El 19 de marzo y el 2 de mayo

Part 15

Chapter 154,016 wordsPublic domain

Era entre doce y una. Dando un gran rodeo pudimos al fin entrar en la calle de San José, y desde lejos distinguí las altas ventanas de mi casa entre el denso humo de la pólvora.

--No podemos subir --dije al mancebo--, a menos que no nos metamos en medio del fuego.

--¡En medio del fuego! ¡Qué horror! No: no expongamos la vida. Veo que también disparan desde los balcones. Escondámonos, Gabriel.

--No, avancemos. Parece que cesa el fuego.

--Tienes razón. Ya suenan pocos tiros, y me parece que oigo decir: «¡Victoria, victoria!»

--Sí, y el paisanaje se despliega, y vienen algunos hacia acá. ¡Ah! ¿No son franceses aquellos que corren hacia la calle de la Palma? Sí: ¿no ve usted los sombreros de piel?

--Vamos allá. ¡Qué algazara! Parece que están contentos. Mira cómo agitan las gorras aquellos que están en el balcón.

--Inés; allí está Inés, en el balcón de arriba, arriba... Allí está: mira hacia el Parque, parece que tiene miedo y se retira. También sale a curiosear D. Celestino. Corramos, y ahora nos será fácil entrar en la casa.

Después de una empeñada refriega, el combate había cesado en el Parque con la derrota y retirada del primer destacamento francés que fue a atacarlo. Pero si el crédulo paisanaje se entregó al júbilo, creyendo que aquel triunfo era decisivo, los jefes militares conocieron que serían bien pronto atacados con más fuerzas, y se preparaban para la resistencia.

Pacorro Chinitas, que había sido uno de los que primero acudieron a aquel sitio, se llegó a mí ponderándome la victoria alcanzada con las cuatro piezas que Daoiz habían echado a la calle; pero bien pronto él y los demás se convencieron de que los franceses no habían retrocedido sino para volver pronto con numerosa artillería. Así fue, en efecto; y cuando subíamos la escalera de mi casa, sentí el alarmante rumor de la tropa cercana.

El mancebo tropezaba a cada peldaño, circunstancia que cualquiera hubiera atribuido al miedo, y yo atribuí a la emoción. Cuando llegamos a presencia de Inés y D. Celestino, estos se alegraron en extremo de verme sano, y ella me señaló una imagen de la Virgen, ante la cual habían encendido dos velas. Juan de Dios permaneció un rato en el umbral, medio cuerpo fuera, y dentro el otro medio, con el sombrero en la mano, el rostro pálido y contraído, la actitud embarazosa, sin atreverse a hablar ni tampoco a retirarse, mientras que Inés, enteramente ocupada de mi vuelta, no ponía en él la menor atención.

--Aquí, Gabriel --me dijo el clérigo--, hemos presenciado escenas de grande heroísmo. Los franceses han sido rechazados. Por lo visto, Madrid entero se levanta contra ellos.

Al decir esto, una detonación terrible hizo estremecer la casa.

--¡Vuelven los franceses! Ese disparo ha sido de los nuestros, que siguen decididos a no entregarse. Dios y su santa Madre, y los cuatro patriarcas y los cuatro doctores nos asistan.

Juan de Dios continuaba en la puerta, sin que mis dos amigos, profundamente afectados por el próximo peligro, hicieran caso de su presencia.

--¡Va a empezar otra vez! --exclamó Inés, huyendo de la ventana después de cerrarla--. Yo creí que se había concluido. ¡Cuántos tiros! ¡Qué gritos! ¿Pues y los cañones? Yo creí que el mundo se hacía pedazos, y puesta de rodillas no cesaba de rezar. ¡Si vieras, Gabriel!... Primero sentimos que unos soldados daban recios golpes en la puerta del Parque. Después vinieron muchos hombres y algunas mujeres pidiendo armas. Dentro del patio un español, con uniforme verde, disputó un instante con otro de uniforme azul, y luego se abrazaron, abriendo en seguida las puertas. ¡Ay! ¡Qué voces, qué gritos! Mi tío se echó a llorar y dijo también «¡Viva España!» tres veces, aunque yo le suplicaba que callase para no dar que hablar a la vecindad. Al momento empezaron los tiros de fusil, y al poco rato los de cañón, que salieron empujados por dos o tres mujeres... El del uniforme azul mandaba el fuego, y otro del mismo traje, pero que se distinguía del primero por su mayor estatura, estaba dentro disponiendo cómo se habían de sacar la pólvora y las balas... Yo me estremecía al sentir los cañonazos; y si a veces me ocultaba en la alcoba, poniéndome a rezar, otras podía tanto la curiosidad, que sin pensar en el peligro me asomaba a la ventana para ver todo... ¡Qué espanto! Humo, mucho humo, brazos levantados, algunos hombres tendidos en el suelo y cubiertos de sangre, y por todos lados el resplandor de esos grandes cuchillos que llevan en los fusiles.

