El 19 de marzo y el 2 de mayo

Part 8

Chapter 84,222 wordsPublic domain

Aparteme de la puerta, y alzando la vista observé otra muestra colocada en la ventana del entresuelo, la cual decía: _Préstamos sobre alhajas_. En la ventanilla donde campeaba tan consolador llamamiento, no había flores ni jaulas de pájaros, sino una multitud de capas, que respiraban higiénicamente el aire matutino por entre los agujeros de sus remiendos y apolilladuras. Tras los vidrios pendía una mugrienta cortineja. Observé que una mano apartó la cortina: vi la mano, luego un brazo y después una cara. ¡Dios mío! Era Inés. Yo la vi, y ella me vio. Pareciome que sus ojos expresaban no sé si terror o alegría. Aquel rayo de luz duró un segundo. Cayó la cortinilla y ya no la vi más.

Esto avivó en mí el deseo de entrar. ¿Cómo podían encontrarse en aquella vivienda las comodidades, los lujos, las riquezas que ponderaban los Requejos en su visita inolvidable? Para salir de dudas, doblé la esquina, y molí a preguntas al guarnicionero.

--Ese Requejo --me dijo--, es el bicho de peores trazas que ha venido al mundo. Está rico; pero ya se ve... en casa donde no se come, ¿no ha de haber dinero? Porque has de saber que en el barrio corre la voz de que él se alimenta con las carnes de su hermana, y su hermana con las del mancebo, que por eso está como una vela. ¡Y cuidado si tienen dinero esas dos ratas!... Con la tienda y la casa de préstamos se han puesto las botas. Verdad que por las prendas de vestir no dan más que la cuarta parte de su valor, con interés de dos pesetas en duro por cada mes. Cuando toman sábanas finas y vajillas, dan una onza, con interés de cuatro duros al mes. En la tienda dan al fiado a los vendedores que van por los pueblos; pero les cobran cuatro pesetas y media por cada duro que venden. Dicen que cuando Doña Restituta entra en la iglesia, roba los cabos de vela para alumbrarse en casa; y cuando va a la plaza, que es cada tercer día, compra una cabeza de carnero, y sebo del mismo animal, con lo cual pringa la olla: con esto y legumbres van viviendo. Una vez al año van a la botillería, y allí piden dos cafés. Beben un poquito, y lo demás lo echa ella disimuladamente en un cantarillo que deja escondido bajo las faldas, el cual café traen a casa, y echándole agua le alargan hasta ocho días. Lo mismo hacen con el chocolate. D. Mauro es vanidoso y gastaría algo más si su hermana no le tuviera en un puño, como quien dice. Ella tiene las llaves de todo, y no sale nunca de casa, por miedo a que les roben; y la casa es bocado apetitoso para los ladrones, porque se dice que en el sótano está la caja del dinero.

Estas noticias confirmaron la opinión que acerca de los tíos de Inés había yo formado. La primera pena que sentí al oír el panegírico de los dos personajes, consistió en la certidumbre de que me sería muy difícil introducirme en la casa, y menos trabar amistad con sus dueños. En esto pensaba tristemente, cuando vino a mi memoria un anuncio que varias veces había compuesto en la imprenta del _Diario_, el cual decía: _Se necesita un mozo de diez y siete a diez y ocho años, que sepa de cuentas, afeitar, algo de peinar, aunque solo sea de hombre, y guisar si se ofreciere. El que tenga estas partes, y además buenos informes, diríjase a la calle de la Sal, esquina a la de Postas, frente a los peineros, lonja de lencería y pañolería de D. Mauro Requexo, donde se tratará del salario y demás._

Corrí a la imprenta del _Diario_ a ver si aún se insertaba aquel anuncio, y tuve el gusto de saber que los Requejos no habían encontrado quien les sirviera. Abandoné mi profesión de cajista, y sin consultarlo con nadie, pues nadie me hubiera comprendido, presenteme en la casa de la calle de la Sal, declarándome poseedor de las cualidades consignadas en el anuncio.

