sabe que a mí me debe su libertad? Gabriel, te juro que tengo la cabeza como una jaula de grillos, y que no sé qué pensar. ¡Cuando vi entrar a Restituta!... ¿Creerás que no puedo apartar de mi memoria su repugnante imagen? Lo que dije... aquellos dos pecadillos... Pero en cuanto Inés esté a mi lado, me confesaré... El Santísimo Sacramento sabe que mi intención es buena, y que el inmenso, el loco amor que me domina es causa de todo... ¿Pero no hablas? ¿Estás mudo? ¿Inés me espera? Dímelo francamente y no me hagas padecer. ¿Está contenta? ¿Está triste? ¿Ella quiso desde luego salir contigo para esperarme fuera?... ¡Mil demonios! ¿Cuándo llegamos a tu casa? Me aguarda, ¿no es verdad? Ahora la hablaré cara a cara por primera vez. ¿Sabes que me da vergüenza?... Pero ella quizás me dirá primero algunas palabras, dándome pie para que después siga yo hablando como un cotorro. ¿Estás tú seguro de que leyó mi carta? Pues si la leyó, ya está al corriente de mi ardiente amor, y en cuanto me vea se arrojará llorando en mis brazos, dándome gracias por su salvación. ¿No lo crees tú así? ¿Pero por qué callas? ¿Te has quedado sin lengua? ¿Qué le has dicho tú? ¿Qué te ha dicho ella? ¿No te habló de aquel pasaje de la carta en que le decía que mi amor es tan casto como el de los ángeles del Cielo?... Me faltó decirle que mi corazón es el altar en que la adoro con tanto fervor como al Dios que hizo para todos el mundo, y para nosotros una isla desierta, llena de flores y pajaritos muy lindos que canten día y noche... ¡Ah, Gabriel! ¿Sabes que soy rico? Cogí lo mío, aunque la condenada me clavó las uñas para arrebatármelo. ¡Cuánto luchamos! ¡Espantosa noche! Por fin, ya muy avanzado el día, llega D. Mauro y abre el sótano para sacarte... Salimos Restituta y yo: ella está medio muerta. Su hermano, al vernos... ¡Jesús, cómo se pone! Después de insultarnos, nos dice que tenemos que casarnos el mismo día. Luego, al saber que Inés se ha fugado contigo, brama como un león, arráncase los cabellos, y después de amenazar con la muerte a su hermana y a mí, enciende las dos velas al santo patrono. Yo salgo de la casa sin contestar a nada, y como ya empiezan los tiros, me refugio en la del licenciado Lobo... Todos están allí llenos de terror... ¡los franceses, los franceses!... ¡ban, bun! Golpean un tabique: acudimos; se abre un agujero, y apareces tú... ¿Pero llegaremos al fin? ¡Qué impaciente estará la pobrecita! Cuando me vea, ella romperá, hablará la primera, ¿no lo crees tú? Si no... yo estoy seguro de que me quedaré como una estatua. ¡Si se me quitara esta vergüenza!...
Yo no contestaba a ninguna de las atropelladas e inconexas razones de Juan de Dios, pues más que la verbosidad de aquel desgraciado, ocupaba mi mente la idea de los peligros qué corrían Inés y su tío en mi casa. Nuestra marcha era sumamente fatigosa: algunas veces, después de recorrer toda una calle, teníamos que volver atrás huyendo de los mamelucos; otras veces nos detenía algún grupo, compuesto en su mayor parte de mujeres y ancianos, que con lamentos y gritos rodeaban un cadáver, víctima reciente de los invasores; más adelante veíamos desfilar precipitadamente pelotones de granaderos que hacían retroceder a todo el mundo; luego el espectáculo de una lucha parcial, tan encarnizada como las anteriores, era lo que de improviso nos estorbaba el paso.
En la calle de Fuencarral el gentío era grande, y todos corrían hacia arriba, como en dirección al Parque. Oíanse fuertes descargas, que aterraron a mi acompañante, y cuando embocamos a la calle de la Palma por la casa de Aranda, los gritos de los héroes llegaban hasta nuestros oídos.