Una segunda detonación, seguida del estruendo de la fusilería, nos dejó paralizados de estupor. Inés miró a la Virgen, y el cura, encarándose solemnemente con la santa imagen, dirigiole así la palabra:

--Señora: proteged a vuestros queridos españoles, de quienes fuisteis reina y ahora sois capitana. Dadles valor contra tantos y tan fieros enemigos, y haced subir al Cielo a los que mueran en defensa de su patria querida.

Quise abrir la ventana; pero Inés se opuso a ello muy acongojada. Juan de Dios, que al fin traspasó el umbral, se había sentado tímidamente en el borde de una silla puesta junto a la misma puerta, donde Inés le reconoció al fin, mejor dicho, advirtió su presencia, y antes que formulara una pregunta, le dije yo:

--Es el Sr. Juan de Dios, que ha venido a acompañarme.

--Yo... yo... --balbució el mancebo en el momento en que la gritería de la calle apenas permitía oírle--. Gabriel habrá enterado a usted...

--El miedo le quita a usted el habla --dijo Inés--. Yo también tengo mucho miedo. Pero usted tiembla, usted está malo...

En efecto: Juan de Dios parecía desmayarse, y alargaba sus brazos hacia la huérfana, que absorta y confundida no sabía si acercarse a darle auxilio, o si huir con recelo de visitante tan importuno. Tan excitado estaba yo, que sin parar mientes en lo que junto a mí ocurría, ni atender al pavor de mi amiga, abrí resueltamente la ventana. Desde allí pude ver los movimientos de los combatientes, claramente percibidos, cual si tuviera delante un plano de campaña con figuras movibles. Funcionaban cuatro piezas: he oído hablar de cinco, dos de a 8 y tres de a 4; pero yo creo que una de ellas no hizo fuego, o solo trabajó hacia el fin de la lucha. Los artilleros me parece que no pasaban de veinte; tampoco eran muchos los de infantería, mandados por Ruiz; pero el número de paisanos no era escaso, ni faltaban algunas heroicas amazonas de las que poco antes vi en la Puerta del Sol. Un oficial, de uniforme azul, mandaba las dos piezas colocadas frente a la calle de San Pedro la Nueva[2]. Por cuenta del otro, del mismo uniforme y graduación, corrían las que enfilaban las calles de San Miguel y de San José[3], apuntando una de ellas hacia la de San Bernardo, pues por allí se esperaban nuevas fuerzas francesas en auxilio de las que invadían la Palma Alta y sitios inmediatos a la iglesia de Maravillas. La lucha estaba reconcentrada entonces en la pequeña calle de San Pedro la Nueva, por donde atacaron los granaderos imperiales en considerable número. Para contrarrestar su empuje, los nuestros disparaban las piezas con la mayor rapidez posible, empleándose en ello lo mismo los artilleros que los paisanos, y auxiliaba a los cañones la valerosa fusilería que tras las tapias del Parque, en la puerta y en la calle hacía mortífero, incesante fuego.

[2] Hoy del Dos de Mayo.

[3] Hoy de Daoiz y Velarde.