Mi único temor consistía en que los Requejos recordasen haberme visto en Aranjuez, con lo cual recelarían de tomarme a su servicio; pero Dios, que sin duda protegía mi buena obra, permitió que ni uno ni otro me reconocieran; y si Doña Restituta me miró al pronto con cierta expresión sospechosa y como diciendo: «yo he visto esta cara en alguna parte», fue sin duda un fugaz pensamiento que no la decidió a poner obstáculos a mi admisión.

Cuando entré en la tienda, la primera persona a quien expuse mis pretensiones fue Don Mauro, el cual, dejando un rancio librote donde escribía torcidos números, se rascó los codos y me dijo:

--Veremos si sirves para el caso. De un mes acá han venido más de cincuenta; pero piden mucho dinero. Como ahora quieren todos ser señoritos...

Llamada por su hermano, presentose Doña Restituta, y entonces fue cuando me miró, como más arriba he dicho.

--¿Tú sabes --me preguntó la tía de Inés--, lo que damos aquí al mozo? Pues damos la _mantención_ y doce reales al mes. En otras partes dan mucho menos, sí, señor; pues en casa de Cobos, después de matarles de hambre, danles ocho reales y gracias. Conque, muchacho, ¿te quedas?

Yo fingí que me parecía poco; hasta intenté regatear para que no se descubriera mi propósito, y al fin dije que, hallándome sin acomodo, aceptaba lo que me ofrecían. En cuanto a los informes que me exigieron, fácil me fue conseguir la merced de una recomendación del regente del _Diario_.

--Doce reales al mes y la _mantención_ --repitió Doña Restituta, creyendo sin duda, vista mi conformidad, que había ofrecido demasiado--; la _mantención_, sí, que es lo principal.

¡Ay! El lector no conoce aún todo el sarcasmo que allí encerraba la palabra _mantención_.

--Por supuesto --dijo Requejo-- que aquí se viene a trabajar. Veremos si sabes tú de todos los menesteres que se necesitan. Y aquí hay que andar derechito, sí, señor, porque si no... Mírame a mí: yo era un _jambrera_ lo mismo que tú, y en fin... con mi honradez y mi...

--La economía es lo principal --añadió la hermana--. Gabriel, coge la escoba y barre todo el almacén interior. Después irás a llevar estos fardos a la posada de la calle del Carnero; luego copiarás las cuentas; más tarde lavarás la loza de la cocina, antes de mondar las patatas, y así te quedará tiempo para apalear las capas, encender el fuego y soplarlo, devanar el hilo de la costura, poner los números a las papeletas, aviar la lamparilla, limpiar el polvo, dar lustre a los zapatos de mi hermano, y todo lo demás que se vaya ofreciendo.

XV

Al punto empecé las indicadas operaciones, cuidando de poner en ellas todo el celo posible para contentar a mis generosos patrones. Debo ante todo dar a conocer la casa en que me encontraba. La tienda, sin dejar de ser pequeñísima, era lo más espacioso y claro de aquella triste morada, uno de los muchos escondrijos en que realizaba sus operaciones el comercio del Madrid antiguo. La trastienda era almacén y al mismo tiempo comedor, y los fardos de pañuelos y lanas servían de aparador a la cacharrería, cuyo brillo se empañaba diariamente con repetidas capas de polvo. Todos los artículos del comercio estaban allí reunidos y hacinados con cierto orden. Los Requejos vendían telas de lana y algodones, a saber: pañuelos del Bearne, género muy común entonces; percales ingleses, que desafiaban en la frontera portuguesa las aduanas del bloqueo continental; artículos de lana de las fábricas de Béjar y Segovia; algunas sederías de Talavera y Toledo; y por último, viendo D. Mauro que sus negocios iban siempre a pedir de boca, se metió en los mares de la perfumería, artículo eminentemente lucrativo. Así es que, además de los géneros citados, había en la trastienda multitud de cajas que encerraban polvos finos, pomadas y aguas de olor en su variedad infinita, _verbi gratia_: de lima, tomillo, bergamota, macuba, clavel, almizcle, lavanda, del Carmen, del cachirulo y otras muchas. Como el local donde se guardaban todos estos géneros servía de comedor, ya pueden ustedes figurarse la repugnante mezcolanza de olores desprendidos de substancias tan diversas, como son una pieza de lana teñida con rubia, un frasco de vinagrillo del Príncipe y una cazuela de migas; pero los Requejos estaban hechos de antiguo a esta repugnante asociación de olores inarmónicos.