XXIX

Cuando los franceses trataban de tomar las piezas a la bayoneta, sin cesar el fuego por nuestra parte, eran recibidos por los paisanos con una batería de navajas, que causaban pánico y desaliento entre los héroes de las Pirámides y de Jena, al paso que el arma blanca en manos de estos aguerridos soldados no hacía gran estrago moral en la gente española, por ser esta de muy antiguo aficionada a jugar con ella. Los españoles, al verse de este modo heridos, antes enfurecían que desmayaban. Desde mi ventana, abierta a la calle de San José, no se veía la inmediata de San Pedro la Nueva, aunque la casa hacía esquina a las dos; así es que yo, teniendo siempre a los españoles bajo mis ojos, no distinguía a los franceses sino cuando intentaban caer sobre las piezas, desafiando la metralla, el plomo, el acero y hasta las implacables manos de los defensores del Parque. Esto pasó una vez, y cuando lo vi, pareciome que todo iba a concluir por el sencillo procedimiento de destrozarse simultáneamente unos a otros; pero nuestro valiente paisanaje, sublimado por su propio arrojo y por el ejemplo, la pericia y la inverosímil constancia de los dos oficiales de Artillería, rechazaba las bayonetas enemigas, mientras sus navajas hacían estragos, rematando la obra de los fusiles.

Cayeron algunos, muchos artilleros, y buen número de paisanos; pero esto no desalentaba a los madrileños. Al paso que uno de los oficiales de Artillería hacía uso de su sable con fuerte puño, sin desatender el cañón, cuya cureña servía de escudo a los paisanos más resueltos, el otro, acaudillando un pequeño grupo, se arrojaba sobre la avanzada francesa, destrozándola antes de que tuviera tiempo de reponerse. Eran aquellos los dos oficiales oscuros y sin historia, que en un día, en una hora, haciéndose, por inspiración de sus almas generosas, instrumento de la conciencia nacional, se anticiparon a la declaración de guerra por las Juntas y descargaron los primeros golpes de la lucha que empezó a abatir el más grande poder que se ha señoreado del mundo. Así sus ignorados nombres alcanzaron la inmortalidad.

El estruendo de aquella colisión, los gritos de unos y otros, la heroica embriaguez de los nuestros, y también de los franceses, pues estos evocaban entre sí sus grandes glorias para salir bien de aquel empeño, formaban un conjunto terrible, ante el cual no existía el miedo, ni tampoco era posible resignarse a ser inmóvil espectador. Causaba rabia, y al mismo tiempo cierto júbilo inexplicable, lo desigual de las fuerzas, y el espectáculo de la superioridad adquirida por los débiles a fuerza de constancia. A pesar de que nuestras bajas eran inmensas, todo parecía anunciar una segunda victoria. Así lo comprendían, sin duda, los franceses, retirados hacia el fondo de la calle de San Pedro la Nueva; y viendo que para meter en un puño a los veinte artilleros, ayudados de paisanos y mujeres, era necesaria más tropa con refuerzos de todas armas, trajeron más gente, trajeron un ejército completo, y la división de San Bernardino, mandada por Lefranc, apareció hacia las Salesas Nuevas con varias piezas de artillería. Los imperiales daban al Parque, cercado de mezquinas tapias, las proporciones de una fortaleza, y a la abigarrada pandilla las proporciones de un pueblo.

Hubo un momento de silencio, durante el cual no oí más voces que las de algunas mujeres, entre las cuales reconocí la de la Primorosa, enronquecida por la fatiga y el perpetuo gritar. Cuando en aquel breve respiro me aparté de la ventana, vi a Juan de Dios completamente desvanecido. Inés estaba a su lado presentándole un vaso de agua.

--Este buen hombre --dijo la huérfana-- ha perdido el tino. ¡Tan grande es su pavor! Verdad que la cosa no es para menos. Yo estoy muerta. ¿Se ha acabado, Gabriel? Ya no se oyen tiros. ¿Ha concluido todo? ¿Quién ha vencido?

Un cañonazo resonó estremeciendo la casa. A Inés cayósele el vaso de las manos, y en el mismo instante entró D. Celestino, que observaba la lucha desde otra habitación de la casa.

--Es la artillería francesa --gritaba--. Ahora es ella. Traen más de doce cañones. ¡Jesús, María y José nos amparen! Van a hacer polvo a nuestros valientes paisanos. ¡Señor de justicia! ¡Virgen María, santa patrona de España!

Juan de Dios abrió sus ojos buscando a Inés con una mirada calmosa y apagada como la de un enfermo. Ella, en tanto, puesta de rodillas ante la imagen, derramaba abundantes lágrimas.