De la trastienda se subía al entresuelo por una escalera que presumo fue construida por algún sapientísimo maestro de gimnasia, pues no podéis figurar las contorsiones, los dobleces, las planchas, las mil torturas a que tenía que someterse para subirla el frágil barro de nuestro cuerpo. Solo la escurridiza Doña Restituta pasaba por aquellos aéreos escollos sin tropiezo alguno. Subía y bajaba con singular ligereza; y como por un don especial a ella sola concedido, no se le sentía el andar, siempre que yo la veía deslizarse por aquella problemática escalera: sus pasos no me parecían pasos, sino los ondulantes y resbaladizos arqueos de una culebra.

Cuando, franqueada la escalera, se llegaba al entresuelo, era preciso hacer un cálculo matemático para saber qué dirección debía tomarse, pues el viajero se encontraba en el centro de un pasillo tan oscuro, que ni en pleno día entraba por él una vergonzante luz. Tentando aquí y allí, se hallaba la puerta de la sala, con ventana a la calle de Postas, y por cierto que allí no vi ninguna cortina verde con ramos amarillos, sino un descolorido papel, que en mil jirones se desternillaba de risa sobre las paredes. Un mostrador negro y muy semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los hermanos de la Paz y Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de la miseria y el altar de la usura. Efectivamente: un tintero de pluma de ganso, cortada de ocho meses, servía para extender las papeletas, algunas de las cuales esperaban sobre la mesa la anhelada víctima. Una cómoda y varios cofres, resguardados con barrotes, eran Bastilla de las alhajas y Argel de las ropas finas. Las capas, sábanas y vestidos estaban en una habitación inmediata, que además tenía la preeminencia de proteger el casto sueño del amo de la casa.

Además de esta sala había otra, con ventana a la calle de la Sal; elegante pieza que no desmerecía de la anterior en lujo ni en exquisitos muebles, pues su sillería de paja, adornada con vistosos festones, y tan aéreas que cada pieza parecía dispuesta a caer por su lado, no hubieran hallado compradores en el Rastro. En dicha sala estaba el taller. ¿El taller de qué? Los Requejos tenían tres industrias: la venta, los préstamos y la confección de camisas, que en los días a que me refiero eran cortadas por Doña Restituta y cosidas por Inés desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, trabajando sin cesar en beneficio de la sórdida tacañería de sus tíos. Una orden expresa de Doña Restituta le impedía salir de aquel cuarto: no bajaba a la trastienda sino a la hora de comer; no se le permitía asomarse a la ventana; no se le permitía cantar, ni leer un libro; no se le permitía distraerse de su obra perenne, ni mencionar a su tío, ni recordar a su madre, ni hablar de cosa alguna que no fuera la honradez de los Requejos, y la longanimidad de los Requejos.

Pero sigamos la descripción de la casa. En una habitación interior, mejor dicho, en una caverna, estaba el dormitorio de la tía y la sobrina, y en el fondo del pasillo y junto a la cocina se abría mi cuarto, el cual era una vasta pieza como de tres varas de largo por dos de ancho, con una espaciosísima abertura, no menos chica que la palma de mi mano. Por esta claraboya entraban, procedentes del patio medianero, algunos intrusos rayos de luz, que se marchaban al cuarto de hora después de pasearse como unos caballeros por la pared de enfrente. Mis muebles eran un mullido jergón de paja, y un cajón vacío que me servía de pupitre, mesa, silla, cómoda y sofá. Semejante ajuar era para mí en realidad más que suficiente; y en cuanto a la densa y providencial lobreguez que envolvía la casa como nube perpetua, me parecía hecha de encargo para mi objeto.

El entresuelo se comunicaba con la escalera general de la casa, la cual partía majestuosamente desde la misma puerta de la calle, y en su grandioso arranque de tres cuartas tenía espacio suficiente para que fuera matemáticamente imposible que una persona subiese, mientras otra se ocupaba fatigosamente en la tarea de bajar. Por ese túnel ascendente tenían que introducirse los que iban a empeñar alguna cosa, siendo en cierto modo simbólico aquel tránsito, y expresión arquitectónica muy exacta de las angustias del alma miserable en los momentos críticos de la vida. Bien podía llamarse la escalera de los suspiros.

No debo pasar en silencio que en la casa de los Requejos había cierto aseo, aunque, bien considerado el problema, aquella era la limpieza propia de todos los sitios donde no existe nada; _exempli gratia_: la limpieza de la mesa donde no se come, de la cocina donde no se guisa, del pasillo donde no se corre, de la sala donde no entran visitas, la diafanidad del vaso donde no entra más que agua.

Allí no había perros ni gatos, ni animal alguno, si se exceptúan los ratones, para cuya persecución D. Mauro tenía un gato de hierro, es decir, una ratonera. Los infelices que caían en ella eran tan flacos, que bien se conocía estaban alimentados con perfumes. Un perro hubiera comido mucho; un jilguero habría necesitado más rentas que un obispo; una codorniz hubiera echado la casa por la ventana; las flores cuestan caras, y además el agua... La fauna y la flora fueron por estas razones proscritas, y para admirar las obras del Ser Supremo, los Requejos se recreaban en sí mismos.

Me falta ahora hacerme cargo de otro ser que habitaba la casa durante el día: el mancebo.

El cual era un hombre cuajado, quiero decir, que parecía haberse detenido en un punto de su existencia, renunciando a las transformaciones progresivas del cuerpo y del alma. Juan de Dios ofrecía el aspecto de los treinta años, aunque frisaba en los cuarenta. Su cara amarilla tenía gran semejanza con la de Doña Restituta; pero jamás se notaron en ella las contracciones, los enrojecimientos repentinos, propios de aquella señora. Era en sus modales lento y acompasado; su movilidad tenía límites fijos como la de una máquina, y si el método puede llegar a establecerse de un modo perfecto en los actos del organismo humano, Juan de Dios había realizado este prodigio. Llegar, abrir la tienda, barrerla, cortar las plumas, colgar las piezas de tela en la puerta, recibir al comprador, decirle los precios, regatear siempre con las mismas palabras, medir y cortar el género, cobrarlo, contar por las noches el dinero, apartando el oro, la plata y el cobre: tales eran sus funciones, y tales habían sido por espacio de veinte años.

Juan de Dios comía en casa de los Requejos, que le trataban como un hermano. Servíales él con fidelidad incomparable, y si en algo nacido tenían ellos confianza, era en su mancebo. Cinco años antes de mi entrada en la casa, la organizadora y genial cabeza de D. Mauro concibió un proyecto gigantesco semejante a esos que de siglo en siglo transforman la faz del humano linaje. Requejo, después de hacer la cuenta del día, se rascó los codos, diose un golpe en la serena frente, puso los ojos en blanco, riose con estupidez, y llamando aparte a su hermana, le dijo:

--¿Sabes lo que estoy pensando? Pues pienso que tú debes casarte con Juan de Dios.

Es fama que Doña Restituta arqueó las cejas, llevose un dedo a la barba, inclinó hacia el suelo la luminosa mirada y pensó.

--Pues sí --continuó Requejo--: Juan de Dios es trabajador, es ahorrativo, entiende del comercio, y en cuanto a honradez, creo que, no siendo nosotros, no habrá en el mundo quien le iguale. Yo no pienso volver a casarme; y si hemos de tener herederos, no sé cómo nos las vamos a componer.

El mancebo fue enterado del proyecto, y desde entonces se trabó entre ambos prometidos una comunicación amorosa, de la cual no hablo a mis lectores porque no puedo figurarme cómo sería, aunque cavilo en ello. Debieron sin duda tratar de aquel asunto, como si el matrimonio no fuera la unión de dos cuerpos. Restituta pensaría en casarse, y Juan de Dios pensaría en casarse, ambos sin pena ni alegría, de tal modo que, pasados cinco años, hablaban del asunto con indiferencia, y dándolo como cosa cercana. Creeríase que no les importaba el rápido paso de los años, y aquellos seres encerrados en una tienda sin duda medían la vida por varas, no considerando que alguna vez llegarían al fin de la pieza. Ambos novios eran de esos que se aprestan a casarse y se casan al fin, sin que los hombres ni Dios ni el Demonio sepan nunca por qué.