--Los franceses son innumerables --continuó el cura--. Vienen cientos de miles. En cambio los nuestros son menos cada vez. Muchos han muerto ya. ¿Podrán resistir los que quedan? ¡Oh! Gabriel, y usted, caballero, quien quiera que sea, aunque presumo será español: ¿están ustedes en paz con su conciencia, mientras nuestros hermanos pelean abajo por la patria y por el Rey? Hijos míos, ánimo: los franceses van a atacar por tercera vez. ¿No veis cómo se aperciben los nuestros para recibirlos con tanto brío como antes? ¿No oís los gritos de los que han sobrevivido al último combate? ¿No oís las voces de esa noble juventud? Gabriel; usted, caballero, quien quiera que sea, ¿habéis visto a las mujeres? ¿Darán lección de valor esas heroicas hembras a los varones que huyen de la honrosa lucha?

Al decir esto, el buen sacerdote, con una alteración que hasta entonces jamás había yo advertido en él, se asomaba al balcón, retrocedía con espanto, volvía los ojos a la imagen de la Virgen, luego a nosotros, y tan pronto hablaba consigo mismo como con los demás.

--Si yo tuviera quince años, Gabriel --continuó--, si yo tuviera tu edad... Francamente, hijos míos, yo tengo un miedo horroroso. En mi vida había visto una guerra, ni oído jamás el estruendo de los mortíferos cañones; pero lo que es ahora cogería un fusil, sí, señores, lo cogería... ¿No veis que va escaseando la gente? ¿No veis cómo los barre la metralla?... Mirad aquellas mujeres que con sus brazos despedazados empujan uno de nuestros cañones hasta embocarle en esta calle. Mirad aquel montón de cadáveres del cual sale una mano increpando con terrible gesto a los enemigos. Parece que hasta los muertos hablan, lanzando de sus bocas exclamaciones furiosas... ¡Oh! yo tiemblo, sostenedme; no, dejadme tomar un fusil, lo tomaré yo. Gabriel, caballero, y tú también, Inés, vamos todos a la calle, a la calle. ¿Oís? Aquí llegan las vociferaciones de los franceses. Su artillería avanza. ¡Ah, perros! todavía somos suficientes, aunque pocos. ¿Queréis a España? ¿Queréis este suelo? ¿Queréis nuestras casas, nuestras iglesias, nuestros reyes, nuestros santos? Pues ahí está, ahí está dentro de esos cañones lo que queréis. Acercaos. ¡Ah! Aquellos hombres que hacían fuego desde la tapia han perecido todos. No importa. Cada muerto no significa más sino que un fusil cambia de mano, porque antes de que pierda el calor de los dedos heridos que lo sueltan, otros lo agarran... Mirad: el oficial que los manda parece contrariado; mira hacia el interior del Parque, y se lleva la mano a la cabeza con ademán de desesperación. Es que les faltan balas, les falta metralla. Pero ahora sale el otro con una cesta de piedras de chispa. Cargan con ellas, hacen fuego... ¡Oh! que vengan, que vengan ahora. ¡Miserables! España tiene todavía piedras en sus calles para acabar con vosotros... Pero ¡ay! los franceses parece que están cerca. Mueren muchos de los nuestros. Desde los balcones se hace mucho fuego; mas esto no basta. Si yo tuviera veinte años... Si yo tuviera veinte años, tendría el valor que ahora me falta, y me lanzaría en medio del combate, y a palos, sí, señores, a palos acabaría con todos esos franceses. Ahora mismo, con mis sesenta años... Gabriel, ¿sabes tú lo que es el deber? ¿Sabes tú lo que es el honor? Pues para que lo sepas, oye: yo, que soy un viejo inútil; yo, que nunca he visto un combate; yo, que jamás he disparado un tiro; yo, que en mi vida he peleado con nadie; yo, que no puedo ver matar un pollo; yo, que nunca he tenido valor para ver matar un gusanito; yo, que siempre he tenido miedo a todo; yo, que ahora tiemblo como una liebre, y a cada tiro que oigo parece que entrego el alma al Señor, voy a bajar al instante a la calle, no con armas, porque armas no me corresponden, sino para alentar a esos valientes, diciéndoles en castellano aquello de _¡Dulce et decorum est pro patria mori!_

Estas palabras, dichas con un entusiasmo que el anciano no había manifestado ante mí sino muy pocas veces, y siempre desde el púlpito, me enardecieron de tal modo que me avergoncé de reconocerme cobarde espectador de aquella heroica lucha, sin disparar un tiro ni lanzar una piedra en defensa de los míos. A no contenerme la presencia de Inés, ni un instante habría yo permanecido en aquella situación. Después, cuando vi al buen anciano precipitarse fuera de la casa, dichas sus últimas palabras, miedo y amor se oscurecieron en mí ante una grande, una repentina iluminación de entusiasmo, de esas que rarísimas veces, pero con fuerza poderosa, nos arrastran a las grandes acciones.

Inés hizo un movimiento como para detenerme; pero sin duda su admirable buen sentido comprendió cuánto habría desmerecido a mis propios ojos cediendo a los reclamos de la debilidad, y se contuvo, ahogando todo sentimiento. Juan de Dios, que al volver de su desmayo era completamente extraño a la situación en que nos encontrábamos, y no parecía tener ojos ni oídos más que para espectáculos y voces de su propia alma, se adelantó hacia Inés con ademán embarazoso, y le dijo:

--Pero Gabriel habrá enterado a usted de todo. ¿La he ofendido a usted en algo? Bien habrá comprendido usted...

--Este caballero --dijo Inés--, está muerto de miedo, y no se moverá de aquí. ¿Quiere usted esconderse en la cocina?

--¡Miedo! ¡Que yo tengo miedo! --exclamó el mancebo con un repentino arrebato que le puso encendido como la grana--. ¿A dónde vas, Gabriel?

--A la calle --respondí saliendo--. A pelear por España. Yo no tengo miedo.

--Ni yo, ni yo tampoco --afirmó resuelta, furiosamente Juan de Dios, corriendo detrás de mí.

XXX

Llegué a la calle en momentos muy críticos. Las dos piezas de la calle de San Pedro habían perdido gran parte de su gente, y los cadáveres obstruían el suelo. La colocada hacia Poniente había de resistir el fuego de la de los franceses, sin más garantía de superioridad que el heroísmo de D. Pedro Velarde y el auxilio de los tiros de fusil. Al dar los primeros pasos encontré uno, y me situé junto a la entrada del Parque, desde donde podía hacer fuego hacia la calle Ancha, resguardado por el machón de la puerta. Allí se me presentó una cara conocida, aunque horriblemente desfigurada en la persona de Pacorro Chinitas, que incorporándose entre un montón de tierra y el cuerpo de otro infeliz ya moribundo, hablome así con voz desfallecida:

--Gabriel, yo me acabo; yo no sirvo ya para nada.

--Ánimo, Chinitas --dije, devolviéndole el fusil que caía de sus manos--; levántate.

--¿Levantarme? Ya no tengo piernas. ¿Traes tú pólvora? Dame acá: yo te cargaré el fusil... Pero me caigo redondo. ¿Ves esta sangre? Pues es toda mía y de este compañero que ahora se va... Ya expiró... Adiós, Juancho: tú al menos no verás a los franceses en el Parque.

Hice fuego repetidas veces: al principio muy torpemente, y después con algún acierto, procurando siempre dirigir los tiros a algún francés claramente destacado de los demás. Entre tanto y sin cesar en mi faena oí la voz del amolador que, apagándose por grados, decía:

--Adiós, Madrid, ya me encandilo... Gabriel, apunta a la cabeza. Juancho, que ya estás tieso, allá voy yo también: Dios sea conmigo y me perdone. Nos quitan el Parque; pero de cada gota de esta sangre saldrá un hombre con su fusil, hoy, mañana y al otro día. Gabriel, no cargues tan fuerte, que revienta. Ponte más adentro. Si no tienes navaja, búscala, porque vendrán a la bayoneta. Toma la mía. Allí está junto a la pierna que perdí... ¡Ay! ya no veo más que un cielo negro. ¡Qué humo tan negro! ¿De dónde viene ese humo? Gabriel, cuando esto se acabe, ¿me darás un poco de agua? ¡Qué ruido tan atroz!... ¿Por qué no traen agua?... ¡Agua, Señor Dios Poderoso! ¡Ah! ya veo el agua: ahí está. La traen unos angelitos: es un chorro, una fuente, un río...