XVI

Por las noches, después de cenar, rezábamos el rosario, que llevaba el amo de la casa con voz becerrona; y concluida la oración al patrono bendito, permanecían en la trastienda en plácida tertulia que solo duraba hora y media, y a la cual solía concurrir algún antiguo amigo o vecino cercano. La noche de mi inauguración no se alteró tan santa costumbre. D. Mauro, su hermana, Juan de Dios, Inés y yo, decíamos el último _ora pro nobis_, cuando sonó la campanilla del entresuelo y mandáronme que abriese.

--Es el vecino Lobo --dijo mi ama.

Figúrense mis lectores cuál sería mi confusión cuando al abrir la puerta encaré con la espantable fisonomía del licenciado de los espejuelos verdes que había querido prenderme cinco meses antes en el Escorial. El temor de que me conociera diome gran turbación; pero tuve la suerte de que el ilustre leguleyo no parara mientes en mi persona. No sé si he dicho que en mí se estaba verificando la transformación propia de la edad, y que un repentino desarrollo había engrosado mi cuerpo y redondeado mi cara, donde ya me apuntaba ligero bozo. Esta fue la causa de que el licenciado Lobo no me reconociera, como yo temía.

--Señores --dijo Lobo, sentándose en un cajón de medias--, hoy es día de universal enhorabuena. Ya tenemos a nuestro Rey en el trono. ¿No han salido ustedes? Pues está Madrid que parece un ascua de oro. ¡Qué luminarias, qué banderas, qué gentío por esas calles de Dios!

--Nosotros no salimos a ver luminarias --contestó Requejo--, que harto tenemos que hacer en casa. ¡Ay, Sr. de Lobo, qué trabajo! Aquí no hay haraganes, y se gana el pan de cada día como Dios manda.

--¡Loado sea Dios! --añadió el curial--, y vivan los hombres ricos como D. Mauro Requejo, que a fuerza de inteligencia...

--La honradez, nada más que la honradez --dijo el tendero, rascándose los codos.

--¡Viva el comercio! --exclamó Lobo--. Lo que es la pluma, Sr. D. Mauro, no da ni para zapatos. Ahí estoy yo hace veintidós años en mi placita del Consejo y Cámara de Castilla, y Dios sabe que hasta hoy no he salido de pobre. Mucho romper de zapatos para andar en las actuaciones, y nada más. Lo que hay es que ahora espero que me den una de las escribanías de Cámara, que harto la merece este cuerpo que se ha de comer la tierra.

--Como usted ha servido al favorito...

--No... diré a usted: yo no me he parado en pelillos, y serví al Gobierno anterior con buena fe y lealtad. Pero, amigo, es preciso hacer algo por este perro garbanzo que tanto cuesta. En cuanto vi que el Generalísimo estaba ya en manos de la Paz y Caridad, he hecho un memorial al de Asturias y escrito ocho cartas a D. Juan Escóiquiz para ver si me cae la escribanía de Cámara. Yo les perseguí cuando la famosa causa; pero ellos no se acuerdan de eso, y por si se acuerdan, ya he redactado una retractación en forma, donde digo que me obligaron a hacer aquellas actuaciones poniéndome una pistola en el pecho.

--No he visto _jormiguita_ como el Sr. de Lobo.

--¡Y qué entusiasmado está el pueblo español con su nuevo Rey! --continuó el curial--. Dan ganas de llorar, señora Doña Restituta. Ahora salí a llevar a mi Angustias con las niñas a la novena del señor San José, y después que rezamos el rosario en San Felipe, fuimos a dar una vuelta por las calles. ¡Ay qué risa! Parece que están quemando la casa de Godoy, la de su madre y su hermano Don Diego, lo cual está muy retebién hecho, porque entre los tres han robado tanto, que no se ve una peseta por ningún lado. Después que nos entretuvimos un poco, volvimos allá: ellas se han quedado en el 13, en casa de Corchuelo, y yo me he venido aquí a charlar un poquito. Pero me había olvidado... Inesita, ¿cómo va? ¿Y usted, Sr. D. Juan de Dios?