Cuando me aparté de allí, Chinitas ya no existía. La debilidad de nuestro centro de combate me obligó a unirme a él, como lo hicieron los demás. Apenas quedaban artilleros, y dos mujeres servían la pieza principal, apuntada hacia la calle Ancha. Era una de ellas la Primorosa, a quien vi soplando fuertemente la mecha, próxima a extinguirse.

--Mi general --decía a Daoiz--, mientras su merced y yo estemos aquí, no se perderán las Españas ni sus Indias... Allá va el petardo... Venga ahora acá el _destupidor_. ¡Cómo rempuja pa tras este animal cuando suelta el tiro! ¡Ah! ¿Ya estás aquí, Tripita? --gritó al verme--. Toca este instrumento y verás lo bueno.

El combate llegaba a un extremo de desesperación, y la artillería enemiga avanzó hacia nosotros. Animados por Daoiz, los heroicos paisanos pudieron rechazar por última vez la infantería francesa, que en pequeños pelotones se destacaba de la fuerza enemiga.

--¡Ea! --gritó la Primorosa cuando volvió a comenzar el fuego de cañón--. Atrás, que yo gasto malas bromas. ¿Vio usted cómo se fueron, señor general? Solo con mirarles yo con estos recelestiales ojos, les hice volver pa tras. Van muertos de miedo. ¡Viva España y muera Napoleón!... Chinitas, ¿no está por ahí Chinitas? Ven acá, cobarde, calzonazos.

Y cuando los franceses, replegando su infantería, volvieron a cañonearnos, ella, después de ayudar a cargar la pieza, prosiguió gritando:

--Renacuajos, volved acá. Ea, otro paseíto. Sus mercedes quieren conquistarme a mí, ¿no verdá? Pues aquí me tenéis. Vengan acá: soy la reina, sí, señores; soy la emperadora del Rastro, y yo acostumbro a fumar en este cigarro de bronce, porque no las gasto menos. ¿Quieren ustedes una chupadita? Pos allá va. Desapártense pa que no les salpique la saliva; si no...

La heroica mujer calló de improviso, porque la otra maja que cerca de ella estaba, cayó tan violentamente herida por un casco de metralla, que de su despedazada cabeza saltaron, salpicándonos, repugnantes pedazos. La esposa de Chinitas, que también estaba herida, miró el cuerpo expirante de su amiga. Debo consignar aquí un hecho transcendental: la Primorosa se puso repentinamente pálida y repentinamente seria. Tuvo miedo.

Llegó el instante crítico y terrible. Durante él sentí una mano que se apoyaba en mi brazo. Al volver los ojos, vi un brazo azul con charreteras de capitán. Pertenecía a D. Luis Daoiz, que, herido en la pierna, hacía esfuerzos por no caer al suelo, y se apoyaba en lo que encontró más cerca. Yo extendí mi brazo alrededor de su cintura, y él, cerrando los puños, elevándolos convulsamente al cielo, apretando los dientes y mordiendo después el pomo de su sable, lanzó una imprecación, una blasfemia, que habría hecho desplomar el firmamento, si lo de arriba obedeciera a las voces de abajo.

En seguida se habló de capitulación y cesaron los fuegos. El jefe de las fuerzas francesas acercose a nosotros, y en vez de tratar decorosamente de las condiciones de la rendición, habló a Daoiz de la manera más destemplada y en términos amenazadores y groseros. Nuestro inmortal artillero pronunció entonces aquellas célebres palabras: _Si fuerais capaz de hablar con vuestro sable, no me trataríais así._

El francés, sin atender a lo que le decía, llamó a los suyos, y en el mismo instante... Ya no hay narración posible, porque todo acabó. Los franceses se arrojaron sobre nosotros con empuje formidable. El primero que cayó fue Daoiz, traspasado el pecho a bayonetazos. Retrocedimos precipitadamente hacia el interior del Parque todos los que pudimos, y como aun en aquel trance espantoso quisiera contenernos D. Pedro Velarde, le mató de un pistoletazo por la espalda un oficial enemigo. Muchos fueron implacablemente pasados a cuchillo; pero algunos y yo pudimos escapar, saltando velozmente por entre escombros, hasta alcanzar las tapias de la parte más honda, y allí nos dispersamos, huyendo cada cual por donde encontró mejor camino, mientras los franceses, bramando de ira, indicaban con sus alaridos al aterrado vecindario que Monteleón había quedado por Bonaparte.