Inés contestó brevemente al saludo.

--Está un poco holgazana --dijo Restituta, mirando con desdén a la huérfana--. Hoy no ha cosido más que camisa y media, lo cual es un asco.

--Pues me parece bastante.

--¡Ay! Sr. de Lobo, no diga usted que es bastante. Mi abuela, según me contaba mi madre, echaba en un día la friolera de dos camisas. Pero esta chica está acostumbrada a la holgazanería: ya se ve... su madre no hacía más que arrastrar el guardapiés por las calles, y la niñita me andaba todo el día de zeca en meca, aquí te pongo, aquí te dejo.

--Pues es preciso trabajar --dijo Requejo--, porque, chiquilla, el garbanzo y el tocino, y el pan y las patatas no caen del cielo, y el que viene a esta casa a sacar el vientre de mal año, no puede estarse mano sobre mano. Y si no, aprendan todos de mí, que me he ganado lo que tengo ochavo por ochavo, y cuando era mozo, fardo por la mañana, fardo por la noche, fardo a todas horas, y siempre tan gordo y tan guapote.

--Ella es habilidosa --afirmó Restituta--, y sabe coser: solo que le falta voluntad. No es ya ninguna chiquilla, que tiene sus quince años cumplidos, y ya puede comprender las cosas. A su edad yo gobernaba la casa de mis padres. Verdad es que como yo había pocas, y me llamaban el lucero de Santiagomillas.

--Pues Inesita, creo yo, es una muchacha que no tiene pero --declaró benévolamente Lobo--. Y tan calladita, tan modesta, que no se puede menos de quererla.

--Ya le dije cuando entró aquí --continuó Restituta-- que los tiempos están muy malos, que no se gana nada, que se vende poco, y en lo de arriba no cae más que miseria. Ella comprenderá que nos hemos echado encima una carga muy pesada al recogerla, porque... ¡si viera usted, Sr. de Lobo!... ¡qué miseria en aquella casa del cura de Aranjuez, donde estaba mi sobrina! ¡Ay, partía el corazón!

--Pues es preciso que trabaje --dijo D. Mauro--. Mi sobrina es una muchacha muy buena, y ya he dicho a usted cuánto la quiero. Como que, al fin y al cabo, para ella ha de ser cuanto hay en esta casa.

--Ya le he dicho --prosiguió Restituta-- que mañana tiene que lavar toda la ropa de la casa, porque ya que ella está aquí, ¿para qué se ha de gastar en lavandera? Por supuesto que no ha de dejar la costura; y si pasa mañana de las veinte varas, la echaré en el pañuelo unas gotitas de agua de bergamota, de la de los frascos averiados. Lo bueno que tiene esta muchacha, Sr. de Lobo, es que nunca da malas contestaciones. Verdad que no le faltan luces, y harto conoce lo que nos debe, pues ha encontrado en nosotros su santo Ángel de la Guardia. ¡Ah, no puede usted figurarse la miseria que había en aquella casa del cura de Aranjuez!...

--Le conozco, sí --dijo Lobo, enseñando con feroz sonrisa sus dientes verdes--. Es un pobre hombre que hacía versos latinos al Príncipe de la Paz. Ya se lo dirán de misas. Está probado que ese D. Celestino, con su capita de hombre de bien, era el confidente del favorito, y el que le llevaba la correspondencia con Napoleón, para repartirse a España.

--¡Jesús, qué iniquidad! Bien decía yo que aquel hombre tenía cara de malo.

--Pero ya le daremos cordelejo --continuó Lobo--. Como la parroquia de Aranjuez la pretende un primo mío, ya se la tenemos armada a D. Celestino, y entre un compañero y yo pensamos escribir ocho resmas de papel sellado para probar que el señor curita es reo de lesa nación.

Mientras esto hablaban, yo hacía esfuerzos por contener mi indignación. Inés, aterrada por la verbosidad de sus tíos, no se atrevía a decir una palabra. Lo mismo hacía Juan de Dios; pero por un fenómeno singular, las facciones heladas y quietas del mancebo indicaban aquella noche que lo que oía no le era indiferente.